El atractivo de la guerra

La guerra, como la imitación, es connatural al ser humano. Siempre ha habido guerras. Cuando empecé a leer los Episodios Nacionales de Galdós, lo que más me aburría era la guerra. No solo eso, no quería saber nada del tema. Además, el primer episodio, Trafalgar, tiene una fuerte curva de aprendizaje con el vocabulario naval. Sin importar la maestría con la que don Benito describe la guerra, incluida la intervención de las mujeres en ella, no era un tema que me interesara.

Honrando la guerra

Pues bien, me he dado cuenta de que cada vez me interesa más entender la guerra. La guerra como estrategia y táctica, como organización de batallones, como objetivos de conquista. Galdós mezcla admirablemente este punto de vista propio de los altos mandos con el punto de vista del soldado raso y del pueblo, que se ve envuelto en el conflicto, luchando, defendiéndose, sufriendo ataques, estados de sitio, hambrunas; muriendo o quedando lisiado.

Ahora en algunos programas vemos coroneles, generales, dando su punto de vista. Cuentan, por ejemplo, cómo los submarinos están ubicados en zonas estratégicas, dónde están los objetivos clave, los radares, cuáles son las tácticas defensivas, etc. Lo que más me llama la atención de los militares es que se duelen del dolor ajeno, de las atrocidades cometidas en civiles, del dolor gratuito. Por tanto, ser una «persona de la guerra» no implica ser insensible al dolor ajeno, ni mucho menos.

España es un país que se pasó en guerra la mayoría del siglo XIX. Así, los Episodios Nacionales solo pueden relatar esto: combate, tregua, inestabilidad del gobierno, nuevos conflictos… Hasta sus personajes llegan a confesar que les gusta la guerra, como un estado vivo, de acción, de movimiento hacia algo. Sigue sorprendiéndome cómo se relata la vida de los civiles en medio de la guerra, siguiendo sus actividades cotidianas en la medida de lo posible, interesados en el amor, en el trabajo, en la familia, amistades.

La guerra vista sobre el terreno. Imagen de Defence-Imagery en Pixabay.

El arte de la guerra

El arte de la guerra de Sun Tzu es uno de esos libros, como la Poética de Aristóteles o el propio Tao Te Ching, de Lao Tse, que contiene verdades imperecederas. Son el «primer manual» sobre distintos temas, al que se recurre una y otra vez. Este librito es el tratado sobre la guerra más antiguo del que tenemos conocimiento. Tiene mucha información sobre las batallas «de la época» (hace más de 2.000 años), por ejemplo, en términos de distancias recorridas, caballos necesarios, condiciones atmosféricas, terreno…

También contiene mucha otra información más generalista y que se utiliza incluso en ámbitos de estrategia empresarial. Así, algunas perlas como:

Todo el arte de la guerra está basado en el engaño.

Sun Tzu

La perspectiva general de este tratado es la del estratega, del general. Se analiza la batalla en detalle, pero siempre con una visión global, desde arriba. Se ataca al enemigo cuando está desprevenido, cuando no es claramente más fuerte, cuando está desorganizado. Sin embargo, se conserva la compasión hacia los prisioneros. No en vano, menciona el Tao como filosofía de base. Esta compasión no impide saquear al enemigo y aprovecharse de sus víveres.

Algunos temas generales que se pueden extraer de este manual son:

  • Mejor que las batallas no sean muy prolongadas, desgastan a los soldados y no son muy productivas. Lo aplicaría a cualquier proyecto.
  • El refinamiento en la guerra es atacar los planes del enemigo, evitar la batalla, desmontar su estrategia.
  • Es vital conocer las fuerzas que se tienen y actuar en cada caso conforme a ellas.
  • El general debe actuar según se presenten las circunstancias, incluso en contra del soberano bajo el que actúa.
  • No se puede controlar que el enemigo sea vulnerable, pero sí se puede potenciar la propia invencibilidad.

El punto de vista

De pequeña, jugaba con mi hermano a la guerra. Era un juego de mesa en el que se iban conquistando países, sobre un mapa. Yo siempre perdía, por varias razones: mi hermano era 3 años mayor, más avispado y más interesado en el tema. Pues bien, el punto de vista era el del general. El tablero era un gran mapa con los países, y había unas fichas con forma de tanques o similar. Desde arriba, la batalla se planifica según contaba Sun Tzu y según cuentan ahora militares de alto rango en distintos programas de la tele. Desde abajo, la batalla se parece a las películas que vienen a la mente, como El cazador, Apocalypse Now, Platoon, La chaqueta metálica y tantas otras.

La clave, quizá, es esto que comenta Sun Tzu:

En términos generales, mandar a muchas personas es como mandar a unas pocas. Es cuestión de organización.

Sun Tzu

En el momento en el que agrupamos personas, las personas dejan de ser tales. Así, un batallón visto desde el aire es un objeto, una especie de arma viva. Ya no es cada persona que lo compone. Rescato de nuevo la forma magistral de ver la guerra que tiene Galdós: constantemente ve la estrategia de cada general y constantemente muestra las consecuencias en personajes con los que el lector ya se ha identificado, personajes que asisten a fusilamientos, que caminan durante largas jornadas, que se empapan con la lluvia o que comen un mendrugo de pan y otras sobras. No olvidar al soldado ni al civil podría ser lo que pusiese la guerra en su justa medida. No dejar fuera la visión de cerca mientras se mantiene la visión global.


Si tienes curiosidad sobre el tema, el general Rafael Dávila ha escrito recientemente un libro llamado El nuevo arte de la guerra. Puede ser interesante leerlo, ver lo que ha cambiado y lo que sigue estando ahí.

El abrazo de Vergara

Dos militares recios a caballo acercan sus monturas, inclinan el cuerpo uno hacia el otro y se abrazan. Este abrazo histórico entre Espartero y Maroto pone fin a la primera guerra carlista, el 31 de agosto de 1839. Realmente, la batalla continúa casi un año más, pero el abrazo es su fin simbólico. Fue posible que se abrazaran un liberal, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de la reina Isabel II (entonces una niña) y un carlista, es decir, un hombre amante de su patria y convencido del derecho a gobernar de Carlos Isidro, hermano de Fernando VII. Así de pequeña era su diferencia y así de grande se hizo y se tiñó de la sangre de patriotas durante muchos años.

Abrazo de Vergara. Grabado del S. XIX. Museo Histórico Militar. San Sebastián.

Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al general de los que fueron contrarios nuestros.

Espartero citado en Vergara, episodio nacional de Galdós.

Así, se abrazaron los soldados de ambos ejércitos. Es una escena que ocurre en un descampado a la salida de la villa de Vergara. En palabras de don Benito:

En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento (…). La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.

Vergara. Galdós.

Se acababa una guerra que hasta ese momento había durado 6 años, ya digo que duró incluso un año más, y volvían a abrazarse hermanos con hermanos, que defendían lo que consideraban mejor para España, con unos resultados sangrientos y desastrosos, por el ensañamiento contra el enemigo que habían tenido ambos bandos.

Este abrazo justifica un episodio nacional en el que Galdós se implica menos, se mantiene más alejado de la primera fila. Da la sensación de que había que cubrir este último periodo de la primera guerra carlista para hacer avanzar la historia hasta lo siguiente. Atrás quedaban Luchana y La campaña del maestrazgo, donde Galdós había presentado retratos vivísimos de Espartero y del general más temible de los facciosos, Cabrera. Incluso otro episodio de transición precede a este del que hablo, La estafeta romántica.

Ya hemos mencionado el final de Luchana, un episodio intenso con un final sangriento, en el que se describe vívidamente la batalla final en Luchana, la sangre sobre la nieve, el frío, los cadáveres entre las rocas, y el batallón avanzando arengado por un Espartero con una voz «incomparable, que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina».

De Cabrera no hemos hablado mucho, pero daría para bastante. Con el intento de ecuanimidad que caracteriza a don Benito, se retrata al general como un hombre de la guerra, recio, que actúa respondiendo a una lógica. El generalísimo borraba la humildad de su origen con gran instinto. Al mismo tiempo, «no era hombre que se resignara a perder el tiempo: los minutos eran para él preciosos, y aborrecía las vanas palabras». Así, «la guerra no es más que el arte de la oportunidad, y éste lo posee don Ramón [Cabrera] como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento del terreno». No extraña entonces que el llamado «Tigre del Maestrazgo» no dudase en ordenar ejecutar a cuatro mujeres presas del otro bando cuando le llegó la noticia de que habían fusilado a su propia madre. Además, el fusilamiento de su madre, María Griñó, fue ordenado por el Gobierno: esta orden recayó sobre el militar Agustín Nogueras. Después, el Gobierno y las Cortes se retractaron y dejaron a Nogueras como chivo expiatorio. Cabrera montó en cólera y su sed de sangre parecía no tener fin, asesinando sin piedad a todos los del bando cristino que se le cruzaban. Parece ser que dictó un bando diciendo que vengaría la muerte de su madre matando a veinte liberales por cada carlista muerto.

Cabe asegurar que Cabrera nunca habría abrazado a Espartero: no se habría dado el abrazo de Vergara, la historia sería otra. El dolor de este hombre por la muerte de su madre no lo iba a permitir. De manera que la historia, el destino, puso a un carlista más moderado en esa posición, un hombre que no estaba de acuerdo con el carlismo más furibundo. De hecho, la credibilidad de Maroto era ya floja entre los carlistas más extremos, incluido el propio Carlos Isidro, que lo temía. Maroto veía claro que había que poner fin, llegar a un acuerdo, aunque costó mucha diplomacia y esfuerzo llegar a redactar un Convenio de paz con el que ambas partes estuviesen de acuerdo. Así, muchos batallones del ejército carlista eran reacios a este acuerdo y fueron convencidos o medio arrastrados al abrazo famoso.


Pero Vergara fue escrito después de que ocurrieran los acontecimientos y, evidentemente, sus personajes protagonistas no sienten que haya llegado el fin, sino que ese abrazo es solo una tregua en la división que caracteriza al país desde, al menos, la llegada de los franceses en 1808.

Sea como fuere, ese abrazo demuestra que la reconciliación es posible hasta entre dos recios hombres de guerra, capaces de rendirse al sentido común para detener una sangría justificada solo por la lucha de poder en la esfera de la realeza. A mí me da que pensar.

La admiración de las personas famosas

Cuando era pequeña, las señoras hojeaban la revista ¡Hola! y veían a otras personas famosas que vivían mucho mejor. La principal actividad que observé era la crítica de esas personas famosas. Por ejemplo, recuerdo haber oído que una señora que limpiaba en casa de Isabel Preysler, o en la casa de una vecina suya, afirmaba que en persona y con ropa de estar por casa era muy poquita cosa. Como si ser famoso requiriese unos estándares mínimos. ¿O quizá sí? ¿Qué rol juegan las personas famosas en nuestras vidas? ¿Por qué sigue existiendo esta ad-miración por el famoseo, en la tele y en las redes sociales? ¿Cuál es la razón evolutiva de seguir las vidas de esas personas?

El caso es que, hoy día, al ver algún programa de estos de «prensa rosa», «corazón» o «sociedad», observo que el cupo de famosos que aparece está compuesto de estos tipos:

  • Persona descendiente de los que salían en aquella revista ¡Hola! de los 80.
  • Persona de la nobleza/realeza y allegados.
  • Persona del show business, es decir, del mundo del espectáculo, las artes escénicas, pero no todas. Aquí podemos añadir toreros.
  • Persona que ha estado tan cerca de los famosos que ha pasado a ser uno de ellos, como peluqueros, periodistas…
  • Alguna persona deportista; esto es puntual.
Foto de Andrea Piacquadio: https://www.pexels.com/es-es/foto/tierna-mujer-viajera-a-bordo-del-yate-de-vela-3756166/

El tipo de noticias al respecto de estas personas suele ser «del corazón», es decir: noviazgos, rupturas, bodas, divorcios, nacimientos, bautizos, muertes. Una especie de datos censales. Pero también se da bombo a problemas de esa persona con el Fisco u otros de orden monetario o penal. Si se ha sido famoso, también hay «datos censales» de entrada y salida de la cárcel.

Lo más interesante es que, si no sabes quiénes son, lo que te están contando no te aporta nada, por lo que la noticia se cuida de explicar qué hace famosa a esa persona. Por ejemplo: Agapito Ruipérez Garcinuño, nieto del hermano del conocido artista Juan Antonio Garcinuño Rey, bla, bla, bla…

Ahora todos famosos

La principal diferencia que observo entre la época actual y la de los 80 es que antes esas personas que posaban en las revistas o a las que se «robaba» su imagen eran unas pocas y el vulgo las observaba desde muy abajo, no pudiendo ni imaginar compartir sus ocios, lujos, estilo de vida o ropa: eran inalcanzables.

En cambio, ahora cualquiera parece una celebrity: estupendas fotos en las mismas calas, barcos y lugares «secretos» que aquellos famosos, ropa muy parecida o la misma, formas de posar profesionales y, de puertas adentro, pequeños lujos no antes soñados.

Si todos somos celebridades que exponen sus intimidades en las redes sociales, ¿qué distingue a las personas famosas? Supongo que ahora la conversación alrededor de los famosos no sería para derribar el mito de figuras como Isabel Preysler, sino que sería «yo también hago x, y, z, como Pepita Rodríguez, la famosa».

Vale, sí, pero si ahora todos pegamos carteles por las calles virtuales contando nuestro rollo, ¿qué sentido tienen los programas del corazón y la prensa rosa? ¿Por qué siguen existiendo? ¿Por qué se sigue la cuenta de personas famosas en redes sociales? ¿Acaso necesitamos aún modelos que nos digan cómo tenemos que vivir, a dónde tenemos que ir o qué ropa tenemos que llevar? Eso parece.

La necesidad de lo numinoso

Hace unos años escuché a una psicóloga decir que los seres humanos tenemos la necesidad de lo numinoso. Se trata de la necesidad de Dios, de algo superior a nosotros, más grande y divino. Quizá es un reflejo de la necesidad ancestral de los homínidos de que existan un macho y una hembra alfa que dirijan el cotarro. El caso es que puede haber una cierta traslación de «divinidad» a las personas famosas, que son «más grandes» en algún aspecto, aunque sea en número de seguidores o en dinero. Es ese estatus que, por más que sigamos sus pasos, no alcanzaremos, porque el número de hembras y machos alfa que puede haber es limitado. Quizá ya hay demasiados, por el mundo en el que vivimos, de manera que un famoso de los 80 era mucho «más grande y divino» que un famoso ahora; tenía mucho más reconocimiento, era más respetado y seguido, había mucha más distancia jerárquica con esa persona de la que pueda haber ahora.

En todo caso, un famoso siempre puede caer en desgracia y dejar de estar en el candelero, hasta el punto de vivir en la ruina. Algunos pueden agarrarse a aparecer en según qué programas para que se les siga viendo, mientras les sale un nuevo proyecto, mientras que otros dejan de gustar, dejan de estar de moda y se les aparta como si fuesen objetos. También hemos hablado aquí de la desgracia de personas con un guion perdedor que les ha llevado a morir en el Metro, a pesar de haber hecho sus pinitos en el mundo del espectáculo.

¿Y cómo era antes?

Con esta conexión con el siglo XIX que establezco a partir de los episodios nacionales de Galdós, los famosos de la época eran menos grandes que, digamos, en los 80. Por un lado, eran muchos menos, principalmente nobleza y realeza, estamento militar y algún intelectual. Por otro, eran más accesibles en persona, pero mucho menos en papel, lo que hacía que no se les pudiera idealizar tan fácilmente. Es decir, era fácil obtener una audiencia con el Rey o ver pasar a los reyes en sus carrozas, o incluso a caballo; ver en primera persona a los generales dirigiendo sus ejércitos y hospedándose en una fonda cualquiera. Pero no se imprimían sus vacaciones en su casa de verano en ningún medio. Y siempre quedaba el teatro para ver acudir a unos y a otras y cotillear de primera mano. No había prensa rosa (o eso creo), sí por supuesto el cotilleo y la crítica de aquellos famosos, a los que se ponían motes, como en los pueblos.


¿Merece la pena tener el distintivo de persona famosa? ¿Adónde nos puede llevar tener fama un día y al día siguiente no? ¿Cómo lo experimentan las personas que siempre van a ser «distinguidas» (distintas) por su cuna? [Es su estirpe de tan alta rama que, a fuerza de ser alta cual ninguna, más que cuna diríase que es cama].

Las edades del hombre

He visto la nueva película de Top Gun. Llama la atención lo bien que se conserva Tom Cruise, a pesar de que este año 2022 cumpla los 60 tacos. Aun así, el que «Maverick» sea como el abuelete de los nuevos pilotos, hace que su historia personal esté desleída (ocurrió en los 80, nada menos) y sin embargo roba el posible protagonismo a los nuevos, personajes totalmente planos y sin sustancia (desde mi punto de vista de espectadora palomitera).

Imagen tomada de https://www.infobae.com/historias/2022/05/26/top-gun-el-capitan-que-casi-arruina-la-mejor-escena-la-tragica-muerte-en-el-set-y-tom-cruise-banado-en-su-vomito/

Por Tom Cruise pasan los años también, aunque de forma diferente a como pasan por la mayoría. ¿Cómo sería Tom en el siglo XIX y con los avatares de aquella época? ¿Cómo serían él o cualquier actor o actriz sin acceso a los retoques? ¿Cómo seríamos cada uno de nosotros si no nos pudiéramos teñir el pelo y no existieran los gimnasios?

Me voy a mi fuente preferida: los episodios nacionales de Galdós. En ellos, hay varias referencias a la edad de los personajes y lo que estaban haciendo en ese momento. Llama la atención que el envejecimiento era bastante parecido al de ahora, por las descripciones que hace don Benito de los personajes. Por ejemplo:

Gay (…) era un hombre membrudo, como de cincuenta años, la cabeza blanqueada por canicie precoz (…)

Luchana.

Es decir, al escritor le parece prematuro tener canas a los cincuenta años. Yo diría que hoy en día nos parece lo más normal; estamos en el mismo caso.

En otra parte de Luchana, se habla de Aura y otras amigas suyas: tienen alrededor de 20 años y en varias ocasiones los otros personajes las llaman «niñas». Esto no quita para que estén en edad casadera y ya se empiecen a arreglar compromisos con esta o aquella familia.

Nuestro ya estimado don Beltrán de Urdaneta, cuando habla de su ceguera progresiva, comenta:

Hay días en que no veo tres sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige, porque me he propuesto llegar a los noventa.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana.

Es decir, en el siglo XIX era normal que alguien se propusiera vivir hasta los noventa años.

Por otro lado, esto dice don Beltrán de su nieto:

Figúrate que tiene veintiséis años, y ya es calvo… sí, hijo mío: se le cae el pelo de tanto cavilar haciendo números, y enfilando largas baterías de reales y maravedises. Su calvicie procede también de la sordidez, de la sequedad del entendimiento, donde no han entrado más que los números.

Don Beltrán hablando de su nieto Rodrigo, Luchana.

De esta descripción se puede deducir que no era normal en esa época que a un chico joven se le empezase a caer el pelo tan pronto. También se puede inferir que no mucha gente se dedicaba a «cavilar haciendo números», y que semejante actividad parecía conducir a la calvicie, frente a otras de más acción física. Esto da que pensar.

Modos de vida

En aquella época, la actividad física era muy superior a la de la época actual. Las mujeres iban al mercado, o mantenían una casa, o tenían que atender una granja, etc. Los hombres estaban en el ejército, o trabajaban el metal, como vimos en el post anterior, o traían y llevaban mensajes. Es posible que la acción de los personajes de ficción sea mayor que la de las personas reales de la época. Eso también ocurre ahora: en las series y películas, casi siempre los personajes están de pie, recorren un pasillo, se suben a un coche, se bajan… Rara vez permanecen mucho tiempo frente a una pantalla o mirando su móvil en el sillón, porque es aburridísimo de ver. Haz el ejercicio de verte desde fuera en el transcurso de un día: casi todo el rato aparecerás en posición sentada mirando fijamente a algo.

Aun así, el narrador no califica como extraño que sus personajes estén en constante movimiento y acción física, que recorran largas distancias andando (largas es media España) o que paseen por la ciudad durante largo rato. Rara vez aparecen sillas en las descripciones de los espacios cerrados, salvo en los bares en los que los personajes se reúnen a hablar de política. Y las camas suelen ser camastros «más duros que la piedra», rara vez un personaje descansa en una cama confortable.

En resumidas cuentas, se podría deducir que las edades de la época eran similares a las actuales, y que en cambio, los signos de envejecimiento como la calvicie o las canas no se ponían de manifiesto tan pronto, quizá por una actividad física mayor.


Ya, ya sé que últimamente visitamos mucho el siglo XIX, quizá habría que escuchar este consejo que Galdós pone en boca de Sabino, padre de Zoilo:

(…) conviene que no mires tanto a lo pasado, pues el que mira mucho atrás, atrás se queda… y el que vive entre fantasmas en fantasma se convierte…

Sabino en Luchana.

Puede que en otro post hablemos de la inflación y tal y cual. Ya veremos. Mientras tanto, muchas gracias por leerme, por comentar y por compartir. 🙂

Última temporada: la más alta traición

En muchas de las series que he visto, sobra la última temporada, quizá las dos últimas. De pronto, la fórmula deja de funcionar, los capítulos se hacen pesados de ver, las historias que se cuentan no tienen la magia de las anteriores, casi se percibe el cansancio del equipo que lo ha producido. Y lo peor de todo: los personajes empiezan a actuar de una forma no coherente con quienes eran antes.

Esta falta de coherencia de un personaje era algo que molestaba mucho a Annie Wilkes, la enfermera psicópata fan de Paul Sheldon en Misery. No es que me guste tener algo en común con ella, sin embargo, creo que el propio Stephen King hablaba a través de ella: una vez se ha construido un personaje y conocemos sus valores, sus acciones y sus emociones, resulta muy incómodo verle actuar de una forma distinta, incoherente con lo anterior.

¿Por qué es tan importante que los personajes sean en todo momento coherentes, incluso si evolucionan a lo largo de la historia? Pensemos en historias como Enemigo público o la gran La invasión de los ultracuerpos: es muy inquietante que las personas en las que siempre has confiado comiencen a comportarse de una forma extraña, o empiecen a desconfiar de ti. De pronto, aquellos más cercanos se convierten en enemigos, en seres frente a los que te tienes que proteger.

Imagen vista en https://www.cinetecamadrid.com/programacion/la-invasion-de-los-ultracuerpos

Dawson’s Creek

He estado viendo «Dawson crece»; no la vi en su día. Me gustó su estilo desenfadado, puedes ver un capítulo de Dawson’s Creek y luego irte a dormir: no tendrás pesadillas.

Esta serie mantiene la coherencia de los personajes de Dawson Leery y de Joey (Josephine) Potter, pero traiciona por momentos al resto de personajes. Por ejemplo, uno de ellos, Pacey Witter, en una época es pareja de Joey y está profundamente enamorado de ella, se siente inferior a ella y muy agradecido de haber conseguido conquistarla. Pasan un verano en un barco velero sin mantener relaciones sexuales y luego sí lo hacen, es «su primera vez». Pues bien, se traiciona al espectador cuando Pacey, en una fiesta, empieza a gritar a Joey de forma agresiva y corta con ella. Eso no es coherente con lo anterior ni con lo posterior. Pacey nunca se comportaría así.

Otro personaje, Jen Lindley, la chica rubia y sexy que aparece y se interpone entre Dawson y Joey, es al principio la mujer explosiva con un pasado de vida «poco respetable», en el que ligaba con quien quería, tomaba drogas, iba a fiestas… Muy pronto, se recorta el personaje de Jen, quizá por criterios moralistas, y se convierte en una especie de joven-vieja sabia que está de vuelta de todo y que explica a los demás cómo es la vida. La transformación de Jen podría ser coherente, pero no lo es, y deja al personaje vacío de contenido.

Lionel: cuando el actor/actriz se va

Hay varias formas de resolver en guion el hecho de que el actor se canse de su papel y se vaya o le hagan irse. Normalmente, le matan. En Dawson’s Creek hay un caso claro, el padre de Dawson. Yo diría (sin saberlo) que también en Better Call Saul Charles McGill, el hermano del protagonista, muere porque el actor decide dejar la serie. En otros casos se retira al actor por su comportamiento, como se hizo con Charlie Sheen en Dos hombres y medio o Kevin Spacey en House of Cards. En mi humilde opinión, eso nunca funciona. En estos dos últimos casos, además, el alma de la serie era el actor al que se retira, de manera que la serie ya no se sostiene.

El extremo es cuando el personaje es sustituido directamente por otro actor. Creo que fue en la serie «Rituales», que veíamos mis hermanos y yo de pequeños, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es el nombre del personaje: de un capítulo a otro, un tal Lionel empieza a tener otro cuerpo y otra cara. Se hace muy, muy raro.

Construcción de personajes coherentes

Está claro que el personaje definido en un guion está sujeto a los avatares de la producción y del propio actor o actriz. Donde pueden crearse personajes con gran detalle y que puedan evolucionar y crecer, es en la novela. Ahí, el autor es como dios, hace lo que quiere con sus personajes (aunque luego se rebelen y quieran ir por otro lado).

Una de las razones por las que no soy novelista es que no sé construir personajes. Mi estilo de escritura es el de este blog, tira más a lo filosófico y al monólogo. Por eso me admira la gran capacidad de crear personajes de nuestro amigo don Benito, porque por momentos los estás viendo. Sus personajes históricos cobran vida y sus personajes de ficción están tan vivos y parecen tan reales como los conocidos por la historia. Hay personajes de Galdós que se pasean por distintas novelas suyas, incluso familias enteras, como la de Bringas. Su capacidad de reproducir las formas de hablar es extraordinaria, los personajes responden perfectamente a su origen geográfico y a su clase social.

Me gustaría hablar de cómo pinta don Benito en Luchana a un personaje real, Baldomero Espartero.

Baldomero Espartero aparece presentado por don Beltrán de Urdaneta, un noble ya entrado en años y al que le gusta campar a sus anchas. Así, un personaje de ficción presenta a uno real:

…la suerte de este hombre, que vino al mundo en el signo de Piscis, los Peces, por donde ha resultado que es un pescador formidable. Ya le tienes hecho un tenientazo general, y no por chiripa, sino ganando sus grados en acciones de guerra, batiéndose con arrojo y con éxito.

don Beltrán de Urdaneta describiendo a Espartero.

Al final de Luchana es donde vemos a Espartero en acción. Este es un final apoteósico, en el que la intervención del general rompe con el largo asedio de la ciudad de Bilbao por parte de los carlistas. Espartero estaba en cama, aquejado de una penosa cistitis. Pero al escuchar al general Oraa describir la apretada situación en la que estaba el ejército, dice:

Voy ahora mismo aunque me cueste la vida… ¡pues no faltaba más! Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que uparnos arriba como fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Noche Buena! Señores, hemos jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro juramento.

Espartero en Luchana.

Dicho y hecho, Espartero sale de la cama, le ayudan a vestirse y sale a ponerse al frente del batallón, en un invierno crudo y nevado. Solo en este momento, Galdós nos describe al personaje, si bien se le había estado nombrando a lo largo de la novela. Digamos que es ahora cuando se hace un primer plano:

Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción. Aún no gastaba perilla.

Descripción de Espartero en Luchana.

Es una descripción tan viva que estás viendo a Espartero, pero no solo a Espartero como en una foto, sino a Espartero nervioso y enfermo, con aspecto descuidado.

Ya en la batalla, el general se pone al frente de una columna y se dirige a los soldados, en medio del estridor de la batalla:

Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados… ¡Coraje, hijos, coraje!… Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros avance más, va vuestro general, que quiere ser el primer soldado… ¡A la bayoneta… carguen! ¡Coraje, hijos!… Por delante va esta espada que quiere ser la primera bayoneta… Que mueran ahora mismo esos canallas, ¡coraje! o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!

Espartero dirigiéndose a las tropas en Luchana.

Ningún personaje de don Benito es incoherente. Es más, llegan a parecerte personas conocidas, especialmente sus protagonistas. No puedes evitar alegrarte de lo que logran y compartir sus desgracias. Ahora estamos con el tema de los episodios nacionales, pero muchas de las protagonistas de sus novelas son mujeres: Tormento, Marianela, Fortunata y Jacinta, Doña Perfecta… y están creadas con igual realismo.

¿Qué personaje te ha marcado? ¿Cuál crees que es el secreto para que una serie o una película te llegue por medio de sus personajes? Como siempre, agradezco mucho tu lectura, comparte libremente.