Puntos de vista sobre una realidad

Los posts de este blog procuran ser atemporales, pero de vez en cuando la actualidad te pide mucha atención. Me es imposible no tener en mente el coronavirus. La OMS ha elevado el riesgo a «muy alto» y los nuevos casos están cada vez más cerca de nosotros/as. ¿Cómo nos tomamos esto?

Pienso que lo fundamental es seguir los consejos de las autoridades y personal sanitario, por supuesto, son los conocedores más cercanos del tema.

Por otro lado, observo que se tiende a adoptar uno de los siguientes puntos de vista:

La desinformación y los fenómenos de masas

Mi forma de verlo hasta hace poco estaba alineada con una historia de histeria colectiva que cuenta Paul Watzlawick (uno de los habituales de este blog) en ¿Es real la realidad?, hablando de la desinformación.

En los años 50, en Seattle, se empezó a observar que los parabrisas de los coches estaban llenos de minúsculas hendiduras con forma de cráter. El asunto llegó hasta el presidente Eisenhower, que envió un grupo de expertos para aclarar el misterio. Entre los habitantes de la ciudad se habían creado dos posibles explicaciones:

  1. Las explosiones atómicas rusas habían contaminado la atmósfera y la lluvia radiactiva dañaba los cristales de los parabrisas.
  2. Los largos tramos de autopistas asfaltadas habían generado numerosas partículas ácidas que afectaban a los cristales.

Fotografía de un parabrisas de un coche antiguo

La explicación resultó ser mucho más aburrida que las teorías que habían creado los lugareños: todos los parabrisas tienen (o tenían en esa época) esos minúsculos cráteres, que son causados por el desgaste normal. Con una explicación tan poco llamativa, es fácil que se perpetúe el estado de desinformación, apoyado por los medios de comunicación (y hoy en día, por las redes sociales).

En realidad, lo que había aumentado de forma exponencial no eran los parabrisas dañados, sino el número de personas observando su parabrisas desde un ángulo distinto: desde fuera. Un cambio de percepción permite ver aspectos de la realidad que no habíamos tenido en cuenta.

Cuando ves cortar las barbas del vecino

Sin embargo, como bien sabéis, en este blog tenemos veneración por lo que pueda decir Nassim Nicholas Taleb, pues es un gran experto en estadística y desmonta de forma brillante cualquier falacia que se base en una mala interpretación de los datos.

He comprobado lo que dice Taleb sobre el coronavirus. Y lo que he encontrado no me ha dejado indiferente. Este es su tuit:

Cómo reaccionar a una pandemia

Publicación de Taleb sobre el coronavirus

Lo que cuenta este experto en un estudio realizado entre varios académicos, es que:

Fundamentalmente, los eventos de contagio viral dependen de la interacción de los agentes en el espacio físico y, con la incertidumbre prospectiva que necesariamente conllevan los nuevos brotes, reducir la conectividad temporalmente para disminuir los flujos de individuos potencialmente contagiosos es el único enfoque robusto contra las estimaciones erróneas en las propiedades de un virus u otro patógeno.

Su informe nos dice que:

  • Se subestima el ratio de reproducción del virus.
  • Se subestima la tasa de mortalidad.
  • La mejora de los transportes hace mucho más fácil que los virus se extiendan.
  • La existencia de portadores asintomáticos hace que medidas como tomar la temperatura sean insuficientes.
  • Si se asume que no puede hacerse nada, no se tomarán las medidas extraordinarias necesarias.

Por todo lo anterior, concluye que:

Un enfoque a escala individual, como el aislamiento, el seguimiento de contactos y el monitoreo, se ve rápidamente (computacionalmente) aplastado ante la infección en masa y, por lo tanto, no se puede confiar en él para detener una pandemia. Son esenciales los enfoques multi-escala, incluyendo cortar de forma drástica las redes de contacto usando fronteras colectivas y cambios en el comportamiento social.

Entonces, ¿qué posición tomamos?

Ambos puntos de vista son igualmente interesantes porque nos aportan perspectivas que podemos tener en cuenta.

Por un lado, la paranoia nunca es conveniente, pues lleva a soluciones ineficaces, como agotar las mascarillas en las farmacias, desinfectar productos que proceden de China, evitar negocios y personas chinas o acudir en masa a urgencias de los hospitales.

Por otro lado, parece que las medidas han de ser rigurosas para evitar una expansión como la que realmente se está dando. Es probable que sea mucho más barato tomar las medidas que propone Taleb ahora que continuar observando cómo se cancelan eventos, baja la bolsa o se recortan las previsiones de crecimiento del PIB.

Ver un fenómeno como este desde puntos de vista diferentes aporta una visión equilibrada de la realidad, menos apasionada, por tanto más imparcial, que permite comprender posiciones opuestas.

Y en todo caso, de nuevo, hagamos caso a los expertos sanitarios que están en primera línea en este asunto.

El capital pesado y el capital liviano

¿Qué implicaciones tiene crecer en un mundo de apps?

Un mundo hardware

Yo crecí en un «mundo hardware».

Una ferretería americana puede tener un cartel que reza: «Hardware». Porque eso es lo que significa esta palabra, la ferretería, las herramientas, las cerraduras, los cacharros, la cubertería… Lo que en este post hago ampliable a lo que es de metal.

Hace unos días necesité escribir y echar una carta (de verdad, de papel) al buzón de Correos. Me di cuenta de que en mi mente no había ningún buzón de correos en las calles que suelo frecuentar. Empecé a dudar incluso de su existencia en el mundo actual: quizá ahora las cartas se envían directamente desde las oficinas de Correos y han desaparecido los buzones, al igual que la mayoría de cabinas telefónicas.

Era un fenómeno contrario al que se dice que sucedió cuando las naves de Colón no eran percibidas por los nativos indianos, al no coincidir con nada que hubieran visto antes. Según esta página, pensaron que eran casas. Pues mi vivencia era haber dejado de ver buzones por haber dejado de necesitarlos.

Mi aprendizaje ocurrió en un mundo lleno de «hardware», tanto en el exterior, la cabina, el buzón, los bancos de sentarse (están en extinción en las plazas modernas), como en el interior, el teléfono fijo, la cámara de fotos y su carrete, el vídeo VHS o el Betamax, la máquina de coser o incluso los libros…

Hay otro fenómeno igualmente curioso: en mi mente existen aún cabinas telefónicas «fantasma». Paso por una calle y veo la cabina desde la que llamaba a mi amiga del instituto, solo que la cabina ya no está y no hay rastro de que hubiera estado jamás. ¿Dónde está? ¿Acaso ha corrido el mismo destino que la cabina que albergó a José Luis López Vázquez?

Cartel de la película La cabina, de Antonio Mercero

Mi aventura con el envío de la carta continuó con la siguiente duda: ¿se seguían vendiendo sellos en los estancos? Y, de ser así, ¿dónde hay un estanco? Igualmente, el estanco era un lugar que frecuentaba cuando adquiría el abono transportes y también los sellos, esos que ahora no tenía ni idea de cuánto podrían costar.

Un mundo software

Los llamados nativos digitales son eso, personas nacidas entre el «software», en un mundo que realmente es plano (texto + imagen), que no pesa aunque ocupe y que, como ya nos contaba Zygmunt Bauman, es líquido, en lugar de un mundo en el que el capital es sólido, tangible y muy denso, pesado.

¿Reconoce un niño de primaria el buzón como objeto? ¿Sabe lo que es una cabina telefónica? ¿Le serviría de algo? Es posible que no lo sepa, pero señale con rapidez cómo buscar un vídeo en YouTube o qué aplicaciones usar para jugar gratis.

Al pensar en un mundo liviano, de cristal líquido, me viene a la cabeza una distopía futurista que vi hace años, es un corto de Eran May-raz y Daniel Lazo:

Como vemos en este corto, la realidad aumentada y las aplicaciones que el protagonista ve con sus lentillas completan el mundo real y lo gamifican (añaden elementos de juego).

Me da la sensación de que la vivencia de un «mundo software» oscurece la realidad tangible, haciéndola más apagada y gris. Puede que esta sea la razón por la que el cine es cada vez más mortecino en sus imágenes, algunas películas son casi en blanco y negro. Los que crecimos en el «mundo hardware» lo hicimos viendo películas de colores vivos, emociones alegres y amor, sexo. Hasta las películas que no tenían como fin hacer reír (las de aventuras, acción, ciencia ficción) tenían en general una buena dosis de humor y otra de romanticismo.

El humor y el amor han desaparecido del cine.

Este cambio en la forma de ver el entorno tal vez se deba a la sensación de que el mundo está oscuro frente a lo luminoso de las pantallas de nuestros dispositivos, o a que simplemente no prestemos atención a lo que nos rodea y por eso lo veamos como apagado, o que lo que nos rodea no sea fuente alguna de satisfacción sino de sufrimiento (cambio climático, crisis económica y política, precariedad, distancia entre ricos y pobres…) y volvamos la vista a las divertidas, superficiales y vacías apps y redes sociales.

Quizá cabe una reflexión: ¿qué fue antes, el oscurecimiento del mundo tangible o la aparición del mundo intangible?

Esas actividades para las que el hardware seguirá siendo hardware

A pesar de la cantidad de distopías que se filman, tipo Black Mirror, en las que parece que vivimos ya inmersos en ese mundo líquido, en ese espejo negro, hay una serie de actividades para las que parece necesario seguir contando con el capital pesado… y con la ferretería. Se me ocurren:

  • Cocinar. La olla, la cacerola, los cacharros en general. Ninguna app puede hacernos prescindir de ellos. El microondas es igualmente aparatoso.
  • Fabricar. Cualquier objeto que necesite un proceso de fabricación necesita o se convierte en hardware.
  • Dormir. Sin colchón, sillón, sofá, jergón… no somos nadie. A ver quién duerme en el mundo líquido.
  • Amueblar. Tanto espacios de consumo como bares, restaurantes, hoteles, etc. como la propia casa. Por muchas Alexas que tengamos distribuidas, nos harán falta unos muebles para sentirnos a gusto.
  • Viajar. A pesar de los avances en inteligencia artificial y otras tecnologías similares, lo cierto es que no se han inventado los viajes que vendía Rekal, Incorporated en el relato que dio lugar a Desafío total. Así, hay que viajar de verdad en objetos complejos y pesados: coches, autobuses, trenes, barcos, aviones…

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

El apego a las costumbres

Los grandes gurús suelen decir que el apego es malo, por ejemplo, dicen:

El apego corrompe.

El apego es el origen del sufrimiento.

Y yo me pregunto: si no hay apego, ¿seguimos siendo humanos? ¿Cómo reacciona una persona sin apego cuando pierde a un ser querido?

¿Apego a las costumbres?

 

Una pareja pasea a su perro por el campo

Pienso que una buena parte del apego no está dirigido a los seres queridos sino a las costumbres, rituales o rutinas relacionados con ellos.

De esta manera, es fácil comprender por qué una persona puede echar más de menos a su perro que a un familiar, ya que sus costumbres, rituales o rutinas están asociados a su mascota con una frecuencia diaria y de forma intensa: se levanta pronto porque tiene que sacar al perro, cuando vuelve a su casa es el primero que le recibe y el que más alegremente lo hace, está pendiente de la hora que es para sacar de nuevo a su perro por la tarde o por la noche… Algunos rituales son muy sutiles (y frecuentes), como dirigir la mirada al cacharro del agua a ver si hay que rellenarlo o recorrer con la mirada el salón a ver dónde está durmiendo el animal.

Hay entonces dos factores en el apego a las costumbres: la frecuencia y la intensidad.

Una pareja que los primeros meses tiene muchas relaciones sexuales luego puede observar que la intensidad va disminuyendo y con ella la frecuencia, con lo que el ritual se desdibuja, el hábito se pierde.

Incomodarse para explorar el mundo

Cualquier costumbre, aunque no esté relacionada con nuestros seres queridos, nos produce el mismo apego y por tanto la misma incomodidad cuando nos vemos obligados a abandonarla. Por ejemplo, cuando se viaja, cuanto más apegado se esté a las rutinas diarias, peor se pasará estando fuera de casa, incluso sin salir del país.

Sin embargo, nuestra facilidad para estar cómodos en la incomodidad es asombrosa: simplemente se trata de repetir una conducta durante unos segundos. En seguida nos acomodamos a esa conducta, por molesta que pareciese en un principio. Con el tiempo, automatizamos rutinas que hacen más fácil la vida.

Incomodarse renueva y refresca las vivencias. Si retomamos la pareja que los primeros meses hacía el amor apasionadamente, veremos cómo pronto establecen una serie de rutinas muy cómodas y agradables. Estas mismas rutinas, poco a poco, sustituyen la creatividad de improvisar a cada momento, se va perdiendo «la chispa», lo que era agradable se convierte en la primera objeción que se les viene a la mente cuando piensan en el otro. En seguida afirmamos:

Es que siempre (hace/dice) esto o lo otro…

…mientras que la otra persona está pensando exactamente lo mismo de nosotros/as. Nos convertimos en personas muy aburridas cuando nos apegamos a la rutina.

A mi perro le gusta la rutina

Es una afirmación que puede hacer cualquiera que tenga mascotas: su perro o su gato hacen siempre lo mismo, a las mismas horas. Los rituales se repiten, el perro oye «¡Vamos a calle!» y salta y hace las mismas manifestaciones de alegría cada vez.

Así que nos podemos sentir tranquilos: otros mamíferos también repiten sus conductas. En el caso de estos animales, no parece que les aburra o les irrite, al revés, parece que les gusta. Viven por rutinas, de manera robótica, y parecen felices con ello.

Debe de ser que no somos perros después de todo… A la pareja que se conoció en el primer bloque, le diremos que procure seguir incomodándose, sorprendiéndose mutuamente, explorando cosas nuevas, variando las costumbres que son tan agradables, recomenzando cada día como si hubiera que conquistar a esa persona de nuevo.

Y al dueño del perro/gato le digo que disfrute de las costumbres asociadas a su mascota mientras explora el mundo en otros momentos, en esos momentos especiales que nos distinguen un poco del resto de animales.

Mis queridos marcianos

Este puede ser el primero de una serie de posts o quedarse en un único post sobre aquellas personas que, en algún momento social, nos sentimos como marcianos y nos cuesta adecuarnos a lo que está pasando.

Como no sé si esto continuará, voy a hacer un resumen de lo que tengo en mente cuando hablo de mis queridos marcianos.

Retrato fotográfico de Nikola Tesla, uno de mis marcianos queridos

Marcianos famosos

El origen de esta idea fue observar que hay marcianos que, a pesar de su extraña personalidad, llegaron a hacerse famosos. Se han hecho varias películas que tienen un protagonista marciano, porque son seres muy peculiares, con cierto magnetismo pero ningún carisma. Algunos ejemplos:

La característica común es que estas personas tienen muchas dificultades de relación, son diferentes y tienen una forma de ver el mundo muy particular. Esto les puede llevar tanto a grandes descubrimientos como al aislamiento, pero siempre experimentan la incomprensión y una cierta desconfianza por parte de los demás.

Marcianos en Twitter

Llevo un tiempo valorando dejar otra de las redes sociales habituales, Twitter. Se debe a lo siguiente: yo sigo alrededor de 300 cuentas, sin embargo, Twitter me presenta contenidos de unas 10.

A mí me gustaría leer a los otros 290 individuos que también tienen algo que decir. No es que los otros 290 no publiquen nada, es que Twitter no me lo muestra. Si sigo bajando la pantalla buscando otros tuits, sigo encontrando tuits de las mismas personas, esos 10, y escasamente algún tuit de otro que no esté en esa lista misteriosa que Twitter ha considerado «de mis amigos».

Pues bien, los «amiguitos» que me ha buscado Twitter son muy interesantes; sin duda, muchos de ellos son también marcianos. Y me pregunto:

¿Se ha dado cuenta Twitter de que yo soy marciana también? ¿Quién diseñó esos algoritmos, otros marcianos?

Marcianos por test de personalidad

Hace un tiempo descubrí un test de personalidad que clasificaba a las personas en 16 personalidades. Yo resulté ser una de las menos frecuentes, la INFJ. Luego encontré que había personas y grupos que dedicaban bastante tiempo a explicar por qué la vida de un INFJ es tan especial, qué dificultades tenemos, cómo comprendernos, etc.

Es parecido al test de personalidad altamente sensible (PAS), otro grupo de marcianos interesantes. O también a las clasificaciones como el test VAKO de la PNL o el eneagrama cuando no se encaja claramente en ninguno de los tipos.

En definitiva, existen varias herramientas que te pueden ayudar a «certificar» y constatar que eres un marciano. Una vez lo has descubierto (si es que no lo sabías ya), puedes relajarte y decir:

Me permito ser como soy, paso ya de intentar parecer «normal» cuando en realidad es aburrido y, por definición, mediocre.

Por otro lado, no por ser marciano eres «más especial» que otro que no lo es. Algunos marcianos de los mencionados dedican mucho tiempo a una forma de razonamiento que no es beneficiosa, del tipo:

Como yo soy especial, el resto del mundo debe conocer mi diferencia y, de algún modo, ponerla en un pedestal. Soy una persona única.

En realidad, pienso que es mejor quitarse importancia, no aferrarse a los rasgos de personalidad atípicos para blandirlos contra otras personas que no los tienen o para justificar quién se es y dónde se está. No somos tan importantes… Tan solo un poco marcianos/as.

Marcianos en un entorno que en otro no lo son

Es posible que tus cualidades marcianas se revelen más en un entorno que en otro.

Por ejemplo, en mi segundo trabajo estuve en un departamento de proceso de datos. Frente a una pantalla en negro con letras blancas en la que preparas unos programas para explotar datos, lo cierto es que no se te nota si eres marciano o eres normal, o incluso si eres extraordinariamente extrovertido y divertido. A los pocos minutos, cada mañana, se te pone cara de acelga y no se puede remediar.

En cambio, desde que empecé a hacer teatro, me di cuenta de hasta qué punto mi marcianismo me hacía diferente a los que suelen hacer teatro. Varias veces los profesores nos han pedido «reacciones orgánicas» (lo que el resto llamamos naturales) a las situaciones, pero a mí me han parecido reacciones exageradas y totalmente alejadas de mi forma de ser.

Por ejemplo, no se me olvidará lo que ocurrió en una escena en un curso intensivo de improvisación:

Un compañero que se hacía pasar por botones del hotel entraba a mi habitación y me atracaba a punta de pistola. Mi reacción normal en una situación así es quedarme totalmente paralizada y, es más, hacer como si no me importara lo que está pasando. Pero no. Se esperaba que reaccionara de forma melodramática.

Yo me he visto en situaciones de peligro y sé que reacciono con parálisis e indiferencia. Y no de la forma dramática, exagerada y gritona (pero muy orgánica) que se esperaba.

¿Somos todos marcianos?

Finalmente diré que, en cuanto empiezas a rascar, cualquier persona del rango «normal» se puede convertir en un marciano en algún aspecto. Por tanto, creo que es importante admitir el marcianismo de cada uno/a y vivir con él no como si fuera una lacra que hay que ocultar, ni tampoco como si fuera un rasgo que hay que esgrimir con furia, sino aceptando cómo se es y siguiendo adelante.


¿Qué opinas? ¿Cuál es tu grado de marcianismo? ¿Te ha servido este post? Cuenta, cuenta. ¡Y gracias por leer! 🙂

Más sabe la diabla por vieja

He cumplido 45 años y lo celebro escribiendo aquí. Creo que, por más que muestre que ahora estoy cómoda con mi edad, nunca lograré recuperar el no haber celebrado cumplir 30 porque me parecían muchos…

Tarta de cumpleaños con velas encendidas sobre ella

Celebrar el cumple trabajando

Es habitual para mí desde hace unos años celebrar el cumpleaños trabajando en una situación especial o que demanda más de mí. No es algo que busque, es algo que surge. He celebrado el cumpleaños:

  • En un viaje de trabajo en Estocolmo. Allí se hace de noche a las 15.15 en un día como hoy, allí me enteré de que ellos celebran Santa Lucía como el día más corto del año. Para los suecos, el día más corto no es el 21 de diciembre, es el 13 o 14. Desde que supe aquello, observo que en realidad los días se empiezan a alargar a partir del 14, no del 21.
  • En una fiesta de empresa en La Coruña. Es muy habitual que mi cumpleaños coincida con la fiesta de empresa. Ha ocurrido en varias ocasiones, y una de ellas fue en La Coruña, donde está la empresa para la que trabajaba en ese momento.
  • Dando clase. También es frecuente que el curso que imparto coincida con mi cumpleaños. Es como lo celebré ayer, impartiendo un curso muy especial de finanzas para no financieros, basado en juegos y sin hacer ningún cálculo, transmitiendo conceptos sencillos y claros. Llevé bombones a mis alumnos, al fin y al cabo eran las personas con las que iba a pasar la mayoría del día.

Conozco personas que no trabajan el día de su cumpleaños, o que quisieran hacerlo. Para mí, en estas fechas en que suele hacer bastante frío y se hace de noche pronto, casi es más especial celebrarlo como os he descrito que teniendo un día cotidiano.

Felicitaciones y redes sociales

Luego están las felicitaciones. Prueba a quitar la fecha de tu cumpleaños de Facebook a ver quién la tiene realmente presente. Yo directamente ya no uso Facebook hace un tiempo, por lo que esta fuente de información ya no estaba disponible para mis contactos.

Recibí muchas felicitaciones por Linkedin, de dos tipos: las personas que me conocen y las que no me conocen. ¿Por qué felicitarías a una persona a la que realmente no conoces? 

Volviendo a que sean las redes sociales las que te digan quién cumple años, pienso que se parece a que los dispositivos te digan si te encuentras bien o no. Cierto poder sobre la propia vida se pierde al delegar en los sistemas inteligentes. En lugar de decidir qué fechas quieres recordar (y utilizar la memoria o un calendario), la red social lo hace por ti, pero entonces te recuerda todas, las que quieres recordar y las que no.

Es como cuando Google fotos, como idiot savant con buenas intenciones, te recuerda un día de hace unos años que tú no quieres revivir ni por asomo. En ese momento te dices que vas a borrar todas las fotos de esta aplicación, y luego se te olvida…

Virtual frente a real

Ayer, además de celebrar mi cumple con mis alumnos, asistí a clase de teatro. En teatro hay contacto humano real, las personas se miran a los ojos, entran en contacto físico, se abrazan, se dan la mano, se acercan unas a otras… ¿Suena demasiado íntimo? Es probable: lo es. Es íntimo frente a lo virtual, basado en caricias que están tan alejadas del cuerpo que prácticamente no dan calor.

Más cómodo y casi igual de cercano: ayer recibí un mensaje de voz que me cantaba el cumpleaños feliz. Esto me hizo mucha ilusión, me llegó el calor de esta canción. Usando el mismo medio, el teléfono inteligente, se hizo un uso «analógico» del aparato al grabar la propia voz. Una lástima que no pude escucharlo cuando se produjo la llamada: estaba, como os decía, dando clase a mis alumnos.

Nos están preparando para una vida peor

¿Quiénes son los que nos están preparando para una vida peor? Quizá nadie en particular y todos en general(*)… Lo que sí me parece es que se va normalizando esperar una progresión hacia abajo en vez de hacia arriba, en la que las generaciones siguientes van a vivir peor que las anteriores, pese a los avances tecnológicos.

De nada sirve que un milenial mantenga «conversaciones» con una inteligencia artificial como Alexa, que le lee los emails y le organiza la agenda (ejemplo tomado del curso Futures Thinking), cuando ese milenial no tiene trabajo y, si lo encuentra, está pagado a la mitad de lo que lo estaba hace diez años.

El otro día vino un pintor a rematar una pequeña obra que afectó al techo. Y estuvimos hablando. Vicente, de 64 años, se había dado perfecta cuenta de muchas cosas en su trayectoria de vida:

  • Antes, en una obra, se trabajaba por una cantidad decente de dinero. No se trabajaba por menos, ni se trabajaba los festivos. Los trabajadores hablaban entre ellos y enseguida hacían piña para defender sus derechos.
  • Antes, en una obra, había personal, y siempre pasaban por ella el jefe de obra, el ingeniero, el arquitecto. Ahora no se ve a casi nadie, hay cuatro, son normalmente de otro país (sin que esto signifique nada negativo, simplemente, no reclaman los derechos que habían ganado los otros).
  • Antes, cuando pasaban el ingeniero y el arquitecto revisaban la obra, señalaban lo que estaba mal, lo hacían repetir si era necesario. Ahora, según relataba Vicente, las obras nuevas se caen a pedazos y producen derramas casi inasumibles para los propietarios.

Plano de una obra para edificar una vivienda

Esto de las obras es extensible a lo que vengo observando en mi sector. Tengo 10 años menos que Vicente, el pintor, y aun así tengo clara percepción del empeoramiento de la calidad del trabajo y de lo que se paga por él.

Calidad significa tiempo y recursos

Ahora, en los proyectos se busca una calidad efectista, es decir, una apariencia de calidad y alto nivel, como la de las obras que mencionaba Vicente. No se busca una calidad fruto de dedicar tiempo y recursos a un proyecto. ¿Por qué? Porque se quiere ganar el dinero antes, supongo. Y se quiere ganar más.

¿Qué ocurre? «Que si pagamos por la calidad a los últimos de la cadena de producción, los de arriba ganamos menos», diría alguno que se atreviera a afirmar lo que está haciendo.

Según Nicholas Nassim Taleb, las empresas grandes están en quiebra, lo sepan o no. Se están autoengañando y engañando a la sociedad con ello.

Es razonable que gane más dinero quien puede planificar de forma estratégica,  organizar el trabajo y generar negocio como para pagarlo. Es razonable que su visión de negocio y sus contactos estén pagados. Lo que ocurre, sin embargo, es que arriba el dinero se cuenta por millones o por miles de millones. Esto es muy goloso y nubla la vista. «Amasemos dinero, luego ya se verá», parecen decir.

En el siguiente nivel están los trabajadores cualificados de la empresa y los mandos intermedios, los que meten los datos en un Excel y hacen un gráfico para presentarlo en la próxima reunión, incrustado en un PowerPoint. Por sus ojos pasan los millones, pero no los amasan, claro. Amasan los miles, quizá. Pero lo que más les llama la atención es observar que su trabajo se subcontrata mientras ellos marean el mismo Excel porque no tienen mucho que hacer. Se dicen:

«Un día peta todo esto y nos echan a la calle, cuando se den cuenta de que no aportamos nada.»

Pero la rueda sigue girando.

El subcontratista a su vez, al comprobar que puede amasar los miles, busca a una serie de autónomos que podrán amasar los cientos. El trabajo que una gran corporación vende a otra gran corporación lo realizan autónomos que reciben cientos de euros por ello. Estos lo hacen con la máxima calidad que pueden. ¿Es consciente la empresa cliente de que lo que recibe lo ha realizado una sola persona en su chamizo? ¿Es consciente de que los miles que está pagando se los podría estar ahorrando? Diría que no. Es más, diría que a ninguno de los que intervienen en el proceso le importa todo esto:

  • el autónomo consigue trabajar… (además, tod@s sabemos que un autónomo nunca enferma, somos el pilar de la economía),
  • el intermediario consigue trabajar con grandes empresas, «clientes estratégicos» con los que «pierde» pero puede seguir funcionando,
  • la gran empresa consigue que se haga lo que necesita, se financia con proveedores y además, resta de su cuenta de resultados el gasto en ese personal que marea hojas Excel y presentaciones en PowerPoint.

Aún hay más…

El pintor y yo también estuvimos hablando de las amenazas del cambio climático y de las decrecientes reservas de agua. Convenimos en un aspecto: nadie quiere rebajar su nivel de vida para «luchar» contra el cambio climático. Nadie va a cerrar su grifo, nadie va a bajar la temperatura de su termostato. Nadie va a dejar su coche aparcado para irse en transporte público. Este «nadie» puede ser «la mayoría» o puede ser:

Después de estar puteado trabajando por cientos cuando sé que el trabajo que hago vale miles, no voy a recortar mi calidad de vida más, ya tengo suficiente carga con pagar un alquiler casi inasumible y demás gastos para vivir…

Las teles ya nos van preparando para lo peor, nos van poco a poco concienciando de que «las consecuencias van a ser desastrosas» o lo están siendo ya.

Por tanto, si vuelvo a este curso de Coursera sobre pensamiento del futuro, en el que te invitan a imaginar un futuro a 10 años desde hoy, lo cierto es que los indicadores de cambio que ellos destacan (todos basados en la transformación digital) no me parecen tan llamativos como el hecho de asumir el empeoramiento de la calidad de vida, sin más.

Esta forma de asumirlo invita a tomarlo como cierto y a hacerlo real…

(*)Por cierto, Vicente sabía perfectamente quiénes son los que nos están preparando para una vida peor: somos nosotros. Cada uno de nosotros/as es quien toma la decisión de trabajar o no a ese precio, de aceptar o no que se implanten unas normas; cada uno es responsable.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Has observado un empeoramiento de la calidad de vida? ¿Crees que puede ir a peor?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Lo que no se ve

Ahora está de moda que los dispositivos te digan cómo estás: miden tus pasos, miden tus pulsaciones, te dicen que tienes que parar o que moverte… Incluso hay una serie de dispositivos ponibles (wearables) que se incorporan a nuestro cuerpo en forma de prendas, relojes, gafas, brazaletes, marcapasos…

De alguna manera miden lo que no se ve y nos lo comunican, a nosotr@s o al médico.

Imagen de un reloj inteligente en la muñeca de una persona: la tecnología ponible o wearable

Pero, ¿y si los wearables indicaran a los demás nuestras necesidades?

Viajando en metro (muchas cosas se me ocurren viajando en metro) se me ha ocurrido que debería existir una forma «justa» de determinar quién tiene más necesidad de sentarse en los asientos libres. He observado que, al margen de discapacidades o necesidades evidentes (embarazadas, personas muy mayores), los que se sientan son gente rápida y avezada que se lanza al asiento, con lo que podrían ser justo los que menos lo necesitan.

Me gustaría que existieran prendas ponibles que indicasen por ejemplo mediante una escala de colores quién necesita realmente sentarse en el metro, tren o bus y quién puede permanecer de pie.

El algoritmo podría tener en cuenta distintos factores.

Factores de tipo «logístico»

  • El número de paradas que le quedan a la persona.
  • Las horas que lleva esa persona de pie (por ejemplo, porque trabaja de pie o de noche).
  • Los minutos/horas que lleva una persona en los transportes hasta su destino.
  • El tipo de actividad que le espera o de la que procede.

Factores de tipo médico

  • El dolor que pueda estar sintiendo una persona.
  • La incontinencia.
  • La falta de equilibrio.
  • La tensión muy baja.
  • El cansancio extremo por dolencias como fatiga crónica, esclerosis múltiple o hipotiroidismo.

Y no digamos si se combinan factores de tipo logístico con factores de tipo médico.

Todos estos factores son invisibles, no se aprecian, la persona «los sufre en silencio» mientras observa cómo alguien joven, aparentemente sano, se da mucha prisa en sentarse en el asiento al que se dirigía torpemente.

Ingenier@s, esto es un llamamiento, hay que fabricar este dispositivo.

Pero…

Sí, es cierto, ¿cómo se miden el dolor, el cansancio?

Resulta que los médicos reconocen que el dolor o el cansancio son experiencias subjetivas, que es el individuo el que marca las intensidades y que, ante el mismo dolor, hay umbrales distintos, por lo que cada persona puede estar experimentando un grado muy distinto de incomodidad. ¿Podría un dispositivo detectar o deducir estos condicionantes?

Por otro lado, el dispositivo podría llevar incorporada toda esa información «de categoría especial» que no queremos que nadie sepa. A ver, que nadie quiere llevar un cartel que diga «soy un enfermo»; quien ya no lo puede ocultar no se siente bien con las miradas compasivas de los demás.

Por último, el dispositivo podría llevar cargada la información del viaje que va a realizar la persona según los billetes que ha adquirido, o bien el histórico de su ubicación en Google o información similar.


Mientras no se invente el dispositivo ponible que indique a los demás quién necesita más sentarse en un transporte, por favor, joven, san@ y sobradamente preparad@, mira a tu alrededor antes de correr a sentarte para seguir consultando tu móvil. Puede haber personas que lo necesiten mucho más que tú. Mucho más. Gracias.

Estar cómodos en la incomodidad

De esto ya he hablado, ¿verdad? Es una de esas ideas que se me quedan en la cabeza por tiempo, voy viendo ejemplos de cómo aplicarla, voy entendiendo su importancia.

Lo cierto es que, desde que Will Smith dijo esta expresión en el Hormiguero, algo que ya hemos citado en este blog, se me han ocurrido muchas situaciones donde merece la pena probar a estar cómodo/a en la incomodidad.

Haciendo frente a los miedos cotidianos

No hay nada más incómodo que enfrentarse «desamparado» a miedos cotidianos como:

  • No llevar suficiente abrigo y pasar frío.
  • Pasar calor y sudar.
  • Ir por la calle y tener la sensación de ser mirado de forma insistente y juzgadora.
  • No llevar paraguas y mojarse.
  • Que los zapatos aprieten.
  • Observar que nuestro whatsapp no ha sido leído.
  • Quedarse con el bañador mojado.
  • Observar que nuestro whatsap ha sido leído hace horas y no contestado.
  • Tener que seguir andando con una ampolla en un pie.
  • Esperar una llamada que no llega.
  • Estar en el atasco de cada mañana.

En todas estas situaciones y similares, lo que interesa es aprender a estar cómodo en esa incomodidad, esa pequeña ansiedad que estamos sintiendo porque algo no encaja con nuestra definición de la comodidad y el confort.

Una vez se logra esto, una vez se es capaz de afirmar: «Aunque me esté mojando porque no llevo paraguas y esto me molesta, soy capaz de seguir andando o de esperar a que escampe».

Quitar hierro al asunto

No se trata más que de quitar hierro al asunto, de dejar de dar importancia a pequeñas molestias que, si miramos fijamente, parece que las hacemos crecer, que poco a poco van siendo más grandes hasta convertirse en insoportables.

Lo contrario es dramatizar, crear una gran montaña del pequeño grano de arena que se nos metió en el zapato. Y luego contárselo a otras personas, señalando lo desgraciados que nos sentimos por tener esta piedrecita en el zapato. En ocasiones, movemos a la compasión. En la mayoría, el otro puede estar pensando:

«Yo también tengo una piedra en un zapato y otras cosas peores que se ve que no te puedo contar, porque no pareces capaz de soportarlas…»

De quitar hierro al asunto y prestar atención a otras cosas se va formando callo, y de esto trata la vida, quizá, de ir haciendo callo e ir siendo capaz de vivir en entornos incómodos; lo que se llama crecer.

¿A qué prestas atención?

Aquello a lo que prestas atención es lo que está en tu conciencia. No es sabiduría oriental ni esotérica, es sentido común y funcionamiento del cerebro: nuestra atención es bastante limitada, podemos atender a un número de estímulos y no más, y durante un cierto tiempo (minutos) y no más.

¿Cómo es posible que esta pequeña atención se la estén llevando esas situaciones que subjetivamente nos parecen incómodas?

Eduard Punset, en uno de sus programas, habló de cómo nos habituamos a una sensación hasta dejar de sentirla. Por ejemplo, nos ponemos unos calcetines que al principio presionan en la parte de la goma elástica que llevan arriba. Al poco rato, dejamos de sentir esta leve presión. Si en cambio nos dedicáramos a «mantener viva» la sensación de presión, estaríamos añadiendo ruido a cómo percibimos el mundo.


Por tanto, estar cómodos en la incomodidad supone dos cosas: hacer frente a las sensaciones «negativas» que tenemos y ponerlas en su lugar para poder prestar atención a lo que de verdad nos interesa que componga nuestra vida.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

 

Recuerda

Mujer tumbada sobre hojas secas en un parque recordando el pasado

¿Recuerdas haber estudiado un montón de información de diverso tipo cuando estabas en el colegio? ¿Recuerdas el detalle de alguna de esta información ahora? Se suele poner como ejemplo resolver raíces cuadradas: ¿quién puede recordar semejante cosa si no la utiliza?

Otro ejemplo son las fechas: ¿alguien recuerda las fecha de nacimiento y muerte de, digamos, Quevedo? Salvo fechas muy notorias como el descubrimiento de América, ¿qué fechas de las que estudiaste recuerdas ahora?

¿Recordar es bueno o es malo?

Recordar es bueno

En nuestra historia académica se nos ha premiado por recordar. Lamentablemente, no solo en el colegio: casi toda la formación de adultos basa sus evaluaciones en que el alumno haya memorizado partes del curso, más que en que sepa utilizar la información que recibe (porque en la mayoría de los casos no se le enseña a ello). En todo caso, recordar sería «bueno».

Además, se dice que quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. En este caso, recordar también es «bueno», no solo recordar lo que hemos vivido, sino también lo que ocurrió antes y nos han contado, a ser posible recordando también fechas, nombres y lugares, porque si no, esa información ya no tiene el mismo valor.

Antes todo esto era campo

Por otro lado, recordar calles o edificios que ya no existen, puentes que se han tirado, campos que se han convertido en bloques de pisos… Esto parece nostálgico y supuestamente no sirve para nada más que para anclarse en el pasado. Es un pasado que habría que meter en cajas de mudanza y llevar discretamente a la basura.

Además, no sabemos hasta qué punto reinventamos un recuerdo cada vez que lo traemos a la mente, de manera que podemos magnificar o minimizar objetos, emociones o acciones que no fueron así.

En estos casos, recordar es «malo».

Recordar haber tenido más derechos laborales, recordar que antes de la crisis de 2008 se ganaba lo mismo en términos absolutos que en 2019, recordar que de pequeños parecíamos tener talento y observar que no dio lugar al éxito… eso no es bueno, porque nos convierte en el ratón que se queda atrapado en una zona del laberinto donde antes obtenía queso y ya no.

Así, recordar también es «malo».

El recuerdo de normas, creencias y saberes

El «peor» recuerdo es el de normas, creencias y saberes que en la época actual están prohibidos, censurados o altamente criticados. Eso hay que borrarlo, tacharlo, eliminarlo y, a ser posible, reescribirlo.

No hay que tener una historia vital muy larga para recordar creencias y saberes demostrados científicamente hace unos años que ahora no se pueden mencionar sin alterar los ánimos. Muchas de estas creencias y saberes llevaban consigo una serie de publicaciones serias, cursos, carreras universitarias, negocios y puestos de trabajo.

Todo eso se tiene que ir a la basura y recordarlo es «lamentable».

Una oveja en primer plano y al fondo un rebaño

Es un poco como los Mandamientos que se inscriben en la pared en Rebelión en la granja. Al principio, siete mandamientos bienintencionados, claramente redactados.

Después, estos mandamientos se van transformando: mientras que las ovejas repiten las nuevas consignas borrando automáticamente de sus mentes las anteriores, el caballo (o yegua, no recuerdo) cree recordar que «ahí antes ponía otra cosa». Este es un recuerdo no solo lamentable, sino «peligroso».

El único mandamiento que queda al final en la obra de Orwell vuelve a traerme a la mente esta frase que digo yo mucho por aquí:

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Se ve que el olvido de creencias, saberes y normas anteriores es bienintencionado, que sirve para «avanzar». El avance en Rebelión en la granja es circular: se acaba en el mismo sitio del que se partió/huyó.

Lo que me ha dado el teatro

Poned sobre los campos
un carbonero, un sabio y un poeta.
Veréis cómo el poeta admira y calla,
el sabio mira y piensa…
Seguramente, el carbonero busca
las moras o las setas.
Llevadlos al teatro
y sólo el carbonero no bosteza.
Quien prefiere lo vivo a lo pintado
es el hombre que piensa, canta o sueña.
El carbonero tiene
llena de fantasías la cabeza

Machado. Proverbios y cantares. Campos de Castilla.

Puedes encontrar el poema aquí. ¡Gracias Juanje!

Ya hemos hablado en varias ocasiones del teatro en este blog y, probablemente, hablemos muchas más:

  • Hemos tocado la improvisación hablando de sus orígenes y de Jamming.
  • Hemos repasado su historia desde Mérida recordando las claves de Aristóteles: disfrutamos viendo imitar la vida y disfrutamos imitando la vida.
  • Hemos trabajado una obra concreta, La cantante calva, analizándola desde el punto de vista del análisis transaccional.
  • Incluso hemos apuntado ya algunas razones por las que vivir el teatro desde dentro, con motivo del día mundial del teatro.

Con el teatro se crece

Me gustaría describir con más detalle qué es lo que aporta el mundo del teatro, un mundo en el que nunca llegas a la meta porque siempre puedes ir más allá.

Un mundo en el que hay un trabajo previo que no es posible imaginar a partir de lo que ves en una representación en el escenario. Este trabajo incluye dinámicas con las que se juega, se ríe, se sale de la zona de confort, se entra en contacto físico con los compañeros, se viven emociones intensas…

El objetivo de todo este trabajo es doble: por un lado, dar salida a lo que se tiene dentro, de manera que puedes conocerte muy profundamente. Por otro, conectar con los compañeros a un nivel muy profundo de escucha y empatía.

Vamos a ver más detalles:

Dejar salir lo que llevas dentro

Trabajas en una oficina. Los rituales de relación están definidos, descritos y constreñidos a una serie de «pasos» de los que es mejor no salir. Luego ves a la familia extendida y política y tienes que seguir otra serie de rituales aparentemente más cercanos. Si tienes alguna necesidad de contacto real fuera de los rituales de relación, la tienes que reprimir.

El teatro, a través de dinámicas sobre todo corporales, permite desinhibir lo que antes se ha inhibido, silenciado, guardado tras una especie de cinturón de seguridad. Todo eso que se guarda en el cuerpo en forma de contracturas se libera para dejar salir al Niño libre (concepto del análisis transaccional).

El resultado es la autenticidad: por fin puedes ser tú mism@, explorar posturas y gestos que no tienen cabida en el serio mundo de «los adultos» (en realidad, del estado Padre que se representa en muchas oficinas).

Conectar, escuchar, empatizar

Una vez has conectado con tu esencia, puedes abrir la mirada y dirigirla a tus compañeros, conectando con ellos de una manera que solo es posible en relaciones de intimidad: familiares, de amistad, de pareja.

Esta conexión es la que permite una escucha profunda, que en los juegos permite continuar en el juego en un estado de atención, y en el escenario sirve para sacar a un compañero de un charco cuando ves que no recuerda el texto, por ejemplo.

Todo ello conlleva empatía, la capacidad de ponerse en la piel de los otros. Es el disfrute de la diferencia: cada persona es diferente y el teatro potencia las diferencias que tenemos y que solemos rechazar u ocultar para no dar la nota discordante, las que nos hacen un personaje único, las que nos ayudan a crear un personaje distinto o un payaso interior.

Trabajar distintas técnicas

El teatro es en sí un género literario y además comprende dentro de sí técnicas de todo tipo: se puede representar una misma obra en tono de humor, cabaret, bufón, musical, clown, dramático, absurdo…

Para cada género existe una serie de técnicas que ayudan a trabajarlo y crecer, siempre ampliando la zona de confort, siempre teniendo momentos en los que te dices:

¿Pero quién me mete a mí en este lío? ¿Pero qué hago yo aquí, qué necesidad tengo de pasarlo mal?

Porque fuera de la zona de confort siempre se pasa un poco mal: es lo que tiene crecer.

Y luego está la representación

Escenario de un teatro con las cortinas echadas

Después de todo el trabajo realizado, de conocerte mejor y comprender hasta qué punto sueles evitar intimar con la gente o simplemente escucharla y entenderla mejor, hay una representación que vuelve a tener dos partes: todo lo que ocurre dentro y todo lo que ocurre fuera.

Esa representación está viva: es única.

No se va a volver a ver una igual, aunque los mismos actores la repitan unas horas después o la semana siguiente. El espectador, en un nivel de activación mucho más bajo que el de los actores, no puede llegar a experimentar la vida que se destila de representar una obra.

Por dentro, entre bambalinas, los actores están nerviosos, repasan el texto, se cambian de ropa, se dan suerte, toman la postura de su personaje para meterse en él, pierden y recuperan objetos, entran sonriendo porque la escena ha salido bien…

La representación permite trabajar el hablar en público, pero es mucho más que eso: compañerismo, gestión consciente de las emociones, apertura, trabajo de la memoria mental, memoria espacial…


Todo esto lo estoy viviendo en una escuela muy especial, Arteluna teatro, donde he encontrado a grandes profesionales del teatro y de la enseñanza (que no tiene por qué ir parejo) y a un grupo de personas con las que podría ir al fin del mundo porque sé que nos apoyaríamos mutuamente y hasta el final.