Guion ganador perdedor

O.J. Simpson

Hace unos meses, vi una serie documental sobre O.J. Simpson. Desde aquel momento, he venido reflexionando: ¿cuándo un guion de vida ganador se convierte en un guion perdedor? ¿O es que siempre había sido perdedor y estaba esperando «la ocasión»?

Es ya materia conocida: el brillante deportista O.J. Simpson, tan correcto y adecuado que «parecía blanco» (y las implicaciones de esta forma de ver el tema sabemos que son muchas), «de un día para otro» se convierte en el asesino violento O.J. Simpson, que ya se ve que «es negro».

La serie documental tiene 5 capítulos. Hasta que la vi, para mí O.J. Simpson era un personaje secundario de la saga Agárralo como puedas, que habré visto unas cuantas veces y seguiré viendo. Resulta que no, que O.J. era una estrella del deporte en su país, su intervención en esta película o en anuncios de televisión era como si aquí sale uno de los grandes deportistas que tenemos (que de hecho, salen, al menos en anuncios).

Vale. Pues este tío, completamente integrado en la «sociedad blanca», aceptado como persona sin atender a su color, un día «se vuelve loco» y asesina a su exmujer y al nuevo amante de esta. Su exmujer, por supuesto, blanca. Entonces, de golpe y como si fuera un telón, toda la persona (el personaje), la máscara, construida por O.J. Simpson se cae y aparece debajo el monstruo, la sombra.

El ganador, el deportista brillante, el tío majete que hace bromas y se presta a colaborar en unas películas muy locas, pasa a ser el loco asesino. Lo que pasa es que, dada la muy trabajada máscara que había creado, al jurado le fue imposible condenarle: no es posible, hay una disonancia aquí, este tío majete no puede ser ese asesino violento. No, no lo es.

O.J. Simpson. Foto de Gerald Johnson.

Marilyn Monroe

Marilyn Monroe era otra de estas personas-personaje, máscara construida hábilmente por Norma Jeane, que, por su historia de vida, podía ser una perdedora de libro. En el documental Love, Marilyn, se cuenta que se transformaba a voluntad en esa otra, según andaba por la calle, y de pronto la gente alrededor reparaba en que allí estaba el gran ídolo sexual. La trayectoria de éxito estaba marcada, el trabajo diario en técnicas de actuación y aun de canto y baile asumido como parte de este camino.

Y de pronto, «de un día para otro», esta mujer cae en la desgracia y encuentra un final que, desde el punto de vista de los guiones de vida, es casi indiferente que sea suicidio o asesinato: es un guion harmático o de muerte.

Cierto que la actriz no estaba del todo contenta con el camino que tomó su carrera. Ese personaje tan erótico que había creado llevaba asociados todo tipo de tópicos: tonta, fácil, objeto… Y de alguna manera, ella interpretaba a la rubia tonta, fácil, objeto, pero sin darse cuenta de que se cerraba las puertas a interpretaciones más serias, a ser tomada ella misma en serio como persona. Quizá por ello, boicoteaba los rodajes, llegaba tarde, no se estudiaba el papel, hacía repetir las escenas una y otra vez… Porque el personaje creado realmente no le gustaba, pero no era capaz de desviar el rumbo ya tomado. Estaba atrapada y su laborioso trabajo para construir a Marilyn no la conducía al éxito que ella había imaginado.

Marilyn Monroe. Foto de Bert Parry.

Don Benito

Pérez Galdós fue un autor consagrado en vida, era un escritor muy apreciado y vivió ampliamente el éxito. Estuvo propuesto para el Premio Nobel de Literatura, aunque no lo consiguió por motivos políticos (de creencias). Sin embargo, murió ciego y pobre. Y, como os he comentado hace poco, ya alguno de sus personajes en distintas novelas se queda ciego, es como si él hubiese orquestado ese guion de final perdedor (como lo hacemos todos, inconscientemente).

No sé si Galdós había creado una máscara tan elaborada como las de O.J. Simpson y Marilyn Monroe. No sé si había la versión oficial de Galdós y la versión escondida de Benito.

Lo cierto es que Galdós ganó muchísimo dinero, pero no supo gestionarlo. Tomó varias decisiones económicas desacertadas que le fueron empobreciendo. Daba su dinero «al pueblo» con una generosidad acusada, pero con poca previsión de cómo le podía acabar afectando a él. Se endeudaba, de alguna manera, tiraba el dinero ganado con su gran trabajo, a veces creyendo que protegía su obra. Está muy bien explicado en Wikipedia, donde se mencionan sus problemas editoriales y su tendencia a endeudarse. Según escribe Ramón Pérez de Ayala:

…don Benito no solo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. (…) …don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros.

Ramón Pérez de Ayala en Divagaciones literarias.
Benito Pérez Galdós. Foto de Pablo Audouard Deglaire.

Se puede salir del guion de vida marcado

¿Qué diferencia a estos ganadores-perdedores de los verdaderos ganadores? ¿Tal vez los ganadores genuinos ganan con una persona completa, no dividida entre el personaje público hecho para gustar y el personaje privado que tiene todas las debilidades? Tengo la sensación de que al menos O.J. y Marilyn debían de pensar que la creación, la máscara, acabaría con la sombra, la reduciría tanto que desaparecería. No solo no ocurrió eso, sino que la sombra, el lado más débil, el perdedor, la voz del diablo que les incitaba a echar todo por tierra se hacía más fuerte cuanto más trataban de ocultarlo.

Lo fundamental del concepto de guion de vida creado por Eric Berne es que se puede salir de él. Para ello, el primer paso es darse cuenta de que el guion es como una pianola automatizada, en que la música que se ejecuta está previamente escrita. El segundo paso es ser consciente de que la hemos escrito cada uno de nosotr@s a partir de los mandatos y contramandatos (creencias) recibidos en nuestra infancia. El tercero es reescribir. Y, tal como de una forma muy visual comenta Eric Berne, reescribir implica salir de la jaula una vez nos abren la puerta. No siempre es fácil. El guion conocido, incluso si es perdedor, es más cómodo de vivir que un guion nuevo, lleno de incertidumbre. Y, como hemos visto en estos tres casos, no basta con superponer una capa de personaje perfecto, simpático, atractivo, talentoso, que guste al público, porque detrás de la máscara continúa la música automatizada, continúa el mandato que susurra: «vuélvete loco, sé una borracha, no tengas éxito, mátate, mata a otros, muere pobre, muere ciego».

Costumbres de antaño

Leyendo los episodios nacionales me voy encontrando con menciones al estilo de vida que seguramente en esa época no llamaban la atención, pero que al leerlas ahora, resultan chocantes o curiosas. Voy a recoger algunas aquí, de forma no exhaustiva. Son las que más me han llamado la atención de los últimos episodios que he leído, pero hay muchas más: te invito a descubrirlas.

Que la fuerza bruta te acompañe

En el siglo XIX todavía se utilizaba mucho la fuerza física de personas y animales. En Luchana, Zoilo y su familia son herreros. Trabajan el metal como en el cuadro de La fragua de Vulcano, a mano, con la fuerza bruta y viril.

Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas ocasiones se le presentaban (…). A su pujante vigor muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas estatutarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y nobleza sin pulir (…). Tenía conciencia de su fuerza física (…), pero no sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.

Descripción de Zoilo. Luchana.
La fragua de Vulcano. Dominio público.

Otro ejemplo de necesidad de fuerza física son los camilleros. Cuando Galdós habla de que se llevaban a los heridos en camillas, la imagen mental que me vino es una camilla con sus patas y sus ruedas. Pero no, las camillas las levantaban dos forzudos hombres, uno por cada lado, de manera que hacían falta dos hombres no heridos por cada camilla.

Huevos fritos con chorizo

En las novelas de don Benito sale muchas veces la comida. Diremos que Galdós no debía de ser muy fan de la dieta mediterránea. Lo que más comen sus personajes es queso con pan, de beber, siempre toman vino, si meriendan, pueden tomarse un chocolate con bollos, más raramente un café.

Eso sí, se desayunan unas sopas o unos huevos fritos con chorizo como si tal cosa. Cuando pasan hambre, los personajes comen sobras de lo que han comido otras personas. Es una imagen bastante impresionante. Cuando los precios suben por la guerra, pueden que tengan que comprar unos huevos muy pasados y a precio de oro.

Huso horario

Algo pasó en algún momento con el huso horario, porque en los episodios nacionales, cuando es verano, amanece y anochece a las 5 de la tarde. Repito: a las 5 de la tarde. Eso me recuerda a cuando estuve en el Mar Rojo en verano, precisamente: amanecía y anochecía a las 6, así que a esa hora había que levantarse/irse a dormir. He investigado sobre esto, lo que he encontrado son dos artículos (a su vez copiados a otras páginas) sobre que las horas en el s. XIX eran distintas en cada provincia.

Además, se comía y cenaba a otras horas. En Luchana, unas señoras de la nobleza comentan que:

…amiga mía, no puedo avenirme a esa novísima costumbre de comer a las tres y cenar a las once de la noche… costumbres napolitanas deben de ser éstas…

La «señora incógnita» en una carta a Fernando Calpena. Luchana.

Mira, ya sabemos por qué en España tendemos a comer y cenar más tarde que otros europeos. ¿Lo harán así los napolitanos, como dice esta mujer?

A pie

Verdaderamente, cuando los personajes de Galdós recorren varias provincias de la geografía española andando, llego a sentir su cansancio. No, no van en un carro, a veces unos sí tienen carro o burro, los más nobles, caballo, pero van todos a la vez, así que se entiende que van al ritmo de los que van a pie. Estos grandes viajes quijotescos se forman por distintos intereses. Por ejemplo, en una fonda coinciden dos personajes y hablan de la ruta que sigue cada uno. Uno de ellos puede estar encaminándose a donde dejó a su amada, el otro puede estar en misión oficial llevando unos legajos a un alto cargo. Y aún otro, puede estar de camino para volver a sus tierras y retirarse allí. Hablan entre ellos de los medios con los que cuentan y se acuerda emprender el viaje.

En el suelo

Pasan la noche en cualquier lado, por ejemplo, paran en una fonda y duermen varias personas todas en el suelo, cada cual haciéndose su lecho con lo que tenga a mano, o bien en los establos, durmiendo sobre el heno. Esto lo hacen hasta personas tan mayores como nuestro amigo don Beltrán de Urdaneta, que según referencias galdosianas, pasa de los 70 años.

También es posible que duerman en una iglesia, en un humilladero o, incluso, en una cueva, siempre con sus molidos huesos sobre duros suelos.

Prepararse para bien morir

Una de las cosas que más me costaba digerir en las novelas de Galdós son los fusilamientos y otros tipos de muertes cruentas. Los condenados pasan una noche con su conciencia, resignándose a su fatal destino y en comunión con Dios mismo. Es de notar con qué entereza asumen los personajes que van a morir. La muerte está mucho más cerca de ellos de lo que la sentimos ahora. No solo por las guerras, también porque la muerte era más probable, la esperanza de vida, menor.

También hay descripciones realistas y exactas de linchamientos, como el de Godoy. De la fuerza del pueblo y sus acciones hablaremos otro día; es admirable cómo Galdós presenta al pueblo en estos actos en masa.

Ancestros

Desde luego, la vida era más dura, o al menos, más cansada físicamente. Esta gente comía bastante menos, tenía que ganarse el pan con más esfuerzo, y no había un trato especial para personas mayores o con problemas de salud: tenían que superar los mismos avatares que el resto. Eso sí, se percibe en los personajes de don Benito una humanidad sin límite, cuando una persona requiere cuidados, los demás se vuelcan, la acogen, la acompañan.

En este contexto y otros peores si nos vamos más atrás en la historia, crecieron y vivieron nuestros ancestros. Nos ha llegado la vida de las personas que sobrevivieron al hambre, la enfermedad, la guerra. ¡Qué precio más alto! Se trata, como comenta Sergio Rozalén en un post, de 110 mil millones de historias.

Brines, testigo del paso del tiempo

El pasado domingo emitieron un Imprescindibles sobre Francisco Brines en La 2. Cuando lo vi anunciado en Twitter, sentí emoción: yo conocí personalmente a Francisco Brines en la carrera de Teoría de la literatura y literatura comparada; de hecho, autografió para mí su antología Poesía completa (1960-1997). Brines era materia de estudio de la asignatura de Crítica literaria, dentro de la generación del 50.

Cuando vi a Brines en el documental, me costó aceptar su envejecimiento. Le había conocido alrededor del año 2002-2003, cuando tenía unos 70 años; aún no era académico de la RAE. Brines vino a la Facultad a dar un seminario y leyó varios de sus poemas. Explicó que la inspiración podía venirle en cualquier momento, incluso conduciendo: se paraba en un semáforo en rojo y apuntaba rápidamente en un papel la imagen que le había venido a la mente.

Su visita era importante, es como si nos hubiera visitado Vicente Aleixandre, de quien tenía influencias en su primera obra. Durante su charla, se me ocurrió una «pregunta inteligente» que, cuando me llegó el turno, se me fue de la mente. Como no conseguía recordarla, le pedí torpemente que leyera otro poema. Su voz era vibrante, profunda, leía con gusto y buena vocalización. Brines tenía más o menos este aspecto:

Magazelka, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, via Wikimedia Commons

La voz de Brines en el documental, grabado en 2020 y 2021, sonaba como un hilillo de aire, muy débil, pausada. Ya no solo su aspecto, su voz no era la voz que yo había escuchado. Lo que decía, por contraste, tenía mucha fuerza. Una fuerza que se puede apreciar en sus poemas, por ejemplo, este, Sísifo de la carne(*):

Algo el tiempo ha empezado a corroer
en la línea del vientre, en donde cruel
me avasalló, gimiendo, tu belleza.
Se ha iniciado la lenta despedida
del esplendor, y me arroja el reino
la maldición de mi naturaleza.
Y otra vez el desierto hasta encontrar
de nuevo los grilletes que me aten
a esa indecisión de una sonrisa
aparecida. El valle de los pájaros.

Cuántos barcos sin norte en esa niebla
de desaparición. Los mástiles caídos.
Al espejo se asoma
el estupor cansado de mis ojos,
la destrucción tan larga de mi carne.
Y el mendigo del mundo prometido
adelanta la mano que le humilla
por cobrar la moneda que no ha alcanzado nunca.

La reflexión sobre el tiempo

Los temas comunes de la poesía de Francisco Brines son varios. Uno de ellos el cuerpo, la carne. Otro los paisajes, los atardeceres y la noche, la naturaleza. Y otro, el principal, el tiempo. Impresiona el paso del tiempo en él, se buscan sus trazas al comparar sus poemas de Las brasas con los de La última costa. Curiosamente, su yo lírico en Las brasas era un hombre anciano despidiéndose de la vida porque se sabe mortal. En el poema Sísifo de la carne, de La última costa, podemos ver que la carne es víctima también de ese paso del tiempo.

Cuando vi a Francisco Brines en la Complutense, fijé el aspecto del autor, como si lo hubiera visto en una película. Así, en mi mente, Brines no envejecía. En las películas, los personajes no envejecen, mientras que, en cada revisión de una película, el espectador sí lo hace. Si en su día te habías identificado con Gene Kelly en Levando anclas, un día vuelves a ver la película y de pronto te parece un chico «demasiado joven». Y, al mismo tiempo, lleva muerto muchos años. Estos son los contrastes temporales a los que nos llevan fotografías y películas.

Por otro lado, a partir de una edad, es muy posible que no reconozcas a las personas de tu propia quinta. Más o menos hasta los 40 identificas bien a otros coetáneos. Y a partir de ahí, poco a poco, vas creyendo (ingenuamente, erróneamente) que esas personas «tan mayores» no pueden ser de tu edad, que tú te conservas mejor. El «señora» y la gente que te habla de usted te devuelven rápido a tu sitio, a tu generación.

Don Beltrán de Urdaneta

Recordar a Brines me ha conectado al personaje estimable de don Beltrán de Urdaneta, del que ya os he hablado un par de veces. Este personaje es un señor de unos setenta años. Le ha gustado disfrutar de la vida y sigue queriendo hacerlo. Pero se está quedando ciego y se va sintiendo cansado de ir de un lado para otro. Que esté acercándose a la última costa no significa que no pueda estar sometido a las circunstancias del destino, del azar. En el Imprescindibles, Brines comenta que somos hijos del azar: cuando llega, hay que agarrarlo, aunque nos aparte de un golpe.

El paso del tiempo, con la propia observación de un cuerpo que «el tiempo ha empezado a corroer», es doloroso cuando se atisba la muerte, el final, la otra cara de la moneda de la vida. Don Beltrán de Urdaneta se siente cercano a la muerte, por edad, pero cuando se ve apresado por un regimiento de facciosos (soldados carlistas) liderado por Cabrera, y es sometido a todo tipo de trabajos duros, se prepara aún más para este final: en cualquier momento puede ser fusilado por orden del general Cabrera, personaje histórico, apodado «el tigre del Maestrazgo».

La historia es dura: los liberales fusilan a la madre de Cabrera, María Griñó. Desde ese momento, Cabrera promete que la sangre de los liberales llenará los valles y subirá por las montañas. Y fusila a todo el que encuentra, sean mujeres, sean niños, o sean personas que pasaban por ahí, como el propio Urdaneta, que es capturado y llevado como preso a través de montes y valles, la mayor parte del tiempo a pie.

A pesar de su edad y su nobleza (el primer noble de Aragón), a Urdaneta le encargan talar árboles (con un hacha) para despejar una zona, o enterrar a los fusilados, a los que se desnudaba antes.

Terrible duelo y consternación produjo a don Beltrán la vista de los dieciséis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones (…). Eran jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del vigor (…). [Pensó:] «¡Pobres muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra, España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en su propia tierra…»

La campaña del Maestrazgo
Hecho de Burjasot. M. Molina. Biblioteca Nacional. Madrid.

Contrasta la edad de los cuerpos con el rigor de la muerte. Contrasta la vejez de Urdaneta con la juventud de los muertos a los que se ve obligado a enterrar. Galdós no omite la dureza de la guerra, más bien crea imágenes claras de aquellos sucesos. En la época que escribió esta tercera serie, Galdós tenía entre 55 y 57 años. Aún había de vivir unos 20 más, pero ya era sensible a los achaques de la edad, especialmente el que le tocaría a él: la progresiva pérdida de la visión.

Igualmente, Francisco Brines habría de vivir unos 20 años a partir de aquella charla en la que presentó su antología subtitulada «Ensayo de una despedida».


Todo este juego de edades que contemplan edades es lo que me evocó el excelente documental de Imprescindibles. Brines, en pantalla, con 88 y 89 años, inmediatamente el Brines de la charla en mi Facultad, con 70, yo con 47 recordando haberle pedido su autógrafo con 29, Galdós escribiendo con 56 años sobre un personaje de 70 que contempla la muerte de jóvenes de unos 20.

Tal vez no podemos saber cuándo hemos de despedirnos. No sabemos qué hechos nos va a tocar presenciar, qué circunstancias nos quedan por vivir. Podemos atestiguar el paso del tiempo, como Brines y Galdós, podemos reflejar lo que vemos y lo que sentimos. Podemos, simplemente, vivir, disfrutar de lo que tenemos, agradeciendo lo que nos llega, despidiendo lo que se va.

(*) Nadie mejor que cada lector para sentir las emociones que le sugieren los versos del poeta. La poesía es difícil por su simbolismo, por su polisemia, por no ser lógica. Muchas veces requiere relectura, ir destilando cada imagen, cada palabra.

Última temporada: la más alta traición

En muchas de las series que he visto, sobra la última temporada, quizá las dos últimas. De pronto, la fórmula deja de funcionar, los capítulos se hacen pesados de ver, las historias que se cuentan no tienen la magia de las anteriores, casi se percibe el cansancio del equipo que lo ha producido. Y lo peor de todo: los personajes empiezan a actuar de una forma no coherente con quienes eran antes.

Esta falta de coherencia de un personaje era algo que molestaba mucho a Annie Wilkes, la enfermera psicópata fan de Paul Sheldon en Misery. No es que me guste tener algo en común con ella, sin embargo, creo que el propio Stephen King hablaba a través de ella: una vez se ha construido un personaje y conocemos sus valores, sus acciones y sus emociones, resulta muy incómodo verle actuar de una forma distinta, incoherente con lo anterior.

¿Por qué es tan importante que los personajes sean en todo momento coherentes, incluso si evolucionan a lo largo de la historia? Pensemos en historias como Enemigo público o la gran La invasión de los ultracuerpos: es muy inquietante que las personas en las que siempre has confiado comiencen a comportarse de una forma extraña, o empiecen a desconfiar de ti. De pronto, aquellos más cercanos se convierten en enemigos, en seres frente a los que te tienes que proteger.

Imagen vista en https://www.cinetecamadrid.com/programacion/la-invasion-de-los-ultracuerpos

Dawson’s Creek

He estado viendo «Dawson crece»; no la vi en su día. Me gustó su estilo desenfadado, puedes ver un capítulo de Dawson’s Creek y luego irte a dormir: no tendrás pesadillas.

Esta serie mantiene la coherencia de los personajes de Dawson Leery y de Joey (Josephine) Potter, pero traiciona por momentos al resto de personajes. Por ejemplo, uno de ellos, Pacey Witter, en una época es pareja de Joey y está profundamente enamorado de ella, se siente inferior a ella y muy agradecido de haber conseguido conquistarla. Pasan un verano en un barco velero sin mantener relaciones sexuales y luego sí lo hacen, es «su primera vez». Pues bien, se traiciona al espectador cuando Pacey, en una fiesta, empieza a gritar a Joey de forma agresiva y corta con ella. Eso no es coherente con lo anterior ni con lo posterior. Pacey nunca se comportaría así.

Otro personaje, Jen Lindley, la chica rubia y sexy que aparece y se interpone entre Dawson y Joey, es al principio la mujer explosiva con un pasado de vida «poco respetable», en el que ligaba con quien quería, tomaba drogas, iba a fiestas… Muy pronto, se recorta el personaje de Jen, quizá por criterios moralistas, y se convierte en una especie de joven-vieja sabia que está de vuelta de todo y que explica a los demás cómo es la vida. La transformación de Jen podría ser coherente, pero no lo es, y deja al personaje vacío de contenido.

Lionel: cuando el actor/actriz se va

Hay varias formas de resolver en guion el hecho de que el actor se canse de su papel y se vaya o le hagan irse. Normalmente, le matan. En Dawson’s Creek hay un caso claro, el padre de Dawson. Yo diría (sin saberlo) que también en Better Call Saul Charles McGill, el hermano del protagonista, muere porque el actor decide dejar la serie. En otros casos se retira al actor por su comportamiento, como se hizo con Charlie Sheen en Dos hombres y medio o Kevin Spacey en House of Cards. En mi humilde opinión, eso nunca funciona. En estos dos últimos casos, además, el alma de la serie era el actor al que se retira, de manera que la serie ya no se sostiene.

El extremo es cuando el personaje es sustituido directamente por otro actor. Creo que fue en la serie «Rituales», que veíamos mis hermanos y yo de pequeños, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es el nombre del personaje: de un capítulo a otro, un tal Lionel empieza a tener otro cuerpo y otra cara. Se hace muy, muy raro.

Construcción de personajes coherentes

Está claro que el personaje definido en un guion está sujeto a los avatares de la producción y del propio actor o actriz. Donde pueden crearse personajes con gran detalle y que puedan evolucionar y crecer, es en la novela. Ahí, el autor es como dios, hace lo que quiere con sus personajes (aunque luego se rebelen y quieran ir por otro lado).

Una de las razones por las que no soy novelista es que no sé construir personajes. Mi estilo de escritura es el de este blog, tira más a lo filosófico y al monólogo. Por eso me admira la gran capacidad de crear personajes de nuestro amigo don Benito, porque por momentos los estás viendo. Sus personajes históricos cobran vida y sus personajes de ficción están tan vivos y parecen tan reales como los conocidos por la historia. Hay personajes de Galdós que se pasean por distintas novelas suyas, incluso familias enteras, como la de Bringas. Su capacidad de reproducir las formas de hablar es extraordinaria, los personajes responden perfectamente a su origen geográfico y a su clase social.

Me gustaría hablar de cómo pinta don Benito en Luchana a un personaje real, Baldomero Espartero.

Baldomero Espartero aparece presentado por don Beltrán de Urdaneta, un noble ya entrado en años y al que le gusta campar a sus anchas. Así, un personaje de ficción presenta a uno real:

…la suerte de este hombre, que vino al mundo en el signo de Piscis, los Peces, por donde ha resultado que es un pescador formidable. Ya le tienes hecho un tenientazo general, y no por chiripa, sino ganando sus grados en acciones de guerra, batiéndose con arrojo y con éxito.

don Beltrán de Urdaneta describiendo a Espartero.

Al final de Luchana es donde vemos a Espartero en acción. Este es un final apoteósico, en el que la intervención del general rompe con el largo asedio de la ciudad de Bilbao por parte de los carlistas. Espartero estaba en cama, aquejado de una penosa cistitis. Pero al escuchar al general Oraa describir la apretada situación en la que estaba el ejército, dice:

Voy ahora mismo aunque me cueste la vida… ¡pues no faltaba más! Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que uparnos arriba como fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Noche Buena! Señores, hemos jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro juramento.

Espartero en Luchana.

Dicho y hecho, Espartero sale de la cama, le ayudan a vestirse y sale a ponerse al frente del batallón, en un invierno crudo y nevado. Solo en este momento, Galdós nos describe al personaje, si bien se le había estado nombrando a lo largo de la novela. Digamos que es ahora cuando se hace un primer plano:

Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción. Aún no gastaba perilla.

Descripción de Espartero en Luchana.

Es una descripción tan viva que estás viendo a Espartero, pero no solo a Espartero como en una foto, sino a Espartero nervioso y enfermo, con aspecto descuidado.

Ya en la batalla, el general se pone al frente de una columna y se dirige a los soldados, en medio del estridor de la batalla:

Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados… ¡Coraje, hijos, coraje!… Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro general, que quiere ser el primer soldado… ¡A la bayoneta… carguen! ¡Coraje, hijos!… Por delante va esta espada que quiere ser la primera bayoneta… Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje! o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!

Espartero dirigiéndose a las tropas en Luchana.

Ningún personaje de don Benito es incoherente. Es más, llegan a parecerte personas conocidas, especialmente sus protagonistas. No puedes evitar alegrarte de lo que logran y compartir sus desgracias. Ahora estamos con el tema de los episodios nacionales, pero muchas de las protagonistas de sus novelas son mujeres: Tormento, Marianela, Fortunata y Jacinta, Doña Perfecta… y están creadas con igual realismo.

¿Qué personaje te ha marcado? ¿Cuál crees que es el secreto para que una serie o una película te llegue por medio de sus personajes? Como siempre, agradezco mucho tu lectura, comparte libremente.

El futuro

El futuro imaginado

Hace poco visité una exposición en el Espacio Fundación Telefónica. Eran los futuros imaginados, los futuros escritos en novelas, dibujados en viñetas o proyectados en películas. Me llamó la atención que en la mayoría de estos futuros, se utilizaban medios de transporte aéreo personales e individuales, algo que no ha ocurrido y no tiene visos de realizarse.

También me gustó ver que mi profesión ya se había aventurado en forma de viñeta, a pesar de que hoy en día sigan preguntándome «¿De qué das clase?» cuando digo que trabajo en la formación online.

Visto en la exposición de Espacio Fundación de Telefónica. Viñeta de Arthur Radebaugh. Yo soy la que escribe lo que pone en el Electronic Notebook, en las preguntas de test y, en ocasiones, lo que dice el TV Instructor.

Me gustó mucho la reflexión que se hacía en esta exposición a lo largo de todo el recorrido: ¿Por qué las proyecciones de futuro solo comienzan hacia el S. XVIII y antes de eso no se habla de futuro? ¿Por qué el futuro contemplado es, en general, cada vez más lejano? Más adelante voy a aventurar una respuesta.

Por cierto, han ampliado el plazo de esta exposición, puedes ir a verla hasta el 26 de junio. Puedes ir abriendo boca con este abecedario del futuro.

También he visitado recientemente la exposición de Stanley Kubrik, uno de mis directores de cine preferidos. Y ahí está su película 2001: una odisea del espacio. Es esta una película del futuro que habla sobre nuestro pasado: el año 2001 no fue tan «futurista» ni apareció un monolito (ni un mono listo) en medio de la nada. Lo que sí ocurrió y cambió el mundo fue el suceso de las torres gemelas, un auténtico cisne negro.

Para esta película, Kubrik se tomó la molestia de pedir a un diseñador de moda vestimentas que pareciesen del futuro. Eso, y otra «molestia»: la construcción de un enorme disco giratorio con una cámara fija y otra móvil para crear las hipnóticas escenas de dentro de la nave.

A la izquierda, imagen de la maqueta real que se construyó, creo recordar que con un diámetro de 12 metros. A la derecha, una maqueta de ejemplo. Si te fijas en su interior, verás a uno de los astronautas sentado a la mesa.

También La naranja mecánica es una historia del futuro, un futuro en el que se habla una jerga extraña: uno de los errores habituales en cualquier historia del futuro es que el vocabulario es el mismo que en el presente. Sin embargo, el idioma cambia muy rápido: ya os comenté la dificultad de entrar en los mundos que describe Galdós porque el vocabulario comienza a parecer antiguo. Por eso es especial esta novela de Anthony Burgess.

Parte de la exposición dedicada a La naranja mecánica.

El futuro desde el pasado

En los Episodios nacionales, los personajes de Galdós también piensan en el futuro. Hay que tener en cuenta que el autor conoce ya ese futuro, puesto que los episodios tratan en su mayor parte de acontecimientos anteriores al nacimiento del escritor. Por ejemplo, en Luchana, don Ildefonso Negretti cae enfermo y empieza a desvariar. Dice entre otras cosas que los barcos del futuro se van a construir de hierro y que van a ser enormes, propulsados por una hélice en la parte central del barco. A esto, sus familiares responden con dolor, les parece que ha perdido la razón por completo. Pero claro, el autor sabe que en «el futuro» de Negretti sí van a existir estos barcos.

Pensar en el futuro aceptando el destino…

La razón por la que creo que antes del S.XVIII no se proyectaba tanto al futuro y nunca muy lejano, es porque el Destino lo marcaba Dios. Digamos que el futuro era lo que Dios nos trajera. Los acontecimientos se desarrollaban conforme dispusiese Dios, por lo que no tenía mucho sentido imaginar futuros de ningún tipo: llegaría lo que hubiera de llegar, los designios divinos son inescrutables.

Así, en De Oñate a La Granja, cuando se habla del Destino, Fernando Calpena dice:

Pero, en fin, sea lo que Dios quiera, y cúmplase el destino que está marcado a cada criatura.

Fernando Calpena, personaje protagonista de la 3ª serie de EN

Por otro lado, sí reconoce que se puede comprender la sucesión de acontecimientos, si bien no su «existencia misteriosa»

…así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida…

Benito Pérez Galdós en De Oñate a La Granja

Palabra aprendida o recordada: reata

…aprovechando lo que nos es dado

En línea con las dos citas anteriores, hay una enseñanza que nos da don Beltrán de Urdaneta, un personaje mayor y «corrido» (conocedor de mundo) que acompaña a Fernando en su odisea personal atravesando el norte de España en plena guerra carlista:

Mire, hijo, cuando el destino nos pone al pie de un árbol de buena sombra cargado de fruto, y nos dice: «siéntate y come», es locura desobedecerle y lanzarse en busca de esos otros árboles fantásticos, estériles, que en vez de raíces tienen patas… y corren. Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

don Beltrán de Urdaneta, personaje en Luchana

Predecir el futuro es en cierto modo absurdo. Lo hemos visto con el ejemplo más claro: imaginar el año 2001 en 1968, como hizo Arthur C. Clarke, y encontrarse luego en el 2001 real con sucesos como el 11S, que echan por tierra lo proyectado. De alguna manera, estos fenómenos inesperados y de gran impacto nos muestran que el Destino del que nos habla Galdós es el que establece el camino.

Por otro lado, la gran creatividad de autores como Julio Verne o da Vinci al imaginar y diseñar elementos del futuro, permite que se creen innovaciones basadas directamente en esos futuros imaginados, desviando también la trayectoria de los acontecimientos.

¿Cómo te imaginas el futuro? ¿Cuál es tu distopía favorita? Muchas gracias por leer y por compartir.

Don Benito

Creo que me he ganado el derecho de llamar don Benito a Galdós, después de llevar más de 30 años leyéndole.

Benito Pérez Galdós, pintado por Sorolla. Imagen de dominio público y antes extendida por los billetes de mil pesetas.

Cuando tenía 15 años, en bachillerato, leí Doña Perfecta, me gustó tanto, que me hice fan de Galdós. Empecé a comprar y leer sus libros más conocidos, como La fontana de oro, Misericordia, Tormento, Fortunata y Jacinta… Más o menos a los 20 años empecé a leer y coleccionar Episodios Nacionales. Era muy fácil encontrar Trafalgar en una edición de bolsillo de Cátedra. El 19 de marzo y el 2 de mayo también era fácil de encontrar. Pero ir localizando el resto de episodios nacionales era cada vez más complicado, según avanzaba el número de episodio. La mayoría estaban agotados. Los buscaba en La Casa del Libro, en Fnac, en El corte inglés, incluso en el VIPS. Eran muy baratos, valían unos 5 € cada uno, y ya entonces me parecía un precio demasiado bajo para una obra de arte.

A partir de un punto, alrededor del episodio 28, no conseguí encontrarlos. Tenía algunos salteados, pero no quería leer el siguiente sin conocer el anterior, ya que entre ellos hay un hilo conductor por series, que suele ser un protagonista masculino, y un montón de personajes secundarios y familias enteras de las que se va sabiendo aquí y allá. Dejé de encontrar episodios alrededor del año 2000.

Un reencuentro años después

Por fin, en 2008, un periódico sacó una edición de los EN en libros bastante grandes, maquetados de dos en dos, y me compré la colección entera, los 46 (los 23 volúmenes que puede examinar en su casa sin compromiso alguno).

Empecé con fuerza y por el principio. Habían pasado muchos años y no recordaba bien dónde me había quedado y quiénes eran los personajes. La edición, de Espasa, estaba muy cuidada y «traía santos», es decir, tenía imágenes: tanto cuadros como infografías, explicaciones adicionales de personajes y lugares, etc. Nada que ver con las ralas ediciones de bolsillo con portadas «creativas».

Sin embargo, pronto me di cuenta de que era mucho más incómodo leer un libro de 25 x 19 cm y alrededor de 1 Kg de peso que leer un libro de 17 x 11 y unos 100 g de peso. Incluso la tipografía resultaba más cómoda en los libros de bolsillo que, por cierto, ya había ido regalando y llevando a distintas bibliotecas.

El caso es que me quedé a medio gas: hasta hace un par de semanas, los episodios dentro de los volúmenes 12 a 23 seguían retractilados. Desde 2008. ¿Por qué? Porque poco a poco perdí la capacidad de lectura que requiere una novela de don Benito: el vocabulario empieza a parecer anticuado, las explicaciones son pormenorizadas, en ocasiones prolijas, a veces la acción es muy lenta… Cuando se trabaja frente a la pantalla y la mayor parte del tiempo se escribe, lee, revisa y cura contenido, al finalizar la jornada lo último que apetece es ver letra impresa de cualquier tipo. Llegué a contemplar deshacerme de esta colección que tanto me había costado encontrar y completar.

El hábito recuperado

Pues bien, ahora que recupero viejos hábitos como escribir aquí, también he recuperado la lectura de los episodios nacionales. He empezado donde me quedé esta segunda vez, en De Oñate a La Granja y con Fernando Calpena como protagonista. Tras vencer la pereza inicial al ver tantas letras juntas y, ya digo, después de horas de revisar y organizar contenidos, me doy cuenta de que esta lectura es enriquecedora desde muchos puntos de vista.

En 15 minutos he leído un capítulo, mismo tiempo en el que antes podía estar leyendo tuits diversos en Twitter. Al finalizar este cuarto de hora, en la lectura he aprendido vocabulario, observado costumbres de otra época y, con suerte, vivido las emociones de unos personajes. Mientras que en redes sociales, al finalizar un cuarto de hora la sensación es de pérdida de tiempo, vacío y aburrimiento.

Una de esas palabras que he aprendido o recordado: crujía.

Me he propuesto ir compartiendo lo que más me llama la atención de lo que leo en estas novelas, que destilan enseñanzas de valor y anécdotas curiosas.

Por ejemplo, una mención recurrente en Galdós es al Destino, que siempre aclara que es Dios mismo. Sus personajes tienen unos objetivos, pero se van encontrando dificultades y el Destino se interpone en su camino:

…y al decir Destino daba este nombre indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez ignorante y ciega.

Benito Pérez Galdós. De Oñate a La Granja

¿Tienes algún escritor o escritora favorito? ¿Has leído a don Benito? ¿Te cuesta leer en estos tiempos de pantallas digitales? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir si te ha gustado. 🙂

Un estómago a un cerebro pegado

¿Cuál es el sentido de tu vida?

Discutía el otro día con una amiga cuál es el fin último de todo ser humano. La verdad es que, tras un estudio concienzudo de libros como El hombre en busca de sentido o Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, había concluido que el ser humano persigue un fin superior. Este fin sería de carácter altruista, idealista, vocacional.

Las lecturas sobre neurociencia y neurobiología me confirmaron por otro lado mi creencia de que el ser humano está compuesto de cuerpo y cerebro, es decir, de cuerpo y cuerpo. Cada vez más, aquellos procesos que llamamos «mente» y que habían pertenecido a un reino espiritual, se le van robando al «alma» y se van localizando en áreas cerebrales.

El ser humano es un cerebro pegado a un estómago

Por la razón que sea, una frase en boca de un personaje de Galdós me hizo despertar de pronto, sentir un chasquido de los dedos, un eureka, al escuchar a este personaje decir:

«Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más.»

Rápidamente acudió a mi mente otra frase similar, esta vez de Unamuno:

«El cerebro en cuanto a su función, depende del estómago.»

Así que ya tenemos un cerebro que yo suelo comparar a un cuadro de mandos, y un estómago que se impone en los momentos difíciles, en los que desaparece toda convención social y reina la Naturaleza pura. Un estómago a un cerebro pegado.

Buscando la supervivencia

El estómago es el reflejo físico del instinto de supervivencia: si no como, me muero. El cerebro sirve para garantizar nuestra supervivencia, y para ello tiene una estructura, el sistema límbico, que controla las funciones vitales más importantes. Se sobrevive huyendo del peligro o enfrentándose a él, y se sobrevive comiendo. La búsqueda de seguridad, de estabilidad y de dinero suelen ser lo mismo que el instinto de supervivencia, instrumentado en los medios con los que se sobrevive. Luego viene el de reproducción. Y ya.

A los neurocientíficos les cuesta ver qué papel han jugado en la evolución actividades aparentemente inútiles, tales como la música, la poesía, la pintura… o la mística. Un papel que parece ser secundario y al mismo tiempo se revela como trascendental. Tal como dice Francisco J. Rubia,

«…el valor de supervivencia de estas experiencias estaría en la superación de la ansiedad y el miedo a la muerte al conectar con algo que se percibe tanto eterno como fuera de nosotros mismos.»

Implicaciones de ser un estómago…

El considerar que somos un estómago tiene implicaciones muy felices para mí, y explicaría muchas de las decisiones que he tomado en la vida y que no se explican con otros razonamientos más profundos. Ser un estómago es buscar el placer, el disfrute, el gozo de la comida, sentirse saciado, entrar en calor, poner a trabajar el cuerpo tanto en la búsqueda de la comida como en su digestión. Ser un estómago es como ser una célula gorda que, como todas las células, quiere seguir viva. Ser un estómago es buscar un trabajo que me dé los medios para llenarme y saciarme y sentirme feliz, sentir el placer de las endorfinas liberadas al relajarme tras haber comido. Y así.

Yo cuando le planteaba esto a mi amiga, veía en su cara el escepticismo, y una cierta decepción. ¿De modo que somos animales que buscan saciarse? ¿Dónde queda el amor, los sentimientos altruistas? ¿Dónde queda lo espiritual, lo trascendental?

…un estómago social

El ser un estómago no quita para que seamos un estómago social. La evolución ha premiado los comportamientos altruistas y la cooperación nos es interesante desde un punto de vista biológico. En situaciones como la que describe Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, es decir, la permanencia por un largo periodo de tiempo en un campo de concentración, surgen comportamientos bellísimos que nos alejan de esa concepción de estómago. Teniendo tan solo un mendrugo de pan para comer, un recluso era capaz de compartirlo con otro, o incluso de renunciar a él. En cualquier caso, veo que la norma general es quedarse el mendrugo y ocultar muy bien que se tiene, por el temor de ser robado.

Un estómago insaciable

Analizarnos como estómagos andantes también nos ayuda a ver en qué medida creemos que nuestros estómagos son muy grandes e insaciables. El estómago físico necesita comer, pero el estómago psicológico necesita dinero de sobra, una casa, un coche, un trabajo seguro, más dinero, una casa más grande, otro coche mejor, un puesto más alto… Probablemente siguiendo este ciclo ascendente y sin fin, el estómago físico se resienta de indigestión.