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Los propósitos de año nuevo

En el fin de año de 2020, mi familia y yo comentamos que era imposible que el siguiente año fuese a ser peor. Pero 2021 fue un año tan duro o más que 2020. En el fin de año de 2021 ya no nos atrevíamos a afirmar nada: ¿podía, realmente, ser peor 2022? Lo cierto es que estamos a las puertas del fin de este año y sí, podía ser al menos tan malo. Cuando echas la vista atrás, te das cuenta de que, cosas que consideraste malas, comparadas con otras que sucedieron después, resultan ser hasta positivas por comparación. De manera que una forma de relativizar los sucesos de la vida es echar la vista atrás y ponerlos en perspectiva.

En Qué bello es vivir, George Bailey, cada vez que baja o sube la escalera, se queda con un pomo en la mano, un pomo que está mal ajustado, algo que acaba por hacerle perder los nervios. Pero en un momento dado, cuando ya está de vuelta de esa otra vida «sin él» que le muestra el ángel, al volver a pasar por la escalera y quedarse con el pomo, lo besa.

Imagen tomada de https://nestinteriordesign.net/blogs/news/building-the-baileys-its-a-wonderful-life-style.

Reparar en lo que fue bien

A finales del año pasado, recibí un meme en el que se aconsejaba apuntar en papeles lo bueno que se recibe de la vida e irlos metiendo en un bote. Al final del año, encontrarías todos esos regalos de la vida en los que en el día a día no reparas. Pues bien, me propuse recoger cada semana en una agenda tres regalos de la vida. La mayoría de las semanas, tenía más de 3 cosas por apuntar, mientras que muchas otras, me costó llegar a ver 3 cosas positivas.

Ahora recupero esas notas de un año completo y he sacado estas conclusiones:

  • La mayoría de «regalos de la vida» fueron acontecimientos con personas cercanas. Nada de grandes celebraciones, más bien, tardes tranquilas, conversaciones por teléfono, tomarse un aperitivo, ver un espectáculo de impro… Tener todo lo que se necesita suele ser lo menos valorado, o que haya personas en tu vida «que siempre están ahí»: ambas cosas se dan por hechas. Tomar conciencia sobre lo que ya se tiene hace más liviano un año duro.
  • Otros regalos fueron cuando salí de mi zona de confort para hacer algo que no había hecho nunca. De hecho, he tenido mucho de esto este año, en todas las áreas: ha sido para mí un cambio radical de forma de vida.
  • Algunos regalos muy grandes provienen de fuera y simplemente queda aceptarlos (o rechazarlos). Por ejemplo, uno de los momentos que me pareció un gran regalo fue el fin de las mascarillas en la mayoría de los espacios, el 20 de abril. Los meses anteriores de este año tuvimos que ir con mascarilla a todas partes, incluido el gimnasio.

Esta práctica de apuntar cada semana tres sucesos, acontecimientos, personas o desafíos que supusieron regalos, me ha llevado a tener más conciencia de que las cosas buenas de la vida se relacionan con el contacto con otras personas, principalmente las más cercanas, y con desafiar los propios límites. En menor medida, también, con aceptar lo que llega.

The world is a rich tapistry, my friends.

Saul en Better Call Saul.

Como os decía, hay semanas que «el Sol» (que haga sol o poder pasear al sol, o incluso ver el sol por la ventana) puede ser un regalo, sobre todo cuando ha habido varios días con niebla, o nublados, o lloviendo mucho. Es como ese pomo de la escalera de George Bailey: tras ver lo que habría pasado si él no hubiera nacido, que se desencaje el pomo es hasta gracioso.

Ser capaces de relativizar también ayuda a poner los sucesos en perspectiva, especialmente los negativos.

Yo misma.
Este es el meme que ha inspirado esta entrada de blog.

¿Te animas a tomar notas con lo bueno que te vaya sucediendo cada semana de 2023? ¿Qué reflexiones te surgieron al leer esta entrada? Como siempre, muchas gracias por leer y compartir. Feliz Año, querid@s lectores.

El eslabón más débil

Sigo a vueltas con el guion de vida. Otro tema del que he cobrado conciencia es que el guion de vida puede ser ganador, banal o perdedor en distintas facetas de la vida que son como eslabones de una cadena, y será el eslabón más débil el que determine la trayectoria vital. Por ejemplo, una persona puede tener un guion ganador en el trabajo, llegar muy lejos, ascender, asumir riesgos, ser reconocida… y, mientras, tener un guion perdedor en las relaciones de pareja, no logrando mantener una relación estable con vínculos seguros. Es la misma persona y sin embargo no es capaz de trasladar sus estrategias ganadoras en un área a otra en la que las cosas no funcionan tan bien.

Este devenir tan distinto en las distintas áreas vitales puede explicar esos guiones aparentemente ganadores que luego acaban perdiendo de la peor forma. Es interesante analizar esto. ¿Cómo es posible que una persona no sea capaz de utilizar sus fortalezas de un área en otra?

Cómo fortalecer el eslabón más débil

La buena noticia es que existen formas de trasladar las habilidades a otra faceta de la vida. Por ejemplo, la programación neurolingüística (PNL) tiene ejercicios en los que se visualiza una experiencia ganadora, se ancla en una parte del cuerpo con un gesto que normalmente no se realice y se entrena a la mente para recurrir a las capacidades de esa experiencia ganadora siempre que se repite el gesto de anclaje.

Por otro lado, técnicas como el coaching permiten ampliar el campo de visión con el fin de detectar hábitos y creencias que limitan las capacidades en un área concreta. Por ejemplo, una persona quiere ir al gimnasio, se apunta pero no consigue ir nunca: siente que no tiene tiempo. Con ayuda de un coach puede detectar que el entorno no facilita que acuda al gimnasio. Si se prepara una mochila con todo lo necesario, solo tendrá que cogerla y salir, o meterla en el maletero y sacarla cuando la necesite. Así, el objetivo grande (hacer ejercicio) se trocea en al menos 2, preparar la bolsa y acudir al gimnasio.

Imagen de Jarda Šma en Pixabay.

La detección de creencias es fundamental para aplicar habilidades y capacidades de un área que funciona a otra que no. Una forma de hacerlo es analizar el propio lenguaje, algo a lo que la PNL dedica mucho tiempo: generalizaciones, eliminaciones, suposiciones… Por ejemplo, se puede tener la creencia de que toda la gente con dinero roba o que el dinero es sucio. Se puede creer que todos los hombres son unos cerdos, o que tratan siempre de engañarte. Tanto la PNL como el análisis transaccional (AT) ayudan a detectar este tipo de creencia, desafiándola.

El AT va más allá: describe la conducta automatizada que hace que una persona represente su guion de vida en secciones cortas. Creo que Eric Berne llega a la excelencia con la descripción de los juegos a los que jugamos para evitar una verdadera intimidad. En estos juegos, el protagonista busca a las personas que pueden representar los papeles, comienza la escenificación y logra su objetivo: una sensación de pérdida para todos los jugadores, incluido el protagonista. Una vez detectada la representación, se puede cambiar por otra que no reproduzca el comportamiento perdedor en el área «más débil». Uno de los juegos más fáciles de describir es «sí, pero…»:

El protagonista plantea un problema aparentemente irresoluble. El resto de jugadores se ponen en el papel del padre nutricio y empiezan a dar soluciones al problema. La respuesta del protagonista siempre será: «sí, pero…» echando por tierra cada solución. Al final «gana» (perdiendo) porque demuestra que su problema no tiene solución.

Juegos que la gente juega.

Por último, las constelaciones familiares permiten liberar temas que provienen de generaciones anteriores y que se reproducen de forma inconsciente. Buena parte son estas creencias y conductas automatizadas que comentaba. Por eso se da tanta importancia a estar en el estado adulto del yo y a tomar conciencia de lo que se hace, de lo que no se hace, y de las consecuencias que tiene cada decisión.

¿Y si paso del tema?

No existe ninguna necesidad de «mejorar» la parte más débil de nuestra personalidad, ni de «arreglar» algo que se presupone roto. Cada persona sentirá qué es lo que le conviene en cada momento. Y hay momentos en los que, por mucho que se sepa que se tiene esa parte más débil, ese ángulo muerto por el que vienen los golpes de la vida, no es posible invertir la energía suficiente en cambiarla, o no merece la pena.

Precisamente, de esto va actuar desde el estado adulto: tomar conciencia de las acciones y de sus consecuencias. Nada más. Nada menos. No se trata de torturarse o excluirse de la propia bondad.

De hecho, pasar del problema que te inquieta estando aquí y ahora, consciente de lo que se hace y no se hace, sin automatizar conductas, es una forma como otra cualquiera de llevarlo, rindiéndose a lo que es, sin más.

Más sobre el estado adulto

En el estado adulto es mucho más difícil que otra persona te involucre en sus juegos. También es más difícil iniciarlos tú, porque enseguida te das cuenta de que se trata de una conducta automatizada que no te lleva a ninguna parte.

Si quieres leer más sobre esta parte de tu personalidad con la que estar a gusto siendo tú, visita estas otras entradas del blog:


¿Cuál es tu caso? ¿Sientes que todas las áreas de tu vida están más o menos igual? ¿Sientes por el contrario que un aspecto te resulta más difícil y es el que te frena? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir.

El último giro de guion

De los temas que he estudiado en profundidad en mi vida, el del guion de vida es uno de los que más presentes tengo. No hago más que ver decisiones tomadas por la gente con base en su guion de vida, un «escrito» que se sigue de forma automatizada e inconsciente. Pues bien, he llegado a esta conclusión:

El resultado del guion se conoce al final.

Yo misma.

Esto explicaría por qué personas con un guion ganador, que van cosechando éxitos en su vida y van triunfando, escalando, logrando objetivos, de pronto terminan con un final perdedor, como ya expuse cuando hablaba de O. J. Simpson, Marilyn Monroe o Benito Pérez Galdós.

En una película de acción y grandes robos, The Italian Job, un personaje dice que confía en la gente, pero no confía en el diablo que llevan dentro. Esto me conecta con la forma en que nuestro amigo Eric Berne veía esas decisiones de guion que echan todo a perder, esos giros que molesta ver en una mala película y duele ver en una persona cercana. Berne lo llamaba «la voz del diablo», que susurra a la persona algo como «tírate por el barranco».

Recetas para el éxito

No será que falten recetas para el éxito aquí y allá. Hace poco, buscando documentación que tenía guardada de distintos cursos, di con un texto en PDF titulado Proyecto de vida, sin autor ni copyright reflejados en sus páginas. Empecé a leer y encontré muchas de estas recetas para el éxito, muy bien explicadas. Realmente merece la pena mencionar algunas de sus explicaciones. Por ejemplo, dedica varias páginas a explicar el triángulo de la vida, una teoría de Bob Trask, presidente de Aras Foundation, que explica el éxito y el fracaso como dos caras de la misma moneda. A pesar de que este PDF anónimo tiene ya unos 14 años, la página de Aras Foundation sigue activa.

Triángulo de la vida. Adaptado de un material anónimo. Fuente original: Aras Foundation.

Si observamos brevemente el triángulo, tiene un recorrido externo en el sentido de las agujas del reloj. En este recorrido, el miedo es un impulsor hacia el éxito, la forma de encararlo es correr riesgos. Este éxito nos otorga un reconocimiento externo y una mejora de la autoestima. Tras el éxito, el ganador se permite un descanso, tras el cual analizará cuáles han sido sus fortalezas y debilidades, para emprender el próximo paso con este aprendizaje ganado. Una vez lo ha hecho, puede volver a enfrentarse a lo que le da miedo.

El camino inverso, al contrario de las agujas del reloj, es el del guion perdedor. Ante el miedo, entra en ansiedad y se paraliza, no actúa, sino que descansa sin haber logrado nada. Esta evasión lleva a la persona a aburrirse y sentir que no merece reconocimientos, por tanto, su autoestima se ve afectada. La inacción lleva a sentirse culpable y se vuelve a la ansiedad. Como dice este autor que me gustaría mucho identificar y nombrar:

Hay una y mil formas de evadir la responsabilidad que tenemos con nosotros. Pasando horas interminables chateando, viendo TV, platicando tonterías, vagando, enojándonos, haciéndoles berrinches a los padres, a la pareja, a los maestros; usando drogas, durmiendo de más, deprimiéndose, confundiéndose, olvidándose de lo importante, fingiendo, aparentando, mintiendo, perdiendo el tiempo, suicidándose, etc. Pronto la evasión se convierte en aburrimiento… a veces mortal.

Proyecto de vida. Autor desconocido.

En esta cita, el autor pasa del guion banal al guion perdedor, y de este al guion harmático o de muerte, la versión más extrema de los guiones perdedores.

La autoestima, clave en el éxito

El autor desconocido menciona la autoestima como la clave, el impulsor que permite transitar por la parte externa del triángulo de vida. Y qué fácil es que falle, qué fácil dejarse caer dentro, incluso creyendo que se está en el legítimo descanso después del éxito. Si la autoestima no se ha construido fuertemente en la infancia, en que la actitud de los padres es clave para ello, se puede construir después: desde el adulto, cada vez que enfrentamos el miedo, cada vez que corremos riesgos, cada vez que vencemos retos, estamos reforzando la autoestima. Para su reconstrucción y fortalecimiento, ningún secreto: constancia, responsabilidad, aceptación… De estas palabras de nuestro autor desconocido encontramos alguna en la receta del éxito de este tuitero, Álex Maese:

Puedes ver el hilo completo de Álex Maese aquí.

Posponer, la clave del fracaso

Si hay un elemento que todas estas recetas para el éxito sugieren evitar, es la procrastinación, el posponer una y otra vez la meta. Claro, el diablo nos está diciendo: «mejor ve otro capítulo de la serie», «mejor déjalo para mañana, ¡qué pereza!», «no lo hagas, total, no va a servir para nada». Todas estas son la voz de la baja autoestima, una voz con un componente embriagador que nos adormece y nos arrastra a lo más fácil: la evasión. Posponer no es otra cosa que evadir. ¿Evadir qué? Evadir la vida que te ha tocado, evadir la responsabilidad que tienes, evadir el malestar que produce el incomodarse por primera vez, hasta que la rueda se engrasa y va siendo menos incómodo actuar.

Yo estoy de acuerdo con Haruki Murakami en que la voluntad no se puede forzar. Sin embargo, también pienso que cada persona es capaz de mucho más de lo que cree. De hecho, las personas estadísticamente somos muy parecidas, respondiendo a una distribución normal, una campana de Gauss que se nos aplica en nuestras características y capacidades. Incluso cuando nuestros cerebros, por su configuración, tienen una menor fuerza de voluntad, podemos entrenarnos para aumentarla.

La voz del diablo, el secreto de ese último giro de guion

Cuando observo la trayectoria vital de alguna persona, me acuerdo de ese cuento: «¿Buena suerte, mala suerte…? ¡Quién sabe!». Porque una vida puede haberse enderezado, puede parecer que va siguiendo un camino de éxito, aunque sea discreto, pero hasta el último giro de guion no podemos sacar conclusiones. Así, uno de los «mejores» guiones de vida en los que se puede acabar es el de final abierto: las personas mayores se sientan a contemplar el paso del tiempo. Ya han vivido, ya han cumplido metas, ya han ganado y perdido, y ya no tienen objetivos nuevos, solo estar. Este guion es un final banal, mejor que, por ejemplo, asesinar a tu exmujer o tirarte por un barranco con tu coche.

Solo al final sabemos si la persona va a dejarse llevar por un último giro de guion que la arroje fuera de su camino o si va a quedarse tan tranquila dando de comer a las palomas. Incluso puede que, en efecto, sea realmente una persona con guion ganador y siga activa hasta el último día.


Después de leer todo esto, alguien dirá: ¿Y para qué todo este esfuerzo? ¿Para acabar así? Este esfuerzo, realmente, supone ir a más. Como dice Bert Hellinger, ante cada decisión de la vida, puedes ir a más o puedes ir a menos. Tú decides. Cuando vas a más, progresivamente va siendo más fácil acomodarse en la incomodidad, enfrentarse al miedo, cosechar éxitos. Cuando vas a menos, la vida se va complicando, parece que todo a tu alrededor falla, pero eres tú quien no coge las riendas. Tu vida es tuya: haz lo que quieras.

Aquellas costumbres

«En los cuarenta andaba el siglo [1840] cuando se inauguró (calle de la Abada, número tantos) el comedor o comedero público de Perote y Lopresti, con el rótulo de Fonda Española». Así comienza Montes de Oca, un Episodio Nacional de Galdós que menciona muchas costumbres curiosas de la época. Aquí, la adopción de los hábitos franceses en el comer. Más adelante sigue:

La exótica palabra restaurant no era todavía vocablo corriente en bocas españolas: se decía fonda y comer de fonda, y fondas eran los alojamientos con manutención y asistencia.

Narrador de Montes de Oca.

Como puede verse, en los libros se encuentra cómo se origina el uso de vocablos que en un principio suenan muy extraños y que después se adoptan y son de lo más común. La fonda entonces era similar a los orígenes del pub inglés o irlandés: un lugar en el que se puede comer pero también dormir.

Los italianos Perote y Lopresti también contribuyeron a sustituir la lista verbal (tengo gambas, tengo chopitos, tengo croquetas, tengo jamón…) por el menú, que empezó llamándose «ordubre», por adaptación fónica de hors d’oeuvre (aperitivos). Otra novedad de estos italianos es que pusieron un precio fijo a un buen número de platos, «por el módico estipendio de 12 reales», adaptado a la pobreza nacional.

Anuncio de la ONCE con la canción que se popularizó.

Para continuar con las novedades, el narrador menciona que Genieys (otra fonda similar) había dado a conocer las croquetas, pero Lopresti las puso al alcance de los bolsillos flacos. Cuesta imaginar una España en la que las croquetas no fueran plato habitual de un restaurant, pero ocurrió hace menos de dos siglos. Y es que se importaron de Francia. Además de croquetas, Genieys servía asados un poquito crudos, chuletas a la papillote y otras cosillas.

Luego estaban los caldos:

…el poco pelo de la clientela limitaba el consumo a los tintos de Arganda o Valdepeñas para pasto, y un Jerez familiar y baratito para los libertinos domingueros, y para los que iban de jolgorio, con mujerío o sin él, a horas avanzadas de la noche.

Montes de Oca.

Como vemos, el tema de salir «de jolgorio» por la noche es más antiguo que las croquetas.

No solo se bebía vino, también agua. Recordemos que en esta época no había agua corriente. Así, la que se ofrecía «se anunciaba como de la Fuente del Berro; mas era de la Academia o de la Escalinata».

Fonda de la calle Toledo. Grabado de época. Colección particular.

Perote y Lopresti adoptaron el horario francés, dando la comida fuerte por la noche, con supresión de cocido. Cuesta pensar cómo cambian costumbres tan arraigadas como el horario de la «comida fuerte», pues este cambio no ha resistido el paso del tiempo. El caso es que en esta Fonda Española daban almuerzos de seis y ocho reales al medio día, con huevos fritos y uno o dos platos, junto con «el invariable postre de pasas y almendras con añadidura de un bollito de tahona» y, atención:

…régimen que las casas de huéspedes han perpetuado como una institución hasta nuestros días, y será preciso un golpe de revolución para destruirlo.

Narrador de Montes de Oca sobre el invariable postre.

Pues algo debió de ocurrir entre 1898, la fecha en la que don Benito escribe esta novela, y nuestros días, porque el postre no ha resistido el paso del tiempo.

Lo que afortunadamente sí cambió fue la iluminación de las calles. La Fonda Española estaba bien iluminada a primera hora de la noche con «un farolón de dos mecheros», pero era oscura y expuesta a tropezones a última hora de la noche,

…sin contar el desagradable «quién vive» de las humedades mingitorias.

Narrador de Montes de Oca.

Matrimonio indisoluble

Ese mujerío que a veces acompañaba a los hombres era «bulliciosa trinca de mozas alegres». Pero la mayoría de mujeres de la época estaban atadas a costumbres muy conservadoras y férreas.

En esta novela aparece un personaje femenino fuerte, Rafaela del Milagro, hija del anteriormente citado, una mujer joven «separada de su marido por la mala vida que éste le daba». A través de este personaje, Galdós denuncia cómo una mujer en estas condiciones está en un estado indefinido, «ni casada, ni soltera, ni viuda». El destino de una mujer separada era vivir como una monja en el hogar de sus padres. La propia Rafaela defiende el divorcio:

Tanto hablar de libertad, y no nos traen el divorcio. Que mi padre no me oiga decir la herejía de que no tendremos una buena Constitución hasta que no traigan las reglas de descasar…

Rafaela en Montes de Oca.

Pues Rafaela no llegó, desde luego, a la Segunda República, cuando por primera vez se instauró el divorcio (1932), casi un siglo después del momento en el que se sitúa la novela. Galdós era muy sensible a los derechos de las mujeres, y esto nos da personajes femeninos fuertes y decididos en sus novelas.

En definitiva, aquellas costumbres quedaron atrás, los cambios finalmente se producen y, después, parece que las cosas siempre fueron así.

El atractivo de la guerra

La guerra, como la imitación, es connatural al ser humano. Siempre ha habido guerras. Cuando empecé a leer los Episodios Nacionales de Galdós, lo que más me aburría era la guerra. No solo eso, no quería saber nada del tema. Además, el primer episodio, Trafalgar, tiene una fuerte curva de aprendizaje con el vocabulario naval. Sin importar la maestría con la que don Benito describe la guerra, incluida la intervención de las mujeres en ella, no era un tema que me interesara.

Honrando la guerra

Pues bien, me he dado cuenta de que cada vez me interesa más entender la guerra. La guerra como estrategia y táctica, como organización de batallones, como objetivos de conquista. Galdós mezcla admirablemente este punto de vista propio de los altos mandos con el punto de vista del soldado raso y del pueblo, que se ve envuelto en el conflicto, luchando, defendiéndose, sufriendo ataques, estados de sitio, hambrunas; muriendo o quedando lisiado.

Ahora en algunos programas vemos coroneles, generales, dando su punto de vista. Cuentan, por ejemplo, cómo los submarinos están ubicados en zonas estratégicas, dónde están los objetivos clave, los radares, cuáles son las tácticas defensivas, etc. Lo que más me llama la atención de los militares es que se duelen del dolor ajeno, de las atrocidades cometidas en civiles, del dolor gratuito. Por tanto, ser una «persona de la guerra» no implica ser insensible al dolor ajeno, ni mucho menos.

España es un país que se pasó en guerra la mayoría del siglo XIX. Así, los Episodios Nacionales solo pueden relatar esto: combate, tregua, inestabilidad del gobierno, nuevos conflictos… Hasta sus personajes llegan a confesar que les gusta la guerra, como un estado vivo, de acción, de movimiento hacia algo. Sigue sorprendiéndome cómo se relata la vida de los civiles en medio de la guerra, siguiendo sus actividades cotidianas en la medida de lo posible, interesados en el amor, en el trabajo, en la familia, amistades.

La guerra vista sobre el terreno. Imagen de Defence-Imagery en Pixabay.

El arte de la guerra

El arte de la guerra de Sun Tzu es uno de esos libros, como la Poética de Aristóteles o el propio Tao Te Ching, de Lao Tse, que contiene verdades imperecederas. Son el «primer manual» sobre distintos temas, al que se recurre una y otra vez. Este librito es el tratado sobre la guerra más antiguo del que tenemos conocimiento. Tiene mucha información sobre las batallas «de la época» (hace más de 2.000 años), por ejemplo, en términos de distancias recorridas, caballos necesarios, condiciones atmosféricas, terreno…

También contiene mucha otra información más generalista y que se utiliza incluso en ámbitos de estrategia empresarial. Así, algunas perlas como:

Todo el arte de la guerra está basado en el engaño.

Sun Tzu

La perspectiva general de este tratado es la del estratega, del general. Se analiza la batalla en detalle, pero siempre con una visión global, desde arriba. Se ataca al enemigo cuando está desprevenido, cuando no es claramente más fuerte, cuando está desorganizado. Sin embargo, se conserva la compasión hacia los prisioneros. No en vano, menciona el Tao como filosofía de base. Esta compasión no impide saquear al enemigo y aprovecharse de sus víveres.

Algunos temas generales que se pueden extraer de este manual son:

  • Mejor que las batallas no sean muy prolongadas, desgastan a los soldados y no son muy productivas. Lo aplicaría a cualquier proyecto.
  • El refinamiento en la guerra es atacar los planes del enemigo, evitar la batalla, desmontar su estrategia.
  • Es vital conocer las fuerzas que se tienen y actuar en cada caso conforme a ellas.
  • El general debe actuar según se presenten las circunstancias, incluso en contra del soberano bajo el que actúa.
  • No se puede controlar que el enemigo sea vulnerable, pero sí se puede potenciar la propia invencibilidad.

El punto de vista

De pequeña, jugaba con mi hermano a la guerra. Era un juego de mesa en el que se iban conquistando países, sobre un mapa. Yo siempre perdía, por varias razones: mi hermano era 3 años mayor, más avispado y más interesado en el tema. Pues bien, el punto de vista era el del general. El tablero era un gran mapa con los países, y había unas fichas con forma de tanques o similar. Desde arriba, la batalla se planifica según contaba Sun Tzu y según cuentan ahora militares de alto rango en distintos programas de la tele. Desde abajo, la batalla se parece a las películas que vienen a la mente, como El cazador, Apocalypse Now, Platoon, La chaqueta metálica y tantas otras.

La clave, quizá, es esto que comenta Sun Tzu:

En términos generales, mandar a muchas personas es como mandar a unas pocas. Es cuestión de organización.

Sun Tzu

En el momento en el que agrupamos personas, las personas dejan de ser tales. Así, un batallón visto desde el aire es un objeto, una especie de arma viva. Ya no es cada persona que lo compone. Rescato de nuevo la forma magistral de ver la guerra que tiene Galdós: constantemente ve la estrategia de cada general y constantemente muestra las consecuencias en personajes con los que el lector ya se ha identificado, personajes que asisten a fusilamientos, que caminan durante largas jornadas, que se empapan con la lluvia o que comen un mendrugo de pan y otras sobras. No olvidar al soldado ni al civil podría ser lo que pusiese la guerra en su justa medida. No dejar fuera la visión de cerca mientras se mantiene la visión global.


Si tienes curiosidad sobre el tema, el general Rafael Dávila ha escrito recientemente un libro llamado El nuevo arte de la guerra. Puede ser interesante leerlo, ver lo que ha cambiado y lo que sigue estando ahí.

El abrazo de Vergara

Dos militares recios a caballo acercan sus monturas, inclinan el cuerpo uno hacia el otro y se abrazan. Este abrazo histórico entre Espartero y Maroto pone fin a la primera guerra carlista, el 31 de agosto de 1839. Realmente, la batalla continúa casi un año más, pero el abrazo es su fin simbólico. Fue posible que se abrazaran un liberal, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de la reina Isabel II (entonces una niña) y un carlista, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de Carlos Isidro, hermano de Fernando VII. Así de pequeña era su diferencia y así de grande se hizo y se tiñó de la sangre de patriotas durante muchos años.

Abrazo de Vergara. Grabado del S. XIX. Museo Histórico Militar. San Sebastián.

Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al general de los que fueron contrarios nuestros.

Espartero citado en Vergara, episodio nacional de Galdós.

Así, se abrazaron los soldados de ambos ejércitos. Es una escena que ocurre en un descampado a la salida de la villa de Vergara. En palabras de don Benito:

En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento (…). La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.

Vergara. Galdós.

Se acababa una guerra que hasta ese momento había durado 6 años, ya digo que duró incluso un año más, y volvían a abrazarse hermanos con hermanos, que defendían lo que consideraban mejor para España, con unos resultados sangrientos y desastrosos, por el ensañamiento contra el enemigo que habían tenido ambos bandos.

Este abrazo justifica un episodio nacional en el que Galdós se implica menos, se mantiene más alejado de la primera fila. Da la sensación de que había que cubrir este último periodo de la primera guerra carlista para hacer avanzar la historia hasta lo siguiente. Atrás quedaban Luchana y La campaña del maestrazgo, donde Galdós había presentado retratos vivísimos de Espartero y del general más temible de los facciosos, Cabrera. Incluso otro episodio de transición precede a este del que hablo, La estafeta romántica.

Ya hemos mencionado el final de Luchana, un episodio intenso con un final sangriento, en el que se describe vívidamente la batalla final en Luchana, la sangre sobre la nieve, el frío, los cadáveres entre las rocas, y el batallón avanzando arengado por un Espartero con una voz «incomparable, que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina».

De Cabrera no hemos hablado mucho, pero daría para bastante. Con el intento de ecuanimidad que caracteriza a don Benito, se retrata al general como un hombre de la guerra, recio, que actúa respondiendo a una lógica. El generalísimo borraba la humildad de su origen con gran instinto. Al mismo tiempo, «no era hombre que se resignara a perder el tiempo: los minutos eran para él preciosos, y aborrecía las vanas palabras». Así, «la guerra no es más que el arte de la oportunidad, y éste lo posee don Ramón [Cabrera] como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento del terreno». No extraña entonces que el llamado «Tigre del Maestrazgo» no dudase en ordenar ejecutar a cuatro mujeres presas del otro bando cuando le llegó la noticia de que habían fusilado a su propia madre. Además, el fusilamiento de su madre, María Griñó, fue ordenado por el Gobierno: esta orden recayó sobre el militar Agustín Nogueras. Después, el Gobierno y las Cortes se retractaron y dejaron a Nogueras como chivo expiatorio. Cabrera montó en cólera y su sed de sangre parecía no tener fin, asesinando sin piedad a todos los del bando cristino que se le cruzaban. Parece ser que dictó un bando diciendo que vengaría la muerte de su madre matando a veinte liberales por cada carlista muerto.

Cabe asegurar que Cabrera nunca habría abrazado a Espartero: no se habría dado el abrazo de Vergara, la historia sería otra. El dolor de este hombre por la muerte de su madre no lo iba a permitir. De manera que la historia, el destino, puso a un carlista más moderado en esa posición, un hombre que no estaba de acuerdo con el carlismo más furibundo. De hecho, la credibilidad de Maroto era ya floja entre los carlistas más extremos, incluido el propio Carlos Isidro, que lo temía. Maroto veía claro que había que poner fin, llegar a un acuerdo, aunque costó mucha diplomacia y esfuerzo llegar a redactar un Convenio de paz con el que ambas partes estuviesen de acuerdo. Así, muchos batallones del ejército carlista eran reacios a este acuerdo y fueron convencidos o medio arrastrados al abrazo famoso.

Pero Vergara fue escrito después de que ocurrieran los acontecimientos y, evidentemente, sus personajes protagonistas no sienten que haya llegado el fin, sino que ese abrazo es solo una tregua en la división que caracteriza al país desde, al menos, la llegada de los franceses en 1808.

Sea como fuere, ese abrazo demuestra que la reconciliación es posible hasta entre dos recios hombres de guerra, capaces de rendirse al sentido común para detener una sangría justificada solo por la lucha de poder en la esfera de la realeza. A mí me da que pensar.


Puedes leer más entradas sobre temas literarios en la categoría Literatura y ensayo.

Otros Episodios Nacionales y temas relacionados con Galdós comentados en este blog:

Además, en esta entrada puedes ver la tumba del gran escritor, que se encuentra en el cementerio de la Almudena, en Madrid capital.

La tendencia a la entropía

Puedes pensar que todo tiende al equilibrio y las aguas vuelven a su cauce y puedes pensar que todo tiende al caos y el desorden es siempre creciente.

Un buen amigo mío decía justo lo segundo: un profesor de Teleco, de Campos electromagnéticos, veía claramente cómo todo tiende al desorden, que es lo que mide la entropía, según la segunda ley de la termodinámica.

La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo.

H. Callen

Así, voy paseando por las calles de una ciudad que antes fue pueblo y encuentro el desorden creciente, la tendencia al caos, el cómo unas construcciones se juntan con las anteriores sin parecerse, sin existir armonía entre ellas, con distintas alturas, diseños, colores, épocas. Los edificios más altos parece que engullen a casas bajas encaladas, que resisten empujándolos por los lados.

Otras casas se vienen abajo venciéndose por el tejado y mostrando sus secretos azulejos de la cocina o del baño, algunas más están simplemente en un claro estado de abandono, aderezado o no por cartones, por pises, por ratas.

Pero ¿qué es eso de la entropía?

Me puse a averiguar qué es la entropía y hasta qué punto describe esto que le sucede a una ciudad, a las obras de arte físicas, a las plantas, que crecen sin orden ni concierto, pero también al cuerpo humano. Encontré distintas definiciones de este concepto, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo, lo que encontré me pareció fascinante.

La palabra entropía procede del griego, denota un movimiento de giro o de cambio. Lo interesante es que se trata de un cambio irreversible. Este concepto lo tomó un físico y matemático alemán, Rudolf Clausius, que se puso a pensar en la transformación de un sistema, revisando el ciclo de Carnot.

Rudolf Clausius. Imagen de dominio público.

Por lo que he entendido de mis lecturas, un sistema termodinámico va cambiando, la entropía va aumentando cada vez que se dan intercambios de calor entre un cuerpo y otro. En estas reacciones, en estos intercambios de energía de los cuerpos, hay una parte de energía que se pierde: no todo el calor del cuerpo A pasa al cuerpo B. Esa parte se disipa o se pierde por fricción, por lo que no se transforma en energía útil (trabajo). La entropía entonces es medida de este «desorden» asociado a esa pérdida de trabajo. Está además en relación con los «microestados» que pueda adoptar un sistema.

Al ser el universo mismo un sistema termodinámico, puede llegar un momento en el que el flujo termodinámico se acabe, no haya más calor y el universo muera. Al pensar en esto, se te queda la cara que se le quedó a Rudolf Clausius cuando se lo planteó.

También he leído que la entropía puede ser una forma de observar el transcurso del tiempo en una sola dirección.

…de los dos únicos sentidos en que puede evolucionar un sistema, el espontáneo es el que corresponde al estado del universo con una igual o mayor entropía. (…)  A modo tanto de cuestión filosófica como de cuestión científica, este concepto recae inevitablemente en la paradoja del origen del universo: si el tiempo llevara pasando infinitamente, la entropía del universo no tendría sentido, siendo esta un concepto finito creciente en el tiempo y el tiempo un concepto infinito y eterno.

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La entropía solo puede aumentar con el tiempo, nunca disminuir. El ejemplo que he leído es curioso: se puede ir pasando pintura de un bote de pintura blanca a uno de pintura negra y viceversa, hasta llegar a un punto en el que se tienen dos botes de pintura gris. Pero este proceso no se puede revertir, de los botes de pintura gris no se puede volver al blanco, ni al negro.

Por otro lado, cuando ya tenía claro que entropía y desorden iban de la mano, leo que la entropía puede ser la medida del orden del sistema termodinámico, la medida de su equilibrio.

El desorden perfecto

Vuelvo a utilizar la entropía como metáfora de la decadencia de las ciudades, o de los cuerpos. Ese desorden, esa mezcla variopinta de edificios, esas plantas que brotan de entre las rocas sin apenas nutrientes, forman un mosaico de realidad: es lo que hay, no parece que el universo tenga un mal funcionamiento, al revés, parece que se arregla muy bien sin ninguna teoría que lo reduzca. El universo es, de esta manera, perfecto, la realidad misma. Y el desorden, entonces, forma parte de él.

En las calles, en las casas, vamos mezclando sin darnos cuenta el bote de pintura blanca con el de pintura negra. Al principio no se nota, una gota de un color sumergida en el otro no se ve. Con el tiempo, ambos son grises, se han equilibrado. Quizá este momento de equilibrio sea el de una ciudad completamente en ruinas, ya no sin tejados, ya sin paredes, sin calles, un conjunto de piedras y materiales que descansan cómodamente en la tierra y de ahí no se van a levantar.

O bien se intenta evitar esta heterogeneidad que lleva al desorden y se planifican y estructuran calles nuevas, vacías, que se irán llenando con los años con edificios nuevos, más uniformes entre sí, casi iguales. La zona está mejor organizada, aparentemente, los edificios son homogéneos, tienen alturas similares. Todo parece mejor. Pero el asfalto comienza a deteriorarse. Además, se detecta que faltan pasos de cebra, o sobran, o faltan cambios de sentido en esas largas avenidas planificadas. Porque la entropía se abre paso con la flecha del tiempo y no vuelve atrás. Nunca vuelve atrás: es irreversible.

¿Crees en la magia?

Lo que Peter Pan pregunta a los niños perdidos para salvar a Campanilla es muy similar: ¿Creéis en las hadas?

Si creéis, aplaudid: no dejéis que Campanilla se muera.

Peter Pan.

Hay un tipo de personas que quiere creer en la magia. Y esto implica no querer conocer el truco (o, como diría un mago, el juego).

Esto es lo que hace el protagonista de Big Fish. Durante buena parte de la película, vemos la forma de vivir (o de narrar su vida) de este personaje. Cabe preguntarse si él acaba de creer en sus historias. Lo que está claro es que muestra un fuerte deseo de creer o hacer creer en la magia. Creer en la magia es pensar que no hay truco, que aquello es un fenómeno inexplicable, lleno de misterio.

Lo mágico tiene algo de sueño, algo de siniestro. Imagen de Stefan Keller en Pixabay.

Pero detrás de toda la magia que inventa el ser humano, siempre hay un «truco»: el mecanismo que la hace posible. Así, hay magia en una construcción, en una fórmula química, en una maquinaria, en una novela, en una película…

Personas como Tim Burton o Steven Spielberg seguramente han creído en la magia durante mucho tiempo, o al menos han tratado de trasladar esa idea en muchas de sus películas. En otro ámbito, puede que Iker Jiménez sea otro del club, especialmente cuando se deja llevar por la exploración de lo misterioso en su programa de Cuarto milenio.

Cuando acabé de estudiar Teoría de la Literatura, estuve varios años sin poder leer un libro: había descubierto el mecanismo detrás de la magia. Cambié el placer del lector por el placer del crítico literario. Nada que ver. Con el paso de muchos años, he recuperado parte del placer lector, pero me temo que no hay vuelta atrás.

Con base en esta experiencia, decidí hace mucho tiempo no descubrir, no indagar, el mecanismo que hace posible el cine. Y eso que muchos trabajos que he hecho y hago lo rozan, por ejemplo, escribir guiones de vídeo para un programa de televisión ya te está revelando parte del truco. Y acabas por conocer cuál es la estructura de un guion, de cualquier guion cinematográfico, y qué ocurre en el minuto tal o cual. Saber esto, tener la estructura en la mente, comprobar que la mayoría de las películas responden a ella, crea una cierta distancia con el placer cinéfilo. Y no quiero más distancia.

Esta creencia naïve tiene el riesgo de ver magia allí donde no la hay ni debe haberla, aceptar el engaño en ciertas situaciones de la vida, o vivirlas como si perteneciesen a un cuento, sin tener plena consciencia de lo que está pasando y de las consecuencias de nuestras acciones. Por ejemplo, la propia boda, la compra de un bien de mucho valor (coche, casa, vacaciones), la decisión de migrar a otro país en busca de nuevas oportunidades… Es decir, hay que tener muy claro cuándo dejarse engañar, engatusar, llevar por una historia, y cuándo mantener los ojos abiertos y utilizar el razonamiento lógico.

Protagonistas ingenuos

Gustándome la magia, me gustan mucho los protagonistas que creen en ella. Ya he hablado alguna vez del agente Patou (Jack Lemon) en Irma la dulce, que piensa que la prostituta está simplemente paseando a su perrito, o de Sam Lowry (Jonathan Pryce) en Brazil. Me gustaría detenerme en el comportamiento de este protagonista antihéroe. Sam vive en una sociedad distópica muy controlada por el Estado. Es funcionario público y tiene un empleo en un lugar gris, oscuro y con recursos escasos. Vive solo en un apartamento estándar, bastante poco acogedor. Pero Sam sueña. Se pasa las noches soñando con una bella y desconocida mujer a la que él ama. Él se sueña a sí mismo como un ser alado, un héroe con armadura y alas que rescata a la mujer de diferentes situaciones, que lucha de forma caballeresca con distintos monstruos.

Según avanza la película, los sueños de Sam van tornándose en pesadillas, pues elementos de la realidad irrumpen en ellos, afeándolos. Tiene sueños premonitorios, porque después llega a conocer a esa mujer de sus sueños en una versión real mucho menos dulce, una superviviente, Jill Layton. Y también ve otras cosas, objetos, situaciones, que después aparecen en la película.

El ingenuo de Sam piensa que puede: indagar sobre la vida de la mujer real que tanto se parece a la de sus sueños, no informar sobre la destrucción de un vehículo por parte de unos niños gamberros, entregar un talón por medios no adecuados… Pero no, Sam no puede. Y todo lo que hace este ingenuo personaje en su vida real, va quedando apuntado y notificado y se vuelve después en su contra. No cuento más: mejor verla.

Así, me da pena quitarle a Sam sus sueños, sus ilusiones. Cuando dejas de aplaudir, Campanilla se debilita, se muere. A cambio, la realidad se muestra tal como es: una gran maestra (como diría Brigitte Champetier de Ribes). Siempre quedarán espacios y lugares en los que podamos aplaudir y revivir al hada: uno de ellos, el teatro, una de las mejores prácticas que conozco, hacer clown (sí, el payaso).


¿Crees en la magia? ¿Te dejas llevar por las ensoñaciones? ¿Tienes ilusiones que no parecen concordar con la vida real que llevas? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir.

El pasado que se arrastra

Si estás en tu casa, mira a tu alrededor: te rodea el pasado que arrastras. Una buena proporción de los objetos que tenemos en casa son recuerdos que nos hemos ido trayendo del pasado, pero que ya no tienen un uso (o nunca lo tuvieron y son simples adornos). Y la parte restante son los objetos del pasado que se utilizan en el presente: vajilla o batería de cocina, ordenador, teléfono móvil… En cambio, los alimentos que ingerimos no vienen de un pasado muy lejano. Y el agua es lo más presente: es corriente.

Todo esto se pone de manifiesto cuando se hace una mudanza. De pronto, aparecen un montón de trastos de todas partes, escondidos en armarios, aquí y allá, o en el temible trastero. La primera acepción de trasto en el diccionario de la RAE es:

Trasto: Cosa inútil, estropeada, vieja o que estorba.

RAE

La sexta acepción es más positiva, simplemente se trata de:

Trasto: Muebles o utensilios de una casa.

RAE

Entonces, ¿de qué naturaleza son los trastos que acumulamos en una casa? Un poco de ambas. Hace tiempo reflexioné en este blog sobre qué es la basura, cuándo un objeto o un alimento se convierte en basura. El tema de los trastos es similar: están en casa legítimamente como «muebles o utensilios» y de pronto pasan a ser «cosas inútiles o que estorban». ¿Y cuándo ocurre esto? Cuando el pasado los vence.

O como diría un economista, cuando el bien se deprecia. El pasado vence a los trastos cuando dejan de ser útiles o son viejos (agotan su vida útil), cuando se estropean (dejan de funcionar) o cuando se quedan obsoletos (y estorban).

Cuando escucho hablar de la obsolescencia de los aparatos, recuerdo cómo mis padres, que tenían un negocio de publicidad y diseño gráfico, tuvieron que depositar en la calle, como trastos, máquinas que unos pocos años antes eran el último modelo para producir sus diseños, un modelo bastante caro, por cierto.

Cuando el pasado te vence

Por pura lógica, llega un momento en la vida en que hay más pasado que futuro. La mirada hacia atrás cubre cada vez más años, los trastos que nos acompañan pueden relumbrar brevemente con un recuerdo de aquella persona que nos los regaló, pero luego vuelven a apagarse con desidia. Es posible que estos trastos acaben dentro de vitrinas, el sumun para sentir la propia casa como un museo lleno de reliquias.

Las fotografías son un tipo especial de pasado: traen al presente a personas que ya no están, o que ya no son como aparecen en ese registro puntual. Siempre es sorprendente y extraño ver fotos de los propios padres siendo mucho más jóvenes que una misma, incluso siendo niños.

Pasado, presente y futuro se encuentran. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

El pasado que se arrastra, pesa. El peso te arquea la espalda. El pasado no se va. El pasado conforma a la persona, su cerebro, su cuerpo. Por esto, cada vez dudo más de la existencia de lo que llaman «iluminación», la experiencia directa de la realidad, lo que San Juan buscaba detrás de la tela que había que rasgar. Porque cualquier experiencia de la realidad va a estar siempre mediada por los sentidos y por la estructura previa del cerebro (memorias, conexiones cerebrales). Y si no fuese así, no se podría comprender.

El pasado es un entrenamiento para el presente

Sin embargo, sí pienso que se puede vivir el presente (más o menos rodeados de objetos del pasado), cuando se busca una respuesta no automatizada a los desafíos que se nos presentan. El pasado nos ha servido para conocer qué es lo que puede ocurrir, para tener experiencias y conocer las consecuencias de nuestras respuestas. El pasado que se arrastra, esos objetos, libros y cachivaches, nos han servido para aprender algo de ellos, nos han enseñado un idioma que ahora sabemos hablar para más o menos lidiar con lo que toca.

Que vivimos una época sin precedentes para la mayoría de nosotros, es un hecho. Aun así, es posible dar respuesta a esto que no conocíamos extrayendo la semilla de lo que el pasado nos dio: la filosofía, las habilidades, los resultados.


¿Guardas muchas cosas de tu pasado? ¿Tu casa te parece un museo? ¿Eres más de tirar trastos y renovar los espacios que habitas? Me gustaría conocer tu perspectiva. Como en cada ocasión, muchas gracias por leer y por compartir.

El lugar del humor

El 9 de julio de 2021 dejé preparado un borrador de una entrada para el blog. Acabé descartándola: hablaba del humor y no era tiempo de «reírse». Resulta que ha pasado más de un año, y la entrada seguía en dique seco: desde marzo de 2020 nunca parece tiempo de hablar del humor, o al menos no me lo ha parecido a mí.

El humor se ha transformado a lo largo de mi vida: de irreverente e incorrecto ha pasado a aséptico y controlado. Ya no son posibles las comedias de humor del absurdo, el humor solo puede ahora escaparse de entre la autocensura y la crítica despiadada a todo lo que no sea evitar ofender. Y lo que era más gracioso «en mi época» (aquí la abuela Cebolleta) era todo ofensivo. Pero las personas aludidas no solían ofenderse.

Por cierto, el humor no es únicamente el reino de humoristas, monologuistas, improvisadores o payasos, el humor se extiende a «personas muy serias» y muy inteligentes. Un ejemplo claro: Mozart. En sus cartas, juega a decir todo tipo de payasadas y a hacer bromas escatológicas, al tiempo que habla muy en serio sobre su música, sus pianos, etc. Y de esto iba aquella entrada que yo iba a publicar hace más de un año y que reproduzco ahora, porque me temo que, si esperamos al «momento idóneo» para reírnos de algo, nos vamos a ir a la tumba con el rigor mortis ya puesto en vida.

El camino del humor

Hace poco [antes de julio de 2021] comentaba la importancia del humor. Me gustaría mostrar aquí algunos ejemplos de los autores que cito con más frecuencia. Veréis cómo han integrado el humor en escritos bastante serios y respetables.

Vamos a empezar por Eric Berne, quien no solo utiliza el humor sino que lo propone como camino terapéutico para salir de los guiones que tenemos automatizados desde la infancia. En uno de sus textos, Berne dice:

Es mejor ser un mártir que ser un troglodita, es decir, un hombre que se niega a creer que ha ascendido de criaturas simiescas porque aún no lo ha hecho, pero conocerse a sí mismo es aún mejor.

Berne también menciona la improvisación y la incertidumbre como caminos de crecimiento, cuando se pregunta sobre si él mismo está siguiendo un guion, que equivale a estar tocando una pianola con el rollo perforado hace mucho tiempo, o si realmente compone su música por sí mismo. Dice que en este caso:

…soy un improvisador valiente que se enfrenta al mundo solo. Pero (…) la canción de mi vida está igualmente llena de incertidumbre y de sorpresas a medida que se despliega el palpitante y sonoro teclado del destino (…).

En realidad, sus escritos son bastante humorísticos, a veces sarcásticos también.

Eric Berne. Foto de dominio público, Wikipedia.

Por su parte, Paul Watzlawick escribió varios libros en los que ya vemos su disposición al humor desde el título, como El arte de amargarse la vida, un pequeño gran libro del que hemos hablado (por cierto, el post que acabo de citar habla realmente de guiones de vida no ganadores o perdedores).

Uno de sus libros más importantes, ¿Es real la realidad? está escrito por entero en tono de humor. Por ejemplo, cuando hace «una breve alusión al único aspecto divertido de una cosa tan mortalmente seria como es el psicoanálisis». Watzlawick explica que el psicoanálisis basa su técnica en que el paciente advierta lo menos posible la presencia del psiquiatra, de manera que se entregue a asociaciones libres de ideas. Pero ocurre lo contrario, el paciente agudiza el oído y comienza a relacionar las señales con las asociaciones adecuadas o no adecuadas, como es el rasgueo de la pluma sobre el papel del doctor, el crujido de la silla…

…hasta que un cierto tipo de respiración rítmica y acompasada indicará al paciente que, por fin, el terapeuta se ha dormido.

Paul Watzlawick. Foto de Martin Gertler, CC BY 3.0.

Nassim Taleb en su Cisne negro es tan sarcástico a cada palabra como lo es en su propia cuenta de Twitter.

A Ernie J. Zelinski ya le habíamos mencionado cuando introduje el tema del humor, diciendo que había escrito un libro titulado El placer de no trabajar. Lo que hace Zelinski es mostrar qué normas absurdas sobre el trabajo se han ido imponiendo y qué otras formas hay de trabajar y de disfrutar del ocio.

Unamuno se dio cuenta de que el ser humano es poco más que un cerebro a un estómago pegado, quizá haciendo eco de la famosa rima de Quevedo.

¿Hay que ser así de gracioso?

Hay muchísimos autores muy respetables que no incluyen el humor en sus escritos. Esto no significa que no fueran graciosos en su vida privada, o quizá no lo eran en absoluto y dejaban hablar a la brillantez de sus ideas.

No, no hay que ser una persona graciosa, solo que, si es un camino hacia una posición sana, si es de ayuda para quitar hierro a los asuntos que más nos preocupan, pues bienvenido sea el humor.


Aquí termina aquel borrador de julio del 21 y así se publica. Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.