No quiero puré de verduras

Para entender el sentido de este post, sustituye puré de verduras por la comida que más odies, puede ser brócoli, lentejas, filete de hígado, sesos, merluza…

Es esa comida que tu madre te ponía encima de la mesa a la hora de comer y tú te negabas a tomar, luego te la ponía a la hora de cenar y también te negabas a tomar hasta que no quedaba más remedio. También es esa comida que tú a tu vez pones a tus hij@s a la hora de comer y se la vuelves a poner a la hora de cenar, hasta que al final tienes que acceder y ponerles otra cosa.

Y, a lo que vamos, es esa comida que ahora tú le pones a tus padres ya mayores a la hora de comer, a la hora de cenar y, si no se la toman, tienes que claudicar y cambiarla por otra cosa.

¿Puedes obligar a alguien a comer algo que no le gusta? Imagínate que esto se produce en un entorno de institucionalización, es decir, dentro de una residencia o de un hospital.

De pronto, podemos evocar imágenes de películas como Alguien voló sobre el nido del cuco, o El balneario de Battle Creek. Ese tipo de películas en las que una persona es obligada a tener ciertas conductas pasando por encima de su criterio adulto y autónomo.

El valle de lágrimas

Cuando elaboré toda mi metáfora del juego de los Sims, nunca pensé que tendría que enfrentarme a su lado más oscuro. Al fin y al cabo, cuando alguien juega a un juego, es para divertirse. Así que mi metáfora se queda corta o no funciona cuando el juego se convierte en algo sumamente desagradable por tiempo indefinido o hasta la muerte. En particular, algo que no puedo comprender es el dolor físico, pero tampoco la consciencia del sufrimiento, de estar limitado, de no poder valerse por uno mismo/a.

Quizá la vida sea algo parecido a la física cuántica: cuando crees que la entiendes, es que no entiendes nada.

¿Por qué? ¿Porque, Señor, por qué me haces esto y no me dejas ir? Cuál es el sentido de este sufrimiento, Señor? ¡Las calderas de Pedro Botero!

Esto gritaba una compañera de habitación cuando estuve ingresada. Era una mujer muy mayor, llamémosla Ana María, que había sido autónoma hasta que empezó con el Parkinson, que fue avanzando poco a poco hasta el punto de que llegó a estar en un grado de dependencia 3, que es el máximo. Este grado se otorga cuando la persona necesita ayuda para realizar varias actividades básicas de la vida diaria varias veces al día y, por su pérdida total de autonomía física, mental, intelectual y/o sensorial, necesita el apoyo indispensable y continuo de otra persona o tiene necesidades de apoyo generalizado para su autonomía personal.

En la práctica, Ana María no podía moverse de la postura en que la dejaran y no se sostenía sentada, no podía comer por sí misma, ni ir al baño. Pero era plenamente consciente.

Esta pudo ser la cama donde yacía Ana María en el hospital.

En las corrientes místicas se dice que no debemos preguntar a dios sobre el cómo o el porqué. Justo son las preguntas que más nos apetece hacer.

¿Cuál es el motivo por el que esta mujer estaba sufriendo semejante tormento? Si esto es una especie de videojuego, ¿por qué tenemos que salir o entrar del con tanto dolor? ¿Por qué algunas personas se pasan años en la cárcel o son ejecutadas por un delito que no han cometido?

Yo tuve la ocasión de mirar a Ana María a los ojos y conseguir que me mirase cuando me acerqué a darle un poco de agua. Y vi la luz de su alma, del yo observador, que estaba dentro de ella atrapado en un cuerpo que no podía moverse. Su mirada era inteligente, aguda, amable… muy consciente. Sentí una conexión intensa, un momento de la verdad, desnudo de palabras.

Respuestas al límite de la vida

Algunas personas que han tenido una experiencia cercana a la muerte, como Anita Moorjani, encuentran sentido a su enfermedad previa, la que les ha conducido a pisar el otro lado, mientras que otras no llegan a descubrir la razón, por ejemplo, el neurocirujano Eben Alexander, cuya experiencia cercana a la muerte es excepcional porque no recordaba a nada de sí mismo ni de sus familiares.

Cuando Eben Alexander se recuperó por completo, buscó formas de revivir su experiencia y, como ya hemos comentado en alguna ocasión en este blog, lo más parecido era el estado de consciencia que se alcanza al escuchar sonidos binaurales con auriculares. En el siguiente vídeo, puedes escuchar estos sonidos:

De esta manera, Eben podía experimentar una serie de viajes y de situaciones similares o cercanas, pero nunca con la intensidad de la experiencia que él tuvo, que es de las más ricas que he leído (en su libro La prueba del cielo). Este neurocirujano se recuperó totalmente de una encefalitis muy grave debido a que la bacteria E. Coli se coló en su cerebro. Esta recuperación es inexplicable desde el punto de vista de la ciencia.

Quizá no nos es dado conocer los motivos de lo que nos va ocurriendo, solamente nos es permitido aceptarlo o rechazarlo. Esto para la mente, y más en el siglo XXI, es un ejercicio bastante difícil.

El puré de verdura

Volvamos al puré de verdura. Ana María no quería comer puré de verdura por una razón muy sencilla: era el único aspecto de su vida actual que podía controlar. Claro que ella había obligado a sus hijo a comerlo, al igual que le habían obligado a ella de pequeña. Pero ahora, totalmente incapaz de valerse por sí misma, solo tenía la potestad de decir: «No quiero puré de verdura y no lo voy a comer».

Y de la misma manera, por eso nuestros mayores ven programas horrorosos en la tele y no van a hacer otra cosa. Es muy fácil decir que la tele es poco motivadora, que te posiciona en una actitud pasiva, que no estimula tu desarrollo cognitivo, ni tampoco te ayuda a hacer ejercicio, precisamente. Pero ¿qué haces tú cuando llegas a casa agotado y sin ganas de nada? Pues ellos llegaron al final de su vida de esa misma manera. Y solo les queda una cosa fácilmente controlable sin esfuerzo: el mando de la tele.

A burro regalado

A burro regalado no le mires el diente. Ese es el refrán con su significado: https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58047&Lng=0

Y este refrán se utiliza para explicar que si la cabalgadura es regalada no debe comprobarse el estado del animal (edad y salud).

De la misma manera, cuando recibimos un regalo, se espera que lo aceptemos sin reservas, de forma incondicional, sin poner pegas a sus detalles, puesto que es eso: un regalo.

Me gustaría que se detectara la diferencia entre lo que os voy a contar en este post y las tazas de Mr Wonderful. Voy a hablaros de regalos de la vida, pero no son chorradas positivistas, es una forma de vivir desde la aceptación.

El burro regalado va más allá de regalos que nos dan las personas, es lo que recibimos cada día desde que nos despertamos, de forma constante y de las maneras más insospechadas. Lo que pasa es que es más fácil detectar que has recibido un regalo cuando es agradable, como por ejemplo:

  • Ver amanecer
  • Desayunar en una cafetería
  • Pasar al lado de unas flores en un parque
  • Que alguien en el trabajo te agradezca a tu labor
  • Encontrar lo que necesitas en tu supermercado
  • Ver a tus compañeras en la clase de zumba

Lo que vamos recibiendo muchas veces lo damos por hecho y no nos paramos a pensar que no tiene por qué ser así, que la vida no es justa y que podrías no recibir nada de ello. Nada de ello. No des nada por hecho porque no está escrito en ninguna parte que te correspondan estos regalos.

Ver amanecer es un regalo.

El regalo que parece algo malo

Lo que no te mata, te hace más fuerte. Pues todo lo que no te mata son regalos.

Esto es algo que descubrí la primera vez que estuve ingresada en un hospital, hace veinte años. Me di cuenta de que poder dejar de trabajar y pararme era en sí mismo un regalo, muy necesitado en ese momento de máximo estrés.

Lo que ocurre es que, cuando nos llega algo que nosotros valoramos como negativo, no podemos deducir que sea un regalo. Es más, si acaso encontramos algo positivo, es en otras consecuencias que pueda tener un acontecimiento, como en el refrán de «no hay mal que por bien no venga». Buscamos consecuencias positivas de un fenómeno negativo.

Va en la línea del cuento sufí «¿Buena suerte o mala suerte?», en el que a una persona le empiezan a pasar cosas que pueden ser buenas o malas dependiendo de consecuencias posteriores y sobre todo de cómo se viven.

Podéis ver la narración del cuento en el siguiente vídeo:

Vivir con intensidad un regalo de los negativos conlleva ponerse en un plano superior al del día a día, en el que algo te fastidia o te molesta porque no es de tu agrado. Supone humildad y una aceptación plena de lo que te llega y, esto que te llega, contiene semillas positivas y negativas, sin prejuzgarlas desde un punto de vista estrecho. Desde un punto de vista más amplio no hay juicios de valor, como dice el cuento, solo Alá sabe.

Los regalos negativos son, entre otros:

  • Un accidente
  • La ruina, perder el trabajo y similares
  • Una enfermedad seria
  • Una segunda enfermedad cuando ya tienes otra
  • Las personas difíciles de tu vida: las personas difíciles te muestran lo que necesitas saber de ti, tanto aquello tuyo que rechazas como aquello que te gustaría tener y no tienes.

¿Qué hacemos ante cualquier regalo? Eso es: dar las gracias. Las gracias abren la puerta a recibir realmente las bondades de los regalos, los positivos y los negativos.

Y hablando de regalos de la vida, dedico esta entrada a mis dos nuevas suscriptoras, Begoña hija (recuerdos a tu madre) y Mari Carmen. Gracias por vuestra compañía en estos días.

La rendición activa

Podríamos escribir ríos de tinta sobre qué determina que un suceso o una situación sea positivo o negativo. Porque, probablemente, casi todo lo que se nos ocurra será positivo y negativo a la vez, según la perspectiva desde la que se enfoque. Puede que lo único «positivo» de un suceso terrible sea «aprender sobre él».

Vayamos a situaciones personales como esta que estoy viviendo y que espero sirva a los lector@s de este blog para sus vidas. Una situación de empeoramiento de la calidad de vida y de la autonomía debida a la enfermedad.

Ante una circunstancia negativa que se prolonga, existen cuatro formas de reaccionar:

  • Luchando contra la circunstancia negativa.
  • Resignándose a vivir con la circunstancia negativa, de forma pasiva.
  • Ignorando la circunstancia negativa y haciendo como si no existiera.
  • Rindiéndose ante la circunstancia negativa, de forma activa.

La que está de moda es la primera, la lucha: todo es lucha. Está muy bien vista y tiene su emoticono del brazo doblado, sacando músculo y cerrando el puño. Es la que he descrito al contaros que sigo yendo a clase de zumba. Es la que sale en las películas y la que sirve de ilustración en los cursos de Tony Robins: las historias de superación. Es la que, sin ánimo de molestar, sino buscando motivar, te relatan distintas personas, sobre aquel deportista paralímpico al que le faltan extremidades y, aun así, es capaz de lograr x, y, z.

Las dos siguientes son denostadas y consideradas lo opuesto a la lucha. Resignarse es el resultado de la indefensión aprendida, la persona se percibe a sí misma como incapaz de hacer nada ante la circunstancia, que vive como totalmente externa. Se encoge de hombros, baja la cabeza, se conforma, se lo traga, con mansedumbre. La circunstancia hunde a la persona, porque la vive desde su estado de Niño sumiso, el cual no tiene recursos.

Hacer como si la situación adversa no existiese también proviene del estado de Niño, es una especie de juego de percepción, el cucú-trastrás, ni lo ves, ni lo verás (si no miras, no ves y, a veces, mirar es muy duro).

La última opción es muy interesante y merece la pena desarrollarla para que no se confunda con la resignación.

Rendirse ante la circunstancia negativa, de forma activa

La vida te presenta estas circunstancias extraordinarias, a veces sin previo aviso. Te puede fulminar con ellas, tipo dios bíblico, con lo que es en extremo difícil no reaccionar desde la lucha, desde el victimismo o desde la evasión. Pero resulta que cada persona tiene una libertad que se antoja extraña: decir sí. Decir sí lo primero, reconociendo lo que es, no lo que se querría que fuera. Esto es fundamental. ¿Quién, ante un semáforo en rojo, se dedica a decir «no, está en verde»? ¿No parece puro sentido común empezar por decir sí?

Una vez se ha dicho sí, la persona debe «rendirse de forma activa». Se le ha presentado una situación dura y es lo que toca, es lo que hay que mirar y aceptar de forma plena. Solo así se puede luego actuar, entrar en la acción que requiere la situación. Y esa acción puede ser «hacer nada», viviendo plenamente la circunstancia. Y esta rendición activa se pone a prueba cuando una persona siente un dolor insoportable (no es mi caso).

¿Por qué esto no es resignación? Porque se da la aceptación de lo que es. La persona que se resigna no acepta, sino que traga con la situación. El sí y la aceptación son actuaciones desde el estado Adulto del yo, plenamente presente, consciente, con las riendas en la mano. Este Adulto claro que va a aceptar los tratamientos disponibles, las ayudas y apoyos que alivien sus síntomas. A diferencia del que «lucha», va a contemplar la posibilidad de incorporar en su vida productos de apoyo, ayuda externa. Porque está mirando a los ojos a la situación, con templanza.

En palabras de Bert Hellinger: «A través de las pérdidas, los errores, las decepciones y también de los encuentros verdaderos, uno empieza a entender que lo más valioso no es tener razón ni aparentar fortaleza, sino aprender a mirar con más compasión, a perdonar y a quedarse con lo esencial. Al final, después de todo lo vivido, lo que realmente permanece es la capacidad de amar y de dejarse tocar profundamente por la vida».

Si abres un libro de filosofía oriental, te vas a encontrar esta forma de vivir la vida desde la primera página. Es la actitud «yin» frente a la actitud «yang» de la lucha. En el Tao te ching, de Lao Tse, leemos en distintos poemas:

(…) el sabio, situándose detrás,
se coloca delante.
Desprendiéndose de su yo,
su yo se conserva.
¿No es acaso porque renuncia a su individualidad
por lo que su individualidad se realiza?

(…) el buen guerrero se adapta a las situaciones
y no intenta conquistar nada por la fuerza.

Es el no hacer haciendo, que tiene un eco especial en las situaciones extraordinarias.

El papel de la ayuda

La ayuda es algo muy delicado. Cuando una persona se encuentra en una situación propia del santo Job, quienes están a su alrededor van a tratar de ayudar, de corazón. Pero, a veces, la ayuda lo que trata es de «salvar» a la persona, evitándole el dolor y reduciendo su autonomía. En otras palabras, puede producirse una «intervención», un mangoneo, un tratar de tomar el control. Veamos cómo reacciona cada perfil a la ayuda.

El que lucha contra la circunstancia negativa no va a pedir mucha ayuda, porque está luchando y se siente grande. Va a aceptar cierta cantidad de ayuda siempre que no se limite su autonomía. Todavía está en la creencia de que debe seguir haciendo lo mismo (al precio que sea), de que debe sobreadaptarse, lograr todo, casi como si no se encontrase en esa circunstancia.

El que se resigna a vivir con la circunstancia negativa de forma pasiva tiene las papeletas de ir a peor. Desde la posición de víctima, va a tomar «ayuda de más», que le limita y le mantiene en ese estado de necesidad. Al tomar la circunstancia de forma pasiva, se deja caer en brazos de personas que van de salvadoras. Y estar en brazos de otra persona es, por momentos, confortable y agradable. Lo que pasa es que no permite la acción adulta. La persona debe renunciar a los beneficios secundarios de ser salvada si quiere salir adelante.

El que ignora la circunstancia negativa y hace como si no existiera, tampoco se va a abrir a pedir o aceptar ayuda. ¿Ayuda para qué, si a mí no me pasa nada? Esta fantasía acabará cayendo, como una venda en los ojos, quizá tarde, o cuando la vida recrudezca la situación para que la persona la mire con valentía.

El que se rinde ante la circunstancia negativa, de forma activa, aceptará la ayuda justa. No permitirá que las personas que van de salvadoras se entrometan, porque eso atenta contra su cualidad de Adulto, pero, igual que se rinde a la circunstancia extraordinaria, se rendirá también ante la necesidad de ayudas y apoyos.

El humor, el terror y la catarsis

Una forma de digerir las circunstancias extraordinarias es utilizando el humor. Igual que todo lo humano, ese humor puede ser Adulto, aligerando el peso de lo que se vive y quitando hierro al asunto, o puede ser «la risa del ahorcado«, en la que la persona bromea sobre «su muerte» cada vez que repite una conducta de guion que el resto aplaude, fuerza, o trata de evitar desde el salvador.

Generada por Gemini a partir del texto. Le parece que todos son zombis, y que el cuerpo escombro es tener sobrepeso.

Centrándome en la circunstancia que estoy viviendo, reflexiono sobre el terror. La historia que me viene a la mente es la de La mosca, en la que, según explica la sinopsis de Filmaffinity: «Un científico se utiliza a sí mismo como cobaya en la realización de un complejo experimento de teletransportación. La prueba es un éxito, pero empieza a sufrir unos extraños cambios en su cuerpo». Descubre al poco que una mosca se introdujo dentro de la cápsula donde realizó el experimento. Se está convirtiendo en mosca y está perdiendo el control de su cuerpo. Y esto produce terror. También evoco las historias de zombis que andan lento (ya sabéis que los zombis pueden andar muy lento o muy rápido, y ambas cosas dan miedo). Cuando voy por la calle, yo soy la zombi que anda lento, veo esas miradas, lo dicen todo. Es un estudio digno de realizar.

La catarsis aristotélica se produce cuando se plasman tanto el humor como el terror en una obra representada, que permite a los espectadores «liberar los humos» al verse reflejados en acciones fuera de sí mismos. Yo he escuchado a El Langui en una entrevista afirmar que no le permitían reírse de sus propios males, de sí mismo, creo recordar que era sobre la película Cuerpo escombro. Quizá esto habría facilitado a otras personas desdramatizar su situación.

Sí a lo que me toca

Recientemente, he terminado de escribir otro libro. Y, por primera vez en muchos meses, me levanté por la mañana en un día de diario sin un libro al que dedicar unas horas de mi jornada (aunque en el horizonte hay nuevos libros, ya con fecha de entrega). Entonces, contemplo la pantalla en blanco que proporciona el blog. Tengo una idea leve de lo que quiero escribir, pero no ha surgido el torrente de palabras. He releído algunos de mis post donde menciono algo que quiero traer a este y en ellos he leído consejos que yo escribo para otras personas, los he leído como consejos de otra persona para mí.

Porque a veces se siente como si se hubiera alcanzado un cierto nivel de desarrollo personal, de conocimiento de la vida, de sabiduría y, de repente, algo de la vida te dice: «pues no, no estabas ahí» y tira para abajo. Es como si hubieras volado con alas prestadas, como Ícaro, que se acercó a los dioses, pero las alas de cera se derritieron expuestas al calor del sol y se dio una buena hostia. Por lo menos, cayó en el mar.

Las tres frases

Lo que he buscado en el archivo de este blog son las tres frases que extractan una parte de la gran sabiduría de Brigitte Champetier de Ribes. Ante situaciones de cambio brusco de la vida, ante esa caída libre porque las alas que parecían fiables se han derretido, hay tres respuestas:

Estas frases hablan de pasado, presente y futuro. De pasado, porque se desautomatizan los aprendizajes, aquello que se creía entender. La vida trae nuevos desafíos ante los que ya no valen los esquemas mentales que nos habíamos montado. O bien, muestran hasta qué punto (nuestras alas) eran frágiles. De presente, porque la única forma de andar es paso a paso y la única forma de atreverse a dar esos pasos es la confianza en la vida. Y de futuro, porque no se trata únicamente de asentir a lo que se tiene delante, que ya es todo un reto, sino de asentir a lo desconocido, a lo que está por formarse ante tus ojos (a ciegas). Exige valentía, ya que el siguiente paso puede fallarte el suelo y hacerte caer en el vacío.

La señora Danvers

¿Y si percibes los reveses de la vida como si fueran el ama de llaves de Rebeca?

Imagen tomada de: https://creyconfe.com/blog/los-uniformes-mas-terrorificos-de-la-historia-del-cine-un-viaje-a-traves-del-horror/

Esta es la señora Danvers, el ama de llaves de Manderley, la mansión donde vive Maximiliam de Winter y a donde este lleva a una joven humilde con la que se casa, la «segunda señora de Winter», que no tiene nombre, porque la única que tiene nombre en esa casa es la primera señora de Winter: Rebeca.

La señora Danvers ve llegar a la segunda señora de Winter y decide mostrarle la inmensa sombra que dejó el fantasma de Rebeca, cómo es insuperable en cualquier aspecto: elegancia, belleza, forma de conducirse, de resolver asuntos de la casa… La asedia como otra sombra, siniestra y oscura, mientras que la joven se va sintiendo cada vez más encogida y achuchada por este perro guardián. En la vida, la señora Danvers es una enfermedad, un accidente, la pérdida de un trabajo, la pérdida de tu poder adquisitivo, por ejemplo.

Pero ¿y si la señora Danvers no existe? ¿Y si es una proyección que crea la joven en su cabeza para justificar de qué forma siente no estar a la altura y siente el síndrome del impostor?

La señora Danvers eres tú.

No hay una señora Danvers que te da reveses de la vida como la hostia de Ícaro. Sino que tú mism@ te das la leche contra el sistema de creencias que te has montado, con las historias que te cuentas. Si la segunda señora de Winter se siente apabullada por la fuerte presencia que dejó esa R que encuentra por todas partes, puede que en su mente conciba un personaje malvado, la señora Danvers, que la persigue para restregarle por la cara todo lo que no es, hasta el punto de sugerirle el suicidio como vía de escape. En realidad, es la escasa capacidad de la joven en adaptarse a este brusco cambio en su vida (supuestamente para bien) lo que produce todo el drama.

Si la joven suelta lo que creía entender, dejará atrás sus creencias sobre lo que puede alcanzar una persona como ella, sin necesidad de que se le suba a la cabeza el haber pillado a este partidazo del señor de Winter, simplemente, tomando serenamente todo lo que se le ofrece. Si la segunda señora de Winter dice sí sin saber a qué y se hace dueña de la casa, identificará todo lo que lleve una R y lo irá cambiando poco a poco por su inicial, sin dejar de dar las gracias a esa Rebeca por haber hecho sitio para ella, sin dejar de reconocerle su lugar como primera señora de Winter: «siempre serás la primera, Rebeca». Si además vive el presente con confianza, no se moverá por la mansión sobrecogida por los fantasmas del pasado, sino con firmeza y determinación. ¿Que Rebeca escribía cartas en este despacho? Muy bien, yo las escribiré en este otro, o también lo usaré, o yo paso de escribir cartas. Si la segunda mujer de Winter hubiera hecho esto desde el minuto uno, la señora Danvers habría perdido toda su fuerza, no existiría (ni habría novela ni película, claro).

Normalmente, lo que te plantea la vida no es que empieces a vivir en una lujosa mansión llena de criados a tu servicio con un marido rico y atractivo, no. A veces, te quita el suelo de debajo de los pies. A veces, tus alas se derriten. A veces, el cambio de vida es totalmente injusto (porque la vida no es justa). Y entonces, a las tres frases anteriores se le añade otra que es muy poderosa, porque las condensa:

Sí a lo que me toca.

Esta aceptación incondicional de los giros inesperados de la vida es la que los suaviza. Es lo que trae grandeza en medio de situaciones adversas. Es la que desactiva la fuerza aparentemente poderosa de la señora Danvers. Si abrazas a esa señora, pierde toda su energía, se desintegra.

¿Cuál es la misión?

Cuando juegas a un videojuego, sabes cuál es la misión. Puede ser romper bloques, encajarlos, comer tesoros mientras huyes de los fantasmas, o misiones más elaboradas que implican la interacción con otros jugadores. Si el videojuego no transmite de forma clara el objetivo, al cabo del rato resulta aburrido. Puede tener unas imágenes espectaculares y unos avatares muy potentes, puede que recorras calles o saltes por los edificios de forma precisa y realista, pero si no hay misión, el juego es un rollo.

El juego de los Sims este que estamos jugando en la tierra tiene la característica de que la misión no está nada clara. La persona está aquí, va para allá, vuelve para acá, incluso hace cosas fantásticas, pero es un poco largo como para ver en él un hilo conductor. Es como que no hay guion.

Quizá por ello, la gente se inventa guiones de vida muy al comienzo, entre los 5 y los 7 años de edad, porque la angustia de no tener un destino prefijado parece más fuerte que la de tener un destino malo, incluso fatal (es decir, de muerte).

El observador como ser celestial

Si nos atenemos a distintas observaciones y pensamos que el jugador del juego está usando un avatar llamado cuerpo-mente, también podemos concluir que el jugador es un ser celestial, porque no tiene cuerpo ni mente. Parece ser que está compuesto de «puro amor» y es capaz de sentir las emociones que provoca a otras personas.

El jugador del juego de los Sims entiende la razón de todo, es capaz de ver que todo formaba parte de un devenir, de un baile, que no se comprende desde el avatar del cuerpo-mente. Un ser de estos, que puede ser una persona «iluminada», que de pronto ha comprendido «la verdad», ama a los demás tal como son, incondicionalmente, es capaz de vivir desde el corazón. Es un poco como el Adulto venido a más, es la mejor versión de la persona.

Hay varias investigaciones que muestran que el corazón tiene un sistema neuronal y que toma decisiones, incluso previas a las que toma la mente consciente. Tanto Rollin McCraty como Annie Marquier han investigado sobre este hecho. Parece ser que el corazón emite un campo electromagnético a su alrededor que alcanza entre 2 y 5 metros más allá del cuerpo, mucho mayor que el que emite el cerebro. Se puede medir la coherencia del ritmo cardiaco y los estudios la asocian a situaciones de felicidad serena, con emociones como altruismo, amor incondicional, bienestar, paz.

Es curioso que Annie Marquier ya tenía una metáfora en varios de sus libros que se parece al juego de los Sims. En este caso, asemeja al ser humano al conjunto de un carruaje con caballo, conductor y el señor que va sentado dentro. Así, el carruaje es el cuerpo, el caballo, las emociones, el conductor, la mente y el señor, ese observador o jugador. Esto va en línea con mi idea de que «el conductor» puede tener sus propios objetivos y personalidad, distintos de los del «señor». Vamos, que el avatar puede ir a su bola y, de hecho, lo hace.

El observador dentro del avatar

Desde la distancia, es muy fácil pensar que se ama a la humanidad y a los semejantes, pero, cuando los tienes cerca, ocurre que:

  • Huelen mal. Vamos, tienen un olor que puede o no agradar.
  • Son feos. En general, la gente de la tele y del cine es entre guapilla y muy guapa, pero, por la calle y en las playas, la ilusión se viene abajo. Es lo que hay.
  • Son plastas. Se repiten, caen en el victimismo, hablan de forma inagotable.
  • Te caen mal. Sencillamente, no compartes con ellos sus ideas y, cuando te plantean algunas, te crea una ira muy intensa.
  • No te entienden. La cosa comienza por el no escuchar y continúa por el uso de las mismas palabras con distinto significado o palabras distintas para el mismo significado.
  • No cubren tus necesidades. El amor que te ofrecen es condicional, normalmente centrado en que hagas las cosas como consideran que deben hacerse. Pasan olímpicamente de lo que puedas necesitar.

Por cierto, todas estas características se aplican a ti. Lo sabes y, por tanto, también te rechazas a ti mism@ por dar asco. ¿Qué es todo esto tan incómodo? El observador dentro del avatar permanece «desconocido» para la mente mientras esta se ocupa de sus obsesiones. Esa «luz sanadora y cálida» o esa «sabiduría sin palabras» no penetra en el día a día de la mente, a menos que se haga algo para reconocer «esa voz».

¿Y si la misión es amar a los demás tal como son?

Es posible que el juego de los Sims consista en amar a los demás Sims a pesar de sus características negativas o desagradables. Que sean negativas o desagradables lo decides en función de tus creencias y guion de vida, o bien, porque tu parte animal las rechaza (ejemplo, olor fuerte de los pies de alguien).

Cuando la gente que ha tenido experiencias cercanas a la muerte repasa su vida, no ves que revisen cuántas horas echaron en el curro, qué hacían en el ordenador, o cosas similares. De hecho, su vida se presenta como las interacciones que tuvieron con otras personas, especialmente aquellas en que tú hiciste daño a la otra persona.

Como decía Stephen R. Covey, nadie echará de menos sus horas de oficina en su lecho de muerte. Como en las enfermedades importantes, te acordarás de las personas más cercanas de tu vida y todo lo demás se desdibujará fuertemente, como si casi no existiera.

Quizá éramos unos seres completamente aburridos de ser felices y ser amor que se plantearon bajar a la tierra para experimentar qué sería amar a otros seres que no reconoces como seres de luz, más bien algo muy distinto. Se dijo:

Juguemos al juego de los Sims. Seamos unos seres imperfectos, a ver si nos es posible amarnos los unos a los otros.

Y bueno, pues hay quien lo logra, pero, en general es lo contrario.

Razas, culturas y civilizaciones

Es más: no es solo que no seas capaz de aceptar incondicionalmente a una persona cercana, sino que, cuanto más lejano el caso, más fácil interponer prejuicios contra una raza, una cultura o una civilización distintas. Por ejemplo, vas a vivir de forma muy diferente un conflicto armado si conoces o tienes amistad con personas de uno de los bandos. Y aún de otra manera si conoces a personas de los dos bandos. ¿Qué haces ahí? Ya no puedes odiar a un bando por completo, ya te das cuenta de que son personas individuales dentro de un gran grupo y que no es lo mismo cada persona que el grupo.

Aquí es donde encaja una propuesta rompedora y que se sale totalmente de todo lo que estamos oyendo en distintos medios. Una propuesta que se comprende si se está muy cerca de esa realidad del observador como ser superior, como puro amor, o si se conoce a personas de los dos lados de un conflicto. Y es esta:

¿Cómo ayudar al mundo hoy? Tomar juntas a todas las polaridades, a todas las víctimas y todos los perpetradores, con el mismo respeto, en el corazón. Brigitte Champetier de Ribes.

Esto es muy cañero. Porque es mucho más fácil y cómodo que uno sea el malo y otro el bueno. Así, con la buena conciencia, uno se posiciona «en el lado correcto» y puede hacer lo que quiera con los del «lado contrario». Más explicado aquí:

Nadie elige su destino. Agradezco a cada uno vivir lo que le toca, dejándole su responsabilidad. Miro a todos con respeto, dolor y gratitud. Brigitte Champetier de Ribes.

No eliges tu misión… ni el lado «bueno»

Pues ya ves cómo está el panorama. Entras en el juego de los Sims, te formas un guion de vida, adoptas una serie de creencias que filtran la manera en la que percibes el mundo y empiezas a juzgar. Te crees mucho que tu misión es un tema profesional, o familiar también, pero no te das cuenta de que la misión de una vida se comprende tras una larga trayectoria, que está centrada en el amor a tus semejantes y que esos semejantes lo son más cuanto más cercanos los sientes, hasta el punto de poder comprender que «les ha tocado» una misión, un destino, y que es eso lo que pueden hacer y no otra cosa.

Lo duro y difícil forma parte de la vida

Es difícil mantener una postura imparcial cuando los acontecimientos tienen una fuerte carga emocional. Sobre todo, cuando son situaciones que engloban a una gran cantidad de personas. Rápidamente, se crea un campo de pensamiento en el que las personas se ven atrapadas, hasta el punto de que solo pueden ver sus creencias y su campo como verdades. Al mismo tiempo, otro grupo contrario se crea en oposición al primero, reaccionando. Ambos grupos se van alimentando de su diferencia con el otro, viviendo sus valores con tal intensidad que son incluso capaces de justificar la muerte de una persona del grupo opuesto por fidelidad a estos valores. A esto, Bert Hellinger, creador de las constelaciones familiares, lo llamó «la buena conciencia».

Campos de creencias en X

En X (antiguo Twitter), se puede experimentar en «primera línea de batalla» lo que es no estar de parte de un grupo de creencias: es intenso y muy desagradable. Hace poco, me vi envuelta en el torbellino del enfrentamiento entre dos de estos campos de pensamiento, lo que el biólogo Rupert Sheldrake llamó la resonancia mórfica. De forma ingenua, respondí en una cuenta de una persona muy conocida lo que yo pensé que era un mensaje «conciliador», que trataba de apaciguar los ánimos y acercar los puntos de vista. Las reacciones a mi respuesta fueron muchas, la mayoría positivas; mi mensaje se compartió mucho. Pero, también, recibí muchos insultos. Lo que yo pensaba que era un escrito para abrir el diálogo y matizar las posturas enfrentadas, muchas personas lo percibieron como un ataque y recibí la respuesta inmediata, no elaborada, sino visceral: insultos, agresividad.

Entonces, me pregunté: ¿cuál era mi intención real detrás de este mensaje? ¿De verdad mi posición era imparcial y trataba de contemporizar? Me di cuenta de que no: yo tenía una posición muy marcada sobre el tema en cuestión, una emoción muy fuerte también, estaba, como muchas otras personas, atrapada en la esfera de uno de esos campos inmensos de creencias, algo que ciega a la persona y no la permite ver lo que hay en realidad. Este estado mío interno no se traslucía en ninguna de mis palabras, pero como explica el análisis transaccional (A.T.) y Brigitte Champetier suele destacar, lo que recibe la otra persona es la realidad que está detrás, la intención, no lo aparente. Es lo que en A.T. se llama transacción cruzada:

Transaccion-cruzada

La emoción fuerte que había detrás de mis palabras llegó a «los otros» y contraatacaron. Empecé a sentirme realmente mal. ¿Por qué no se buscaba el diálogo y los puntos en común? ¿Por qué todo era insultar y sentirse ofendido/a por los del otro grupo? En ese momento, yo había sucumbido a la «tentación de salvar», desde mi ego.

La actitud sabia

No olvides que, ahí donde pones tu atención, estás participando, formas parte de lo que ocurre. Por ello, observo qué hacen las personas sabias para estar en la vida aceptando las circunstancias: aceptan las cosas tal como son. Para mí, no hay mejor explicación de cómo son las cosas que la sociedad que se describe en la película de Billy Wilder Irma la dulce. Y no hay mejor dibujo de un sabio que el camarero Moustache. Como contaba en esta entrada de blog, Moustache explica al joven agente Patou, que interpreta Jack Lemmon, cómo funciona el mundo y lo bien que va tal cual es, porque forma un ciclo, una rueda que gira y avanza:

—Está bien, tomemos un ciudadano decente, veinte años casado y que pasa el día vendiendo cochecitos de niño. Por la noche necesita distracción, camaradería, y por tanto viene a la calle Casanova. Se reúne con una chica, ella le da un poco de amistad y él un poco de dinero, la chica da el dinero a su novio y él lo gasta en bebida, en gemelos o en las carreras. E incluso, a veces, da un poco de ese dinero a un policía.

—¿Soborna a un policía?— dice el agente Patou, escandalizado.

—Y ahí viene lo estupendo, porque el policía coge ese dinero y compra un cochecito al ciudadano decente. Y así el dinero se mantiene en circulación. ¡Todo el mundo es rico! ¡Todo el mundo es feliz!

Una actitud sabia.

Las personas sabias saben ver seres humanos donde estos campos de pensamiento nos obligan a ver monstruos, enemigos, chusma, lo peor. Como Moustache, los sabios se dan cuenta desde una actitud adulta que el rol de cada persona es necesario porque ayuda a mover el mundo, que los dictadores, violentos, corruptos, son necesarios, porque están al servicio de la vida, y que la mirada amorosa incluye juntos a perpetrador y víctima y ayuda a suavizar el conflicto entre ambos. La persona adulta reconoce que también ha tomado un rol perpetrador muchas veces, y que la víctima se convierte al instante en un perpetrador que busca venganza. Pero, para todo esto, hay que renunciar a las preferencias.

¿Qué es renunciar a las preferencias?

Renunciar a las preferencias supone elevarse por encima de la situación y rendirse ante lo que es: los campos de pensamiento, las posiciones enfrentadas, el sufrimiento humano en ambos lados de un conflicto, la necesidad de venganza… Después, con esa perspectiva desde fuera y atemporal, nunca superior, estar al servicio de la vida, como hace el camarero Moustache, que sirve a policías, prostitutas y chulos por igual.

Me dirás, pensando en un conflicto crudo y que cuesta asumir:

Pero, ¿cómo no voy a reaccionar a esta situación? ¿Cómo me voy a quedar impasible ante esto?

Renunciar a las preferencias solo es posible desde el adulto, esa parte de ti que vive en el presente y es capaz de incluir a todas las personas, esto es, de tener una mirada que recoge a todos los seres humanos, hayan hecho lo que hayan hecho.

Brigitte Champetier, en su libro Los desafíos de la vida actual, nos recuerda que «lo duro y difícil forma parte de la vida», me pareció un título acertado para esta entrada.

Los gozos, las sombras, la clase media y la abundancia

Recientemente, vi un vídeo de Marc Vidal en el que explicaba las características de la clase media y cómo la mayoría de la población, pertenezca en realidad a la clase baja o a la clase alta, se autopercibe como de clase media. Pero si no tienes inmuebles libres de cargas, cierto patrimonio o la holgura suficiente como gastar dinero en unas vacaciones o en renovar el vehículo, entonces eres de clase baja, solo que no tienes conciencia de clase.

Pienso que esto es más complejo que lo que se puede deducir desde el punto de vista económico. En Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, se percibe muy claramente qué es la clase alta y qué es la clase baja. Los de la clase alta no trabajan y pasan el día charlando mientras el servicio les trae comida, pero sí poseen medios de producción, como el astillero o los barcos, donde trabajan los de la clase baja (hay que decir que Cayetano Salgado, el dueño del astillero, sí trabaja, como empresario, si bien, es denostado por su conducta en la que compra a las personas con dinero y las hace dependientes de él). Los de la clase baja están en la supervivencia, por ejemplo, Clara Aldán tiene un solo vestido, unas solas bragas y un par de medias. Va al mercado y le tienen que fiar para poder seguir comiendo.

Actualmente, si una persona no cumple los criterios que indica Marc Vidal sobre «clase media», pero tiene un coche, vive en una casa «lujosa» (nueva, con buena calidad, con aislamiento térmico, con piscina y jardines), tiene trabajo y puede irse de vacaciones, no va a sentirse de clase baja, porque el eco de aquellos tiempos de solo unas bragas quedaron en la generación de mi abuela, tal vez de mi madre de pequeña, en la posguerra, como una mala pesadilla. Quiero decir que la persona descrita tiene lo suficiente.

Un momento… Arriba comenté un detalle importante: los de la clase alta no trabajan. De manera que, quizá, una persona sienta que es rica o muy rica si no tiene que trabajar para vivir. Pero, ¿qué clase de vida tiene una persona que no tiene que hacer ningún esfuerzo por ganar el dinero que utiliza? ¿Qué tipo de motivaciones o satisfacciones logra? Quizá una vida así se sentiría estéril.

La abundancia

¿Qué es la abundancia? Pues es tener aquello que necesito, no aquello que creo necesitar (siguiendo a Brigitte Champetier de Ribes). Quizá, sentir que se está en la abundancia es más cuestión de mentalidad que de cantidad de dinero en el banco. Esta mentalidad se contrapone a la de la escasez: tener la constante sensación de que falta algo, estar siempre buscando la pieza que completa el puzle. Esta mentalidad genera una gran angustia, porque siempre se puede querer más: un coche nuevo, un coche más potente, una casa más grande, una segunda casa, ropa de marca, un viaje más largo, un viaje más lejos.

La persona que vive en la abundancia se siente rodeada de regalos. El primero: la misma vida. Siempre recuerdo aquel vídeo navideño que comenzaba con: «I’m alive, I’m alive!!!» (¡¡¡Estoy vivo, estoy vivo!!!) que decía al despertarse un hombre envuelto en papel de regalo con alegría y sorpresa. Después, todo lo demás que te rodea: agua corriente, agua caliente, un techo, comida, un trabajo, familia, amistades, pareja… Todo forma parte de la abundancia que vives.

Voy más allá: el bien público también es abundancia. Voy por la calle y entro a un lujoso jardín con unas enormes puertas de hierro, lleno de árboles centenarios, césped, fuentes y frescor. El parque de El Retiro es mío, pero no tengo que ocuparme de contratar y pagar a «unos jornaleros» para que lo cuiden: puedo disfrutar de sus ventajas sin pagar directamente (sí indirectamente a través de impuestos) a quien lo mantiene. Bueno, y sin entrar en política, puedo disfrutar del aire, del cielo, de las otras personas. Orison Swett Marden, un viejo conocido de este blog, escribió un bello libro, La alegría del vivir, en el que refleja este estado de gracia que es conducirse por la vida disfrutando de ella como de un inmenso regalo.

En el regalo de la vida se incluyen la salud, el amor o el éxito (definido por la persona misma), ajenos a las medidas cuantitativas o monetarias. Estas bondades son más valoradas que el dinero, porque garantizan vivir la vida de una forma más amable, más fácil. Pueden tenerse estos imponderables y aun así, no cumplir con la descripción de «clase media». Tal vez haya que redefinir los términos.

Por su cara bonita

Trabajo en el sector de la formación online desde 2010. Y sigo con la misma sensación que tenía al principio, me parece que el aprendizaje electrónico no funciona y da igual que le añadas IA, simulaciones y efectos apabullantes, porque se debe a otra cosa: nadie te mira.

Hace un par de días, mi profesora de zumba no se encontraba bien y se dio una clase de zumba virtual. Consiste en proyectar un vídeo con unos profesores que bailan excepcionalmente. Sin embargo, la mitad de las alumnas se marcharon nada más iniciarse el vídeo y muy pocas quedaron hasta el final. ¿Por qué? Nadie te mira.

Antes veías el Tour de Francia o la Vuelta a España y reconocías perfectamente a los ciclistas: si intentas recordar una imagen de Perico Delgado, vas a verle con una cinta en el pelo, le ves perfectamente la cara; ni siquiera lleva gafas de sol. Después, en la etapa de Induráin, poco a poco se sustituyó la gorra por el casco y empezaron a llevar gafas de sol, poco a poco se nos alejaron. Ahora es muy difícil distinguir a un ciclista de otro. No ves a nadie.

Necesitamos caras

Hay estudios que menciona Juan Luis Arsuaga (el de Atapuerca) en sus libros sobre paleontología en los que se analiza cómo el ser humano ve caras donde no las hay, ve rostros y ojos en las formas cambiantes de las hojas de las plantas, en las piedras, en una cueva… Busca caras y las encuentra.

Como sabemos esto, en los cursos online se ponen vídeos de «busto parlante»: una persona habla, idealmente mirando a cámara, mientras a uno de sus lados aparecen textos relacionados con lo que dice. ¿Es suficiente? No, no funciona: sabes que no te está mirando, que puedes ponerte a hacer cualquier otra cosa mientras pasa el obligatorio vídeo, no se va a ofender, no te va a llamar la atención y, lo que es peor, no va a reformular su mensaje adaptándose al hecho claro de que es aburrido y poco motivador.

Entonces, vienen las videoconferencias: reuniones, seminarios web, masterclass, sesiones… Como diría Kurtz: el horror. Hay una diferencia fundamental entre mirar la figura de un formador mientras se mueve por la clase, mientras te debates entre la somnolencia y el interés, y tener tu careto a la vista de todos los participantes, incluida la tuya, un careto cuyas reacciones pueden ser analizadas de forma pormenorizada. O, peor aún, estás a contraluz y pareces un fantasma cuyos rasgos no se distinguen, y eso crea una sensación siniestra en los demás, inconscientemente. En cambio, en aquellas videollamadas en las que los asistentes apagan su cámara son absolutamente deprimentes para el profesorado: no puede atisbar las reacciones del alumnado, que es lo único que justifica la sincronicidad, es decir, que el evento sea en vivo.

Foto de Anna Shvets: https://www.pexels.com/es-es/foto/manos-gente-mujer-ordenador-portatil-4226140/.

Necesitamos almas

La cara es el espejo del alma. Esta frasecilla me ha venido muy a cuento: lo que buscamos en estas «acciones formativas» y de otro tipo, es ver un rostro humano vivo y en persona, que reacciona a lo que está sucediendo, que está ahí y puede prestar una ayuda solo posible en un humano. Se busca el alma.

Por ejemplo, hace poco se ha oído la noticia de un robot operando la vesícula biliar sin ayuda humana. Es un avance impresionante y positivo… mientras las personas no desaparezcan del todo de la ecuación. ¿Qué pasa si la operación va mal y la persona entra en parada cardiorrespiratoria? ¿Qué pasa si cae en coma y, tal como cuentan las personas que han experimentado una ECM ve desde arriba que ahí no hay nadie que se ocupe humanamente del paciente?

Las capacidades cerebrales humanas pueden ser perfectamente imitadas e, incluso, superadas por la inteligencia artificial. Las cualidades de la mente, como la intuición, la sabiduría, la percepción de algo más allá que no se identifica con los sentidos, no parecen reproducibles, ni creo que sea deseable. El «piloto», el «conductor» de la nave ha de ser siempre el ser humano.

Y si lo pongo en la metáfora del juego de los Sims: dentro del juego vemos lo de fuera cuando miramos a otra persona a los ojos.

En la antesala (de la muerte)

Era una sala grande y decorada con un lujo un tanto plasticoso, como la planta baja de un hotel, a la altura de la recepción. Igualmente, tenía esos sillones que imitan piel, la tele encendida, mesas de centro, floreros, cortinajes, iluminación cálida. Por la ventana, se veía una especie de terraza cubierta con un suelo de madera y palmeras grandes, con mesas y sillas de mimbre. Quizá, cuanto más quería imitar una situación normal y cotidiana de cierto lujo y cierto relajo, más siniestra era la sala. ¿Qué era siniestro, la decoración? ¿Era siniestra la gente que la ocupaba, mirados uno a uno? ¿Era siniestro el programa de televisión que corría? No, eran los ecos de Alguien voló sobre el nido del cuco, los ecos de Despertares, los ecos de El show de Truman, los ecos de 1984, los ecos de… los Simpson: los hombres y mujeres muy mayores que la poblaban parecían zombis, estaban «aparcados», estaban «dejados», estaban esperando algo (la muerte) con la mirada perdida, sin hablar entre ellos.

La imagen era tan siniestra como esta, pero en un lugar más grande y con la gente sin mirarse entre sí.

Puede que visites a tus mayores en su casa y les veas en una actitud parecida: están sentados, tirados quizá, viendo la tele con total desinterés, sonriendo alguna vez, otras veces con la mirada perdida, mirando al suelo o directamente dormidos. Pero son a lo sumo dos, quizá alguno más si se juntan con sus amistades y otros familiares de la misma quinta y hablan entre ellos. En aquella sala grande y de lujo fingido, muchos de ellos formaban una legión de zombis que desgarraba el corazón al reparar en ella. Porque esa gente vivió la posguerra, esa gente trabajó duramente, sea en un trabajo, sea en casa, con hijos. Porque salieron adelante de las cartillas de racionamiento, del hambre, de la escasez y vieron el país subir y convertirse en democracia.

Y ahora están ahí: esperando (la muerte). ¿Eso tiene sentido?

Ellos quieren salir corriendo

Si el salón era tan «cuqui», ¿cómo es que yo vi a Jack Nicholson tratando de romper una ventana? No había rejas, sí una tele a la que nadie atendía, no era todo blanco, sí era todo aséptico. Pero, cuando quise salir un momento, resulta que las puertas no se abrían y la persona de recepción no estaba. Eso me dio un agobio importante, aumentado al comprobar que la persona a la que había ido a ver confirmaba que

No me dejan salir a andar sola, y salgo con vosotros porque tenéis autorización de mis hijos.

Ostia. Esa persona había revivido desde que estaba en ese lugar fingidamente agradable, dentro de su estado de dependencia, había empezado a encontrarse mejor, mucho mejor, como ocurre cuando te ingresan en el hospital y de pronto te entran unas ganas muy fuertes de salir corriendo de allí y vivir, esta vez sí, plenamente.

El propio escenario es repelente. Incluso, cuanto más quiere agradar y parecer de nivel, más repele, es como si al entrar oliera muy mal, por más que quieres fijarte en los detalles, no puedes soportar el olor. Y ahí viven todas esas personas en estado zombi y que esperan (la muerte).

En Momo, Michael Ende critica la agrupación de personas por edades, ya que nadie se enriquece de los que son iguales. Resulta más «natural» una mezcla de niños, jóvenes, adultos y mayores, cada cual aprendiendo algo de los otros. Si nadie quiere estar ahí, si ellos quieren salir corriendo y los visitantes también, ¿no hay una manera mejor de organizar esto? ¿Hay solución? ¿Alguna idea de cómo podrían ser las cosas?

Jessica Lange te lo diría con cariño

La Muerte mantiene una conversación con el alter ego de Bob Fosse en All that jazz, pero me ha dado por pensar que no es la Muerte a quien encarna la bella Jessica Lange, es la Vida.

Si has visto la película, dirás: «No, no es posible: la película sigue claramente las 5 fases del duelo definidas por Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación».

Jessica Lange como la Muerte en All that jazz. ¿La Muerte o la Vida?

Sin embargo, si lo analizas con detalle, puede que te convenza mi punto de vista. Te cuento. La Vida te habla con cariño, sonríe ante tus trastadas cuando más o menos llevas el rumbo que ella te marca: entonces, todo se hace fácil, va rodado, fluye, no pesa.

Cuando te vienes arriba y dices: «pues yo es que voy a ir por aquí, que es lo que me marca mi ilusión de la infancia, o mis padres, o ambas cosas», resulta que la Vida trata de reconducirte.

Al principio, lo hace dándote un leve toque, casi un susurro:

Belén, por aquí, no.

Y como es tan sutil, pasas y continúas la búsqueda de grandeza, reconocimiento, ser lo más. O esquivar de forma elegante el marrón que tienes delante, haciendo como que no lo ves, o pasándoselo a otra persona. O una combinación de ambas cosas, en las que ignoras los obstáculos mientras continúas con la mirada fija «más arriba».

Como ponía en el ascensor en el que he subido hoy: «Subes o bajas, pero no te quedas donde estás». En un ascensor, suena reconfortante, en la vida, cuando subes, bien, cuando bajas… entonces, la Jessica Lange se va poniendo macarra, ya no te sonríe tanto, y los toques que te da no son tan sutiles. Puede que se te estropee el coche, o el teléfono móvil, que las combinaciones de los transportes se te den mal… Algo pasa, pero no solemos entender el mensaje.

Y la cosa va a más y te puedes encontrar que enfermas, o que el motor del coche muere, o muere tu mascota, o te echan del trabajo… Jessica Lange se ha transformado en un ser horrible, tipo Freddy Krueger, o el fantasma de la señora de la biblioteca en Los cazafantasmas, un ser vengativo y que te ha cogido manía.

Cuando es lo que toca

Por ejemplo, vas conduciendo y en un paso de cebra te toca esperar a que se baje todo un autobús que cruza por delante de ti. O muy común, el atasco de cada día, esos momentos en los que compartes destino con cientos de personas que no conoces. O cuando pierdes el autobús y el siguiente no pasa hasta dentro de 20 largos minutos, que son un regalo para darse cuenta del día que hace. Todo eso «te toca», es un destino colectivo.

A veces, se nace ya con algo, un tema hereditario, o ese tema se revela mucho más adelante. A veces, el destino te trae vivencias completamente desagradables y solo te queda decir: sí. Hace poco salió en el programa Volando voy de Jesús Calleja un hombre que nació con glaucoma y acabó quedándose ciego. Pues ese hombre surfeaba de tal manera que nadie diría que lo era. Su lema era decir que sí a todo, como en la película Di que sí: apuntarse a un bombardeo, vivir a tope.

Porque la típica pregunta de «por qué a mí» no tiene una respuesta fácil, y, sobre todo, no te ayuda en absoluto a sobrellevar eso que te ha tocado, cuanto menos a solucionarlo (si es que tiene solución).

Jessica Lange te dice con cariño que la vida que tienes es la tuya, que la vivas, que la respires y la disfrutes como quieras y puedas, que tendrá momentos amargos y que será importante aceptar lo que te propone, porque hay algo más allá de ello que quizá se nos escapa a los simples mortales.

Tengo que reconocer que Jessica Lange me habló con calidez cuando propuse a Paraninfo la escritura de Herramientas de coaching y de Habilidades de comunicación en el aula. Hizo que las cosas fueran fáciles, rápidas y sin demasiados obstáculos. Así que siento un profundo agradecimiento.