Go with the flow

Quieres hacer un regalo X a alguien, pero ese X no se encuentra en ninguna tienda. Lo buscas online y no hay stock. O bien lo pides por Internet y lo que llega no es lo que pedías. En cambio, ves anuncios de Y, o varias personas te hablan de Y, o incluso un Y llega a tus manos fácilmente: tal vez Y es el regalo.

¿Cómo sería tu vida si no cuentas con nada y te abres a todo?

La vida es eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes. John Lennon

Parece ser que John Lennon dijo esta frase. Puede que se diera cuenta de que la vida va ofreciendo un camino sobre el que podemos intervenir poco, ya que estos planes que nos ocupamos en hacer no suelen ir alineados con lo que  sucede.

No contar con nada significa no hacer otros planes, no anticipar, no agarrarse. Abrirse a todo permite ver el movimiento real de la vida, de lo que realmente sucede, soltando el agarre y dejándose llevar.

Podemos tener un objetivo, comprar X, y eso es compatible con dejar que las cosas sucedan. Al final, puede que acabemos comprando Y, o también es posible que comprar X sea acertado, pero que no sea el momento. Entonces la vida pide un ejercicio de espera, es decir, de paciencia.

¿Y cómo se rellena el tiempo mientras las cosas ocurren?

Si te das cuenta, la pregunta está mal planteada. El tiempo no se rellena, se vive. Las cosas están ocurriendo ahora. Pero mucha gente vive con esa sensación de estar esperando algo futuro mientras el presente es una mierda. No hay camino más directo para la infelicidad.

Por ello, es importante dejar de lado aquello que se espera hasta que pueda ocurrir, si es que va a ocurrir. Y esto permite dar el foco a lo que está ocurriendo en el presente, que es la única verdad. Ojo, no a lo que según nuestras ideas debería estar ocurriendo pero no está ocurriendo. No. Eso es una pérdida de energía por un lado y por otro una presión sobre la realidad que es imposible ejercer, entonces se vuelve contra la persona que trata de controlar lo que está más allá de su control. Es atender a lo que sí está pasando “como si no hubiera nada más”, porque en realidad no lo hay.

Por ello a veces es interesante pararse a observar una sombra avanzar sobre una roca. Eso ocurre en el presente.

¿Por qué la mente se fija en lo que falta?

Tal vez el origen de fijarse en lo que falta esté en el mundo animal: un animal mapea el territorio buscando dos cosas, sobrevivir y reproducirse. Sobrevivir a través de encontrar alimentos y reproducirse a través de encontrar parejas sexuales.

Cuando se quita la supervivencia de la ecuación, “lo que falta” responde a creencias: falta según lo que crees que debería estar ahí y no está. Así, podemos contrastar fácilmente que “lo que falta” no es algo universal para todas las personas, sino que a cada cual le falta algo diferente, e incluso le falta lo que al otro le sobra. Lo vimos especialmente en el confinamiento, cuando quien estaba en soledad deseaba desesperadamente compañía y quien estaba en compañía quizá anhelaba tener soledad.

Pero lo que hay es lo que hay: eso es todo. Y si es todo, no falta nada.

La mente percibe “lo que falta” como una pieza de un puzle que no está en “su sitio”. Pero si miras un paisaje, ¿podrías afirmar que falta una roca, un árbol o una rosa? ¿Cuál es el sitio de las cosas, las personas y los acontecimientos? ¿Lo tienen? ¿Lo podemos controlar?

Árboles, montaña rocosa al fondo y rosas rosas en primer plano

Solo en el momento en el que se pone la mirada en lo que se tiene delante aceptándolo como es, comienzan a surgir opciones nuevas e inesperadas en ese paisaje que al principio parecía árido.

  • La mirada en lo que no está ahí causa sufrimiento.
  • La mirada en un futuro por llegar impide recoger los frutos del ahora.
  • La mirada en el pasado solo repite lo que ya se sabía.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Sientes que falta algo en tu vida? ¿Cómo haces para adaptarte a lo que sí está en ella?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Palabras grandes, palabras pequeñas

Hace tiempo que el tema revelación para mí es “todo es más prosaico”, o también “nada es tan importante”. Por ello, voy dando pasos en quitar el exceso de importancia, empezando por mí misma.

Esto está muy bien reflejado en el final de La vida de Brian: ¿se puede desdramatizar más una situación?

El camino de lo prosaico consiste a mi entender en deshacerse de “la gravedad” de los asuntos que realmente no son graves. No poner peso. Un peso que muchas veces procede de las creencias, los prejuicios, las tradiciones… es decir, del pasado.

Uno de los personajes que inspiró muchos post de este blog, Ernie J. Zelinski, es un experto en desdramatizar, en convertir las palabras grandes en palabras pequeñas. Así, es capaz de escribir un libro titulado El placer de no trabajar u otro llamado Éxito real sin un trabajo real.

Dejar de prestar tanta atención

Reunión desenfadada en oficina

[¿Has visto qué felices están estos mientras trabajan? Seguro que han visto el vídeo de Meetings, Bloody Meetings]

Puede que el primer paso para quitar la carga de ideas, situaciones, personas o creencias sea dejar de prestar (tanta) atención. Y una manera de conseguirlo sea cambiar el lenguaje.

En el ejemplo de La vida de Brian, la situación cambia totalmente de código cuando los personajes, en lugar de prestar atención a dónde se encuentran y lo que significa, convierten el cuadro en un número musical con su pequeño baile incluido. 

El lenguaje que intensifica la atención en algo es muy categórico:

  • Siempre me pasa lo mismo.
  • Estoy totalmente sola.
  • Nadie me ayuda.
  • Todo el mundo sabe que…

Es la generalización, ya estudiada muy de cerca por la PNL.

Y luego están las palabras grandes y graves. Cada uno que escoja cuáles le suenan a grandes y a graves y que busque otras que le parezcan más cercanas, livianas, suaves.

El papel del humor

Para salir de las palabras grandes y dramáticas, como por ejemplo “enfermedad degenerativa”, hace falta una dosis de humorismo, un planteamiento del mismo tema dando un paso atrás que permita verlo y relativizar.

Eso es lo que los Monty Python hacían. John Cleese, por ejemplo, fundó una compañía de formación mediante vídeos, VideoArts, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión, en la que se regían por un planteamiento muy simple:

La gente no aprende nada si está dormida y muy poco si está aburrida.

Así que producían vídeos tan inolvidables como Meetings, Bloody Meetings (Reuniones, malditas reuniones): si una reunión no tiene un objetivo claro y no se organiza bien, resulta una pesadilla. Esto, que parece cultura popular, se puede explicar de muchas maneras, ninguna comparable a esta:

Me gusta el apunte que hace Carlo M. Cipolla en Allegro ma non troppo:

El humorismo es la capacidad de entender, apreciar y expresar lo cómico.

No se trata de humor chabacano, ni de ironía o sarcasmo. No se basa por tanto en reírse de otras personas, sino en captar el aspecto cómico de la vida y practicarlo en el momento oportuno.

Pues dentro del camino de lo prosaico, que va de las palabras grandes a las pequeñas, está el humorismo como un gran acompañante.


¿Qué opinas? ¿Cuáles son las palabras grandes que te gustaría sustituir? ¿Cómo haces para quitar hierro a los asuntos? 

Como siempre, agradezco que me leas y compartas. ¡Grazie mille!

La urgencia del tiempo

Hace poco se emitió un programa de Imprescindibles TVE sobre Eduard Punset. En él, se habló varias veces de la sensación de urgencia con la que vivía Punset, la necesidad imperiosa de aprovechar cada minuto de su tiempo. Daba la sensación de que le faltaban horas para descubrir el mundo, algo que podía ser agobiante para los que lo rodeaban. 

«Hay vida antes de la muerte». Eduard Punset

Esta misma frase es una forma positiva de ver esta urgencia por vivir.

“Aprovecha el tiempo” es uno de los mandatos del mundo actual, el de la modernidad líquida. El tiempo jamás puede ser ocioso, no queda bien confesar que se está, simplemente, viviendo. Ni siquiera ha sido así cuando la pandemia del coronavirus ha detenido nuestras vidas: había que justificar los minutos y las horas haciendo pan, tartas, rutinas de ejercicio, compartiendo canciones…

Cuando un extraño le pregunta a un zulú, que aparentemente no hace nada: "¿No te aburres?", este le responde: "¡Pero si estoy viviendo!". No le falta nada que tuviera que dar más contenido o sentido a su vida.

Aprovechar el tiempo es también el mensaje de dos películas habituales de este blog: “Di que sí” y “Atrapado en el tiempo“.

Aceptar cada experiencia que se presenta

En “Di que sí“, el protagonista comienza diciendo que no a todo tipo de compromisos aparentemente molestos. Cambia de forma de actuar gracias a un gurú en un seminario en el que se dice que la respuesta a todo es “sí”. Es un sí a la vida ciego, más parecido a la resignación que al asentimiento consciente y adulto.

¿De qué manera cambia la vivencia del tiempo al decir a todo que sí? Como hemos visto varias veces, en improvisación decir sí equivale a permitir que la aventura continúe. En la vida, decir sí puede contribuir a llenar el tiempo, si no con urgencia, sí con riqueza o variedad (recordemos que el protagonista de esta película aprende el idioma coreano, a tocar la guitarra, da todo su dinero y su móvil a un indigente y esto le lleva a conocer a una chica…).

El protagonista cree que le ha caído una especie de maldición: piensa que si no dice que sí a todo lo que se le presenta, le va mal o muy mal. Hacer muchas cosas enriquece el tiempo del protagonista y mejora sus amistades, le abre la mente cuando dice sí a algo aparentemente horrible que se transforma en algo placentero.

Cambiar la rutina conocida por la compasión

En “Atrapado en el tiempo“, el hecho de no poder escapar del día de la marmota, hace que el protagonista primero luche y trate de cambiar los acontecimientos, después se intente suicidar varias veces y, finalmente, asuma que se ha quedado atrapado. A partir de ese momento, aprende a tocar el piano, salva la vida de varias personas y, en general, se dedica a labores filantrópicas. Además, se dedica a descubrir mediante ensayo y error cómo es la chica que le gusta y cómo conquistarla.

En esta otra película, decir que sí a esa circunstancia de vivir cada día el mismo día, lleva al protagonista a fijarse en sus semejantes y hacer algo por ellos. Elige dar, y recibe mucho a cambio.

¿Cómo se vive en el propio tiempo? 

En un caso por sentir urgencia, en otro por creer que no tiene más remedio que asentir y en el tercero por estar atrapado, los tres personajes se dedican a llenar su tiempo de una forma un tanto compulsiva.

La vivencia del tiempo es totalmente subjetiva. Tuve un profesor de universidad que decía que, en una pareja, ambos deben tener la misma percepción del tiempo para que la relación funcione (sí, lo decía en clase). Para algunas personas, el tiempo pasa como debe de pasar para una mosca: muy muy lento. Para otras, el tiempo va muy rápido, se apresuran en él como si un cronómetro les empujase a la acción frenética.

Quizá se trata de tomar conciencia del espacio-tiempo en el que vivimos. Esto implica aceptar sus límites: en qué momento hemos nacido, en qué país, qué tipo de actividades se realizan en nuestra época para llenar el tiempo y de qué forma podemos abrirnos al vacío y al silencio

En la época actual, si “te sobra” el tiempo, tienes que: aprender o perfeccionar idiomas, trabajar más, ir al gimnasio, hacer cosas más divertidas, creativas y complicadas, con y sin tu familia, etc. Es como si viviésemos en el día de la marmota: atrapados/as, solo podemos huir hacia adelante cumpliendo con miles de actividades. Esto hace que realmente a nadie “le sobre” el tiempo, y esto me lleva a los hombres grises, los de Momo, otro de los clásicos que he citado más de una vez.

No se puede ahorrar tiempo, por tanto, el tiempo que sobra “se pierde”. Pero tampoco se puede “rentabilizar” el tiempo. Lo que sí se puede es vivirlo plenamente. Y esto no significa vivirlo con urgencia, angustia o velocidad. Se puede estar viviendo plenamente mientras se hace ganchillo. Lo que pasa es que las actividades no dinámicas cada vez parecen más alejadas de nuestra vida: leer un libro (de papel), tejer, hacer una receta que lleva mucho tiempo y horas de espera, montar una maqueta… Parecen actividades propias de la jubilación. Se podrían hacer “en los huecos”, pero el ritmo que llevamos el resto del tiempo contrasta plenamente con los ritmos tan bajos de estas actividades, más propias de la vivencia de esa mosca que decíamos.

Esta urgencia del vivir actual trae enseguida su opuesto: el aumento de las prácticas de meditación, por ejemplo el mindfulness, que nos ayuda a acallar la mente si quiera media hora para tomar consciencia de la respiración, de las sensaciones corporales, del mundo que nos rodea aquí y ahora… Es posible que nos acerquemos a estas prácticas desde la urgencia: otro hueco más en la agenda para rellenarlo, vivirlo al máximo y no tener un minuto de vacío ni de silencio.

En cambio, otra forma de experimentar el tiempo es vivirlo según esta afirmación:

Tengo exactamente el tiempo que necesito.

Una frase así nos permite respirar profundamente, quizá acometer las responsabilidades con un enfoque optimista: lo voy a poder hacer en el tiempo que tengo. Esta frase también puede llevar a dejar de pensar en negativo: “nunca tengo tiempo para nada”, dedicando la energía que iba a esos pensamientos a la acción. Si una persona se compromete completamente con la acción que está llevando a cabo, probablemente la haga de forma más eficiente.

¿Has pensado probarlo? Decirte: tengo el tiempo que necesito. O, como dice Brigitte Champetier de Ribes: el tiempo es mi amigo. Ya contarás tus experiencias. Como siempre, ¡muchas gracias por leer!

Antagonistas y conflictos

Empieza una película, presentan a los personajes, se identifica al personaje principal, se tiene una idea de quiénes son y qué tipo de vida llevan. Al cabo de unos cuantos minutos, estos personajes siguen haciendo su vida normal y el espectador empieza a aburrirse. Si la situación continúa igual, la película no enganchará. ¿Por qué? Porque no hay conflicto, no hay giro de guion, no hay cambio de la situación de los personajes de mejor a peor.

Esto ya lo planteó Aristóteles en su Poética, pero no voy a hablar de Literatura, sino de la vida misma.

Entrada para el cine: antagonistas y conflictos

El antagonista

El antagonista es aquel personaje que se opone a los objetivos del protagonista. Aparece y empieza a plantear frenos y zancadillas al protagonista. Y los espectadores empezamos a divertirnos. 

¿Quiénes son en nuestra vida los antagonistas? Se trata de las personas difíciles para cada uno de nosotros/as. Si nos fijamos bien, estas personas tienen una característica, o varias, que condenamos abiertamente en la otra persona. Puede deberse a que también tenemos estas características pero no queremos darnos cuenta (ver la paja en el ojo ajeno). O bien, tienen características que nos encantaría tener, pero no nos las permitimos.

Cuando compartimos características con los antagonistas, podemos agradecer que nos las estén señalando: tanto esas personas como nosotros estamos sufriendo lo mismo y reaccionamos de la misma manera ante ello.

Cuando no es así, nos podemos preguntar: 

¿Envidio yo lo que tiene esta persona, me gustaría tener lo mismo o ser de esa manera?

Los conflictos

Avanza la película aburrida y, no solo el protagonista no encuentra a nadie que persiga un objetivo contrario o simplemente frustrar sus objetivos, sino que todo le va bien en todas las áreas: trabajo, dinero, salud, amor… Si algún espectador continúa mirando, va a agradecer que en la vida de este protagonista surja un conflicto: que le echen del trabajo, que le deje su marido, que lo pierda todo en la bolsa… ¿Acaso somos sádicos que nos regodeamos en la desgracia ajena?

No, se trata otra vez de lo mismo. Lo que observó Aristóteles es que disfrutamos cuando los personajes de una historia tienen que superar obstáculos, cuando sufren, cuando su suerte cambia.

En la vida, ocurre algo parecido. Una vida sin dificultades puede ser agradable de vivir pero muy plana y aburrida, vacía de aprendizaje y crecimiento. Las dificultades que se nos plantean son las que nos permiten desarrollar formas creativas de resolverlas. Es cuando se ponen en marcha mecanismos de supervivencia, cuando acudimos a nuestro máximo potencial.

Rechazar el conflicto

El protagonista de la película aburrida encuentra por fin un conflicto, allá por el minuto 60 y, en lugar de vivirlo, lo huye. Coge un avión y se va a la otra punta del mundo, donde continúa viviendo una vida apacible y enormemente aburrida.

Cuando se rechaza el conflicto, lo más habitual es que este crezca, porque no está resuelto. La dificultad atraerá otras dificultades, la vida se irá complicando hasta que se decida vivirla con todo lo que conlleva.

Por tanto, puede ser interesante entrar de lleno en las dificultades, saber apreciar lo que luego proporcionan. La forma más fácil de admitir que las dificultades nos ayudan es mirar atrás y revisar las que ya se han superado.


Los próximos 12 y 13 de diciembre hablaremos de las dificultades en el curso de constelaciones familiares Las fuerzas del amor, abierto a tod@s. 

Cartel del curso online Las fuerzas del amor, 12 y 13 de diciembre.

Se está yendo…

… y no va a volver a corto plazo. Y cuando vuelva, será de otra manera.

Entro en la clase de baile activo, algo parecido al zumba.

Antes de entrar, he pasado por una alfombra húmeda a la entrada del gimnasio, me han tomado la temperatura, me he enjuagado las manos con gel hidroalcohólico.

Por supuesto, llevo una mascarilla, que deberé tener puesta toda la clase.

Una vez dentro, el aforo está completo. Es el máximo permitido: 20 personas y el profesor.

Hemos reservado la clase por una aplicación. He tenido suerte, alguien ha cancelado, esta mañana a las 7.35 ya no había huecos.

El profesor está muy lejos. Tengo unas cuatro filas delante. Tenemos dibujado en el suelo el área que podemos ocupar, es como la rayuela.

A pesar de las pocas asistentes a la clase, casi no veo al profesor, en parte por la distancia, en parte por la alineación de esta rayuela.

Y puedo notar cómo el profesor hace todos sus esfuerzos por motivarnos. Seguramente nos está sonriendo. No entiendo todo lo que dice, a pesar de que habla bastante alto.

Tampoco me veo reflejada en el espejo. No solo está lejos, sino que quedo detrás de otras dos compañeras. Y si me asomo, sé que soy yo pero realmente no me sirve para lo que he hecho toda mi vida: corregir el movimiento en el espejo.

Creo reconocer a alguna compañera, pero es un poco difícil arriesgarse a saludar, ya que realmente no puedo asegurar que sea ella.

Suena la música. El profesor ya ha diseñado una clase más simple en los pasos y más ligera, para que no nos ahoguemos con la mascarilla. Nos recomendó mascarilla de tela, pero compruebo que me estoy ahogando igualmente.

Varias veces durante la clase escucho mi desmotivación interna.

Esto no es lo mismo.

Estamos simulando que no ha pasado nada y que en realidad siempre habíamos bailado a esta distancia, con esta sencillez en los pasos y con la mascarilla puesta.

Una y otra vez acallo esa voz de desmotivación y saco otra de alegría por poder seguir haciendo esto: hace unos pocos meses no se podía, salvo en casa y en soledad.

Todo va bien y parece que el balance de la clase va a ser positivo.

Entonces, justo al final de la clase, suena:

First when there’s nothing
But a slow glowing dream…

Y me vengo abajo. Toda la tristeza por la pérdida de libertad, de contacto social, aparece de golpe al escuchar la canción de Flashdance, What a Feeling.

Es una canción que realmente no tengo asociada a ningún recuerdo, ni siquiera de baile.

Pero de pronto, esa canción procede de otra época, los ochenta, la época de la libertad, desde mi visión subjetiva y contando con la edad que tenía entonces. Esa canción destapa como un bote a presión el contraste entre aquella vida y esta vida, que parece otra.

Por un momento, me dejo llevar por la emoción, pero luego me recompongo. Sé que la mascarilla favorece que nadie vaya a ver mi disgusto. Yo creo que ni siquiera nos hemos mirado a los ojos entre compañeras.

La clase finaliza. Salgo con sentimientos encontrados. Y reflexiono.

No podemos retener ese pasado que se está retirando.

Me doy cuenta de que trato de retener al menos la libertad de ir y venir y poder relacionarme con gente en distintas actividades que no son trabajar ni estudiar… Y pienso que esto es justo lo que se está retirando de nuestras vidas.

Para poder seguir adelante, para que esto que se va dé paso a algo nuevo, necesitamos rendirnos ante lo que estamos perdiendo, aceptar soltar lo que se está yendo.

Una actitud ante la vida

Si empezamos con sentencias como: “la vida es cambio”, “todo cambia, nada permanece” o “no te puedes bañar dos veces en el mismo río”(*), al lector/a le va a sonar a: “ya me van a soltar el rollo”.

Porque durante años se han utilizado esas frases cuando se iba a producir un cambio en una organización, esperando predisponer positivamente a los profesionales, que sin embargo percibían el cambio invariablemente como algo negativo, lo fuese o no.

Esas afirmaciones del inicio siempre aplican, siempre son verdad, y a veces parecen serlo más, como en la época extraordinaria que nos ha tocado vivir.

Decir sí

Frente a la posible crítica a programas que tratan de imponer el agrado por un cambio que nos perjudica, está la aceptación de las cosas tal como son, con una actitud un poco más humilde. Se puede resumir como:

“Decir sí sin saber a qué; a ciegas”. (Brigitte Champetier des Ribes)

Una frase que alguien puede interpretar como: “bajarse los pantalones”, un tipo de expresión que llevo escuchando durante años en las organizaciones (he puesto, sin duda, la más fina).

La diferencia fundamental es distinguir entre resignación y aceptación, algo de lo que ya he hablado. Mientras que la resignación es una negación y una respuesta de ira o frustración, la aceptación implica una actitud más proactiva y adulta hacia lo que va apareciendo en nuestras vidas.

Para ello, es necesario reconocer la existencia inevitable del cambio. Reconocer que la vida avanza y las cosas ocurren con o sin nuestra “aprobación”. Entender que, para avanzar, deben darse situaciones de incertidumbre o ambigüedad, en las que no existen todas las respuestas. En estas situaciones caóticas y estresantes está la oportunidad de aplicar la creatividad, algo que desaparece en las situaciones predecibles y ancladas en el pasado.

Lo más difícil: decir sí a los demás

Este decir sí sin saber a qué incluye el paso más difícil: aceptar a otras personas, especialmente a las que no comprendemos o nos producen un gran rechazo.

La actitud de decir sí es esta:

¿Cuál es el secreto de la felicidad? No discutir con idiotas. No estoy de acuerdo. Tienes razón.

Desde que vi este chiste gráfico en un tuit, lo tengo muy en mente: verdaderamente, el secreto de la felicidad es la total aceptación de los demás. Una persona tiene sus razones para opinar y actuar como lo hace. Sus razones, tal como son, tienen un sentido. No hay una única verdad y, a veces, dos razonamientos aparentemente contrarios son igualmente correctos.

Lo que pasa es que, para la mayoría de las personas, los razonamientos verdaderos son los propios. Cada uno de nosotros se remite a sus valores, a su aprendizaje, a lo que considera que está bien. Y con base en todo ese pasado aprendido se siente en posesión de la verdad. Lo difícil es contemplar que la verdad de otra persona, para esa persona y con sus valores y bagaje es al menos tan válida como la nuestra.

Igual me equivocaba…

¿Cuál es entonces el secreto del gurú que dice que sí abiertamente y a todo: al cambio, a los demás, a lo nuevo y desconocido?

Supongo que parte de su secreto es reconocer que no entiende todo, no sabe de todo: reconocer su pequeñez. Hace unos meses me apunté brevemente a un curso de Coursera sobre un rol nuevo, “el Futurista” y me desapunté cuando se explicaba que la forma de identificar tendencias para los próximos 10 años era hacer búsquedas en Google. Estoy segura de que ninguno de esos futuristas pudo encontrar en Google ni tan siquiera un atisbo de lo que se nos venía encima.

En lugar de tratar de adivinar el futuro o de tener una actitud de rechazo a lo que cambia y a los demás, puede ser interesante soltar lo que creías entender, para centrarte en vivir con confianza el momento presente, el único en el que realmente puedes influir.


(*)En realidad, Heráclito dijo otra cosa, la frase que ha permanecido es una versión de Platón en Crátilo. Lo que realmente dijo Heráclito me parece muy interesante:

En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].

¿Qué opinas? ¿Cómo te sientes con los cambios constantes que estamos viviendo? Te animo a que dejes comentarios. ¡Gracias por compartir!

La casa del ermitaño

Ya os he hablado de La poética del espacio, de Gaston Bachelard, un libro lleno de imágenes, tesoros, recovecos, secretos… En él, Bachelard muestra interés por los espacios en los que hemos estado en soledad, tanto si la hemos disfrutado como si la hemos sufrido.

El habitante del refugio, de la choza, es un ermitaño, un solitario que vive su casa como un nido en el que agazaparse.

La cabaña es la soledad centrada, la extrema soledad ante Dios.

De pronto, lo que era una simple caja superpuesta en un edificio impersonal, se convierte en la cabaña de un ermitaño en la que puede centrarse y ahondar en su soledad. De esta manera, quien se acurruca en ella puede preferir que haga frío fuera, que haya un “invierno ruso”, para poder sentir el refugio que supone su hogar.

Tenemos calor porque hace frío fuera.

Es interesante que en inglés cabaña se dice cabin, que es también cabina, camarote, barraca… La cabina evoca imágenes de un espacio más reducido aún.

Cabaña con luz encendida en un bosque nevado al anochecer

Fósiles de duración

Dentro del espacio de la casa, el tiempo se para. Es un “tiempo suspenso” que invita al ahondamiento psicológico y a las narraciones cercanas al sueño.

Bachelard se pregunta por qué nos saciamos tan pronto de la dicha de habitar, por qué no hacemos durar las horas en la casa, por qué no nos levantamos cada día sintiéndonos Robinson Crusoe, reinventando la casa a través de sus objetos, conectando el pasado con el día a día. Es como una búsqueda del tesoro en la que, cada día, al mirar los mismos objetos, libros, adornos, relojes, cofres, fotos…, arrojamos sobre ellos una luz nueva y logramos verlos como por primera vez.

Estos objetos que vienen de tan atrás están engarzados en “bellos fósiles de duración”, concretados por largas estancias. El inconsciente está felizmente instalado en este tiempo suspenso de horas infinitas, las que se adhieren a cada objeto convirtiendo la casa en una especie de museo arqueológico que vuelve a la vida cuando prestamos atención.

La ensoñación que da vida a los objetos

Y aquí entran los rincones de los que hablábamos anteriormente.

En un espacio como el rincón, podemos dejar pasar las horas sin hacer más que observar los objetos, tal vez imaginar sus vivencias, o incluso imaginar lo que el objeto pensaría de nosotros. Este es el campo que interesa a Bachelard, el de la ensoñación, el de la imagen creada por la mente en contraposición con la imagen real del espacio: ¿quién preferiría ver el plano real del cuarto de El cuervo a imaginarlo?

La vivencia desde el rincón es mucho más grande que el rincón mismo. Porque el rincón nos iguala: si nos situamos en esa esquina o “caja abierta”, el espacio que ocupamos es el que define el refugio improvisado, que más parece un nido que una estancia completa.

La necesidad de contacto humano

A pesar de todos estos entretenimientos mentales, estas ensoñaciones que conllevan horas de ensimismamiento, el ermitaño vive en soledad, y a veces necesita ver a sus semejantes.

Hay muchas personas solas, dentro de su casa-como-celda. Ya escribí sobre ello cuando observaba a una vecina del barrio sentarse en un banco a diez pasos de su casa, vecina que ahora tendrá que permanecer sentada dentro. O cuando describí los eufemismos que giran en torno a los singles y sus actividades.

Muchos ermitaños ya vivían la mayor parte de sus días con “distancia social”. Simplemente, no tenía nombre. Para trascenderla, hacían actividades en las que poder relacionarse, manteniendo grupos de amistades y tal vez teniendo pareja. Ahora esto no es posible, de manera que no se equilibra la vivencia fundamentalmente introvertida del ermitaño en su choza.

Así, cuando se habla de las medidas de desconfinamiento, pienso, no ya en el espacio que habitamos, sino en la forma en que lo hacemos, algunos en soledad, otros “excesivamente” acompañados.

No es posible no estar donde se está. Parece de perogrullo, pero es otra forma de decir que solo puedes estar aquí ahora. Aun así, si ocupas plenamente tu rincón y le das vida a los objetos que te acompañan, ampliarás tu experiencia y será menos dura.


¿Cuál es tu caso? ¿Tienes un rincón en el que te gusta acurrucarte? ¿Has reparado en los objetos que forman parte de tu vida?

Gracias por leer y por dejar comentarios 🙂

La casa como refugio, como celda

Cuando en el post anterior hablaba de la rutina, mencioné La poética del espacio, de Gaston Bachelard. Es un libro perfecto para leer en el refugio de una casa, porque es precisamente de lo que habla, de la propia casa y sus desvanes, sótanos, rincones, armarios, cofres… Como imágenes que perviven en nuestro inconsciente. La representación de una casa es una imagen que todos compartimos:

Logotipo de Quédate en casa del grupo A3, con el icono de una casa
Si nos piden dibujar una casa, pondremos tejado y chimenea, sin embargo, no se parecerá mucho a nuestra verdadera casa.

La casa como refugio

Cuando leí este libro por primera vez, vivía en un espacio en el que estaba a gusto. Mis sensaciones sobre aquel hogar iban en línea con las de Bachelard.

Cuando he retomado el libro ahora, lo que más me ha llamado la atención es que el autor habla de “espacio feliz“:

En este libro se examinan las imágenes del espacio feliz, espacios defendidos contra fuerzas adversas, espacios vividos, imágenes que atraen: la poética de la casa.

Según avanzaba en la lectura, el contraste entre mis sensaciones y las descritas por Bachelard iba en aumento. El autor describe la casa como un espacio de intimidad protegida, y el habitar como el germen de la felicidad central.

En contraste, fuera de la casa está el espacio de la hostilidad. Por tanto, la casa es un lugar de protección.

Yo soy el espacio donde estoy. – Noël Arnaud

En este espacio que somos porque lo ocupamos, podemos felizmente revivir un paseo por un camino, de tal manera que el recuerdo del sendero sirve de ejercicio. Esta forma de expresarse de Gaston Bachelard podría hacernos pensar que tampoco salía demasiado y que, cuando salía, su ejercicio físico se limitaba a dar largos paseos por el campo. Parece que aprecia más recordar haber paseado que dar el paseo mismo, hasta que dice:

El paseo es el símbolo de la vida activa y variada.

La libertad de movimiento que ahora nos falta es ese paseo de la vida activa, y puede compensarse con la vivencia de un hogar feliz y acogedor.

Espacio de trabajo reconvertido en gimnasio, al girar la pantalla del ordenador
Cómo reconvertir el espacio de trabajo en gimnasio en unos segundos.

La casa como celda

Llegué a otra explicación que en la primera lectura no me llamó la atención y que me ayudó a entender las descripciones de espacio confortable. Y es que, según Bachelard,

Los habitantes de la gran ciudad viven en cajas superpuestas, en una especie de lugar geométrico, un agujero convencional.

Todo me cuadró cuando vi “cajas superpuestas”. Toda la explicación de la verticalidad de la casa en el eje sótano-desván no aplica cuando la casa no es más que una caja rodeada de otras cajas en un edificio, en la que probablemente nuestra intimidad se vea invadida por ruidos de los vecinos, que nos llegan quizá por la débil construcción de los muros.

Tampoco aplica la cosmicidad que rodea a una casa integrada en la naturaleza, que “conoce los dramas del universo”.

Cuando se habla de las medidas de desconfinamiento, no dejo de pensar en los espacios que habitamos y cómo es más complicado ser paciente en un espacio angosto y oscuro.

Muchos habitamos el espacio que podemos, no el que queremos. Unas personas están en su chalet, con su jardín, su patio, zonas a las que pueden salir las horas que quieran a tomar el sol y el aire, jugar con sus hijos, leer… Otras personas están en un lugar muy reducido sin luz natural, teniendo que mover los muebles cada vez que quieren hacer un poco de ejercicio o, simplemente, teletrabajar. Y entre ambos casos, una amplia gama.

La casa se vive como celda cuando sentimos que en ella no está todo aquello que necesitamos, sea o no cierto. 


¿Y tú, cómo vives tu casa? En estos días en que suponemos que el virus está fuera, ¿sientes tu casa como un refugio, como un espacio feliz en que estás a salvo? O por el contrario, ¿sientes que estás atrapado/a entre sus paredes?

Gracias por leer y por comentar. 🙂

Homenaje a la rutina

La rutina, ¿recordáis?, es lo que siempre queríamos dejar atrás. La expresión utilizada era:

Escapa de la rutina.

Y luego nos vendían un coche. O cualquier otro producto.

Sin embargo, cuando nos han quitado la rutina, nos hemos desorientado por completo.

Ha habido largas semanas en las que tratábamos de adaptarnos a la nueva situación. El ¿quién se ha llevado mi queso? ha sido el motor de la búsqueda por los laberintos.

Después, poco a poco, hemos encontrado rutinas y citas diarias que nos han ayudado a estructurar el tiempo. Los expertos las aconsejan. Se nos dice que es mejor tener una rutina diaria y, curiosamente, nadie se plantea “escapar de la rutina”, sino que la reacción ha sido buscar la rutina y mantenerla.

Esta es la enorme capacidad adaptativa del ser humano: parece que ahora hasta nos sentimos cómodos/as en la nueva situación, “inexperimentada” (tomo esta palabra de Emilio Lledó, perfecta para describir la situación).

Expertos en confinamiento

Antes he dicho que los expertos aconsejan las rutinas diarias. Me gustaría conocer la composición del grupo de expertos: quién lo dice, cuál es su experiencia, por qué lo contrario de la rutina no sería aconsejable…

Quizá los mejores expertos en cuanto a encierro son los presos, o las personas que tienen que vivir en aislamiento por algún motivo.

Fotograma de la película Cadena perpetua, en la que los presos parecen estar habituados a la rutina de la cárcel
Fuente: https://vandal.elespanol.com/noticia/r4749/cadena-perpetua-no-se-podria-haber-hecho-hoy-en-dia-dice-frank-darabont

La evocación de los presos me trae el recuerdo de frases de la película Cadena perpetua, como “lo único que tenemos es tiempo” o cuando dicen del que se ha adaptado por completo a la cárcel, hasta el punto de no poder vivir fuera de ella, “se ha institucionalizado“.

Otro ejemplo de aislamiento son los científicos que están a solas en una base en lugares remotos como el Polo Norte, o personas como Roberto Saviano, a quien Iñaki Gabilondo entrevistó el pasado jueves en Volver para ser otros. Roberto Saviano es un periodista perseguido por la camorra por haber revelado sus actividades en distintos libros y artículos. Está amenazado de muerte y va con escolta desde los 26 años; ahora tiene 40.

El propio Saviano afirma que ha aprendido de las personas encarceladas y de las que están postradas en una cama. Y sus conclusiones son que (parafraseando a Saviano):

Lo mejor para vivir confinado, aislado, es tener una rutina exactamente igual cada día, estar disciplinado a esa rutina como forma de medir el tiempo, de estructurarlo y de pasarlo.

Encuentra tu rincón

Roberto Saviano también nos recomienda encontrar nuestro propio rincón, hacer nuestro un espacio para vivir la casa de forma profunda, no como estando de vacaciones, sino buscando una comodidad que nos puede aportar paz. Esto me ha recordado a uno de los libros que he retomado estos días, La poética del espacio de Gaston Bachelard.

Según Bachelard, el rincón es ese espacio reducido donde nos gusta acurrucarnos, agazaparnos. Es como el germen de la habitación o de la casa. Nos dice:

El rincón “vivido” restringe la vida, la oculta, es una negación del universo.

Este refugio a modo de caparazón parece adaptarse a la restricción impuesta desde fuera: si tengo que permanecer en este espacio llamado casa, puedo a mi vez recogerme  en un espacio aún más restringido, más íntimo, que será mi rincón.

La libertad es movimiento

Siendo esta situación un “Atrapados en el espacio (de mi casa)”, parece que las rutinas son las que ayudan a trascender ese espacio, especialmente cuando conllevan una relación con otras personas a través del teléfono y las distintas redes sociales, o bien cuando se trata de meditar y evadir la mente.

Sin embargo, Roberto Saviano comentaba en la entrevista antes citada que la libertad es movimiento. Deseamos salir y movernos libremente, esa es una esperanza lícita, que sin embargo mantenemos enfriada de todas las maneras posibles.

Gracias a la creación de nuestros pequeños rincones, la práctica de ejercicio que quepa en nuestro espacio, y el vivir con plenitud y confianza el momento presente, podemos aparcar el fuerte deseo de libertad a través del movimiento.

Gracias a la rutina

A pesar de que lo más creativo es responder a cada momento a lo que está sucediendo, y estar en la acción y en lo que se necesita, lo cierto es que tenemos que dar gracias a la rutina, que nos permite apoyarnos en ella y estar cómodos en nuestros rincones, en nuestros espacios, en nuestro día a día.

Así, sentimos que hay menos incertidumbres y que dejamos de ir a ciegas. Por ello, este homenaje a nuestra amiga la rutina.


Aquí puedes ver la entrevista completa a Roberto Saviano:

En casa… separados se escribe junto

En casa, como la mayoría… Buscando formas de pasar el tiempo.

A cada uno de nosotros/as nos ha pillado esto de una forma: solos o acompañados, con trabajo o sin trabajo, o con cambios radicales en el ritmo de actividad hacia el exceso o hacia el defecto.

“Cualquier cosa” mejor que si lo que nos toca es pasar por el hospital o si las consecuencias son fatales, para nosotros o los más allegados.

Quería recoger aquí algunas iniciativas que me han ido llegando para pasar el tiempo y comunicarse con los demás.

Comparte tu canción preferida

Un compañero mío de teatro escribió hace dos días en el grupo de whatsapp el siguiente mensaje:

No sé si recordaréis el programa de radio, “peticiones del oyente”. Se dedicaban canciones a amigos y familiares en fechas señaladas. ¿Qué os parece si seguimos el hilo y cuando tod@s hayamos puesto una canción, votamos y elegimos la canción del día? Es una pequeña aportación para hacer más llevadero el confinamiento.

Y compartió una primera canción. A partir de ese momento, he podido conocer muchos artistas, canciones y vídeos que ignoraba y paso un buen rato escuchando las canciones, algunas de ellas muy emocionantes. Al final del día votamos las 3 que más nos han gustado y al día siguiente se listan los 3 ganadores.

He pedido permiso a este compañero para compartir su iniciativa. Desde entonces, funciona con éxito en otros dos grupos numerosos. Os animo a replicarla en vuestros grupos de whatsapp de gente cercana. 🙂

Tocando música para los demás

Desde hace días, los artistas se han volcado con el “quédate en casa” y comparten música que graban en casa, incluso entre varios.

Quería compartir esta canción de mi amigo Miguel Vigil, un artista de la música y de la letra. Me quedo con su “separados se escribe junto” que tan intensamente se siente estos días:

También he recibido esta otra canción en grupo que me ha parecido muy chula:

Hacer ejercicio

Se han compartido muchos vídeos y herramientas para seguir haciendo ejercicio en casa. No podemos pasear ni correr, quizá no tenemos en casa una bici estática, pero podemos mantenernos en forma. Yo me decanto por el baile, un tipo de ejercicio que me sube el ánimo, ya que combina escuchar música con mover el esqueleto.

Por poner algún ejemplo, aquí va un vídeo con coreografía tipo zumba pero fácil:

Hacer un curso… o continuar las actividades

Una amiga mía tiene un negocio de Tai Chi, yoga, etc. Hemos hablado sobre cómo podía continuar la actividad. A la idea de grabarse en vídeo y de tener un canal en YouTube, se añadió que los alumnos/as se graben haciendo el nuevo movimiento que les enseñe, con el fin de poder corregirlo.

Otras amigas tienen una escuela de artes escénicas. También hemos hablado de formas de verse en grupos grandes, como Google Hangouts o Skype, y se han decidido por esta última. La idea es reunirse con los alumn@s, trabajar el personaje que tiene cada uno asignado, etc.

Si lo que te ha tocado es poca actividad laboral y/o soledad, puedes apuntarte a uno de los cientos de miles de cursos gratuitos que hay online. He recibido este enlace de Fundación Telefónica y me he matriculado en este curso de Telefónica Educación Digital que juraría que gestionó un antiguo compañero de trabajo en esta empresa que ahora está en venta.

El curso dura 8 semanas. Incluso si estudio 2 módulos por semana, tengo para un mes de curso. Y así puedes estar hasta el infinito. Ya digo: la oferta es muy amplia, hay cursos muy buenos (como este) y sirve para pasar el rato y desconectar un poco del teléfono.


¿Cuál es tu forma de pasar el rato? ¿Cómo prefieres comunicarte? Comentarios siempre bienvenidos, y más en esta época.