El camino al infierno…

Mucho de lo que se decide con muy buenas intenciones acaba convirtiéndose en un camino al infierno. Por tanto, el ser humano, que es avispado a veces, obedece, pero no cumple. Y cuando cumple, puede encontrarse en el infierno casi sin darse cuenta.

Por ejemplo, llegas a un área de carretera donde encuentras un sistema «optimizado» para pedir el desayuno: coges una bandeja, la pones en un camino de bandejas y vas «eligiendo» el desayuno. En algunas partes, alguien del personal te pregunta qué quieres y te trae tu pedido personalizado. Hay una larga cola y solo en el último paso consigues el café. Justo después, puedes pagar.

En Momo, una fantasía con tintes distópicos infravalorada por estar dirigida a niños (en teoría) y por la horrible película que se basó en el libro, hay un capítulo en el que también aparece este camino «optimizado»: Demasiadas comidas y muy pocas respuestas. Momo trata de hablar con su amigo Nino, pero su local se ha convertido en un local de comida rápida en el que hay que esperar esta larga cola, ir cogiendo los productos y llegar a la caja donde Nino cobra. Así, averiguar qué les ha pasado a sus amigos le cuesta a Momo pasar 3 veces por el sistema «optimizado».

Imagen de StockSnap en Pixabay. Todos son muy felices esperando su turno.

¿Por qué entrecomillo optimizado? Porque en un bar de toda la vida, según entras por la puerta el camarero te está saludando y cuando llegas a la barra ya tienes el café, y en pocos segundos consigues el resto del desayuno. Una sola persona te ha atendido a ti y a otros tantos que más o menos llegáis a la vez. Esto sí que está optimizado. La división del trabajo en estas colas de comida rápida está pensada con buenas intenciones, pero no funciona. Y probablemente, a cada persona que forma parte de ese proceso, le parecerá muy poco motivador hacer todo el rato lo mismo, de manera robótica.

Se dice, se hace

Cuando lo que se establece como norma de comportamiento no cuela, no cuadra y no funciona, se obedece, pero no se cumple. Encontré primero esta expresión en el libro ¿Es real la realidad? de Paul Watzlawick, libro que ya hemos citado varias veces. Y la volví a encontrar en uno de los episodios nacionales de Galdós. Parece ser que en la España de Felipe II, los funcionarios de la Corona de las posesiones ultramarinas no podían cumplir las órdenes que se enviaban de Madrid por varios motivos: no reconocían las circunstancias locales y, cuando llegaban, estaban totalmente desfasadas.

Sigue contando Watzlawick que la emperatriz María Teresa, dos siglos más tarde:

…concedía una distinción a aquellos oficiales que por iniciativa propia, y desobedeciendo las órdenes recibidas, decidían cambiar el curso de una batalla y conducían a sus soldados a la victoria.

Paul Watzlawick, ¿Es real la realidad?

Lo mejor de todo era que si su decisión les llevaba al fracaso, no se libraban del tribunal militar. Lo llama ejemplo de «contraparadoja oficial», de las que vemos muchas.

En definitiva, lo que se dice, lo que se anuncia, lo que se pone por escrito, muchas veces se abandona en pos de acciones con más sentido común, lo cual aleja, precisamente, del camino al infierno.

Se dice que el cliente es el centro de la actividad de cualquier empresa. Curiosamente, la forma en la que se ejecuta este pilar en muchas empresas es evitar todo contacto directo con la clientela. Así, se crean largas páginas de FAQ con el objetivo bienintencionado de solucionar el problema al cliente. Sin embargo, el cliente no encuentra ni la solución a su problema ni los medios de contactar directamente. La organización de la larga cola del desayuno, pensada (entiendo) para que el cliente tenga la sensación de estar escogiendo entre una amplia variedad, acaba convirtiéndose una pesadilla no solo para el cliente, también para el personal.

Se dice que una camiseta está hecha con algodón orgánico, es respetuosa con el medioambiente. Curiosamente, la camiseta sigue fabricándose en un país en vías de desarrollo, en unas condiciones pésimas. Se realiza con unos materiales que aseguran que al tercer lavado hay que tirarla a la basura (con mucho cuidado) y buscar otra de la misma calidad (porque no hay más opciones).

En los centros comerciales hay fotos gigantescas de familias felices, todos sonríen, están en el exterior y puede que sea primavera. Mientras, hay que ver los caretos de la gente que compra. Desde luego, consumir no da la felicidad, o al menos el paso previo de la búsqueda. Es como si esas fotos fuesen la declaración de intenciones buenas y las caras del personal paseante su resultado en el infierno.

Se dice que vivimos en el estado del bienestar… Bueno, eso ya no se dice.


Amigo lector, qué pena me acaba de dar buscar el enlace al libro de Momo y encontrarme que los primeros enlaces son «Momo resumen», «Momo rincón del vago», etc. ¡Por favor, leed este libro, es muy bueno!

¿Qué otras conductas has observado en las que se afirma una cosa pero se hace la contraria? Muchas gracias como siempre por leer y por compartir.

El histrión

Una de mis profesiones más admiradas es la de camarero. Lo he contado alguna vez en este blog, e incluso hay un camarero de ficción al que le hemos dedicado unas palabras: el camarero Moustache.

Pues bien, otra de mis profesiones admiradas es la de actor, actriz. Cuanto más la conozco, más la admiro. Recientemente, en mi escuela, Arteluna Teatro, hemos representado una versión acortada de La venganza de don Mendo. Hemos actuado dos veces, una en el pueblo de mi abuela y otra en el teatro de Tres Cantos. Pues bien, la paliza en el cuerpo que se nos ha quedado a tod@s es para conocerla. Con solo 2 representaciones separadas por 5 días hemos acabado agotados, y eso que los actores y actrices de teatro hacen la misma obra todos los días, a veces en dos sesiones. Cierto es que nuestra media de edad supera los 50, pero hay que ver a Lola Herrera o José Sacristán solos en el escenario para darnos cuenta de que la edad no es una excusa.

Representación de La venganza de don Mendo en Cardeñosa, Ávila.

Recuerdo que hubo un concurso en Antena 3 (El gran test de inteligencia) hace como 20 años en el que distintas profesiones competían en grupo para averiguar cuál tenía el cociente intelectual más alto. Y ganaron los actores. Vamos a investigar por qué, centrándonos en lo que caracteriza al actor de teatro.

Las habilidades del actor

Un actor memoriza textos muy largos, en verso o en prosa, y los dice (declama) de forma natural. Pero no los dice como si le diera al botón de Play, los dice en respuesta a las últimas palabras que dice otro actor (pie). De manera que el actor conoce su texto y el texto ajeno, al menos en sus finales.

Un actor, como vemos, está pendiente de lo que dicen sus compañeros en escena. Practica la escucha activa y se entrena para ello. Ya hemos visto algunas veces en este blog que la escucha activa alcanza sus niveles más altos en la improvisación, porque el texto no está dado, por tanto, no se sabe cuáles van a ser las últimas palabras del compañero.

Un actor improvisa. Incluso si tiene un texto memorizado y entrenado en innumerables ensayos, puede ocurrir que su compañero no le diga el texto que le da pie a hablar, o que surja cualquier imprevisto de última hora, en escena o antes de salir, que haga que se tenga que adaptar. Por tanto, otra de sus habilidades es adaptarse a la situación que está viviendo, totalmente centrado en el aquí y en el ahora y en estado de flujo. El actor dice sí sin saber a qué; a ciegas.

Un actor representa un personaje. Actor y personaje pueden confundirse cuando no se conoce el mundillo de las candilejas, pero claro, no son lo mismo. De manera que Paula, actriz, puede estar con dolor de muelas, de tripa o con una gran tristeza porque tiene un familiar hospitalizado, y Coqueta, personaje, estará sonriendo y saltando por el escenario si el personaje lo requiere. Esto pide del actor una alta capacidad para dejar de lado sus problemas personales y entrar de lleno en la obra que está representando.

Un actor es hiperconsciente de lo que está ocurriendo, como lo es un profesor en clase, por ejemplo. Así, sus sentidos agudizados perciben las toses, los murmullos y los móviles en el público, las equivocaciones de los compañeros, los fallos en la iluminación o en la entrada de una música… Al mismo tiempo, está completamente preparado para salir adelante como si esos fallos no existiesen, o para reconocerlos con dignidad, por ejemplo: «Huy, se me ha caído esto». De manera que puede llevar el traje rasgado y sujeto con imperdibles, puede faltarle un elemento que tiene que usar en la siguiente escena, puede haber percibido que el espacio en el que actúa tiene muy mala acústica… y sale adelante con todo. El actor vive el presente con confianza.

Un actor en escena está viviendo, por tanto, dos vidas a la vez: la suya propia, por debajo, con su dolor de muelas o su dificultad con el traje, y la del personaje, por fuera, mostrando unas emociones acordes al texto y a la situación. ¿Las emociones del personaje son vividas por el actor? Se sabe que en algunos métodos de actuación es así, y se ha demostrado que esto es una montaña rusa emocional para el actor, lo que acaba pasando factura. Así, es más recomendable mostrar emociones sin adentrarse hasta el fondo en ellas. Y, una vez más, es algo que se puede entrenar.

Un actor está en forma. Sean cuales sean sus capacidades físicas y su edad, el actor permanece de pie en escena durante el transcurso de la obra, cuando no le toca hacer diversos despliegues físicos. Los más habituales son tener que agacharse, arrodillarse, caer al suelo como muerto o tirarse. Aquí, contaré una anécdota. Formé parte del coro de jóvenes de Tebas en el montaje de Antígona de David Gaitán. Curiosamente, a la convocatoria fuimos solo chicas. Algunas de nosotras, no obstante, no éramos jóvenes, precisamente. Estuvimos ensayando unas tres horas. En la escena final, entrábamos por las puertas, recorríamos el pasillo del público y subíamos al escenario. En él, subíamos a una estructura y ahí dábamos un paso adelante con decisión, golpeando el suelo con el pie. Pues bien, solo del ensayo, las que no éramos jóvenes acabamos agotadas. Al día siguiente teníamos agujetas. De manera que, hasta un papel que en escena se ve unos segundos y sin ningún protagonismo, exige una cierta capacidad física.

A un actor hay que oírle y entenderle desde la última fila. Para ello, tendrá que saber proyectar la voz muy lejos, elevarla lo necesario sin gritar. La voz también se entrena, tanto en la emisión del sonido como en la vocalización de las palabras. El actor hace los mismos ejercicios de voz que un locutor o que un cantante, pero la proyección de la voz en escena, sobre todo en espacios con mala acústica, es crucial en su caso. Esto también requiere de un entrenamiento.


Como ves, actuar es una profesión dura. La persona que actúa es versátil, y parece ser que todas las capacidades que requiere le llevan a tener un alto nivel intelectual, como se vio en aquel concurso de televisión. Por eso, es una profesión que admiro.

Por cierto, fue en uno de los episodios nacionales de Galdós donde encontré la palabra histrión. Siempre se asocia histriónico a exagerado, pero histrión significa actor teatral.

Ese profesor

En más de una ocasión me han pedido que un contenido formativo para aprendizaje electrónico evocara a «ese profesor que todos recordamos», un profesor o profesora que nos marcó por lo bien que explicaba, por cómo se ganó a la clase, por las descripciones tan ilustrativas que parecía que veías lo que estaba contando… Aquel profesor que prestaba una ayuda especial a los que iban más despacio, pero no perdía de vista a los que captaban todo a la primera.

Pues bien: no es posible. Lo siento, pero no. Es más, si al impartir una formación presencial a adultos me piden que provoque el efecto de ese profesor que todos recordamos, la respuesta va a ser la misma: va a ser que no.

Imagen de Cottonbro en Pexels.

Lo que supone ese profesor

La relación que se establece en la infancia y adolescencia con los docentes no es la que se establece en la edad adulta. Los y las docentes son adultos y personas de apego que educan, se asimilan a «figuras paternas». Normalmente, se tiene clase con ellos durante al menos un curso lectivo, si no más. Por lo tanto, entra en juego aquello que os decía de la oxitocina: se crea una relación como de amistad.

Y, sobre todo, lo que aprendemos de esa persona lo hacemos en una etapa en que todo es nuevo, fresco, por tanto las impresiones son más intensas y duraderas. No es como lo que aprendemos de adultos, que es un refrito de lo ya conocido y muy pocas veces nos sorprende, incluso si contiene «bells and whistles» (campanas y silbatos), una forma de referirnos a las florituras multimedia en los cursos en línea.

Pilar Hernández

Pilar Hernández (o acaso Fernández) fue mi profesora en 4º de educación primaria (EGB). Esta profesora me escribió en un boletín de notas:

Llegarás lejos.

Pilar Hernández, profesora de primaria.

Esto es un impulsor. Que un docente te escriba una frase tan llena de posibilidades es un gran impulsor. También puede servir, de forma negativa, de listón inalcanzable. A veces he pensado: «¿Habré llegado tan lejos como Pilar Hernández aventuraba?». Probablemente (aún) no. Eso sí, tener un regalo como esta frase y recordarlo de vez en cuando para mí ha sido una gran motivación.

Carlos Urdiales Recio

Recientemente, un profesor que nos daba clase de técnicas de escritura en bachillerato (BUP) ha contactado conmigo. En su mensaje, me ha escrito las mismas palabras que me dijo a los 15 años y que, claro, no se me han olvidado:

Escribes como los ángeles.

Carlos Urdiales Recio.

Al igual que pasa con el ejemplo de Pilar, la frase fue un auténtico impulsor para mí, aunque no era consciente de hasta qué punto escribía diferencialmente bien. Con el paso de los años, he sabido que, en efecto, aquellas redacciones que hacía eran excelentes (modestia aparte). La que este profesor incluyó en un libro suyo también yo la incluí en un libro mío que puedes descargar aquí: Relatos siniestros.

El sueño de equipararme con mi amigo don Benito Pérez Galdós quedó ya muy atrás: pronto descubrí que no era novelista. Si ya es difícil abrirse paso como novelista, en cualquier otro género, como los cuentos o los poemas, incluso el teatro, la producción queda en un plano marginal. Sea como fuere, el apoyo de este profesor fue clave. Y seguí escribiendo: ya lo podéis ver, en este blog cada semana desde 2008, con parones, y algunos librejos por ahí. Mis mayores éxitos, haber ganado un 2º premio por un relato (llamado Alas, por cierto) y haber estado como autora en la feria del libro. Imponderable. ¿Escribo como los ángeles ahora? Bueno, esto es una redacción decente y correcta más que otra cosa. Aun así, esa capacidad o posibilidad está ahí.

Cuestión de influencia y poder

La gran influencia que puede tener un docente es también un poder que hay que utilizar con mucho cuidado. Como decía, el profesor o la profesora es algo más que otro adulto que te habla raro, se generan lazos fuertes a lo largo del curso y para algunas personas como yo, el profesor puede ser, en un momento dado, uno de los escasos amigos/aliados en una etapa que se puede vivir como muy hostil.

El docente tiene que cuidar mucho lo que dice al alumnado, en especial si es negativo: quedará igualmente marcado, pero no como impulsor, sino como mandato: «Serás tan vago como tu padre».

Así, poca mención a esos otros profesores que también he tenido que viven de ridiculizar a su alumnado, quizá por algún complejo de inferioridad y mediocridad: amigos, desde mi etapa adulta os digo que ojalá os hubieseis dedicado a otra cosa. Claro, que sé que vuestro guion de vida os llevó a ello y de alguna manera no fuisteis capaces de salir de ese camino.


Y por no dejar mal sabor de boca, expreso toda mi gratitud a Pilar Hernández, a Carlos Urdiales Recio y a tantos otros profesores y profesoras que me ayudaron a impulsarme hasta donde estoy y más allá. Vuestra labor es impagable.

¿Y tú? ¿Recuerdas en especial a algún docente? ¿Te llevaste palabras de aliento como estas? Ya sabes, cuéntame en los comentarios y comparte libremente. Muchas gracias por leer.

Guion ganador perdedor

O.J. Simpson

Hace unos meses, vi una serie documental sobre O.J. Simpson. Desde aquel momento, he venido reflexionando: ¿cuándo un guion de vida ganador se convierte en un guion perdedor? ¿O es que siempre había sido perdedor y estaba esperando «la ocasión»?

Es ya materia conocida: el brillante deportista O.J. Simpson, tan correcto y adecuado que «parecía blanco» (y las implicaciones de esta forma de ver el tema sabemos que son muchas), «de un día para otro» se convierte en el asesino violento O.J. Simpson, que ya se ve que «es negro».

La serie documental tiene 5 capítulos. Hasta que la vi, para mí O.J. Simpson era un personaje secundario de la saga Agárralo como puedas, que habré visto unas cuantas veces y seguiré viendo. Resulta que no, que O.J. era una estrella del deporte en su país, su intervención en esta película o en anuncios de televisión era como si aquí sale uno de los grandes deportistas que tenemos (que de hecho, salen, al menos en anuncios).

Vale. Pues este tío, completamente integrado en la «sociedad blanca», aceptado como persona sin atender a su color, un día «se vuelve loco» y asesina a su exmujer y al nuevo amante de esta. Su exmujer, por supuesto, blanca. Entonces, de golpe y como si fuera un telón, toda la persona (el personaje), la máscara, construida por O.J. Simpson se cae y aparece debajo el monstruo, la sombra.

El ganador, el deportista brillante, el tío majete que hace bromas y se presta a colaborar en unas películas muy locas, pasa a ser el loco asesino. Lo que pasa es que, dada la muy trabajada máscara que había creado, al jurado le fue imposible condenarle: no es posible, hay una disonancia aquí, este tío majete no puede ser ese asesino violento. No, no lo es.

O.J. Simpson. Foto de Gerald Johnson.

Marilyn Monroe

Marilyn Monroe era otra de estas personas-personaje, máscara construida hábilmente por Norma Jeane, que, por su historia de vida, podía ser una perdedora de libro. En el documental Love, Marilyn, se cuenta que se transformaba a voluntad en esa otra, según andaba por la calle, y de pronto la gente alrededor reparaba en que allí estaba el gran ídolo sexual. La trayectoria de éxito estaba marcada, el trabajo diario en técnicas de actuación y aun de canto y baile asumido como parte de este camino.

Y de pronto, «de un día para otro», esta mujer cae en la desgracia y encuentra un final que, desde el punto de vista de los guiones de vida, es casi indiferente que sea suicidio o asesinato: es un guion harmático o de muerte.

Cierto que la actriz no estaba del todo contenta con el camino que tomó su carrera. Ese personaje tan erótico que había creado llevaba asociados todo tipo de tópicos: tonta, fácil, objeto… Y de alguna manera, ella interpretaba a la rubia tonta, fácil, objeto, pero sin darse cuenta de que se cerraba las puertas a interpretaciones más serias, a ser tomada ella misma en serio como persona. Quizá por ello, boicoteaba los rodajes, llegaba tarde, no se estudiaba el papel, hacía repetir las escenas una y otra vez… Porque el personaje creado realmente no le gustaba, pero no era capaz de desviar el rumbo ya tomado. Estaba atrapada y su laborioso trabajo para construir a Marilyn no la conducía al éxito que ella había imaginado.

Marilyn Monroe. Foto de Bert Parry.

Don Benito

Pérez Galdós fue un autor consagrado en vida, era un escritor muy apreciado y vivió ampliamente el éxito. Estuvo propuesto para el Premio Nobel de Literatura, aunque no lo consiguió por motivos políticos (de creencias). Sin embargo, murió ciego y pobre. Y, como os he comentado hace poco, ya alguno de sus personajes en distintas novelas se queda ciego, es como si él hubiese orquestado ese guion de final perdedor (como lo hacemos todos, inconscientemente).

No sé si Galdós había creado una máscara tan elaborada como las de O.J. Simpson y Marilyn Monroe. No sé si había la versión oficial de Galdós y la versión escondida de Benito.

Lo cierto es que Galdós ganó muchísimo dinero, pero no supo gestionarlo. Tomó varias decisiones económicas desacertadas que le fueron empobreciendo. Daba su dinero «al pueblo» con una generosidad acusada, pero con poca previsión de cómo le podía acabar afectando a él. Se endeudaba, de alguna manera, tiraba el dinero ganado con su gran trabajo, a veces creyendo que protegía su obra. Está muy bien explicado en Wikipedia, donde se mencionan sus problemas editoriales y su tendencia a endeudarse. Según escribe Ramón Pérez de Ayala:

…don Benito no solo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. (…) …don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros.

Ramón Pérez de Ayala en Divagaciones literarias.
Benito Pérez Galdós. Foto de Pablo Audouard Deglaire.

Se puede salir del guion de vida marcado

¿Qué diferencia a estos ganadores-perdedores de los verdaderos ganadores? ¿Tal vez los ganadores genuinos ganan con una persona completa, no dividida entre el personaje público hecho para gustar y el personaje privado que tiene todas las debilidades? Tengo la sensación de que al menos O.J. y Marilyn debían de pensar que la creación, la máscara, acabaría con la sombra, la reduciría tanto que desaparecería. No solo no ocurrió eso, sino que la sombra, el lado más débil, el perdedor, la voz del diablo que les incitaba a echar todo por tierra se hacía más fuerte cuanto más trataban de ocultarlo.

Lo fundamental del concepto de guion de vida creado por Eric Berne es que se puede salir de él. Para ello, el primer paso es darse cuenta de que el guion es como una pianola automatizada, en que la música que se ejecuta está previamente escrita. El segundo paso es ser consciente de que la hemos escrito cada uno de nosotr@s a partir de los mandatos y contramandatos (creencias) recibidos en nuestra infancia. El tercero es reescribir. Y, tal como de una forma muy visual comenta Eric Berne, reescribir implica salir de la jaula una vez nos abren la puerta. No siempre es fácil. El guion conocido, incluso si es perdedor, es más cómodo de vivir que un guion nuevo, lleno de incertidumbre. Y, como hemos visto en estos tres casos, no basta con superponer una capa de personaje perfecto, simpático, atractivo, talentoso, que guste al público, porque detrás de la máscara continúa la música automatizada, continúa el mandato que susurra: «vuélvete loco, sé una borracha, no tengas éxito, mátate, mata a otros, muere pobre, muere ciego».

Las edades del hombre

He visto la nueva película de Top Gun. Llama la atención lo bien que se conserva Tom Cruise, a pesar de que este año 2022 cumpla los 60 tacos. Aun así, el que «Maverick» sea como el abuelete de los nuevos pilotos, hace que su historia personal esté desleída (ocurrió en los 80, nada menos) y sin embargo roba el posible protagonismo a los nuevos, personajes totalmente planos y sin sustancia (desde mi punto de vista de espectadora palomitera).

Imagen tomada de https://www.infobae.com/historias/2022/05/26/top-gun-el-capitan-que-casi-arruina-la-mejor-escena-la-tragica-muerte-en-el-set-y-tom-cruise-banado-en-su-vomito/

Por Tom Cruise pasan los años también, aunque de forma diferente a como pasan por la mayoría. ¿Cómo sería Tom en el siglo XIX y con los avatares de aquella época? ¿Cómo serían él o cualquier actor o actriz sin acceso a los retoques? ¿Cómo seríamos cada uno de nosotros si no nos pudiéramos teñir el pelo y no existieran los gimnasios?

Me voy a mi fuente preferida: los episodios nacionales de Galdós. En ellos, hay varias referencias a la edad de los personajes y lo que estaban haciendo en ese momento. Llama la atención que el envejecimiento era bastante parecido al de ahora, por las descripciones que hace don Benito de los personajes. Por ejemplo:

Gay (…) era un hombre membrudo, como de cincuenta años, la cabeza blanqueada por canicie precoz (…)

Luchana.

Es decir, al escritor le parece prematuro tener canas a los cincuenta años. Yo diría que hoy en día nos parece lo más normal; estamos en el mismo caso.

En otra parte de Luchana, se habla de Aura y otras amigas suyas: tienen alrededor de 20 años y en varias ocasiones los otros personajes las llaman «niñas». Esto no quita para que estén en edad casadera y ya se empiecen a arreglar compromisos con esta o aquella familia.

Nuestro ya estimado don Beltrán de Urdaneta, cuando habla de su ceguera progresiva, comenta:

Hay días en que no veo tres sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige, porque me he propuesto llegar a los noventa.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana.

Es decir, en el siglo XIX era normal que alguien se propusiera vivir hasta los noventa años.

Por otro lado, esto dice don Beltrán de su nieto:

Figúrate que tiene veintiséis años, y ya es calvo… sí, hijo mío: se le cae el pelo de tanto cavilar haciendo números, y enfilando largas baterías de reales y maravedises. Su calvicie procede también de la sordidez, de la sequedad del entendimiento, donde no han entrado más que los números.

Don Beltrán hablando de su nieto Rodrigo, Luchana.

De esta descripción se puede deducir que no era normal en esa época que a un chico joven se le empezase a caer el pelo tan pronto. También se puede inferir que no mucha gente se dedicaba a «cavilar haciendo números», y que semejante actividad parecía conducir a la calvicie, frente a otras de más acción física. Esto da que pensar.

Modos de vida

En aquella época, la actividad física era muy superior a la de la época actual. Las mujeres iban al mercado, o mantenían una casa, o tenían que atender una granja, etc. Los hombres estaban en el ejército, o trabajaban el metal, como vimos en el post anterior, o traían y llevaban mensajes. Es posible que la acción de los personajes de ficción sea mayor que la de las personas reales de la época. Eso también ocurre ahora: en las series y películas, casi siempre los personajes están de pie, recorren un pasillo, se suben a un coche, se bajan… Rara vez permanecen mucho tiempo frente a una pantalla o mirando su móvil en el sillón, porque es aburridísimo de ver. Haz el ejercicio de verte desde fuera en el transcurso de un día: casi todo el rato aparecerás en posición sentada mirando fijamente a algo.

Aun así, el narrador no califica como extraño que sus personajes estén en constante movimiento y acción física, que recorran largas distancias andando (largas es media España) o que paseen por la ciudad durante largo rato. Rara vez aparecen sillas en las descripciones de los espacios cerrados, salvo en los bares en los que los personajes se reúnen a hablar de política. Y las camas suelen ser camastros «más duros que la piedra», rara vez un personaje descansa en una cama confortable.

En resumidas cuentas, se podría deducir que las edades de la época eran similares a las actuales, y que en cambio, los signos de envejecimiento como la calvicie o las canas no se ponían de manifiesto tan pronto, quizá por una actividad física mayor.


Ya, ya sé que últimamente visitamos mucho el siglo XIX, quizá habría que escuchar este consejo que Galdós pone en boca de Sabino, padre de Zoilo:

(…) conviene que no mires tanto a lo pasado, pues el que mira mucho atrás, atrás se queda… y el que vive entre fantasmas en fantasma se convierte…

Sabino en Luchana.

Puede que en otro post hablemos de la inflación y tal y cual. Ya veremos. Mientras tanto, muchas gracias por leerme, por comentar y por compartir. 🙂

Costumbres de antaño

Leyendo los episodios nacionales me voy encontrando con menciones al estilo de vida que seguramente en esa época no llamaban la atención, pero que al leerlas ahora, resultan chocantes o curiosas. Voy a recoger algunas aquí, de forma no exhaustiva. Son las que más me han llamado la atención de los últimos episodios que he leído, pero hay muchas más: te invito a descubrirlas.

Que la fuerza bruta te acompañe

En el siglo XIX todavía se utilizaba mucho la fuerza física de personas y animales. En Luchana, Zoilo y su familia son herreros. Trabajan el metal como en el cuadro de La fragua de Vulcano, a mano, con la fuerza bruta y viril.

Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas ocasiones se le presentaban (…). A su pujante vigor muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas estatutarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y nobleza sin pulir (…). Tenía conciencia de su fuerza física (…), pero no sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.

Descripción de Zoilo. Luchana.
La fragua de Vulcano. Dominio público.

Otro ejemplo de necesidad de fuerza física son los camilleros. Cuando Galdós habla de que se llevaban a los heridos en camillas, la imagen mental que me vino es una camilla con sus patas y sus ruedas. Pero no, las camillas las levantaban dos forzudos hombres, uno por cada lado, de manera que hacían falta dos hombres no heridos por cada camilla.

Huevos fritos con chorizo

En las novelas de don Benito sale muchas veces la comida. Diremos que Galdós no debía de ser muy fan de la dieta mediterránea. Lo que más comen sus personajes es queso con pan, de beber, siempre toman vino, si meriendan, pueden tomarse un chocolate con bollos, más raramente un café.

Eso sí, se desayunan unas sopas o unos huevos fritos con chorizo como si tal cosa. Cuando pasan hambre, los personajes comen sobras de lo que han comido otras personas. Es una imagen bastante impresionante. Cuando los precios suben por la guerra, pueden que tengan que comprar unos huevos muy pasados y a precio de oro.

Huso horario

Algo pasó en algún momento con el huso horario, porque en los episodios nacionales, cuando es verano, amanece y anochece a las 5 de la tarde. Repito: a las 5 de la tarde. Eso me recuerda a cuando estuve en el Mar Rojo en verano, precisamente: amanecía y anochecía a las 6, así que a esa hora había que levantarse/irse a dormir. He investigado sobre esto, lo que he encontrado son dos artículos (a su vez copiados a otras páginas) sobre que las horas en el s. XIX eran distintas en cada provincia.

Además, se comía y cenaba a otras horas. En Luchana, unas señoras de la nobleza comentan que:

…amiga mía, no puedo avenirme a esa novísima costumbre de comer a las tres y cenar a las once de la noche… costumbres napolitanas deben de ser éstas…

La «señora incógnita» en una carta a Fernando Calpena. Luchana.

Mira, ya sabemos por qué en España tendemos a comer y cenar más tarde que otros europeos. ¿Lo harán así los napolitanos, como dice esta mujer?

A pie

Verdaderamente, cuando los personajes de Galdós recorren varias provincias de la geografía española andando, llego a sentir su cansancio. No, no van en un carro, a veces unos sí tienen carro o burro, los más nobles, caballo, pero van todos a la vez, así que se entiende que van al ritmo de los que van a pie. Estos grandes viajes quijotescos se forman por distintos intereses. Por ejemplo, en una fonda coinciden dos personajes y hablan de la ruta que sigue cada uno. Uno de ellos puede estar encaminándose a donde dejó a su amada, el otro puede estar en misión oficial llevando unos legajos a un alto cargo. Y aún otro, puede estar de camino para volver a sus tierras y retirarse allí. Hablan entre ellos de los medios con los que cuentan y se acuerda emprender el viaje.

En el suelo

Pasan la noche en cualquier lado, por ejemplo, paran en una fonda y duermen varias personas todas en el suelo, cada cual haciéndose su lecho con lo que tenga a mano, o bien en los establos, durmiendo sobre el heno. Esto lo hacen hasta personas tan mayores como nuestro amigo don Beltrán de Urdaneta, que según referencias galdosianas, pasa de los 70 años.

También es posible que duerman en una iglesia, en un humilladero o, incluso, en una cueva, siempre con sus molidos huesos sobre duros suelos.

Prepararse para bien morir

Una de las cosas que más me costaba digerir en las novelas de Galdós son los fusilamientos y otros tipos de muertes cruentas. Los condenados pasan una noche con su conciencia, resignándose a su fatal destino y en comunión con Dios mismo. Es de notar con qué entereza asumen los personajes que van a morir. La muerte está mucho más cerca de ellos de lo que la sentimos ahora. No solo por las guerras, también porque la muerte era más probable, la esperanza de vida, menor.

También hay descripciones realistas y exactas de linchamientos, como el de Godoy. De la fuerza del pueblo y sus acciones hablaremos otro día; es admirable cómo Galdós presenta al pueblo en estos actos en masa.

Ancestros

Desde luego, la vida era más dura, o al menos, más cansada físicamente. Esta gente comía bastante menos, tenía que ganarse el pan con más esfuerzo, y no había un trato especial para personas mayores o con problemas de salud: tenían que superar los mismos avatares que el resto. Eso sí, se percibe en los personajes de don Benito una humanidad sin límite, cuando una persona requiere cuidados, los demás se vuelcan, la acogen, la acompañan.

En este contexto y otros peores si nos vamos más atrás en la historia, crecieron y vivieron nuestros ancestros. Nos ha llegado la vida de las personas que sobrevivieron al hambre, la enfermedad, la guerra. ¡Qué precio más alto! Se trata, como comenta Sergio Rozalén en un post, de 110 mil millones de historias.

Cracacraca: la magia de un tuit

Volviendo a mis tuiteros, esos que me mantienen en Twitter a pesar de que «la experiencia de usuario» es cada vez más frustrante, uno muy importante que destacar es @cracacraca. Craca es un enchufe simpático, vestido de rojo y con la cara blanca. Y espero que siga siendo así, que la compra de Twitter por parte de Elon Musk no implique que las cuentas de personajes inventados tengan que ser cuentas de Fulanito de Tal y Menganita de Cual, porque entonces se va a perder mucha magia.

Caí en la cuenta de lo bueno que era Craca cuando leí su tuit sobre dejar de planchar, que inspiró una entrada de este blog en plena desescalada del confinamiento. Este tuit está fijado en su perfil:

Tuitero se pregunta qué pasaría si mañana salimos todos con la ropa sin planchar y hacemos como si siempre hubiera sido así
Famoso tuit de @cracacraca, que en ese momento iba por los 46 700 me gusta y los 11 600 retuits.

Añadiré que yo no tengo plancha desde unos meses antes de ese tuit: regalé mi plancha y su tabla allá por febrero de 2020 y, desde entonces, «hago como que siempre ha sido así». Me va genial. Como dice mi madre, el secreto está en tender bien (y en comprar prendas que no necesitan mucho planchado).

Humor blanco

Lo que más me gusta de este tuitero es su humor completamente blanco. Es inocente, respetuoso tanto en los tuits como en las respuestas que da a sus seguidores. Observa la vida de forma filosófica y los protagonistas de sus diálogos son gente que no se entera, gente perdedora, desastrosa. Retuitea a otros tuiteros con talento, de manera que seguir su cuenta permite conocer otras cuentas interesantes.

Tuits de @cracacraca

Tiene varios tipos de tuit, de los que destaco:

  • Los que en la frase contienen las incongruencias del lenguaje en las que caemos. Algunos ejemplos:

A mí eso de que cuando te haces mayor tu forma de hablar es distinta a la de los jóvenes me parecen paparruchas.

@cracacraca

Me gusta ser directo, no como otrosss.

@cracacraca

¡¡QUE NO SEAS VEHEMENTE!!

@cracacraca

Todos odiamos a ese tipo de personas que creen poder hablar en nombre de los sentimientos de los demás.

@cracacraca
  • Los del largo y tedioso domingo o el jodido lunes:

Si el domingo madrugas lo suficiente, a media mañana ya puedes tener perdido todo el día.

@cracacraca

Podría ser peor. Podría ser lunes.

@cracacraca
  • Los del personaje que no se entera:

—Cari, ¿estás despierto?

—¡QUE NOOOOOOOOOOOOO!

@cracacraca
  • Los de la entrevista de trabajo:

—Dice en su currículum que nunca se decepciona.

—Jo.

@cracacraca

—Dice en su currículum que es usted un adelantado a su tiempo.

—¡Lo sabía!

@cracacraca

—Dice en su currículum que tiene usted una memoria prodigiosa.

—¿En serio?

@cracacraca
  • Zascas varios:
Ser autocrítico es saber conocer tus errores. ¿Y cuáles tienes? He dicho TUS.

—Salgo a por todas.

—Trae pan.

@cracacraca

—Bienvenidos al curso de la aceptación de la crítica.

—Este curso es una mierda.

—¡NO TIENES NI PUTA IDEA DE CURSOS!

@cracacraca

La poética de los tuits

La poética es como decir la crítica literaria. Y los tuits de tipo humorístico son un tipo de literatura, vale, un género menor, incluso podemos decir que son paraliteratura. El caso es que hay que tener talento para condensar un mensaje en menos de 140 caracteres (cuando esto se alargó al doble, se perdió la concisión, igual que cuando se pasó del escueto SMS al whatsapp). Y hay que tener talento para encontrar dobles sentidos y choques de significados en unas pocas palabras.

Cuando empecé a utilizar Twitter en 2008, la cosa iba de tuitear lo que te iba pasando a lo largo del día y compartir temas profesionales. No recuerdo bien si existían estas cuentas de personajes inventados, en todo caso, lo utilizaba para temas de mi sector (aprendizaje), como ahora utilizo LinkedIn.

Ahora, 14 años después, veo que muchos siguen utilizando Twitter de esa otra forma, profesional y seria, manteniendo debates interesantes y compartiendo enlaces a recursos útiles, mientras que otras cuentas hacen humor, juegan con el lenguaje y van presentando la realidad a través de un prisma que la convierte en absurda. Así, me entero de algunas noticias cuando estos tuiteros las transforman en otra cosa. Esta conversión al absurdo de cualquier hecho es el paso previo para crear un tuit chocante, como estos de nuestro amigo el enchufe.


En unos tiempos en los que nuestra atención permanece dividida por distintos estímulos, en los que nos hemos acostumbrado a usar y tirar de todo, incluso información, memes, imágenes, textos… el tuit de uno de estos escritores con talento se puede disfrutar con tan solo dedicarle unos segundos.

Aquí os dejo este, que me recuerda a aquel anuncio de: «Ahí va, ¡los donuts!»:

Brines, testigo del paso del tiempo

El pasado domingo emitieron un Imprescindibles sobre Francisco Brines en La 2. Cuando lo vi anunciado en Twitter, sentí emoción: yo conocí personalmente a Francisco Brines en la carrera de Teoría de la literatura y literatura comparada; de hecho, autografió para mí su antología Poesía completa (1960-1997). Brines era materia de estudio de la asignatura de Crítica literaria, dentro de la generación del 50.

Cuando vi a Brines en el documental, me costó aceptar su envejecimiento. Le había conocido alrededor del año 2002-2003, cuando tenía unos 70 años; aún no era académico de la RAE. Brines vino a la Facultad a dar un seminario y leyó varios de sus poemas. Explicó que la inspiración podía venirle en cualquier momento, incluso conduciendo: se paraba en un semáforo en rojo y apuntaba rápidamente en un papel la imagen que le había venido a la mente.

Su visita era importante, es como si nos hubiera visitado Vicente Aleixandre, de quien tenía influencias en su primera obra. Durante su charla, se me ocurrió una «pregunta inteligente» que, cuando me llegó el turno, se me fue de la mente. Como no conseguía recordarla, le pedí torpemente que leyera otro poema. Su voz era vibrante, profunda, leía con gusto y buena vocalización. Brines tenía más o menos este aspecto:

Magazelka, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, via Wikimedia Commons

La voz de Brines en el documental, grabado en 2020 y 2021, sonaba como un hilillo de aire, muy débil, pausada. Ya no solo su aspecto, su voz no era la voz que yo había escuchado. Lo que decía, por contraste, tenía mucha fuerza. Una fuerza que se puede apreciar en sus poemas, por ejemplo, este, Sísifo de la carne(*):

Algo el tiempo ha empezado a corroer
en la línea del vientre, en donde cruel
me avasalló, gimiendo, tu belleza.
Se ha iniciado la lenta despedida
del esplendor, y me arroja el reino
la maldición de mi naturaleza.
Y otra vez el desierto hasta encontrar
de nuevo los grilletes que me aten
a esa indecisión de una sonrisa
aparecida. El valle de los pájaros.

Cuántos barcos sin norte en esa niebla
de desaparición. Los mástiles caídos.
Al espejo se asoma
el estupor cansado de mis ojos,
la destrucción tan larga de mi carne.
Y el mendigo del mundo prometido
adelanta la mano que le humilla
por cobrar la moneda que no ha alcanzado nunca.

La reflexión sobre el tiempo

Los temas comunes de la poesía de Francisco Brines son varios. Uno de ellos el cuerpo, la carne. Otro los paisajes, los atardeceres y la noche, la naturaleza. Y otro, el principal, el tiempo. Impresiona el paso del tiempo en él, se buscan sus trazas al comparar sus poemas de Las brasas con los de La última costa. Curiosamente, su yo lírico en Las brasas era un hombre anciano despidiéndose de la vida porque se sabe mortal. En el poema Sísifo de la carne, de La última costa, podemos ver que la carne es víctima también de ese paso del tiempo.

Cuando vi a Francisco Brines en la Complutense, fijé el aspecto del autor, como si lo hubiera visto en una película. Así, en mi mente, Brines no envejecía. En las películas, los personajes no envejecen, mientras que, en cada revisión de una película, el espectador sí lo hace. Si en su día te habías identificado con Gene Kelly en Levando anclas, un día vuelves a ver la película y de pronto te parece un chico «demasiado joven». Y, al mismo tiempo, lleva muerto muchos años. Estos son los contrastes temporales a los que nos llevan fotografías y películas.

Por otro lado, a partir de una edad, es muy posible que no reconozcas a las personas de tu propia quinta. Más o menos hasta los 40 identificas bien a otros coetáneos. Y a partir de ahí, poco a poco, vas creyendo (ingenuamente, erróneamente) que esas personas «tan mayores» no pueden ser de tu edad, que tú te conservas mejor. El «señora» y la gente que te habla de usted te devuelven rápido a tu sitio, a tu generación.

Don Beltrán de Urdaneta

Recordar a Brines me ha conectado al personaje estimable de don Beltrán de Urdaneta, del que ya os he hablado un par de veces. Este personaje es un señor de unos setenta años. Le ha gustado disfrutar de la vida y sigue queriendo hacerlo. Pero se está quedando ciego y se va sintiendo cansado de ir de un lado para otro. Que esté acercándose a la última costa no significa que no pueda estar sometido a las circunstancias del destino, del azar. En el Imprescindibles, Brines comenta que somos hijos del azar: cuando llega, hay que agarrarlo, aunque nos aparte de un golpe.

El paso del tiempo, con la propia observación de un cuerpo que «el tiempo ha empezado a corroer», es doloroso cuando se atisba la muerte, el final, la otra cara de la moneda de la vida. Don Beltrán de Urdaneta se siente cercano a la muerte, por edad, pero cuando se ve apresado por un regimiento de facciosos (soldados carlistas) liderado por Cabrera, y es sometido a todo tipo de trabajos duros, se prepara aún más para este final: en cualquier momento puede ser fusilado por orden del general Cabrera, personaje histórico, apodado «el tigre del Maestrazgo».

La historia es dura: los liberales fusilan a la madre de Cabrera, María Griñó. Desde ese momento, Cabrera promete que la sangre de los liberales llenará los valles y subirá por las montañas. Y fusila a todo el que encuentra, sean mujeres, sean niños, o sean personas que pasaban por ahí, como el propio Urdaneta, que es capturado y llevado como preso a través de montes y valles, la mayor parte del tiempo a pie.

A pesar de su edad y su nobleza (el primer noble de Aragón), a Urdaneta le encargan talar árboles (con un hacha) para despejar una zona, o enterrar a los fusilados, a los que se desnudaba antes.

Terrible duelo y consternación produjo a don Beltrán la vista de los dieciséis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones (…). Eran jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del vigor (…). [Pensó:] «¡Pobres muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra, España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en su propia tierra…»

La campaña del Maestrazgo
Hecho de Burjasot. M. Molina. Biblioteca Nacional. Madrid.

Contrasta la edad de los cuerpos con el rigor de la muerte. Contrasta la vejez de Urdaneta con la juventud de los muertos a los que se ve obligado a enterrar. Galdós no omite la dureza de la guerra, más bien crea imágenes claras de aquellos sucesos. En la época que escribió esta tercera serie, Galdós tenía entre 55 y 57 años. Aún había de vivir unos 20 más, pero ya era sensible a los achaques de la edad, especialmente el que le tocaría a él: la progresiva pérdida de la visión.

Igualmente, Francisco Brines habría de vivir unos 20 años a partir de aquella charla en la que presentó su antología subtitulada «Ensayo de una despedida».


Todo este juego de edades que contemplan edades es lo que me evocó el excelente documental de Imprescindibles. Brines, en pantalla, con 88 y 89 años, inmediatamente el Brines de la charla en mi Facultad, con 70, yo con 47 recordando haberle pedido su autógrafo con 29, Galdós escribiendo con 56 años sobre un personaje de 70 que contempla la muerte de jóvenes de unos 20.

Tal vez no podemos saber cuándo hemos de despedirnos. No sabemos qué hechos nos va a tocar presenciar, qué circunstancias nos quedan por vivir. Podemos atestiguar el paso del tiempo, como Brines y Galdós, podemos reflejar lo que vemos y lo que sentimos. Podemos, simplemente, vivir, disfrutar de lo que tenemos, agradeciendo lo que nos llega, despidiendo lo que se va.

(*) Nadie mejor que cada lector para sentir las emociones que le sugieren los versos del poeta. La poesía es difícil por su simbolismo, por su polisemia, por no ser lógica. Muchas veces requiere relectura, ir destilando cada imagen, cada palabra.

The ogre battle

En la película Brazil, el protagonista, Sam Lowry, sueña que lucha contra un monstruo metálico con aspecto de samurái (que simboliza el sistema). Frente a este monstruo, Sam, aunque alado y poderoso en sus sueños, es un ser débil y expuesto a perder el combate.

Imagen vista en https://cinematrain.wordpress.com/2013/05/16/15-reasons-for-brazil-1985/.

A pesar de los avances que suponen las nuevas tecnologías, pienso que hace falta relacionarse con las personas cara a cara para que la relación con grandes corporaciones, instituciones o empresas no se convierta en la batalla contra un ogro. Porque la atención al cliente ha evolucionado de tal manera que con quien te puedes relacionar es con robots, call centres, páginas de preguntas frecuentes, cuentas de email… Detrás de los cuales hay personas de las que no ves la cara, ni la verás (tris tras), ni podrás establecer una relación de contacto, de conocidos, con ninguna de ellas. Quizá estos sistemas existan para evitar que tus asuntos puedan importar a alguien de esa corporación.

Es curioso porque, al mismo tiempo, se dice que el cliente o usuario está en el centro de todas las acciones de una empresa. A la vista de la frustración que se deriva de estos tratos con robots, se ve que se dice, pero no se hace.

Yo llevo más de 12 años trabajando en la formación online y defendiendo que el teletrabajo es la solución óptima siempre que lo que se produzca se haga desde un ordenador. Es decir, vivo de las nuevas tecnologías y este avance me permite teletrabajar. Pero cuando me veo frente al gran ogro metálico y con aspecto de samurái, me digo: ¿qué es lo que falla? Esto ya no tiene que ver con el tipo de vida por el que yo opté hace muchos años: es un tema del mundo en el que vivimos. Y es un tema que va más allá de la pobre atención a la clientela. Las tecnologías se han interpuesto entre las personas y a veces son el medio principal de comunicación entre ellas.

Cuando estaba en una conocida empresa de estudios de mercado, nuestro jefe contaba que su jefe vivía retirado en alguna montaña de Escocia (o similar) y trabajaba desde allí. Y creo que esto caló en mí: pues si el jefe del jefe puede hacer esto (en el año 1998), entonces cualquiera puede. Y la pandemia demostró que, en principio, sí, cualquiera puede teletrabajar y comunicarse con el mundo a través de distintas interfaces y periféricos.

Ahora que el monstruo metálico ha crecido tanto que se alimenta de nosotros (al modo de Matrix, más literal de lo que parece), entonces echar atrás y establecer una relación presencial con otras personas es aún más difícil. Y aun así, es rentable. Porque cuando miras a los ojos a una persona, cuando la llamas por su nombre, cuando escucha lo que le estás contando, la información que recibe es muy superior en cantidad y calidad a lo que le pueda llegar por email, videollamada o nota de whatsapp.

Testosterona y oxitocina

No olvidemos que somos el mismo ser que habitaba las cavernas, el homo sapiens, el cazador-recolector. Cuando nos relacionamos con otras personas, entran en acción las hormonas, entre ellas, la testosterona y la oxitocina.

Me voy a centrar en la oxitocina. En las relaciones amistad o de conocidos presenciales, en cada encuentro, se pone en juego la oxitocina. Por lo que me contó una experta, es parecido a una cuenta que va engordando. Así, es muy difícil comparar relaciones nuevas con relaciones de toda la vida (de cualquier tipo: profesionales, de amistad o de pareja), porque las de toda la vida tienen una «reserva de oxitocina» muy alta, se viven como confortables, agradables, como estar en casa. A la hora de necesitar explicar una circunstancia a la otra persona, esta acumulación de oxitocina juega a tu favor. Y no va a estar presente en una relación mediada por medios digitales.

Pongamos un ejemplo: una persona tiene su dinero en un banco con eficientes servicios digitales desde hace 20 años, tan eficientes, que en esos años ha ido a sus oficinas unas 4 o 5 veces. Se propone solicitar un préstamo y entonces por la aplicación del banco le escribe Fulanito de Tal, por teléfono le llama Menganita de Cual y, cuando es la persona la que llama, acaba hablando con Perico el de los Palotes. No hay establecida ninguna relación con estas personas, no sabe quién es quién y acaba por sospechar que Fulanito de Tal ni siquiera existe, quizá es el HAL 9000 de este banco.

Pongamos otro ejemplo: una persona vive en una urbanización durante muchos años. Luego se cambia a otra y decide vender su casa anterior. Entonces se pone en contacto con la vecina del 5º, que resulta que tiene una inmobiliaria. El conocerse desde hace años facilita que las condiciones para esta venta sean más favorables que si fuese una persona desconocida la que solicita los servicios inmobiliarios. Como mínimo, la vecina del 5º se esforzará más en buscar buenos compradores, en que la persona comprenda las condiciones del contrato, etc.

Claro que los datos objetivos, los datos fríos con los que ahora hay que tomar todas las decisiones, serían los mismos. Pero probablemente este conocimiento cualitativo, mucho más rico y mucho más difícil de reflejar en datos, influiría en cómo estas personas, que ahí sí serían reales, verían el caso.

Online: alergia, ¡huyamos!

Tras la huella indeleble que dejó el confinamiento y, en general, el modo de vida pandémico, veo a mucha gente huir de lo que es por internet, en favor de lo presencial, tangible, personal. Porque el online ahora se relaciona directamente con el aislamiento. No puede ser de otra manera. Para «consumir» productos online hay que estar solo, aislarse del resto, quizá con el fin paradójico de comunicarse con otras personas. Esta soledad es la principal causa de abandono de los cursos online: el alumnado frente a una pantalla que le muestra un curso enlatado en el que parece que todo está previsto, excepto sus dudas, sus problemas de ese momento.

Esto describe muy bien mi trabajo, por eso repito imagen. Viñeta de Arthur Radebaugh.

El caso es que hay una fatiga por tanta videollamada, tanto mensaje, tanta nota de audio, tanto parchear y tanto pito… Yo la siento también.

Presencial, en persona, con el cuerpo

La pereza que nos lleva a «consumir» cómodamente las series de Netflix desde el sillón es la misma que nos lleva a hacer scroll durante horas en una red social o a intercambiar whatsapps de forma indefinida con nuestros contactos. El monstruo metálico entonces pierde su apariencia amenazadora: por eso se ha metido hasta dentro. Ahora es la amable abuelita que te ofrece un sillón mullido y una taza de caldo. Pero recuerda: debajo está el lobo.

A finales de año recibí el típico meme (sí, por whatsapp, que sea un lobo disfrazado de cordero no significa que no sea útil) en el que te invitaban a registrar 3 regalos de la vida que recibes cada semana. Estamos ya casi a mitad de año, por tanto, tengo mucho registrado. Pues bien: los tres regalos de cada semana siempre tienen que ver con actividades presenciales, que hago con personas y en las que el cuerpo es necesario para algo más que para sostener la cabeza. La mayoría de estos regalos tienen que ver con seres queridos, compuestos de familia y amistades cercanas.


Pues claro que la tecnología es de mucha ayuda, claro que nos facilita la vida, claro que hay muchos trabajos, como el mío, que se alimentan de ella. Pero la tecnología no puede sustituir la vida, no puede reemplazar las relaciones personales, aunque ofrezca sucedáneos de caricias o presente realidades tan creíbles como las que se disfrutan con la realidad virtual. ¿O sí? ¿Qué piensas? Como siempre, muchas gracias por leer y compartir, me encantará conocer tu punto de vista.

(*) Ogre battle es una canción de Queen, pero también tiene un nombre así la batalla final que se da en un videojuego y que se basa en el camino del héroe.

(**) Si alguien sabe explicar mejor el funcionamiento de la oxitocina en las relaciones sociales, que me escriba.

Yo tuve una granja en África

«Yo tuve una granja en África» es el arranque en voz en off de la película Memorias de África. En una simple frase se resume toda la historia que nos va a contar la narradora y protagonista. La frase tiene más miga de la que parece: está en pasado, lo que significa que ya no tiene esa granja. Está dicha en un idioma, el danés o el inglés, que en principio hace suponer que la persona que tuvo la granja no era africana. Y la granja en África en sí es algo totalmente exótico, no es que tuviera un pisito en África, o una granja en Ávila. Tenía una granja en África, lo que ya evoca animales salvajes, la sabana, dificultades logísticas y de todo tipo… y quizá un aviador atractivo que se deja caer de vez en cuando y escucha música clásica junto a Karen, entre otras cosas.

Pues bien, es una de las frases en las que pienso a veces. Cuando empiezo a recordar el pasado, lo que se fue y no volverá, acabo diciéndome: «yo tuve una granja en África».

Hay un momento en la vida en el que lo que queda por vivir es más o menos igual de largo que lo ya vivido (dios mediante), y sin embargo, ya no está disponible esa rosa para ser cosechada. Atrás quedó lo que en su momento se rechazó pensando que llegaría algo mejor. Solo después se descubre que eso era lo mejor que iba a llegar.

Estas melancolías de lo pasado también contribuyen a que sea más difícil identificarse con el presente, vivirlo, estar plenamente en él. Empiezo a tener la sensación de que las épocas vividas fueron mejores que la época actual. Y no es fácil separar quién se era en esas épocas, con qué juventud e inocencia se vivieron, de cómo eran esos tiempos realmente

Yo tuve un novio a finales de los noventa al que le entusiasmaba la tecnología. Gracias a él, tuve mi primer teléfono móvil, mi primera tarjeta de crédito, mi primer usuario para chatear por internet en el icq (que parece ser que sigue vivo). En ese momento, parecía que Internet iba a ser un instrumento democrático que nos permitiría comunicarnos con cualquier persona del mundo. Así que abría puertas; las posibilidades eran infinitas.

Ahora me parece que estamos inmersos en una distopía, tan inmersos que no la vemos. El «consumo de contenidos», una expresión que ya dice que se trata de ser consumidores de todo, hasta de textos e imágenes, lleva muchas veces a llevar una vida cómoda, fácil, en posición sentada, ante una pantalla, en la que el individuo cree estar comunicándose mientras está totalmente aislado. Lo difícil ahora es salir a encontrarse con otras personas, porque ¿dónde están?

¿Dónde está la gente?

Parece que en sus propias casas, también «consumiendo contenidos». Y como hemos contado hace tiempo en este blog, de manos de nuestro amigo Zelinski, cuando estás cómodamente en la vida fácil, la realidad acaba siendo difícil, porque la zona de confort cada vez es más pequeña.

Los lugares de reunión de los seres humanos han sido comúnmente «plazas del pueblo», sitios donde se podía coincidir con el resto de convecinos e interactuar con ellos. La comunicación era fácil. Las personas también se reunían en las zonas comunes de una casa, como el portal, la corrala o el patio, y también se veían en bares y en el mercado. Le dedicaban a esto mucho tiempo, las conversaciones eran largas y pausadas, eran la vía principal para enterarse de «las noticias». También para agruparse y reaccionar ante situaciones vividas como injustas.

En mis tiempos, cuando no había teléfono móvil, solo había que dejarse caer por la plaza en cuestión para encontrarse con amigos. Si se habían ido de allí, bastaba con entrar en alguno de los bares frecuentados por el grupo.

Y ahora, la distopía: la plaza está vacía. La gente va a los centros comerciales, donde el único sentido de la acción es consumir, donde muchas veces, los únicos asientos disponibles son los que obligan a tomar una consumición. La plaza es ahora un lugar que hay que recorrer a toda prisa, porque está expuesto: no tiene árboles, está fuertemente iluminada por la noche, no hay bancos para sentarse y no hay un rincón para refugiarse, no sea que hagas el vago y maleante. Esto de la plaza no es mío, lo cuenta otro de nuestros amigos, Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida (1995).

Plaza de España en Madrid, imagen de https://www.esmadrid.com/informacion-turistica/plaza-de-espana

Por todo esto, pertenece al tiempo pasado poder coincidir con las personas por casualidad, «hacerse el encontradizo», acudir a un lugar donde es muy probable que estén los demás. Cada cual tiene ya su orgasmatrón en casa, o más de uno, por lo que pídele tú ahora a alguien que se arranque de su sillón y que se aventure a las calles vacías no para consumir, sino para encontrarse con otras personas. No lo va a hacer: hay que incomodarse para explorar el mundo, y esa incomodidad se rehúye cada vez más.

Yo tuve una granja en África

Yo tuve una vida mejor, varias vidas mejores. Yo encontré tesoros que no supe reconocer. Yo estuve donde ahora me encantaría estar. Yo fui testigo de un mundo, no sé si objetiva o subjetivamente, más libre, más igualitario y mejor (para mí). «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais».

Aquí vuelvo a recordar a un personaje de Galdós, don Beltrán de Urdaneta, insistiendo en que, cuando la vida (dios) te trae un buen árbol donde cobijarte, has de quedarte disfrutando de ese regalo en lugar de correr tras fantasmas de tu imaginación. Como dijo este personaje:

Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana

Dice Bert Hellinger que, cuando te desvías del que era tu camino, llega un momento en el que no puedes volver atrás, en el que ya te has perdido. A veces he tenido esa sensación.

De vuelta al optimismo

Vale, pues ya basta de amargar al personal, volvamos al optimismo. Bert Hellinger también dice que, en cada decisión, solo hay dos opciones: ir hacia más vida e ir hacia menos vida (muerte). De manera que, estés donde estés, siempre puedes elegir la vida, decir sí a lo que tienes delante, a lo que te toca, a las circunstancias.

Creo que de esta manera se puede recuperar el camino hacia el que se dirigía tu vida, o al menos reconducirlo. Solo hay que volver a conectar con «la semilla», con tu máximo potencial, y aplicarlo a las circunstancias actuales y reales, que son las únicas en las que puedes intervenir. Este meme lo expresa muy acertadamente:

Un regalo que recibí de una persona muy querida y que ha vivido mucho, mucho más que yo.

Yo tuve una granja en África y esa granja no volverá. Puede que jamás vuelva a África salvo en mis sueños y evocaciones. Pero prometo que viviré a tope aquello con lo que me vaya encontrando, lo que la vida me traiga y lo que ya me ha dado, en un mundo distópico o no y asumiendo lo que haya. ¿Qué harás tú? Cuéntame, ¿cómo llevas dejar atrás el pasado? ¿Cómo vives los tiempos presentes? Como siempre, te agradezco mucho que me leas, sin ti, este blog no existiría.