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La La Land… decepción

El sábado fui a ver La La Land, esperando ver algo a la altura de Whiplash.

No. Yo no lo vi.

Escena de baile en La La Land

¿Cuál es el mensaje de La La Land?

Varias veces, durante la proyección, me pregunté qué mensaje es el que pretende transmitir la película. Y llegué a la conclusión de que estaba viendo un anuncio, un spot muy largo. ¿Un anuncio de qué? Pues como mínimo, de vestuario, muy colorido. Tal vez un anuncio de música. Y puede que incluso un anuncio de clases de claqué.

Se acaba la película y estoy como al comienzo, no hay nada que haya hecho mella en mí, sino la sensación de haber pagado por ver un anuncio muy caro.

Solo en la última media hora de la película, hay una pequeña transformación de los personajes, totalmente esperable.

Comparaciones odiosas

Atrás quedan grandes obras maestras como West Side Story, a la que más se parece en su estética, y de la que más se aleja en su (ausencia de) contenido, o también a Cantando bajo la lluvia en la parte en que el personaje que interpreta Gene Kelly está buscando abrirse paso como bailarín. (Gotta dance). No hay color. Como digo, hablamos de obras maestras, hablamos de bailarines profesionales que trabajaron muy duro, hablamos de actores que sabían cantar, bailar y tocar el piano de forma muy solvente, aunque su especialidad fuese solo una de las tres.

 

Haciendo un análisis comparativo y ciertamente compasivo con La La Land, ocurre que:

  • Los actores principales no saben cantar ni bailar. Es cierto que algo parecido ocurre en West Side Story, en que los protagonistas del romance no son expertos bailarines (aunque sí saben cantar). Por ello, la carga de las escenas de baile la llevan los que sí lo son, como Rita Moreno y Russ Tamblyn, por mencionar a los principales. En West Side Story todos los actores saben cantar y bailar de forma muy solvente.
  • Hay muy poco más allá de la estética de colores. De nuevo, evoca el gran musical West Side Story, en el que hay una estética muy cuidada de colores. La diferencia es que además, en West Side Story hay un guion trabajado, hay drama, transformación de personajes, grandes números musicales, una música rompedora, excelentes actores, bailarines… Además, en West Side Story hay más personajes, cada uno de ellos tiene su profundidad, mientras que en La La Land cuesta recordar a alguien al margen de los dos actores principales.
  • Las escenas son copias. Las escenas románticas entre los personajes principales recuerdan demasiado a West Side Story. Algunas otras son imitaciones muy pálidas de otros musicales más tradicionales, como la mencionada Cantando bajo la lluvia. Digamos que La La Land no muestra nada nuevo bajo el sol, y los nostálgicos del musical pueden preferir volver a ver su película favorita.

 

La película con más nominaciones…

Este post no existiría si no fuera porque La La Land es la película con más nominaciones en la historia de los Oscar. Eso solo me hace pensar en una pérdida de profundidad, en un canto a la superficialidad, a la sociedad líquida que anunciaba Zygmunt Bauman. Escucho que los actores aprendieron a bailar en tres intensos meses. Tres intensos meses ahora es suficiente para llevar toda la carga de una disciplina en un largometraje. Y así es todo.

La película es impecable, un espectáculo visual y auditivo. La película es un producto de usar y tirar, no va a entrar en tu conciencia, así que puedes ir a verla para disfrutar de esa vacuidad ligera y líquida.

Actualizo mi entrada con otra opinión de una escritora y persona a la que admiro, y es que cuando una ha sido bailarina sabe bien qué es bailar y qué no lo es…

Aun así, a pesar de mi decepción con La La Land, entiendo que tiene que haber puntos de vista muy distintos para que se esté hablando tanto de ella. Por eso, incluyo aquí una opinión completamente diferente de una escritora a la que respeto mucho, porque si algo es cierto, es que nada lo es…

 

¿Sube la luz? Apágala

Ayer recibí un whatsapp con este texto:

Atención!!!
Hoy a las 19h pagaremos por encender la luz un 33% más.
Esto es lo que permiten en plena ola de frío polar!❄❄.
Apaguemos las luces durante tan solo 20 minutos para que sus pérdidas sean notables y vean que SÍ TENEMOS VOZ!!! 😠😠😠.
Anima a tus amigos y familiares a que hagan un pequeño esfuerzo!!
Si lo pasamos rápido a las 19h ya estará por toda España.
📢📢📢📢📢📢📢💪💪💪💪


Y decidí tomarme la pausa de 20 minutos, no ya por el precio de la luz, sino para experimentar un pequeño apagón digital.

Acababa de merendar una rebanada de pan con Nocilla y un café con leche condensada (me lo pide el invierno).

Me disponía a leer una buena novela, y me pregunté si lo podría hacer con la linterna pequeña y con la luz de la calle que entra por la ventana.

Pero, ¿por qué no escuchar el silencio (o acaso a mi vecino pianista ensayar)?

En mi caso, el reto de los 20 minutos era doble: no se trataba solo de apagar la luz, sino también el WiFi.
Me arrebujé con la manta, al más puro estilo de capullo de invierno.

Mientras, pensaba en si lo mejor era bajar los fusibles dejando el frigorífico enchufado, o simplemente apagar la luz y aparatos… incluido el router. No habría servido de nada si entonces conecto los datos. ¿Qué clase de apagón digital es ese?

Lo último que pensé antes del apagón fue: «Voy a pasar frío», «voy a estar en paz».

Elige aburrirte

Estos 20 minutos únicos de desconexión resultaron muy breves. Esperaba aburrirme, esperaba estar pendiente del paso del tiempo. No. Lo cierto es que intenté leer los primeros minutos, con la linterna, y pronto me pareció que no estaba aprovechando este espacio en blanco para estar desocupada.

Me acordé de un artículo de Scott Young con título chocante: No estés ocupado. Es exactamente lo contrario de lo que escuchamos que hacen las personas de éxito; algunas incluso presumen de dormir solo 4 horas al día, tratando de mantener los platos chinos bailando al tiempo, cuantos más, mejor, cuanto más tiempo, mejor.

En mi momento de silencio, pensé que quizá lo más importante es distinguir entre mantenerse ocupado (tener una ocupación) y mantenerse agitado. Lo que he observado es que en la mayoría de las empresas, lo que se promueve es la agitación. Incluso la promueve el estilo de vida, con los perjudiciales “hay que”, y además, “se debe”.

Espacio para la creación

Este espacio de vacío también me recordó a lo que dicen muchos creadores: para el talento artístico se requiere espacio, la sensación de que no hay urgencia que atender, la sensación de poder vivir el momento presente, de poder sentir el vacío. Lo dice John Cleese y lo dice Ken Robinson.

«No puedes ser juguetón, y por lo tanto creativo, si estás bajo las presiones habituales» John Cleese

Mis reflexiones me llevaron a recordar el movimiento slow (por cierto, he visto que esto ha dejado de estar de moda, las búsquedas en Google ya no arrojan tantos resultados interesantes). No se trata solo de evitar una agenda apretada de eventos, sino de hacer que las cosas sucedan despacio. Por ejemplo, en el restaurante vegano Level, te avisan de antemano de que los platos se preparan en el momento y que por tanto tardarán en servirlos. Realmente, el tiempo de espera es semejante al de otros restaurantes, pero se vive con más tranquilidad cuando se sabe que el producto está siendo elaborado en el momento, “con amor”.

Pienso que la agitación en que vivimos es mental: estar siempre disponible, siempre responder, estar siempre sentados, utilizar el cuerpo lo menos posible. Cuando hay acción física hay liberación, y está demostrado que con el ejercicio se generan nuevas neuronas.

La creación en medio de la agitación mental no es posible, tal vez salgan exabruptos. Quizá la única cita en la agenda de un creador deba ser: crear. Hoy voy a crear, voy a dejar a mi inconsciente sacar palabras, voy a escoger colores y los voy a combinar de formas diferentes. Este creador puede salir a pasear para seguir captando ideas mientras pasea.

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Un creador en una oficina… No puede pasear, no puede quedarse mirando al infinito, no puede detenerse a observar un objeto y ver algo en él que no había contemplado antes. Algunos creadores han sido capaces de aislarse en una oficina y dejar salir su corriente de pensamiento, como Einstein, pero esto no suele ser lo habitual.

Los 20 minutos terminaron de súbito, pasaron demasiado rápido, dejaron ganas de escuchar más silencio.

¿Por qué no probar cada día unos minutos así, en blanco? ¿Qué opinas? Deja tu comentarios.

La gran adicción

A raíz de mi experiencia con el apagón de la tele, mi relación con este aparato es distinta. Ahora ya sé que la tele es la tele-hogar. La vuelvo a utilizar, pero no me engancho a ella en un zapping obsesivo y desesperado, buscando algo y no encontrándolo.

Comparo esta experiencia con la navegación en Internet, y en especial en las redes sociales. Me doy cuenta de que creo estar comunicándome con el mundo. Entonces me paro a pensar y me pregunto: ¿Qué mundo? ¿Con qué mundo me estoy comunicando?

me-asomo-a-la-ventanaMiro por la ventana, veo todas esas otras ventanas, anónimas, y me doy cuenta con un escalofrío de que ya no existe la tribu. No hay tribu de referencia.

Mi instinto cazador-recolector me dice que es con la tribu con la que creo estar comunicándome. Pero entonces, ¿quién sería el jefe, Rajoy? Muy alejado de mi cotidianidad. ¿Dónde está la tribu? Aparte de la familia cercana, de contadas amistades, ¿de qué tribu formo parte? Ya de ninguna, ya eso no existe.

Según la RAE, la tribu es una especie de familia extendida, un clan de familiares más o menos cercanos. Un poco como un pueblo pequeño en que todos saben «de quién eres». Pero no, lo que hay «ahí fuera», en Internet, son perfectos desconocidos, o en el mejor de los casos simplemente conocidos lejanos, con los que nos pasamos el día comunicándonos y compartiendo.

Hay empresas del sector tecnológico que incluso defienden que la única realidad que existe es la digital, que no hay diferencia entre lo digital y lo no digital. Cuando he oído este tipo de afirmación, siempre se me ha venido a la cabeza el reservado o excusado o váter o baño. Es ahí donde uno no puede dejar de reconocer que tiene un cuerpo funcionando por debajo de sus elevadas actividades mentales.

Me hallaba yo en estas reflexiones cuando ayer emitieron en Página 2 la entrevista con Enric Puig Punyet sobre su libro La gran adicción. Me pregunto entonces si esto que he experimentado, el horror ante un vacío (falta algo, la tribu) y el llenado provisional y artificial con «las redes» (sobra algo, la adicción), este horror también lo están experimentando otros, y si hay ahora una corriente de desconexión, o como decía en la entrevista Enric Puig Punyet, de desconexión parcial al menos. El autor afirmaba que había incluso dejado de utilizar WhatsApp. Es posible que haya un movimiento de rechazo al exceso de conexión, al hecho de no ser capaces de separarnos de según qué dispositivo, especialmente el móvil.

No deja de resultarme paradójica la atracción que siento por la desconexión, o lo que yo llamo «apagón», que se contrapone con el hecho de que estoy estudiando un máster en marketing digital y redes sociales, y con mi interés en las redes. Quizá necesito encontrar el equilibrio entre tres posibles definiciones del uso de Internet:

  • Para trabajar: la desconexión ocurre cuando «cierras el chiringuito». Y tienes que poder cerrarlo, si no, ya hablamos de adicción.
  • Para comunicarse: la desconexión ocurre cuando quedas con las personas con las que te estás escribiendo. Es decir, puedes utilizar las redes para mantener el contacto con aquellos a los que luego verás en persona. También habrá otros que no podrás ver, por la distancia. ¿Cuántas horas al día necesitas para mantener el contacto?
  • Para rellenar un vacío de la tribu que no es posible rellenar: entonces hablamos de estar recibiendo un beneficio secundario similar al que se recibe de una sustancia tóxica y adictiva. Remedio: apagón.

No será hasta verano que pruebe con un apagón digital, más que nada porque trabajo en las redes, vivo de las redes, los proyectos me llegan desde las redes. Pero sí será ahora que distinga los posibles usos que estoy dando a estas redes, y lo limite a lo que el autor de La gran adicción llamaba desconexión parcial.

¿Te apuntas?

Haz clic para leer más sobre la adicción a la conexión.


 

Dos pensamientos adicionales sobre este tema:

  1. Es posible que «la tribu» sea la empresa, organización, corporación.
  2. Parece que Zygmunt Bauman también tenía un sentir parecido:

Uno jamás pierde de vista su celular. Su ropa deportiva tiene un bolsillo especial para contenerlo, y salir a correr con ese bolsillo vacío sería como salir descalzo. De hecho, usted no va a ninguna parte sin su celular (ninguna parte es, en realidad, un espacio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura del celular, o un celular sin…)

Y otra de sus citas:

Ninguna clase de conexión que pueda llenar el vacío dejado por los antiguos vínculos ausentes tiene garantía de duración.

Jamming!

En 2012 vi por primera vez un espectáculo de improvisación de teatro, y tuve la suerte de que fue Jamming.

Los espectadores teníamos que escribir un texto en una tarjeta, tarjeta que ellos podían leer y a partir de la cual harían una improvisación. Hicieron mucho más que eso: se leyeron muchas tarjetas a partir de las cuales surgieron muchísimas historias absurdas y divertidas, y los actores recordaban las tarjetas que habían leído al principio. Además, mezclaban las historias de las distintas tarjetas y con mucha elegancia dejaban de lado aspectos más soeces, sin dejar por ello de actuar la tarjeta que habían leído.

Tengo que decir que no fue la vez que más disfruté del espectáculo de Jamming, pienso que cada vez me ha ido gustando más. En aquel momento tomé nota de que tenían una escuela de improvisación de teatro.

La última vez que vi un espectáculo de Jamming fue La Golfa, con Alex O’Dogherty de invitado. img_20161207_232806

Era la unión en un solo espacio de varios grandes artistas: Joaquín Tejada, Lolo Diego, Juanma Díez, Alex O’Dogherty y dos buenos músicos tocando en directo. En esta ocasión no estaba Paula Galimberti, también fundadora.

¿Y qué hubo entre la primera vez que vi Jamming y la última?

Ha habido muchas risas, y ha habido un interés retomado.

El espectáculo es nuevo cada vez, surgen historias absurdas, personajes estrambóticos, equívocos hilarantes, y textos del público que hacen enrojecer a los más puritanos. Así que todas las veces que he asistido como espectadora, he disfrutado mucho.

Esto me animó a probar un primer intensivo de impro en noviembre de 2015, seguido del segundo nivel poco después, y de clases regulares que comencé este año, porque me di cuenta de que hacer cursos esporádicos no me era suficiente.

Me pareció que todos los ejercicios que se hacen son tan importantes que se deberían enseñar en el colegio: escucha activa, atención plena, estar presente. Solo en ese estado totalmente abierto a lo que sucede se puede lograr la genialidad que vemos cada viernes y sábado en el Teatro Maravillas.

Como alumna, casi que más que teatro me pareció terapia, porque en todos los casos, lo que te impide estar en ese estado de apertura en el presente es el miedo. ¿Miedo a qué? Miedo a hacer el ridículo, miedo a la crítica, miedo a ese abismo que se abre hacia lo desconocido. Reformulado se trata más bien de un auto-juicio negativo enorme, un «contrincante interno» que continuamente trata de cerrar las puertas para que no estemos expuestos.

Así que no dudo en afirmar que la impro de teatro es para valientes.

Pero, ¿qué es «la impro»?

Sucede una interacción entre dos o más personas en la que los improvisadores crean todo un mundo de la nada.

Lo crean con unas reglas específicas: siempre di que sí, siempre añade algo más. Piensa en cómo muchas personas nos relacionamos: escuchamos algo y a continuación decimos:

No, pero…

O lo que es peor, decimos:

Sí, pero…

Con el «pero» estamos negando la afirmación anterior. Y es un mecanismo de defensa que sale tan automático como cruzarse de brazos al escuchar algo que no cuadra con nuestras creencias. Obsérvalo a partir de ahora. ¿Cuántas veces niegas la historia que te está contando el otro?

En los ejercicios de impro se trata de establecer desde el primer momento quién es el otro, quién eres tú para el otro y en qué espacio estamos. Además, no se trata de ser bustos parlantes que se relacionan con un cuerpo rígido e inexpresivo, sino que la relación ocurre dentro de una acción, en la que el cuerpo interviene de forma muy activa.

Si además eres capaz de crear un conflicto y de crear una historia con su introducción, nudo y desenlace, es porque ya estás en un nivel avanzado.

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¿Por qué Jamming y no Improvisaciones a porrillo?

En este artículo se explica la razón del nombre, y se amplía la información sobre este espectáculo de éxito.

¿Nos vemos entonces en Jamming?

 

Gané el 2º premio Certamen narrativa Allende Sierra

Reparto de los premios del Certamen literario Allende Sierra

El 25 de noviembre de 2016 se fallaron los premios del II Certamen de narrativa Allende Sierra, organizado por varias asociaciones culturales de la Sierra de Madrid y que tuvo lugar en el Centro de Arte Villa de Miraflores.

La entrega de premios se enmarcó en la conmemoración del 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare y Miguel de Cervantes.

Fue un acto preparado con mucho cariño en el que se ofrecieron diversas actuaciones y muestras audiovisuales en torno a los dos grandes de la literatura y de sus principales obras, en este caso Hamlet y El Quijote.

Mientras asistía a todo sentía agradecimiento por lo que veía, por lo que se nos ofrecía simplemente por haber participado en el concurso. Tenía en mis manos la edición impresa de los relatos finalistas, tanto de este año como del pasado, gracias a Ediciones Bohodón. Y no sabía que había ganado uno de los premios, porque esta sorpresa se desveló al final.

Relatos seleccionados en el Certamen Allende Sierra

Durante el concierto de guitarra clásica de Nacho Casatejada, mis nervios iban en aumento, porque intuía que subiría después a ese escenario.

Al final del acto, la ganadora del premio del año anterior, Ana María Gutiérrez, leyó un fragmento de su obra, “Habas de Palo”.

Y por último, los miembros del jurado fueron leyendo fragmentos de los tres finalistas, Alejandro García Sanz (3º), Belén Casado Alcalde (2º) y María Victoria Otero Sierra (1º).

Yo reconocí mi relato en las primeras palabras, y empecé a levantarme y a dirigirme al pie del escenario, donde había una escalera. Subí y bajé tan rápido que no me enteré de nada, realmente en ese momento no estaba preparada para el éxito. Me llevé un lote de libros y un premio en metálico, además de la edición impresa.

Pero sobre todo me llevé la calidez con la que este acto se había preparado, cómo las distintas asociaciones habían colaborado para crear un evento simpático y ameno que tenía mucho trabajo detrás, y cómo el jurado había trabajado y deliberado para llegar a sus conclusiones. Así que el resumen es: gracias.

5 meses y 11 días sin tele

¿Qué significa 5 meses y 11 días sin tele?

El tiempo que he permanecido sin tener un aparato de televisión en mi casa. Esto no significa que no haya visto esporádicamente algún trozo de telediario en casa ajena (llevo 1 año sin ver un telediario completo), o que no haya visto algún contenido en Internet, como Página 2 o Atención Obras.

¿Cómo ocurrió?

Fue tan fácil como mudarme de una casa de alquiler amueblada a una casa de alquiler vacía. La casa amueblada tenía una televisión bastante grande, aunque no tenía mucha definición. La casa nueva no tenía nada, y era mi oportunidad para dejar de ver la tele.

¿Por qué?

Porque la tele se estaba comiendo mis ideas, como en esta ilustración de Eneko que, meses antes de tomar la decisión de vivir sin tele, ya había enmarcado.

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Porque la tele se había convertido en la trampilla bajo la cual se ocultan la falta de comunicación y la evitación de la intimidad; se había convertido en el sonido de fondo que hace que te calles, y por tanto, el sonido que es obligado escuchar, en el tercer inquilino (tres son multitud), en el proveedor oficial de cultura.

Cuando me vi libre de este aparato, recuperé mi hábito de lectura, se amplió mi tiempo creativo, empecé a escuchar el silencio, empecé a escuchar algunos programas de radio, también música.

¿Qué enseñanzas se extraen?

La televisión es el hogar ahora. Hogar en la acepción de fuego, y hogar en la acepción de lugar de reunión de la familia. La tele hace dibujos y chisporrotea como lo hace el fuego, pero además, tiene la sorprendente capacidad de sustituir a todos esos miembros de la familia que se reunían ante el fuego.

La tele no solo oculta la falta de comunicación de los miembros de la familia o de la pareja, sino que la sustituye. Las personas se acompañan de la tele, como si esta fuera una o varias personas más. Sin tele, por fin eres capaz de saber cuál es la medida de tu soledad, si es que eres capaz de tomarla.

Una reacción común intuyo que es volcarse en las redes sociales. Se pierde el hogar pero se ganan unos cuantos Me gusta o bien los dobles ticks de Whatsapp. Sin embargo, si de verdad quieres interactuar con una persona de carne y hueso, llega el momento de la verdad. La tele lo mantenía oculto, pero las redes sociales no pueden con tanto, son mucho más frías, aunque aparenten ser mucho más cercanas.

Lo que más eché de menos es muy sorprendente: el contenido de peor calidad de lo que veía, es decir, las películas de sábado de sobremesa que sirven principalmente para dormir la siesta con el arrullo, y que al despertar compruebas que todo era tan predecible en ellas que parece que no te hubieras dormido.

Y entonces, ¿por qué vuelvo a tener tele?

Ha surgido una oportunidad comodísima de volver a tener tele y la he vuelto a incluir en mi vida.

La televisión sigue siendo un estándar que me dice qué es lo que piensa el mundo de sí mismo. Me muestra qué creencias hay, cuáles son las corrientes de opinión, y qué es lo que divierte a mis semejantes. Incluso la tele en ocasiones me muestra lo que me entretiene a mí, como los programas que he mencionado. La tele sigue siendo tema de conversación habitual, parecido a charlar sobre el tiempo que va a hacer, algo que también te dice la tele (y las aplicaciones, de una forma mucho más desapasionada).

Así que me compro el cable coaxial.

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Ya puedo ver la tele.

Y bueno, me esperaba otra cosa. Quiero decir, me esperaba volver a engancharme al zapping, volver a programar mi cena en torno a un programa, volver a encadenar varios programas… Pero no. Lo cierto es que la tele-hogar volvió a funcionar en mi casa el martes 22 para ver Página 2, se encendió a las 21.30 y se apagó a las 22.00. Y hasta hoy.

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Ideas

Pienso que si este apagón me ha permitido desengancharme de la tele-hogar, sería muy interesante probar qué ocurre en un apagón de las redes sociales. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar sin interactuar en ninguna red para que se considere a la persona “muerta”? Creo que es una prueba ideal para verano. Por ahora, seguiré inmersa en el mundo actual, que incluye la tele y las redes sociales por igual.

En línea con este artículo, un discurso que no te dejará indiferente: ¡Apaga la tele!

 

Toc, toc

– ¿Quién es?

– Soy yo.

– ¿Yo quién?

– ¿María?

– No, no soy María.

– ¿Pero sí eres Belén?

– Belén sí. Pero ¿quién eres tú?

– Soy yo.

– ¿Yo quién?

– Belén, ¿por qué no me abres? No lo entiendo.

– Yo tampoco lo entiendo, no sé quién eres.

– ¿No lo sabes? ¡Soy yo!

– ¡Ay, madre! ¡Que vamos a estar así todo el día! ¿Qué yo?

– Un yo diferente al tú.

– Pues vaya… Me quedo igual. Anda, déjame en paz.

– Belén, no me lo puedo creer, ¡me echas!

– No te puedo echar porque no has entrado.

– No he entrado porque no me dejas.

– No te dejo porque no sé quién eres.

– Soy yo…

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Pasado. Laberinto

Recordaba su pasado como un laberinto en el que a veces se perdía o se encontraba con callejones sin salida, un laberinto de setos tan altos que no le permitían ver más allá, un laberinto del que afortunadamente había salido el día que decidió vivir en el presente.

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Lo.Li.Ta

Libro del verano tardío, Lolita, de Vladimir Nabokov

Lolita, de Vladimir Nabokov

Tenía el libro rondando aquí y allá, junto con otros libros no leídos, ¡y qué grande es la biblioteca de libros no leídos!, verdad, verdad, Umberto Eco. Y no lo había leído porque desconocía la talla de escritor que se hallaba entre sus páginas. Todo apunta a que mi siguiente lectura será Ada o el ardor.

Había visto la adaptación al cine de 1997, con Jeremy Irons, y de alguna manera esa adaptación ha contaminado un poco la forma en que he visto las imágenes que evoca el libro, sobre todo en el aspecto del personaje principal y en el de Charlotte Haze, la madre de Lo.

En Lolita, el narrador en primera persona es un pederasta. Lolita tiene tan solo 12 años cuando Humbert Humbert se la lleva en un viaje hacia la decadencia. Piensa en cualquier niña que conozcas de 12 años, o trata de recordar cuando tú los tenías. Exacto. Recordando la película de Adrian Lyne, la Lolita que aparece en ella no aparenta menos de 16, y tal vez esto hace más digerible el hecho.

Dicho esto, Lolita es un libro lleno de poesía y juegos de palabras de un nivel literario bastante alto. Algo que es muy difícil de reflejar en la gran pantalla. Su historia compleja se disfruta a través de imágenes originales y bellas.

Por ejemplo:

“El aire, a pesar de la firme llovizna que lo adornaba con sus cuentas de cristal, era verde y tibio; ante la taquilla de un cine chorreaban luces como alhajas…”

“Mi vecino de la izquierda, quizá un hombre de negocios o un profesor, o ambas cosas, me hablaba de cuando en cuando mientras afeitaba de flores tardías su jardín o regaba su automóvil, o deshelaba, avanzando el año, un camino de su casa (no me preocupa que estos verbos estén todos mal empleados)…”

“Y nadie intentó deslizarse entre nuestro humilde automóvil azul y su imperiosa sombra roja… como si un hechizo pesara sobre el espacio intermedio, una zona de júbilo y magia perversos, una zona cuya precisión y estabilidad misma tenían una virtud cristalina que era casi artística”.

“Rojas letras de luz anunciaban un comercio de fotografía. Un gran termómetro con el nombre de un laxante se exhibía tranquilamente al frente de una farmacia. La joyería Rubinov ostentaba diamantes artificiales reflejados en un espejo roto. El reloj verde luminoso se mecía en las profundidades del Lavadero de Jiffy, atestado de ropa. Al otro lado de la calle, un garaje decía “Lubricidad genuflexa”, pero se corrigió y dijo “Lubricante Bulfex”.

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Imagen original de http://www.tododvdfull.com/lolita-latino/

Lolita no es un libro moralista, si bien el propio autor trata de suavizarlo con un prólogo escrito por un personaje ficticio. Pero él mismo, Nabokov, dice al final que lo que más le interesa destacar es la poesía, es decir, la belleza, el lenguaje. No desea que en una hipotética clase de Literatura el profesor plantee: “¿Cuál es el propósito del autor?”, “¿Qué quiso decir con esta obra?”

Humbert se describe a sí mismo como un hombre bastante atractivo, maduro, que además es misógino y podríamos decir que amoral. El narrador se abstiene de hacer descripciones explícitas de las relaciones sexuales entre él y Lolita. El propio autor explica que si se espera una novela erótica con escenas calientes in crescendo, es mejor cerrar el libro. Porque Lolita no es una novela erótica, es un poema, un poema escrito en un idioma que no es el materno de Nabokov, lo cual para mí le da aún más valor.

Cuando leo la forma en que Humbert desea a Lolita y la arrastra hacia su deseo, me viene a la mente una mano que trata de apresar un pájaro con el fin de domesticarlo, y el pájaro poco a poco se va ahogando, y va perdiendo plumas en ese apretón que busca tan solo “amarlo”.

Las palabras de amor de Humbert, ese amor desesperado, amor poético del que su objeto de deseo se ríe una y otra vez, van calando al lector con su pena, van acariciándole con su furor, de manera que acaba siendo comprensible que Humbert ame a Lolita, de manera que una lectora quisiera ser una Lolita a la que un Humbert amara así, de manera que se lamenta que la chiquilla no pueda realmente corresponder a semejante pasión.

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

El libro tiene además muchos toques de humor verdaderamente geniales. En una página estamos suspirando con Humbert, que aunque nos parece despreciable nos transmite su forma de amar loca y desesperada; en otra página, asistimos a una escena cómica.

No tiene desperdicio la entrevista entre Humbert y la señora Pratt en el colegio de Beardsley para niñas, en la que la señora Pratt va cambiando el nombre a Humbert a medida que habla:

“Nuestro interés principal, señor Humbird, no es que nuestras estudiantes sean ratas de biblioteca o puedan localizar todas las capitales de Europa, que nadie conoce, de todos modos, o sepan de memoria las fechas de batallas olvidadas”.

“Pensamos, doctor Humburg, en términos de organismo y de organización”.

“Doctor Hummer, ¿comprende usted que para el niño actual pre-adolescente fijar una fecha en la historia medieval tiene un valor menos vital que fijar la fecha de una cita (…)?

“¿Qué pueden importarle a Dolly Hammerson Grecia y Oriente, con sus harenes y esclavos?”

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Imagen vista en esta interesante entrada (aviso, contiene “spoiler”, es decir, te cuenta el final): http://notasomargonzalez.blogspot.com.es/2013/04/lolita.html

Recomiendo la lectura pausada de Lolita, recomiendo recrearse en las imágenes y en las apreciaciones de este narrador decadente, recomiendo deleitarse con una escritura cuidada que nos conduce poco a poco hacia un abismo no dramático.

 

Robinson Crusoe: lectura de mudanza


Este verano, Robinson Crusoe me ha acompañado en uno de esos momentos vitales difíciles: la mudanza. El relato de Defoe lo proyecté como una distracción ligera y un recurso para hacer un ejercicio de literatura comparada con otras obras.

La primera que me vino a la mente es la película Náufrago (Cast Away, 2000). Las similitudes son muchas, si bien la película es más creíble y más parecida al relato original en que Defoe se basó, el del naufragio de Pedro Serrano.

Después recordé Marte (The Martian, 2015), y la suspensión de la incredulidad que pide el cultivo de patatas en el espacio, no tan exigente como la que pide Defoe al pedir que creamos que Robinson pudo cultivar cereales y hacer pan.

También me vino a la cabeza la película Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), toda la reflexión sobre el tiempo, la repetición de los días, casi indistinguibles, y sobre hacer tareas que llevan mucho tiempo porque en realidad es un recurso que sobra, el tiempo se ha alargado, se ha convertido en un infinito presente.

Además de estas comparaciones, acabé recopilando las similitudes del relato con mi propia mudanza.

La mudanza, encontrarte de pronto en un espacio ajeno con objetos que son tuyos, que parece que trae la marea como los restos del naufragio, caja tras caja, no sabiendo si lo que contienen lo necesitarás ahora, no sabiendo si el contenido de la caja estará dañado.

No valoramos el verdadero estado de nuestra situación hasta que lo vemos ilustrado por una circunstancia más desfavorable, ni sabemos apreciar lo que disfrutamos hasta que lo perdemos.

Resulta que de pronto te das cuenta de que tienes perro y gato, y recuerdas entonces que los rescataste del barco antes de que se hundiera. Sí, pese a tu soledad y a tu sensación incómoda, no eres capaz de recordar a estos animales hasta veinte páginas después de haber naufragado.

Y no debo olvidar que en el barco teníamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia me ocuparé eventualmente en su momento, ya que me llevé los dos gatos; y en cuanto al perro, saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la costa para reencontrarme en tierra al día siguiente de mi desembarco con el primer cargamento.

Las penurias. Son las que te hacen añorar la comodidad anterior, esa que escasamente valorabas. Porque, ¿cómo puedes vivir sin una mesa y una silla?

Entonces comencé a dedicarme a la fabricación de las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una silla y una mesa. Sin ellas no me era posible disfrutar de las escasas comodidades que tenía en el mundo. No podía escribir, ni comer, ni hacer muchas otras cosas sin una mesa.

Durante el periodo de mudanza pierdes el sentido del tiempo. ¿Ya estamos en agosto? No te lo puedes explicar, y es que, desde que naufragaste en la casa nueva, no sabes dónde está metida tu agenda, y olvidas comprobar en el teléfono a qué día estamos, y si es laborable o festivo.

Al cabo de diez o doce días me di cuenta de que perdería mi noción del tiempo por falta de libros, pluma y tinta, y que terminaría confundiendo los días laborables con los sabáticos. Para evitarlo, clavé sobre la playa un gran poste al que di forma de cruz, y allí grabé con letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el día 30 de septiembre de 1659».

Las incursiones que haces desde el sitio en el que has aparecido, “la casa”, hacia terrenos desconocidos alrededor del barrio, poco a poco cada vez más lejos, buscando recursos básicos y la forma de obtenerlos y explotarlos.

Y como la naturaleza, que al proporcionar alimento a todas las criaturas les enseña también naturalmente cómo hacer uso de ellos, yo, que jamás había ordeñado una vaca y mucho menos una cabra, ni había visto hacer mantequilla ni queso, logré hacer ambas cosas con fluidez y presteza, después de varios ensayos y fracasos, y en adelante nunca me faltaron.

No darse demasiada cuenta de que la casa solo está habitada por ti hasta que ya no quedan cajas: todo está en su sitio, ya has explorado la zona, empiezas a encontrarte en tu terreno, ya no te cuesta decir “esta es mi casa”, “esta es mi calle”.

No tenía nada que envidiar, puesto que poseía todo aquello de lo que podía disfrutar y era el señor de toda la finca: podía, si esto me complacía, llamarme rey o emperador de esta tierra, de la que era poseedor.

Y sin embargo, no eres capaz de permitirte a ti mismo ir desnudo por tu isla, incluso aunque no haya ningún observador.

(…) y aunque el clima en verdad era tan caluroso que no tenía necesidad de ropas, no podía andar totalmente desnudo. No, aun cuando me hubiese sentido inclinado a hacerlo, lo que no era así, porque no podía tolerar la idea siquiera de pensarlo, aunque estuviese solo.

Cuando lo puedes llamar hogar es cuando puedes admitir la existencia de personas ajenas en tu isla, de la que te sientes el gobernador. Y es cuando se da el desembarco de varias canoas llenas de amigos que vienen a tu isla a darse un festín, pero cuidado, serás tú quien determine qué es lo que se va a comer. Decretas libertad de credo, sin embargo, no vas a admitir ciertos rituales caníbales como fumar, a menos que se salgan a la terraza, esa que ya has conseguido llenar de plantas, sillas y una mesa.

Gracias al acompañamiento de Robinson, y mucho más adelante de Viernes y al final toda una tropa de hombres, he querido pasar por alto las incongruencias del relato, de las que el mismo autor se excusa diciendo que en realidad no son tales:

Todos los intentos envidiosos por recriminarle no ser más que una novela, por buscar errores geográficos, incongruencias en el relato y contradicciones en los hechos, han fracasado y han resultado tan impotentes como malignos.

Solo queda mencionar una gran diferencia, y es que Robinson sueña con salir de su isla algún día, algo que logra, mientras que tú sueñas con no tener que volver a mudarte de nuevo a ninguna otra isla.

Y así fue como abandoné la isla, el 19 de diciembre del año 1686 (…), después de haber vivido en ella veintiocho años, dos meses y diecinueve días.