Los otros extraños

Es la hora habitual. Vas en el metro junto con los otros extraños. A pesar de que está lleno de gente, cada persona procura no tocar al resto si puede evitarlo. La barra a la que te agarras tiene otras cinco manos a distintas alturas, manos de los otros extraños. En esa situación, evitas, como todos, cruzar la mirada con el resto. Para esto, los teléfonos inteligentes son de mucha ayuda.

De hecho, no solo haces como si allí no hubiera nadie. Mantienes en tu mente una vívida conversación con tus compañeros de trabajo sobre un proyecto que se ha complicado. En este momento, la conversación en tu mente es más real que la situación donde está tu cuerpo, las personas en tu mente son más reales que las personas que rodean tu cuerpo.

Hasta que ocurre algo.

Un vagón de metro lleno de personas

En medio de un túnel el tren descarrila y el vagón en el que viajas gira noventa grados, todo el mundo cae, unos encima de otros. Gracias a ello, las personas y palabras que había en tu mente desaparecen en el acto. A cambio, los otros extraños cobran una realidad tangible, se hacen evidentes, se les oye, se les ve. ¿Cómo evitar el roce con esos extraños, si has caído sobre algunos de ellos y algunos de ellos sobre ti? ¿Cómo dejar de notar el tacto de su ropa, su olor corporal, su presencia, todo aquello que un minuto antes hacías como si no existiera?

¿Tiene que haber un accidente para que percibas a esas personas a tu alrededor?

La situación que se produce en el metro siempre me ha parecido muy llamativa, más aún cuando los vagones van completamente llenos (de gente). Leí de algún autor que si fuéramos ratas, en esa situación nos pelearíamos hasta matarnos, pero la oxitocina logra que, en lugar de eso, nos ignoremos amablemente.

Este ignorar personas, los otros extraños, es al mismo tiempo una forma muy rápida de cosificarlas. No sientes que estés rodeado/a de personas en el metro, sino de objetos o de obstáculos: solo hay que ver la rudeza con la que a veces te abres paso hacia la puerta de salida en tu estación.

Y se convierten en personas en momentos de vivencia inusual. Se convierten en personas cuando algo rompe la rutina: un señor mayor se cae, un joven da un tirón al bolso de una señora, de pronto, alguien se pone a hablar alto (como actuando) o a cantar y tocar un instrumento.

En otras palabras, si te sucede algo en el vagón del metro, es por interacción con los otros extraños; son los otros extraños los que pueden ayudarte, no las personas con las que conversas en la mente.

Cuando conviertes a los otros en personas, es muy probable que los otros te conviertan también a ti en persona.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Misión: vivir tu vida

Esa es la misión, parece simple: vivir tu vida.

Pero ojo, no pone “vivir la vida” sino “vivir tu vida”. ¿Por qué?

Por que de “vivir la vida” se pasa fácilmente a “disfrutar de la vida” y de ahí a “divertirse en la vida”.

No es que vivir tu vida no implique disfrutar y divertirse.

Es que en tu vida hay situaciones y personas que no tienen nada que ver con disfrutar y divertirse porque son difíciles y no te gustan.

Vivir tu vida plenamente es ir experimentando todo lo que te va llegando, o “te toca”, o “aparece en tu camino”, todo es lo bueno y lo malo. ¿Bueno y malo? Muchas veces no son más que etiquetas, ¿cómo determinamos que algo es bueno o algo es malo?

En cualquier caso, la misión es bastante más difícil de lo que a priori parecía, aunque no imposible.

Un camino en un bosque que implica cruzar un puente

¿Qué ocurre cuando no quieres vivir lo que te toca?

Por ejemplo, no quieres ni ver a una persona con la que te toca interactuar, sea tu jefe o jefa, sea un familiar, sea alguien en un grupo de amistades o de aficiones… Y lo que observas es que esa persona es demasiado visible, siempre está ahí, cuando menos la soportas más la ves, más chocas con ella.

Incluso si la persona es un personaje público con quien no interactúas pero que aparece en la tele, es posible que te dé la sensación de que “no hace más que salir”, “con lo que odio yo su cara, ¿de qué se está riendo?”, etc.

O si no quieres pasar por una situación, por ejemplo un pico de trabajo, te resistes a quedarte más horas, te resistes a hacerte cargo, y da la sensación de que cada vez tienes más trabajo, que cada vez es más difícil, que el trabajo te asfixia, te derrumba.

Es decir, que cuando no lo quieres vivir, aquello que no quieres vivir parece hacerse más grande. Y es posible que se deba a que le prestas más atención de la que merece, lo magnificas, le das un espacio que le quitas a otras cosas de tu vida que sí te apetece vivir.

¿Qué ocurre cuando confundes vivir tu vida con divertirte?

Propio de los escapistas profesionales. Se dicen:

Vale, voy a vivir mi vida por todo lo alto, a tope.

Esto significa salir de juerga, beber, trasnochar, o significa gastar el dinero que no se tiene, o incluso no parar quieto/a entre unas aficiones y otras, casi con la obligación de divertirse y disfrutar, huyendo de todo lo demás.

Es un modo de vida de la juventud, si estás entre los 18 y 23 años, más o menos, cuadra bastante: vives con tus padres, quieres quemarlo todo, darlo todo, recibirlo todo.

Cuanto más alejado de esas edades, más posible es que con este comportamiento te ocultes aspectos “negativos” de tu vida, que quieras hacer como si no tuvieras achaques, que quieras salir con gente más joven para creer que tú eres más joven o que te dé la sensación de que los de tu edad están amuermados.

Vale, puede que lo estén…

Pero te está faltando mirar de frente “la otra parte”, la cara oscura de tu vida, lo que tapas a base de actividad. Puede que la otra parte sea simplemente que has pasado de los 40 (o de los 50, etc.) y no puedes tolerar envejecer. Puede que sea una dolencia. Puede que sea una situación familiar difícil. Sea lo que sea, no lo estás viviendo y sin embargo permanece.

Entonces, ¿qué pasa? Hemos dicho antes que si prestábamos mucha atención a lo difícil lo hacíamos crecer y ahora decimos que si no le prestamos atención, lo difícil permanece ahí como si nada.

¿Cómo vivir lo difícil?

Pues realmente un poco de atención hay que darle: la suficiente para vivirlo, experimentarlo, darle paso y dejar que pase. Esto me recuerda a la escena de El club de la lucha en que Tyler Durden quema con ácido la mano del protagonista mientras le conmina a vivir el dolor, no apartarlo con imágenes mentales (a partir del minuto 0:50 más o menos):

 


En conclusión, ¿vives tu vida? Me gustaría conocer tu opinión.

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Estar cómodos en la incomodidad

De esto ya he hablado, ¿verdad? Es una de esas ideas que se me quedan en la cabeza por tiempo, voy viendo ejemplos de cómo aplicarla, voy entendiendo su importancia.

Lo cierto es que, desde que Will Smith dijo esta expresión en el Hormiguero, algo que ya hemos citado en este blog, se me han ocurrido muchas situaciones donde merece la pena probar a estar cómodo/a en la incomodidad.

Haciendo frente a los miedos cotidianos

No hay nada más incómodo que enfrentarse “desamparado” a miedos cotidianos como:

  • No llevar suficiente abrigo y pasar frío.
  • Pasar calor y sudar.
  • Ir por la calle y tener la sensación de ser mirado de forma insistente y juzgadora.
  • No llevar paraguas y mojarse.
  • Que los zapatos aprieten.
  • Observar que nuestro whatsapp no ha sido leído.
  • Quedarse con el bañador mojado.
  • Observar que nuestro whatsap ha sido leído hace horas y no contestado.
  • Tener que seguir andando con una ampolla en un pie.
  • Esperar una llamada que no llega.
  • Estar en el atasco de cada mañana.

En todas estas situaciones y similares, lo que interesa es aprender a estar cómodo en esa incomodidad, esa pequeña ansiedad que estamos sintiendo porque algo no encaja con nuestra definición de la comodidad y el confort.

Una vez se logra esto, una vez se es capaz de afirmar: “Aunque me esté mojando porque no llevo paraguas y esto me molesta, soy capaz de seguir andando o de esperar a que escampe”.

Quitar hierro al asunto

No se trata más que de quitar hierro al asunto, de dejar de dar importancia a pequeñas molestias que, si miramos fijamente, parece que las hacemos crecer, que poco a poco van siendo más grandes hasta convertirse en insoportables.

Lo contrario es dramatizar, crear una gran montaña del pequeño grano de arena que se nos metió en el zapato. Y luego contárselo a otras personas, señalando lo desgraciados que nos sentimos por tener esta piedrecita en el zapato. En ocasiones, movemos a la compasión. En la mayoría, el otro puede estar pensando:

“Yo también tengo una piedra en un zapato y otras cosas peores que se ve que no te puedo contar, porque no pareces capaz de soportarlas…”

De quitar hierro al asunto y prestar atención a otras cosas se va formando callo, y de esto trata la vida, quizá, de ir haciendo callo e ir siendo capaz de vivir en entornos incómodos; lo que se llama crecer.

¿A qué prestas atención?

Aquello a lo que prestas atención es lo que está en tu conciencia. No es sabiduría oriental ni esotérica, es sentido común y funcionamiento del cerebro: nuestra atención es bastante limitada, podemos atender a un número de estímulos y no más, y durante un cierto tiempo (minutos) y no más.

¿Cómo es posible que esta pequeña atención se la estén llevando esas situaciones que subjetivamente nos parecen incómodas?

Eduard Punset, en uno de sus programas, habló de cómo nos habituamos a una sensación hasta dejar de sentirla. Por ejemplo, nos ponemos unos calcetines que al principio presionan en la parte de la goma elástica que llevan arriba. Al poco rato, dejamos de sentir esta leve presión. Si en cambio nos dedicáramos a “mantener viva” la sensación de presión, estaríamos añadiendo ruido a cómo percibimos el mundo.


Por tanto, estar cómodos en la incomodidad supone dos cosas: hacer frente a las sensaciones “negativas” que tenemos y ponerlas en su lugar para poder prestar atención a lo que de verdad nos interesa que componga nuestra vida.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

 

De belleza y de dolor

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas

Cuando era adolescente tenía fotos de Tom Cruise y de Michael J. Fox en la pared y en la carpeta. ¡Cómo no! ¡Qué guapos! En esa época y durante muchos años no tenía ninguna duda de que la belleza es algo físico y que enamorarse de la belleza es solo cuestión de mirarla. En comparación, yo no me sentía muy bella y para mí era totalmente imposible que un tío con ese aspecto se fijase en mí.

Una vez, por esa época, Cristina Almeida dijo en la tele que te das cuenta de que el hombre de tu vida no es uno de esos guapos, sino un señor normal, quizá calvo, quizá con barriga, quizá no muy alto, digamos Pepe Pérez, con un aspecto que habrías rechazado sin duda antes de madurar.

Y yo recordaba esto y decía: “eso es tirar la toalla”.

Y vas caminando por la vida y, sin darte cuenta, notas que el guapo aquél resulta que por dentro no es nada guapo, que sigue siendo un niño porque no ha tenido que enfrentarse a dificultades. Y ves a aquel otro, guapo o no, que lleva una carga muy dura, que asume con grandeza, que tiene un destino difícil, y lo abraza. Y de ese te enamoras.

Una mujer y un hombre se abrazan y sonríen

Lo repito porque esto es un hallazgo:

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas.

Lo que quita luz a una persona es la manera en que lleva sus miedos

El miedo paraliza, encoge, congela, oprime, encierra, encarcela a la persona.

Lo miras y ves a su alrededor un muro impenetrable, te chocas con él, notas una distancia que te hace alejarte. No puede ser de otra manera: por más que una persona llena de miedo esté deseando ser vista, tocada y querida, muestra todo lo contrario.

Es una carga también, sin duda: algo hay en la trayectoria personal de quien tiene mucho miedo, algo o muchas cosas, que le han llevado a construir un muro defensivo del que a veces no es consciente pero que desde fuera se ve con claridad. Como no es consciente, es una carga no asumida. Un trauma no superado. Un bloqueo que se va a deshacer cuando haya alguien tan valiente como para tocar a la puerta.

El trabajo que da el miedo es grande. Para cultivarlo hay que tener un listado de reglas que se saca cuando surge una situación que dispara las alarmas. Hay que echarle horas a espantar fantasmas:

  • Llevando un aspecto impecable, no sea que alguien vea alguna imperfección.
  • Pasando la noche a base de zumos, no sea que alguien me vea borracha y empiece yo a hacer cosas de las que luego podría arrepentirme.
  • Midiendo las palabras y los gestos, no sea que en un descuido toque a otra persona u otra persona me toque a mí.
  • Instalando alarmas reales y figuradas en todas partes: la casa y el cuerpo.
  • Desinfectando todo para alejar “bichos”, ya sean bacterias, insectos o personas.

Y lo contrario de todo esto es volver al punto 1: asumir el propio destino, los propios traumas, entrar en “las cloacas” propias a ver lo que realmente hay, saberlo y moverse entre la gente con ello puesto, trabajando con uno mismo/a para ir soltando lastre, comprendiendo que tocar el alma de otro solo es posible a través de la rendición ante quien se es, con todo, especialmente con aquello de lo que quisiéramos huir.


Tal vez la carga y el miedo sean dos caras de una misma moneda: hubo dolor, hubo sufrimiento, ahora me construyo el parapeto del miedo para no volver a sufrir. Lo que pasa es que si no vuelves a sufrir, no vuelves a vivir, nada te llega, no estás aquí.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

 

Recuerda

Mujer tumbada sobre hojas secas en un parque recordando el pasado

¿Recuerdas haber estudiado un montón de información de diverso tipo cuando estabas en el colegio? ¿Recuerdas el detalle de alguna de esta información ahora? Se suele poner como ejemplo resolver raíces cuadradas: ¿quién puede recordar semejante cosa si no la utiliza?

Otro ejemplo son las fechas: ¿alguien recuerda las fecha de nacimiento y muerte de, digamos, Quevedo? Salvo fechas muy notorias como el descubrimiento de América, ¿qué fechas de las que estudiaste recuerdas ahora?

¿Recordar es bueno o es malo?

Recordar es bueno

En nuestra historia académica se nos ha premiado por recordar. Lamentablemente, no solo en el colegio: casi toda la formación de adultos basa sus evaluaciones en que el alumno haya memorizado partes del curso, más que en que sepa utilizar la información que recibe (porque en la mayoría de los casos no se le enseña a ello). En todo caso, recordar sería “bueno”.

Además, se dice que quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. En este caso, recordar también es “bueno”, no solo recordar lo que hemos vivido, sino también lo que ocurrió antes y nos han contado, a ser posible recordando también fechas, nombres y lugares, porque si no, esa información ya no tiene el mismo valor.

Antes todo esto era campo

Por otro lado, recordar calles o edificios que ya no existen, puentes que se han tirado, campos que se han convertido en bloques de pisos… Esto parece nostálgico y supuestamente no sirve para nada más que para anclarse en el pasado. Es un pasado que habría que meter en cajas de mudanza y llevar discretamente a la basura.

Además, no sabemos hasta qué punto reinventamos un recuerdo cada vez que lo traemos a la mente, de manera que podemos magnificar o minimizar objetos, emociones o acciones que no fueron así.

En estos casos, recordar es “malo”.

Recordar haber tenido más derechos laborales, recordar que antes de la crisis de 2008 se ganaba lo mismo en términos absolutos que en 2019, recordar que de pequeños parecíamos tener talento y observar que no dio lugar al éxito… eso no es bueno, porque nos convierte en el ratón que se queda atrapado en una zona del laberinto donde antes obtenía queso y ya no.

Así, recordar también es “malo”.

El recuerdo de normas, creencias y saberes

El “peor” recuerdo es el de normas, creencias y saberes que en la época actual están prohibidos, censurados o altamente criticados. Eso hay que borrarlo, tacharlo, eliminarlo y, a ser posible, reescribirlo.

No hay que tener una historia vital muy larga para recordar creencias y saberes demostrados científicamente hace unos años que ahora no se pueden mencionar sin alterar los ánimos. Muchas de estas creencias y saberes llevaban consigo una serie de publicaciones serias, cursos, carreras universitarias, negocios y puestos de trabajo.

Todo eso se tiene que ir a la basura y recordarlo es “lamentable”.

Una oveja en primer plano y al fondo un rebaño

Es un poco como los Mandamientos que se inscriben en la pared en Rebelión en la granja. Al principio, siete mandamientos bienintencionados, claramente redactados.

Después, estos mandamientos se van transformando: mientras que las ovejas repiten las nuevas consignas borrando automáticamente de sus mentes las anteriores, el caballo (o yegua, no recuerdo) cree recordar que “ahí antes ponía otra cosa”. Este es un recuerdo no solo lamentable, sino “peligroso”.

El único mandamiento que queda al final en la obra de Orwell vuelve a traerme a la mente esta frase que digo yo mucho por aquí:

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Se ve que el olvido de creencias, saberes y normas anteriores es bienintencionado, que sirve para “avanzar”. El avance en Rebelión en la granja es circular: se acaba en el mismo sitio del que se partió/huyó.

Soltera se dice single

Se va marcando la diferencia entre lo que se supone que era la solución esperada y tradicional (familia con hijos) y lo que está siendo la solución inesperada y novedosa (todo lo demás).

En particular me refiero al número creciente de personas solteras o divorciadas que llevan un estilo de vida que hasta hace muy poco era accesible únicamente a los hombres y, aun así, tampoco muy apetecible.

Estar soltero sigue siendo caso aparte

La sociedad no se acaba de adaptar a este nuevo estilo de vida a la velocidad necesaria. Hace ya muchos años que existen familias monoparentales y tanto mujeres como hombres que permanecen solteros o divorciados a edades en las que hace bien poco se estaba “felizmente” casado con hijos.

¿A qué me refiero con la falta de adaptación?

  • Por ejemplo, no se edifican viviendas para esta realidad, se siguen construyendo pisos de 2-4 dormitorios, como si el objetivo de todos tuviese que ser formar una familia numerosa.
  • O por ejemplo, no se destina ninguna política social que contemple las necesidades de estas personas, a menos que sean de la tercera edad. La soledad de los solteros se piensa que es buscada, como se puede deducir de lo que cuenta Judith Duportail en este artículo sobre ligar en la era Tinder de Beatriz Serrano.

Antes también había solteros y solteras, y aquí hago la separación de géneros porque antes no era lo mismo un soltero que una solter(on)a: un soltero vivía solo y hacía una vida de crápula (se supone, se espera o se atribuye) y una solter(on)a vivía con la familia y ayudaba al cuidado de los hijos de otras. Había hasta un refrán:

El buey suelto, bien se lame [porque no tiene yugo…].

Pero no quiero volver atrás en el tiempo, más bien describir lo que sucede ahora pero no se acaba de digerir, el creciente número de personas que viven solas y que son como calcetines desparejados, que permanecen al margen de lo que hacen “las familias” (todo aquello que gira en torno a los niños), que se van buscando la vida y la van inventando, porque no estaba descrita en ninguna tradición.

Soltera se dice single

Para eliminar la carga de la palabra soltera, ahora se usa la palabra single.

Los singles son gente que principalmente se divierte en actividades para singles, en las que pueden conocer a otros singles y potencialmente ligar con ellos para dejar de ser singles.

Un velero en el agua con muchos singles abordo

En esto sí hay una adaptación del ocio: hay viajes para singles, salidas para singles, encuentros para singles… Porque se entiende que los singles no tienen nada que ver con “las familias”, son entes que “han elegido” estar solos en su vida aunque bien pudieran en cualquier momento llevar una vida “tradicional”, solo que no quieren (no pueden).

La descripción de un single suele conllevar un comentario que en el fondo parece describir las obligaciones de este tipo de vida:

No te creas que se queda en casa: sale, se divierte, viaja… ¡no para!

Antes (el antes de la época de mis padres y abuelos) las familias eran versiones extendidas: en una casa se juntaban los padres y los hijos, pero también los abuelos y un tío abuelo que andaba por ahí, o una hermanastra de la madre, etc.

Ahora, las familias son versiones exiguas de la familia nuclear: uno o dos de los padres y el hijo, o los dos hijos. Y por supuesto, muchas variaciones sobre el tema.

Antes entonces en la familia estaban incluidos todos aquellos miembros que, por la razón que fuese, se habían quedado solteros o eran viudos. Si había que ir a algún sitio, iban todos juntos. Era un grupo variopinto y tenían que trabajar por llevarse bien porque compartían espacios reducidos.

Y ahora, de “las familias” estamos excluidos todos los que no tenemos nuestra propia familia, idealmente formada por dos adultos que son pareja y uno o dos niños. Y todos los demás, fuera, que se las apañen.

Así, lo que antes se resolvía con una casa no muy grande pero con varias “estancias” o literas o sofás-cama, ahora se resuelve con varias casas, a veces una por persona. Y esto hay que responderlo en el mercado inmobiliario, pero sospecho que no con esas cápsulas de procedencia japonesa, sino con un estudio realista de cómo se distribuyen ahora las familias extendidas y qué soluciones se les pueden ofrecer.

No se tiene en cuenta en ningún momento la carga económica de ser soltero, fundamentalmente compuesta por los gastos de vivir en soledad,

…porque tú lo has elegido.

Soltera de soledad

Esto no va exactamente de casas, tampoco va de actividades de ocio, no va siquiera de lo caro que puede resultar no seguir el modelo de “las familias”. Esto va de soledad, la misma soledad que se revelaba en esa mujer que sale a sentarse al banco frente a su casa para poder ver gente. La soledad del que se ve obligado a crear un escaparate virtual en Instagram tras el que parapetarse. La soledad de la que insta vehementemente a sus amigas a acudir a fiestas en terrazas de moda. La soledad de la que se alimentan entonces las redes sociales y muchas de las soluciones de ocio, y si se alimentan de ella la tienen que potenciar, como también explicaba Judith Duportail en el artículo mencionado.

No importa que estés sola mientras demuestres que lo has elegido y que eres muy feliz así. Mejor usemos palabras en inglés para alejar connotaciones y cargas de significado de viejas épocas:

No importa que seas single mientras que muestres llevar una vida muy cool.

¿La puerta está abierta?

A veces [los seres humanos] son metidos en jaulas y tratados como ratas, manipulados y sacrificados a voluntad por sus amos. Pero muchas veces la jaula tiene una puerta abierta, y un hombre no tiene más que salir si lo desea. Si no lo hace, normalmente es su guion el que le mantiene allí.

Eric Berne

La historia

Una mujer mayor sentada en un jardín con hortensias

Hay una vecina mayor a la que veo muchos días sentada en un banco en la acera de enfrente de su casa. Debe de haber unos 5 o 10 metros entre el banco y la casa. Desde ahí ve pasar gentes y coches a la sombra de unos árboles.

Desde fuera, veo una cadena invisible que ata a la señora a la casa, como si fuese un perro, como si fuese un pájaro dentro de una jaula abierta.

Quizá hay otra vecina mayor que no consigue ni eso: está siempre dentro de su casa y no la vemos. Está totalmente sola y engaña al silencio con la tele y la radio. No tiene ninguna dolencia grave pero no es capaz de salir.

¿Cuál es la historia de estas mujeres?

Los límites

Siempre que afirmes que no eres capaz de hacer algo, habrá una persona que te dirá que alguien con tu mismo límite (enfermedad física, enfermedad mental, edad, condición, situación económica…) lo ha logrado y ha hecho muchísimo más. Se lo pueden contar a esa señora a menos de diez metros de su casa y también a la otra, a la que solo mira al exterior corriendo un poco el visillo.

¿Hay o no hay límites? Parece ser que muchos seres humanos son capaces de lograr lo extraordinario y también parece ser que muchos otros encuentran límites tan duros como paredes y, cuando tratan de empujarlos y ampliarlos, lo único que consiguen son golpes. Y aun otros que no encuentran esos límites porque no los buscan.

No tengo claro si los límites son impuestos desde fuera o desde dentro, si se nace con ellos o si surgen como respuesta a un acontecimiento traumático. Si seguimos la cita de Berne, pensaremos que los hemos forjado entre los 5 y los 7 años como un guion de vida.

En cualquier caso, no tengo claro si hay que “luchar” contra los límites que se perciben.

La mejora continua

En particular, pienso en todos aquellos trabajos de crecimiento o “mejora”. ¿Mejora? Cuando se piensa en mejorar algo se piensa que no está bien tal cual está.

Ya, ya, me diréis: pero si una gran sección de tu blog trata sobre el desarrollo personal. Pues es así. Quizá el matiz sea que pienso que una persona puede desarrollarse y seguir siendo tal y como es.

Por ejemplo, seguir teniendo un guion “hasta” (hasta no terminar las obligaciones no puedes disfrutar) pero que este guion sea más amable, menos dramático.

O por ejemplo, desarrollar una nueva habilidad y trabajarla “creciendo”, pero sin dejar de ser quien se es; es más, aceptando, apreciando y llevando con dignidad aquellas características que nos hacen ser personas únicas.

Aceptar la diferencia

Pienso que las “ayudas” a “mejorar” que no funcionan son aquellas que se basan en lo siguiente: identifican los límites de una persona y a continuación buscan que desaparezcan a partir de “nuevos hábitos” que la persona abandonará pronto, porque no los ha podido integrar y porque son un ataque directo a esa persona tal cual es.

La ayuda que acepta la diferencia comienza por uno mism@. Primero dices: yo soy así, incluso aunque no le guste a los demás, incluso si me dicen x (que soy aburrida, autoindulgente, dependiente, procrastinadora, que tengo un trastorno, que debería salir y divertirme y viajar e irme lejos…).

A esas mujeres, la que no puede avanzar más allá del banco frente a su casa, la que no puede si quiera pisar la calle, les podemos reconocer su diferencia, comprender su dolor con compasión, quizá decir: si algún día te animas a dar un paso, yo te acompaño.