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La cadena de bloques humanos

El otro día me encontré con un concepto muy interesante: la cadena de bloques (blockchain).  El profesor de Wharton Kevin Werbach ha escrito un libro sobre este tema, y a raíz de ahí encontré un artículo bastante bien explicado de Javier Pastor en Xataka.

En muy pocas palabras, la cadena de bloques es un sistema que permite el funcionamiento del dinero basado en una red de confianza, en lugar de depender de las gestiones bancarias.

La imagen muestra una red de dispositivos y elementos conectada con una nube de información

Cadena de bloques humanos

De una forma parecida, los humanos nos relacionamos en «cadenas de bloques» de manera que las acciones de uno influyen en los demás, a veces de formas insospechadas.

Es algo parecido a lo que observó Edward Lorenz con respecto al clima: tan solo un redondeo de decimales en los parámetros que se registran da lugar a predicciones completamente diferentes. Es lo que se llamó efecto mariposa.

Los ajustes en tu vida ajustan otras vidas

Igualmente, tan solo un «redondeo» de lo que hacemos en nuestro día a día, «redondea» el día a día de otras personas. 

Por ejemplo, imaginemos una pequeña empresa dedicada a la asesoría fiscal cuya empresaria está apuntada a una academia de inglés. La empresaria ha observado que su empresa tiene menos pedidos de lo habitual, lo que ha producido una disminución de los ingresos, pero los gastos son los mismos.

Entonces, la empresaria decide suspender su asistencia a la academia de inglés hasta que la situación mejore. La academia de inglés percibe que varios alumnos se están quitando en una época del año en la que suelen tener más actividad. Entonces decide no hacer la inversión que había previsto en sus instalaciones, que consistía en habilitar una sala para acoger más clases.

Así, la empresa que iba a realizar esta instalación observa que los clientes están cancelando los trabajos antes de empezar y decide recortar en personal. Y así, ad infinitum

Cadena humana de bloques

Sin embargo, los ajustes de tu vida pueden influir de forma positiva en la vida de otros, «redondeándola al alza». 

Vayamos más allá: ¿y si realizamos ajustes conscientemente para obtener beneficios y proporcionarlos? Algo que se llama «win-win«, o ganar-ganar en «juegos de suma no cero». En otras palabras: el que uno gane no implica que otro pierda, y puede implicar que otro también gane.

Por ejemplo, la primera empresaria propone a la academia de inglés que imparta una formación a sus empleados. A cambio, le proveerá de asesoría fiscal durante un periodo, a partir del cual tendría que contratar sus servicios. La academia siente confianza en la situación y acomete la habilitación de otra sala de formación. La empresa de instalación ve que tiene pedidos y decide contratar más personal… 

Un momento, ¿es esto la película Cadena de favores? ¿Es posible que todo se torne tan «de color de rosa»?

Bueno, no quiero dar un mensaje ingenuo. Sin embargo, al igual que ahora existe un formato de transacciones económicas sin bancos y que antes no creíamos posible, tal vez se pueda realizar otras operaciones económicas como trueques, colaboraciones, intercambios… que son tan antiguas como la actividad económica humana, y que pueden reconvertirse ayudadas de las nuevas tecnologías.

Para reflexionar

Aquí hay dos mensajes:

  • Uno sobre las expectativas, ya que estas empresas de nuestro ejemplo han tomado decisiones basándose en lo que es «lo habitual», «lo normal para el periodo», sin tener en cuenta los sucesos inesperados que cambian las predicciones, no solo por redondear decimales, sino porque hay variables que ni siquiera se tienen en cuenta.
  • Otro sobre la consciencia en la forma en que utilizamos el dinero, que es otra forma de relación humana que conlleva expansión o contracción más allá de nuestras manos.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Conoces el concepto de cadena de bloques y el ejemplo del BitCoin? ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

Normalizar la locura

Hace poco volví a ver Misery, y ahora estoy releyendo este best-seller de Stephen King. Si no conoces la historia (alguien habrá) te aviso de que esto es en parte un spoiler.

Libro Misery de Stephen King sobre una máquina de escribir "Royal", sin la letra N en su teclado.

Bien, estoy como a mitad del libro, cuando el escritor Paul Sheldon se ha adaptado a la vida con Annie Wilkes… Es decir, el escritor, que está preso y sin posibilidad de huida en casa de una paranoica, lo que parece ser que ahora se llama tener un «trastorno delirante«, se ha acostumbrado a vivir con ella. Y la pregunta es: ¿cuántas veces nos acostumbramos a vivir situaciones inadmisibles y nos hacemos a ellas? 

Esto es lo que describe la novela al respecto:

A las cinco, ella le servía una cena ligera y veían M*A*S*H y WKRP en Cincinnati. Cuando terminaban, Paul escribía. Luego, rodaba la silla lentamente hasta la cama. Podía ir más deprisa, pero era mejor que Annie no lo supiera. Ella le oía, entraba y le ayudaba a acostarse. Más medicina y puf, apagado como una luz. Al día siguiente, lo mismo. Y al otro igual. Y al otro.

Parece describir la cotidianidad de un matrimonio que lleva unos cuantos años de pacífica convivencia…

¿Cómo se mide si una situación es normal o no?

Por otro lado, ¿dónde está la franja de lo que deja de ser normal? Cualquiera que conozca la estadística, te dirá: «allá donde se sitúan los fenómenos raros en la campana de Gauss, es decir, a los lados». Y el que no la conozca, te dirá: lo que se aleja demasiado de lo que es «normal».

Esto, que está perfectamente estudiado, puede resultar sin embargo un poco subjetivo, delicado o sujeto a modas…

Si buscas la definición de «delirio«, lees:

En psicopatología se define delirio como una creencia que se vive con una profunda convicción a pesar de que la evidencia demuestra lo contrario.

Es una definición especial: ¿una creencia que se vive con una profunda convicción? ¿Una creencia que no pasa el filtro de la evidencia? Si le damos la vuelta a esto, podríamos pensar que ninguna creencia firme pasa el filtro de la evidencia. Las creencias son casi lo contrario a la realidad, son lo que elegimos ver para protegernos de lo que realmente está sucediendo, son la forma de codificar lo que experimentamos… ¿Quién entonces está libre del delirio?

Personas raras

Un poco más adelante en la novela, lo que podían ser sospechas del escritor secuestrado por su fan número uno se convierte en evidencias, en manifestaciones homicidas del trastorno de Annie Wilkes. Hasta ese momento, podrías pensar que se trata de una persona «rara», o «muy rara», o incluso «realmente rara», sin que llegase a la descripción de un trastorno mental.

Y podrías, como Paul Sheldon, acostumbrarte a sus especiales rutinas, tacos inventados para no decir palabras malsonantes, exigencias, intromisión, maltrato…

Parece del todo posible acostumbrarse a vivir situaciones inadmisibles con «personas raras» y adaptarse a ellas. Me viene a la mente la historia de la rana que está en un recipiente con agua, agua que se va calentando poco a poco y sin que la rana lo perciba, de manera que la rana puede morir cocida sin darse cuenta.

Estas «personas raras» pueden ser tus compañer@s de trabajo, tus jef@s, tus proveedores, tus clientes… Puede ser, sí. ¿Y entonces qué haces?

Pues escribes un novelorrio, El retorno de Misery, de casi 1.000 páginas, aprovechando que esa situación especial te permite bastante tiempo de calma, tranquilidad… y ninguna otra opción. Es como Einstein escribiendo la Teoría de la relatividad en una oficina de patentes. Desde luego, la dificultad agudiza el ingenio.


¿Has leído Misery? ¿Has visto la película? ¿Qué te parece esta historia? ¿Crees que hay «personas raras» a tu alrededor? ¿Te sientes tú mism@ una persona rara? 🙂

Teletrabajo: ¿por qué no ha triunfado?

Según todas las corrientes, modas y olas nos encontramos en la era de la transformación digital o la digitalización: no hay empresa que no esté dedicando sus esfuerzos (recursos en tiempo y dinero) a «digitalizarse» de una forma u otra.

Ahora es posible que cada trabajador acceda a todas las aplicaciones y recursos que necesite desde cualquier dispositivo y cualquier ubicación. Entonces, ¿por qué no se teletrabaja?

¿Cuál es la situación?

En algunas empresas, el teletrabajo ha entrado tímidamente en consideración. Se permite teletrabajar uno o dos días a la semana, con restricciones.

En otras, se permite sobre el papel, sin embargo, de forma no oficial y tal vez no consciente, se considera que quien trabaja desde casa está en realidad vagueando, levantándose tarde y haciendo cualquier otra cosa excepto trabajar. Por ello, se permite pero no se permite. Es como la máxima que parte de la época de Felipe II:

Se obedece, pero no se cumple.

Y en muchas otras, la idea es directamente imposible, incluso en empresas cuyos trabajadores tienen ordenadores portátiles y teléfonos móviles de empresa, pero en las que no se puede si quiera plantear la idea.

Una mujer teletrabaja en casa con su ordenador portátil y su teléfono móvil de empresa.

Ventajas del teletrabajo

Si el teletrabajo se convirtiera en una práctica habitual, tendríamos muchas ventajas como sociedad:

  • Muchos menos atascos. Esta es quizá la principal ventaja, porque conlleva a su vez muchas otras como:
    • Menos contaminación. En una era en la que se está prohibiendo el acceso a las grandes ciudades y en la que cada vez hay más vehículos circulando, el facilitar el teletrabajo disminuiría directamente las emisiones de CO2.
    • Menos accidentes, ligados a la cantidad de tráfico y velocidad de circulación.
    • Menos problemas de estructura de las carreteras, al tener menor afluencia y menor desgaste.
    • Evitar al trabajador/a pérdida de tiempo y riesgo de accidente cada vez que se desplaza al trabajo. Este aspecto influye directamente en la motivación.
  • Mejor conciliación de la vida personal, al disponer de más tiempo para atender temas personales. Esto es lo que suele confundirse con dedicar el tiempo del trabajo a la vida privada: en realidad, las más de 2 horas de transporte que usan algunas personas para ir y volver del trabajo, las pueden invertir en su propia vida.
  • Menor necesidad de espacio en oficinas.
  • Mayor motivación personal, al transmitir a los trabajadores que se confía en ellos y en su responsabilidad como personas adultas.

Inconvenientes del teletrabajo

Es cierto que también hay algunos inconvenientes del teletrabajo, como por ejemplo:

  • Necesidad de contar con un espacio en el hogar para desarrollar la tarea. Si bien puede bastar con situar el portátil sobre la mesa del salón, en realidad es más fácil concentrarse en un espacio aparte. Algunas personas pueden preferir trabajar desde una cafetería, por cierto.
  • Aumentan los gastos de luz y gas en el lado del trabajador, si bien puede verse si compensan con la reducción de gastos en transporte y en comida.
  • Menor calidad en el contacto humano, ya que las conversaciones, incluso en videoconferencia, son de menor calidad (imagen defectuosa, voz enlatada…). Además, se pierde parte de la comunicación informal y las «caricias» que se reciben. Para paliar esta desventaja, se puede establecer días de reuniones presenciales.
  • Dificultades logísticas: no todos los trabajos pueden realizarse desde casa, o no todas las tareas. En ese caso, se pueden establecer días en los que se trabaje en la oficina en aquellas tareas que no pueden realizarse en casa.

Qué se necesita para aplicar el teletrabajo

A pesar de que existen inconvenientes, pienso que las ventajas del teletrabajo son muy superiores y que realmente conducirían a un modelo social más sostenible y conciliador.

Para establecer el teletrabajo en una organización, lo primero que se necesita es un cambio en la cultura de empresa. Es fundamental confiar en los profesionales que se ha contratado, establecer objetivos de trabajo y comprobar que se cumplen. Ya no se trata de calentar una silla de 9 a 6, sino de demostrar el rendimiento al realizar distintas tareas asignadas.

Además, debe cambiar la mentalidad tanto de los trabajadores como de sus jefes(*): el hecho de que una persona no esté presente en una oficina no significa que no se la pueda llamar, convocar a reuniones o tener en cuenta para todo. Existen muchísimas herramientas que lo permiten, algunas tan antiguas como el teléfono.

La digitalización sería de ayuda aquí para garantizar que el acceso a cualquier aplicación o documento pueda realizarse desde otro lugar.

Como sucede con casi todos los avances tecnológicos, el cambio de mentalidad y de cultura es mucho más lento: solemos olvidar que lo que tiene que avanzar y adaptarse es nuestra forma de pensar. Mientras algunos informáticos son felices desarrollando máquinas de inteligencia artificial que cambiarían el mundo, la mayoría de los homo sapiens seguimos con nuestras dificultades para confiar en lo que no vemos. Y a un teletrabajador no lo vemos…


¿Cómo ves el teletrabajo? ¿Tú teletrabajas? ¿Cuál es la política en tu empresa? Me encantaría conocer vuestras opiniones y abrir debate sobre este tema tan interesante. Como siempre, ¡muchas gracias por leer!

(*) Yo sigo prefiriendo las palabras jefe y trabajador a las palabras supervisor y colaborador. Creo que describen mejor la realidad.

¿Puedes escribir una novela en un mes?

Desde hace algunos años, sigo con interés creciente una iniciativa de Estados Unidos que se llama National Novel Writing Month, mes nacional de escritura de novela, y se abrevia como #NaNoWriMo.

Se trata de escribir una novela completa de 50.000 palabras en un mes. Esto equivale a unas 163 páginas en Arial 12 y espacio 1,5. Algunos incluso comparten calendarios como este para distribuir el número de palabras y dar ánimos:

La imagen muestra un calendario con los días de noviembre para distribuir la escritura de la novela
Imagen creada por @Kiriska, participante de NaNoWriMo con este usuario: http://nanowrimo.org/participants/kiriska

Como ves, el mes elegido para esta iniciativa es noviembre, por lo que miles de personas de todo el mundo se están preparando ya para acometer el desafío.

Si lo tuyo no es la novela pero sí te gusta escribir, existe una variante, los #NaNoRebel, que se dedican a escribir «otra cosa»: poesía, guiones, ensayo, revisión de una novela anterior, etc.

¿Te parece un reto demasiado difícil?

A Laura Bradley, una profesora de Lengua inglesa de un instituto en Petaluma, California, no le parece así: propone a sus estudiantes que escriban una novela completa participando a su manera en el NaNoWriMo, eso sí, en lugar de 50.000 palabras, sus alumnos solo tienen que escribir entre 10.000 y 25.000 palabras, como puedes ver en este artículo de MindShift.

El resto es igual: identificar el género, creación de estructura, desarrollo de personajes, incorporación de situaciones de conflicto, etc.

En el plazo de un mes hacen el grueso del trabajo, si bien se trata de un trabajo que se planifica con antelación. La misma profesora les acompaña creando su propia novela.

Ok, me interesa, ¿qué tengo que hacer?

Si te ha picado el gusanillo, puedes visitar la página de la organización, National Novel Writing Month, y conocer más detalles. Aquí apunto algunos:

  1. Comienzas con tu compromiso de escribir 50.000 palabras en un mes. Yo particularmente pienso que puedes centrarte más en la idea de proyecto, en lugar del número de palabras, y decir: «voy a escribir una novela corta en un mes».
  2. Das de alta tu perfil en la página de referencia.
  3. Das de alta el título de la novela con antelación, y después comienzas a escribirla.

Yo no entiendo el inglés

Es posible que desde el principio te haya echado para atrás tanto el nombre de la iniciativa como el idioma en el que está la página. Tengo buenas noticias: existe un grupo en España, con foros en nuestro idioma y grupos de distintas comunidades.

El mapa muestra las zonas del mundo donde hay grupos que se han apuntado al NaNoWriMo de 2018
Imagen de la web de National Novel Writing Month

Yo no entiendo lo de hacer grupos

Yo tampoco. Si eres del tipo introvertido, probablemente prefieras escribir a tu bola y en soledad. En todo caso, puede interesarte investigar estos grupos, concebidos para darse apoyo mutuo a lo largo del duro mes de escritura, y quizá compartir recursos y experiencias. Además, he visto que hay grupos por géneros, como ciencia ficción, biografías, novela histórica, etc.

Si quieres hacer un grupo o formar parte de alguno que exista, puedes buscarlos en los foros de la página de NaNoWrimo, en Twitter, o en Facebook, donde van publicando necesidades de grupos o grupos existentes.

Yo no aguanto la presión de un plazo tan corto

Puede que este sea tu caso, y entonces el NaNoWriMo no es para ti. Hay escritores que necesitan mucho tiempo en blanco, y que tienen unos plazos de entrega más largos. Es el caso de Eduardo Mendoza, según explicó en la presentación de su último libro, El rey recibe, en el Espacio Fundación Telefónica. Si necesita adaptarse a unos plazos, lo hace, pero no está cómodo

Puedes encontrar algunos consejos adicionales sobre esto (en inglés) en este artículo de Lauren Sapala. Lauren es escritora y coach de escritores, y en su artículo explica importantes aspectos a tener en cuenta durante este tipo de reto, por ejemplo:

  • Por mucho que lo planifiques, la escritura de tu libro no saldrá como esperas. Siempre surgirán contratiempos, por lo que es muy posible no lograr el objetivo. Por ejemplo, Nassim Nicholas Taleb reconoce en una nota al pie de Cisne Negro que su escritura se retrasó aproximada e «inesperadamente» quince meses.
  • No puedes ejercer un control total sobre tu plan. Es una meta bonita, un número redondo (50.000 palabras), un desafío grande. Pero no todo está en tus manos, existen los llamados «imponderables».
  • Un aspecto positivo del reto es que se trata de un compromiso contigo mismo/a para dedicar tu valioso tiempo a escribir, para sacrificar horas de ocio en un trabajo intelectual que llega a ser físico (si tenemos en cuenta lo que opina Haruki Murakami).
  • Si no puedes seguir el plan, déjate llevar por el estado de flujo, ábrete a tu creatividad, a los personajes inesperados que se presenten, a los giros inesperados de la historia que no habías recogido en la trama.

¿Qué más necesitas para convencerte?

Sea al #NaNoWriMo o al #NaNoRebel, que no te eche para atrás el nombrecito. Lo cierto es que puede ser toda una experiencia retarse a escribir de forma constante, a un ritmo alto, para luego corregir lo ya escrito más adelante.

Me gustaría conocer tu opinión: ¿te gustaría aceptar este reto? ¿Sientes que no tienes tiempo para ello? ¿Lo has intentado ya pero no te funcionó? Cuéntanos, tus opiniones aportan mucho.

Cuando te excluyes de tu propia bondad

En el artículo anterior comenté que los autónomos pueden estar sufriendo inconscientemente la dualidad de ser al mismo tiempo el jefe y el empleado.

Sin embargo, pienso que muchas más personas se excluyen de su propia bondad, llevan dentro una lucha entre un torturador inquisitorial y una víctima desamparada que está privada de sueño, descanso, comida… y bondad.

Un verdugo con una espada amenaza con decapitar a un ángel arrodillado.

¿Cómo detectar que te excluyes de tu propia bondad?

Un empleado/a puede estar identificando los rasgos más sádicos de su verdugo interno en su propio jefe/a, por lo que le es mucho más difícil darse cuenta de que, si esa figura de autoridad tiene tanto poder, es porque secretamente una parte interna suya está de acuerdo con ella.

Ejemplo 1: «yo trabajo más que nadie»

Sin que te lo pidan, eres el primero en llegar a la oficina y el último en salir, te responsabilizas de más temas de los que te corresponden y puedes llegar a hacer más trabajo que tu propio jefe/a.

Ejemplo 2: «yo soy perfecta»

Cuando se hacen varias versiones de un documento en cuya elaboración intervienen distintas personas, hay quien «se ve obligado» a tachar con saña lo escrito, a corregir en rojo, o incluso a corregir lo ya corregido escribiendo lo mismo. Detrás, dentro, se puede adivinar la figura de un Torquemada de «la lengua con sangre entra» que va a machacar a su víctima con correcciones, y esta a su vez a los que trabajan con ella.

También ocurre fuera de la oficina

Identificar fuera al torturador que se lleva por dentro también puede ocurrir con relaciones no laborales: se puede caer en el influjo de la dominación de la madre, el padre, el marido o la mujer, o incluso de los propios hijos: basta con que una parte inconsciente de la persona opine que la otra parte se merece el despotismo con el que ese tercero le trata.

En todo caso, si aislamos nuestros comportamientos «autoesclavizantes», podemos detectar mejor nuestra tendencia, en lugar de centrarnos sobre quien la proyectamos. Algunos ejemplos:

Ejemplo 1: «mi casa es la más limpia y ordenada»

Puedes observar a una persona tratar la limpieza y el orden de su hogar como si en vez de ser quien vive allí fuese una persona «del servicio» que puede recibir una gran bronca o el despido si hay una sola cosa fuera de su sitio o si «no se puede comer en el suelo» de su cocina.

Ejemplo 2: «soy la mejor madre»

Puedes ser una madre agotada con complejo de mala madre que aun así: asiste a todas las reuniones, confecciona los disfraces de sus hijos, acude a todos los cumpleaños, está al tanto de los últimos cambios en el currículum, etc. Desde fuera se ve a esta persona totalmente agotada, sobresaturada, estresada, y se percibe que no está disfrutando en absoluto de la fiesta.

¿Qué es lo que tu verdugo te prohíbe hacer?

Es conocido que, cuando alguien planta cara a otra persona muy dominante, las relaciones entre ambas cambian, y normalmente mejoran. La persona no dominante descubre que «no es tan fiero el león como lo pintan» y se empieza a relajar, respira hondo y toma las riendas. ¿Cómo? Desde el adulto, sin reaccionar a lo que la otra persona dice o hace, respondiendo a la propia dignidad.

Se trata de plantar cara, precisamente, a este perpetrador interiorizado e inconsciente. Se detecta su inquietud cuando se rompe la norma a propósito: no seguir un horario previamente planificado, pisar un suelo recién fregado, irse del trabajo a la hora, no barrer una pelusa que se ve en el suelo…


Me encantaría conocer vuestras opiniones: ¿cómo tratarías tú a otra persona? ¿Qué libertades le permitirías que tú no te permites? ¿Puede salir a fumar durante su jornada laboral? ¿Puede estar cinco o diez minutos «en la parra», mirando al infinito? ¿Puede ir a un spa? ¿Puede permitirse la imperfección? ¿Puedes tú?

Autónomo, ¿eres tu propio esclavo?

Si eres un trabajador autónomo sin trabajadores a cargo como yo, ya sabrás que el autónomo/a integra dentro de sí al jefe y al empleado.

Cómo eres como jefe y cómo eres como empleado definen tu día a día como autónomo.

Es una posición extraña: integrar dos perfiles que tradicionalmente han sido “opuestos” puede llevar a tensiones que ni siquiera se perciben claramente, mientras que es mucho más fácil y cómodo ser simplemente uno de los dos.

Como autónomo, puedes observarte y percibir que tienes palpitaciones, tics nerviosos, ansiedad, insomnio… Puedes a veces tener un atisbo de consciencia al darte cuenta de que te estás atando a unos horarios demasiado rígidos, extensos o exigentes, y puedes convencerte a ti mismo/a de que esto es mejor que trabajar por cuenta ajena.

Un verdugo con una espada amenaza con decapitar a un ángel arrodillado.

Cosas de las que un autónomo es capaz

En contra de la opinión popular de que el autónomo se levanta tarde, trabaja en pijama y se distrae haciendo labores del hogar, yo he conocido autónomas que:

  • Se levantan a las seis de la mañana, salen de casa y no vuelven hasta las ocho o diez de la noche.
  • Se conectan y completan tareas desde remotos países en los que están trabajando además en otros proyectos.
  • Ofrecen una calidad excelente a un precio en ocasiones demasiado bajo.
  • Se van de vacaciones a la playa con sus hijos y su ordenador portátil, y se turnan con su marido y los abuelos de los niños para poder darles unas vacaciones mientras trabajan al mismo ritmo.
  • Nunca enferman.
  • Siguen adelante con sus proyectos aun con muchas dificultades para cobrarlos.
  • Comen delante del ordenador, incluso en Navidad.

Así que los titulares de El Mundo Today son para tomárselos en serio…

Llevar dentro la lucha jefe-empleado

Dice Watzlawick: “hay personas que se excluyen de su propia bondad”.

En su libro Lo malo de lo bueno se habla de la historia de un hombre que, al cumplir los 55 años, comienza a repasar su vida y de pronto se siente insatisfecho consigo mismo.

“Desde fuera” (…) quizá hubiese dado la impresión de que se trataba de un conflicto perverso entre dos personas: entre un potentado medieval cruel y su víctima desamparada, a la que el potentado mantiene prendida, amenazada de continuo, le hace padecer hambre y le quita el sueño.

“Desde dentro”, el hecho de que se sintiese amenazado de un modo impreciso, que adelgazase y padeciese insomnio, no eran más que efectos concomitantes sin explicación para él. En todo caso, su médico no halló causa física alguna.

A pesar de la necesidad de ser productivo, lo cierto es que un autónomo/a puede estar excluyéndose de su propia bondad como si tuviese dentro a este verdugo esclavista que tortura a la víctima indefensa haciéndole llevar una vida bastante peor que la que se tiene en un trabajo por cuenta ajena, con un “jefe” interiorizado que es un esclavista, y con unos horarios que hacen palidecer a las habituales horas extra no pagadas (estas tampoco están pagadas, por cierto).

¿Cómo podemos solucionar esto?

Si te identificas con esta situación, puedes pensar que lo mejor es “luchar contra” ese verdugo medieval. Lo que pasa es que no puedes eliminarlo porque forma parte de ti.

Es quizá mejor solución “convivir con” tu propia tendencia inconsciente a autoesclavizarte, integrando a ambos (verdugo y víctima) desde una posición más consciente y adulta.

Precisamente ser autónomo permite algo que muy pocos trabajos por cuenta ajena permiten: ser un adulto. Se puede dejar atrás el juego paternalista en que los jefes y la empresa son los padres y los empleados son los niños; se puede tomar las riendas e integrar ambas posturas.

El camino es dejar de lado esos juegos, estar en la acción, percibirte como una sola persona adulta que es al tiempo responsable y quien trabaja, quien se compromete con el cliente y factura, quien organiza y sigue o ajusta su propia planificación, quien aporta valor y paga impuestos.

Puedes comenzar hoy: permítete no trabajar durante el puente. 🙂


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Te identificas con esta dualidad? ¿Cómo haces para organizarte y “no excluirte de tu propia bondad”?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

No te prepararon para envejecer

Por mucho que te hayan contado, por mucho que hayas visto a tus propios padres envejecer, lo cierto es que no te prepararon para recorrer ese camino. Un buen día te miras al espejo y ves a una señora o a un señor, en lugar de verte a ti. Es impactante.

La forma del cuerpo cambia al envejecer, el abdomen se expande

Hay otras señales más allá del espejo que te van haciendo sospechar: por ejemplo, la edad de los protagonistas de la mayoría de películas clásicas es menor que la tuya. Piénsalo, recuerda Gilda, Irma la dulce, o también Regreso al futuro, Superman… Todos los protagonistas tienen unos veintitantos años, y de pronto te parecen demasiado jóvenes, incluso para resultarte atractivos: lo peor de todo es tener la sensación de que podrían ser tus hijos.

Vas por la calle, y te das cuenta de que los hombres o mujeres que se fijan en ti te parecen muy mayores… y quizá tienen tu misma edad. Ves en ellos lo que quizá no veías tan claro en ti: canas, arrugas, barriguita, lentitud de movimientos…

Quedas con tus amigas y las conversaciones han cambiado de forma radical. Antes eran picantes, graciosas, variadas, y de pronto te haces consciente de que habláis sobre dolencias y achaques, o sobre operaciones de estética, todo es un poco más serio y apagado, y el encuentro acaba mucho antes.

Cambios físicos

Hay muchos elementos que te hacen reconocer que no eres la misma persona. Es como si algunas cosas se superpusieran sobre tu yo real, o bien, como si tu yo real se descolgase o churripringase hacia abajo.

Zara lo sabe muy bien: cuando buscas ropa en su página web, te hacen algunas preguntas que te hacen comprender por qué midiendo y pesando lo mismo ya no te sirve la misma ropa:

La edad influye en la forma del cuerpo

Recuerdo a una profesora de gym jazz que rondaba los 40 y lo decía:

Mi cuerpo ya no es el mismo. Entreno las mismas horas, hago muchísimo ejercicio, pero ya se me descuelga “el músculo de la sal” y noto que mi cuerpo es otro.

Por esto es tan difícil envejecer, por la sensación tipo invasión de los ultracuerpos de estar metido o abducido en un cuerpo que no es el tuyo.

Cambios mentales

Si todo acabara en el cuerpo… Lo cierto es que algo que tampoco te contaron es que tu capacidad mental no va a ser la misma. Es un conocimiento menos extendido, porque estamos acostumbrados a ver intelectuales brillantes en edades más allá de la madurez, como Eduard Punset, Marguerite Duras, José Luis Sampedro o Ana María Matute, por citar algunos.

Con la edad notas más dificultades para realizar cálculos o deducciones lógicas y matemáticas. Además, el alejamiento definitivo de las aulas hace que comprender cualquier información (o simplemente leerla) lleve más tiempo, incluso sin tener en cuenta la presbicia, algo que imaginabas que tendrías a partir de los 55 y que sin embargo aparece a partir de los 40…

Las ventajas de la madurez

A pesar de todo esto, si hablas con personas que hemos pasado de los 40, la mayoría te dirán que prefieren su vida actual a su vida de juventud. ¿Por qué?

Algunas respuestas:

  • Cumplir años, sin más, es positivo. Imagina la alternativa…
  • Tu autoestima es mayor.
  • Tienes una vida más estable, más asentada.
  • Sientes mayor tranquilidad, menos desasosiego.
  • No te dejas llevar tan fácilmente por las pasiones.
  • Tus ambiciones están más alineadas con la realidad y menos con las ilusiones.
  • Dejas de tener que mostrar tus títulos y formación, y tu experiencia habla por ti.
  • Ya no tienes que tomar decisiones vitales sobre tu carrera.
  • En tu vida hay más elementos que merecen la pena, en general tu nueva familia (pareja, hijos/as…).
  • Tus decisiones son más sopesadas y racionales, los riesgos que tomas son más calculados.
  • Tienes una mayor resistencia a circunstancias adversas, porque ya has vivido muchas situaciones de todo tipo.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Cómo llevas tú la madurez? ¿Qué otras ventajas encuentras a cumplir años?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

¿De qué te quejas?

Hace más de un mes leí un tuit de Justin Tarte, y todavía me acuerdo.

El hecho de que recuerde un tuit me hace pensar que es importante y puede servirle a más gente. Este director ejecutivo de recursos humanos escribió:

Las dos cosas de las que la gente se queja más:

  1. De cómo son las cosas.
  2. Del cambio.

(Anónimo)

Podríamos añadir una combinación de ambas: quejarse de que las cosas estén en continuo cambio.

Justin Tarte destaca que la gente se queja de cómo son las cosas y del cambio.

Algunos ejemplos

Nos quejamos de cómo son las cosas:

  • Hace calor, hace más calor, no llueve, ¡qué calor! (en verano).
  • Hace frío, qué frío hace, no soporto el viento, no aguanto la lluvia (en invierno).
  • No quiero madrugar.
  • No me gusta este trabajo.
  • No aguanto a X (X = mi jefe, mi madre/padre, mi hermano/a, la compañera de al lado…)
  • No aguanto a Y (Y = político/a en el poder o en la oposición, artista, famoso/a).

Nos quejamos de los cambios:

  • ¡Con lo a gusto que se está en invierno! (cuando llega el verano).
  • Cambiar la frase de arriba invirtiendo invierno por verano.
  • Con el nuevo horario no puedo ir a la clase de zumba del jueves.
  • Me gusta menos el nuevo trabajo que el anterior, que ya es decir.
  • Ahora, en vez de a X, tengo que aguantar a Z, ¡imagínate!
  • Vaya, así que cambia el partido en el poder… ¡Pues no los puedo ni ver!

De luchar contra a convivir con

Tanto si una persona se queja de cómo son las cosas como si se queja de que las cosas cambien, su actitud es de lucha contra eso que no le guste. Una lucha pasiva, quizá, porque quejarse es no estar en la acción, sino señalando pasivamente algo que no se acepta.

Últimamente me estoy dando cuenta de que es más fácil y agradable vivir si, en lugar de luchar contra lo que no me gusta, me dedico a convivir con ello. Esto puede realizarse cómodamente de la siguiente manera:

  • Hace calor, sí, es verdad, convivo con el calor. Además, tiene una ventaja: puedo ir a la piscina.
  • Hace frío, sí, y normalmente no lo soporto. Al convivir con el frío, estoy usando unos guantes y una bufanda que me encantan.
  • No me gusta madrugar ni el horario. Voy a dar menos importancia a estos factores que vienen dados por el trabajo que hago.
  • He decido convivir con la existencia de X, Y y Z. Estas personas tienen sus propios problemas, quizá les ha tocado vivir a su vez cosas que no soportan o cambios para los que no estaban preparadas. ¿Qué hay en X, Y y Z que me molesta tanto? Quizá me parezco más a ellos de lo que me gustaría… O quizá me gustaría parecerme a ellos y… ¿les tengo cierta envidia? Puede ser. He decidido convivir también con ello.

¿Qué es lo que más te molesta de cómo son las cosas? ¿Qué es lo que más te molesta que cambie? Me encantaría conocer vuestros puntos de vista. ¡Muchas gracias por leer!

Las cosas líquidas

En un post anterior os hablé de Las cosas, una novela de Georges Perec.

Algo que me ha llamado la atención de esta novela es encontrar ya indicios de la modernidad líquida descrita por Zygmunt Bauman. No hacía falta llegar a las “pantallas líquidas” para empezar a vivir una “vida líquida”, donde todo es frágil y confuso, la trayectoria de vida ya no es clara, ya nada asegura que siguiendo los pasos tradicionales se logre una posición fija, un hueco.

Modernidad líquida

El ejemplo más común es comparar la producción tipo Henry Ford con la de Bill Gates. Si entras en Ford, puedes esperar acabar allí tu carrera profesional. Si entras en Microsoft, puedes esperar que al año siguiente estés en un sitio completamente distinto. El futuro no está garantizado, cada individuo tiene que abrirse paso sin poder apoyarse en la colectividad. Las normas las impone el mercado, caracterizado por la relación directa entre productor y consumidor, en que el trabajo queda relegado a ser una materia prima más.

Ya en los 60, época en que está ambientada Las cosas, sus protagonistas se dedicaban a los estudios de mercado. Es la época de Mad Men, cuando el mercadeo comienza a profesionalizarse con estudios de mercado cada vez más rigurosos. Sylvie y Jérôme tenían un trabajo de campo, entrevistaban a personas y muchas veces viajaban para ello:

¿Le gusta el puré preparado y por qué? ¿Porque es ligero? ¿Porque es untuoso? ¿Porque es tan fácil de hacer: un gesto y hala? (…)

¿A qué se presta antes atención al comer un yogur?: ¿al color?, ¿a la consistencia?, ¿al sabor?, ¿al perfume natural? (…)

¿Qué piensa de su lavadora? ¿Está contento con ella? ¿No hace demasiada espuma? ¿Lava bien? ¿Rompe la ropa? ¿Seca la ropa? ¿Preferiría una lavadora que secara también su ropa?

 

Los deseos nunca se agotan

Una muestra de varias cosas sólidas y líquidas

Estos personajes de la novela viven en una angustia constante porque sus deseos superan a sus posibilidades de una forma abrumadora. Es más, confunden deseo y necesidad, ya que los objetos que se mencionan no son necesarios para vivir, aunque sean muy deseables. Es la época en que los términos de oferta y demanda se invierten; ahora la oferta genera su propia demanda (Ley de Say).

En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se podía adquirir.

…el dinero –semejante afirmación es forzosamente trivial– suscitaba necesidades nuevas.

Lo que sí es muy diferente es el tipo de anhelos del consumidor. Jérôme y Sylvie recorren los anticuarios de París buscando objetos valiosos y admirándolos desde fuera del escaparate, porque no se los pueden permitir: alfombras, candelabros, cojines, libros encuadernados en piel, divanes Chesterfield, floreros, tapices, armarios de roble… Son objetos sólidos frente a los objetos líquidos actuales.

[Existían en las calles] las ofertas falaces, y sin embargo tan cálidas, de los anticuarios, los tenderos, los libreros.

Los paralizaba la inmensidad de sus deseos.

Los deseos de ahora son tan inmensos o más que los de los años sesenta, con una diferencia: que ahora parecen cubrirse con cosas líquidas, o incluso con cosas “gaseosas” (por diluir un poco más las cosas), cosas que ni siquiera son tangibles, como los “me gusta” de las redes sociales.

En nuestros tiempos, Sylvie y Jérôme quizá habrían deseado tener un iPhone última generación (para qué mencionar cuál si me va a dejar obsoleta esta entrada en 5 minutos), una tableta iPad, pero también muchos miles de seguidores en las principales redes sociales, muchos miles de “Me gusta”, un prestigio digital que, al pasar después por una de las plazas modernas, desierta, sin bancos, sin árboles y abiertamente hostil, nadie les reconocería. “Ah, ¿pero tú eres @satanica74?”

La transformación del mercado

La transformación del mercado hacia lo estético sí comienza en aquella época:

…no era raro ver a un antiguo detallista muerto de hambre convertirse en especialista en quesos, con un delantal azul que daba un tono de muy entendido y un local de vigas y mimbres…

Y ahora continúa, porque este antiguo especialista en quesos se convierte en un bloguero influencer que incluso puede conseguir un espacio en televisión tras haber generado miles de seguidores en Youtube.

Siempre más abajo de lo que sería deseable

Lo que es fundamental, lo que se creó ya en esa época en que la oferta busca generar la demanda y que es cada vez más acusado, es crear en el consumidor la sensación continua de insatisfacción: siempre más abajo en la escala de lo que sería deseable, sin saber muy bien cómo acceder a las capas más altas, soñando con la riqueza pero no trabajando para lograrla porque se sabe de antemano que es inútil, que la riqueza viene por otro lado, quizá heredada, quizá de la falta de escrúpulos, quizá de explotarse a sí mismo/a:

Y ellos comprendían, porque por todas partes, a su alrededor, todo se lo hacía comprender, porque se lo metían en la cabeza de la mañana a la noche, a fuerza de eslóganes, de carteles, de anuncios luminosos, de escaparates iluminados, que estaban siempre un poco más abajo en la escalera, siempre un poco demasiado abajo. Y aún tenían la suerte de no estar entre los más desfavorecidos.

Ahora, como en los sesenta en Francia, aún nos alegramos de tener la suerte de no estar entre los más desfavorecidos, de los que tratamos de distinguirnos a toda costa. Las diferencias sociales entre ricos y el resto van en aumento, la clase media adelgaza a buen ritmo y, con el tiempo, parece como que nos acercamos a esa franja de desfavorecidos a la que nadie, nadie, quiere pertenecer, por lo que, compremos entonces un iPhone de imitación o unas Nike que den el pego, todo menos “parecer” uno de esos que están fuera del club del «universo espejeante de la civilización mercantil, las prisiones de la abundancia, las trampas fascinantes de la dicha.»


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Te identificas con Sylvie y Jérôme?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

El método KonMari un año después

Llevo un tiempo queriendo contar cómo me fue con el método KonMari que comencé el año pasado por estas fechas.

La lectura del libro Las cosas, de Georges Perec, me ha recordado este proceso y me he animado a contaros que, en realidad, no pude acabarlo, porque «las cosas» tienen vida propia y han decidido quedarse.

Portada del libro Las cosas, de Georges Perec

Si recuerdas, el criterio del método KonMari era el siguiente:

Quédate lo que te hace feliz.

Esta máxima se ha encontrado en mi caso con varios problemas:

Problemas de armario

Lo cierto es que, si realmente solo te quedas con la ropa que te hace feliz, no puedes ir al trabajo. Quien dice trabajo, dice a ver a un cliente estratégico, o a una feria empresarial, etc. En mi caso concreto, que tiendo a priorizar la comodidad de la ropa sobre su aspecto, he descartado en el cubo de Cáritas un montón de ropa en perfectas condiciones para ir a todos estos sitios mencionados, si bien no exactamente cómoda.

Por otro lado, si te deshaces de la ropa que no te hace feliz, pronto vas a necesitar hacer un gasto muy grande en nueva ropa que quizá tampoco te haga feliz, sino que te hace falta.

Además, pienso que con la ropa pasa algo parecido a lo que ocurre con el eslabón más débil de una cadena: la prenda más raída, esa que solo llevas en casa o para pasear al perro de noche, es la que define la calidad de tu ropero… Y lo mismo, si te deshaces de esas prendas, sustituirlas requiere un gasto no esperado.

Los protagonistas de Las cosas (escrita y ambientada en los 60) sueñan con ropa de mucha calidad, con tener varios zapatos, con ser ricos… sin hacer nada para lograrlo porque lo ven como un sueño imposible. Ellos también tienen problemas de armario.

Problemas de apego hacia los objetos

En el primer capítulo de Las cosas, Perec nos introduce en un hogar para ricos, en cómo sería ese hogar para Sylvie y Jérôme, los protagonistas siempre borrosos, como vistos de lejos, de la novela. El hogar para ricos, sin duda, está lleno de cosas. Son cosas vistosas, bellas y de mucho valor. Y es que la primera frase lo dice todo:

Les habría gustado ser ricos.

Ya es algo imposible, es la tercera condicional, la de «Si hubiera… habría…», la que no tiene vuelta atrás.

Pues bien, en mi caso lo que descubrí es que, tanto los libros que no pensaba volver a leer como los objetos de adorno que en su día no eran más que baratijas, se resistían a irse porque habían adquirido un valor, el que les atribuían los años. Los años habían convertido a estos objetos en cosas valiosas, en compañeros de piso, en un apéndice irrenunciable. De alguna manera, el valor que adquieren es como un «peso» (se nota mucho en las mudanzas, por cierto), pero no es intercambiable por dinero: es como si todos estos objetos y libros, si salen por la puerta, se fuesen a deshacer en polvo.

Era casi de rigor desear siempre más

Esta es otra de las frases de Las cosas, y una frase que quizá defina cada vez más nuestras vidas. Cuando las cosas son efímeras porque están fabricadas para serlo, resulta que conseguir renovarlas con cierto ritmo es lo que diferencia a los ricos de los pobres. La conservación de las cosas de calidad ya no distingue una buena vida, sino la renovación constante hacia el último modelo, la moda de esta semana, la moda del año que viene por estas fechas.

En este estado de la realidad, quizá no cuente tanto deshacerte de lo que no te hace feliz como extraer felicidad de esa constante renovación que es casi imposible de evitar. La alegría ya no se deriva de estar rodeado de objetos que te hacen sentir feliz, sino más bien de poder sustituir estos objetos…


¿Cómo lo ves tú? ¿Dedicas tiempo y dinero a la renovación constante de «las cosas» que posees? ¿Crees que esto debería cambiar? Me encantaría continuar la conversación en los comentarios. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, agradezco profundamente a mis lectores que se tomen el tiempo para leer el blog y unirse a la reflexión.

Si quieres saber más del método KonMari, lee este post.