Más sabe la diabla por vieja

He cumplido 45 años y lo celebro escribiendo aquí. Creo que, por más que muestre que ahora estoy cómoda con mi edad, nunca lograré recuperar el no haber celebrado cumplir 30 porque me parecían muchos…

Tarta de cumpleaños con velas encendidas sobre ella

Celebrar el cumple trabajando

Es habitual para mí desde hace unos años celebrar el cumpleaños trabajando en una situación especial o que demanda más de mí. No es algo que busque, es algo que surge. He celebrado el cumpleaños:

  • En un viaje de trabajo en Estocolmo. Allí se hace de noche a las 15.15 en un día como hoy, allí me enteré de que ellos celebran Santa Lucía como el día más corto del año. Para los suecos, el día más corto no es el 21 de diciembre, es el 13 o 14. Desde que supe aquello, observo que en realidad los días se empiezan a alargar a partir del 14, no del 21.
  • En una fiesta de empresa en La Coruña. Es muy habitual que mi cumpleaños coincida con la fiesta de empresa. Ha ocurrido en varias ocasiones, y una de ellas fue en La Coruña, donde está la empresa para la que trabajaba en ese momento.
  • Dando clase. También es frecuente que el curso que imparto coincida con mi cumpleaños. Es como lo celebré ayer, impartiendo un curso muy especial de finanzas para no financieros, basado en juegos y sin hacer ningún cálculo, transmitiendo conceptos sencillos y claros. Llevé bombones a mis alumnos, al fin y al cabo eran las personas con las que iba a pasar la mayoría del día.

Conozco personas que no trabajan el día de su cumpleaños, o que quisieran hacerlo. Para mí, en estas fechas en que suele hacer bastante frío y se hace de noche pronto, casi es más especial celebrarlo como os he descrito que teniendo un día cotidiano.

Felicitaciones y redes sociales

Luego están las felicitaciones. Prueba a quitar la fecha de tu cumpleaños de Facebook a ver quién la tiene realmente presente. Yo directamente ya no uso Facebook hace un tiempo, por lo que esta fuente de información ya no estaba disponible para mis contactos.

Recibí muchas felicitaciones por Linkedin, de dos tipos: las personas que me conocen y las que no me conocen. ¿Por qué felicitarías a una persona a la que realmente no conoces? 

Volviendo a que sean las redes sociales las que te digan quién cumple años, pienso que se parece a que los dispositivos te digan si te encuentras bien o no. Cierto poder sobre la propia vida se pierde al delegar en los sistemas inteligentes. En lugar de decidir qué fechas quieres recordar (y utilizar la memoria o un calendario), la red social lo hace por ti, pero entonces te recuerda todas, las que quieres recordar y las que no.

Es como cuando Google fotos, como idiot savant con buenas intenciones, te recuerda un día de hace unos años que tú no quieres revivir ni por asomo. En ese momento te dices que vas a borrar todas las fotos de esta aplicación, y luego se te olvida…

Virtual frente a real

Ayer, además de celebrar mi cumple con mis alumnos, asistí a clase de teatro. En teatro hay contacto humano real, las personas se miran a los ojos, entran en contacto físico, se abrazan, se dan la mano, se acercan unas a otras… ¿Suena demasiado íntimo? Es probable: lo es. Es íntimo frente a lo virtual, basado en caricias que están tan alejadas del cuerpo que prácticamente no dan calor.

Más cómodo y casi igual de cercano: ayer recibí un mensaje de voz que me cantaba el cumpleaños feliz. Esto me hizo mucha ilusión, me llegó el calor de esta canción. Usando el mismo medio, el teléfono inteligente, se hizo un uso “analógico” del aparato al grabar la propia voz. Una lástima que no pude escucharlo cuando se produjo la llamada: estaba, como os decía, dando clase a mis alumnos.

Nos están preparando para una vida peor

¿Quiénes son los que nos están preparando para una vida peor? Quizá nadie en particular y todos en general(*)… Lo que sí me parece es que se va normalizando esperar una progresión hacia abajo en vez de hacia arriba, en la que las generaciones siguientes van a vivir peor que las anteriores, pese a los avances tecnológicos.

De nada sirve que un milenial mantenga “conversaciones” con una inteligencia artificial como Alexa, que le lee los emails y le organiza la agenda (ejemplo tomado del curso Futures Thinking), cuando ese milenial no tiene trabajo y, si lo encuentra, está pagado a la mitad de lo que lo estaba hace diez años.

El otro día vino un pintor a rematar una pequeña obra que afectó al techo. Y estuvimos hablando. Vicente, de 64 años, se había dado perfecta cuenta de muchas cosas en su trayectoria de vida:

  • Antes, en una obra, se trabajaba por una cantidad decente de dinero. No se trabajaba por menos, ni se trabajaba los festivos. Los trabajadores hablaban entre ellos y enseguida hacían piña para defender sus derechos.
  • Antes, en una obra, había personal, y siempre pasaban por ella el jefe de obra, el ingeniero, el arquitecto. Ahora no se ve a casi nadie, hay cuatro, son normalmente de otro país (sin que esto signifique nada negativo, simplemente, no reclaman los derechos que habían ganado los otros).
  • Antes, cuando pasaban el ingeniero y el arquitecto revisaban la obra, señalaban lo que estaba mal, lo hacían repetir si era necesario. Ahora, según relataba Vicente, las obras nuevas se caen a pedazos y producen derramas casi inasumibles para los propietarios.

Plano de una obra para edificar una vivienda

Esto de las obras es extensible a lo que vengo observando en mi sector. Tengo 10 años menos que Vicente, el pintor, y aun así tengo clara percepción del empeoramiento de la calidad del trabajo y de lo que se paga por él.

Calidad significa tiempo y recursos

Ahora, en los proyectos se busca una calidad efectista, es decir, una apariencia de calidad y alto nivel, como la de las obras que mencionaba Vicente. No se busca una calidad fruto de dedicar tiempo y recursos a un proyecto. ¿Por qué? Porque se quiere ganar el dinero antes, supongo. Y se quiere ganar más.

¿Qué ocurre? “Que si pagamos por la calidad a los últimos de la cadena de producción, los de arriba ganamos menos”, diría alguno que se atreviera a afirmar lo que está haciendo.

Según Nicholas Nassim Taleb, las empresas grandes están en quiebra, lo sepan o no. Se están autoengañando y engañando a la sociedad con ello.

Es razonable que gane más dinero quien puede planificar de forma estratégica,  organizar el trabajo y generar negocio como para pagarlo. Es razonable que su visión de negocio y sus contactos estén pagados. Lo que ocurre, sin embargo, es que arriba el dinero se cuenta por millones o por miles de millones. Esto es muy goloso y nubla la vista. “Amasemos dinero, luego ya se verá”, parecen decir.

En el siguiente nivel están los trabajadores cualificados de la empresa y los mandos intermedios, los que meten los datos en un Excel y hacen un gráfico para presentarlo en la próxima reunión, incrustado en un PowerPoint. Por sus ojos pasan los millones, pero no los amasan, claro. Amasan los miles, quizá. Pero lo que más les llama la atención es observar que su trabajo se subcontrata mientras ellos marean el mismo Excel porque no tienen mucho que hacer. Se dicen:

“Un día peta todo esto y nos echan a la calle, cuando se den cuenta de que no aportamos nada.”

Pero la rueda sigue girando.

El subcontratista a su vez, al comprobar que puede amasar los miles, busca a una serie de autónomos que podrán amasar los cientos. El trabajo que una gran corporación vende a otra gran corporación lo realizan autónomos que reciben cientos de euros por ello. Estos lo hacen con la máxima calidad que pueden. ¿Es consciente la empresa cliente de que lo que recibe lo ha realizado una sola persona en su chamizo? ¿Es consciente de que los miles que está pagando se los podría estar ahorrando? Diría que no. Es más, diría que a ninguno de los que intervienen en el proceso le importa todo esto:

  • el autónomo consigue trabajar… (además, tod@s sabemos que un autónomo nunca enferma, somos el pilar de la economía),
  • el intermediario consigue trabajar con grandes empresas, “clientes estratégicos” con los que “pierde” pero puede seguir funcionando,
  • la gran empresa consigue que se haga lo que necesita, se financia con proveedores y además, resta de su cuenta de resultados el gasto en ese personal que marea hojas Excel y presentaciones en PowerPoint.

Aún hay más…

El pintor y yo también estuvimos hablando de las amenazas del cambio climático y de las decrecientes reservas de agua. Convenimos en un aspecto: nadie quiere rebajar su nivel de vida para “luchar” contra el cambio climático. Nadie va a cerrar su grifo, nadie va a bajar la temperatura de su termostato. Nadie va a dejar su coche aparcado para irse en transporte público. Este “nadie” puede ser “la mayoría” o puede ser:

Después de estar puteado trabajando por cientos cuando sé que el trabajo que hago vale miles, no voy a recortar mi calidad de vida más, ya tengo suficiente carga con pagar un alquiler casi inasumible y demás gastos para vivir…

Las teles ya nos van preparando para lo peor, nos van poco a poco concienciando de que “las consecuencias van a ser desastrosas” o lo están siendo ya.

Por tanto, si vuelvo a este curso de Coursera sobre pensamiento del futuro, en el que te invitan a imaginar un futuro a 10 años desde hoy, lo cierto es que los indicadores de cambio que ellos destacan (todos basados en la transformación digital) no me parecen tan llamativos como el hecho de asumir el empeoramiento de la calidad de vida, sin más.

Esta forma de asumirlo invita a tomarlo como cierto y a hacerlo real…

(*)Por cierto, Vicente sabía perfectamente quiénes son los que nos están preparando para una vida peor: somos nosotros. Cada uno de nosotros/as es quien toma la decisión de trabajar o no a ese precio, de aceptar o no que se implanten unas normas; cada uno es responsable.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Has observado un empeoramiento de la calidad de vida? ¿Crees que puede ir a peor?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Lo que no se ve

Ahora está de moda que los dispositivos te digan cómo estás: miden tus pasos, miden tus pulsaciones, te dicen que tienes que parar o que moverte… Incluso hay una serie de dispositivos ponibles (wearables) que se incorporan a nuestro cuerpo en forma de prendas, relojes, gafas, brazaletes, marcapasos…

De alguna manera miden lo que no se ve y nos lo comunican, a nosotr@s o al médico.

Imagen de un reloj inteligente en la muñeca de una persona: la tecnología ponible o wearable

Pero, ¿y si los wearables indicaran a los demás nuestras necesidades?

Viajando en metro (muchas cosas se me ocurren viajando en metro) se me ha ocurrido que debería existir una forma “justa” de determinar quién tiene más necesidad de sentarse en los asientos libres. He observado que, al margen de discapacidades o necesidades evidentes (embarazadas, personas muy mayores), los que se sientan son gente rápida y avezada que se lanza al asiento, con lo que podrían ser justo los que menos lo necesitan.

Me gustaría que existieran prendas ponibles que indicasen por ejemplo mediante una escala de colores quién necesita realmente sentarse en el metro, tren o bus y quién puede permanecer de pie.

El algoritmo podría tener en cuenta distintos factores.

Factores de tipo “logístico”

  • El número de paradas que le quedan a la persona.
  • Las horas que lleva esa persona de pie (por ejemplo, porque trabaja de pie o de noche).
  • Los minutos/horas que lleva una persona en los transportes hasta su destino.
  • El tipo de actividad que le espera o de la que procede.

Factores de tipo médico

  • El dolor que pueda estar sintiendo una persona.
  • La incontinencia.
  • La falta de equilibrio.
  • La tensión muy baja.
  • El cansancio extremo por dolencias como fatiga crónica, esclerosis múltiple o hipotiroidismo.

Y no digamos si se combinan factores de tipo logístico con factores de tipo médico.

Todos estos factores son invisibles, no se aprecian, la persona “los sufre en silencio” mientras observa cómo alguien joven, aparentemente sano, se da mucha prisa en sentarse en el asiento al que se dirigía torpemente.

Ingenier@s, esto es un llamamiento, hay que fabricar este dispositivo.

Pero…

Sí, es cierto, ¿cómo se miden el dolor, el cansancio?

Resulta que los médicos reconocen que el dolor o el cansancio son experiencias subjetivas, que es el individuo el que marca las intensidades y que, ante el mismo dolor, hay umbrales distintos, por lo que cada persona puede estar experimentando un grado muy distinto de incomodidad. ¿Podría un dispositivo detectar o deducir estos condicionantes?

Por otro lado, el dispositivo podría llevar incorporada toda esa información “de categoría especial” que no queremos que nadie sepa. A ver, que nadie quiere llevar un cartel que diga “soy un enfermo”; quien ya no lo puede ocultar no se siente bien con las miradas compasivas de los demás.

Por último, el dispositivo podría llevar cargada la información del viaje que va a realizar la persona según los billetes que ha adquirido, o bien el histórico de su ubicación en Google o información similar.


Mientras no se invente el dispositivo ponible que indique a los demás quién necesita más sentarse en un transporte, por favor, joven, san@ y sobradamente preparad@, mira a tu alrededor antes de correr a sentarte para seguir consultando tu móvil. Puede haber personas que lo necesiten mucho más que tú. Mucho más. Gracias.

Misión: vivir tu vida

Esa es la misión, parece simple: vivir tu vida.

Pero ojo, no pone “vivir la vida” sino “vivir tu vida”. ¿Por qué?

Por que de “vivir la vida” se pasa fácilmente a “disfrutar de la vida” y de ahí a “divertirse en la vida”.

No es que vivir tu vida no implique disfrutar y divertirse.

Es que en tu vida hay situaciones y personas que no tienen nada que ver con disfrutar y divertirse porque son difíciles y no te gustan.

Vivir tu vida plenamente es ir experimentando todo lo que te va llegando, o “te toca”, o “aparece en tu camino”, todo es lo bueno y lo malo. ¿Bueno y malo? Muchas veces no son más que etiquetas, ¿cómo determinamos que algo es bueno o algo es malo?

En cualquier caso, la misión es bastante más difícil de lo que a priori parecía, aunque no imposible.

Un camino en un bosque que implica cruzar un puente

¿Qué ocurre cuando no quieres vivir lo que te toca?

Por ejemplo, no quieres ni ver a una persona con la que te toca interactuar, sea tu jefe o jefa, sea un familiar, sea alguien en un grupo de amistades o de aficiones… Y lo que observas es que esa persona es demasiado visible, siempre está ahí, cuando menos la soportas más la ves, más chocas con ella.

Incluso si la persona es un personaje público con quien no interactúas pero que aparece en la tele, es posible que te dé la sensación de que “no hace más que salir”, “con lo que odio yo su cara, ¿de qué se está riendo?”, etc.

O si no quieres pasar por una situación, por ejemplo un pico de trabajo, te resistes a quedarte más horas, te resistes a hacerte cargo, y da la sensación de que cada vez tienes más trabajo, que cada vez es más difícil, que el trabajo te asfixia, te derrumba.

Es decir, que cuando no lo quieres vivir, aquello que no quieres vivir parece hacerse más grande. Y es posible que se deba a que le prestas más atención de la que merece, lo magnificas, le das un espacio que le quitas a otras cosas de tu vida que sí te apetece vivir.

¿Qué ocurre cuando confundes vivir tu vida con divertirte?

Propio de los escapistas profesionales. Se dicen:

Vale, voy a vivir mi vida por todo lo alto, a tope.

Esto significa salir de juerga, beber, trasnochar, o significa gastar el dinero que no se tiene, o incluso no parar quieto/a entre unas aficiones y otras, casi con la obligación de divertirse y disfrutar, huyendo de todo lo demás.

Es un modo de vida de la juventud, si estás entre los 18 y 23 años, más o menos, cuadra bastante: vives con tus padres, quieres quemarlo todo, darlo todo, recibirlo todo.

Cuanto más alejado de esas edades, más posible es que con este comportamiento te ocultes aspectos “negativos” de tu vida, que quieras hacer como si no tuvieras achaques, que quieras salir con gente más joven para creer que tú eres más joven o que te dé la sensación de que los de tu edad están amuermados.

Vale, puede que lo estén…

Pero te está faltando mirar de frente “la otra parte”, la cara oscura de tu vida, lo que tapas a base de actividad. Puede que la otra parte sea simplemente que has pasado de los 40 (o de los 50, etc.) y no puedes tolerar envejecer. Puede que sea una dolencia. Puede que sea una situación familiar difícil. Sea lo que sea, no lo estás viviendo y sin embargo permanece.

Entonces, ¿qué pasa? Hemos dicho antes que si prestábamos mucha atención a lo difícil lo hacíamos crecer y ahora decimos que si no le prestamos atención, lo difícil permanece ahí como si nada.

¿Cómo vivir lo difícil?

Pues realmente un poco de atención hay que darle: la suficiente para vivirlo, experimentarlo, darle paso y dejar que pase. Esto me recuerda a la escena de El club de la lucha en que Tyler Durden quema con ácido la mano del protagonista mientras le conmina a vivir el dolor, no apartarlo con imágenes mentales (a partir del minuto 0:50 más o menos):

 


En conclusión, ¿vives tu vida? Me gustaría conocer tu opinión.

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Estar cómodos en la incomodidad

De esto ya he hablado, ¿verdad? Es una de esas ideas que se me quedan en la cabeza por tiempo, voy viendo ejemplos de cómo aplicarla, voy entendiendo su importancia.

Lo cierto es que, desde que Will Smith dijo esta expresión en el Hormiguero, algo que ya hemos citado en este blog, se me han ocurrido muchas situaciones donde merece la pena probar a estar cómodo/a en la incomodidad.

Haciendo frente a los miedos cotidianos

No hay nada más incómodo que enfrentarse “desamparado” a miedos cotidianos como:

  • No llevar suficiente abrigo y pasar frío.
  • Pasar calor y sudar.
  • Ir por la calle y tener la sensación de ser mirado de forma insistente y juzgadora.
  • No llevar paraguas y mojarse.
  • Que los zapatos aprieten.
  • Observar que nuestro whatsapp no ha sido leído.
  • Quedarse con el bañador mojado.
  • Observar que nuestro whatsap ha sido leído hace horas y no contestado.
  • Tener que seguir andando con una ampolla en un pie.
  • Esperar una llamada que no llega.
  • Estar en el atasco de cada mañana.

En todas estas situaciones y similares, lo que interesa es aprender a estar cómodo en esa incomodidad, esa pequeña ansiedad que estamos sintiendo porque algo no encaja con nuestra definición de la comodidad y el confort.

Una vez se logra esto, una vez se es capaz de afirmar: “Aunque me esté mojando porque no llevo paraguas y esto me molesta, soy capaz de seguir andando o de esperar a que escampe”.

Quitar hierro al asunto

No se trata más que de quitar hierro al asunto, de dejar de dar importancia a pequeñas molestias que, si miramos fijamente, parece que las hacemos crecer, que poco a poco van siendo más grandes hasta convertirse en insoportables.

Lo contrario es dramatizar, crear una gran montaña del pequeño grano de arena que se nos metió en el zapato. Y luego contárselo a otras personas, señalando lo desgraciados que nos sentimos por tener esta piedrecita en el zapato. En ocasiones, movemos a la compasión. En la mayoría, el otro puede estar pensando:

“Yo también tengo una piedra en un zapato y otras cosas peores que se ve que no te puedo contar, porque no pareces capaz de soportarlas…”

De quitar hierro al asunto y prestar atención a otras cosas se va formando callo, y de esto trata la vida, quizá, de ir haciendo callo e ir siendo capaz de vivir en entornos incómodos; lo que se llama crecer.

¿A qué prestas atención?

Aquello a lo que prestas atención es lo que está en tu conciencia. No es sabiduría oriental ni esotérica, es sentido común y funcionamiento del cerebro: nuestra atención es bastante limitada, podemos atender a un número de estímulos y no más, y durante un cierto tiempo (minutos) y no más.

¿Cómo es posible que esta pequeña atención se la estén llevando esas situaciones que subjetivamente nos parecen incómodas?

Eduard Punset, en uno de sus programas, habló de cómo nos habituamos a una sensación hasta dejar de sentirla. Por ejemplo, nos ponemos unos calcetines que al principio presionan en la parte de la goma elástica que llevan arriba. Al poco rato, dejamos de sentir esta leve presión. Si en cambio nos dedicáramos a “mantener viva” la sensación de presión, estaríamos añadiendo ruido a cómo percibimos el mundo.


Por tanto, estar cómodos en la incomodidad supone dos cosas: hacer frente a las sensaciones “negativas” que tenemos y ponerlas en su lugar para poder prestar atención a lo que de verdad nos interesa que componga nuestra vida.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

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De belleza y de dolor

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas

Cuando era adolescente tenía fotos de Tom Cruise y de Michael J. Fox en la pared y en la carpeta. ¡Cómo no! ¡Qué guapos! En esa época y durante muchos años no tenía ninguna duda de que la belleza es algo físico y que enamorarse de la belleza es solo cuestión de mirarla. En comparación, yo no me sentía muy bella y para mí era totalmente imposible que un tío con ese aspecto se fijase en mí.

Una vez, por esa época, Cristina Almeida dijo en la tele que te das cuenta de que el hombre de tu vida no es uno de esos guapos, sino un señor normal, quizá calvo, quizá con barriga, quizá no muy alto, digamos Pepe Pérez, con un aspecto que habrías rechazado sin duda antes de madurar.

Y yo recordaba esto y decía: “eso es tirar la toalla”.

Y vas caminando por la vida y, sin darte cuenta, notas que el guapo aquél resulta que por dentro no es nada guapo, que sigue siendo un niño porque no ha tenido que enfrentarse a dificultades. Y ves a aquel otro, guapo o no, que lleva una carga muy dura, que asume con grandeza, que tiene un destino difícil, y lo abraza. Y de ese te enamoras.

Una mujer y un hombre se abrazan y sonríen

Lo repito porque esto es un hallazgo:

Lo que embellece a una persona es la grandeza con la que asume sus cargas.

Lo que quita luz a una persona es la manera en que lleva sus miedos

El miedo paraliza, encoge, congela, oprime, encierra, encarcela a la persona.

Lo miras y ves a su alrededor un muro impenetrable, te chocas con él, notas una distancia que te hace alejarte. No puede ser de otra manera: por más que una persona llena de miedo esté deseando ser vista, tocada y querida, muestra todo lo contrario.

Es una carga también, sin duda: algo hay en la trayectoria personal de quien tiene mucho miedo, algo o muchas cosas, que le han llevado a construir un muro defensivo del que a veces no es consciente pero que desde fuera se ve con claridad. Como no es consciente, es una carga no asumida. Un trauma no superado. Un bloqueo que se va a deshacer cuando haya alguien tan valiente como para tocar a la puerta.

El trabajo que da el miedo es grande. Para cultivarlo hay que tener un listado de reglas que se saca cuando surge una situación que dispara las alarmas. Hay que echarle horas a espantar fantasmas:

  • Llevando un aspecto impecable, no sea que alguien vea alguna imperfección.
  • Pasando la noche a base de zumos, no sea que alguien me vea borracha y empiece yo a hacer cosas de las que luego podría arrepentirme.
  • Midiendo las palabras y los gestos, no sea que en un descuido toque a otra persona u otra persona me toque a mí.
  • Instalando alarmas reales y figuradas en todas partes: la casa y el cuerpo.
  • Desinfectando todo para alejar “bichos”, ya sean bacterias, insectos o personas.

Y lo contrario de todo esto es volver al punto 1: asumir el propio destino, los propios traumas, entrar en “las cloacas” propias a ver lo que realmente hay, saberlo y moverse entre la gente con ello puesto, trabajando con uno mismo/a para ir soltando lastre, comprendiendo que tocar el alma de otro solo es posible a través de la rendición ante quien se es, con todo, especialmente con aquello de lo que quisiéramos huir.


Tal vez la carga y el miedo sean dos caras de una misma moneda: hubo dolor, hubo sufrimiento, ahora me construyo el parapeto del miedo para no volver a sufrir. Lo que pasa es que si no vuelves a sufrir, no vuelves a vivir, nada te llega, no estás aquí.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

 

Recuerda

Mujer tumbada sobre hojas secas en un parque recordando el pasado

¿Recuerdas haber estudiado un montón de información de diverso tipo cuando estabas en el colegio? ¿Recuerdas el detalle de alguna de esta información ahora? Se suele poner como ejemplo resolver raíces cuadradas: ¿quién puede recordar semejante cosa si no la utiliza?

Otro ejemplo son las fechas: ¿alguien recuerda las fecha de nacimiento y muerte de, digamos, Quevedo? Salvo fechas muy notorias como el descubrimiento de América, ¿qué fechas de las que estudiaste recuerdas ahora?

¿Recordar es bueno o es malo?

Recordar es bueno

En nuestra historia académica se nos ha premiado por recordar. Lamentablemente, no solo en el colegio: casi toda la formación de adultos basa sus evaluaciones en que el alumno haya memorizado partes del curso, más que en que sepa utilizar la información que recibe (porque en la mayoría de los casos no se le enseña a ello). En todo caso, recordar sería “bueno”.

Además, se dice que quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. En este caso, recordar también es “bueno”, no solo recordar lo que hemos vivido, sino también lo que ocurrió antes y nos han contado, a ser posible recordando también fechas, nombres y lugares, porque si no, esa información ya no tiene el mismo valor.

Antes todo esto era campo

Por otro lado, recordar calles o edificios que ya no existen, puentes que se han tirado, campos que se han convertido en bloques de pisos… Esto parece nostálgico y supuestamente no sirve para nada más que para anclarse en el pasado. Es un pasado que habría que meter en cajas de mudanza y llevar discretamente a la basura.

Además, no sabemos hasta qué punto reinventamos un recuerdo cada vez que lo traemos a la mente, de manera que podemos magnificar o minimizar objetos, emociones o acciones que no fueron así.

En estos casos, recordar es “malo”.

Recordar haber tenido más derechos laborales, recordar que antes de la crisis de 2008 se ganaba lo mismo en términos absolutos que en 2019, recordar que de pequeños parecíamos tener talento y observar que no dio lugar al éxito… eso no es bueno, porque nos convierte en el ratón que se queda atrapado en una zona del laberinto donde antes obtenía queso y ya no.

Así, recordar también es “malo”.

El recuerdo de normas, creencias y saberes

El “peor” recuerdo es el de normas, creencias y saberes que en la época actual están prohibidos, censurados o altamente criticados. Eso hay que borrarlo, tacharlo, eliminarlo y, a ser posible, reescribirlo.

No hay que tener una historia vital muy larga para recordar creencias y saberes demostrados científicamente hace unos años que ahora no se pueden mencionar sin alterar los ánimos. Muchas de estas creencias y saberes llevaban consigo una serie de publicaciones serias, cursos, carreras universitarias, negocios y puestos de trabajo.

Todo eso se tiene que ir a la basura y recordarlo es “lamentable”.

Una oveja en primer plano y al fondo un rebaño

Es un poco como los Mandamientos que se inscriben en la pared en Rebelión en la granja. Al principio, siete mandamientos bienintencionados, claramente redactados.

Después, estos mandamientos se van transformando: mientras que las ovejas repiten las nuevas consignas borrando automáticamente de sus mentes las anteriores, el caballo (o yegua, no recuerdo) cree recordar que “ahí antes ponía otra cosa”. Este es un recuerdo no solo lamentable, sino “peligroso”.

El único mandamiento que queda al final en la obra de Orwell vuelve a traerme a la mente esta frase que digo yo mucho por aquí:

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Se ve que el olvido de creencias, saberes y normas anteriores es bienintencionado, que sirve para “avanzar”. El avance en Rebelión en la granja es circular: se acaba en el mismo sitio del que se partió/huyó.