Nos están preparando para una vida peor

¿Quiénes son los que nos están preparando para una vida peor? Quizá nadie en particular y todos en general(*)… Lo que sí me parece es que se va normalizando esperar una progresión hacia abajo en vez de hacia arriba, en la que las generaciones siguientes van a vivir peor que las anteriores, pese a los avances tecnológicos.

De nada sirve que un milenial mantenga “conversaciones” con una inteligencia artificial como Alexa, que le lee los emails y le organiza la agenda (ejemplo tomado del curso Futures Thinking), cuando ese milenial no tiene trabajo y, si lo encuentra, está pagado a la mitad de lo que lo estaba hace diez años.

El otro día vino un pintor a rematar una pequeña obra que afectó al techo. Y estuvimos hablando. Vicente, de 64 años, se había dado perfecta cuenta de muchas cosas en su trayectoria de vida:

  • Antes, en una obra, se trabajaba por una cantidad decente de dinero. No se trabajaba por menos, ni se trabajaba los festivos. Los trabajadores hablaban entre ellos y enseguida hacían piña para defender sus derechos.
  • Antes, en una obra, había personal, y siempre pasaban por ella el jefe de obra, el ingeniero, el arquitecto. Ahora no se ve a casi nadie, hay cuatro, son normalmente de otro país (sin que esto signifique nada negativo, simplemente, no reclaman los derechos que habían ganado los otros).
  • Antes, cuando pasaban el ingeniero y el arquitecto revisaban la obra, señalaban lo que estaba mal, lo hacían repetir si era necesario. Ahora, según relataba Vicente, las obras nuevas se caen a pedazos y producen derramas casi inasumibles para los propietarios.

Plano de una obra para edificar una vivienda

Esto de las obras es extensible a lo que vengo observando en mi sector. Tengo 10 años menos que Vicente, el pintor, y aun así tengo clara percepción del empeoramiento de la calidad del trabajo y de lo que se paga por él.

Calidad significa tiempo y recursos

Ahora, en los proyectos se busca una calidad efectista, es decir, una apariencia de calidad y alto nivel, como la de las obras que mencionaba Vicente. No se busca una calidad fruto de dedicar tiempo y recursos a un proyecto. ¿Por qué? Porque se quiere ganar el dinero antes, supongo. Y se quiere ganar más.

¿Qué ocurre? “Que si pagamos por la calidad a los últimos de la cadena de producción, los de arriba ganamos menos”, diría alguno que se atreviera a afirmar lo que está haciendo.

Según Nicholas Nassim Taleb, las empresas grandes están en quiebra, lo sepan o no. Se están autoengañando y engañando a la sociedad con ello.

Es razonable que gane más dinero quien puede planificar de forma estratégica,  organizar el trabajo y generar negocio como para pagarlo. Es razonable que su visión de negocio y sus contactos estén pagados. Lo que ocurre, sin embargo, es que arriba el dinero se cuenta por millones o por miles de millones. Esto es muy goloso y nubla la vista. “Amasemos dinero, luego ya se verá”, parecen decir.

En el siguiente nivel están los trabajadores cualificados de la empresa y los mandos intermedios, los que meten los datos en un Excel y hacen un gráfico para presentarlo en la próxima reunión, incrustado en un PowerPoint. Por sus ojos pasan los millones, pero no los amasan, claro. Amasan los miles, quizá. Pero lo que más les llama la atención es observar que su trabajo se subcontrata mientras ellos marean el mismo Excel porque no tienen mucho que hacer. Se dicen:

“Un día peta todo esto y nos echan a la calle, cuando se den cuenta de que no aportamos nada.”

Pero la rueda sigue girando.

El subcontratista a su vez, al comprobar que puede amasar los miles, busca a una serie de autónomos que podrán amasar los cientos. El trabajo que una gran corporación vende a otra gran corporación lo realizan autónomos que reciben cientos de euros por ello. Estos lo hacen con la máxima calidad que pueden. ¿Es consciente la empresa cliente de que lo que recibe lo ha realizado una sola persona en su chamizo? ¿Es consciente de que los miles que está pagando se los podría estar ahorrando? Diría que no. Es más, diría que a ninguno de los que intervienen en el proceso le importa todo esto:

  • el autónomo consigue trabajar… (además, tod@s sabemos que un autónomo nunca enferma, somos el pilar de la economía),
  • el intermediario consigue trabajar con grandes empresas, “clientes estratégicos” con los que “pierde” pero puede seguir funcionando,
  • la gran empresa consigue que se haga lo que necesita, se financia con proveedores y además, resta de su cuenta de resultados el gasto en ese personal que marea hojas Excel y presentaciones en PowerPoint.

Aún hay más…

El pintor y yo también estuvimos hablando de las amenazas del cambio climático y de las decrecientes reservas de agua. Convenimos en un aspecto: nadie quiere rebajar su nivel de vida para “luchar” contra el cambio climático. Nadie va a cerrar su grifo, nadie va a bajar la temperatura de su termostato. Nadie va a dejar su coche aparcado para irse en transporte público. Este “nadie” puede ser “la mayoría” o puede ser:

Después de estar puteado trabajando por cientos cuando sé que el trabajo que hago vale miles, no voy a recortar mi calidad de vida más, ya tengo suficiente carga con pagar un alquiler casi inasumible y demás gastos para vivir…

Las teles ya nos van preparando para lo peor, nos van poco a poco concienciando de que “las consecuencias van a ser desastrosas” o lo están siendo ya.

Por tanto, si vuelvo a este curso de Coursera sobre pensamiento del futuro, en el que te invitan a imaginar un futuro a 10 años desde hoy, lo cierto es que los indicadores de cambio que ellos destacan (todos basados en la transformación digital) no me parecen tan llamativos como el hecho de asumir el empeoramiento de la calidad de vida, sin más.

Esta forma de asumirlo invita a tomarlo como cierto y a hacerlo real…

(*)Por cierto, Vicente sabía perfectamente quiénes son los que nos están preparando para una vida peor: somos nosotros. Cada uno de nosotros/as es quien toma la decisión de trabajar o no a ese precio, de aceptar o no que se implanten unas normas; cada uno es responsable.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Has observado un empeoramiento de la calidad de vida? ¿Crees que puede ir a peor?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Lo que no se ve

Ahora está de moda que los dispositivos te digan cómo estás: miden tus pasos, miden tus pulsaciones, te dicen que tienes que parar o que moverte… Incluso hay una serie de dispositivos ponibles (wearables) que se incorporan a nuestro cuerpo en forma de prendas, relojes, gafas, brazaletes, marcapasos…

De alguna manera miden lo que no se ve y nos lo comunican, a nosotr@s o al médico.

Imagen de un reloj inteligente en la muñeca de una persona: la tecnología ponible o wearable

Pero, ¿y si los wearables indicaran a los demás nuestras necesidades?

Viajando en metro (muchas cosas se me ocurren viajando en metro) se me ha ocurrido que debería existir una forma “justa” de determinar quién tiene más necesidad de sentarse en los asientos libres. He observado que, al margen de discapacidades o necesidades evidentes (embarazadas, personas muy mayores), los que se sientan son gente rápida y avezada que se lanza al asiento, con lo que podrían ser justo los que menos lo necesitan.

Me gustaría que existieran prendas ponibles que indicasen por ejemplo mediante una escala de colores quién necesita realmente sentarse en el metro, tren o bus y quién puede permanecer de pie.

El algoritmo podría tener en cuenta distintos factores.

Factores de tipo “logístico”

  • El número de paradas que le quedan a la persona.
  • Las horas que lleva esa persona de pie (por ejemplo, porque trabaja de pie o de noche).
  • Los minutos/horas que lleva una persona en los transportes hasta su destino.
  • El tipo de actividad que le espera o de la que procede.

Factores de tipo médico

  • El dolor que pueda estar sintiendo una persona.
  • La incontinencia.
  • La falta de equilibrio.
  • La tensión muy baja.
  • El cansancio extremo por dolencias como fatiga crónica, esclerosis múltiple o hipotiroidismo.

Y no digamos si se combinan factores de tipo logístico con factores de tipo médico.

Todos estos factores son invisibles, no se aprecian, la persona “los sufre en silencio” mientras observa cómo alguien joven, aparentemente sano, se da mucha prisa en sentarse en el asiento al que se dirigía torpemente.

Ingenier@s, esto es un llamamiento, hay que fabricar este dispositivo.

Pero…

Sí, es cierto, ¿cómo se miden el dolor, el cansancio?

Resulta que los médicos reconocen que el dolor o el cansancio son experiencias subjetivas, que es el individuo el que marca las intensidades y que, ante el mismo dolor, hay umbrales distintos, por lo que cada persona puede estar experimentando un grado muy distinto de incomodidad. ¿Podría un dispositivo detectar o deducir estos condicionantes?

Por otro lado, el dispositivo podría llevar incorporada toda esa información “de categoría especial” que no queremos que nadie sepa. A ver, que nadie quiere llevar un cartel que diga “soy un enfermo”; quien ya no lo puede ocultar no se siente bien con las miradas compasivas de los demás.

Por último, el dispositivo podría llevar cargada la información del viaje que va a realizar la persona según los billetes que ha adquirido, o bien el histórico de su ubicación en Google o información similar.


Mientras no se invente el dispositivo ponible que indique a los demás quién necesita más sentarse en un transporte, por favor, joven, san@ y sobradamente preparad@, mira a tu alrededor antes de correr a sentarte para seguir consultando tu móvil. Puede haber personas que lo necesiten mucho más que tú. Mucho más. Gracias.

No es tiempo de poesía

Comienza una campaña de poda de árboles “a lo bestia”: los álamos, chopos, plátanos, olmos y demás árboles grandes pierden todas sus hojas, sus ramas finas y quedan como un conjunto de palitroques con ramas anchas.

No se trata de si estos árboles soportan una poda así, probablemente hasta les viene bien después de años creciendo sin medida.

Se trata del aspecto que presenta el parque después de esta poda: adiós a los rincones íntimos, adiós a la sombra en verano, adiós a la protección de la lluvia mientras conservaban sus hojas, adiós a pasear por sobre las hojas caídas. Adiós a la estética. Adiós a la poética del espacio.

Pero esto da igual, porque no es tiempo de poesía.

Es tiempo de números

En cambio, tengo la sensación de que es tiempo de números. Por tanto, los aspectos cualitativos o no cuantificables como la belleza de un parque, el rumor de las hojas de los árboles al viento o el disfrute de los rincones quedan apartados.

Conjunto de fórmulas y gráficos pintados sobre una pizarra azul

Se exige que la información sea cuantitativa. Los datos hacen que la información parezca fiable, rigurosa y objetiva. Por ejemplo, alguien puede aportar datos del ahorro de costes que supone podar así estos árboles, ya que se prescinde de la recogida constante de hojas caídas. También pueden dar datos de las ramas que ya no se van a partir con el viento y de los incidentes que se van a prevenir, etc.

Los datos gustan mucho, lo que pasa es que pocas veces nos paramos a pensar en de dónde salen, cuál es su base y si están fundamentados.

La realidad es que se hacen estadísticas con muestras que no cumplen los criterios necesarios para poder hacer estadísticas.

Se proporcionan datos silenciando otros datos más relevantes para comprender una información. Se mezclan datos con juicios de valor y hasta con tonos de voz que nos “ayudan” a interpretarlos de una determinada manera. Pero el dato escuchado parece que lleva un peso de importancia y verdad que lo hace completamente respetable.

Si no me creéis a mí, recurrid al gran Nassim Nicholas Taleb, mucha veces mencionado en este blog. O al profesor Spyros Makridakis (Profesor de la Universidad de Nicosia, Director del Institute For the Future) que en este tuit comenta cómo nuevos estudios más rigurosos que los anteriores muestran que la sal no influye en la hipertensión

La mayoría de los estudios estadísticos los hacen personas que no son expertas en estadística. Y se nos olvida que la estadística puede entregar cualquier dado que queremos que entregue…

Pero nada, es tiempo de números y no de poesía, así que da igual la calidad de un número mientras me des un número.

Los números que no son ciencia

El dato otorga a cualquier información la categoría de ciencia. Sin embargo, quienes no están familiarizados con las disciplinas que utilizan los números, ignoran que se pueden basar en principios o normas que pueden cambiar, con lo que los números cambian.

Es el caso de la contabilidad y, si nos extendemos, de toda la Economía. La Economía así con mayúscula es una ciencia social, quiere explicar el comportamiento humano en lo relativo a decisiones económicas, pero resulta que los humanos no somos racionales y no respondemos como lo haría un robot. La Economía ha querido siempre emular a las ciencias exactas pero no es una de ellas, por ello,

Los economistas son profetas del pasado.

Lo sé bien, yo soy uno de ellos… De nuevo, recurrid a El cisne negro, de Taleb, para entender por qué no podemos predecir el futuro, debido a importantes sucesos atípicos que no pueden anticiparse pero que provocan serios cambios en los números.

En definitiva, si los números no son algo a lo que podamos agarrarnos desesperadamente para creer que estamos seguros y a salvo de la anarquía, vayamos al parque a dar un paseo por sus rincones más secretos y disfrutemos de la estructura mandelbrotiana de las ramas de los árboles…


Nota: estoy un poco oxidada, hace mucho que no escribo, a la siguiente espero tener más afinadas las cualidades de relación de ideas y demás. 😉

 

Los otros extraños

Es la hora habitual. Vas en el metro junto con los otros extraños. A pesar de que está lleno de gente, cada persona procura no tocar al resto si puede evitarlo. La barra a la que te agarras tiene otras cinco manos a distintas alturas, manos de los otros extraños. En esa situación, evitas, como todos, cruzar la mirada con el resto. Para esto, los teléfonos inteligentes son de mucha ayuda.

De hecho, no solo haces como si allí no hubiera nadie. Mantienes en tu mente una vívida conversación con tus compañeros de trabajo sobre un proyecto que se ha complicado. En este momento, la conversación en tu mente es más real que la situación donde está tu cuerpo, las personas en tu mente son más reales que las personas que rodean tu cuerpo.

Hasta que ocurre algo.

Un vagón de metro lleno de personas

En medio de un túnel el tren descarrila y el vagón en el que viajas gira noventa grados, todo el mundo cae, unos encima de otros. Gracias a ello, las personas y palabras que había en tu mente desaparecen en el acto. A cambio, los otros extraños cobran una realidad tangible, se hacen evidentes, se les oye, se les ve. ¿Cómo evitar el roce con esos extraños, si has caído sobre algunos de ellos y algunos de ellos sobre ti? ¿Cómo dejar de notar el tacto de su ropa, su olor corporal, su presencia, todo aquello que un minuto antes hacías como si no existiera?

¿Tiene que haber un accidente para que percibas a esas personas a tu alrededor?

La situación que se produce en el metro siempre me ha parecido muy llamativa, más aún cuando los vagones van completamente llenos (de gente). Leí de algún autor que si fuéramos ratas, en esa situación nos pelearíamos hasta matarnos, pero la oxitocina logra que, en lugar de eso, nos ignoremos amablemente.

Este ignorar personas, los otros extraños, es al mismo tiempo una forma muy rápida de cosificarlas. No sientes que estés rodeado/a de personas en el metro, sino de objetos o de obstáculos: solo hay que ver la rudeza con la que a veces te abres paso hacia la puerta de salida en tu estación.

Y se convierten en personas en momentos de vivencia inusual. Se convierten en personas cuando algo rompe la rutina: un señor mayor se cae, un joven da un tirón al bolso de una señora, de pronto, alguien se pone a hablar alto (como actuando) o a cantar y tocar un instrumento.

En otras palabras, si te sucede algo en el vagón del metro, es por interacción con los otros extraños; son los otros extraños los que pueden ayudarte, no las personas con las que conversas en la mente.

Cuando conviertes a los otros en personas, es muy probable que los otros te conviertan también a ti en persona.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Misión: vivir tu vida

Esa es la misión, parece simple: vivir tu vida.

Pero ojo, no pone “vivir la vida” sino “vivir tu vida”. ¿Por qué?

Por que de “vivir la vida” se pasa fácilmente a “disfrutar de la vida” y de ahí a “divertirse en la vida”.

No es que vivir tu vida no implique disfrutar y divertirse.

Es que en tu vida hay situaciones y personas que no tienen nada que ver con disfrutar y divertirse porque son difíciles y no te gustan.

Vivir tu vida plenamente es ir experimentando todo lo que te va llegando, o “te toca”, o “aparece en tu camino”, todo es lo bueno y lo malo. ¿Bueno y malo? Muchas veces no son más que etiquetas, ¿cómo determinamos que algo es bueno o algo es malo?

En cualquier caso, la misión es bastante más difícil de lo que a priori parecía, aunque no imposible.

Un camino en un bosque que implica cruzar un puente

¿Qué ocurre cuando no quieres vivir lo que te toca?

Por ejemplo, no quieres ni ver a una persona con la que te toca interactuar, sea tu jefe o jefa, sea un familiar, sea alguien en un grupo de amistades o de aficiones… Y lo que observas es que esa persona es demasiado visible, siempre está ahí, cuando menos la soportas más la ves, más chocas con ella.

Incluso si la persona es un personaje público con quien no interactúas pero que aparece en la tele, es posible que te dé la sensación de que “no hace más que salir”, “con lo que odio yo su cara, ¿de qué se está riendo?”, etc.

O si no quieres pasar por una situación, por ejemplo un pico de trabajo, te resistes a quedarte más horas, te resistes a hacerte cargo, y da la sensación de que cada vez tienes más trabajo, que cada vez es más difícil, que el trabajo te asfixia, te derrumba.

Es decir, que cuando no lo quieres vivir, aquello que no quieres vivir parece hacerse más grande. Y es posible que se deba a que le prestas más atención de la que merece, lo magnificas, le das un espacio que le quitas a otras cosas de tu vida que sí te apetece vivir.

¿Qué ocurre cuando confundes vivir tu vida con divertirte?

Propio de los escapistas profesionales. Se dicen:

Vale, voy a vivir mi vida por todo lo alto, a tope.

Esto significa salir de juerga, beber, trasnochar, o significa gastar el dinero que no se tiene, o incluso no parar quieto/a entre unas aficiones y otras, casi con la obligación de divertirse y disfrutar, huyendo de todo lo demás.

Es un modo de vida de la juventud, si estás entre los 18 y 23 años, más o menos, cuadra bastante: vives con tus padres, quieres quemarlo todo, darlo todo, recibirlo todo.

Cuanto más alejado de esas edades, más posible es que con este comportamiento te ocultes aspectos “negativos” de tu vida, que quieras hacer como si no tuvieras achaques, que quieras salir con gente más joven para creer que tú eres más joven o que te dé la sensación de que los de tu edad están amuermados.

Vale, puede que lo estén…

Pero te está faltando mirar de frente “la otra parte”, la cara oscura de tu vida, lo que tapas a base de actividad. Puede que la otra parte sea simplemente que has pasado de los 40 (o de los 50, etc.) y no puedes tolerar envejecer. Puede que sea una dolencia. Puede que sea una situación familiar difícil. Sea lo que sea, no lo estás viviendo y sin embargo permanece.

Entonces, ¿qué pasa? Hemos dicho antes que si prestábamos mucha atención a lo difícil lo hacíamos crecer y ahora decimos que si no le prestamos atención, lo difícil permanece ahí como si nada.

¿Cómo vivir lo difícil?

Pues realmente un poco de atención hay que darle: la suficiente para vivirlo, experimentarlo, darle paso y dejar que pase. Esto me recuerda a la escena de El club de la lucha en que Tyler Durden quema con ácido la mano del protagonista mientras le conmina a vivir el dolor, no apartarlo con imágenes mentales (a partir del minuto 0:50 más o menos):

 


En conclusión, ¿vives tu vida? Me gustaría conocer tu opinión.

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Estar cómodos en la incomodidad

De esto ya he hablado, ¿verdad? Es una de esas ideas que se me quedan en la cabeza por tiempo, voy viendo ejemplos de cómo aplicarla, voy entendiendo su importancia.

Lo cierto es que, desde que Will Smith dijo esta expresión en el Hormiguero, algo que ya hemos citado en este blog, se me han ocurrido muchas situaciones donde merece la pena probar a estar cómodo/a en la incomodidad.

Haciendo frente a los miedos cotidianos

No hay nada más incómodo que enfrentarse “desamparado” a miedos cotidianos como:

  • No llevar suficiente abrigo y pasar frío.
  • Pasar calor y sudar.
  • Ir por la calle y tener la sensación de ser mirado de forma insistente y juzgadora.
  • No llevar paraguas y mojarse.
  • Que los zapatos aprieten.
  • Observar que nuestro whatsapp no ha sido leído.
  • Quedarse con el bañador mojado.
  • Observar que nuestro whatsap ha sido leído hace horas y no contestado.
  • Tener que seguir andando con una ampolla en un pie.
  • Esperar una llamada que no llega.
  • Estar en el atasco de cada mañana.

En todas estas situaciones y similares, lo que interesa es aprender a estar cómodo en esa incomodidad, esa pequeña ansiedad que estamos sintiendo porque algo no encaja con nuestra definición de la comodidad y el confort.

Una vez se logra esto, una vez se es capaz de afirmar: “Aunque me esté mojando porque no llevo paraguas y esto me molesta, soy capaz de seguir andando o de esperar a que escampe”.

Quitar hierro al asunto

No se trata más que de quitar hierro al asunto, de dejar de dar importancia a pequeñas molestias que, si miramos fijamente, parece que las hacemos crecer, que poco a poco van siendo más grandes hasta convertirse en insoportables.

Lo contrario es dramatizar, crear una gran montaña del pequeño grano de arena que se nos metió en el zapato. Y luego contárselo a otras personas, señalando lo desgraciados que nos sentimos por tener esta piedrecita en el zapato. En ocasiones, movemos a la compasión. En la mayoría, el otro puede estar pensando:

“Yo también tengo una piedra en un zapato y otras cosas peores que se ve que no te puedo contar, porque no pareces capaz de soportarlas…”

De quitar hierro al asunto y prestar atención a otras cosas se va formando callo, y de esto trata la vida, quizá, de ir haciendo callo e ir siendo capaz de vivir en entornos incómodos; lo que se llama crecer.

¿A qué prestas atención?

Aquello a lo que prestas atención es lo que está en tu conciencia. No es sabiduría oriental ni esotérica, es sentido común y funcionamiento del cerebro: nuestra atención es bastante limitada, podemos atender a un número de estímulos y no más, y durante un cierto tiempo (minutos) y no más.

¿Cómo es posible que esta pequeña atención se la estén llevando esas situaciones que subjetivamente nos parecen incómodas?

Eduard Punset, en uno de sus programas, habló de cómo nos habituamos a una sensación hasta dejar de sentirla. Por ejemplo, nos ponemos unos calcetines que al principio presionan en la parte de la goma elástica que llevan arriba. Al poco rato, dejamos de sentir esta leve presión. Si en cambio nos dedicáramos a “mantener viva” la sensación de presión, estaríamos añadiendo ruido a cómo percibimos el mundo.


Por tanto, estar cómodos en la incomodidad supone dos cosas: hacer frente a las sensaciones “negativas” que tenemos y ponerlas en su lugar para poder prestar atención a lo que de verdad nos interesa que componga nuestra vida.

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De belleza y de dolor

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas

Cuando era adolescente tenía fotos de Tom Cruise y de Michael J. Fox en la pared y en la carpeta. ¡Cómo no! ¡Qué guapos! En esa época y durante muchos años no tenía ninguna duda de que la belleza es algo físico y que enamorarse de la belleza es solo cuestión de mirarla. En comparación, yo no me sentía muy bella y para mí era totalmente imposible que un tío con ese aspecto se fijase en mí.

Una vez, por esa época, Cristina Almeida dijo en la tele que te das cuenta de que el hombre de tu vida no es uno de esos guapos, sino un señor normal, quizá calvo, quizá con barriga, quizá no muy alto, digamos Pepe Pérez, con un aspecto que habrías rechazado sin duda antes de madurar.

Y yo recordaba esto y decía: “eso es tirar la toalla”.

Y vas caminando por la vida y, sin darte cuenta, notas que el guapo aquél resulta que por dentro no es nada guapo, que sigue siendo un niño porque no ha tenido que enfrentarse a dificultades. Y ves a aquel otro, guapo o no, que lleva una carga muy dura, que asume con grandeza, que tiene un destino difícil, y lo abraza. Y de ese te enamoras.

Una mujer y un hombre se abrazan y sonríen

Lo repito porque esto es un hallazgo:

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas.

Lo que quita luz a una persona es la manera en que lleva sus miedos

El miedo paraliza, encoge, congela, oprime, encierra, encarcela a la persona.

Lo miras y ves a su alrededor un muro impenetrable, te chocas con él, notas una distancia que te hace alejarte. No puede ser de otra manera: por más que una persona llena de miedo esté deseando ser vista, tocada y querida, muestra todo lo contrario.

Es una carga también, sin duda: algo hay en la trayectoria personal de quien tiene mucho miedo, algo o muchas cosas, que le han llevado a construir un muro defensivo del que a veces no es consciente pero que desde fuera se ve con claridad. Como no es consciente, es una carga no asumida. Un trauma no superado. Un bloqueo que se va a deshacer cuando haya alguien tan valiente como para tocar a la puerta.

El trabajo que da el miedo es grande. Para cultivarlo hay que tener un listado de reglas que se saca cuando surge una situación que dispara las alarmas. Hay que echarle horas a espantar fantasmas:

  • Llevando un aspecto impecable, no sea que alguien vea alguna imperfección.
  • Pasando la noche a base de zumos, no sea que alguien me vea borracha y empiece yo a hacer cosas de las que luego podría arrepentirme.
  • Midiendo las palabras y los gestos, no sea que en un descuido toque a otra persona u otra persona me toque a mí.
  • Instalando alarmas reales y figuradas en todas partes: la casa y el cuerpo.
  • Desinfectando todo para alejar “bichos”, ya sean bacterias, insectos o personas.

Y lo contrario de todo esto es volver al punto 1: asumir el propio destino, los propios traumas, entrar en “las cloacas” propias a ver lo que realmente hay, saberlo y moverse entre la gente con ello puesto, trabajando con uno mismo/a para ir soltando lastre, comprendiendo que tocar el alma de otro solo es posible a través de la rendición ante quien se es, con todo, especialmente con aquello de lo que quisiéramos huir.


Tal vez la carga y el miedo sean dos caras de una misma moneda: hubo dolor, hubo sufrimiento, ahora me construyo el parapeto del miedo para no volver a sufrir. Lo que pasa es que si no vuelves a sufrir, no vuelves a vivir, nada te llega, no estás aquí.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂