El abrazo de Vergara

Dos militares recios a caballo acercan sus monturas, inclinan el cuerpo uno hacia el otro y se abrazan. Este abrazo histórico entre Espartero y Maroto pone fin a la primera guerra carlista, el 31 de agosto de 1839. Realmente, la batalla continúa casi un año más, pero el abrazo es su fin simbólico. Fue posible que se abrazaran un liberal, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de la reina Isabel II (entonces una niña) y un carlista, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de Carlos Isidro, hermano de Fernando VII. Así de pequeña era su diferencia y así de grande se hizo y se tiñó de la sangre de patriotas durante muchos años.

Abrazo de Vergara. Grabado del S. XIX. Museo Histórico Militar. San Sebastián.

Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al general de los que fueron contrarios nuestros.

Espartero citado en Vergara, episodio nacional de Galdós.

Así, se abrazaron los soldados de ambos ejércitos. Es una escena que ocurre en un descampado a la salida de la villa de Vergara. En palabras de don Benito:

En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento (…). La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.

Vergara. Galdós.

Se acababa una guerra que hasta ese momento había durado 6 años, ya digo que duró incluso un año más, y volvían a abrazarse hermanos con hermanos, que defendían lo que consideraban mejor para España, con unos resultados sangrientos y desastrosos, por el ensañamiento contra el enemigo que habían tenido ambos bandos.

Este abrazo justifica un episodio nacional en el que Galdós se implica menos, se mantiene más alejado de la primera fila. Da la sensación de que había que cubrir este último periodo de la primera guerra carlista para hacer avanzar la historia hasta lo siguiente. Atrás quedaban Luchana y La campaña del maestrazgo, donde Galdós había presentado retratos vivísimos de Espartero y del general más temible de los facciosos, Cabrera. Incluso otro episodio de transición precede a este del que hablo, La estafeta romántica.

Ya hemos mencionado el final de Luchana, un episodio intenso con un final sangriento, en el que se describe vívidamente la batalla final en Luchana, la sangre sobre la nieve, el frío, los cadáveres entre las rocas, y el batallón avanzando arengado por un Espartero con una voz «incomparable, que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina».

De Cabrera no hemos hablado mucho, pero daría para bastante. Con el intento de ecuanimidad que caracteriza a don Benito, se retrata al general como un hombre de la guerra, recio, que actúa respondiendo a una lógica. El generalísimo borraba la humildad de su origen con gran instinto. Al mismo tiempo, «no era hombre que se resignara a perder el tiempo: los minutos eran para él preciosos, y aborrecía las vanas palabras». Así, «la guerra no es más que el arte de la oportunidad, y éste lo posee don Ramón [Cabrera] como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento del terreno». No extraña entonces que el llamado «Tigre del Maestrazgo» no dudase en ordenar ejecutar a cuatro mujeres presas del otro bando cuando le llegó la noticia de que habían fusilado a su propia madre. Además, el fusilamiento de su madre, María Griñó, fue ordenado por el Gobierno: esta orden recayó sobre el militar Agustín Nogueras. Después, el Gobierno y las Cortes se retractaron y dejaron a Nogueras como chivo expiatorio. Cabrera montó en cólera y su sed de sangre parecía no tener fin, asesinando sin piedad a todos los del bando cristino que se le cruzaban. Parece ser que dictó un bando diciendo que vengaría la muerte de su madre matando a veinte liberales por cada carlista muerto.

Cabe asegurar que Cabrera nunca habría abrazado a Espartero: no se habría dado el abrazo de Vergara, la historia sería otra. El dolor de este hombre por la muerte de su madre no lo iba a permitir. De manera que la historia, el destino, puso a un carlista más moderado en esa posición, un hombre que no estaba de acuerdo con el carlismo más furibundo. De hecho, la credibilidad de Maroto era ya floja entre los carlistas más extremos, incluido el propio Carlos Isidro, que lo temía. Maroto veía claro que había que poner fin, llegar a un acuerdo, aunque costó mucha diplomacia y esfuerzo llegar a redactar un Convenio de paz con el que ambas partes estuviesen de acuerdo. Así, muchos batallones del ejército carlista eran reacios a este acuerdo y fueron convencidos o medio arrastrados al abrazo famoso.


Pero Vergara fue escrito después de que ocurrieran los acontecimientos y, evidentemente, sus personajes protagonistas no sienten que haya llegado el fin, sino que ese abrazo es solo una tregua en la división que caracteriza al país desde, al menos, la llegada de los franceses en 1808.

Sea como fuere, ese abrazo demuestra que la reconciliación es posible hasta entre dos recios hombres de guerra, capaces de rendirse al sentido común para detener una sangría justificada solo por la lucha de poder en la esfera de la realeza. A mí me da que pensar.

La tendencia a la entropía

Puedes pensar que todo tiende al equilibrio y las aguas vuelven a su cauce y puedes pensar que todo tiende al caos y el desorden es siempre creciente.

Un buen amigo mío decía justo lo segundo: un profesor de Teleco, de Campos electromagnéticos, veía claramente cómo todo tiende al desorden, que es lo que mide la entropía, según la segunda ley de la termodinámica.

La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo.

H. Callen

Así, voy paseando por las calles de una ciudad que antes fue pueblo y encuentro el desorden creciente, la tendencia al caos, el cómo unas construcciones se juntan con las anteriores sin parecerse, sin existir armonía entre ellas, con distintas alturas, diseños, colores, épocas. Los edificios más altos parece que engullen a casas bajas encaladas, que resisten empujándolos por los lados.

Otras casas se vienen abajo venciéndose por el tejado y mostrando sus secretos azulejos de la cocina o del baño, algunas más están simplemente en un claro estado de abandono, aderezado o no por cartones, por pises, por ratas.

Pero ¿qué es eso de la entropía?

Me puse a averiguar qué es la entropía y hasta qué punto describe esto que le sucede a una ciudad, a las obras de arte físicas, a las plantas, que crecen sin orden ni concierto, pero también al cuerpo humano. Encontré distintas definiciones de este concepto, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo, lo que encontré me pareció fascinante.

La palabra entropía procede del griego, denota un movimiento de giro o de cambio. Lo interesante es que se trata de un cambio irreversible. Este concepto lo tomó un físico y matemático alemán, Rudolf Clausius, que se puso a pensar en la transformación de un sistema, revisando el ciclo de Carnot.

Rudolf Clausius. Imagen de dominio público.

Por lo que he entendido de mis lecturas, un sistema termodinámico va cambiando, la entropía va aumentando cada vez que se dan intercambios de calor entre un cuerpo y otro. En estas reacciones, en estos intercambios de energía de los cuerpos, hay una parte de energía que se pierde: no todo el calor del cuerpo A pasa al cuerpo B. Esa parte se disipa o se pierde por fricción, por lo que no se transforma en energía útil (trabajo). La entropía entonces es medida de este «desorden» asociado a esa pérdida de trabajo. Está además en relación con los «microestados» que pueda adoptar un sistema.

Al ser el universo mismo un sistema termodinámico, puede llegar un momento en el que el flujo termodinámico se acabe, no haya más calor y el universo muera. Al pensar en esto, se te queda la cara que se le quedó a Rudolf Clausius cuando se lo planteó.

También he leído que la entropía puede ser una forma de observar el transcurso del tiempo en una sola dirección.

…de los dos únicos sentidos en que puede evolucionar un sistema, el espontáneo es el que corresponde al estado del universo con una igual o mayor entropía. (…)  A modo tanto de cuestión filosófica como de cuestión científica, este concepto recae inevitablemente en la paradoja del origen del universo: si el tiempo llevara pasando infinitamente, la entropía del universo no tendría sentido, siendo esta un concepto finito creciente en el tiempo y el tiempo un concepto infinito y eterno.

Artículo de Wikipedia relacionado

La entropía solo puede aumentar con el tiempo, nunca disminuir. El ejemplo que he leído es curioso: se puede ir pasando pintura de un bote de pintura blanca a uno de pintura negra y viceversa, hasta llegar a un punto en el que se tienen dos botes de pintura gris. Pero este proceso no se puede revertir, de los botes de pintura gris no se puede volver al blanco, ni al negro.

Por otro lado, cuando ya tenía claro que entropía y desorden iban de la mano, leo que la entropía puede ser la medida del orden del sistema termodinámico, la medida de su equilibrio.

El desorden perfecto

Vuelvo a utilizar la entropía como metáfora de la decadencia de las ciudades, o de los cuerpos. Ese desorden, esa mezcla variopinta de edificios, esas plantas que brotan de entre las rocas sin apenas nutrientes, forman un mosaico de realidad: es lo que hay, no parece que el universo tenga un mal funcionamiento, al revés, parece que se arregla muy bien sin ninguna teoría que lo reduzca. El universo es, de esta manera, perfecto, la realidad misma. Y el desorden, entonces, forma parte de él.

En las calles, en las casas, vamos mezclando sin darnos cuenta el bote de pintura blanca con el de pintura negra. Al principio no se nota, una gota de un color sumergida en el otro no se ve. Con el tiempo, ambos son grises, se han equilibrado. Quizá este momento de equilibrio sea el de una ciudad completamente en ruinas, ya no sin tejados, ya sin paredes, sin calles, un conjunto de piedras y materiales que descansan cómodamente en la tierra y de ahí no se van a levantar.

O bien se intenta evitar esta heterogeneidad que lleva al desorden y se planifican y estructuran calles nuevas, vacías, que se irán llenando con los años con edificios nuevos, más uniformes entre sí, casi iguales. La zona está mejor organizada, aparentemente, los edificios son homogéneos, tienen alturas similares. Todo parece mejor. Pero el asfalto comienza a deteriorarse. Además, se detecta que faltan pasos de cebra, o sobran, o faltan cambios de sentido en esas largas avenidas planificadas. Porque la entropía se abre paso con la flecha del tiempo y no vuelve atrás. Nunca vuelve atrás: es irreversible.

¿Crees en la magia?

Lo que Peter Pan pregunta a los niños perdidos para salvar a Campanilla es muy similar: ¿Creéis en las hadas?

Si creéis, aplaudid: no dejéis que Campanilla se muera.

Peter Pan.

Hay un tipo de personas que quiere creer en la magia. Y esto implica no querer conocer el truco (o, como diría un mago, el juego).

Esto es lo que hace el protagonista de Big Fish. Durante buena parte de la película, vemos la forma de vivir (o de narrar su vida) de este personaje. Cabe preguntarse si él acaba de creer en sus historias. Lo que está claro es que muestra un fuerte deseo de creer o hacer creer en la magia. Creer en la magia es pensar que no hay truco, que aquello es un fenómeno inexplicable, lleno de misterio.

Lo mágico tiene algo de sueño, algo de siniestro. Imagen de Stefan Keller en Pixabay.

Pero detrás de toda la magia que inventa el ser humano, siempre hay un «truco»: el mecanismo que la hace posible. Así, hay magia en una construcción, en una fórmula química, en una maquinaria, en una novela, en una película…

Personas como Tim Burton o Steven Spielberg seguramente han creído en la magia durante mucho tiempo, o al menos han tratado de trasladar esa idea en muchas de sus películas. En otro ámbito, puede que Iker Jiménez sea otro del club, especialmente cuando se deja llevar por la exploración de lo misterioso en su programa de Cuarto milenio.

Cuando acabé de estudiar Teoría de la Literatura, estuve varios años sin poder leer un libro: había descubierto el mecanismo detrás de la magia. Cambié el placer del lector por el placer del crítico literario. Nada que ver. Con el paso de muchos años, he recuperado parte del placer lector, pero me temo que no hay vuelta atrás.

Con base en esta experiencia, decidí hace mucho tiempo no descubrir, no indagar, el mecanismo que hace posible el cine. Y eso que muchos trabajos que he hecho y hago lo rozan, por ejemplo, escribir guiones de vídeo para un programa de televisión ya te está revelando parte del truco. Y acabas por conocer cuál es la estructura de un guion, de cualquier guion cinematográfico, y qué ocurre en el minuto tal o cual. Saber esto, tener la estructura en la mente, comprobar que la mayoría de las películas responden a ella, crea una cierta distancia con el placer cinéfilo. Y no quiero más distancia.

Esta creencia naïve tiene el riesgo de ver magia allí donde no la hay ni debe haberla, aceptar el engaño en ciertas situaciones de la vida, o vivirlas como si perteneciesen a un cuento, sin tener plena consciencia de lo que está pasando y de las consecuencias de nuestras acciones. Por ejemplo, la propia boda, la compra de un bien de mucho valor (coche, casa, vacaciones), la decisión de migrar a otro país en busca de nuevas oportunidades… Es decir, hay que tener muy claro cuándo dejarse engañar, engatusar, llevar por una historia, y cuándo mantener los ojos abiertos y utilizar el razonamiento lógico.

Protagonistas ingenuos

Gustándome la magia, me gustan mucho los protagonistas que creen en ella. Ya he hablado alguna vez del agente Patou (Jack Lemon) en Irma la dulce, que piensa que la prostituta está simplemente paseando a su perrito, o de Sam Lowry (Jonathan Pryce) en Brazil. Me gustaría detenerme en el comportamiento de este protagonista antihéroe. Sam vive en una sociedad distópica muy controlada por el Estado. Es funcionario público y tiene un empleo en un lugar gris, oscuro y con recursos escasos. Vive solo en un apartamento estándar, bastante poco acogedor. Pero Sam sueña. Se pasa las noches soñando con una bella y desconocida mujer a la que él ama. Él se sueña a sí mismo como un ser alado, un héroe con armadura y alas que rescata a la mujer de diferentes situaciones, que lucha de forma caballeresca con distintos monstruos.

Según avanza la película, los sueños de Sam van tornándose en pesadillas, pues elementos de la realidad irrumpen en ellos, afeándolos. Tiene sueños premonitorios, porque después llega a conocer a esa mujer de sus sueños en una versión real mucho menos dulce, una superviviente, Jill Layton. Y también ve otras cosas, objetos, situaciones, que después aparecen en la película.

El ingenuo de Sam piensa que puede: indagar sobre la vida de la mujer real que tanto se parece a la de sus sueños, no informar sobre la destrucción de un vehículo por parte de unos niños gamberros, entregar un talón por medios no adecuados… Pero no, Sam no puede. Y todo lo que hace este ingenuo personaje en su vida real, va quedando apuntado y notificado y se vuelve después en su contra. No cuento más: mejor verla.

Así, me da pena quitarle a Sam sus sueños, sus ilusiones. Cuando dejas de aplaudir, Campanilla se debilita, se muere. A cambio, la realidad se muestra tal como es: una gran maestra (como diría Brigitte Champetier de Ribes). Siempre quedarán espacios y lugares en los que podamos aplaudir y revivir al hada: uno de ellos, el teatro, una de las mejores prácticas que conozco, hacer clown (sí, el payaso).


¿Crees en la magia? ¿Te dejas llevar por las ensoñaciones? ¿Tienes ilusiones que no parecen concordar con la vida real que llevas? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir.

El pasado que se arrastra

Si estás en tu casa, mira a tu alrededor: te rodea el pasado que arrastras. Una buena proporción de los objetos que tenemos en casa son recuerdos que nos hemos ido trayendo del pasado, pero que ya no tienen un uso (o nunca lo tuvieron y son simples adornos). Y la parte restante son los objetos del pasado que se utilizan en el presente: vajilla o batería de cocina, ordenador, teléfono móvil… En cambio, los alimentos que ingerimos no vienen de un pasado muy lejano. Y el agua es lo más presente: es corriente.

Todo esto se pone de manifiesto cuando se hace una mudanza. De pronto, aparecen un montón de trastos de todas partes, escondidos en armarios, aquí y allá, o en el temible trastero. La primera acepción de trasto en el diccionario de la RAE es:

Trasto: Cosa inútil, estropeada, vieja o que estorba.

RAE

La sexta acepción es más positiva, simplemente se trata de:

Trasto: Muebles o utensilios de una casa.

RAE

Entonces, ¿de qué naturaleza son los trastos que acumulamos en una casa? Un poco de ambas. Hace tiempo reflexioné en este blog sobre qué es la basura, cuándo un objeto o un alimento se convierte en basura. El tema de los trastos es similar: están en casa legítimamente como «muebles o utensilios» y de pronto pasan a ser «cosas inútiles o que estorban». ¿Y cuándo ocurre esto? Cuando el pasado los vence.

O como diría un economista, cuando el bien se deprecia. El pasado vence a los trastos cuando dejan de ser útiles o son viejos (agotan su vida útil), cuando se estropean (dejan de funcionar) o cuando se quedan obsoletos (y estorban).

Cuando escucho hablar de la obsolescencia de los aparatos, recuerdo cómo mis padres, que tenían un negocio de publicidad y diseño gráfico, tuvieron que depositar en la calle, como trastos, máquinas que unos pocos años antes eran el último modelo para producir sus diseños, un modelo bastante caro, por cierto.

Cuando el pasado te vence

Por pura lógica, llega un momento en la vida en que hay más pasado que futuro. La mirada hacia atrás cubre cada vez más años, los trastos que nos acompañan pueden relumbrar brevemente con un recuerdo de aquella persona que nos los regaló, pero luego vuelven a apagarse con desidia. Es posible que estos trastos acaben dentro de vitrinas, el sumun para sentir la propia casa como un museo lleno de reliquias.

Las fotografías son un tipo especial de pasado: traen al presente a personas que ya no están, o que ya no son como aparecen en ese registro puntual. Siempre es sorprendente y extraño ver fotos de los propios padres siendo mucho más jóvenes que una misma, incluso siendo niños.

Pasado, presente y futuro se encuentran. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

El pasado que se arrastra, pesa. El peso te arquea la espalda. El pasado no se va. El pasado conforma a la persona, su cerebro, su cuerpo. Por esto, cada vez dudo más de la existencia de lo que llaman «iluminación», la experiencia directa de la realidad, lo que San Juan buscaba detrás de la tela que había que rasgar. Porque cualquier experiencia de la realidad va a estar siempre mediada por los sentidos y por la estructura previa del cerebro (memorias, conexiones cerebrales). Y si no fuese así, no se podría comprender.

El pasado es un entrenamiento para el presente

Sin embargo, sí pienso que se puede vivir el presente (más o menos rodeados de objetos del pasado), cuando se busca una respuesta no automatizada a los desafíos que se nos presentan. El pasado nos ha servido para conocer qué es lo que puede ocurrir, para tener experiencias y conocer las consecuencias de nuestras respuestas. El pasado que se arrastra, esos objetos, libros y cachivaches, nos han servido para aprender algo de ellos, nos han enseñado un idioma que ahora sabemos hablar para más o menos lidiar con lo que toca.

Que vivimos una época sin precedentes para la mayoría de nosotros, es un hecho. Aun así, es posible dar respuesta a esto que no conocíamos extrayendo la semilla de lo que el pasado nos dio: la filosofía, las habilidades, los resultados.


¿Guardas muchas cosas de tu pasado? ¿Tu casa te parece un museo? ¿Eres más de tirar trastos y renovar los espacios que habitas? Me gustaría conocer tu perspectiva. Como en cada ocasión, muchas gracias por leer y por compartir.

El lugar del humor

El 9 de julio de 2021 dejé preparado un borrador de una entrada para el blog. Acabé descartándola: hablaba del humor y no era tiempo de «reírse». Resulta que ha pasado más de un año, y la entrada seguía en dique seco: desde marzo de 2020 nunca parece tiempo de hablar del humor, o al menos no me lo ha parecido a mí.

El humor se ha transformado a lo largo de mi vida: de irreverente e incorrecto ha pasado a aséptico y controlado. Ya no son posibles las comedias de humor del absurdo, el humor solo puede ahora escaparse de entre la autocensura y la crítica despiadada a todo lo que no sea evitar ofender. Y lo que era más gracioso «en mi época» (aquí la abuela Cebolleta) era todo ofensivo. Pero las personas aludidas no solían ofenderse.

Por cierto, el humor no es únicamente el reino de humoristas, monologuistas, improvisadores o payasos, el humor se extiende a «personas muy serias» y muy inteligentes. Un ejemplo claro: Mozart. En sus cartas, juega a decir todo tipo de payasadas y a hacer bromas escatológicas, al tiempo que habla muy en serio sobre su música, sus pianos, etc. Y de esto iba aquella entrada que yo iba a publicar hace más de un año y que reproduzco ahora, porque me temo que, si esperamos al «momento idóneo» para reírnos de algo, nos vamos a ir a la tumba con el rigor mortis ya puesto en vida.

El camino del humor

Hace poco [antes de julio de 2021] comentaba la importancia del humor. Me gustaría mostrar aquí algunos ejemplos de los autores que cito con más frecuencia. Veréis cómo han integrado el humor en escritos bastante serios y respetables.

Vamos a empezar por Eric Berne, quien no solo utiliza el humor sino que lo propone como camino terapéutico para salir de los guiones que tenemos automatizados desde la infancia. En uno de sus textos, Berne dice:

Es mejor ser un mártir que ser un troglodita, es decir, un hombre que se niega a creer que ha ascendido de criaturas simiescas porque aún no lo ha hecho, pero conocerse a sí mismo es aún mejor.

Berne también menciona la improvisación y la incertidumbre como caminos de crecimiento, cuando se pregunta sobre si él mismo está siguiendo un guion, que equivale a estar tocando una pianola con el rollo perforado hace mucho tiempo, o si realmente compone su música por sí mismo. Dice que en este caso:

…soy un improvisador valiente que se enfrenta al mundo solo. Pero (…) la canción de mi vida está igualmente llena de incertidumbre y de sorpresas a medida que se despliega el palpitante y sonoro teclado del destino (…).

En realidad, sus escritos son bastante humorísticos, a veces sarcásticos también.

Eric Berne. Foto de dominio público, Wikipedia.

Por su parte, Paul Watzlawick escribió varios libros en los que ya vemos su disposición al humor desde el título, como El arte de amargarse la vida, un pequeño gran libro del que hemos hablado (por cierto, el post que acabo de citar habla realmente de guiones de vida no ganadores o perdedores).

Uno de sus libros más importantes, ¿Es real la realidad? está escrito por entero en tono de humor. Por ejemplo, cuando hace «una breve alusión al único aspecto divertido de una cosa tan mortalmente seria como es el psicoanálisis». Watzlawick explica que el psicoanálisis basa su técnica en que el paciente advierta lo menos posible la presencia del psiquiatra, de manera que se entregue a asociaciones libres de ideas. Pero ocurre lo contrario, el paciente agudiza el oído y comienza a relacionar las señales con las asociaciones adecuadas o no adecuadas, como es el rasgueo de la pluma sobre el papel del doctor, el crujido de la silla…

…hasta que un cierto tipo de respiración rítmica y acompasada indicará al paciente que, por fin, el terapeuta se ha dormido.

Paul Watzlawick. Foto de Martin Gertler, CC BY 3.0.

Nassim Taleb en su Cisne negro es tan sarcástico a cada palabra como lo es en su propia cuenta de Twitter.

A Ernie J. Zelinski ya le habíamos mencionado cuando introduje el tema del humor, diciendo que había escrito un libro titulado El placer de no trabajar. Lo que hace Zelinski es mostrar qué normas absurdas sobre el trabajo se han ido imponiendo y qué otras formas hay de trabajar y de disfrutar del ocio.

Unamuno se dio cuenta de que el ser humano es poco más que un cerebro a un estómago pegado, quizá haciendo eco de la famosa rima de Quevedo.

¿Hay que ser así de gracioso?

Hay muchísimos autores muy respetables que no incluyen el humor en sus escritos. Esto no significa que no fueran graciosos en su vida privada, o quizá no lo eran en absoluto y dejaban hablar a la brillantez de sus ideas.

No, no hay que ser una persona graciosa, solo que, si es un camino hacia una posición sana, si es de ayuda para quitar hierro a los asuntos que más nos preocupan, pues bienvenido sea el humor.


Aquí termina aquel borrador de julio del 21 y así se publica. Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Desarrollo personal

La mayoría de las secciones que tiene este blog se refieren al desarrollo personal. Esto es, hablan de una serie de herramientas psicológicas para mejorar las habilidades en ciertas áreas. El desarrollo personal puede incluir distintas estrategias: va de hacer un curso de programación neurolingüística (PNL) o análisis transaccional (AT) hasta asistir a una sesión con un coach, pasando por terapia breve en psicología clínica o por la meditación en cualquiera de sus formas.

Hacer cosas normales

Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que el verdadero crecimiento personal se da participando en actividades sociales y cotidianas. Ya he destacado varias veces cómo el teatro hace desarrollar el trabajo en equipo, la escucha, el estar presente y tener atención plena. Estas habilidades son especialmente relevantes en la improvisación teatral. Entiendo que se da el mismo tipo de aprendizaje en deportes de equipo como el ciclismo, el fútbol, el baloncesto e incluso en deportes individuales como el tenis.

Estos tíos parecen estar felices. Imagen de Keith Johnston en Pixabay.

¿Quiere esto decir que las herramientas de desarrollo no sirven para nada?

En realidad, las herramientas son eso, herramientas, ni más, ni menos. Sirven de mucha ayuda para enfrentar las dificultades de la vida y para conocer las propias reacciones ante ella: ansiedad, miedo, pereza, agresividad, angustia… En este sentido, igual que el teatro, ayudan a conocer las propias emociones.

En mi opinión, se confunde el dedo que señala la Luna con la misma Luna. Las herramientas son medios, no fines. Ayudan a la vida, no la sustituyen. El fin no es la herramienta, es lo que se consigue con ella.

De qué hablo cuando hablo de desarrollo personal

Para mí, el crecimiento personal es el camino que se transita desde el comportamiento automatizado, reactivo y basado en creencias (patrones del Niño y del Padre interiorizados), a la autonomía y desautomatización propias del estado Adulto del yo.

En otras palabras, se trata de ser consciente de la conducta y decidir, en cada circunstancia, una respuesta plenamente basada en lo que está ocurriendo, sin estar condicionada por creencias.

Muchas personas que se sienten «iluminadas» confunden su estado Padre con su estado Adulto. Siguen respondiendo a una reglas de cómo deberían ser las cosas y se sienten por encima de los demás. Y esto también me ha pasado y me pasa a mí, trato de ser consciente y quitarme importancia (si no lo hago, la vida lo hace por mí). Todo lo que escribo va encaminado a mostrar cómo pienso yo que se toma conciencia y se «crece».

¿Son mejores las personas que han hecho un trabajo personal? No lo creo, y es otra creencia en la que es fácil caer. El valor de la persona es el mismo siempre. No hay que emprender un camino de crecimiento personal ni de otro tipo para ser valorado como persona. De hecho, pienso que viviendo la vida y enfrentándose a sus desafíos también se produce un crecimiento personal.

Las dificultades estimulan la creatividad

Cada vez comprendo mejor la afirmación de Brigitte Champetier; en mis palabras: son las dificultades las que impulsan el crecimiento, el paso de un estado más infantil a otro más adulto. En este sentido, creo que se crece más cuando se enfrentan las dificultades que cuando se hace una actividad asociada al desarrollo personal, como pueda ser la meditación. En la vida, en la batalla diaria, en el encaje de bolillos que se hace para cumplir con cada responsabilidad, es cuando se crece.

Por eso, cada vez me motivan menos las conversaciones basadas en la queja. Y en estos tiempos y los que vienen, vamos a encontrar cada vez más motivos de queja. Desde luego, hablar de lo que no funciona permite un gran desahogo. Es una forma de confirmar la pertenencia a un grupo. Y puedes quejarte prácticamente de todo: del calor, del frío, de la política, de la economía, del ruido, del silencio… De todo. Mientras hablas y te quejas, no actúas, no haces nada por mejorar tu situación ni por adaptarte a ella.

Como expresaría Bert Hellinger, hay grandeza en abrazar las dificultades. Hay también aceptación (que no resignación), y una predisposición a actuar, a resolver, a vivir con lo que toca, aceptando que la perfección es una aspiración un tanto rígida, que afea lo logrado.

Las dificultades pueden ser de todo tipo: un jefe difícil, una mudanza, el dinero no llega a fin de mes, una enfermedad crónica, peleas con hermanos, no tener tiempo para descansar… Gracias a ese jefe, a ese cambio de casa, a esa falta de dinero, etc., se activan los recursos de estar despierto y responder de forma activa y desautomatizada al momento presente.


¿Cuál es tu caso? ¿Haces alguna actividad de crecimiento personal? ¿Cómo aplicas lo que aprendes de ella?

Muchas gracias por leer y por compartir.

La vida te lleva

Quizá has observado que en los últimos tiempos este blog ha cambiado. Y es así. Hay dos tipos de cambio: la forma de escribir y el contenido. En cuanto a la primera, algún lector avezado ya me ha comentado que alguna entrada no tiene el mismo nivel de maduración y desarrollo que las anteriores. Y tiene razón: tengo mucho menos tiempo para dedicar al blog. En cuanto a la segunda, me está pasando como con la primera época del covid: los acontecimientos actuales no me permiten seguir adelante con mi línea de escribir sobre lo atemporal y universal, sino que constantemente me piden escribir sobre lo que está pasando, sobre lo que estamos viviendo; sobre el destino colectivo. Y por eso me he enfocado en temas económicos, que de lo presente, es de lo que sé algo.

Esta podría ser yo escribiendo, reflexionando sobre esto. Imagen de StockSnap en Pixabay.

Vivir la vida…

Estoy viviendo al máximo lo que me propone la vida. ¿Y qué pide? Acción, acción, acción. Resolver, avanzar sin conocer el camino, solo atisbando el siguiente paso, con una idea general y poco definida del objetivo, que además cambia y se remodela a cada paso.

No hay una forma mejor de estar en el adulto que actuar. Y cada línea de actuación se abre en muchas otras líneas, muchos pasos que dar. Es cansado. Y motivador.

…con lo que toca

Creo que ahora mismo, el nivel de incertidumbre y ambigüedad es máximo. Escucho a unos, leo a otros, tomo nota con reserva. Un experto financiero que aconseja mantener dinero en efectivo (en casa, en el calcetín) como para cubrir un mes de gastos. Un gurú que cuelga en YouTube vídeos perturbadores sobre cómo nos están manipulando. Iker Jiménez y lo que va mostrando en Horizonte gracias a distintos expertos. Europa y mi sensación de que no saben controlar la situación ni reparan en las consecuencias de sus decisiones. Esos telediarios que dan por hecho que ya no nos llega el dinero.

Todo eso es lo que vivimos de forma global, mientras surgen ideas peregrinas de todo tipo porque ya no hay donde agarrarse y ya nada es verdad, ni la tierra es redonda, ni fuimos a la Luna, ni existe el covid. Pues con todo este escenario de confusión, de desinformación, la vida nos demanda (no solo a mí, claro) estar en la acción, en el presente, seguir adelante con todo tal y como es, imperfecto, mejorable.


Que no me vengan con expertos. Estos escenarios tan inciertos, impredecibles y extraordinarios no los hemos vivido. La humanidad sí, ha vivido de todo. Los que estamos aquí y ahora, Fulanito de Tal y Peranganita de Cual, no: no conocíamos una pandemia, las guerras siempre estaban muy lejos, en el espacio o en el tiempo, hemos vivido alguna que otra crisis, pero no tan grave como las que salen en los libros. También hemos leído sobre la caída del Imperio romano. Y evoca la sensación como de derrumbe de lo que hasta ahora funcionaba, de pérdida absoluta de las referencias «de siempre». Y esto no es malo. Normalmente, la despedida de lo viejo da lugar a algo nuevo. La vida siempre va hacia adelante, nos obliga a despedir el pasado casi a cada respiración. Solo que a veces cuesta seguirle el ritmo.

Gracias por leer. Gracias por compartir.

Egoísta y altruista

El ser humano es egoísta por naturaleza. El ser humano es altruista por naturaleza. Estas son dos realidades heredadas de la evolución que conviven en nosotros a pesar de ser contradictorias. Y cada una de ellas da lugar a un posicionamiento económico y, por ende, político: dar más valor al bien propio o dar más valor al bien ajeno (colectivo).

En El collar del neandertal, Juan Luis Arsuaga habla de cómo un grupo de neandertales nómadas llevaba consigo a un hombre deforme y que probablemente tenía dificultades para desplazarse. Todo apuntaba a que cuidaban de él, desplegando así el altruismo y la empatía propios del ser humano.

Adam Smith expresó la idea de la mano invisible: cada persona, persiguiendo sus propios intereses (egoístas), realiza una actividad que, sin pretenderlo, redunda en el bien de todos. Siendo cada cual altamente egoísta, es como si una mano invisible produjera un reparto equitativo entre todos mejor que si las personas hubiesen buscado conscientemente esta redistribución.

Imagen de Pexels en Pixabay.

Pero resulta que hay actividades que, en principio, nadie quiere hacer. Son actividades que suelen ser deficitarias, ya que su coste es mayor que el precio que pueden pagar los individuos por ellas. Por ejemplo, la sanidad, la educación o el transporte públicos. Si cada individuo tuviese que pagar por el coste de lo que consume en estas 3 áreas, mucha población se quedaría fuera. Por mucho que todo pareciese funcionar como si una mano invisible lo dirigiera, estos bienes no estarían incluidos en el juego.

Esta es la razón, según muchos economistas, por la que no existe una economía de libre mercado sin ninguna intervención estatal. Las economías capitalistas tienen una proporción mayor o menor de esta intervención, ya que se considera que estas actividades son «fallos del mercado» (el mercado no funciona con ellas). Se dice que solo la Bolsa opera como un libre mercado. Todo lo demás en la economía requiere de intervenciones del Estado para proporcionar esos elementos que tienen un coste mayor del que el ciudadano puede pagar.

A cambio, la existencia de determinados servicios públicos provoca una externalidad positiva. Es decir, sus beneficios llegan más allá de lo que su acción directa se propone.

¿Qué son las externalidades?

Este es otro concepto económico muy fácil de entender y que pienso que, conociéndolo, ayuda a comprender muchas políticas.

Las externalidades son costes o beneficios que no recaen sobre quien los produce, sino que van a un tercero.

Investopedia.

El ejemplo clásico de externalidad negativa es el de una empresa que, para producir, contamina el medioambiente. Esto supone un coste para la sociedad, porque provoca problemas de salud en los ciudadanos e implica un gasto en sanidad mayor, mientras que ese coste no está contemplado en las cuentas de la empresa. Así, el Estado puede intervenir imponiendo un impuesto por esa contaminación, tratando así de recuperar el coste social.

Por otro lado, el Estado, al ofrecer sanidad y educación públicas, proporciona a la empresa privada personal más sano y mejor preparado del que le ofrecería el mercado. En este caso, se produce una externalidad positiva, un beneficio del que se aprovecha la empresa sin haber contribuido a él. La combinación perfecta en el aspecto educativo es que el Estado proporcione una educación orientada a la producción y que permita a la empresa participar en la formación práctica de los individuos, de manera que el beneficio para la empresa y, por ende, para la sociedad, sea mayor. Este es por ejemplo el espíritu de la nueva normativa de la formación profesional.

¿Individualistas o colectivistas?

Cuando estuve en Austin hace unos 10 años, observé que la mayoría de la gente iba con su coche a todas partes y por ello tenían problemas de tráfico y de aparcamiento. Cuando pregunté si tenían tren, me contestaron que se había preguntado a los ciudadanos si estaban dispuestos a destinar una parte de su sueldo a impuestos para la construcción de las vías y demás. Y los ciudadanos habían contestado que no: preferían su dinero en el bolsillo.

La proporción de dinero de cada ciudadano que se destina al bien público (que consiste tanto en proporcionar externalidades positivas como en evitar las negativas) es variable en cada país. Esta proporción también cambia con partidos de distinto signo político.

Según Geert Hoftstede, existe una serie de dimensiones culturales que describen los valores de las personas en diferentes países. Una de estas dimensiones ayuda a comprender en qué grado están dispuestos los ciudadanos a preocuparse por el bien común, por lo colectivo. Hofstede llamó a esta dimensión individualismo-colectivismo. En los países individualistas, las personas prefieren enfocarse en su beneficio personal, están más orientadas al egoísmo y menos dispuestas a pagar impuestos. Su autoconcepto se formula en términos de «yo». En los países colectivistas, las personas son más altruistas, priorizan el bien común y se sacrifican por él. Su autoconcepto se formula en términos de «nosotros».

Lo curioso es que España como país da niveles altos de individualismo. Más altos, por ejemplo, que China:

Comparación de España y China en las 6 dimensiones de Hofstede. https://www.hofstede-insights.com/fi/product/compare-countries/.

Por cierto, el individualismo no es el valor más destacable que tenemos como país. Al ver esta comparativa, lo que más llama la atención es el valor que damos a la «evitación de la incertidumbre». Se ve que por eso muchas personas buscan ser funcionarios públicos y ser autónomo o emprendedor se ve como algo extremadamente arriesgado.


Lo que me propongo con posts como este es, por un lado, dar a conocer conceptos económicos fáciles de entender sin entrar en cálculos matemáticos o estadísticos. Por otro lado, creo que es fundamental comprender que la Economía es una ciencia social y que por tanto es relativa al individuo. En muchas ocasiones, se pueden demostrar una cosa y la contraria (somos egoístas, somos altruistas) porque ambas son ciertas. Por último, en esta entrada hemos visto que las economías capitalistas se diferencian entre sí por el grado de intervención del Estado, pero siempre hay una cierta intervención.

Muchas gracias por leer y por compartir.

Va viniendo

Hace poco me pasaron un vídeo de Marc Vidal alertando sobre las primeras consecuencias de la crisis: el recorte de libertades. No me convenció demasiado hasta que en el telediario escucho unos «consejos para ahorrar» que me escaman: comer solo un plato, rebajar la temperatura de la caldera (esto es, ducharse con agua fría) o bajar la calefacción a 15º cuando estás fuera de casa (siempre se había dicho que ahorra más energía mantener una temperatura constante todo el día).

A ver, a ver, a ver… ¿Comer solo un plato? ¿De qué estamos hablando realmente? Esto me parece llamativo, porque hace tan solo unos días, ya se habló de una cesta de 30 € ofrecida por una cadena de supermercados, en la que no había un solo producto fresco y sí muchas latas. ¿Calentar una lata, quizá? ¿Eso es lo que debemos hacer los ciudadanos para ahorrar energía?

Imagen de PublicDomainArchive en Pixabay.

La semana pasada os hablaba de la definición simple y clara de la inflación. La inflación de un 10 % significa que, de media, los productos que se contemplan para calcularla han subido el 10 % de su precio anterior. Y está claro que esta subida se notaría en los alquileres si el Gobierno no hubiese aprobado una medida por la que se limitó la subida del IPC (índice de precios al consumo, otra forma de llamar a la inflación) al 2 % este año. O en la compra de un coche. Pero en la cesta de la compra se habrá notado bastante menos. De manera quizá simplista: lo que antes te suponía 50 euros, ahora te supone 55. En nuestra mente, 50 y 55 se parecen mucho. Si son 4 compras de este importe al mes, pasamos de 200 a 220 euros. Sí, es más, pero no se nota hasta el punto de plantearse cocinar solo un plato, ducharse con agua fría o utilizar el anorak dentro de casa.

¿Ahorro o imposición?

Si os dais cuenta, de lo que hemos hablado arriba es de que los hogares puedan gastar menos gracias a estos consejos, así, sus facturas de la luz y del gas bajan y, de paso, la del supermercado al consumir menos comida.

Pero realmente no va de ahorro. En la misma noticia se dice, mezclado, que Europa nos hace a los hogares recortar el gasto de energía (de aquí las medidas apuntadas antes). Es decir, parece que se plantea lo bien que te va a ir a ti, para tu ahorro personal, seguir los «consejos». Se trata de un recorte que me recuerda a los cortes de agua cuando hay sequía. Los cortes de luz no son posibles, quizá se pueda reducir la potencia contratada o algo así. ¿Qué pasa con el teletrabajo? ¿Qué pasa con los productos congelados? Me gustaría comprender de qué manera Europa va a entrar en cada hogar a asegurarse de que recorta el gasto en un 10 % o el porcentaje que sea. ¿Cómo se va a controlar esto? La palabra clave aquí es controlar.

Ahora quizá encaja mejor por qué en verano se animó «al pueblo» a salir de vacaciones y tirar la casa por la ventana. Porque ya se anticipaba un control y un recorte del consumo.

Entonces, el vídeo de Marc Vidal comienza a cobrar sentido para mí: claro, evidente, aún no hemos notado demasiado en el bolsillo este aumento de precios, la dureza de la crisis está lejos, quizá no se vea hasta 2024. Mientras tanto, ya habrá personas que hayan tomado los «consejos» de la tele como nuevas normas a seguir, y empezarán a comer un plato y a ducharse con agua fría. Otras personas quizá nos veamos obligadas a recortar sin sentir la necesidad. Y esto es nuevo.

La mentalidad de la escasez está totalmente basada en creencias. Una persona puede sentir escasez a pesar de estar rodeada de abundancia. Cuando alguien siente escasez, se ponen en marcha muchas otras sensaciones: culpabilidad, pérdida de autoestima, aceptación de condiciones peores… Sería interesante comprobar si una persona con mentalidad de la abundancia, tras «tener que» tomar este tipo de medidas para ahorrar energía, puede ir perdiendo la sensación placentera de que todo está bien y tiene lo que necesita.


Sin más, reproduzco el vídeo de Marc Vidal que mencionaba.

Vídeo de Marc Vidal sobre la recesión que va viniendo… pero de lejos.

El valor del dinero en el tiempo

El test es una película basada en una obra de Jordi Vallejo y que plantea el siguiente dilema: ¿qué prefieres, 100 000 euros ahora o 1 millón de euros dentro de 10 años? Cuando oí esto, al principio lo confundí con un dilema aparentemente menos interesante: ¿qué prefieres, 100 000 euros ahora o 100 000 euros mañana? Y empecé a pensar en qué razonamientos e impulsos se ponen en juego al tomar una decisión económica.

La economía da mucho miedo, la gente espera fórmulas, muchas matemáticas y conceptos incomprensibles. Sin embargo, la economía en gran parte es psicología, cómo se comporta el ser humano ante una decisión económica. Y todas las decisiones son económicas, porque cuando optas por algo, dejas de optar por otra cosa.

El valor del dinero en el tiempo te dice algo muy sencillo: que el dinero hoy vale más que en el futuro, porque existe esa cosa llamada inflación.

Un dólar en el presente vale más que un dólar en el futuro debido a variables como la inflación y los tipos de interés.

Investopedia.

Realmente, merece la pena dedicar 1:14 minutos en ver la explicación en vídeo de Investopedia (en inglés).

En esta explicación se mencionan otros dos conceptos, la inflación y los tipos de interés.

La inflación es el alza persistente de los precios.

Y ya. Comprenderlo es tan fácil como fijarse en cómo los precios suben año tras año y has observado cómo el mismo dinero compraba cada vez menos cosas. Nada de matemáticas, solo algo que puede observar cualquiera.

Los tipos de interés son el precio del dinero.

Esto igual suena más raro. ¿El dinero tiene precio? Pues sí, si tú vas a un banco y pides un préstamo, no te sale gratis, sino que, al devolverlo, devuelves más dinero del que te prestaron. Eso que devuelves de más es el tipo de interés. Y está sujeto a variaciones.

Pero, si quieres, recurrimos al refranero español:

Más vale pájaro en mano que ciento volando.

Ahorro de dinero premiado con el tipo de interés. Imagen de Nattanan Kanchanaprat en Pixabay.

Con esta explicación, nos queda claro que, según el sentido común, mejor el dinero hoy que mañana. Cien mil euros hoy ya los tienes, sabes lo que puedes comprar con esa cantidad. Los puedes medir en términos de cuántas veces puedes adquirir algo, por ejemplo: 4 coches de 25 mil, media casa de 200 mil, etc.

El coste de oportunidad

Antes he mencionado que cuando optas por algo, dejas de optar por otra cosa. Esto es el coste de oportunidad. Este tipo de decisiones las hacemos constantemente: ¿ahorro este dinero o me lo gasto? ¿Me gasto este dinero en comida o en ropa? ¿Pido un crédito o no me voy de viaje? Las opciones que elijamos son todas decisiones económicas.

El coste de oportunidad es el beneficio perdido que se habría obtenido de una opción no elegida.

Investopedia.

Si te das cuenta, siempre hay un beneficio perdido, en todas las opciones no escogidas, aunque sea en términos de tiempo perdido. Volviendo a la película, si yo escojo cien mil euros hoy pierdo la opción del millón dentro de 10 años. Si hago al revés, pierdo los cien mil euros hoy. Y, claro, hay fórmulas para calcular lo que supone esta pérdida, llevando el valor de los cien mil de hoy a dentro de diez años o trayendo el valor del millón de euros de dentro de diez años a hoy (esto siempre será una estimación, pero sirve). Piensa en lo que valía 1 millón de euros hace 10 años: no ha variado mucho.

Dar y tomar

En este artículo de The Economist cuentan que, al fin y al cabo, la economía consiste en compensaciones: qué es lo que yo doy y qué es lo que yo recibo. Al final, existe una tendencia al equilibrio entre dar y recibir: si recibes algo, estás dando algo a cambio, de alguna manera. Según comenta el artículo:

No existe tal cosa como un almuerzo gratis, como dijo Milton Friedman. Cuando alguien recibe algo, casi siempre da algo a cambio. Si sales con tus amigos, no tendrás tiempo de ir al gimnasio.

The Economist.

Y este razonamiento es justo lo que comentábamos antes: el coste de oportunidad de salir con tus amigos es dejar de ir al gimnasio.

El artículo propone algunas lecturas básicas para comprender la economía, algunas de ellas clásicos en la literatura económica, como Capitalismo y libertad, de Milton Friedman. Yo no entraría mucho en la idea de que es necesario leerse uno de estos libros, igual que no he entrado en las matemáticas. Me quedaría con la visión global de cómo el ser humano decide sus opciones y descarta otras.

El ser humano toma decisiones irracionales

Tras toda esta lógica y sentido común, podríamos pensar que tenemos todo bajo control. Hasta aquí, sabemos que:

  • Es preferible quedarse con el dinero hoy si la cantidad es la misma (pájaro en mano).
  • Si pedimos un dinero que no tenemos, el dinero tiene un precio (tipos de interés).
  • Si tomo la decisión de hacer/comprar algo, la elección implica perder las otras opciones (coste de oportunidad).

Vale, pues hay algo más:

El ser humano toma decisiones irracionales.

Lo más difícil de la economía es que es una ciencia social. Por eso, la mayoría son modelos y teorías que se basan, eso sí, en los datos observados hasta la fecha en la que vivió el economista que hizo el modelo. Toda ciencia social se basa en comportamientos humanos que no siempre son racionales. Por ejemplo, podemos decir: si Juan prefiere las naranjas a las manzanas y las manzanas a las fresas, podemos deducir que Juan prefiere las naranjas a las fresas. Es una deducción lógica. Pero puede ocurrir perfectamente (y ocurre) que Juan un día se levanta con ganas de comer fresas y, aunque tiene en su casa las naranjas, se va al mercado a comprar fresas porque ese día las prefiere, que es lo misterioso.

Esto es bastante bonito. Nos saca del robot predecible y cuantificable. Es muy posible que alguien haya leído el razonamiento sobre la decisión de cien mil hoy o la misma cantidad mañana (o dentro de 10 años), haya comprendido perfectamente las implicaciones y, aun así, haya preferido que se la den mañana. Somos así.

Pero es que es 1 millón dentro de 10 años…

Aquí podemos enlazar la economía con los guiones de vida. No lo digo yo, lo dice Robert Kiyosaki en Padre rico, padre pobre. Este libro unifica la historia de las decisiones económicas que han tomado el padre rico y el padre pobre con sus respectivos guiones de vida, ganador y perdedor (sin especificarlo así, claro). Ya habíamos hablado de este libro en el blog, describiendo cómo estar muy ocupado puede llevarte, lenta y laboriosamente, a NO conseguir tus objetivos.

En este libro se expone un caso que es el mismo que el que plantea la película El test, pero, en lugar de recibir dinero, la cuestión es gastarlo. Y aquí las cosas se ponen más complicadas. Kiyosaki dice que si vas a comprar un coche hoy con dinero que luego puedes necesitar, no lo compres, sino que esperes. Al fin y al cabo, un coche es un gasto, al día siguiente de adquirirlo ya vale menos. Por tanto, lo mejor es tomar una decisión racional: comprar el coche solo en el caso en el que el dinero «nos sobre». No conozco a nadie a quien realmente le sobre el dinero por mucho que tenga. Pero sí conozco muchas personas que tienen sus necesidades ampliamente cubiertas y, aun así, ahorros: ese es el dinero «que sobra».

También es cierto que no sabes si dentro de diez años 1 millón de euros comprarán lo que compran hoy, de hecho, comprarán menos y podrían incluso valer menos que los cien mil euros de hoy. Todo depende del escenario que se plantee. Podría llegar el caso de que la moneda ni siquiera existiese, podrías haber muerto. Pero sin ponernos tan dramáticos, podría llegar el caso de que ese dinero valiese muy poco por una inflación galopante, como ocurre en Argentina. En agosto de 2022 (hace menos de 1 mes cuando escribo esto), leí que la inflación en Argentina alcanzaba el 71 % anual. Con ese alza persistente de los precios es como si el dinero fuese agua y se te fuese escurriendo de las manos. Hacen falta tantos billetes para comprar un coche que la gente los tiene que llevar escondidos bajo la ropa por todo el cuerpo.


Las decisiones racionales con el dinero son las mejores. Las compras por impulso, las peores. No pidas un crédito para comprar un bien de consumo inmediato (unas vacaciones). Sopesa en cada decisión qué otras opciones pierdes. Guarda el dinero para una opción mejor, a menos que estés en Argentina. Espero que estas cuatro pinceladas sobre la economía y sin matemáticas te sirvan. Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir.