¿Cuándo llega el éxito?

¿Sientes que hay éxito en tu vida? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá estás esperando a que llegue el momento?

Solemos situar el éxito en el futuro. Y por eso, nunca llega.

De pequeños y de jóvenes colaba: quiero ser astronauta. Esa era la ilusión infantil, que pudo mantenerse, por ejemplo, hasta comprobar la dureza de la carrera de Aeronáutica, si no fue antes.

O quiero ser deportista de alto nivel. Pero no nos seleccionaron para el equipo.

Algunas ilusiones no las para la vida con tanta claridad, así que las podemos seguir manteniendo, por ejemplo, la ilusión de llegar a ser una escritora consagrada.

Renunciar a esta ilusión infantil y juvenil es muy difícil, pero es lo único que permite situar el éxito en el presente, abandonando tanto la mirada hacia el pasado como la esperanza de un futuro que no llega.

En el presente está la acción

No se puede actuar en un momento diferente al presente. Si se siguen alimentando las ilusiones del pasado, lo único que se logra es frustración: al comparar las expectativas con la realidad, encontramos el gran escalón entre ambas.

Por otro lado, no se puede actuar en el futuro. Hoy en día, con la situación actual de la pandemia, es muy importante recordarlo. La mayoría de nosotros acabamos utilizando la coletilla:

Esperemos que esto pase pronto y…

Se pase pronto o tarde, el momento presente es el que es, esto está ocurriendo: hay que vivir con ello. El momento presente se caracteriza por ser radicalmente distinto al pasado que hay que despedir y a un futuro que escribimos justo ahora.

No sabemos qué vendrá, ni cuándo. Situar la mirada en esa esperanza de que todo pase y se solucione y que haya sido “como si nada” solo puede generar sufrimiento.

Es más, al hacerlo, perdemos de vista los puntos positivos que ha traído esta situación insospechada. Y sobre todo, perdemos la posibilidad de actuar en esta realidad, tal como es, frente a estarla comparando con lo ideal desde la pasividad.

Situar el éxito en el presente

Situar el éxito en el presente supone cambiar la concepción de éxito que tenemos. Porque solemos identificar el éxito con aquello que le pasa a unos pocos, que suelen ser principalmente ricos y famosos.

Merece la pena preguntarse:

¿Necesito yo ser rica y famosa? ¿Forma eso parte de mi camino?

Porque igual tienes éxito en tu vida y no te has dado cuenta. Si lo piensas, ahora mismo estás con vida: eso es un éxito. Ahora mismo tienes las necesidades básicas cubiertas: eso es un éxito. Si tienes un trabajo, es un éxito. Si tienes hijos, es un éxito. Si tienes pareja, es un éxito. Si tienes seres queridos cerca, es un éxito.

Lo cual no significa que si no tienes trabajo, hijos o pareja, etc. sea un fracaso. Sigue siendo un éxito lo que vas logrando a cada paso que das, por pequeño que sea.

La meta es el camino

Hay un libro de Chögyam Trungpa que se titula El camino es la meta. Verdaderamente, el paso que estoy dando ahora en el presente es la meta. Es importante tener objetivos, claro está: permiten trazar una trayectoria. Sin embargo, con frecuencia los objetivos se convierten en fuente de fracaso porque nos ocultan el paso que doy hoy, es más, nos ocultan la necesidad de rectificar un camino equivocado.

Por ejemplo, si mi objetivo es llegar a ser una gran actriz de Hollywood, es posible que invierta muchos recursos en estudiar en las mejores escuelas de arte dramático, de inglés, de claqué… A saber. Y es posible que, durante las clases, olvide estar totalmente involucrada en lo que está ocurriendo si no veo una relación directa con mi objetivo. Sin embargo, es interesante prestar atención a lo que está ocurriendo en la clase, y quizá darme cuenta de que no es mi camino, no disfruto de esas clases, las sufro.

El éxito es ahora

Si en lugar de preguntarte cuándo llega el éxito decides ver el éxito ahora, quizá ese cambio de perspectiva provoque un gran cambio en tu vida. Y es posible que la única forma de verlo sea experimentarlo.

Eso es lo que vamos a hacer en el curso online El éxito, la fuerza del asentimiento este fin de semana: experimentar dónde están mis expectativas, qué es lo esencial para mí, cómo me relaciono con el pasado, dónde sitúo mi éxito y qué es lo que rechazo o me da miedo.

Elegir vivir en el presente y asentir a lo que toca son decisiones que solo se pueden tomar desde el adulto. Te invito a tomarlas y a dejar de vivir desde la queja y el victimismo.

Curso online abierto a todos

Sí, y además…

El concepto clave del próximo curso que imparto es el asentimiento. En palabras sencillas: decir sí.

Decir sí “a huevo” (como dice Lolo Diego de Jamming) es algo aparentemente sencillo. Es una de las pocas reglas del teatro de improvisación.

En el escenario, el compañero plantea una situación y, la forma de que el juego continúe, es construir a partir de esta situación. Por ello, se dice:

Sí, y además…

Parece sencillo, sin embargo, muchos nos resistimos al planteamiento del compañero: ¿cómo que somos saltamontes fucsias que saben hablar? La resistencia a lo que nos proponen suele deberse a tener un esquema ya planteado en nuestra mente de por dónde debe ir la historia, normalmente por caminos lógicos para nuestro razonamiento. Así que, respondemos:

Sí, éramos saltamontes, pero en realidad éramos azules, porque…

Al negar la historia del otro, tratamos de reconducirla por nuestro camino. Esto no funciona, desde fuera, el espectador ya había visualizado saltamontes fucsias y ahora son azules, y además, tiene que “comprar” la nueva explicación.

Decir sí a lo que nos propone la vida

Si ya es difícil decir sí a un compañero/a de improvisación, más aún decir sí a lo que nos propone la vida. Si te das cuenta, nos pasamos la mayoría del tiempo diciendo:

Sí, pero…

Sin embargo, la vida no es un compañero de impro. La vida continúa su avance y volverá a proponer el camino que te toca, quieras tú o no.

Sabiendo esto, ¿no sería interesante comprender por qué nos estamos negando a esta propuesta?

Decir sí es lo que nos lleva al siguiente paso, la aceptación de las cosas tal como son, no tal como nos gustaría que fueran, es lo único que nos permite transformarlas.

Yo lo visualizo como un semáforo en rojo.

Si quiero hacerme la ilusión de que está en verde, no me va a ir muy bien si a continuación acelero y continúo por la carretera. No está en verde, está en rojo. Claro que prefiero el semáforo en verde, es lo ideal, así no tengo que reducir, frenar, parar. Pero el hecho incontestable es que está en rojo.

Pues las propuestas de la vida van por ahí. Es el compañer@ de impro que propone un color y ese es el color con el que vamos a jugar.

Lo más curioso de todo es que, una vez aceptamos la propuesta, todo se aligera, se hace más fácil (algo que por otro lado tiene bastante lógica: si yo me empeño en que el semáforo en rojo está en verde y comienzo a circular, no me va a ir demasiado bien, precisamente). Si acepto que está en rojo, puedo respirar hondo y observar a los transeúntes cruzar, por ejemplo.

Aceptar la propuesta de la vida es lo que trae el éxito, un éxito paso a paso, instalado en el presente, en lo que hay, no en el futuro, en lo que nos gustaría que pasara.

Es posible que cada persona haya tomado decisiones que le alejan de poder decir sí a las propuestas de la vida, a la vida misma y, por tanto, al éxito. Y es posible que estas decisiones sean inconscientes.

Curso El éxito: la fuerza del asentimiento

Eso es lo que vamos a ver en el curso sobre el éxito: la fuerza del asentimiento tutelado por Insconsfa. Y lo veremos de forma práctica. Por mucho que yo afirme aquí que decir sí incluso a un semáforo en rojo es el camino, hasta que la persona no lo experimenta, no tiene por qué creerlo. Es más, es bastante sano que dude. Obsérvalo por ti mism@ y verás cómo cambia el curso de la historia y del juego cuando dices sí frente a cuando cuando dices no, pero en realidad está en verde para mí.

Curso online abierto a todos

Este curso está abierto a tod@s. Puedes saber más y reservar tu plaza aquí.

El destino colectivo

Cada uno de nosotros/as hemos nacido en una época y en un país. Por tanto, estamos inmersos, junto a todos los demás, en unas circunstancias concretas. No solo eso, sino que estamos todos interrelacionados.

Pudimos comprobar durante el confinamiento cómo unos pocos “servicios esenciales” estaban conectados en realidad con otros muchos servicios: transporte, almacenamiento, producción de distintos alimentos, producción de plásticos, atención telefónica… En realidad “tiras del hilo” y surgen una y otra vez otras profesiones igualmente esenciales.

Todos estamos, también, en la situación actual de la pandemia, en el mundo entero. No es posible salirse de ella. Al revés, únicamente podemos atravesarla viviéndola, viviendo el dolor que implica, por la pérdida de vidas, de trabajo, de seguridad… En el destino de todos estaba el coronavirus.

El destino de todos

El destino de todos es el destino colectivo.

Ante el cual, solo cabe una cosa: decir sí.

El concepto de destino colectivo nos invita a formar parte de un todo con el resto de personas. Por eso, no se puede separar en compartimentos estancos las actividades individuales de cada persona, por ejemplo:

  • Una persona va al gimnasio dos o tres veces a la semana. Está unida a la evolución de ese negocio, a las medidas de seguridad que se tomen desde los gobiernos, a las otras personas que asisten a él…
  • Una persona se queda en paro. Está unida a sus familiares, que también “se quedan en paro”, unida a la empresa que lo tuvo que despedir, unida a las razones por las que tuvo que hacerlo.
  • Un trabajador/a con dos hijos, confinan la clase de uno de ellos, automáticamente, tanto esta persona como el otro hijo están afectados, así como su trabajo.
  • Alguien que empezó el confinamiento sin pareja y sigue igual. Ahora vive en una zona con restricciones y escucha en los medios que es mejor no ver a personas con las que no se convive. Solo convive con su mascota. Se siente separado/a, a pesar de la gran cantidad de personas en el mismo caso: unidas en ese sentimiento de soledad.

Escapar al destino colectivo

Como el destino no parece halagüeño, el impulso es escapar de él, cambiarlo, hacer todo lo posible para luchar y evitarlo. Pero esto no es posible.

La pregunta: “¿Cómo podríamos haber impedido esto?” hace pensar que se tenía poder para evitarlo y aleja de la capacidad de actuar.

Bert Hellinger

Muchos hemos pretendido hacer como si nada hubiera pasado, muchos hemos creído que la “nueva normalidad” era la “normalidad de antes”, que la pesadilla se acababa con el calorcito y dejábamos atrás todo aquello que ni siquiera nos ha dado tiempo a digerir.

Pero no, todo eso ha ocurrido y sigue ocurriendo, y lo que era coyuntural poco a poco se hace estructural. Tantos meses después necesitamos asumir esta gran incertidumbre como parte de nuestra vida actual, la gran inseguridad, el avanzar a ciegas por la vida, pero avanzar con confianza en el momento presente.

En los atentados del 11 de marzo de 2004 murieron 193 personas. El pánico nos inundó. Recuerdo perfectamente las colas de gente para donar sangre. Había muerto mucha gente.

¿Cómo hacernos una idea si quiera de lo que significan los miles y miles de muertos en España por coronavirus? Creo que no nos es posible y, en parte, por ello negamos este destino colectivo o nos rebelamos contra él.

Pero creo que necesitamos ver lo que ha pasado, asumirlo, atravesar el dolor, que no termina porque las cifras continúan subiendo y, a pesar de todo, seguir mirando hacia adelante, hacia la vida, viviendo en el presente.

Esto “nos ha tocado”, es lo que hay. Se puede tomar una actitud pasiva, la resignación, o se puede tomar una actitud activa desde el adulto, la aceptación de las circunstancias.

Rendirse al destino colectivo y entregarse al servicio a la vida a través de todo lo que podamos hacer: trabajo, cuidado de personas, actividades… Entregarnos a nuestra misión en la vida.

Curso El éxito: la fuerza del asentimiento

El destino colectivo es uno de los conceptos que veremos en el próximo curso sobre el éxito tutelado por Insconsfa que imparto como aspirante a formadora homologada en las nuevas constelaciones familiares.

Finalmente, este curso se ofrece por videoconferencia los próximos 24 y 25 de octubre en horario de 16 a 20 ambos días.

Te animo a participar, este curso dará mucha fuerza a todos sus participantes.

El éxito: la fuerza del asentimiento

Los próximos días 24 y 25 de octubre imparto el curso: El éxito. La fuerza del asentimiento.

El éxito, la fuerza del asentimiento, curso tutelado por Insconsfa

Imparto este curso como aspirante a formadora homologada del Instituto de Constelaciones Familiares, Insconsfa, de Brigitte Champetier de Ribes, por lo que está tutelado directamente por este Instituto.

Los aspirantes a formadores homologados vamos a impartir una serie de cursos que conforman a su vez la formación como Especialista en las nuevas constelaciones familiares. Esto significa que los certificados y documentación son proporcionados por Insconsfa y que, al finalizar esta formación, nuestros alumnos/as podrán tener el título de Especialista.

Qué

Este curso trata de expandir la filosofía y el amor a la vida de las Constelaciones Familiares de Bert Hellinger, y en particular de las Nuevas Constelaciones.

Bert Hellinger estudió filosofía, teología y pedagogía y trabajó como misionero durante 16 años, en los que tuvo la oportunidad de estudiar al ser humano en entornos tribales. Posteriormente, Hellinger se hizo psicoanalista y desarrolló su propia terapia sistémica y familiar a través de la dinámica de grupos.

En España y Latinoamérica, las Nuevas Constelaciones han experimentado una gran expansión gracias a Brigitte Champetier de Ribes, a través del Instituto de Constelaciones Familiares (Insconsfa). Brigitte se formó con Bert Hellinger y continuó su metodología de trabajo.

Las Constelaciones Familiares permiten transformar la vida a través de una práctica fenomenológica y vivencial, llevando a cada participante hacia su máxima fuerza y su realización personal y profesional, dejando atrás el pasado.

Dónde

El curso se imparte online y voy de la mano con un sitio muy especial para mí: la escuela Arteluna Teatro, un espacio donde experimentar, crear y crecer juntos. Esta escuela ofrece clases de teatro, impro, clown, teatro musical… con el objetivo de buscar el desarrollo personal, la escucha, el respeto a la individualidad…

Cuándo

Sábado 24 y domingo 25 de octubre de 2020.

El curso dura 8 horas, cuesta 65 € y tiene este horario:

  • Sábado 24 de 16:00 a 20:00.
  • Domingo 25 de 16:00 a 20:00.

Cómo

Este curso es en directo, teórico y vivencial.

Se practican varios ejercicios sistémicos que muestran a la persona cómo se está impidiendo vivir con éxito la vida que le toca. Estos ejercicios permiten tomar nuevas decisiones como soltar el pasado, agradecer lo que no se había agradecido hasta ahora, empezar a comprender cómo resonar con el éxito. Después, cada persona hará su constelación para iniciar una nueva etapa en su vida.

Por qué

Su meta es iniciar a los participantes en las nuevas constelaciones familiares, que sanan nuestra relación con el pasado familiar.

El taller va a dirigido a personas que deseen iniciarse en la filosofía de las constelaciones familiares, la filosofía del amor en acción, de la vida al servicio. Porque es lo que hoy en día tiene más eficacia para vivir una vida plena. No se necesitan conocimientos previos pero sí ganas de autoconocerse, trabajar en grupo y curiosidad.

Y qué hago yo aquí

Yo sigo trabajando como diseñadora instruccional (guionista y maquetadora) en el sector de la formación online. Sigo “arengando a las masas” de seguidores de este blog sobre temas de aprendizaje, comunicación, literatura, realidad digital…

Quería compartir con vosotros/as este nuevo camino que se abre, ya que está en línea con mi interés en el desarrollo personal y en temas que hemos tratado ampliamente en este blog, como el análisis transaccional, el guion de vida, el estar en el presente… Realmente es lo mismo y yo soy la misma, tan solo es otra faceta mía que se muestra ahora.

Si quieres más información, echa un vistazo al dossier que mis compis de Arteluna han preparado o pregúntame.

Sin más, estoy a tu disposición.

Se está yendo…

… y no va a volver a corto plazo. Y cuando vuelva, será de otra manera.

Entro en la clase de baile activo, algo parecido al zumba.

Antes de entrar, he pasado por una alfombra húmeda a la entrada del gimnasio, me han tomado la temperatura, me he enjuagado las manos con gel hidroalcohólico.

Por supuesto, llevo una mascarilla, que deberé tener puesta toda la clase.

Una vez dentro, el aforo está completo. Es el máximo permitido: 20 personas y el profesor.

Hemos reservado la clase por una aplicación. He tenido suerte, alguien ha cancelado, esta mañana a las 7.35 ya no había huecos.

El profesor está muy lejos. Tengo unas cuatro filas delante. Tenemos dibujado en el suelo el área que podemos ocupar, es como la rayuela.

A pesar de las pocas asistentes a la clase, casi no veo al profesor, en parte por la distancia, en parte por la alineación de esta rayuela.

Y puedo notar cómo el profesor hace todos sus esfuerzos por motivarnos. Seguramente nos está sonriendo. No entiendo todo lo que dice, a pesar de que habla bastante alto.

Tampoco me veo reflejada en el espejo. No solo está lejos, sino que quedo detrás de otras dos compañeras. Y si me asomo, sé que soy yo pero realmente no me sirve para lo que he hecho toda mi vida: corregir el movimiento en el espejo.

Creo reconocer a alguna compañera, pero es un poco difícil arriesgarse a saludar, ya que realmente no puedo asegurar que sea ella.

Suena la música. El profesor ya ha diseñado una clase más simple en los pasos y más ligera, para que no nos ahoguemos con la mascarilla. Nos recomendó mascarilla de tela, pero compruebo que me estoy ahogando igualmente.

Varias veces durante la clase escucho mi desmotivación interna.

Esto no es lo mismo.

Estamos simulando que no ha pasado nada y que en realidad siempre habíamos bailado a esta distancia, con esta sencillez en los pasos y con la mascarilla puesta.

Una y otra vez acallo esa voz de desmotivación y saco otra de alegría por poder seguir haciendo esto: hace unos pocos meses no se podía, salvo en casa y en soledad.

Todo va bien y parece que el balance de la clase va a ser positivo.

Entonces, justo al final de la clase, suena:

First when there’s nothing
But a slow glowing dream…

Y me vengo abajo. Toda la tristeza por la pérdida de libertad, de contacto social, aparece de golpe al escuchar la canción de Flashdance, What a Feeling.

Es una canción que realmente no tengo asociada a ningún recuerdo, ni siquiera de baile.

Pero de pronto, esa canción procede de otra época, los ochenta, la época de la libertad, desde mi visión subjetiva y contando con la edad que tenía entonces. Esa canción destapa como un bote a presión el contraste entre aquella vida y esta vida, que parece otra.

Por un momento, me dejo llevar por la emoción, pero luego me recompongo. Sé que la mascarilla favorece que nadie vaya a ver mi disgusto. Yo creo que ni siquiera nos hemos mirado a los ojos entre compañeras.

La clase finaliza. Salgo con sentimientos encontrados. Y reflexiono.

No podemos retener ese pasado que se está retirando.

Me doy cuenta de que trato de retener al menos la libertad de ir y venir y poder relacionarme con gente en distintas actividades que no son trabajar ni estudiar… Y pienso que esto es justo lo que se está retirando de nuestras vidas.

Para poder seguir adelante, para que esto que se va dé paso a algo nuevo, necesitamos rendirnos ante lo que estamos perdiendo, aceptar soltar lo que se está yendo.

Desescalarse o aislarse, esa es la cuestión

Una de las decisiones que la vida nos pide tomar ahora es cómo vivir la nueva normalidad. Hay una serie de consejos (medidas de seguridad) y también un amplio campo de incertidumbre e interrogantes.

A la izquierda una mujer árabe con velo, a la derecha, personaje femenino del planeta de los simios

¿Me desescalo o no me desescalo?

Tal como cuando dividíamos el mundo en dos, podemos pensar que hay dos formas de vivir la nueva normalidad. 

Están los que siguen las recomendaciones al pie de la letra y se mantienen todavía prudencialmente distantes de su familia y no digamos de sus amigos. Esta forma de vivir la nueva normalidad puede implicar la creencia de que nada ha cambiado, por tanto eligen el aislamiento y la seguridad.

Ya habíamos mencionado algo de esto al revisar algunas preguntas sin respuesta, como de dónde salen los expertos, cuando hablábamos del síndrome de la cabaña.

Otras personas eligen desescalarse, se relacionan como antes de la pandemia, caminan por la calle sin la mascarilla (o la mascarilla como babero) y en general no guardan las distancias de seguridad. Esta forma de vivir la nueva realidad implica la creencia de que ya no hay riesgo, por tanto eligen abrirse y volver a actividades de antes del confinamiento.

Meme: AVISO IMPORTANTE: a partir de hoy desaparece el estado de alarma, NO el coronavirus
Meme que surge el 21 de junio

 

¿No hay punto medio?

Antes o después, la persona se encuentra ante una elección que corresponde con una de las dos opciones: tras presentarse en una terraza con mascarilla y saludar a sus amigos con el codo, se sientan todos cerca unos de otros (lo que la mesa y el espacio permiten) y se quitan la mascarilla para tomar lo que han pedido.

Si una persona elige permanecer confinada, sencillamente no puede quedar con sus amigos en un entorno social. Podrá quizá quedar en casa de alguno de ellos y sentarse todos a metro y medio del resto. Para tomar algo, lo tendrán que repartir en raciones individuales.

Es posible que la misma persona siga las dos formas de vivir esta situación. Podemos ver a alguien hacer la compra con mascarilla y guantes y mantener las distancias de seguridad en Mercadona, y salir por la tarde con un grupo de amigos con los que olvida las distancias y resto de medidas.

Las personas que eligen desescalarse están viviendo una nueva normalidad casi igual que la antigua normalidad y las personas que eligen protegerse están viviendo una nueva normalidad muy parecida a la fase 1 de la desescalada.

En los grupos que conozco y que estuvieron muy activos durante el confinamiento, por ejemplo dedicándose canciones mutuamente, hay personas que ya se reencuentran y otras que deciden esperar.

¿Entonces qué hago?

La combinación de ambas, realizada de forma consciente, puede ser un camino a seguir.

Así, es posible volver a salir a la calle con plena libertad… llevando la mascarilla puesta.  Es posible tomar algo en una terraza… quedando con pocas personas y de confianza. Es posible volver a la oficina… siempre que se nos ofrezcan las medidas de seguridad necesarias.

Lo que no parece tan fácil es conocer gente nueva: todas las iniciativas para crear grupos y hacer amistades o ligar implican riesgo. Parece que las personas que estaban solas y que han pasado un confinamiento duro lo van a tener más difícil también tras esa etapa, porque tratar de conocer gente y relacionarse pasa por acercarse de nuevo a las otras personas y confiar, a veces a ciegas, en que no nos van a contagiar. Así que esos viajes de singles de los que hemos hablado alguna vez están en riesgo de no producirse este año.


¿Cuál es tu caso? ¿Te has desescalado? ¿Sigues en confinamiento? ¿Crees que las situaciones de la nueva normalidad son seguras?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Preguntas sin respuesta

Me rondan por la cabeza preguntas sin respuesta, retazos de pensamiento, reflexiones, inspiraciones de lo que se ha leído en otros blogs… Comparto algunas:

¿Cómo sentirse bien con la mascarilla?

Lo cierto es que nadie parece sentirse cómodo/a con la mascarilla. Hay un contraste claro entre cómo nos gustaría sentirnos y cómo nos sentimos realmente. Algo como esto:

A la izquierda una mujer árabe con velo, a la derecha, personaje femenino del planeta de los simios

En este escenario digno de El Planeta de los simios, resulta mucho más fácil relacionarse con personas conocidas de las que ya se sabe cómo son sus expresiones y cambios emocionales que relacionarse con personas desconocidas.

Da la sensación de que no te oyen o que no les oyes, quizá porque inconscientemente recurríamos a mirar el movimiento de los labios al hablar. Nos falta información visual y esto empeora claramente la comunicación.

¿Por qué ese rango del grifo monomando?

Me gustaría saber por qué si el grifo monomando puede girar unos 135 º, la diferencia entre congelarse y escaldarse se encuentra en un punto infinitesimal.

Es una reflexión que hago cada día, preguntándome por la gran imprecisión de los 135 grados comparada con la extrema precisión del punto en el que el agua está a la temperatura tolerable.

La imagen muestra un grifo monomando

¿Esto quién lo ha escrito?

Encontré un texto muy motivador, parece una traducción del inglés (por lo de jodido), busqué referencias en Google y no encuentro a su autor. Eso sí, hay muchas citas de este texto:

Ama tu jodida vida. Toma fotos de todo. Dile a las personas lo que sientes por ellas. habla con extraños. Viaja. Haz cosas que te den miedo hacer. Y si alguien dice algo, ¡que se joda! Al final estaremos muertos y nadie recordará lo que hicimos; así que toma tu vida y conviértela en la mejor historia de este mundo. No desperdicies esto.

Este blog es uno de los sitios en que lo he visto. Si haces una búsqueda del texto, todo o por partes, encontrarás varias páginas que lo citan literalmente, pero ninguna que explique su origen.

También puedes buscarlo en inglés, en caso de aburrirte mucho:

Love your fucking life. Take pictures of everything. Tell people you love them. Talk to random strangers. Do things that you’re scared to do. Fuck it, because so many of us die and no one remembers a thing we did. Take your life and make it the best story in the world. Don’t waste that shit.

Por cierto, el estilo me recuerda al de Bukowski (Make it).

¿De dónde salen los expertos?

Ya hemos hablado anteriormente de la casa como un refugio, una cabaña en la que el ermitaño está aislado del mundo, una sensación que hemos podido tener durante la etapa más cruda del confinamiento.

Por lo visto, ahora se está empezando a hablar del “síndrome de la cabaña” como una consecuencia de haber estado dos meses en confinamiento estricto y al menos otro más en que la mayoría del tiempo muchos de nosotros/as permanecemos en casa. Consiste en no querer salir, no querer cambiar de fase, preferir permanecer en este estado de monje en su celda.

Pero leo este artículo de Isaac Rosa en el diario.es y estoy de acuerdo en que en parte se trata de no querer volver a la vida de mierda… da la sensación de que todos los avances y ventajas que implicaba esta situación van a ser arrasados y eliminados en el momento en el que se pueda “volver” (también dijimos que no se puede volver) a la normalidad.

En todo caso, vuelvo a la pregunta de esta sección. En una situación desconocida, inesperada y nueva en la que cada persona y organización ha respondido como buenamente ha podido, ¿de dónde salen los expertos que ya sabían todo sobre todo?

¿Por qué la inteligencia artificial no es empática?

De pronto, Google Fotos te recuerda una fecha aniversario. Se ha programado a esta inteligencia artificial para que te traiga “bonitos recuerdos” de aquel día. Sin embargo, es muy probable que no tengas el menor interés en recordar acontecimientos que fueron felices pero que ahora son dolorosos: cumpleaños de personas que ya no están, bodas a las que han sucedido divorcios, excursiones con amistades que has perdido, celebraciones que ahora no pueden hacerse…

Alguien humano está siempre detrás del funcionamiento de cualquier sistema artificial. Por ello, habría que pedir a esos humanos un poco de empatía en sus programaciones.


¿Tienes alguna respuesta a nuestros interrogantes? ¿Te gustaría añadir alguna otra reflexión que te asalte cada día? Cuéntame. 🙂

Una actitud ante la vida

Si empezamos con sentencias como: “la vida es cambio”, “todo cambia, nada permanece” o “no te puedes bañar dos veces en el mismo río”(*), al lector/a le va a sonar a: “ya me van a soltar el rollo”.

Porque durante años se han utilizado esas frases cuando se iba a producir un cambio en una organización, esperando predisponer positivamente a los profesionales, que sin embargo percibían el cambio invariablemente como algo negativo, lo fuese o no.

Esas afirmaciones del inicio siempre aplican, siempre son verdad, y a veces parecen serlo más, como en la época extraordinaria que nos ha tocado vivir.

Decir sí

Frente a la posible crítica a programas que tratan de imponer el agrado por un cambio que nos perjudica, está la aceptación de las cosas tal como son, con una actitud un poco más humilde. Se puede resumir como:

“Decir sí sin saber a qué; a ciegas”. (Brigitte Champetier des Ribes)

Una frase que alguien puede interpretar como: “bajarse los pantalones”, un tipo de expresión que llevo escuchando durante años en las organizaciones (he puesto, sin duda, la más fina).

La diferencia fundamental es distinguir entre resignación y aceptación, algo de lo que ya he hablado. Mientras que la resignación es una negación y una respuesta de ira o frustración, la aceptación implica una actitud más proactiva y adulta hacia lo que va apareciendo en nuestras vidas.

Para ello, es necesario reconocer la existencia inevitable del cambio. Reconocer que la vida avanza y las cosas ocurren con o sin nuestra “aprobación”. Entender que, para avanzar, deben darse situaciones de incertidumbre o ambigüedad, en las que no existen todas las respuestas. En estas situaciones caóticas y estresantes está la oportunidad de aplicar la creatividad, algo que desaparece en las situaciones predecibles y ancladas en el pasado.

Lo más difícil: decir sí a los demás

Este decir sí sin saber a qué incluye el paso más difícil: aceptar a otras personas, especialmente a las que no comprendemos o nos producen un gran rechazo.

La actitud de decir sí es esta:

¿Cuál es el secreto de la felicidad? No discutir con idiotas. No estoy de acuerdo. Tienes razón.

Desde que vi este chiste gráfico en un tuit, lo tengo muy en mente: verdaderamente, el secreto de la felicidad es la total aceptación de los demás. Una persona tiene sus razones para opinar y actuar como lo hace. Sus razones, tal como son, tienen un sentido. No hay una única verdad y, a veces, dos razonamientos aparentemente contrarios son igualmente correctos.

Lo que pasa es que, para la mayoría de las personas, los razonamientos verdaderos son los propios. Cada uno de nosotros se remite a sus valores, a su aprendizaje, a lo que considera que está bien. Y con base en todo ese pasado aprendido se siente en posesión de la verdad. Lo difícil es contemplar que la verdad de otra persona, para esa persona y con sus valores y bagaje es al menos tan válida como la nuestra.

Igual me equivocaba…

¿Cuál es entonces el secreto del gurú que dice que sí abiertamente y a todo: al cambio, a los demás, a lo nuevo y desconocido?

Supongo que parte de su secreto es reconocer que no entiende todo, no sabe de todo: reconocer su pequeñez. Hace unos meses me apunté brevemente a un curso de Coursera sobre un rol nuevo, “el Futurista” y me desapunté cuando se explicaba que la forma de identificar tendencias para los próximos 10 años era hacer búsquedas en Google. Estoy segura de que ninguno de esos futuristas pudo encontrar en Google ni tan siquiera un atisbo de lo que se nos venía encima.

En lugar de tratar de adivinar el futuro o de tener una actitud de rechazo a lo que cambia y a los demás, puede ser interesante soltar lo que creías entender, para centrarte en vivir con confianza el momento presente, el único en el que realmente puedes influir.


(*)En realidad, Heráclito dijo otra cosa, la frase que ha permanecido es una versión de Platón en Crátilo. Lo que realmente dijo Heráclito me parece muy interesante:

En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].

¿Qué opinas? ¿Cómo te sientes con los cambios constantes que estamos viviendo? Te animo a que dejes comentarios. ¡Gracias por compartir!

¿Y si hacemos como si…?

Hace poco leí un tuit del que me he venido acordando y que motiva este post:

Tuitero se pregunta qué pasaría si mañana salimos todos con la ropa sin planchar y hacemos como si siempre hubiera sido así

La cuestión es que la “nueva normalidad” parece conllevar únicamente aspectos negativos: formas de comprar más incómodas, formas de reunirse más frías, espacios exteriores e interiores más asépticos, organizaciones en la playa más robóticas… Todo como si de pronto viviéramos una situación de película, tipo La invasión de los ultracuerpos, en que los que todavía no han sido abducidos tienen que comportarse con frialdad para pasar desapercibidos entre “las vainas”.

Sin embargo, la nueva normalidad trae aspectos muy positivos y que pueden dar lugar a nuevas formas de organizarse que son más eficientes, más ecológicas y más lógicas. Ya habíamos hablado de los posibles aspectos positivos de la pandemia, y ahora hablaremos de cuáles podemos mantener porque han resultado funcionar (sorpresivamente).

Y no planchar la ropa podría ser un buen ejemplo…

Cuestionarse todo

Esta situación nos ha permitido cuestionarnos todo: la organización del trabajo, la educación, el ritmo de vida, la contribución diaria a la contaminación, la importancia de unas profesiones sobre otras, el significado de la imagen personal, el valor de la introspección…

Parece posible extraer conclusiones sobre el funcionamiento de casi todo y pensar en adaptaciones y mejoras en cada esfera.

Seguir teletrabajando

Este es, a mi juicio, el aprendizaje fundamental: se ha demostrado que se puede teletrabajar en miles de casos en los que la empresa había sido muy reticente a enviar a sus trabajadores a casa. Ahora que no era posible otra solución, se ha visto que los profesionales son responsables, se encargan de buscar el espacio físico y el hueco horario, se organizan como pueden para atender a los niños y continúan trabajando desde sus casas.

¿Y si hacemos como si el teletrabajo siempre hubiera existido? Recordemos brevemente algunas de sus ventajas por orden cronológico en un día de trabajo cualquiera:

  • Hay que madrugar menos. El descanso repercute positivamente en la productividad.
  • No hay que vestirse raro, es más, se puede estar con ropa cómoda, no plancharla (como dice el tuit) y, aun así, mantener una videollamada… porque el resto de los asistentes tienen el mismo aspecto.
  • No hay que tragarse un atasco que crispa los nervios y desgasta parte de la energía que teníamos para trabajar. Y esto incide, evidentemente, en la limpieza del aire de las grandes ciudades.
  • No hay ladrones de tiempo como: visitas imprevistas, ¿nos tomamos otro café?, el otro día me crucé con… y demás batallitas que dan mucha vida en el trabajo pero que, reconozcámoslo, quitan mucho tiempo. Esto no significa que no haya otros ladrones de tiempo en casa.
  • Hay mayores posibilidades de conciliar la vida personal con la laboral, ya que todo está “más a mano”. Evita ir a la carrera de un sitio a otro, durante todo el día. Es una organización que parece más lógica.
  • Facilita la entrada en el trabajo a personas con dificultades de movilidad y enfermedades crónicas para las que el desplazamiento resulta muy difícil, pero que pueden ser perfectamente productivas trabajando desde su casa. Esas personas con factores médicos no visibles de las que hablábamos en otro tuit.
  • Es más fácil también combinar la actividad pasiva y cerebral con el ejercicio físico, haciendo algunos estiramientos o paseos cortos, algo que no suele hacerse en una oficina porque te van a mirar como a un ser extraño.
  • Ahorra dinero en viajes y eventos de todo tipo, ya que también se ha demostrado que se pueden mantener reuniones internacionales desde casa y que se pueden realizar eventos de forma virtual.
  • No hay que volver a tragarse el atasco a la salida, con el cansancio de toda la jornada, y yendo con hora a los múltiples compromisos que van después del  trabajo.
  • Se llega antes a casa… Esto parece una tontería, pero si la jornada acaba a las 18.00, a las 18.01 estás en casa, con lo que tienes bastante más tiempo para hacer otras actividades. Volvemos, de nuevo, a una organización con más sentido común.

La imagen personal

Han corrido ríos de tinta virtual en los grupos de whatsapp sobre si teñirse ya las raíces o esperar a la reapertura de las peluquerías. Ha habido de todo, pero ciertamente hemos podido sobrevivir con las raíces sin teñir y el pelo sin cortar.

Al cuidado del pelo se añaden otros aspectos de estética, como la depilación, el uso de maquillaje o la ropa.

Me han hablado de reuniones por videollamada en multinacionales en las que el CEO se presenta en chándal ante la cámara, y no hace como si le hubieran pillado así, de improviso, sino que explica abiertamente que piensa que esta nueva forma de interactuar se va a imponer.

La ropa ha sido considerada como no esencial y durante las fases más crudas del confinamiento no ha sido posible comprarla, ni siquiera en un hipermercado que tuviera este producto además de la alimentación. No se ha tenido en cuenta que algunas prendas se van desgastando por el uso y hay que reponerlas con cierta frecuencia. Y, en todo caso, con el tiempo y el uso, toda la ropa acaba necesitando reposición.

La cuestión es qué tipo de ropa se utiliza y por qué. Y, siguiendo el tuit del comienzo, cuál es la necesidad de plancharla.

Si la gente estuviera cómoda con la ropa que lleva a la oficina, ¿no se la pondrían para estar en su casa?

Por último, un cambio que ha ido a más en vez de limitarse es la higiene personal, algo muy de agradecer.

Entonces, ¿y si hacemos como si los criterios de vestimenta siempre hubieran sido más relajados? Ya de paso, los criterios de más higiene también podemos hacer como si siempre hubiesen estado ahí.

Mirar hacia adentro

Este periodo que puede que se alargue o que se convierta en parte de la nueva normalidad ha permitido a muchas personas dejar de correr en la rueda de hámster y poder reflexionar sobre su propia vida.

Si se pudiera reactivar todo de golpe, como apretando un botón, esta introspección desaparecería. Es posible que mucha gente esté “deseando volver a…”.

Hay que recordar que no es posible volver atrás, eso es como retroceder en el tiempo. “Volver” no es posible, no hay “dónde”. La vida avanza hacia adelante, es lo único que se puede hacer, avanzar hacia lo nuevo y lo desconocido, lo cual incluye cambios drásticos en la forma de organizar la vida.

Siendo así, ¿y si hacemos como si la vida ya hubiese sido más lenta y relajada, más casera y personal desde antes? Quizá esto nos permita mantener esta reflexión sobre nosotros mismos/as.


¿Se te ocurren más cosas que podríamos hacer como si siempre hubieran sido así? ¿Qué aspectos te gustaría que volviesen a ser como antes? Gracias por leer y compartir 😉

La casa del ermitaño

Ya os he hablado de La poética del espacio, de Gaston Bachelard, un libro lleno de imágenes, tesoros, recovecos, secretos… En él, Bachelard muestra interés por los espacios en los que hemos estado en soledad, tanto si la hemos disfrutado como si la hemos sufrido.

El habitante del refugio, de la choza, es un ermitaño, un solitario que vive su casa como un nido en el que agazaparse.

La cabaña es la soledad centrada, la extrema soledad ante Dios.

De pronto, lo que era una simple caja superpuesta en un edificio impersonal, se convierte en la cabaña de un ermitaño en la que puede centrarse y ahondar en su soledad. De esta manera, quien se acurruca en ella puede preferir que haga frío fuera, que haya un “invierno ruso”, para poder sentir el refugio que supone su hogar.

Tenemos calor porque hace frío fuera.

Es interesante que en inglés cabaña se dice cabin, que es también cabina, camarote, barraca… La cabina evoca imágenes de un espacio más reducido aún.

Cabaña con luz encendida en un bosque nevado al anochecer

Fósiles de duración

Dentro del espacio de la casa, el tiempo se para. Es un “tiempo suspenso” que invita al ahondamiento psicológico y a las narraciones cercanas al sueño.

Bachelard se pregunta por qué nos saciamos tan pronto de la dicha de habitar, por qué no hacemos durar las horas en la casa, por qué no nos levantamos cada día sintiéndonos Robinson Crusoe, reinventando la casa a través de sus objetos, conectando el pasado con el día a día. Es como una búsqueda del tesoro en la que, cada día, al mirar los mismos objetos, libros, adornos, relojes, cofres, fotos…, arrojamos sobre ellos una luz nueva y logramos verlos como por primera vez.

Estos objetos que vienen de tan atrás están engarzados en “bellos fósiles de duración”, concretados por largas estancias. El inconsciente está felizmente instalado en este tiempo suspenso de horas infinitas, las que se adhieren a cada objeto convirtiendo la casa en una especie de museo arqueológico que vuelve a la vida cuando prestamos atención.

La ensoñación que da vida a los objetos

Y aquí entran los rincones de los que hablábamos anteriormente.

En un espacio como el rincón, podemos dejar pasar las horas sin hacer más que observar los objetos, tal vez imaginar sus vivencias, o incluso imaginar lo que el objeto pensaría de nosotros. Este es el campo que interesa a Bachelard, el de la ensoñación, el de la imagen creada por la mente en contraposición con la imagen real del espacio: ¿quién preferiría ver el plano real del cuarto de El cuervo a imaginarlo?

La vivencia desde el rincón es mucho más grande que el rincón mismo. Porque el rincón nos iguala: si nos situamos en esa esquina o “caja abierta”, el espacio que ocupamos es el que define el refugio improvisado, que más parece un nido que una estancia completa.

La necesidad de contacto humano

A pesar de todos estos entretenimientos mentales, estas ensoñaciones que conllevan horas de ensimismamiento, el ermitaño vive en soledad, y a veces necesita ver a sus semejantes.

Hay muchas personas solas, dentro de su casa-como-celda. Ya escribí sobre ello cuando observaba a una vecina del barrio sentarse en un banco a diez pasos de su casa, vecina que ahora tendrá que permanecer sentada dentro. O cuando describí los eufemismos que giran en torno a los singles y sus actividades.

Muchos ermitaños ya vivían la mayor parte de sus días con “distancia social”. Simplemente, no tenía nombre. Para trascenderla, hacían actividades en las que poder relacionarse, manteniendo grupos de amistades y tal vez teniendo pareja. Ahora esto no es posible, de manera que no se equilibra la vivencia fundamentalmente introvertida del ermitaño en su choza.

Así, cuando se habla de las medidas de desconfinamiento, pienso, no ya en el espacio que habitamos, sino en la forma en que lo hacemos, algunos en soledad, otros “excesivamente” acompañados.

No es posible no estar donde se está. Parece de perogrullo, pero es otra forma de decir que solo puedes estar aquí ahora. Aun así, si ocupas plenamente tu rincón y le das vida a los objetos que te acompañan, ampliarás tu experiencia y será menos dura.


¿Cuál es tu caso? ¿Tienes un rincón en el que te gusta acurrucarte? ¿Has reparado en los objetos que forman parte de tu vida?

Gracias por leer y por dejar comentarios 🙂