Si supieras lo que he vivido, te admiraría lo que soy capaz de hacer

En una clase de zumba, unas veinte o treinta mujeres se sitúan en diferentes zonas del espacio. Unas buscan verse en el espejo, otras buscan ver bien al profesor, otras buscan ocultarse del espejo y del profesor, etc.

Hay pasos más suaves, pasos más rítmicos. Algunas mujeres realizan los movimientos con mucha fidelidad con respecto a lo que marca el profesor, tienen incluso una gracia especial. Otras mujeres no levantan casi los pies del suelo o los brazos por el aire, parece que estuvieran muy cansadas o que les pesase mucho el cuerpo. Hacen lo que se llama “marcar” el movimiento, siguiéndolo de forma muy básica pero sin dar grandes saltos o grandes pasos.

Algunos movimientos solo los consigue hacer de forma excelente el profesor, aunque alguna que otra mujer se acerca a ese nivel en el movimiento de sus caderas.

Bien.


Estamos acostumbrados a valorar a las personas por lo que son capaces de hacer, por tanto nos parecerá que las mujeres más gráciles lo hacen mejor, se esfuerzan más, y hay que ser como ellas. Piensa en cualquier deportista reconocido: es el mismo ejemplo. Ese deportista tiene una combinación de factores que lo hacen único, es preciso, es poderoso, se adelanta a su contrincante, sabe centrarse y dominar sus emociones.

Bien.


Si supieras lo que he vivido, te admiraría lo que soy capaz de hacer.

Si supiéramos lo que algunas personas han sufrido o están sufriendo, si supiéramos la edad exacta que tienen, si supiéramos cómo es su carga genética, si supiéramos la enfermedad con la que conviven… Entonces quizá nos admiraría ver cómo son capaces de marcar los pasos en una clase de zumba, mientras al lado una mujer se mueve grácilmente porque no tiene todos estos condicionantes.

¿Qué es lo que admiramos? ¿La lotería genética?

Phineas Gage sufrió un accidente que cambió su comportamiento.
Photograph by Jack and Beverly Wilgus of daguerreotype originally from their collection, and now in the Warren Anatomical Museum, Center for the History of Medicine, Francis A. Countway Library of Medicine, Harvard Medical School. – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7436957

En un comportamiento físico hay condicionantes que no están directamente en el cuerpo (brazos, piernas…) sino en el cerebro. ¿Qué hay de aquello que se ha sabido, eso de que la estructura del cerebro puede conllevar comportamientos antisociales, o que un accidente que daña parte del cerebro puede provocar la pérdida de la voluntad como el famoso caso de Phineas Gage?

Y pienso también que esto se aplica no solo a la forma física, sino también a la capacidad intelectual, a la capacidad para emprender, a las actitudes frente a la vida. Entonces igual deja de tener sentido calificar a las personas con un mismo baremo. Yo tenía una profesora que decía que valoraba más el esfuerzo de un alumno que obtenía un 6 que el del alumno que siempre sacaba 10. Bueno, a mí su comentario me molestó (era de las del 10), porque si yo no me esforzaba, el diez dejaba de ser un diez y se convertía en un 8. Más adelante, en la carrera, pude ver a esas personas del 6, cómo se esfuerzan, cómo trabajan, hasta obtener la misma calificación que otra persona con más capacidad de partida.

Si supieras lo que he vivido, te admiraría lo que soy capaz de hacer.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Cómo lo percibes tú? ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

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La tele se mira a sí misma

Chance se maravilló de que la televisión pudiese representarse a sí misma; las cámaras se observaban a sí mismas y, al mirarse, televisaban el programa. Este autorretrato era transmitido a las pantallas de televisión colocadas frente al escenario y que el público del estudio observaba. De las incontables cosas que existían en el mundo –árboles, césped, flores, teléfonos, radios, ascensores– solo la televisión sostenía constantemente un espejo frente a su rostro, ni sólido ni fluido.

Portada de la película Being There
Imagen de http://canitbeallsosimple.com/2015/04/19/bienvenido-mr-chance-peter-sellers-y-la-grandeza-de-ser-pequeno/

Desde el jardín o Bienvenido Mr. Chance (Being There, por Jerzy Kosinski) es una obra muy curiosa: nos presenta a un personaje llamado Chance que ha vivido toda su vida cuidando de un jardín. Al parecer, no conoce nada más. Sin embargo, Chance será capaz de abrirse paso en la alta sociedad y entrará en política, gracias a una serie de circunstancias que solemos llamar estar en el lugar adecuado en el momento adecuado (“being there”…).

Ayer estuve en la grabación de un programa de televisión y vinieron a mi mente esas reflexiones de Chance (en un falso narrador en tercera persona).

La tele se observa a sí misma, se mira al espejo.

Como público me vi “jaleada”, más que animada, a mostrar un nivel muy alto de entusiasmo. He estado en la grabación de 4 programas en 4 cadenas distintas, a lo largo de muchos años. Cuanto más actual la grabación, más ha habido una “preparación previa” para que el público se muestre rendido ante lo que va a suceder después, te guste o no. Al acordarme de Chance, pensé que este personaje muestra una total independencia de sus interlocutores; el público no puede comportarse como Chance.

Por cierto, si te apetece ver la película en lugar de leer el libro, se llama igual, Bienvenido Mr. Chance, y está protagonizada por Peter Sellers. El hecho de haber visto la película antes, hizo que me fuese imposible poner a Chance otra cara; quizá me lo habría imaginado mucho más atractivo a juzgar por lo que describe el libro. Por lo demás, Sellers hace un Chance inolvidable.

Volviendo a la tele: Chance se comporta en ella y en todas partes como un adulto totalmente independiente, aunque no se trata realmente de esto. Quiero decir que Chance no es influenciable ni manipulable porque no entiende las intenciones de sus interlocutores. Cuando a Chance le preguntan si ha leído tal o cual artículo, dice claramente que no, luego admite con tranquilidad que no lee periódicos. Esta independencia total de las intenciones de las preguntas le hace ganar puntos ante personajes tan importantes como el mismo presidente de los Estados Unidos.

Si la sinceridad y la respuesta directa no a la intención sino a la pregunta o afirmación que oímos provocan admiración en el resto, ¿por qué la tele nos jalea para que mostremos otra cara? La tele, como espectadores, nos necesita niños. Los niños se ríen, aplauden, celebran, saltan, se ponen de pie… La “única” gran diferencia es que además, la tele pretende que toda esta “actuación” sea “espontánea”. Recordemos que no se puede obligar a nadie a ser espontáneo, es una contradicción.

Termino como empiezo. La tele se observa, se mira en múltiples espejos repetidos para comprobar cómo está quedando. La tele ha de ser mentira para parecer verdad, y todo lo que salga por ella ha de estar perfectamente orquestado (incluso las aparentemente espontáneas reacciones de los concursantes). Y esto no es más que un juego que llega a ser muy divertido… siempre que no tengas la sensación de que te “jalean” para que muestres “entusiasmo”.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Has estado en algún programa de televisión? ¿Qué te parece en general el tipo de diversión que ofrece?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

 

Esos camareros

Ese camarero que atiende los pedidos con plena atención
By Miguel Angel Chong (Own work) 

Llevo un tiempo queriendo hablar de esos camareros que te saludan cuando entras al bar, ya desde la barra, y cuando llegas a ella ya saben lo que necesitas y te lo están preparando.

Estos camareros que no dan la espalda al cliente en ningún momento, que detectan el mínimo gesto de cada cliente y al que atienden de inmediato.

Estos camareros que recuerdan perfectamente el pedido de ocho personas en que cada una pide algo diferente.

Los estás viendo. Suelen ser hombres(*) de unos cincuenta años o más, se les ve muy cómodos realizando su trabajo. Ves el bar lleno de gente, ves que estos camareros no paran de moverse para atender a todos, y ves que lo logran.

Puedo poner hasta algún ejemplo de Madrid. Observa cómo trabajan los camareros en el Brillante en Atocha o en Las Bravas del centro.

(*)También hay mujeres, por supuesto, aunque los que he observado con estas características eran bares atendidos en su mayoría por hombres.

¿Qué se puede aprender de estos camareros?

Aparte de que otros camareros menos avispados puedan tomar nota, creo que cualquiera que tenga un trato con clientes (es decir, cualquiera que trabaje) puede beneficiarse de observar a estos camareros y aprender de ellos. Por ejemplo:

  • A estar totalmente presente, con la atención plena en lo que realmente se está haciendo, que no es fregar platos, ni hacer cafés, ni preparar un bocadillo, es atender a los clientes.
  • A no dar la espalda, a mirar a los ojos. En lugar de ningunear a sus clientes o de hacer como que no ven un gesto insistente de “por favor, cóbrame, que tengo prisa”, estos camareros miran, observan y están la mayoría del tiempo de frente. Incluso cuando están preparando el café o abriendo la caja, se están volviendo para ver si hay “cambios de estado” en sus clientes.

Me llama la atención que camarero en inglés se diga “waiter”, es decir, el que espera.

  • Estar en la aceptación. Estos camareros destilan aceptación de todo lo que llega, de cualquier tipo de cliente, de cualquier circunstancia adversa. No se ponen a mirar el móvil, a suspirar, a abstraerse o evadirse. Mírales, te están mirando.

Mi admiración por esta forma de trabajo viene de muy lejos, en particular porque reconozco que soy la primera que tiene mucho que aprender de ellos. Así que no es de extrañar mi fascinación por el camarero Moustache de la que ya os hablé.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Les has observado? ¿Has observado otras profesiones que te fascinen?

Como siempre, muchas gracias por leer el artículo y por compartir tus pensamientos en comentarios.

¡Felices Fiestas!

Tanta luz

Hace poco leí a un escritor español que se quejaba de que ahora todo el que sabe leer y escribir publica una novela. Escribir una novela, un trabajo que para muchos escritores supone años de documentación, redacción y corrección, parece ahora al alcance “de cualquiera”.

Al alcance de cualquiera

La mala noticia es que esto es cierto. No se trata tanto de que cualquiera pueda escribir una novela, se trata de que hay muchísimas más personas capacitadas para hacerlo con respecto a épocas anteriores. No es que sepan leer y escribir, es que tienen dos másteres.

Carlos Saura afirmó que no podía distinguir qué es lo bueno entre tanta luz.

En un documental de Imprescindibles sobre Carlos Saura, el genial director dijo algo como:

“Yo antes sí sabía qué era bueno y qué no, podía señalarlo. Ahora hay miles de publicaciones, de películas, y no puedo decir qué es lo bueno, no puedo distinguirlo”.

Este es “el problema”: hay tanta luz que ya no se distingue entre unas luces y otras.

Cuando sucede un acontecimiento importante, entro en Twitter y leo los tuits al respecto, porque encuentro genialidad, talento, creatividad, originalidad, muy por encima de la ingeniosa frase que se me habría podido ocurrir a mí.

El cementerio de las letras

¿Habría destacado Balzac en nuestra época de tanta luz?

En El cisne negro, Nassim Taleb ilustra este tema con un ejemplo: Honoré de Balzac. En un capítulo con el descriptivo y a la vez poético nombre de “El cementerio de las letras”, Taleb explica que pueden haber existido cientos de autores tan buenos como Balzac cuyas obras hubieran desaparecido: entonces Balzac ya no sería tan singular, solo tuvo mucha suerte.

Su talento es menos exclusivo de lo que pensamos, puesto que no vemos las toneladas de originales rechazados por las editoriales.

El tema es que ahora no hay que pasar por el rechazo de una editorial, todo se publica en el océano inconmensurable de Internet, y por tanto tengo la sensación de que Balzac (por decir) y muchos otros quizá no habrían sido conocidos en esta época, más que por unos cuantos.

Luz efímera

Al mismo tiempo, la luz ahora es efímera. Por sonoro que sea un acontecimiento virtual, desaparece al poco tiempo, como el caso del “cara anchoa” o el hilo de suspense de Manuel Bartual. Todo se diluye, por eso se habla de sociedad líquida. Las gotas, por originales y únicas que sean, desaparecen en cuanto caen al océano y nadie ya se acuerda porque siguen cayendo, cada vez más, en un crecimiento exponencial que parece no tener fin.

Lo global vuelve a ser local

Yo cumplo hoy 43 años, y me doy cuenta de que, ante tanta luz, la batalla global acaba de nuevo siendo local, y que las aspiraciones han de ser más modestas, como llegar a hacer muy bien tu trabajo, que verán unos pocos, y que quedará obsoleto y olvidado en muy poco tiempo.

Cuando andaba por los veintitantos, tuve mucho contacto con personas que rondaban los 40 que decían cosas similares a lo que te estoy diciendo ahora: habían aceptado su mediocridad. Yo me rebelaba:

“¡No, no puede ser! ¡Tienes que seguir luchando!”

Pero parece ser que es algo que te dan los años, junto con una cara más seria que a veces no reconoces, presbicia y otra perspectiva de la vida, más calmada.

¿Luchando?

Entonces cada vez soy más escéptica con todos estos trucos que hay que hacer para que un artículo sea leído, una página web se posicione alto, una cuenta de Facebook o Twitter crezca en usuarios e interacciones. Porque, de nuevo, todo el mundo que conoce los trucos hace lo mismo. Resultado: si todo es lo mismo, nada destaca, y volvemos a caer de lo global a lo local.

Creo que el desafío real para todos, y más incluso para los que vivieron mejores épocas, es aceptar la esfera a la que se puede influir, llegar, con la que te puedes relacionar, aceptar que es más pequeña de lo que habrías supuesto.

El siguiente paso es saber darse a esta esfera más modesta.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Cómo lo vives tú? ¿Eres de los que todavía alberga esperanzas de trascender? ¿Te sientes realista y conoces tu ámbito de influencia?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen

A veces, hay modas de hacer y reproducir afirmaciones que luego justifican decisiones. Una de ellas es decir:

“Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen”

y justificar entonces la necesidad de invertir en asignaturas STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics), como se comenta en este artículo.

Bien, no es mala idea, es importante apoyar asignaturas científicas y dar acceso a los niños a la tecnología.

Esto ya era así…

Solo me gustaría decir que yo tengo 43 años y trabajo en una profesión que no existía cuando era pequeña: diseñadora instruccional e-learning (todavía suena raro y sigo teniendo que explicar en qué consiste).

El salto es “mortal de tres bucles”: cuando era pequeña, ni siquiera existían los ordenadores (existirían, pero no eran accesibles ni siquiera a la mayoría de las empresas). Era imposible que mis profesores me preparasen para este futuro de los años 2010s y 2020s; era imposible imaginar cómo iba a ser el trabajo de la mayoría de la población.

Cuando tenía 11 años, en 1985, a mi hermano le regalaron un Amstrad, un ordenador en el que se podían hacer modestas programaciones en ASCII de un reloj con apariencia analógica (en una pantalla monocromo, esto es, fondo negro y letras verdes). También se podían cargar videojuegos que venían en cintas de casette. Tardaban unos 15 minutos en cargarse, y a veces (bastantes) fallaban y había que empezar de cero.

Tener un Amstrad no nos preparó para este futuro
De Bill Bertram – Trabajo propio, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=133247

 

Por otro lado, unos dos años después mis padres tuvieron que adquirir equipos informáticos para su trabajo, muy poco parecidos a lo que existe ahora. Como tenían su propio negocio, yo pude aprender a manejarlos muy pronto. No solo no eran táctiles. No existía el ratón. No, no existía, ¡de verdad!

Posteriormente, en el instituto me dieron clases de informática, para prepararme para las profesiones del futuro. ¿Sí? Pues… Era MS-DOS lo que nos enseñaban, el primer sistema operativo de Microsoft, que no se parecía a nada que tuviera ventanas ni tampoco windows.

Observa el aspecto de MS-DOS:

El aspecto de MS-DOS no me preparó para este futuro
Fuente: https://www.lifewire.com/dos-commands-4070427

 

Y ahora, en el futuro…

Esa es mi trayectoria… Y ahora, “en el futuro”, estoy creando cursos con herramientas de autor, desarrollando páginas web en WordPress, analizándolas con Google, y más. Me manejo perfectamente. Y no, no me podían haber preparado para esto ni he aplicado nada de ninguna asignatura que tuviera relación con STEM. Nada. De ninguna. De verdad.

pero

siempre hay un pero…

Sí que habría agradecido mucho que me formasen en lo que nunca cambia, porque es justo esto lo que necesitas para salir adelante en el mundo laboral, en el mundo adulto: competencias emocionales, asertividad, empatía, que me enseñaran a pensar, a seguir mis intuiciones, y que me hubieran explicado por encima lo que decían algunos clásicos, y me hubieran ayudado a tener un espíritu crítico con las ideas ajenas, incluidas esas de los grandes clásicos. En fin, todo esto.

(Y si se puede seguir pidiendo, habría sido ideal que, en vez de obligarme a hacer gimnasia, algo que para mí fue una pesadilla, me hubieran facilitado hacer baile, que eso sí me gustaba).

¿De verdad?

Bueno, ahora en el presente sé que los niños muy pequeños trabajan ya con las emociones y las habilidades. Después, cuando van creciendo, es triste observar cómo esos temas van saliendo del currículum escolar y van entrando otros relacionados con la tecnología. Me sigue pareciendo muy chulo que los niños programen un robot, pero ¿de verdad pensamos que podemos adelantarnos unos 20 años a lo que los niños de hoy harán en el futuro? Lo que sí podemos predecir es que seguirán siendo cromañones, que seguirán teniendo las mismas necesidades de relación y los grupos se organizarán en el mismo tipo de jerarquías. Pues mejor sería invertir en todo esto…

Nuestro cerebro tiene la capacidad para adquirir los conocimientos que sean necesarios para trabajar: somos supervivientes a miles de años de evolución.

 

Hoy, anticiclón

Hoy hace más frío. Y el cielo ofrece de nuevo la misma respuesta: anticiclón. Vaya, que las danzas de la lluvia no están funcionando.

La temperatura oscila entre los 7 y los 18 grados, más o menos. El cielo está completamente despejado. La tierra, seca, crujiente. Los árboles están de otoño y primavera.

Nos quejamos de la sequía, no podemos evitarlo

Hay que quejarse.

Y si lloviera a mares y no viéramos un rayo de sol y el cielo estuviese encapotado y gris, habría que quejarse.

¿Cómo no quejarse? Al fin y al cabo, la crítica y la queja son la forma de conversación más habitual, ya sea en persona o en las redes sociales. Y esto no es ni una crítica ni una queja, tan solo una observación subjetiva.

Este eterno anticiclón aumenta la sensación de vivir en el día de la marmota, o de protagonizar el Show de Truman.

Cada día, al elegir la ropa que ponerte vuelves otra vez a lo mismo: la “ropa de entretiempo”, que nunca dio tiempo a utilizar. Cuando pasas delante de un escaparate con abrigos, te da un sarpullido, y ya no recuerdas dónde pusiste el paraguas. Alargas la “mid-season” y esperas.

Esperar se nos da fatal. El ser humano tiene dificultades para adaptarse al cambio, siempre se dice esto, pero más aún para adaptarse al no cambio. Aquí no se mueve una hoja, nunca mejor dicho, está todo como en suspenso, amanece otro anticiclón que es el mismo y la espera se alarga.

La espera desespera sobre todo porque los acontecimientos no se desarrollan según lo deseado, que es fruto de la costumbre en este caso: en otoño, llueve. Entonces, como es otoño, tiene que llover. Aplicamos la lógica racional a la naturaleza, que puede tener un funcionamiento que parece lógico, pero que no es tan predecible como aparenta, que de pronto se presenta con un huracán, o de pronto retira todas las aguas.

Mientras hay inconvenientes para unos, los que viven de la tierra, hay ventajas para otros, los que viven del sol. Y siendo domésticos, vemos la ventaja y la disfrutamos de los que ponen terrazas en verano, que ahora las ponen a finales de noviembre, y vemos la ventaja de los chiringuitos playeros, y de actividades al aire libre, no todas, la nieve no, claro.

El anticiclón es lo que hay ahora. Puede deberse a muchos factores, pero ya está aquí, ya llegó, no hay escapatoria. Quiero decir que es inútil quejarse sobre el anticiclón. Tan inútil como quejarse de la lluvia. Simplemente, sucede. Solo cabe aceptarlo, adaptarse, quizá contribuir a que la contaminación sea menor. Pero el anticiclón no se va a ir por ello. No va a empezar a llover por odiar la sequía.

Aquí podría encajar un refrán:

Si la vida te da limones, haz zumo con ellos.

Más sobre la queja

¿Criticas, sugieres o haces?

El triángulo del amor

Las palabras y el mundo que inventan

Hace años yo coleccionaba las columnas que escribía Daniel Samper Pizano, en una sección llamada “La madrastra patria”, dentro de un semanario de algún periódico.

Y creo que las coleccioné a raíz de una de ellas: “La Academia del Oído”.

En aquella columna, que todavía conservo, Samper Pizano decía que el español carece de algo tan importante como la Academia del Oído, que cuidaría que las palabras tuviesen un sonido, una música, acorde con su letra, con su significado.

No he necesitado releer ese artículo para recordar una con la que estaba muy de acuerdo: la palabra crepúsculo, por su sonido, parece más propia de una enfermedad eruptiva. Mientras que la palabra convólvulo, que designa una enredadera, podría referirse más bien a determinadas partes íntimas.

Por cierto, ¿de verdad que ósculo ha de significar beso?

Las palabras son rótulos que se superponen a la realidad

Las palabras son etiquetas que nos vienen de lejos

Las palabras no son más que etiquetas, rótulos, como dice Krishnamurti en El conocimiento de uno mismo, hastags, como decimos ahora. Esas etiquetas tienen un origen etimológico, que a veces se remonta a Grecia, otras a Roma, otras aún a Al-Andalus, y muchas otras, más que remontarse, cruzan el charco sin su debida traducción, y acabamos  hablando de marketing, e-learning y coaching y no nos convence ninguna traducción de estos términos. Esto también lo decía Samper Pizano en aquella misma columna, mencionando que miramos con algo de vergüenza la lengua que inventamos hace mil años.

Conocer el origen de una palabra es interesante para saber por qué el crepúsculo se llama así, y ahí está la RAE para decirnos que viene “Del lat. crepuscŭlum”. Pero no sirve para conocer el crepúsculo en sí, ni tampoco para comprender lo incómoda que nos puede sonar una palabra que designa algo en principio bello.

La palabra se superpone a la realidad que denota

La palabra se superpone sobre el hecho, sobre el objeto, y lo limita, lo acota y lo enlata, de manera que nos es mucho más fácil manejar estos rótulos que manejar los objetos reales que mencionan. Nuestro cerebro llega a creérselo: oímos o leemos o pensamos “pan” y vemos en nuestra mente el pan, casi lo olemos, lo oímos crujir, lo saboreamos. Por cierto, parece que la palabra pan no está mal puesta, es corta y simple, la decimos rápido y nos acerca un alimento de primera necesidad, no necesitamos decir algo más complicado como malvavisco o como vincapervinca, una palabra que descubrí hace poco porque en inglés la utilizan para designar un tono del azul.

Entonces, cada uno de nosotros se ve utilizando palabras que le provocan molestias e incomodidades a la altura de las cervicales, y se ve privado de utilizar palabras que le suenan mucho mejor pero que señalan y evocan objetos no tan agradables. Un ejemplo que pone Samper Pizano es el “lobanillo”, que acaso podría ser el cachorro de la loba.

Las reglas caprichosas

Por la calle escuchas a un niño pequeño decir a sus padres:

Ayer andamos por el patio del recreo.

Y el padre le corrige: “Se dice anduvimos”. ¿Y por qué, de dónde sale esa irregularidad? Ya hace tiempo que distintos grandes autores prescindieron de ciertas molestias en el lenguaje, por ejemplo Pablo Neruda en Confieso que he vivido prescinde del signo de interrogación y de exclamación que van delante de la pregunta o exclamación, y Juan Ramón Jiménez convierte en jota los sonidos de la jota.


Vuelvo a Krishnamurti: ¿qué son esos rótulos? ¿Por qué esos y no otros? ¿Cómo esos rótulos tienen el poder de formar una imagen mental similar a la real? ¿Son los rótulos los que nos guían, los que nos dominan, los que determinan la realidad? ¿Podemos expresar algo sin ellos?

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué te evocan las palabras? ¿Hay palabras cuyo sonido te horroriza? Al contrario, ¿hay palabras que te parece que tendrían que significar algo más bello? Como siempre, agradecida por los comentarios y opiniones. 🙂