Florence Lawrence

Hace un tiempo os hablé de la historia de Florence Lawrence, que conocí hace 3 años. A raíz de lo que descubrí, escribí un relato que presenté a varios concursos literarios sin éxito. He pensado que es el momento de que vea la luz. Para todos vosotros/as, mis lectores:

Llama al Doctor Wilson

Fotografía de la actriz de cine mudo Florence Lawrence

Me miro en el espejo de mi tocador y reparo en la vieja fotografía que está enganchada en su marco. En ella aparecemos mi madre y yo actuando en el teatro, yo tendría unos seis años. Sé que por detrás de la fotografía pone “Baby Flo, la niña prodigio, 1893”, aun así, tomo la foto y observo la bella caligrafía de mi madre. ¡Mamá, cómo te echo de menos!

Dejo la fotografía en el marco del espejo y veo mi reflejo en él. Mi aspecto me sobresalta como el sonido de una alarma. Es cuando me doy cuenta de cómo estoy ahora, de quién soy ahora, o de quién no soy. Ya no soy ella, ya no soy Florence Lawrence, ni siquiera soy Florence Annie Bridwood, si es que alguna vez lo fui. Soy una vieja pobre y desfigurada que va a acudir esta tarde a la M-G-M para hacer un papel secundario que no va a tener ningún reconocimiento.

No, no voy a ir.

Telefoneo a Mike y le digo que me encuentro indispuesta y que no podré asistir al rodaje. Desde luego, no he mentido, no me encuentro bien. No se trata solo de que ya no sea la estrella de cine mudo que llegué a ser hace más de veinte años. Se trata de que estoy enferma, me duelen los huesos, me encuentro muy cansada y ya no quiero seguir adelante.

Esto ya lo he sentido más veces en mi vida, en especial desde que me separé de mi tercer marido, Henry Bolton. ¡Ese cerdo! Pero no seguir adelante en aquel momento habría sido darle la razón.

Lo cierto es que yo no soy quien fui, lo he perdido todo. Todo.

Me siento en la silla del tocador y repaso algunas viejas fotos de mi álbum preferido.

¡Ah, la foto de Harry! Yo te amaba, Harry Solter. Fuiste el gran amor de mi vida. Por eso todavía no puedo comprender cómo me pusiste en riesgo en aquel escenario en llamas. Recuerdo cómo nos conocimos, mucho antes de aquello. Me buscaste, sin conocerme, para hacer un papel de amazona. Buscabas a una mujer joven y guapa que supiese montar a caballo, ¡esa era yo! Estaba ganándome la vida en Vitagraph por veinte dólares a la semana y me tenían de costurera. Gracias a ti pude colaborar con Biograph Studios, mi sueldo subió y pude dedicarme en exclusiva a actuar.

Eran tiempos tan diferentes… En un solo año podíamos rodar sesenta películas. Parece increíble. No dejábamos de trabajar. Los fans me llamaban la Chica Biograph.

Mira, aquí está la foto de Carl Laemmle. Fue gracias a ti, Carl: hiciste una campaña muy ingeniosa para hacer creer a los fans que había muerto, para después «resucitarme» e invitarles a ver mi nueva película. ¡Fue increíble! ¡Funcionó! A los veintiséis años de edad estaba ganando quinientos dólares a la semana como actriz principal. Eso era en 1912, hace ya demasiado tiempo. Con ese dinero pude cumplir mi sueño de toda la vida, comprarme un terreno de cincuenta acres.

Un terreno de cincuenta acres, mi sueño.

Ese terreno, aquella vida, mi sueño…

Solía sentarme en el camerino del estudio y me preguntaba cuánto tiempo más podría seguir haciendo creer.

Lo que yo realmente deseaba era retirarme, tener una vida hogareña al lado de Harry, tener hijos. Habríamos vivido en el campo con mi madre. Habríamos sido felices.

Florence Lawrence en su coche

¡Ah, el Lozier! Esta foto siempre me gustó. Fue también en 1912, si no recuerdo mal, cuando compré este Lozier descapotable. Los hombres se sorprendían con mi habilidad para manejar un automóvil, pero mucho más con mi capacidad para repararlo. En efecto, conocía toda la mecánica, su funcionamiento, para mí era una afición que me llenaba tanto como actuar. ¡Qué joven era! Se me ve tan pequeña al mando de esta máquina tan bella.

Mi viejo auto… ¿Dónde estarás ahora? Quizá desguazado… Desguazado como yo.

Y todavía algunos dicen que mis inventos de las señales para indicar la dirección y la frenada, y el del limpiaparabrisas eléctrico, tenía que haberlos registrado en aquel momento y no dejar que las grandes compañías automovilísticas los patentasen como suyos. Yo no le di tanta importancia a aquello. Era ingenioso, sí, pero solo me parecía un divertimento.

Vivía la vida que nunca había pensado que podría vivir, y que siempre había soñado. Y me persuadieron para que volviera a trabajar… Quizá mi ambición fue lo que me perdió. El momento decisivo fue renunciar a mi vida en el campo y volver a Hollywood.

No pude tener hijos con Harry Solter. Tenía un corazón delicado, su salud fue empeorando y al final se fue. Su pérdida fue muy dolorosa para mí, aunque lo habría sido más antes de la tragedia. Algo se rompió entre nosotros aquel día.

Matt Moore. Ver tu foto me produce dolor. Solo un año después de volver a mi carrera como actriz, ocurrió aquello. Fue durante el rodaje de “Peones del destino”. Estábamos rodando una escena en la que nos tenían que rescatar de un edificio en llamas. El fuego se descontroló. Yo siempre había hecho escenas arriesgadas, sobre todo montando a caballo, pero culpé a Harry de habernos obligado a rodar aquella escena. Matt, sin duda habrías muerto de no ser por mí, estabas tirado en el suelo, inconsciente. Quemarme la cara y el pelo y quebrarme la espalda cuando se derrumbó la escalera, creo que es un precio demasiado alto. Mi vida cinematográfica murió en aquel incendio en 1915, aunque yo me empeñase en continuarla. Ese, desde luego, fue otro de los momentos decisivos de mi vida. ¿Cómo me sentiría ahora si en lugar de volverme para ayudar a Matt hubiese seguido corriendo? Quizá la culpa no me habría permitido continuar con mi vida. Pero al menos habría sido una lacra que nadie más habría podido ver reflejada en mi rostro o en mi cuerpo, como sí lo fue el fuego.

Mi vida entera se desmoronó después del incendio. ¡Tantos meses de recuperación! En el fondo, nunca llegué a restablecerme por completo. La cirugía plástica… Reparó, pero no como para permitirme hacer un papel principal, y más con la nueva moda del primer plano. Y esta espalda nunca se ha curado, no ha dejado de doler.

Ah, esta foto es de la película “Elusiva Isabel”. Para mí fue un esfuerzo excesivo volver a estar en activo tan solo un año después del incendio. La tensión del trabajo me hizo recaer; estuve paralizada cuatro meses, la espalda… Intenté regresar a Hollywood unos años después, pero no tuve mucho éxito, ya era mayor y ya no era la misma.

Al año siguiente de morir Harry me casé contigo, Charles. En esta foto estamos guapos a pesar de todo. Compartíamos el amor por los automóviles. Contigo tampoco tuve hijos. Nuestro matrimonio empezó algo tarde para ello, yo tenía treinta y cinco años, pero todavía albergaba la esperanza de tener una hija y hacer de ella lo que mi madre hizo de mí: una estrella. Mi madre me había dado una profesión y siempre habíamos estado muy unidas, cosa que a Harry no le gustaba, y a ti, Charles, tampoco.

Cierro el álbum y lo dejo sobre la cómoda.

¿Por qué nunca he acabado de comprender a los hombres? Quizá sea porque mi padre murió cuando yo tenía doce años, pero ya estaba separado de mi madre desde mucho antes, así que para mí era como si no existiera. Yo adopté el apellido artístico de mi madre, y así borré a mi padre de mi realidad.

Mi madre… Mi madre murió en agosto de 1929, hace ya nueve años. No me acostumbro a estar sin ella, me defendió siempre, me abrió carrera, incluso luchó por aquellas ridículas patentes del automóvil. 1929 fue para mí un año maldito. Ya tenía cuarenta y tres años y Charles me abandonó. ¿Me abandonó por vieja? ¿Me abandonó por la tristeza en que me sumí a la muerte de mi madre? No lo sé, lo cierto es que continuamos con nuestra tienda Hollywood Cosmetics a pesar de estar separados, pero al final tuvimos que cerrar por la gran crisis… En ella perdí buena parte de mi fortuna. Me habían aconsejado invertir en acciones, y de hecho durante un tiempo estuve ganando bastante dinero. Pero de pronto todo se desplomó. Una vez más, mi vida se derrumbaba de golpe dejándome caer al vacío, como aquella escalera en el incendio.

Me casé de nuevo por ver si un hombre me mantenía. Pero aquel animal de Henry Bolton era alcohólico y un maltratador, así que le aguanté cinco meses penosos. Aquello fue muy doloroso, ya entonces contemplé la opción de no seguir adelante, y dejé todo preparado.

Ahora me veo obligada a hacer papeles menores por 75 dólares a la semana, y aun tengo que estar agradecida de que la M-G-M nos haya acogido, a los actores del cine mudo, como quien acoge a los niños harapientos de las calles.

Seguir adelante ya es un absurdo. No soy Florence Lawrence, no soy la Chica Biograph, soy una vieja desfigurada y enferma. Lo último que se ha añadido a mi carrera hacia el infierno es esta afección que me tiene tan cansada. El doctor Laurian dice que es una enfermedad de los huesos que produce depresión y que es incurable. Yo diría que la depresión comenzó en mi vida con aquellos hijos que no tuve, creció en aquel fuego que dejó su sello en mi rostro y se consolidó cuando perdí todo, hasta mi terreno soñado, en el crac de la Bolsa. Pero es solo desde que estuve con mi último marido, con el animal, que guardo conmigo los ingredientes que me van a ayudar a decir adiós: el jarabe para la tos y el insecticida para hormigas. No quiero hablar de cómo llegué al conocimiento de esta combinación. El insecticida es veneno, claro, pero sé que combinado con el jarabe va a ser menos doloroso porque el jarabe adormece, o es lo que espero.

Esos ilusos de la M-G-M me van a esperar para otro rodaje mañana, pero ya no va a haber un mañana.

Cojo de la cocina el insecticida y el jarabe. No se me puede olvidar dejar una nota para Bob. Hace poco tiempo que estoy viviendo con Bob Brinlow y su hermana. Ellos no tienen la culpa de nada. Me da pena hacerle esto a Bob, es un compañero de trabajo que se ha portado muy bien conmigo, me quiere como a una madre. ¿Y si lo dejo?

No, estoy decidida. He visto la alarma al mirarme en el espejo. Por primera vez en mi vida, voy a responder a un aviso del destino. Lo siento mucho, Bob, es mejor así. Podéis quedaros a vivir aquí.

Cojo papel de la libreta de la cocina, y escribo:

Querido Bob,

Llama al Doctor Wilson. Estoy cansada. Espero que esto funcione. Adiós, querido. No pueden curarme, así que dejémoslo así.

Con cariño, Florence.

P.D. Habéis sido todos estupendos. Todo es vuestro.

* * *

Miércoles 28 de diciembre de 1938

Marian Menzer, vecina de Florence Lawrence, escucha gritos de agonía procedentes de la casa de Florence y acude rápidamente a su auxilio. La señora Menzer encuentra a la señora Lawrence retorciéndose en el suelo. En la mesa de la cocina puede ver el bote de jarabe para la tos y el insecticida para hormigas.

– Pero, ¡qué ha hecho usted, señora Lawrence!

Marian Menzer telefonea al servicio médico. Se arrodilla en el suelo y toma a Florence Lawrence de la mano. La mano está fría, los ojos de la señora Lawrence están entrecerrados, su gesto es de dolor, su otra mano agarra la ropa en la zona del estómago.

Una ambulancia acude a la casa poco después. Se llevan a la antigua estrella del cine mudo en camilla.

Florence Lawrence fallece en el Beverly Hills Emergency Hospital a las 14:45.


Fuentes:

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