Guion ganador perdedor

O.J. Simpson

Hace unos meses, vi una serie documental sobre O.J. Simpson. Desde aquel momento, he venido reflexionando: ¿cuándo un guion de vida ganador se convierte en un guion perdedor? ¿O es que siempre había sido perdedor y estaba esperando «la ocasión»?

Es ya materia conocida: el brillante deportista O.J. Simpson, tan correcto y adecuado que «parecía blanco» (y las implicaciones de esta forma de ver el tema sabemos que son muchas), «de un día para otro» se convierte en el asesino violento O.J. Simpson, que ya se ve que «es negro».

La serie documental tiene 5 capítulos. Hasta que la vi, para mí O.J. Simpson era un personaje secundario de la saga Agárralo como puedas, que habré visto unas cuantas veces y seguiré viendo. Resulta que no, que O.J. era una estrella del deporte en su país, su intervención en esta película o en anuncios de televisión era como si aquí sale uno de los grandes deportistas que tenemos (que de hecho, salen, al menos en anuncios).

Vale. Pues este tío, completamente integrado en la «sociedad blanca», aceptado como persona sin atender a su color, un día «se vuelve loco» y asesina a su exmujer y al nuevo amante de esta. Su exmujer, por supuesto, blanca. Entonces, de golpe y como si fuera un telón, toda la persona (el personaje), la máscara, construida por O.J. Simpson se cae y aparece debajo el monstruo, la sombra.

El ganador, el deportista brillante, el tío majete que hace bromas y se presta a colaborar en unas películas muy locas, pasa a ser el loco asesino. Lo que pasa es que, dada la muy trabajada máscara que había creado, al jurado le fue imposible condenarle: no es posible, hay una disonancia aquí, este tío majete no puede ser ese asesino violento. No, no lo es.

O.J. Simpson. Foto de Gerald Johnson.

Marilyn Monroe

Marilyn Monroe era otra de estas personas-personaje, máscara construida hábilmente por Norma Jeane, que, por su historia de vida, podía ser una perdedora de libro. En el documental Love, Marilyn, se cuenta que se transformaba a voluntad en esa otra, según andaba por la calle, y de pronto la gente alrededor reparaba en que allí estaba el gran ídolo sexual. La trayectoria de éxito estaba marcada, el trabajo diario en técnicas de actuación y aun de canto y baile asumido como parte de este camino.

Y de pronto, «de un día para otro», esta mujer cae en la desgracia y encuentra un final que, desde el punto de vista de los guiones de vida, es casi indiferente que sea suicidio o asesinato: es un guion harmático o de muerte.

Cierto que la actriz no estaba del todo contenta con el camino que tomó su carrera. Ese personaje tan erótico que había creado llevaba asociados todo tipo de tópicos: tonta, fácil, objeto… Y de alguna manera, ella interpretaba a la rubia tonta, fácil, objeto, pero sin darse cuenta de que se cerraba las puertas a interpretaciones más serias, a ser tomada ella misma en serio como persona. Quizá por ello, boicoteaba los rodajes, llegaba tarde, no se estudiaba el papel, hacía repetir las escenas una y otra vez… Porque el personaje creado realmente no le gustaba, pero no era capaz de desviar el rumbo ya tomado. Estaba atrapada y su laborioso trabajo para construir a Marilyn no la conducía al éxito que ella había imaginado.

Marilyn Monroe. Foto de Bert Parry.

Don Benito

Pérez Galdós fue un autor consagrado en vida, era un escritor muy apreciado y vivió ampliamente el éxito. Estuvo propuesto para el Premio Nobel de Literatura, aunque no lo consiguió por motivos políticos (de creencias). Sin embargo, murió ciego y pobre. Y, como os he comentado hace poco, ya alguno de sus personajes en distintas novelas se queda ciego, es como si él hubiese orquestado ese guion de final perdedor (como lo hacemos todos, inconscientemente).

No sé si Galdós había creado una máscara tan elaborada como las de O.J. Simpson y Marilyn Monroe. No sé si había la versión oficial de Galdós y la versión escondida de Benito.

Lo cierto es que Galdós ganó muchísimo dinero, pero no supo gestionarlo. Tomó varias decisiones económicas desacertadas que le fueron empobreciendo. Daba su dinero «al pueblo» con una generosidad acusada, pero con poca previsión de cómo le podía acabar afectando a él. Se endeudaba, de alguna manera, tiraba el dinero ganado con su gran trabajo, a veces creyendo que protegía su obra. Está muy bien explicado en Wikipedia, donde se mencionan sus problemas editoriales y su tendencia a endeudarse. Según escribe Ramón Pérez de Ayala:

…don Benito no solo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. (…) …don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros.

Ramón Pérez de Ayala en Divagaciones literarias.
Benito Pérez Galdós. Foto de Pablo Audouard Deglaire.

Se puede salir del guion de vida marcado

¿Qué diferencia a estos ganadores-perdedores de los verdaderos ganadores? ¿Tal vez los ganadores genuinos ganan con una persona completa, no dividida entre el personaje público hecho para gustar y el personaje privado que tiene todas las debilidades? Tengo la sensación de que al menos O.J. y Marilyn debían de pensar que la creación, la máscara, acabaría con la sombra, la reduciría tanto que desaparecería. No solo no ocurrió eso, sino que la sombra, el lado más débil, el perdedor, la voz del diablo que les incitaba a echar todo por tierra se hacía más fuerte cuanto más trataban de ocultarlo.

Lo fundamental del concepto de guion de vida creado por Eric Berne es que se puede salir de él. Para ello, el primer paso es darse cuenta de que el guion es como una pianola automatizada, en que la música que se ejecuta está previamente escrita. El segundo paso es ser consciente de que la hemos escrito cada uno de nosotr@s a partir de los mandatos y contramandatos (creencias) recibidos en nuestra infancia. El tercero es reescribir. Y, tal como de una forma muy visual comenta Eric Berne, reescribir implica salir de la jaula una vez nos abren la puerta. No siempre es fácil. El guion conocido, incluso si es perdedor, es más cómodo de vivir que un guion nuevo, lleno de incertidumbre. Y, como hemos visto en estos tres casos, no basta con superponer una capa de personaje perfecto, simpático, atractivo, talentoso, que guste al público, porque detrás de la máscara continúa la música automatizada, continúa el mandato que susurra: «vuélvete loco, sé una borracha, no tengas éxito, mátate, mata a otros, muere pobre, muere ciego».

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