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Método KonMari: deja ir lo que no te hace feliz

¿No te has ido de vacaciones en agosto? Ordena tu casa

La mesa del salón antes de leer sobre el método KonMari

Es posible que te preguntes qué hacemos hablando de organizar el hogar en un blog sobre desarrollo personal. No, no he cambiado de tercio, simplemente el método KonMari ha llegado a mis manos gracias a una gran amiga (gracias, Beatriz) y me gustaría compartir lo que he encontrado en él que puede servir para crecer.

Y es que la clave no está en ordenar, está en dejar ir. Tengo la sensación de que dejar ir objetos vacía el apego al pasado y quizá también la mente, al tiempo que permite que entre lo nuevo, esencialmente lo que aquí y ahora importa.

Agosto es un mes estupendo para realizar este ejercicio si no estás de vacaciones: se ha ido todo el mundo, tú sigues trabajando, y es el momento idóneo para cerrar una etapa (de años quizá) y abrir otra nueva.

¿Cuál es el criterio?

Simplemente uno: “Me gusta y me da alegría”. Si es así, el objeto se queda. Me parece un criterio fulminante.

Hay dos sencillas preguntas:

  1. ¿Esto me hace feliz? ¿Lo conservo o lo dejo ir?
  2. Si lo conservo, ¿cuál es su sitio?

Otros métodos

Había oído hablar de otros métodos, como tirar lo que llevas 1 o 2 años sin usar, tirar una cosa un día, al día siguiente dos, luego tres, y así hasta completar el mes o tirar en función de la utilidad y lo que es razonable. Creo que lo que falla de estos métodos es que no hacen distinción entre objetos, o no al menos esta distinción fundamental de “me gusta y me hace feliz”.

Además, ordenar de golpe, de una vez y de forma drástica no es algo que se suela sugerir, más bien parecía que había que ordenar cada cierto tiempo o siempre que la ley de la entropía se cumple.

Con la palma de la mano

La clave está en el cuerpo: la reacción ante los objetos que nos encantan no es igual que la que tenemos ante los objetos que nos son indiferentes o no nos gustan.

El ejercicio que propone Marie Kondo es tocar cada prenda, cada libro, cada adorno, sopesar el objeto, sentir “qué te dice”, cómo te hace sentir, en un proceso que puede prolongarse hasta seis meses.

“Guarda las cosas que hablan a tu corazón. Luego da el siguiente paso y desecha todo lo demás”.

¿En qué orden se hace?

Para Marie Kondo, el orden es fundamental: primero dejar ir, después ordenar.

Solo cuando se ha eliminado todo se ordena lo restante. Por eso el matiz no está en guardar las cosas mejor, es decir, no se trata de hábiles métodos de almacenamiento o de tener una casa más grande.

De hecho, el que todo esté perfectamente guardado no significa que necesitemos todo lo almacenado. ¿Acaso hemos construido un búnker?

Ordenar por categorías me parece otro acierto de este método. Es la forma de detectar cuánto de lo mismo acumulamos. Podemos tener ropa en varios armarios, y podemos tener libros en varias habitaciones. Si no lo vemos todo junto, no nos damos cuenta de la cantidad de objetos que hemos podido acumular. Es necesario enfrentarse a toda la ropa a la vez, o a todos los libros, no a las ubicaciones (salón, dormitorio…) donde se encuentran.

El orden que propone Marie Kondo es de las categorías que suponen menor apego a las que más, dejando para el final los objetos sentimentales. Por eso sí pienso que este orden se puede alterar en los casos en que se es especialista en un área muy concreta, por ejemplo en moda (ropa) o investigando, dando clase, etc. (libros y apuntes). Este es el orden propuesto:

  1. Ropa.
  2. Libros (yo añado aquí el material de estudio, que ella añade en el siguiente punto).
  3. Papeles.
  4. Komono. Lo que yo llamo barrusilla (palabra que no existe). Incluye algunos electrodomésticos y sus cajas.
  5. Objetos sentimentales y fotos.

Visualizar el objetivo

Tampoco había oído que la organización pudiera tener un fin distinto a la propia organización. Sin embargo, el método nos invita a imaginar con el máximo detalle cómo es el resultado que esperamos. “La pregunta de qué quieres poseer es la pregunta de cómo quieres vivir tu vida”.

Por eso, Marie Kondo nos habla de un “clic”, un momento en que sientes claramente que ya no necesitas desechar más, y que las cosas que se han quedado son las que necesitas para vivir. En el libro nos da varios ejemplos de cómo las personas a las que ayuda se dieron cuenta de cuál era su verdadera vocación o de cómo imaginaban que sería su casa tras ordenarla.

Mejora tu toma de decisiones

El no poder deshacerse del pasado te dificulta ver lo que de verdad necesitas en tu vida ahora.

Otro aspecto de crecimiento personal es saber elegir. Si tiendes a acumular objetos es porque te cuesta elegir con cuáles te quedas, o lo quieres todo, o sientes pena o culpa por deshacerte de cada uno de ellos.

Pienso que el método KonMari ayuda a afinar la toma de decisiones, a entender qué te gusta y cuándo algo ha dejado de servirte, aunque en el pasado fuese algo muy importante o útil.

Como dice repetidamente la autora, “algún día significa nunca”, y mucho de lo que acumulas por si lo utilizas alguna vez, seguirá sin ser utilizado. Si es verdad que llega ese “algún día”, siempre puedes volver a adquirir el objeto, quizá de tecnología más avanzada, o más barato, o más a tu gusto.

“Desecha todo lo que no te inspire alegría.”

Un lugar para cada cosa

Al leer esta expresión, un lugar para cada cosa, me vino a la mente el perfeccionismo cargante de Mary Poppins.

Creo que se pueden relajar los criterios que propone el método KonMari y adaptarlos a una vida cómoda. Es verdad que muchos objetos rondan por la casa porque no sabes dónde ponerlos, y en este sentido la ordenación por categorías ayuda. Pero también es verdad que algunas propuestas rayan lo obsesivo, y en mi caso no me convencen.

El mensaje global, tener un sitio donde guardar cada cosa, sí me parece necesario.

Puntos a tener en cuenta

Encuentro en este método algunos puntos que hay que tener en cuenta:

  1. Acabar obsesionado/a por el orden.
  2. Ponerte a organizar cosas que no son tuyas, sino de tu familia, lo que muestra una gran falta de respeto.
  3. Creer que si tienes un espacio grande, no importa que acumules objetos.
  4. Esperar que tu vida se transforme radicalmente.
  5. Centrarse tanto en la basura y en la cantidad de bolsas que sacas que acabes viviendo para detectar basura.
  6. No tener en cuenta la necesidad de reciclar o de buscar que los objetos puedan reutilizarse (libros a la biblioteca, ropa a la iglesia, etc.) o incluso venderse.

 


Me gustaría saber qué opinas sobre el orden. ¿Crees que influye en cómo te sientes en tu vida? ¿Compartes el significado de dejar ir el pasado? Me encantaría continuar la conversación en los comentarios. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, agradezco profundamente a mis lectores que se tomen el tiempo para leer el blog y unirse a la reflexión.

 

Simbiosis, la base de la dependencia

Cuando escucho la palabra simbiosis, me viene a la mente esa relación entre dos organismos que se benefician mutuamente:

El musgo y los líquenes viven en simbiosis con las plantas

La simbiosis en el ser humano no es tan beneficiosa.

Dos mitades que se unen

En muchas parejas se da un tipo de relación basada en que “dos mitades” se unen, y por tanto, cada uno de los individuos era un ser incompleto antes de entrar en esa relación. Estas dos mitades han ido emitiendo señales verbales y no verbales sobre lo que tienen y lo que les falta. En general, uno de los dos es un niño/a que busca a una madre o padre que se haga cargo de él. Si ambos lucharan por el mismo puesto, por ejemplo el de padre/madre, uno de los dos acabaría por rendirse.

En Análisis Transaccional, esto se llama simbiosis, una relación de dependencia en la que uno de los miembros de la pareja solo se permite ser el Padre y en ocasiones el Adulto y el otro solo consigue ser el Niño, formando entre ambos un ser “completo”.

Cuando el niño crece

Conozco casos en que la persona que hacía de hijo “creció”, y entonces se buscó una igual, es decir, una nueva pareja. La que hacía de madre, despechada, me explicaba o bien que su ex pareja no sabe lo que es el amor, pero ella sí, o bien que no sabe lo que hace, o que no va a estar bien (fuera de su magnánima protección), o que ya volverá (pero no vuelve). Por supuesto, también existe lo contrario: niñas en busca de padres. Igualmente, una mujer se muestra desvalida, insegura, o bien se dedica a jugar y divertirse, mientras el hombre se responsabiliza por los dos, haciendo de padre protector o de padre crítico.

¡Doctor, doctor! ¿Qué tengo?

Otro caso habitual es el modelo doctor-enfermo. Uno de los dos en la pareja hace de médico: prescribe medicamentos y cambios en los hábitos, los supervisa, y los corrige si ve desviaciones. El enfermo se limita a pedir su medicamento, tomarlo o tratar de burlar al médico, seguir las órdenes y supervisiones, y seguir estando enfermo para poder disfrutar de este trato, a poder ser de por vida.

Ambas partes necesitan cambiar

Ocurre en estos binomios que ninguna de las dos personas está bien desarrollada. Por un lado, parece obvio que quien hace de hijo tiene que madurar y necesita responsabilizarse, crecer, ser autónomo, etc. Sin embargo, es menos evidente, pero igual de importante, el hecho de que, quien hace de padre o madre tiene totalmente reprimido su estado niño, es incapaz de disfrutar, reírse, aflojar, tener aficiones, ilusionarse. Ambas personas son “cojas” y buscan el apoyo complementario. Socialmente es maravilloso: “¡Oh, cómo se complementan!”. Lo ideal sería que cada uno de ellos fuese capaz de desarrollar sus tres estados del yo, y de mantenerse el mayor tiempo posible en el Adulto. Ni lo hace el que va de niño, ni lo hace el que va de padre.

¿Qué hacer entonces?

La solución siempre es la misma, aparentemente fácil, pero que lleva una vida:

  1. Tomar conciencia del rol que se está jugando.
  2. Dejar de jugarlo. Dos no juegan si uno no quiere.

Cuando esta toma de conciencia y renuncia al juego ocurre en una pareja de este tipo, se dan grandes inestabilidades, ambos tienen un miedo infantil a perder al otro. Pierden así el equilibrio que les proporciona no tener que desarrollar la parte de sí mismos que rechazan o que tanto les pesa. Es probable que la pareja se rompa.

A veces, no es posible mantenerse consciente mucho tiempo, y se acaba en una relación exactamente igual, con el mismo rol. Bueno, tampoco hay que dramatizar. Como en el final de Con faldas y a lo loco, te diría: “Nadie es perfecto”.

 

Descuentos: atajos para no solucionar problemas

En los últimos posts hemos hablado de caricias y de cómo a veces nos negamos a recibirlas, “descontando” o filtrando la información recibida. También hicimos una distinción entre una caricia negativa y un descuento: la caricia negativa es objetiva y constructiva, puedo hacer algo con la información que se me ofrece. Con el descuento no puedo hacer nada, ya que conlleva una distorsión de la realidad.

El descuento ignora la realidad y no resuelve problemas

¿Qué es un descuento?

Un descuento es ignorar inconscientemente parte de la realidad con el fin de no resolver un problema. Es una reacción de pasividad, tal como definieron los Schiffs (la familia Schiff desarrolló esta área de conocimiento del Análisis Transaccional).

¿Por qué ignoramos información relevante? Porque seguimos las decisiones tomadas en nuestro guion de vida, a muy temprana edad, por lo que son decisiones de “pensamiento mágico”, que no tienen en cuenta lo que está ocurriendo, pero sí nuestras creencias, los mandatos recibidos, etc.

La manera en la que se instrumenta un descuento es siempre la de darse un exceso de importancia, incluso de forma negativa: hacer una montaña de un grano de arena, viviéndonos con dramatismo (y egocentrismo).

Esta manera de no resolver problemas se instrumenta según alguna de las siguientes conductas pasivas:

No hacer nada

Se trata de evitar actuar. La persona no reacciona, simplemente se queda paralizada y en silencio, como si no pudiera pensar. Es como si su inconsciente bloquease toda la información que está recibiendo y que le puede permitir resolver la situación. Lo que se descuenta aquí es la propia capacidad de actuar.

Sobreadaptación

Es una reacción a lo que se cree que son los deseos de los demás, sin comprobarlos y sin valorar tampoco los propios deseos. Así, una respuesta de sobreadaptación es decir lo que se piensa que la otra persona quiere oír, sin valorar realmente la información que nos ha proporcionado. Otra opción es escuchar algo que no nos gusta y hacer como si no pasara nada, pero quedarse con un gran enfado que quedará apuntado para tomarse la revancha más adelante.

Una respuesta sobreadaptada es muy valorada en sociedad:

“Mira qué persona tan amable, qué complaciente, todo le va bien, es que no da una queja”.

Por ello, también es difícil de detectar y de modificar.

La persona que se sobreadapta descuenta sus propias opciones, asumiendo las de los demás.

Agitación

¿Eres de esas personas que mientras escuchan hablar no pueden parar de mover sus piernas o sus pies? ¿O de las que tamborilean con los dedos sobre una mesa, o de las que se muerden las uñas?

Con estas conductas, lo que hacemos es desviar la necesidad de actuar hacia una actividad improductiva, que es esa repetición compulsiva de un hábito. En lugar de decir a la persona lo que estamos pensando, o de pedirle que hable más despacio, más bajo o lo que sea que ha disparado la conducta, descontamos nuestra capacidad para responder.

Violencia

Se trata de un grado alto de agitación que resulta en una acción agresiva, pero que no soluciona el problema que se ha planteado. Por ejemplo, dos personas tienen una discusión, y una de ellas sale airada de la sala, da un portazo, y después encuentra un cubo de basura y lo vuelca, o se lía a palos con un coche, o rompe una ventana con una piedra.

Es una conducta “pasiva” porque ha desviado toda la energía a una salida que no solo no soluciona el problema original, sino que tal vez provoca otros.

Para saber más:

STEWART, I., JOINES, V. AT Hoy. Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Editorial CCS

BERNE, E. ¿Qué dice usted después de decir hola? Editorial Mondadori

My time with Jacqui Lee Schiff

 

Sobrevivir en sociedad: más caricias

¿Pero te gusto o no te gusto?

La semana pasada hicimos una introducción al tema de las caricias, utilizando como ejemplo el uso de “Me gusta” en redes sociales.

Quedan pendientes algunas facetas interesantes de las caricias, así como ampliar otras que mencionamos solo de pasada.

"Me encanta", una caricia más intensa que "Me gusta"

 

Adaptando tu conducta a las caricias que recibes

Lo cierto es que las caricias refuerzan nuestras conductas: amoldamos nuestro comportamiento para recibir más caricias. Esto puede ser una trampa en varios sentidos:

  • No ser capaz de tener un comportamiento autónomo. Ser un Adulto autónomo es la meta de todo el desarrollo personal. Depender de las caricias puede llevarnos a una conducta del Niño adaptado.
  • Preferir la caricia ajena a la propia. Sobre todo es peligroso olvidar el propio juicio, la propia intuición, la personal manera de ver las cosas, para superponer la opinión ajena.
  • Buscar caricias negativas para justificar nuestro guion. Muchos comportamientos aparentemente autodestructivos buscan justificar unas decisiones inconscientes y desde el pensamiento mágico del niño, cuando por primera vez construimos nuestro guion de vida.

 

Caricias que no son tales

A veces recibimos un reconocimiento aparentemente positivo pero que encierra una trampa, y se convierte en negativo o no útil. Hay caricias falsas y caricias de plástico. Veamos en qué consisten:

Caricias falsas

Comienzan con un mensaje positivo y terminan con una picadura:

“¡Qué camisa más bonita! ¿La has comprado en el mercadillo?”

Caricias de plástico

Según Berne, es como dar un caramelo a un niño para luego quitárselo. Son personas que reparten caricias positivas no sinceras, muy exageradas, como una gran sonrisa, un fuerte abrazo y luego un:

“¡La sala se ha iluminado cuando has entrado! Es que todo lo que haces es perfecto, ¡es maravilloso! ¡Es ideal! ¡Es lo máximo!”

Caricias que ya no nos dicen nada

Ya mencionábamos en el anterior post que la calidad e intensidad de las caricias es variable. Podemos estar acostumbrados a recibir una serie de reconocimientos, y estos ya no nos dicen nada. Podemos además desear recibir otro tipo de caricias, pero no atrevernos a manifestarlo. Podemos incluso negarnos a nosotros mismos/as que deseamos un cierto tipo de caricias.

El banco de caricias

Las unidades mínimas de reconocimiento las vamos atesorando en un banco de caricias. Este banco puede mantenerse con “depósitos antiguos”, esto es, con recuerdos de caricias, y con auto caricias, pero no durante mucho tiempo. A la larga, los depósitos antiguos ya no nos dicen nada, y las auto caricias no son suficientes: necesitamos reponer provisiones en el entorno social. Por eso a veces, tras un aislamiento más o menos elegido, volvemos a la sociedad, al grupo. Necesitamos caricias tanto positivas como negativas, ambos tipos son una forma de aprendizaje.

Caricias negativas vs. descuentos

En el anterior post también apuntábamos la posibilidad de que una persona filtre las caricias que recibe porque no coinciden con lo que esperaba. Esto se llama hacer “descuentos”. Hay un matiz que diferencia los descuentos de las caricias negativas: el descuento conlleva una distorsión de la realidad. Veamos algunos ejemplos:

Caricia negativa: Has escrito mal esa palabra.

Descuento: No sabes escribir.

Caricia negativa: Me siento insegura cuando dices eso.

Descuento: Me haces sentir insegura diciendo eso.

Caricia negativa: No te soporto.

Descuento: Eres insoportable.

Como vemos, no podemos hacer nada con la información que recibimos de los descuentos, pero sí con la que nos dan las caricias negativas.

El peor descuento es el que nos hacemos a nosotros mismos/as:

Te dicen: “Has estado muy bien en tu presentación, ¡enhorabuena!”

Respondes: “Qué va, sólo he dicho chorradas”

En los siguientes posts veremos por qué “nos descontamos” las caricias de los demás.

 

“Me gusta”, caricia estándar en las redes

"Me gusta", la caricia estándar de las redes sociales

En este post analizamos las redes sociales desde el punto de vista del Análisis Transaccional, el campo que venimos trabajando en artículos como los de proceso de guion o los del triángulo dramático de Karpman.

Eric Berne definió el concepto de “caricia” como unidad mínima de reconocimiento que responde a nuestra hambre de estímulos. Necesitamos caricias, y si no las obtenemos, sentimos su carencia.

La palabra caricia proviene del tipo de reconocimiento que obtenemos en la etapa infantil, que es normalmente físico y no verbal: besos y abrazos. Pero también una sonrisa o un saludo con la mano son caricias, y también lo son las palabras que intercambiamos.

Trasladado a las redes sociales, una caricia es un “Me gusta”.

La ausencia de caricias puede llevar a tener dificultades de crecimiento y emocionales, se han realizado varios estudios en hogares infantiles sobre esto.

Así que todos los seres humanos preferimos tener caricias negativas a no tener ninguna: cuando somos niños, preferimos que los padres se enfaden con nosotros a que nos ignoren del todo.

Tipos de caricias

Hay varios tipos de caricias: verbales y no verbales, como hemos mencionado antes, y condicionales frente a incondicionales.

Las caricias condicionales son las que muestran reconocimiento positivo o negativo por lo que hacemos:

“No me gusta el cuadro que has pintado”

Las caricias incondicionales son las que reconocen lo que somos, sea de forma positiva o negativa:

“Me gusta tenerte a mi lado”

¿Qué tipo de caricias son las que damos y recibimos en las redes sociales? Los emoticonos son imitación de caricias no verbales (gestos), mientras que los comentarios serían las caricias verbales. De nuevo, cualquiera de nosotros prefiere recibir comentarios negativos o “No me gusta” a que nadie muestre haber visto o leído lo que publicamos.

La economía de las caricias

Claude Steiner hizo una aportación bastante interesante a la teoría sobre las caricias, y es que, por diferentes razones, vivimos una escasez de caricias basada en las creencias que nos transmiten de pequeños:

  1. No des caricias cuando tengas para dar.
  2. No pidas caricias cuando las necesites.
  3. No aceptes caricias si las quieres.
  4. No rechaces caricias cuando no las quieras.
  5. No te des caricias a ti mism@.

Observa la lista: ¿cuántas veces te guardas un elogio? ¿Por qué piensas que una caricia que has pedido vale menos que una que te dan sin pedirla?

Si seguimos las creencias de este listado, viviremos en la escasez cuando existe en realidad una abundancia de caricias.

Puedes darle la vuelta al listado y aplicarlo a las redes sociales:

La economía de caricias en las redes sociales

  1. Da “Me gusta” si algo te gusta, los “Me gusta”, “Me encanta”, etc. son gratis.
  2. Si quieres que tus amigos visiten tu blog, díselo, no dejes el enlace ralo esperando a que todos entiendan qué es lo que esperabas.
  3. Si buscas reconocimiento, acéptalo cuando llegue.
  4. Si no quieres caricias en la red, no publiques…
  5. Autocaricias: uno mism@ siempre puede darse caprichos y placeres sin tener que estar esperando el reconocimiento de los demás. Eso sí: esto no puede ocurrir online. Deja el dispositivo a un lado, y date un baño, o cómprate un bollo, o empieza con ese libro que querías leer.

Filtro de caricias

A veces, recibimos una caricia, incluso positiva, que no coincide con lo esperado. Entonces la filtramos, “descontándola”, es decir, no recibiéndola.

Por ejemplo, si lo que esperas en una publicación en Facebook es que tus amigos la comenten, no le darás tanto valor a los “Me gusta”.

O si en Twitter lo que esperas es que retuiteen una noticia que has publicado, tampoco le darás demasiado valor a los comentarios.

La riqueza está en dar valor a cada caricia recibida, ampliando el abanico de opciones que esperamos.

Hablaremos más adelante de los descuentos.

¿En cuánto valoras los “Me gusta”?

Probablemente hay caricias de mucha más calidad que recibir un “Me gusta” en las redes sociales.

Lo cierto es que damos más valor a unas caricias que a otras, según de quién vengan y cuál sea su contenido. La intensidad de las caricias es por tanto variable, tanto en su espectro positivo como en el negativo.

Para reflexionar

  1. Piensa en caricias de más calidad que las que puedas recibir en las redes sociales.
  2. Busca esas caricias, pídelas o proporciónatelas tú: esas siempre están disponibles.

 

El triángulo del amor

Puedes elegir dejar de jugar al juego que justifica tu rol victimista, salvador, o perseguidor.

En el anterior post describimos la forma en la que los tres roles no adultos se relacionan en un juego dramático que nunca termina bien, que hace sentir mal a los que lo juegan. Pues bien:

“Dos no juegan si uno no quiere”

Es lo que dice el refrán, y desde luego es el “truco” para salir del triángulo dramático de Karpman, y comenzar a vivir otra forma de relación, consciente y desde el adulto: solo depende de ti continuar en una relación de juego con los demás, o dejar de jugar y comunicarte desde otra posición.

Salir de un rol no adulto

Como vimos, cada rol individualmente puede decidir dejar de actuar según el guion que se había marcado y responder realmente al aquí y ahora que está viviendo, moviéndose desde el rol que desempeñaba a una posición de adulto:

  • El victimista puede: actuar por sí mismo/a, encontrar su fortaleza interna y su poder, responsabilizarse y amarse a sí mismo/a.
  • El salvador puede: conectar con sus necesidades y sentimientos, permitir a los demás hacerse cargo de sí mismos, conectar con su enfado y sacarlo y divertirse más.
  • El perseguidor puede: gestionar su ira y ser más asertivo, permitir que cada uno piense y actúe como quiera, trabajar su lado más vulnerable y liberarlo.

Entrar en el estado adulto

Sea cual sea tu rol predominante, dar “un paso hacia afuera” del triángulo dramático te acerca a una forma de relación de verdadera intimidad, en un “triángulo del amor”.

Esta forma de relación es totalmente ajena a los mecanismos automatizados que utilizabas. En ella, las relaciones no te dejan una sensación de pérdida y malestar, y tú eres una persona más auténtica, más parecida a quien eres internamente, detrás de la máscara. Así, te relacionas con los demás sin perder tu individualidad y sin invadir el espacio del otro.

Digamos que los tres aspectos negativos que hemos analizado en los últimos posts y que todos tenemos en alguna medida, tienen su lado positivo y de energía:

  • Frente al perseguidor, un lado más racional y movido por la búsqueda de eficiencia.
  • Frente al salvador, un lado más emocional, intuitivo y cariñoso.
  • Frente al victimista, un lado más niño, movido por la curiosidad, la imaginación y el juego sano.

La idea es reconocer desde dónde estás actuando y salir del automatismo, volver a conectar con lo que tienes delante y abandonar el campo de batalla. Se trata de dejar de actuar desde el miedo, la obligación o la culpa.

Entrenamiento en el triángulo del amor

El triángulo del amor, relacionarse desde el adulto

Puedes entrenarte a vivir fuera del triángulo dramático de varias formas:

1) Relacionándote con otras personas

Cuando eres más consciente y te comunicas de una forma más conectada con tu interior, puede que otra persona en un rol del triángulo dramático te invite a salir de tu equilibrio: ¡bienvenida sea! Esta persona te está dando una oportunidad de crecimiento, al permitirte darte cuenta de que has caído en una conducta antigua, y al reforzar tu nueva forma de ver el mundo. Por ello, en cualquier interacción con los demás, puedes elegir entre el automatismo anterior y una experiencia nueva, probar tu adulto. Es como un entrenamiento, como una gimnasia. Puede que tú ya te relaciones desde una posición más adulta, y que la respuesta del otro siga enganchada al juego anterior: no es asunto tuyo. Un ejemplo:

– Gracias por fregar los platos.

– Pues me he cortado con el cuchillo y me sigue sangrando la herida (respuesta Victimista).

2) Leyendo novelas y viendo la tele

Este entrenamiento puede lograrse no solo con las relaciones con otras personas, también al leer novelas y ver la televisión: continuamente te invitarán a entrar en el juego dramático, a identificarte con los Perseguidores, los Salvadores o los Victimistas del mundo. A veces, entras en el triángulo de una forma tan simple como unirte a una queja de “cómo está el mundo”.

3) Con técnicas de relajación

Otra forma de entrenamiento es cualquier forma de relajación. Si estás relajado, si estás conectado con tu respiración, con el momento presente, es más difícil que entres en juegos que están fuera del aquí y ahora.

Recuerda: todo esto se trata de ti. En el momento que decides que los demás están equivocados y son los demás los que deberían salir del triángulo dramático, estás provocando un nuevo juego dramático.

Fuentes:

EDWARDS, G. El triángulo dramático de Karpman. Editorial Gaia

STEWART, I., JOINES, V. AT Hoy. Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Editorial CCS

BERNE, E. ¿Qué dice usted después de decir hola? Editorial Mondadori

El triángulo dramático de Karpman

En las últimas entradas hemos analizado tres roles: víctima, salvador y perseguidor, tres maneras de enfrentar la vida que no responden al aquí y ahora del presente, sino a un guion preestablecido. Si quieres recordar en qué consiste cada rol, aquí tienes los enlaces:

Los tres roles interactúan en un juego psicológico, siguiendo la definición de juego de Eric Berne: los juegos son una forma de relacionarse que se basa en la manipulación abierta del otro, y en los que los jugadores, al final, terminan con una sensación incómoda de pérdida.

Estos juegos psicológicos tienen unas reglas, tal como el resto de juegos: son repetitivos, se juegan desde una posición fuera del Adulto presente, acaban mal para todos los jugadores y suponen intercambios ocultos y contrarios al intercambio que se da a nivel verbal.

El triángulo dramático en acción

Los tres roles comienzan justificando su rol, y van cambiando de uno a otro según se desarrolla la dinámica. Puede que tengas una tendencia clara a actuar según uno de los roles, pero la interacción con otro de ellos puede hacerte pasar a un rol distinto.

La forma en la que victimista, salvador y perseguidor se persiguen fue descrita por Stephen Karpman: los tres roles se posicionan en un triángulo “dramático” y van pasando por los otros roles, “persiguiéndose”:

El triángulo de Karpman describe un juego dramático de Eric Berne

 

Cambio de rol en el victimista

El rol victimista se convierte fácilmente en perseguidor, por ejemplo al final de un juego “sí, pero…”: el victimista habrá ido echando por tierra cada propuesta de solución a un problema, hasta que se dé el giro dramático del juego, en que dirá: “¿Ves? ¡No eres capaz de ayudarme!”.

También puede escabullirse hacia el rol salvador, dedicándose a atender las necesidades de los demás para quizá reforzar su lado débil.

Cambio de rol en el salvador

A veces un salvador puede adoptar el tono victimista cuando se siente mártir: “Después de todo lo que he hecho por ti…”.

Otras veces, puede entrar en la dinámica del perseguidor, con tonos más agresivos: “¡Es la última vez que te ayudo!”

Cambio de rol en el perseguidor

El perseguidor se hace pasar por salvador cuando se presenta como el “ángel vengador” o cuando aparenta haber claudicado, diciendo: “Haz lo que quieras”, pero en un tono en el que se conserva la ira manifiesta de su rol.

También puede justificar su conducta presentándose como víctima de acontecimientos o personas de las que no tiene más remedio que defenderse (porque están equivocados).

No hay solución a este juego

Las interacciones que se dan en el triángulo no acaban en una solución, sino que refuerzan el rol que ha adoptado cada participante:

  • El perseguidor humilla y reduce al victimista.
  • El salvador cede y deja de lado sus necesidades.
  • El victimista se doblega a las órdenes del perseguidor o a la “ayuda” del salvador.

También pueden ocurrir manipulaciones en el sentido contrario:

  • El victimista manipula al salvador para que haga todo por él.
  • El salvador recorta terreno al perseguidor haciendo tareas en su lugar.
  • El perseguidor manipula al salvador presentándose como víctima de la sociedad.

Y es que, en resumen:

  1. Los victimistas buscan seguridad, y se ocultan tras el temor.
  2. Los salvadores buscan la aprobación, y se apoyan en el sacrificio.
  3. Los perseguidores buscan el control, y lo refuerzan con ira.

Uso equivocado de la ira

De alguna manera, los tres roles giran en torno a un uso equivocado de la ira, ya que los victimistas la tienen como emoción negada, a la que no acceden conscientemente, los salvadores no se permiten mostrarla, la reprimen detrás de su fachada de ayuda, y los perseguidores utilizan un exceso de ira para ocultar emociones y sensaciones de vulnerabilidad o debilidad.

El triángulo dramático de Karpman es una manera muy hábil de no entrar en la intimidad. Otras formas de lograrlo están descritas en este artículo de Criteria Literata.

La buena noticia es que se puede dejar de jugar a este juego destructivo, y en el próximo post veremos cómo.