Puro teatro: imitación de la vida

Vista de las ruinas del teatro de MéridaAnte las ruinas romanas del teatro de Mérida, el teatro se siente vivo y eterno, como si siempre hubiese estado ahí, como si siempre hubiese sido necesario, y como si no pudiese evitar revivir cada verano en el Festival de Mérida. El teatro de Mérida se construyó en el año 15 antes de Cristo, y unos años después, en el 7 a. C., el anfiteatro.

La guía del Consorcio de Mérida explica con detalle qué zona del graderío ocupaba cada clase social: patricios, plebeyos, esclavos… y mujeres. Había un espacio “VIP”, reservado justo frente a la orchesta, para las autoridades.

Teatro romano de Mérida, vista desde las gradasEl espacio de escena es enorme, tanto, que cabe imaginar a muchos artistas entrando y saliendo: actores, músicos, danzarines, mimos y pantomimos. Situarse en este espacio, ahora de arena pero en su día de tablas de madera, y mirar hacia las gradas, sentir cinco mil miradas sobre ti… La máscara te cubre, pero al tiempo te separa del público, obligándote a proyectar la voz más alto, más fuerte.

En el anfiteatro, la guía relata los juegos que llevaban a cabo los gladiadores luchando entre sí o con fieras, y comenta que eran esclavos, esclavos muy deseados e incluso envidiados por los plebeyos, que eran hombres libres pero con muy pocos medios.

Entonces, surge la pregunta: ¿también eran esclavos los actores del teatro?

En ocasiones, sí. Cuando había que matar a alguien en escena, se sustituía al actor por un preso condenado a muerte, ya que los actores que intervenían en las obras llevaban siempre una máscara, e incluso el mismo actor hacía varios personajes, masculinos y femeninos: las mujeres todavía no subían a escena, y posteriormente solo hacían pantomimas (no hablaban).

Relieve de escena teatral con máscarasDe pronto, puedo visualizar el desasosiego de ese “no actor” al que sacan a escena a la fuerza, enmascarado, del que todos saben que no es un actor, sino un condenado, y quien va a morir en directo, y en público. Hay excitación entre los asistentes, van a ver un espectáculo de realidad del que “produce la catarsis de las pasiones trágicas”.

Siempre es difícil manejar la muerte en escena: ¿qué se hace con el muerto, aunque sea fingido? ¿Se queda en el suelo el resto de la escena? Por eso las muertes se dan al final…

Estos juegos de escena me evocan el primer texto que describe por qué a los humanos nos es tan agradable ver representar escenas “como si” fuesen reales. Aristóteles nos dice que las actuaciones son imitaciones, mímesis de la vida real. Lo explica en la Poética (siglo IV a. C.), que ahora es un clásico de obligada referencia en la teoría de la Literatura.

Esos artistas romanos imitaban individuos en la acción, haciendo cosas, ante un público de más de cinco mil personas, que acudían de día y sin pagar precio para contemplar a otros imitar la vida.

¿Qué es lo que hace que viendo imitar la vida disfrutemos tanto?

Es una pregunta que también trató de contestar Aristóteles. Según él, dos causas han generado el arte poético:

  • La actividad imitativa es connatural al ser humano desde la infancia: aprendemos imitando.
  • Todos los seres humanos disfrutan de las imitaciones.

Es importante puntualizar que Aristóteles incluye en las imitaciones las que se realizan mediante el ritmo, el lenguaje y la música, incluyendo entonces danzarines y músicos.

Además, la tragedia produce la catarsis de las pasiones trágicas: compasión y miedo. Y la compasión surge de la conciencia de que los males que suceden a otros podrían sucederle a uno mismo/a, como en el caso de ese condenado que muere en escena ante un público sobrecogido.

Hay una pregunta que me interesa más, sobre todo desde que recibo clases de improvisación en la Escuela de Jamming:

¿Qué es lo que hace que disfrutemos imitando la vida? ¿Qué nos empuja a (ex)ponernos delante de un público, incluso (sin) con máscara?

Máscara del teatro en Augusta EméritaParte de la respuesta ya nos la ha dado Aristóteles arriba: todos los seres humanos disfrutan de las imitaciones, y esto incluye tanto a los que imitan como a los que ven las imitaciones.

Existe una magia en hacerse pasar por otra persona, en llevar una máscara que crea en sí misma un personaje siempre distinto a uno mismo, incluso si es muy parecido. La magia de ser otro, de vivir realidades que no podemos vivir siendo la persona real, pero sí siendo el personaje, la excitación de saberse observado y precisamente por ello crecer en el escenario y entregar algo de dentro que momentos antes no sabemos ni lo que es, ni si va a poder salir o va a quedar encerrado bajo la capa del miedo.

Ante las ruinas del teatro de Mérida, ante mí revivieron aquellos artistas con máscara, haciendo juegos de escena (ludi scaenici), jugando a ser otros siendo ellos mismos.

Una leyenda de amor torturado

Si te cuentan una leyenda de amor torturado el día de San Valentín, piensas que merece la pena difundirla, recordarla, rescatarla del siglo en que ocurrió.

Es el caso de la relación de amor que hubo entre José Cadalso y María Ignacia Ibáñez, que debido a esto sería llamada «la musa del Romanticismo«.

José Cadalso y su amor torturado
José Cadalso

María Ignacia Ibáñez era actriz en el teatro de la Cruz, el único abierto en la época, pues el Conde de Aranda había ordenado cerrar el resto de teatros, considerando demasiado vulgar su existencia en un siglo de Ilustración.

José Cadalso la vio actuar y se enamoró «en el acto» (pobre juego de palabras que me ha salido). Testimonio del gran amor que sintió él por ella, pero también ella por él, son sus cartas.

El proyecto conjunto era casarse en la iglesia de San Sebastián (en Atocha). Ya vivían juntos, sin embargo, el matrimonio no pudo celebrarse porque ella murió antes, de tifus.

José Cadalso cayó en una fuerte depresión y locura absoluta, y así, cuenta la leyenda (una leyenda que él mismo pudo difundir) trató de desenterrar su cadáver, que yacía en el cementerio de esta misma iglesia, y que hoy es un bonito vivero que da a la Plaza del Ángel. El Conde de Aranda habría sabido de este proyecto y consiguió frustrar el intento de desenterrar a María Ignacia.

José Cadalso se trasladó a Salamanca, quizá por ver si dejaba de hacer locuras de amor siniestro, y a la vuelta escribe la obra Noches lúgubres, donde refleja toda esta historia tan maravillosa y espeluznante de la exhumación del cadáver de su amada, más propia del Romanticismo que de la época en que se escribió, el Neoclasicismo.

Iglesia de San Sebastián
Iglesia de San Sebastián

Así que cuando paseéis cerca del vivero de la iglesia de San Sebastián, recordad que allí estuvo enterrada aquella mujer madrileña, tan magnética que volvió loco a uno de nuestros grandes escritores.

Hoy Blanca Hernández, una gran conocedora de Madrid y guía turística en nuestra ciudad, nos ha contado varias de estas historias y leyendas en el curso de Mujeres de Madrid del de la Concejalía de la Mujer del Ayuntamiento de Tres Cantos. Yo me he quedado con esta, porque me ha parecido la más bella y torturada, pero ya os hablaré de alguna que otra más.

Gané el 2º premio Certamen narrativa Allende Sierra

Reparto de los premios del Certamen literario Allende Sierra

El 25 de noviembre de 2016 se fallaron los premios del II Certamen de narrativa Allende Sierra, organizado por varias asociaciones culturales de la Sierra de Madrid y que tuvo lugar en el Centro de Arte Villa de Miraflores.

La entrega de premios se enmarcó en la conmemoración del 400 aniversario de la muerte de William Shakespeare y Miguel de Cervantes.

Fue un acto preparado con mucho cariño en el que se ofrecieron diversas actuaciones y muestras audiovisuales en torno a los dos grandes de la literatura y de sus principales obras, en este caso Hamlet y El Quijote.

Mientras asistía a todo sentía agradecimiento por lo que veía, por lo que se nos ofrecía simplemente por haber participado en el concurso. Tenía en mis manos la edición impresa de los relatos finalistas, tanto de este año como del pasado, gracias a Ediciones Bohodón. Y no sabía que había ganado uno de los premios, porque esta sorpresa se desveló al final.

Relatos seleccionados en el Certamen Allende Sierra

Durante el concierto de guitarra clásica de Nacho Casatejada, mis nervios iban en aumento, porque intuía que subiría después a ese escenario.

Al final del acto, la ganadora del premio del año anterior, Ana María Gutiérrez, leyó un fragmento de su obra, “Habas de Palo”.

Y por último, los miembros del jurado fueron leyendo fragmentos de los tres finalistas, Alejandro García Sanz (3º), Belén Casado Alcalde (2º) y María Victoria Otero Sierra (1º).

Yo reconocí mi relato en las primeras palabras, y empecé a levantarme y a dirigirme al pie del escenario, donde había una escalera. Subí y bajé tan rápido que no me enteré de nada, realmente en ese momento no estaba preparada para el éxito. Me llevé un lote de libros y un premio en metálico, además de la edición impresa.

Pero sobre todo me llevé la calidez con la que este acto se había preparado, cómo las distintas asociaciones habían colaborado para crear un evento simpático y ameno que tenía mucho trabajo detrás, y cómo el jurado había trabajado y deliberado para llegar a sus conclusiones. Así que el resumen es: gracias.

Toc, toc

– ¿Quién es?

– Soy yo.

– ¿Yo quién?

– ¿María?

– No, no soy María.

– ¿Pero sí eres Belén?

– Belén sí. Pero ¿quién eres tú?

– Soy yo.

– ¿Yo quién?

– Belén, ¿por qué no me abres? No lo entiendo.

– Yo tampoco lo entiendo, no sé quién eres.

– ¿No lo sabes? ¡Soy yo!

– ¡Ay, madre! ¡Que vamos a estar así todo el día! ¿Qué yo?

– Un yo diferente al tú.

– Pues vaya… Me quedo igual. Anda, déjame en paz.

– Belén, no me lo puedo creer, ¡me echas!

– No te puedo echar porque no has entrado.

– No he entrado porque no me dejas.

– No te dejo porque no sé quién eres.

– Soy yo…

img_20160929_174515

Pasado. Laberinto

Recordaba su pasado como un laberinto en el que a veces se perdía o se encontraba con callejones sin salida, un laberinto de setos tan altos que no le permitían ver más allá, un laberinto del que afortunadamente había salido el día que decidió vivir en el presente.

dsc01037

Lo.Li.Ta

Libro del verano tardío, Lolita, de Vladimir Nabokov

Lolita, de Vladimir Nabokov

Tenía el libro rondando aquí y allá, junto con otros libros no leídos, ¡y qué grande es la biblioteca de libros no leídos!, verdad, verdad, Umberto Eco. Y no lo había leído porque desconocía la talla de escritor que se hallaba entre sus páginas. Todo apunta a que mi siguiente lectura será Ada o el ardor.

Había visto la adaptación al cine de 1997, con Jeremy Irons, y de alguna manera esa adaptación ha contaminado un poco la forma en que he visto las imágenes que evoca el libro, sobre todo en el aspecto del personaje principal y en el de Charlotte Haze, la madre de Lo.

En Lolita, el narrador en primera persona es un pederasta. Lolita tiene tan solo 12 años cuando Humbert Humbert se la lleva en un viaje hacia la decadencia. Piensa en cualquier niña que conozcas de 12 años, o trata de recordar cuando tú los tenías. Exacto. Recordando la película de Adrian Lyne, la Lolita que aparece en ella no aparenta menos de 16, y tal vez esto hace más digerible el hecho.

Dicho esto, Lolita es un libro lleno de poesía y juegos de palabras de un nivel literario bastante alto. Algo que es muy difícil de reflejar en la gran pantalla. Su historia compleja se disfruta a través de imágenes originales y bellas.

Por ejemplo:

“El aire, a pesar de la firme llovizna que lo adornaba con sus cuentas de cristal, era verde y tibio; ante la taquilla de un cine chorreaban luces como alhajas…”

“Mi vecino de la izquierda, quizá un hombre de negocios o un profesor, o ambas cosas, me hablaba de cuando en cuando mientras afeitaba de flores tardías su jardín o regaba su automóvil, o deshelaba, avanzando el año, un camino de su casa (no me preocupa que estos verbos estén todos mal empleados)…”

“Y nadie intentó deslizarse entre nuestro humilde automóvil azul y su imperiosa sombra roja… como si un hechizo pesara sobre el espacio intermedio, una zona de júbilo y magia perversos, una zona cuya precisión y estabilidad misma tenían una virtud cristalina que era casi artística”.

“Rojas letras de luz anunciaban un comercio de fotografía. Un gran termómetro con el nombre de un laxante se exhibía tranquilamente al frente de una farmacia. La joyería Rubinov ostentaba diamantes artificiales reflejados en un espejo roto. El reloj verde luminoso se mecía en las profundidades del Lavadero de Jiffy, atestado de ropa. Al otro lado de la calle, un garaje decía “Lubricidad genuflexa”, pero se corrigió y dijo “Lubricante Bulfex”.

lolita1

Imagen original de http://www.tododvdfull.com/lolita-latino/

Lolita no es un libro moralista, si bien el propio autor trata de suavizarlo con un prólogo escrito por un personaje ficticio. Pero él mismo, Nabokov, dice al final que lo que más le interesa destacar es la poesía, es decir, la belleza, el lenguaje. No desea que en una hipotética clase de Literatura el profesor plantee: “¿Cuál es el propósito del autor?”, “¿Qué quiso decir con esta obra?”

Humbert se describe a sí mismo como un hombre bastante atractivo, maduro, que además es misógino y podríamos decir que amoral. El narrador se abstiene de hacer descripciones explícitas de las relaciones sexuales entre él y Lolita. El propio autor explica que si se espera una novela erótica con escenas calientes in crescendo, es mejor cerrar el libro. Porque Lolita no es una novela erótica, es un poema, un poema escrito en un idioma que no es el materno de Nabokov, lo cual para mí le da aún más valor.

Cuando leo la forma en que Humbert desea a Lolita y la arrastra hacia su deseo, me viene a la mente una mano que trata de apresar un pájaro con el fin de domesticarlo, y el pájaro poco a poco se va ahogando, y va perdiendo plumas en ese apretón que busca tan solo “amarlo”.

Las palabras de amor de Humbert, ese amor desesperado, amor poético del que su objeto de deseo se ríe una y otra vez, van calando al lector con su pena, van acariciándole con su furor, de manera que acaba siendo comprensible que Humbert ame a Lolita, de manera que una lectora quisiera ser una Lolita a la que un Humbert amara así, de manera que se lamenta que la chiquilla no pueda realmente corresponder a semejante pasión.

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

El libro tiene además muchos toques de humor verdaderamente geniales. En una página estamos suspirando con Humbert, que aunque nos parece despreciable nos transmite su forma de amar loca y desesperada; en otra página, asistimos a una escena cómica.

No tiene desperdicio la entrevista entre Humbert y la señora Pratt en el colegio de Beardsley para niñas, en la que la señora Pratt va cambiando el nombre a Humbert a medida que habla:

“Nuestro interés principal, señor Humbird, no es que nuestras estudiantes sean ratas de biblioteca o puedan localizar todas las capitales de Europa, que nadie conoce, de todos modos, o sepan de memoria las fechas de batallas olvidadas”.

“Pensamos, doctor Humburg, en términos de organismo y de organización”.

“Doctor Hummer, ¿comprende usted que para el niño actual pre-adolescente fijar una fecha en la historia medieval tiene un valor menos vital que fijar la fecha de una cita (…)?

“¿Qué pueden importarle a Dolly Hammerson Grecia y Oriente, con sus harenes y esclavos?”

lolita2

Imagen vista en esta interesante entrada (aviso, contiene “spoiler”, es decir, te cuenta el final): http://notasomargonzalez.blogspot.com.es/2013/04/lolita.html

Recomiendo la lectura pausada de Lolita, recomiendo recrearse en las imágenes y en las apreciaciones de este narrador decadente, recomiendo deleitarse con una escritura cuidada que nos conduce poco a poco hacia un abismo no dramático.

 

Mis taxistas: el juez Dredd

Esto puede ser tanto el inicio de una serie de entradas como la única entrada de su género.

Por motivos de trabajo suelo tener que tomar taxis con frecuencia. Algunos taxistas permanecen callados o ponen la radio muy alta, mientras que otros establecen conversaciones con relativa facilidad. A estos últimos voy a dedicar estos posts.

Recientemente subí en el taxi de alguien a quien podemos llamar «el juez Dredd».

Desde el primer momento me estaba explicando lo que se puede y no se puede hacer cuando se conduce, cuando un coche nos pita. Entonces me explica larga y extendidamente por qué él lo estaba haciendo bien, pero aquel conductor no, no tenía la razón. Además, añade que el conductor de delante también lo ha hecho mal, y todo porque hay que seguir las instrucciones que están en el suelo, en la carretera. ¿Lo sabía usted? Le dije que sí. Luego ocurrió algo más y es cuando me preguntó de dónde soy. De Madrid. ¿Y allí la gente conduce así de mal? Y yo respondí: ¡en Madrid mucho peor! ¡Es una selva! Y él respondió: ¿Perdón?

Al cabo de un rato de conversación, me di cuenta de que el taxista no escuchaba nada, solo arengaba. En seguida le apodé «el juez Dredd«. Me explicaba con detalles pormenorizados cuáles son las leyes y cómo todo el mundo (menos él) las desconoce. Incluso mencionó algunas leyes que sé que no son ciertas, como que un trabajador no puede tomar nada de alcohol durante su jornada laboral.

Toda su historia cobró sentido cuando me habló de su pasado de vigilante de seguridad. Si me hubiese dicho que en el pasado había sido policía, geo o guardia civil, también me habría cuadrado.

Así que él continuó, explicando cómo las motos que tienen que ir a 50 no son multadas en una carretera limitada a 60 si van a 55, a pesar de que van por encima de la velocidad mínima a la que tienen que ir, y cómo los autobuses tienen un límite de 90 en autopista, y cómo todos los conductores comunes tendríamos que hacer los mismos exámenes que hacen los taxistas (en esto estoy de acuerdo). Sin embargo, cuando dijo que se deberían hacer pruebas de conducción anualmente y que si la persona mostraba desconocer alguna norma habría que quitarle el carnet (hasta que se examinara del teórico de nuevo), me pareció que estaba exagerando.

El juez Dredd no quiso saber nada más. Para él, todo el mundo quiere hablar o de fútbol o de política, pero él solo habla de leyes. Bueno, hay que decir que en los últimos minutos fue capaz también de hablar de política, solo para explicar qué leyes deberían existir para que los políticos robaran menos.

Imagen 1: http://esperanzamembrado.com/servicio-de-taxi/
Imagen 2: http://www.filmaffinity.com/es/film945425.html

Gamificación: ¿qué motiva a los jugadores?

Para responder a esta pregunta, voy a plantearme qué me ha motivado a mí de la #gamificacion.

Acabo de finalizar un curso de gamificación en Coursera, de mano del profesor Kevin Werbach, de Wharton, Universidad de Pensilvania. Se trata de uno de los primeros cursos a nivel universitario sobre gamificación. He obtenido un certificado con un 95,2% de calificación.

Considero que el curso es altamente recomendable para todo aquel que quiera acercarse al emergente mundo de la gamificación. La profundidad con la que se analiza el tema realmente mantiene el nivel que anuncia, universitario, a lo largo de sus 12 unidades, impartidas de dos en dos semanalmente (el curso dura 6 semanas).

El curso comienza con la definición de gamificación (uso de elementos y técnicas de diseño de juegos en contextos no de juego), y en seguida pasa a describir qué aspectos de los juegos se contemplan en los entornos gamificados. Se distingue entre juego, juego serio, teoría de juegos y gamificación, cuatro conceptos que en inglés suenan casi igual. Se reflexiona también sobre la diferencia entre jugar (to play) y juego (game).

Quizá la parte más interesante y que da un matiz más profundo al estudio de entornos gamificados es el doble bloque dedicado a la motivación y la psicología. Desde el behaviorismo (otra palabra que comienza con una raíz anglosajona y termina en castellano) hasta la teoría de la autodeterminación, se analiza la importancia de que la motivación del “jugador” en estos entornos sea más bien intrínseca, y que si es extrínseca esté lo más cerca posible de la identificación o la integración con los objetivos que persiga el entorno gamificado.

De hecho, la definición de objetivos de negocio que debe cumplir el sistema gamificado es la primera fase de su diseño, y es la fase clave, porque dará sentido a todo lo que se incluya dentro del sistema. Estos objetivos pueden ser de marketing, de fidelización o incluso de formación.

Tras estas secciones más bien teóricas, bastante amenas, basadas en clases magistrales de Kevin Werbach, la segunda mitad del curso explica de forma práctica cómo diseñar un entorno gamificado. Y esto se realiza en las tareas o assignments del curso. Todas las tareas que se realizan en el curso son evaluadas por los compañeros y son eminentemente prácticas. Estas tareas se pueden completar gracias a las sesiones de vídeo, y se pueden enriquecer con las aportaciones en los foros.

Durante el curso, se recuerdan constantemente algunos elementos clave:

  • Un entorno gamificado no es un juego, como pueda ser World of Warcraft o Plantas contra zombies. Estos juegos tienen un contexto de juego, dentro de una ficción con una serie de reglas. La gamificación está en un contexto que no es de juego, y que está descrito por los objetivos de negocio que mencionábamos.
  • Determinados tipos de gratificación pueden disminuir la motivación intrínseca de los jugadores. Por ejemplo, aquellas personas que ayudan de forma natural a otros, si son recompensadas con puntos o incluso dinero, puede que dejen de hacerlo porque la tarea pierde el sentido que tenía para ellos.
  • El juego ha de ser voluntario. Si se está de forma obligada en un entorno gamificado, no se cumple esta condición. De hecho, la combinación más perversa es entorno gamificado y trabajo: si esto no se hace cuidadosamente, los profesionales pueden sentirse manipulados.
  • La diversión es fundamental. Muchos entornos gamificados han fracasado porque no son divertidos, y es que la diversión es uno de los principales elementos que enganchan al jugador, y una de las principales formas de arraigar el aprendizaje. La diversión es algo más serio de lo que parece, se fundamenta en varias formas de entretenimiento que frecuentemente suponen dificultades: ganar, resolver problemas, trabajar en equipo, recolectar algo, jugar a un rol (role playing), compartir… Por eso, varios teóricos se han dedicado a describir distintas categorías de diversión, como Marc LeBlanc o Nicole Lazzaro.

El curso llega aún más lejos. Kevin Werbach nos explica cómo la gamificación puede servir a fines sociales y se mencionan muchos ejemplos en esta línea. También puede ayudar a cambios de comportamiento y a “ser mejor”. En esta línea, un entorno gamificado que merece la pena estudiar es Supperbetter, de la diseñadora de vídeo juegos Jane McGonigal.

También se estudian con detenimiento las principales críticas a la gamificación, como la tendencia a crear sistemas superficiales únicamente basados en puntos, insignias (badges) y clasificaciones (leaderboards), o los problemas legales y regulatorios que puede llegar a implicar entregar bienes intangibles que se puedan convertir en tangibles.

Para que un sistema gamificado tenga sentido, las elecciones que hacen en él los jugadores han de ser significativas para ellos, y tienen que permitir que los jugadores se sientan competentes, autónomos y capaces de desarrollar las relaciones dentro de ese entorno.

En una última fase del curso se mira más allá a opciones en que la gamificación puede enriquecerse y enriquecer determinados sistemas, como los estímulos a emprender una investigación difícil, las economías virtuales o las acciones colectivas. Se da una visión de cómo puede ser el futuro de la gamificación, y se sugiere el visionado de la distopía Sight, en la que se nos sugiere cómo puede llegar a ser un mundo altamente gamificado, y cómo corremos el riesgo de perder la motivación por hacer algo por el simple disfrute de hacerlo, a cambio de la la motivación extrínseca de unos puntos y unos niveles, que con el tiempo pueden llegar a desmotivar.

A lo largo del curso, se entrevista a diferentes profesionales que, o bien han aplicado con éxito la gamificación a sus objetivos empresariales, o bien son diseñadores de juegos y explican aspectos básicos, etc.

Finalmente, el profesor Werbach comenta que está pensando en desarrollar un nuevo MOOC sobre “gamificación avanzada”. Estaremos muy pendientes de este curso.

¿Quieres saber más de este tema tan interesante?

Esta es mi recopilación de enlaces durante el curso:

Ejemplos de webs gamificadas:

Empresas que gamifican y teorías sobre gamificación y diversión:

Artículos

Artículos de crítica

Definiciones

Cursos y libros

Entusiasmo

Una palabra esconde mil palabras, y es el caso de la palabra que he elegido para este post: entusiasmo.

La idea de investigar esta palabra se me ha ocurrido en el tren. Mientras miraba distraídamente por la ventana, me he dado cuenta de que no sabía bien lo que significaba la palabra entusiasmo, el único sinónimo que se me ocurría era “emoción”, por “exaltación”. Y también me he acordado de que Vicky el Vikingo decía “¡¡estoy entusiasmaaaadoooo!!”, pero eso lo sé porque me lo han contado, yo no lo recuerdo, era demasiado pequeña.

Al indagar sobre el entusiasmo, encuentro mucha más información de la que esperaba. Según el diccionario de la RAE:

entusiasmo.

(Del lat. tardío enthusiasmus, y este del gr. ἐνθουσιασμός).

  1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive.
  2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño.
  3. m. Furor o arrobamiento de las sibilas al dar sus oráculos.
  4. m. Inspiración divina de los profetas.
  5. m. Inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador.

Un montón de palabras interesantes aquí. Exaltación, fogosidad, excitado, admirar, cautivar, fervoroso, furor, arrobamiento, inspiración, arrebatado.

Y ya lo de las sibilas y el oráculo… Ni siquiera entiendo la frase. Una sibila es una “mujer sabia a quien los antiguos atribuyeron espíritu profético”. Y el oráculo, por acortar, es:

  1. m. Respuesta que da Dios o por sí o por sus ministros.
  2. m. Contestación que las pitonisas y sacerdotes de la gentilidad pronunciaban como dada por los dioses a las consultas que ante sus ídolos se hacían.

Luego me llaman la atención los personajes que se mencionan: sibilas que tienen un espíritu profético, profetas, pitonisas, sacerdotes, escritores, artistas, poetas, oradores. Imagínate ser una sibila del pasado, escritora, artista y en ocasiones oradora.

Y también sale dios, varias veces, por la procedencia del oráculo, por el tipo de inspiración de los profetas, “divina”…

Me doy cuenta entonces de que no suelo utilizar la palabra entusiasmo, quizá sí para decir una expresión negativa: “con poco entusiasmo”, “sin mucho entusiasmo”. Y quizá últimamente la he escuchado más en inglés que en español (los americanos están más entusiasmados que los españoles, me temo). Quizá no sabía de haberme sentido entusiasmada por algo. Había pensado en personas “entusiasmadas por X” y lo había traducido como “les gusta mucho X”. Pero esta palabra llega mucho más lejos, llega a alturas divinas.

Hay ciertos trabajos, ciertas tareas laborales, por las que no siento ningún entusiasmo. Más bien lo contrario, porque no siento exaltación y fogosidad, solo aburrimiento. Es el caso del trabajo administrativo, burocrático. No me admira ni cautiva absolutamente nada relacionado con él. En trabajos así, he sentido momentos de inspiración, no muy fogosa ni arrebatada, muy al principio, cuando pensaba que podía hacer cosas novedosas. Eso se termina pasado un tiempo, y en cualquier caso fueron pequeños destellos, nada entusiastas, en medio de un lago de rutina.

¿Qué es para ti el entusiasmo? ¿Cómo lo vives? ¿Te entusiasma tu trabajo, alguna afición, alguna actividad?

En la Taberna, paraíso del Sufí

Hoy os traigo la reseña de un libro muy especial, En la Taberna, paraíso del sufí, escrito por el doctor Javad Nurbakhsh (1926 – 2010), y que se ofrece ahora de forma gratuita (formato e-book) en Amazon.
Este libro es un manual imprescindible para conocer el sufismo. En él, su autor nos describe los pasos para adentrarse en la senda del sufismo amoroso, en qué consiste la meditación sufí, la relación entre maestro y discípulo y las implicaciones que tiene ser sufí.
El sufismo amoroso persa tiene resonancias en la mística de cualquier religión, incluida la católica. Las imágenes que utilizan maestros sufíes como Rumi o Qazali son similares a las utilizadas por San Juan de la Cruz o Miguel de Molinos, de forma que, algo que en un principio parece proceder de una cultura lejana y distinta, se muestra muy próximo y universal.
El sufismo es un camino de realización interior que se apoya en dos ramas: el continuo recuerdo de Dios, Dios como Realidad, como Esencia, como Todo, y la ayuda a los demás, en una búsqueda de la disolución de la dualidad tú-yo, principal engaño de nuestra mente. 
En palabras de Sa’di:
La oración no es el rosario, el altar o la túnica,
sino servir a las criaturas.
El Amor que se busca en el sufismo es el amor divino, por encima del amor físico y del amor espiritual, si bien, relacionado con ellos.
Sobre su autor
Javad Nurbakhsh fue doctor en psiquiatría y profesor y director del departamento de Psicología de la Universidad de Teherán. Fue el maestro de la Orden Sufí Nematollahi hasta su muerte.
Es autor de muchas publicaciones que relacionan psicología y sufismo, de las que En la Taberna es la lectura más asequible para quien esté interesado en conocer el sufismo amoroso. Además, varios de sus trabajos buscan acercar otros enfoques, como Jesús a los ojos de los sufíes o Mujeres sufíes.
¿Por qué este libro?
Al margen de su alto nivel de contenido, tanto en profundidad como en interés, ahora hay una novedad muy interesante: el ebook de En la Taberna se ofrece durante muy pocos días de forma totalmente gratuita en Amazon.
Para más información, visita: http://www.amazon.com/dp/B00DV6P3MKy ¡llévatelo gratis!
Referencias: