Adiós, Facebook, adiós

Me he dado de baja de la red social Facebook.

Este no es otro de mis experimentos como el de dejar de ver la tele o una búsqueda de apagón digital.

La diferencia fundamental es que no se trata de una prueba, es algo definitivo.

¿Por qué he eliminado mi cuenta de Facebook?

Sencillamente, ya no me aportaba el placer que obtenía de esta red social.

Imagen del icono de "Me gusta" hacia abajo.

¿Cómo era antes?

Allá por 2008, empecé a oír hablar de Facebook (también algunos decían “Caralibro”) y no lo comprendía muy bien. ¿El muro? ¿Qué es eso?

Pronto me hice de la red, y durante estos diez años estuve compartiendo fotos personales, estados de ánimo, álbumes de fotos de vacaciones y estos artículos.

Lo que más me entretenía de Facebook era ver lo que publicaban El Mundo Today y otras páginas de humor. También me gustaba estar en contacto con personas conocidas que viven en las islas o incluso más lejos, en Japón. Además, estaba al día de lo que se contaban amigos más cercanos e incluso familiares.

Felizmente.

Entonces estudié un máster de marketing digital y social media

Había mantenido mis “amigos” de Facebook en unas 50 personas, y al estudiar el máster me di cuenta de que en realidad estaba “compartiendo” mis fotos personales, mis viajes y mi historia con los amigos de los amigos de mis amigos, digamos.

Pasé a un uso diferente de la red social, creando páginas profesionales y realizando campañas para que distintos públicos vieran mis artículos del blog en diferentes momentos. Puse en qué trabajaba, en lugar del típico chiste de “soy mi propia jefa” y aumenté el número de “amigos” a unos 160. El éxito fue tan discreto que yo diría que fue nulo.

También supe que compartía mis datos e información con el propio Facebook, una entidad oscura que hasta ese momento era una “aplicación” como pueda ser Microsoft Word, y que de pronto mostraba sus tentáculos formados por algoritmos que eligen lo que yo veo en ella y por su recopilación silenciosa de toda mi “vida digital”, propia y ajena.

Tentáculos en la oscuridad

El asunto de los tentáculos en la oscuridad me fue calando cada vez más.

“Antiguamente”, cuando comenzó Internet en España (yo estaba allí y con uso de razón) se hablaba de un nuevo sistema democrático que nos permitiría comunicarnos con personas de todo el mundo. Fui una usuaria bastante temprana de foros y chats, me parecía mágico poder chatear en tiempo real con personas de otros sitios, a través del “icq”.

Internet era entonces “auditivo”, primaba el texto y los alias o nicks sobre la imagen. No importaba tu nombre real o tu careto, sino tu alias, a cual más ingenioso, y qué tenías que decir.

Poco a poco, Internet se ha ido haciendo “visual”, cada vez más estético, y la imagen que mostramos digitalmente está cada vez más cuidada en lo superficial, al tiempo que cada vez oculta menos a la persona que hay detrás, que quedaba perfectamente parapetada tras un “magnolia_77”.

El potencial que supone que todos estemos deseando “compartir” nuestra historia con “los demás” (¿quiénes, quiénes?) es el que ha producido que los algoritmos se hayan hecho cada vez más complejos, y que ya ninguno tengamos claro de cómo funcionan estas redes o las búsquedas de Google, por qué nos muestran esto y no aquello, y qué hacer para seguir en la inocencia de reírse un poco de cuatro chistes de El Mundo Today.

Si antes el “enemigo” era Bill Gates, con su imitación barata de Apple, ahora el enemigo es Mark Zuckelberg, que empezó siendo un “chico majo” que recogía los perfiles de sus compañeros de la universidad en un programa informático.


No. Ya no quiero que Mark Zuckelberg himself ni cualquier otro de su macro-multinacional posean mis imágenes. Por más que me haga feliz recibir “Me gustas” y comentarios sobre ellas, lo cierto es que pertenecen al ámbito privado.

Ya no quiero que Facebook me recuerde que sabe cuál es mi ubicación, que tiene guardaditas todas las imágenes que he compartido para enseñármelas de cuando en cuando como un ex novio despechado, o que tiene todas mis historias y lamentos. El sitio de mis historias y lamentos (públicos) es este.

Ya no quiero que Facebook conozca mi estado civil, quiénes son mis “amigos” y a quién dejo de “ajuntar”.

La diversión se terminó además, porque resulta que con sus nuevos algoritmos ya no me muestra El Mundo Today a menos que lo fuerce para que aparezca siempre primero. En su lugar, me salen mis familiares, a quienes tengo la suerte de poder ver en persona o llamar por teléfono.

Procedimiento

He repasado mi lista de esos 160 contactos para escribir a aquellos con los que no podría contactar si no fuera a través de Facebook y con quienes tengo la cercanía suficiente. ¿Sabes cuántos? En mi caso, dos. El amigo de Japón, a quien nunca he visto, y una amiga de una de las islas.

Después, es fácil: solicitas eliminar la cuenta, la ponen en cuarentena 15 días y después eres “libre”.


Por el momento, no quiero pensar que WhatsApp pertenece a Facebook. Eso, si no te parece mal, lo dejo para el día en que piense en los tentáculos oscuros del resto de redes sociales y del propio Google… Ya me dices cómo vives tú esta y otras redes sociales, y si te apetece, añade algún comentario.

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La tele se mira a sí misma

Chance se maravilló de que la televisión pudiese representarse a sí misma; las cámaras se observaban a sí mismas y, al mirarse, televisaban el programa. Este autorretrato era transmitido a las pantallas de televisión colocadas frente al escenario y que el público del estudio observaba. De las incontables cosas que existían en el mundo –árboles, césped, flores, teléfonos, radios, ascensores– solo la televisión sostenía constantemente un espejo frente a su rostro, ni sólido ni fluido.

Portada de la película Being There
Imagen de http://canitbeallsosimple.com/2015/04/19/bienvenido-mr-chance-peter-sellers-y-la-grandeza-de-ser-pequeno/

Desde el jardín o Bienvenido Mr. Chance (Being There, por Jerzy Kosinski) es una obra muy curiosa: nos presenta a un personaje llamado Chance que ha vivido toda su vida cuidando de un jardín. Al parecer, no conoce nada más. Sin embargo, Chance será capaz de abrirse paso en la alta sociedad y entrará en política, gracias a una serie de circunstancias que solemos llamar estar en el lugar adecuado en el momento adecuado (“being there”…).

Ayer estuve en la grabación de un programa de televisión y vinieron a mi mente esas reflexiones de Chance (en un falso narrador en tercera persona).

La tele se observa a sí misma, se mira al espejo.

Como público me vi “jaleada”, más que animada, a mostrar un nivel muy alto de entusiasmo. He estado en la grabación de 4 programas en 4 cadenas distintas, a lo largo de muchos años. Cuanto más actual la grabación, más ha habido una “preparación previa” para que el público se muestre rendido ante lo que va a suceder después, te guste o no. Al acordarme de Chance, pensé que este personaje muestra una total independencia de sus interlocutores; el público no puede comportarse como Chance.

Por cierto, si te apetece ver la película en lugar de leer el libro, se llama igual, Bienvenido Mr. Chance, y está protagonizada por Peter Sellers. El hecho de haber visto la película antes, hizo que me fuese imposible poner a Chance otra cara; quizá me lo habría imaginado mucho más atractivo a juzgar por lo que describe el libro. Por lo demás, Sellers hace un Chance inolvidable.

Volviendo a la tele: Chance se comporta en ella y en todas partes como un adulto totalmente independiente, aunque no se trata realmente de esto. Quiero decir que Chance no es influenciable ni manipulable porque no entiende las intenciones de sus interlocutores. Cuando a Chance le preguntan si ha leído tal o cual artículo, dice claramente que no, luego admite con tranquilidad que no lee periódicos. Esta independencia total de las intenciones de las preguntas le hace ganar puntos ante personajes tan importantes como el mismo presidente de los Estados Unidos.

Si la sinceridad y la respuesta directa no a la intención sino a la pregunta o afirmación que oímos provocan admiración en el resto, ¿por qué la tele nos jalea para que mostremos otra cara? La tele, como espectadores, nos necesita niños. Los niños se ríen, aplauden, celebran, saltan, se ponen de pie… La “única” gran diferencia es que además, la tele pretende que toda esta “actuación” sea “espontánea”. Recordemos que no se puede obligar a nadie a ser espontáneo, es una contradicción.

Termino como empiezo. La tele se observa, se mira en múltiples espejos repetidos para comprobar cómo está quedando. La tele ha de ser mentira para parecer verdad, y todo lo que salga por ella ha de estar perfectamente orquestado (incluso las aparentemente espontáneas reacciones de los concursantes). Y esto no es más que un juego que llega a ser muy divertido… siempre que no tengas la sensación de que te “jalean” para que muestres “entusiasmo”.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Has estado en algún programa de televisión? ¿Qué te parece en general el tipo de diversión que ofrece?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

 

El humor en el e-learning: un tema serio

Hoy reflexionamos sobre el humor en la formación. Yo estuve 10 años en formación presencial y llevo más de 6 en e-learning. En este paso de lo presencial a la mediación de la tecnología, observo que el humor se ha quedado en el camino, al menos en lo que respecta a la educación para adultos, que es la que conozco. El problema es tener que desarrollar la formación para el mínimo común denominador de la audiencia objetivo.

¿Qué temas se prestan a ser tratados con humor?

Como mencionaba en este artículo, sugieres a cualquiera involucrado en un proyecto utilizar el humor y responderá: “no, para tratar el tema X no debemos usar humor”. Y lo malo es que X se puede sustituir por cualquier temática: prevención de riesgos, contabilidad, liderazgo, matemáticas… Todo debe ser serio para ser tomado en serio. En la práctica, la formación se convierte en algo tedioso y soporífero. Cuando estás en el aula puedes paliar la seriedad de la documentación con ejemplos y anécdotas. Cuando provees de formación a través de un sistema informático, se acabaron los ejemplos y las anécdotas.

Uno de mis ejemplos preferidos es el vídeo de Klaus y las carretillas:

Es un vídeo sobre PRL para operarios de carretilla difícil de olvidar, incluidos los riesgos que representa y su representación más que gráfica, gore, de lo que puede pasar si no se cumplen las normas. Y pensábamos que los alemanes eran más serios que nosotros…

En otro ejemplo se explican con humor las consecuencias de romper una normativa, algo mucho más entretenido y que se recuerda mejor que el habitual listado de Debes/Tienes que.

En cualquier caso, cada vez más colectivos se ofenden y se sienten agraviados cuando se tratan según qué temas con humor. Esto es algo que señaló hace poco John Cleese, de los Monty Python, en una entrevista: “no podemos hacer humor y ser políticamente correctos a la vez”. Algunas de las perlas que John Cleese dijo en esta entrevista: “la idea de que se te debe proteger de cualquier tipo de emoción incómoda es lo que de ninguna manera suscribo”, “toda la esencia del humor, de la comedia (…) es que toda comedia es crítica”. Sin embargo, distintos colectivos pueden tener sentido del humor y comunicarnos sus necesidades de una manera muy efectiva, como podemos ver en este vídeo genial:

Como mencionaba en el artículo sobre Miguel vigil, el propio John Cleese fundó la empresa VideoArts para crear formación basada en vídeos con humor. Es antológico su vídeo “Bloody meetings” (Malditas reuniones) para explicar, de una forma muy cómica, lo que no debe hacerse en una reunión:

 

¿Cuándo decantarnos por el humor?

La mayoría de los intervinientes en esta discusión de la comunidad de Articulate, comentaban que la audiencia a la que va dirigido el curso puede determinar el uso del humor, y que puede ser más necesario cuanto más nos acercamos a un público de millennials.

En este otro foro se plantea si existe una necesidad de “entretener” a los alumnos como técnica para ayudar a aprender.

Al final, es el proyecto el que determina si se puede utilizar el humor. Hay que tratarlo abierta y directamente con quien encarga el curso (el cliente) y estudiar si un barniz de humor, o un humor abierto, aplican para la audiencia objetivo y la temática a tratar.

Un apunte final del gran diseñador instruccional Bruce Graham. Tenía que preparar una formación de normas de actuación y la sugerencia de Bruce fue crear un curso de “antinormas”:

“Bienvenidos amigos, hoy vamos a mostraros cómo envenenar a tu personal, reducir la productividad un 32% al año Y conseguir para ti una multa de entre 4 y 6 millones de dólares… ¡TODO en solo 20 minutos!”

 

“Welcome folks, and today we’re going to show you how to poison your staff, reduce productivity by 32% per year, AND get yourself a fine of between $4m and $6m….ALL in 20 minutes!”

 

It does not have to be deadly dull…

Un artículo excelente sobre cómo insertar el humor en nuestros cursos, sin perder ni la objetividad ni el estilo corporativo.

Onlinelearn - Thoughts on Course Design

I am having a lot of fun creating eLearning at the moment…yes…fun.

Just because eLearning is deadly serious that does not mean that it has to be deadly dull.

I’m developing a course on corporate Fraud – it has loads of little animations built to represent cheating partners and annoyed stationery-stealing staff, built using PowToon and Sparkol Videoscribe.

 

You see – “animation” does not necessarily mean “funny”, or “disrespectful”.

All it means is that – animated.

Google “define animated” and the first entry is:

full of life or excitement; lively

Isn’t that what we are all trying to do in (most) eLearning? 

I am developing one course on the Hospitality Industry. I just use PowToon to bring in 3 images of what different grades of hotel look like, but because they come in with a “Pop” effect, (like a PowerPoint “Grow” but with a pronounced bounce), on a brightly coloured…

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