The ogre battle

En la película Brazil, el protagonista, Sam Lowry, sueña que lucha contra un monstruo metálico con aspecto de samurái (que simboliza el sistema). Frente a este monstruo, Sam, aunque alado y poderoso en sus sueños, es un ser débil y expuesto a perder el combate.

Imagen vista en https://cinematrain.wordpress.com/2013/05/16/15-reasons-for-brazil-1985/.

A pesar de los avances que suponen las nuevas tecnologías, pienso que hace falta relacionarse con las personas cara a cara para que la relación con grandes corporaciones, instituciones o empresas no se convierta en la batalla contra un ogro. Porque la atención al cliente ha evolucionado de tal manera que con quien te puedes relacionar es con robots, call centres, páginas de preguntas frecuentes, cuentas de email… Detrás de los cuales hay personas de las que no ves la cara, ni la verás (tris tras), ni podrás establecer una relación de contacto, de conocidos, con ninguna de ellas. Quizá estos sistemas existan para evitar que tus asuntos puedan importar a alguien de esa corporación.

Es curioso porque, al mismo tiempo, se dice que el cliente o usuario está en el centro de todas las acciones de una empresa. A la vista de la frustración que se deriva de estos tratos con robots, se ve que se dice, pero no se hace.

Yo llevo más de 12 años trabajando en la formación online y defendiendo que el teletrabajo es la solución óptima siempre que lo que se produzca se haga desde un ordenador. Es decir, vivo de las nuevas tecnologías y este avance me permite teletrabajar. Pero cuando me veo frente al gran ogro metálico y con aspecto de samurái, me digo: ¿qué es lo que falla? Esto ya no tiene que ver con el tipo de vida por el que yo opté hace muchos años: es un tema del mundo en el que vivimos. Y es un tema que va más allá de la pobre atención a la clientela. Las tecnologías se han interpuesto entre las personas y a veces son el medio principal de comunicación entre ellas.

Cuando estaba en una conocida empresa de estudios de mercado, nuestro jefe contaba que su jefe vivía retirado en alguna montaña de Escocia (o similar) y trabajaba desde allí. Y creo que esto caló en mí: pues si el jefe del jefe puede hacer esto (en el año 1998), entonces cualquiera puede. Y la pandemia demostró que, en principio, sí, cualquiera puede teletrabajar y comunicarse con el mundo a través de distintas interfaces y periféricos.

Ahora que el monstruo metálico ha crecido tanto que se alimenta de nosotros (al modo de Matrix, más literal de lo que parece), entonces echar atrás y establecer una relación presencial con otras personas es aún más difícil. Y aun así, es rentable. Porque cuando miras a los ojos a una persona, cuando la llamas por su nombre, cuando escucha lo que le estás contando, la información que recibe es muy superior en cantidad y calidad a lo que le pueda llegar por email, videollamada o nota de whatsapp.

Testosterona y oxitocina

No olvidemos que somos el mismo ser que habitaba las cavernas, el homo sapiens, el cazador-recolector. Cuando nos relacionamos con otras personas, entran en acción las hormonas, entre ellas, la testosterona y la oxitocina.

Me voy a centrar en la oxitocina. En las relaciones amistad o de conocidos presenciales, en cada encuentro, se pone en juego la oxitocina. Por lo que me contó una experta, es parecido a una cuenta que va engordando. Así, es muy difícil comparar relaciones nuevas con relaciones de toda la vida (de cualquier tipo: profesionales, de amistad o de pareja), porque las de toda la vida tienen una «reserva de oxitocina» muy alta, se viven como confortables, agradables, como estar en casa. A la hora de necesitar explicar una circunstancia a la otra persona, esta acumulación de oxitocina juega a tu favor. Y no va a estar presente en una relación mediada por medios digitales.

Pongamos un ejemplo: una persona tiene su dinero en un banco con eficientes servicios digitales desde hace 20 años, tan eficientes, que en esos años ha ido a sus oficinas unas 4 o 5 veces. Se propone solicitar un préstamo y entonces por la aplicación del banco le escribe Fulanito de Tal, por teléfono le llama Menganita de Cual y, cuando es la persona la que llama, acaba hablando con Perico el de los Palotes. No hay establecida ninguna relación con estas personas, no sabe quién es quién y acaba por sospechar que Fulanito de Tal ni siquiera existe, quizá es el HAL 9000 de este banco.

Pongamos otro ejemplo: una persona vive en una urbanización durante muchos años. Luego se cambia a otra y decide vender su casa anterior. Entonces se pone en contacto con la vecina del 5º, que resulta que tiene una inmobiliaria. El conocerse desde hace años facilita que las condiciones para esta venta sean más favorables que si fuese una persona desconocida la que solicita los servicios inmobiliarios. Como mínimo, la vecina del 5º se esforzará más en buscar buenos compradores, en que la persona comprenda las condiciones del contrato, etc.

Claro que los datos objetivos, los datos fríos con los que ahora hay que tomar todas las decisiones, serían los mismos. Pero probablemente este conocimiento cualitativo, mucho más rico y mucho más difícil de reflejar en datos, influiría en cómo estas personas, que ahí sí serían reales, verían el caso.

Online: alergia, ¡huyamos!

Tras la huella indeleble que dejó el confinamiento y, en general, el modo de vida pandémico, veo a mucha gente huir de lo que es por internet, en favor de lo presencial, tangible, personal. Porque el online ahora se relaciona directamente con el aislamiento. No puede ser de otra manera. Para «consumir» productos online hay que estar solo, aislarse del resto, quizá con el fin paradójico de comunicarse con otras personas. Esta soledad es la principal causa de abandono de los cursos online: el alumnado frente a una pantalla que le muestra un curso enlatado en el que parece que todo está previsto, excepto sus dudas, sus problemas de ese momento.

Esto describe muy bien mi trabajo, por eso repito imagen. Viñeta de Arthur Radebaugh.

El caso es que hay una fatiga por tanta videollamada, tanto mensaje, tanta nota de audio, tanto parchear y tanto pito… Yo la siento también.

Presencial, en persona, con el cuerpo

La pereza que nos lleva a «consumir» cómodamente las series de Netflix desde el sillón es la misma que nos lleva a hacer scroll durante horas en una red social o a intercambiar whatsapps de forma indefinida con nuestros contactos. El monstruo metálico entonces pierde su apariencia amenazadora: por eso se ha metido hasta dentro. Ahora es la amable abuelita que te ofrece un sillón mullido y una taza de caldo. Pero recuerda: debajo está el lobo.

A finales de año recibí el típico meme (sí, por whatsapp, que sea un lobo disfrazado de cordero no significa que no sea útil) en el que te invitaban a registrar 3 regalos de la vida que recibes cada semana. Estamos ya casi a mitad de año, por tanto, tengo mucho registrado. Pues bien: los tres regalos de cada semana siempre tienen que ver con actividades presenciales, que hago con personas y en las que el cuerpo es necesario para algo más que para sostener la cabeza. La mayoría de estos regalos tienen que ver con seres queridos, compuestos de familia y amistades cercanas.


Pues claro que la tecnología es de mucha ayuda, claro que nos facilita la vida, claro que hay muchos trabajos, como el mío, que se alimentan de ella. Pero la tecnología no puede sustituir la vida, no puede reemplazar las relaciones personales, aunque ofrezca sucedáneos de caricias o presente realidades tan creíbles como las que se disfrutan con la realidad virtual. ¿O sí? ¿Qué piensas? Como siempre, muchas gracias por leer y compartir, me encantará conocer tu punto de vista.

(*) Ogre battle es una canción de Queen, pero también tiene un nombre así la batalla final que se da en un videojuego y que se basa en el camino del héroe.

(**) Si alguien sabe explicar mejor el funcionamiento de la oxitocina en las relaciones sociales, que me escriba.

Yo tuve una granja en África

«Yo tuve una granja en África» es el arranque en voz en off de la película Memorias de África. En una simple frase se resume toda la historia que nos va a contar la narradora y protagonista. La frase tiene más miga de la que parece: está en pasado, lo que significa que ya no tiene esa granja. Está dicha en un idioma, el danés o el inglés, que en principio hace suponer que la persona que tuvo la granja no era africana. Y la granja en África en sí es algo totalmente exótico, no es que tuviera un pisito en África, o una granja en Ávila. Tenía una granja en África, lo que ya evoca animales salvajes, la sabana, dificultades logísticas y de todo tipo… y quizá un aviador atractivo que se deja caer de vez en cuando y escucha música clásica junto a Karen, entre otras cosas.

Pues bien, es una de las frases en las que pienso a veces. Cuando empiezo a recordar el pasado, lo que se fue y no volverá, acabo diciéndome: «yo tuve una granja en África».

Hay un momento en la vida en el que lo que queda por vivir es más o menos igual de largo que lo ya vivido (dios mediante), y sin embargo, ya no está disponible esa rosa para ser cosechada. Atrás quedó lo que en su momento se rechazó pensando que llegaría algo mejor. Solo después se descubre que eso era lo mejor que iba a llegar.

Estas melancolías de lo pasado también contribuyen a que sea más difícil identificarse con el presente, vivirlo, estar plenamente en él. Empiezo a tener la sensación de que las épocas vividas fueron mejores que la época actual. Y no es fácil separar quién se era en esas épocas, con qué juventud e inocencia se vivieron, de cómo eran esos tiempos realmente

Yo tuve un novio a finales de los noventa al que le entusiasmaba la tecnología. Gracias a él, tuve mi primer teléfono móvil, mi primera tarjeta de crédito, mi primer usuario para chatear por internet en el icq (que parece ser que sigue vivo). En ese momento, parecía que Internet iba a ser un instrumento democrático que nos permitiría comunicarnos con cualquier persona del mundo. Así que abría puertas; las posibilidades eran infinitas.

Ahora me parece que estamos inmersos en una distopía, tan inmersos que no la vemos. El «consumo de contenidos», una expresión que ya dice que se trata de ser consumidores de todo, hasta de textos e imágenes, lleva muchas veces a llevar una vida cómoda, fácil, en posición sentada, ante una pantalla, en la que el individuo cree estar comunicándose mientras está totalmente aislado. Lo difícil ahora es salir a encontrarse con otras personas, porque ¿dónde están?

¿Dónde está la gente?

Parece que en sus propias casas, también «consumiendo contenidos». Y como hemos contado hace tiempo en este blog, de manos de nuestro amigo Zelinski, cuando estás cómodamente en la vida fácil, la realidad acaba siendo difícil, porque la zona de confort cada vez es más pequeña.

Los lugares de reunión de los seres humanos han sido comúnmente «plazas del pueblo», sitios donde se podía coincidir con el resto de convecinos e interactuar con ellos. La comunicación era fácil. Las personas también se reunían en las zonas comunes de una casa, como el portal, la corrala o el patio, y también se veían en bares y en el mercado. Le dedicaban a esto mucho tiempo, las conversaciones eran largas y pausadas, eran la vía principal para enterarse de «las noticias». También para agruparse y reaccionar ante situaciones vividas como injustas.

En mis tiempos, cuando no había teléfono móvil, solo había que dejarse caer por la plaza en cuestión para encontrarse con amigos. Si se habían ido de allí, bastaba con entrar en alguno de los bares frecuentados por el grupo.

Y ahora, la distopía: la plaza está vacía. La gente va a los centros comerciales, donde el único sentido de la acción es consumir, donde muchas veces, los únicos asientos disponibles son los que obligan a tomar una consumición. La plaza es ahora un lugar que hay que recorrer a toda prisa, porque está expuesto: no tiene árboles, está fuertemente iluminada por la noche, no hay bancos para sentarse y no hay un rincón para refugiarse, no sea que hagas el vago y maleante. Esto de la plaza no es mío, lo cuenta otro de nuestros amigos, Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida (1995).

Plaza de España en Madrid, imagen de https://www.esmadrid.com/informacion-turistica/plaza-de-espana

Por todo esto, pertenece al tiempo pasado poder coincidir con las personas por casualidad, «hacerse el encontradizo», acudir a un lugar donde es muy probable que estén los demás. Cada cual tiene ya su orgasmatrón en casa, o más de uno, por lo que pídele tú ahora a alguien que se arranque de su sillón y que se aventure a las calles vacías no para consumir, sino para encontrarse con otras personas. No lo va a hacer: hay que incomodarse para explorar el mundo, y esa incomodidad se rehúye cada vez más.

Yo tuve una granja en África

Yo tuve una vida mejor, varias vidas mejores. Yo encontré tesoros que no supe reconocer. Yo estuve donde ahora me encantaría estar. Yo fui testigo de un mundo, no sé si objetiva o subjetivamente, más libre, más igualitario y mejor (para mí). «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais».

Aquí vuelvo a recordar a un personaje de Galdós, don Beltrán de Urdaneta, insistiendo en que, cuando la vida (dios) te trae un buen árbol donde cobijarte, has de quedarte disfrutando de ese regalo en lugar de correr tras fantasmas de tu imaginación. Como dijo este personaje:

Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana

Dice Bert Hellinger que, cuando te desvías del que era tu camino, llega un momento en el que no puedes volver atrás, en el que ya te has perdido. A veces he tenido esa sensación.

De vuelta al optimismo

Vale, pues ya basta de amargar al personal, volvamos al optimismo. Bert Hellinger también dice que, en cada decisión, solo hay dos opciones: ir hacia más vida e ir hacia menos vida (muerte). De manera que, estés donde estés, siempre puedes elegir la vida, decir sí a lo que tienes delante, a lo que te toca, a las circunstancias.

Creo que de esta manera se puede recuperar el camino hacia el que se dirigía tu vida, o al menos reconducirlo. Solo hay que volver a conectar con «la semilla», con tu máximo potencial, y aplicarlo a las circunstancias actuales y reales, que son las únicas en las que puedes intervenir. Este meme lo expresa muy acertadamente:

Un regalo que recibí de una persona muy querida y que ha vivido mucho, mucho más que yo.

Yo tuve una granja en África y esa granja no volverá. Puede que jamás vuelva a África salvo en mis sueños y evocaciones. Pero prometo que viviré a tope aquello con lo que me vaya encontrando, lo que la vida me traiga y lo que ya me ha dado, en un mundo distópico o no y asumiendo lo que haya. ¿Qué harás tú? Cuéntame, ¿cómo llevas dejar atrás el pasado? ¿Cómo vives los tiempos presentes? Como siempre, te agradezco mucho que me leas, sin ti, este blog no existiría.

Última temporada: la más alta traición

En muchas de las series que he visto, sobra la última temporada, quizá las dos últimas. De pronto, la fórmula deja de funcionar, los capítulos se hacen pesados de ver, las historias que se cuentan no tienen la magia de las anteriores, casi se percibe el cansancio del equipo que lo ha producido. Y lo peor de todo: los personajes empiezan a actuar de una forma no coherente con quienes eran antes.

Esta falta de coherencia de un personaje era algo que molestaba mucho a Annie Wilkes, la enfermera psicópata fan de Paul Sheldon en Misery. No es que me guste tener algo en común con ella, sin embargo, creo que el propio Stephen King hablaba a través de ella: una vez se ha construido un personaje y conocemos sus valores, sus acciones y sus emociones, resulta muy incómodo verle actuar de una forma distinta, incoherente con lo anterior.

¿Por qué es tan importante que los personajes sean en todo momento coherentes, incluso si evolucionan a lo largo de la historia? Pensemos en historias como Enemigo público o la gran La invasión de los ultracuerpos: es muy inquietante que las personas en las que siempre has confiado comiencen a comportarse de una forma extraña, o empiecen a desconfiar de ti. De pronto, aquellos más cercanos se convierten en enemigos, en seres frente a los que te tienes que proteger.

Imagen vista en https://www.cinetecamadrid.com/programacion/la-invasion-de-los-ultracuerpos

Dawson’s Creek

He estado viendo «Dawson crece»; no la vi en su día. Me gustó su estilo desenfadado, puedes ver un capítulo de Dawson’s Creek y luego irte a dormir: no tendrás pesadillas.

Esta serie mantiene la coherencia de los personajes de Dawson Leery y de Joey (Josephine) Potter, pero traiciona por momentos al resto de personajes. Por ejemplo, uno de ellos, Pacey Witter, en una época es pareja de Joey y está profundamente enamorado de ella, se siente inferior a ella y muy agradecido de haber conseguido conquistarla. Pasan un verano en un barco velero sin mantener relaciones sexuales y luego sí lo hacen, es «su primera vez». Pues bien, se traiciona al espectador cuando Pacey, en una fiesta, empieza a gritar a Joey de forma agresiva y corta con ella. Eso no es coherente con lo anterior ni con lo posterior. Pacey nunca se comportaría así.

Otro personaje, Jen Lindley, la chica rubia y sexy que aparece y se interpone entre Dawson y Joey, es al principio la mujer explosiva con un pasado de vida «poco respetable», en el que ligaba con quien quería, tomaba drogas, iba a fiestas… Muy pronto, se recorta el personaje de Jen, quizá por criterios moralistas, y se convierte en una especie de joven-vieja sabia que está de vuelta de todo y que explica a los demás cómo es la vida. La transformación de Jen podría ser coherente, pero no lo es, y deja al personaje vacío de contenido.

Lionel: cuando el actor/actriz se va

Hay varias formas de resolver en guion el hecho de que el actor se canse de su papel y se vaya o le hagan irse. Normalmente, le matan. En Dawson’s Creek hay un caso claro, el padre de Dawson. Yo diría (sin saberlo) que también en Better Call Saul Charles McGill, el hermano del protagonista, muere porque el actor decide dejar la serie. En otros casos se retira al actor por su comportamiento, como se hizo con Charlie Sheen en Dos hombres y medio o Kevin Spacey en House of Cards. En mi humilde opinión, eso nunca funciona. En estos dos últimos casos, además, el alma de la serie era el actor al que se retira, de manera que la serie ya no se sostiene.

El extremo es cuando el personaje es sustituido directamente por otro actor. Creo que fue en la serie «Rituales», que veíamos mis hermanos y yo de pequeños, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es el nombre del personaje: de un capítulo a otro, un tal Lionel empieza a tener otro cuerpo y otra cara. Se hace muy, muy raro.

Construcción de personajes coherentes

Está claro que el personaje definido en un guion está sujeto a los avatares de la producción y del propio actor o actriz. Donde pueden crearse personajes con gran detalle y que puedan evolucionar y crecer, es en la novela. Ahí, el autor es como dios, hace lo que quiere con sus personajes (aunque luego se rebelen y quieran ir por otro lado).

Una de las razones por las que no soy novelista es que no sé construir personajes. Mi estilo de escritura es el de este blog, tira más a lo filosófico y al monólogo. Por eso me admira la gran capacidad de crear personajes de nuestro amigo don Benito, porque por momentos los estás viendo. Sus personajes históricos cobran vida y sus personajes de ficción están tan vivos y parecen tan reales como los conocidos por la historia. Hay personajes de Galdós que se pasean por distintas novelas suyas, incluso familias enteras, como la de Bringas. Su capacidad de reproducir las formas de hablar es extraordinaria, los personajes responden perfectamente a su origen geográfico y a su clase social.

Me gustaría hablar de cómo pinta don Benito en Luchana a un personaje real, Baldomero Espartero.

Baldomero Espartero aparece presentado por don Beltrán de Urdaneta, un noble ya entrado en años y al que le gusta campar a sus anchas. Así, un personaje de ficción presenta a uno real:

…la suerte de este hombre, que vino al mundo en el signo de Piscis, los Peces, por donde ha resultado que es un pescador formidable. Ya le tienes hecho un tenientazo general, y no por chiripa, sino ganando sus grados en acciones de guerra, batiéndose con arrojo y con éxito.

don Beltrán de Urdaneta describiendo a Espartero.

Al final de Luchana es donde vemos a Espartero en acción. Este es un final apoteósico, en el que la intervención del general rompe con el largo asedio de la ciudad de Bilbao por parte de los carlistas. Espartero estaba en cama, aquejado de una penosa cistitis. Pero al escuchar al general Oraa describir la apretada situación en la que estaba el ejército, dice:

Voy ahora mismo aunque me cueste la vida… ¡pues no faltaba más! Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que uparnos arriba como fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Noche Buena! Señores, hemos jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro juramento.

Espartero en Luchana.

Dicho y hecho, Espartero sale de la cama, le ayudan a vestirse y sale a ponerse al frente del batallón, en un invierno crudo y nevado. Solo en este momento, Galdós nos describe al personaje, si bien se le había estado nombrando a lo largo de la novela. Digamos que es ahora cuando se hace un primer plano:

Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción. Aún no gastaba perilla.

Descripción de Espartero en Luchana.

Es una descripción tan viva que estás viendo a Espartero, pero no solo a Espartero como en una foto, sino a Espartero nervioso y enfermo, con aspecto descuidado.

Ya en la batalla, el general se pone al frente de una columna y se dirige a los soldados, en medio del estridor de la batalla:

Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados… ¡Coraje, hijos, coraje!… Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro general, que quiere ser el primer soldado… ¡A la bayoneta… carguen! ¡Coraje, hijos!… Por delante va esta espada que quiere ser la primera bayoneta… Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje! o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!

Espartero dirigiéndose a las tropas en Luchana.

Ningún personaje de don Benito es incoherente. Es más, llegan a parecerte personas conocidas, especialmente sus protagonistas. No puedes evitar alegrarte de lo que logran y compartir sus desgracias. Ahora estamos con el tema de los episodios nacionales, pero muchas de las protagonistas de sus novelas son mujeres: Tormento, Marianela, Fortunata y Jacinta, Doña Perfecta… y están creadas con igual realismo.

¿Qué personaje te ha marcado? ¿Cuál crees que es el secreto para que una serie o una película te llegue por medio de sus personajes? Como siempre, agradezco mucho tu lectura, comparte libremente.

El futuro

El futuro imaginado

Hace poco visité una exposición en el Espacio Fundación Telefónica. Eran los futuros imaginados, los futuros escritos en novelas, dibujados en viñetas o proyectados en películas. Me llamó la atención que en la mayoría de estos futuros, se utilizaban medios de transporte aéreo personales e individuales, algo que no ha ocurrido y no tiene visos de realizarse.

También me gustó ver que mi profesión ya se había aventurado en forma de viñeta, a pesar de que hoy en día sigan preguntándome «¿De qué das clase?» cuando digo que trabajo en la formación online.

Visto en la exposición de Espacio Fundación de Telefónica. Viñeta de Arthur Radebaugh. Yo soy la que escribe lo que pone en el Electronic Notebook, en las preguntas de test y, en ocasiones, lo que dice el TV Instructor.

Me gustó mucho la reflexión que se hacía en esta exposición a lo largo de todo el recorrido: ¿Por qué las proyecciones de futuro solo comienzan hacia el S. XVIII y antes de eso no se habla de futuro? ¿Por qué el futuro contemplado es, en general, cada vez más lejano? Más adelante voy a aventurar una respuesta.

Por cierto, han ampliado el plazo de esta exposición, puedes ir a verla hasta el 26 de junio. Puedes ir abriendo boca con este abecedario del futuro.

También he visitado recientemente la exposición de Stanley Kubrik, uno de mis directores de cine preferidos. Y ahí está su película 2001: una odisea del espacio. Es esta una película del futuro que habla sobre nuestro pasado: el año 2001 no fue tan «futurista» ni apareció un monolito (ni un mono listo) en medio de la nada. Lo que sí ocurrió y cambió el mundo fue el suceso de las torres gemelas, un auténtico cisne negro.

Para esta película, Kubrik se tomó la molestia de pedir a un diseñador de moda vestimentas que pareciesen del futuro. Eso, y otra «molestia»: la construcción de un enorme disco giratorio con una cámara fija y otra móvil para crear las hipnóticas escenas de dentro de la nave.

A la izquierda, imagen de la maqueta real que se construyó, creo recordar que con un diámetro de 12 metros. A la derecha, una maqueta de ejemplo. Si te fijas en su interior, verás a uno de los astronautas sentado a la mesa.

También La naranja mecánica es una historia del futuro, un futuro en el que se habla una jerga extraña: uno de los errores habituales en cualquier historia del futuro es que el vocabulario es el mismo que en el presente. Sin embargo, el idioma cambia muy rápido: ya os comenté la dificultad de entrar en los mundos que describe Galdós porque el vocabulario comienza a parecer antiguo. Por eso es especial esta novela de Anthony Burgess.

Parte de la exposición dedicada a La naranja mecánica.

El futuro desde el pasado

En los Episodios nacionales, los personajes de Galdós también piensan en el futuro. Hay que tener en cuenta que el autor conoce ya ese futuro, puesto que los episodios tratan en su mayor parte de acontecimientos anteriores al nacimiento del escritor. Por ejemplo, en Luchana, don Ildefonso Negretti cae enfermo y empieza a desvariar. Dice entre otras cosas que los barcos del futuro se van a construir de hierro y que van a ser enormes, propulsados por una hélice en la parte central del barco. A esto, sus familiares responden con dolor, les parece que ha perdido la razón por completo. Pero claro, el autor sabe que en «el futuro» de Negretti sí van a existir estos barcos.

Pensar en el futuro aceptando el destino…

La razón por la que creo que antes del S.XVIII no se proyectaba tanto al futuro y nunca muy lejano, es porque el Destino lo marcaba Dios. Digamos que el futuro era lo que Dios nos trajera. Los acontecimientos se desarrollaban conforme dispusiese Dios, por lo que no tenía mucho sentido imaginar futuros de ningún tipo: llegaría lo que hubiera de llegar, los designios divinos son inescrutables.

Así, en De Oñate a La Granja, cuando se habla del Destino, Fernando Calpena dice:

Pero, en fin, sea lo que Dios quiera, y cúmplase el destino que está marcado a cada criatura.

Fernando Calpena, personaje protagonista de la 3ª serie de EN

Por otro lado, sí reconoce que se puede comprender la sucesión de acontecimientos, si bien no su «existencia misteriosa»

…así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida…

Benito Pérez Galdós en De Oñate a La Granja

Palabra aprendida o recordada: reata

…aprovechando lo que nos es dado

En línea con las dos citas anteriores, hay una enseñanza que nos da don Beltrán de Urdaneta, un personaje mayor y «corrido» (conocedor de mundo) que acompaña a Fernando en su odisea personal atravesando el norte de España en plena guerra carlista:

Mire, hijo, cuando el destino nos pone al pie de un árbol de buena sombra cargado de fruto, y nos dice: «siéntate y come», es locura desobedecerle y lanzarse en busca de esos otros árboles fantásticos, estériles, que en vez de raíces tienen patas… y corren. Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

don Beltrán de Urdaneta, personaje en Luchana

Predecir el futuro es en cierto modo absurdo. Lo hemos visto con el ejemplo más claro: imaginar el año 2001 en 1968, como hizo Arthur C. Clarke, y encontrarse luego en el 2001 real con sucesos como el 11S, que echan por tierra lo proyectado. De alguna manera, estos fenómenos inesperados y de gran impacto nos muestran que el Destino del que nos habla Galdós es el que establece el camino.

Por otro lado, la gran creatividad de autores como Julio Verne o da Vinci al imaginar y diseñar elementos del futuro, permite que se creen innovaciones basadas directamente en esos futuros imaginados, desviando también la trayectoria de los acontecimientos.

¿Cómo te imaginas el futuro? ¿Cuál es tu distopía favorita? Muchas gracias por leer y por compartir.

Don Benito

Creo que me he ganado el derecho de llamar don Benito a Galdós, después de llevar más de 30 años leyéndole.

Benito Pérez Galdós, pintado por Sorolla. Imagen de dominio público y antes extendida por los billetes de mil pesetas.

Cuando tenía 15 años, en bachillerato, leí Doña Perfecta, me gustó tanto, que me hice fan de Galdós. Empecé a comprar y leer sus libros más conocidos, como La fontana de oro, Misericordia, Tormento, Fortunata y Jacinta… Más o menos a los 20 años empecé a leer y coleccionar Episodios Nacionales. Era muy fácil encontrar Trafalgar en una edición de bolsillo de Cátedra. El 19 de marzo y el 2 de mayo también era fácil de encontrar. Pero ir localizando el resto de episodios nacionales era cada vez más complicado, según avanzaba el número de episodio. La mayoría estaban agotados. Los buscaba en La Casa del Libro, en Fnac, en El corte inglés, incluso en el VIPS. Eran muy baratos, valían unos 5 € cada uno, y ya entonces me parecía un precio demasiado bajo para una obra de arte.

A partir de un punto, alrededor del episodio 28, no conseguí encontrarlos. Tenía algunos salteados, pero no quería leer el siguiente sin conocer el anterior, ya que entre ellos hay un hilo conductor por series, que suele ser un protagonista masculino, y un montón de personajes secundarios y familias enteras de las que se va sabiendo aquí y allá. Dejé de encontrar episodios alrededor del año 2000.

Un reencuentro años después

Por fin, en 2008, un periódico sacó una edición de los EN en libros bastante grandes, maquetados de dos en dos, y me compré la colección entera, los 46 (los 23 volúmenes que puede examinar en su casa sin compromiso alguno).

Empecé con fuerza y por el principio. Habían pasado muchos años y no recordaba bien dónde me había quedado y quiénes eran los personajes. La edición, de Espasa, estaba muy cuidada y «traía santos», es decir, tenía imágenes: tanto cuadros como infografías, explicaciones adicionales de personajes y lugares, etc. Nada que ver con las ralas ediciones de bolsillo con portadas «creativas».

Sin embargo, pronto me di cuenta de que era mucho más incómodo leer un libro de 25 x 19 cm y alrededor de 1 Kg de peso que leer un libro de 17 x 11 y unos 100 g de peso. Incluso la tipografía resultaba más cómoda en los libros de bolsillo que, por cierto, ya había ido regalando y llevando a distintas bibliotecas.

El caso es que me quedé a medio gas: hasta hace un par de semanas, los episodios dentro de los volúmenes 12 a 23 seguían retractilados. Desde 2008. ¿Por qué? Porque poco a poco perdí la capacidad de lectura que requiere una novela de don Benito: el vocabulario empieza a parecer anticuado, las explicaciones son pormenorizadas, en ocasiones prolijas, a veces la acción es muy lenta… Cuando se trabaja frente a la pantalla y la mayor parte del tiempo se escribe, lee, revisa y cura contenido, al finalizar la jornada lo último que apetece es ver letra impresa de cualquier tipo. Llegué a contemplar deshacerme de esta colección que tanto me había costado encontrar y completar.

El hábito recuperado

Pues bien, ahora que recupero viejos hábitos como escribir aquí, también he recuperado la lectura de los episodios nacionales. He empezado donde me quedé esta segunda vez, en De Oñate a La Granja y con Fernando Calpena como protagonista. Tras vencer la pereza inicial al ver tantas letras juntas y, ya digo, después de horas de revisar y organizar contenidos, me doy cuenta de que esta lectura es enriquecedora desde muchos puntos de vista.

En 15 minutos he leído un capítulo, mismo tiempo en el que antes podía estar leyendo tuits diversos en Twitter. Al finalizar este cuarto de hora, en la lectura he aprendido vocabulario, observado costumbres de otra época y, con suerte, vivido las emociones de unos personajes. Mientras que en redes sociales, al finalizar un cuarto de hora la sensación es de pérdida de tiempo, vacío y aburrimiento.

Una de esas palabras que he aprendido o recordado: crujía.

Me he propuesto ir compartiendo lo que más me llama la atención de lo que leo en estas novelas, que destilan enseñanzas de valor y anécdotas curiosas.

Por ejemplo, una mención recurrente en Galdós es al Destino, que siempre aclara que es Dios mismo. Sus personajes tienen unos objetivos, pero se van encontrando dificultades y el Destino se interpone en su camino:

…y al decir Destino daba este nombre indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez ignorante y ciega.

Benito Pérez Galdós. De Oñate a La Granja

¿Tienes algún escritor o escritora favorito? ¿Has leído a don Benito? ¿Te cuesta leer en estos tiempos de pantallas digitales? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir si te ha gustado. 🙂

Disfruta como puedas

Si una persona se propone disfrutar de la vida, al menos debe saber qué significa esto.

Definición de disfrutar según la RAE.

Parece ser que el disfrute pertenece al presente, sin embargo, pienso que se puede estructurar en tres tiempos:

  1. Antes: la planificación, imaginar lo que va a venir, comenzar a disfrutar de la expectación.
  2. Durante: la experiencia, vivir el momento con plena atención, poner el foco en el presente, no perderse ni un resquicio de lo que sucede ni de las emociones que provoca.
  3. Después: el recuerdo, evocar aquello que se vivió y volver a disfrutarlo.

Antes de disfrutar

En la planificación del disfrute, hay que evitar las expectativas. Una cosa es esperar un suceso con expectación y otra cosa es crearse expectativas al respecto: la realidad siempre va a diferir de lo imaginado.

Aquí, planificando el finde. Imagen de Karolina Grabowska en Pixabay

Por ejemplo, si compramos unas entradas de cine y empezamos a crear grandes expectativas sobre la película, es posible que acabemos sintiendo frustración. Es posible que la película sea mejor de lo que esperamos, pero, al ser distinta, podemos concluir que no cumple los requisitos de lo planificado y tener una sensación de pérdida que no nos permite disfrutar. Ocurrió con el peliculón Drácula de Bram Stoker, de Coppola. A mucha gente le decepcionó porque no era de miedo.

Yo tenía un jefe que decía:

Lo importante es la calidad percibida por el cliente.

Un jefe

Y este jefe tenía bastante razón: cuando algo está por encima de nuestras expectativas, nos parece que tiene calidad. Si las expectativas son muy altas, todo es una m.

Durante el disfrute

Durante la experiencia, hay que evitar irse a otro sitio. Esto es muy difícil, no solo porque estemos rodeados de elementos vivos e inertes que reclaman nuestra atención y la dividen, sino porque prestar atención completa a una experiencia es más aburrido y difícil para el cerebro. Por ejemplo, te pones a comer un plato suculento que has preparado y lo saboreas al principio. En cuanto te has habituado, estás pensando en cualquier otra cosa, engullendo casi sin masticar y olvidando el disfrute de la experiencia directa.

Así, en cualquier momento y lugar se puede prestar atención a los sentidos. Imagina que estás dando un paseo por un parque. Puedes ir mirando tu móvil, puedes ir pensando en mil cosas, o puedes ir tomando nota de lo que percibes:

  • Mira los árboles, cómo el viento mece las ramas, cómo están brotando las hojas.
  • Escucha el viento, los pájaros, los coches, las personas que pasan a tu lado.
  • Nota en tu piel el roce del viento, la temperatura que hace.
  • Inspira profundamente, huele el césped recién cortado, la humedad del estanque, el aroma de las flores.

(No esperes poesía, no es lo mío)

Un paisaje digno de prestar atención a los sentidos. Imagen de JamesDeMers en Pixabay

Después de disfrutar

En el recuerdo, es fácil caer en melancolía de lo que pudo ser y no fue, de nuevo al comparar un ideal con lo que pasó realmente. También es posible sentir nostalgia porque aquel momento de máximo disfrute no volverá, por ser irrepetible o por algún cambio a peor de las circunstancias. Sin embargo, recordar con gratitud y con nuevo gozo, permite obtener una segunda fuente de alegría. Por ejemplo, te has ido de vacaciones a un sitio muy caro y sabes que es difícil que vuelvas. Bueno, pero al menos has ido. Quédate con lo que has vivido y disfrutado.

Una abuela. Imagen de Benjamin Balazs en Pixabay

Con la edad, lo vivido parece superponerse al presente por vivir. Eso puede ocultártelo. En cuanto el cerebro te hace llegar a «esto ya lo he vivido», entras en «el día de la marmota» y ya no vas a tomar nota de aquello que sea nuevo. Es cierto que la experiencia sirve para no repetir errores y para llegar antes a los objetivos que se quieren alcanzar. Pero también ocurre que, por evitar «pérdidas» (errores, pero también dolor, perder el tiempo, una sensación desagradable) evitas descubrir qué trae de nuevo la experiencia presente.

Una receta para disfrutar

Teniendo en cuenta estos tres tiempos, para planificar el disfrute, vivirlo y dejarlo atrás con gratitud podemos seguir una receta como esta:

  • Decir sí sin saber a qué; a ciegas: esto nos abre a la planificación desde la expectación, con total incertidumbre de lo que pueda pasar.
  • Vivir el presente con confianza: esto nos permite una relajación necesaria para experimentar cada acontecimiento con conciencia plena.
  • Soltar lo que creías entender: esto nos ayuda a agradecer lo anterior y dejarlo ir.

Esta receta, por cierto, es un extracto de algunas de las enseñanzas de Brigitte Champetier de Ribes, otra habitual de nuestro blog.


Espero que disfrutes de estos días festivos incluso si te toca trabajar. Como siempre, muchas gracias por leer.

Javier Meléndez

Un día comenté en este blog que hablaría alguna vez de esos tuiteros que Twitter considera que me interesan más. Desde entonces ha llovido mucho y mi Twitter se ha convertido en una convención de chistes, lo cual ha hecho que cada vez entre menos y que entre únicamente a leer chistes… confirmando así lo que sus algoritmos buscaron para mí.

Yorokobu

Pues mucho antes de que todo eso ocurriera, descubrí en Internet a Javier Meléndez. Por esa época leía con cierta asiduidad la revista Yorokobu. Poco a poco me fui fijando en que los artículos que más me llamaban la atención eran los de Javier Meléndez. Sus artículos hablan de creatividad, de futuro, de mundos postpandemia… Echa un vistazo. O date el placer de leer su última entrada sobre el significado del color verde en el cine.

Así que, al poco de darme cuenta de que me gustaban sus artículos en esta revista, empecé a seguirle en su cuenta de Twitter.

Sus tuits explicaban la geometría de los planos cinematográficos, por ejemplo, por qué un plano ligeramente torcido te introduce en el mundo distorsionado de un psicópata, o cómo se muestra el estatus (poder) de un personaje con respecto a otro por el espacio relativo que ocupa, etc.

O bien hablaban de cómo comunicar una idea, o de cómo estructurar un guion. También habla de talleres de guion y, en general, es muy didáctico.

La solución elegante

Javier Meléndez tiene una página web, La solución elegante, donde se trata (casi) todo sobre guion, según reza en su página principal. La verdad es que tiene muchísimo contenido interesante, es una página con solera y él un profesional con muchos años de experiencia. Tal vez te interese saber lo básico de cómo escribir un guion. En esta página encontrarás otros recursos, como plantillas, manuales de redacción, temas legislativos, cómo gestionar tu tiempo…

Además, Javi tiene un libro de mucho éxito, Antilista de guion. Según su propio autor:

Con Antilista de guion quiero mostrarte que los errores en guion son relativos. Quizá lo que sea un recurso erróneo en un guion, es un recurso necesario e incluso genial en otro.

Javier Meléndez

Por último, hasta la fecha ha estado enviando un boletín llamado Caramelos de guion, que hace poco ha decidido cerrar. Se trata de un boletín Guadiana sobre temas de todo tipo, muy interesantes. Y justo antes de que mis circunstancias vitales me llevaran a dejar de escribir aquí, Javi incluyó una de mis entradas en su boletín. Creo que no se lo agradecí lo suficiente y ahora que desaparece este boletín, siento cierta nostalgia.

Tú escribe

Si pudiéramos condensar toda la sabiduría que Javier Meléndez va dejando en sus tuits y en su blog, dejando al margen las cuestiones más técnicas, la extractaríamos en estas dos palabras que invitan a la acción:

Tú escribe.

Dicho directa o indirectamente por Javi Meléndez

En efecto, si no entras en acción no vas a elaborar nada que luego se pueda mejorar, pulir o comparar con otra creación. Hay miles de manuales, miles de listas, muchos gurús y grandes directores y guionistas. Como hemos visto con su libro Antilista de guion: deja de buscar errores basados en los dogmas que aparecen en diferentes libros y escribe, crea tu propio mundo, ponte en marcha.


Ya sea escribir guiones cinematográficos o para series, sea escribir tu blog particular o sea pintar un cuadro, lo cierto es que no puedes mejorar si no te pones a ello. Estoy de acuerdo con Stephen King en que no todo el mundo tiene el talento. Pero ni siquiera eso significa que no puedas disfrutar de una actividad. Yo por ejemplo disfruto muchísimo haciendo teatro, sin embargo no tengo el talento ni la intención de convertirme en una actriz profesional.

Si estas palabras no te animan, sigue a Javi Meléndez.

Escribe, haz, crea, disfruta.

Un día en el gimnasio

Voy al gimnasio dos veces a la semana por recomendación de la fisio. Así, hace más o menos un año me lancé a visitar la parte del gimnasio que tiene máquinas, espalderas, bolas de pilates, gomas elásticas, pesas… Esa parte que viene a la cabeza cuando te preguntan: «¿Vas al gimnasio?». Y es que yo antes de eso había ido en general a la otra parte, la de clases colectivas, normalmente a algo de baile: gym jazz, danza contemporánea, zumba, baile activo…

Imagen de Scott Webb en Pixabay, esta, definitivamente, no soy yo.

El caso es que en la parte de los aparatos, parte que llamaremos «gym», no me siento del todo como pez en el agua después de este tiempo. Me siento más bien como en un universo paralelo: un universo que existe a la vez que el nuestro pero al que normalmente no accedemos… hasta atravesar la puerta, los tornos y la «sala de musculación».

Donde fueres, haz lo que vieres

Con este panorama como de visitar tierras extranjeras, me adentro allí cada vez con bastante curiosidad y sigilo, imitando las conductas observadas, las entienda o no. Hay varios elementos que no había visto en épocas de juventud y que me llaman la atención.

Por ejemplo, la mayoría de la gente en cualquiera de los espacios del gym tiene constantemente a mano su teléfono móvil. Creo que les sirve para contar tiempo, pero también se les ve chatear.

Otra conducta extendida es poner cara de póker. Es una expresión neutra, nadie mira a nadie, es una cara como de concentración e indiferencia a la vez, dirigiendo la mirada preferentemente hacia el suelo o al móvil. Se hace cualquier actividad «con dignidad», como haciendo algo muy profesional o que requiere mucha seriedad. Cada persona da así a entender que sabe utilizar la máquina en cuestión y que no duda en que su postura, el peso añadido y el número de repeticiones son los correctos. Así que yo leo disimuladamente las escasas instrucciones en el lateral del aparato, imito al resto en ese gesto de dignidad y expertise y a continuación bajo el peso al mínimo.

Imagen de karabulakastan en Pixabay. Nótese la cara de absoluta indiferencia. «¡No hay dolor!»

Aquí es interesante percatarse de cómo se enfrenta cada persona a esos aparatos en los que la postura adoptada sería ridícula y risible en cualquier otro entorno, por ejemplo, a cuatro patas. Se hace, por supuesto, con ese gesto indiferente y de dominio absoluto de la situación. Yo hago en la esterilla un par de ejercicios un tanto ridículos que me recomendó uno de los monitores.

Imagen de karabulakastan en Pixabay. Una de estas podría ser yo.

Hay también unas reglas no escritas sobre la posesión temporal del aparato. Y es que estos profesionales del gym dedican distintos días a trabajar distintos grupos de músculos, de manera que si les toca brazos, van a tomar posesión de la máquina correspondiente, sentándose en ella y/o poniendo su toalla, y quedándose en ella entre ciclos de repetición, mirando el whatsapp. Esto significa que esa máquina está tomada y no se puede osar usarla durante la posesión temporal.

Luego están las «ligas»: la liga profesional y la liga amateur, que es la mía. A ver, yo voy allí, hago siempre los mismos ejercicios de todos los grupos musculares y mis series no duran en total más de 30-40 minutos. No levanto mucho peso y la mayoría de los ejercicios que hago los podría hacer en mi casa. Los y las de la liga profesional hacen ejercicios por partes del cuerpo, levantan muchísimo peso (de hecho, cuando lo dejan caer retumba el suelo de todo el gym) y se esfuerzan mucho. La mayoría de lo que hacen requiere de uno u otro aparato, además de un «octógono» que son unas columnas de hierro con unas barras que las atraviesan y de las que se cuelgan llevando grandes pesas colgando de la cintura, y cosas así.

Pues bien, en todo momento, hay unas reglas no escritas de dónde se pone la liga amateur para no estorbar a la liga profesional. Hay unos espacios donde las cabezas de la gente ya presentan canas en los que tranquilamente puedes poner tu esterilla y empezar a hacer el indio. Pero hay otros en los que esas miradas bajas e indiferentes de pronto notas que van a ti, y es porque te estás poniendo donde no es, o bien, estás utilizando un aparato o espacio que estaba «tomado temporalmente» pero tú no te habías enterado.

En el gimnasio al que voy, la zona amateur está separada de la profesional por una fila interminable de cintas de correr, bicis estáticas, elípticas y unas escaleras mecánicas. Las personas que usan esto son normalmente otras, las que buscan un ejercicio aeróbico.

Un espectáculo para los sentidos

Como ya vamos teniendo una edad, me es llamativo comprobar que hay más mujeres en el área de musculación de las que había en la época en la que yo tenía su edad. Además, levantan grandes pesos y hacen ejercicios a un nivel similar al de los hombres. Ahora, las chicas se arreglan bastante para ir al gym, con los ojos perfectamente pintados, la ropa ajustada y atractiva y el pelo normalmente recogido en una o dos trenzas. En mi época no nos pintábamos para ir al gimnasio, llevábamos camisetas anchas y «cualquier cosa» que anduviera por el armario. A mí particularmente me agrada ver tanto a chicas como a chicos más cuidados, con una imagen más sexy y cultivando su cuerpo. Yo, siguiendo la regla anteriormente citada de «donde fueres haz lo que vieres», me arreglo también y trato de actualizar mi ropa de gym con cierta frecuencia.

De fondo, se oye una música machacona. Un día es heavy, al otro es reguetón, al otro, los más, es música disco, pero siempre machacando, pienso que porque ayuda a hacer las repeticiones a un ritmo más bien vivo, además de levantar el ánimo. Esta música no impide escuchar los gemidos de esfuerzo, que en todo caso son asépticos.

En cuanto a lo kinestésico, las sensaciones de cómo trabajan los músculos se intensifican. También se siente lo mullido o no de la esterilla o del banco del aparato en cuestión, la frialdad del metal de las barras, la suavidad resbalosa de la bola de Pilates… Lo que ya no hay es «olores» diversos, los espacios están bastante bien ventilados y la gente tiene más higiene.


Después de todo lo descrito, se podrá dudar que guste este espacio. A mí sí me gusta. Yo vivo los ejercicios de gimnasia como una especie de meditación o mindfulness, es decir, me permiten estar presente, ya que estoy contando las repeticiones de cada serie, estoy consciente de la respiración para acompasarla al ejercicio y estoy pendiente de tener una postura correcta en cada ejercicio. Me gusta también la sensación de soledad acompañada, mucha gente sola compartiendo un espacio, cada uno haciendo lo suyo pero todos juntos. Y como decía, me gusta ver cuerpos cultivados. Además, los instructores siempre ayudan y proponen ejercicios adaptados a cualquier estado físico o de salud.

Así que… ¿te animas a ir al gym? ¿Ya lo haces habitualmente? Cuéntame lo que te apetezca en comentarios. Una vez más, muchas gracias por leer y compartir.

La sabiduría de Ehrmantraut

¿Sigues siendo de moral flexible?

Mike Ehrmantraut a Jimmy McGill en Better Call Saul
Visto en https://www.wallpaperbetter.com/es/hd-wallpaper-urpzn

Si James McGill no fuese de moral flexible, la serie Better Call Saul no existiría. De hecho, el fundamento de la serie es esperar al momento en que el abogado James McGill se convierta en Jimmy Resbalones. Y eso ocurre cuando traspasa la línea de la moral rígida a la moral flexible, cuando se le ocurre una idea colorida fuera de las normas y que le expone a ser atrapado.

Muchas películas y series tienen este tema de fondo. Por ejemplo, Irma la dulce. El protagonista de esta película es un joven policía que quiere seguir las normas escritas, mientras que el resto de personajes, incluidos el sargento y resto de policías, siguen las normas no escritas. Es fundamental conocer estas para abrirse paso en el mundo descrito en esta película, que tiene muchas coincidencias con el mundo real.

Otro ejemplo de moral flexible es este:

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

Atribuida a Groucho Marx

Adaptarse al entorno es una de las características fundamentales de los seres que prevalecen, así que en un momento dado, cambiar de principios puede ser una forma de adaptación. En situaciones de ambigüedad, en las que no hay descrita una forma de proceder, puede justificarse con más facilidad este cambio de principios. En sistemas fuertemente jerárquicos como el ejército y similares, un soldado sigue las órdenes que se le dan, sean las que sean, y su conducta se justifica porque solo estaba cumpliendo órdenes.

Aquí y allá, cada persona se ve en situaciones en las que parece fácil dejar de seguir las normas. Ejemplos de normas que se rompen de forma muy habitual son:

  • Ir a más velocidad de la permitida en una carretera.
  • Conducir habiendo bebido alcohol.
  • Hacer cosas personales en el tiempo de trabajo (llamadas, visitar páginas web, entrar en redes sociales…).
  • Copiar contenidos ajenos.
  • Descargar películas o series de una fuente ilegal.
  • Instalar un software que es copia ilegal del genuino.
  • Defraudar a Hacienda.
  • Poner a nombre de otra persona propiedades que usas.
  • Llevarse algo de una tienda sin pagarlo.

Cuando rompemos la norma, buscamos siempre una justificación. Las más comunes:

  • Todo el mundo lo hace.
  • Tenía que hacerlo porque lo necesitaba para… (no llegar tarde, reservar las vacaciones, un trabajo del máster…).
  • A grandes males, grandes remedios.

Aquí vendría la frase:

Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Jesucristo

Alguien puede decir: «no es lo mismo entrar en negocios ilegales que estas pequeñas interpretaciones de la norma». Pero nuestro amigo Mike Ehrmantraut nos lo aclara. En una ocasión, este personaje es contratado para proteger a un hombre torpe que quiere vender de forma ilegal medicamentos que fabrica la empresa en la que trabaja. En una conversación, Ehrmantraut da a entender al hombre torpe que es un delincuente. El hombre protesta, pero Ehrmantraut lo sentencia:

Si haces una actividad ilegal, eres un delincuente: debes saberlo.

Mike Ehrmantraut

Es probable que no utilizase estas palabras, aunque sí parecidas. En todo caso, al hombre torpe le quedó claro, si bien se resistía a aceptar que había traspasado la línea y se había puesto del lado de aquellos a los que vendía los medicamentos.

¿Naturaleza humana?

Tendemos a pensar que ciertos «trucos» son propios de la picaresca española, pero al ver series como esta podemos constatar que más bien está en la naturaleza humana el reinterpretar la norma. Es cierto que esto es más frecuente en unos países que en otros. Según Geert Hofstede, un psicólogo social que se dedicó a estudiar y comparar las culturas de los países, hay una variable que define cuánto se ajusta un país a una norma. Se trata del espectro indulgencia frente a contención, y también se refleja en la distancia jerárquica.

La pregunta es si esta moral flexible es un rasgo que forma parte de la evolución. Y si vamos más allá e incluimos a otros animales en el recuento, podemos deducir que sí: cucos robando el nido a otros pájaros, animales adoptando la forma del alimento de otro para engañarlo, robo del alimento de una especie por otra, etc.

Jugar a policías y ladrones

Policías y ladrones es un juego descrito por nuestro amigo Eric Berne, dentro de una categoría que llamó «los bajos fondos». Berne explica que hay dos tipos de criminales: los que buscan el beneficio y los que buscan (inconscientemente) entrar en este juego (y ser atrapados). Los que buscan el beneficio son «profesionales» y rara vez son atrapados. En cambio, la persona que juega a policías y ladrones está jugando a una versión adulta del escondite, donde el no ser atrapado arruina el juego. Así, es interesante encontrar un lugar muy bueno para esconderse y que se tarde en descubrir, pero si no se descubre nunca, o si se descubre en unos segundos, de pronto es muy aburrido jugar.

El sobrenombre de «Jimmy Resbalones» ya nos hace pensar en una persona que mete la pata con facilidad y acaba siendo descubierta. De hecho, muchas de las «ideas felices» que tiene este personaje a lo largo de la serie ya nos dan a entender que solo es cuestión de tiempo que le atrapen.

En el caso del hombre torpe que vendía los medicamentos, igualmente comete un error garrafal gastando el dinero que le pagan los traficantes en un objeto grande y ostentoso, que parece una exclamación: «¡Soy un camello, atrapadme!».


Una última reflexión: Berne habla de esa «voz del diablo» que hace a una persona entrar en alguna dinámica de guion perdedor, algo como: «¡Venga, atrévete!». Esa voz se opone a la otra (el ángel), que te sugiere: «Me parece que esto no está bien, esto no es correcto». Entonces, cuando hacemos esas pequeñas (o no tan pequeñas) ilegalidades, ¿buscamos secretamente que nos descubran? Si te apetece, responde en comentarios. Como siempre, agradezco mucho que te tomes el tiempo de leer estas reflexiones. Espero que te sirvan.

Lucky Star

Una vieja maldición china dice:

Que vivas en tiempos interesantes (May you live in interesting times).

Maldición china

Igual pensabas, como yo, que no nos iba a tocar, pero ya ves…

Hace unos días tuve la suerte de ver la película Lucky Star en un centro cultural. Es una joya de 1929, una obra maestra. En el centro cultural la presentaron: «Esta película es muda y el primer minuto es en silencio». Bajón. Lo primero que pensé es: «Vaya fósil nos vamos a tragar». Y esta idea se mantuvo cuando apareció el primer plano, una casa en el campo al lado de un camino. Se veía como difuso, casi parecía un cuadro poco luminoso en escala de grises.

Comienzo de la película Lucky Star. Captura de pantalla.

Al tiempo que surgió esta difusa imagen, comenzó una música por momentos un tanto molesta. Pensé: «Así, 90 minutos. ¿Aguantaremos?».

Y pronto cambió totalmente mi percepción. Los actores se comportaban de una forma natural, no de la forma teatralizada del primer cine mudo: no hacían gestos exagerados ni se movían por espasmos. Varias veces me acordé de Florence Lawrence, la actriz inventora del intermitente. Supongo que ese sería el aspecto de las películas que hacía The biograph girl.

La historia era sencilla pero con fuerza, una historia que se comprende sin necesitar diálogos. En su lugar, aparecían de vez en cuando los intertítulos en inglés que se han recuperado, y es que esta película estuvo desaparecida durante años, y se pudo recuperar después. Además de su sencillez aparente, la película muestra un juego de planos muy moderno, dinámico, acompañados siempre por la música.

La historia es preciosa, es una historia de amor tierna, en la que el amor va creciendo con pequeños gestos románticos, partiendo de una situación hoy impensable. Esta historia es idea de Tristam Tupper, que ya había publicado partes de la vida del personaje principal, Tim Osborne. El guion es de Sonya Levien.

La vida en guerra

La época en la que se sitúa Lucky Star es la Primera Guerra Mundial, concretamente en 1917 (hace más de un siglo…); desde luego, en «tiempos interesantes». Una época de carencias que en la película no se perciben como tales: simplemente, la vida era así. Una viuda con cinco hijos vive de vender y repartir lo que produce en su pequeña granja familiar. Un hombre vuelve de la guerra y pasa la vida arreglando objetos antiguos en su casa, alejada del pueblo, donde no hay, claro, ni tele, ni radio, ni ningún elemento que le distraiga o le conecte con «los sucesos de actualidad». Destacaré una frase que dijo (a través de un intertítulo) este hombre, Tim Osborne, porque me llegó al alma:

Yo no había tenido en cuenta los objetos rotos hasta que yo mismo estuve roto (smashed up).

Tim Osborne

Me sorprendió la calidad de las escenas de guerra, escenas creíbles, modernas, que transcurren durante la noche: una noche mucho mejor lograda que la de bastantes películas de los años 60-70 en las que las escenas nocturnas estaban rodadas a la luz del día y luego filtradas.

Por cierto, cada vez que recuerdo el título de esta película, la banda sonora que me viene a la cabeza es la canción «You Are My Lucky Star», de Gene Kelly y Debbie Reynolds, en otra joya del cine, Cantando bajo la lluvia:

Pero volvamos a la película de 1929.

Mary, la pequeña y desaliñada Mary

Mary es la protagonista femenina, la hija mayor de esa viuda de cinco hijos. Su vida es muy dura: se levanta, ordeña la vaca, recoge los huevos de las gallinas, cuida a sus hermanos pequeños, vende estos productos llevándolos con su carromato… Lleva ropa raída y desaliñada, está sucia, es pícara, engaña.

Su madre es rígida y antipática, centrada en las ventajas económicas que pueda obtener. Su papel se justifica: «Lo hago por tu bien». Esa madre viuda con aspecto de Doña Rogelia debía de tener mi edad, si no era más joven…

Igual que el resto de personajes, Mary vive su vida como la única realidad que existe, simplemente actúa, hace lo que tiene que hacer y, si puede rapiñar algo más, mejor.

Es muy interesante la transformación que cada personaje provoca en el otro. Mary se transforma y crece.

Wenn, el burlador

Y luego está Martin Wenn, un donjuan en toda ocasión: antes de la guerra, durante la guerra y después de la guerra. Sabe que, pidiendo matrimonio a las mujeres, las va a «burlar». En el pueblo, todos saben como es Wenn («He’s not good»), saben que engaña a las mujeres y sus madres, es otro personaje que saca la ventaja que puede de las situaciones que se le plantean.


Creo que esta película me sirvió para atisbar cómo se vive en tiempos muy duros, en «tiempos interesantes», cómo se sale adelante y cómo lo más humano, lo más compasivo, se abre paso en medio de la dureza.

Tienes esta película en FilmAffinity y en YouTube, aquí. Sé que no es lo mismo que verla en la gran pantalla, pero te aseguro que no te dejará indiferente:

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. Si ves la película, ya contarás qué te parece.