¿Y si hacemos como si…?

Hace poco leí un tuit del que me he venido acordando y que motiva este post:

Tuitero se pregunta qué pasaría si mañana salimos todos con la ropa sin planchar y hacemos como si siempre hubiera sido así

La cuestión es que la “nueva normalidad” parece conllevar únicamente aspectos negativos: formas de comprar más incómodas, formas de reunirse más frías, espacios exteriores e interiores más asépticos, organizaciones en la playa más robóticas… Todo como si de pronto viviéramos una situación de película, tipo La invasión de los ultracuerpos, en que los que todavía no han sido abducidos tienen que comportarse con frialdad para pasar desapercibidos entre “las vainas”.

Sin embargo, la nueva normalidad trae aspectos muy positivos y que pueden dar lugar a nuevas formas de organizarse que son más eficientes, más ecológicas y más lógicas. Ya habíamos hablado de los posibles aspectos positivos de la pandemia, y ahora hablaremos de cuáles podemos mantener porque han resultado funcionar (sorpresivamente).

Y no planchar la ropa podría ser un buen ejemplo…

Cuestionarse todo

Esta situación nos ha permitido cuestionarnos todo: la organización del trabajo, la educación, el ritmo de vida, la contribución diaria a la contaminación, la importancia de unas profesiones sobre otras, el significado de la imagen personal, el valor de la introspección…

Parece posible extraer conclusiones sobre el funcionamiento de casi todo y pensar en adaptaciones y mejoras en cada esfera.

Seguir teletrabajando

Este es, a mi juicio, el aprendizaje fundamental: se ha demostrado que se puede teletrabajar en miles de casos en los que la empresa había sido muy reticente a enviar a sus trabajadores a casa. Ahora que no era posible otra solución, se ha visto que los profesionales son responsables, se encargan de buscar el espacio físico y el hueco horario, se organizan como pueden para atender a los niños y continúan trabajando desde sus casas.

¿Y si hacemos como si el teletrabajo siempre hubiera existido? Recordemos brevemente algunas de sus ventajas por orden cronológico en un día de trabajo cualquiera:

  • Hay que madrugar menos. El descanso repercute positivamente en la productividad.
  • No hay que vestirse raro, es más, se puede estar con ropa cómoda, no plancharla (como dice el tuit) y, aun así, mantener una videollamada… porque el resto de los asistentes tienen el mismo aspecto.
  • No hay que tragarse un atasco que crispa los nervios y desgasta parte de la energía que teníamos para trabajar. Y esto incide, evidentemente, en la limpieza del aire de las grandes ciudades.
  • No hay ladrones de tiempo como: visitas imprevistas, ¿nos tomamos otro café?, el otro día me crucé con… y demás batallitas que dan mucha vida en el trabajo pero que, reconozcámoslo, quitan mucho tiempo. Esto no significa que no haya otros ladrones de tiempo en casa.
  • Hay mayores posibilidades de conciliar la vida personal con la laboral, ya que todo está “más a mano”. Evita ir a la carrera de un sitio a otro, durante todo el día. Es una organización que parece más lógica.
  • Facilita la entrada en el trabajo a personas con dificultades de movilidad y enfermedades crónicas para las que el desplazamiento resulta muy difícil, pero que pueden ser perfectamente productivas trabajando desde su casa. Esas personas con factores médicos no visibles de las que hablábamos en otro tuit.
  • Es más fácil también combinar la actividad pasiva y cerebral con el ejercicio físico, haciendo algunos estiramientos o paseos cortos, algo que no suele hacerse en una oficina porque te van a mirar como a un ser extraño.
  • Ahorra dinero en viajes y eventos de todo tipo, ya que también se ha demostrado que se pueden mantener reuniones internacionales desde casa y que se pueden realizar eventos de forma virtual.
  • No hay que volver a tragarse el atasco a la salida, con el cansancio de toda la jornada, y yendo con hora a los múltiples compromisos que van después del  trabajo.
  • Se llega antes a casa… Esto parece una tontería, pero si la jornada acaba a las 18.00, a las 18.01 estás en casa, con lo que tienes bastante más tiempo para hacer otras actividades. Volvemos, de nuevo, a una organización con más sentido común.

La imagen personal

Han corrido ríos de tinta virtual en los grupos de whatsapp sobre si teñirse ya las raíces o esperar a la reapertura de las peluquerías. Ha habido de todo, pero ciertamente hemos podido sobrevivir con las raíces sin teñir y el pelo sin cortar.

Al cuidado del pelo se añaden otros aspectos de estética, como la depilación, el uso de maquillaje o la ropa.

Me han hablado de reuniones por videollamada en multinacionales en las que el CEO se presenta en chándal ante la cámara, y no hace como si le hubieran pillado así, de improviso, sino que explica abiertamente que piensa que esta nueva forma de interactuar se va a imponer.

La ropa ha sido considerada como no esencial y durante las fases más crudas del confinamiento no ha sido posible comprarla, ni siquiera en un hipermercado que tuviera este producto además de la alimentación. No se ha tenido en cuenta que algunas prendas se van desgastando por el uso y hay que reponerlas con cierta frecuencia. Y, en todo caso, con el tiempo y el uso, toda la ropa acaba necesitando reposición.

La cuestión es qué tipo de ropa se utiliza y por qué. Y, siguiendo el tuit del comienzo, cuál es la necesidad de plancharla.

Si la gente estuviera cómoda con la ropa que lleva a la oficina, ¿no se la pondrían para estar en su casa?

Por último, un cambio que ha ido a más en vez de limitarse es la higiene personal, algo muy de agradecer.

Entonces, ¿y si hacemos como si los criterios de vestimenta siempre hubieran sido más relajados? Ya de paso, los criterios de más higiene también podemos hacer como si siempre hubiesen estado ahí.

Mirar hacia adentro

Este periodo que puede que se alargue o que se convierta en parte de la nueva normalidad ha permitido a muchas personas dejar de correr en la rueda de hámster y poder reflexionar sobre su propia vida.

Si se pudiera reactivar todo de golpe, como apretando un botón, esta introspección desaparecería. Es posible que mucha gente esté “deseando volver a…”.

Hay que recordar que no es posible volver atrás, eso es como retroceder en el tiempo. “Volver” no es posible, no hay “dónde”. La vida avanza hacia adelante, es lo único que se puede hacer, avanzar hacia lo nuevo y lo desconocido, lo cual incluye cambios drásticos en la forma de organizar la vida.

Siendo así, ¿y si hacemos como si la vida ya hubiese sido más lenta y relajada, más casera y personal desde antes? Quizá esto nos permita mantener esta reflexión sobre nosotros mismos/as.


¿Se te ocurren más cosas que podríamos hacer como si siempre hubieran sido así? ¿Qué aspectos te gustaría que volviesen a ser como antes? Gracias por leer y compartir 😉

La casa del ermitaño

Ya os he hablado de La poética del espacio, de Gaston Bachelard, un libro lleno de imágenes, tesoros, recovecos, secretos… En él, Bachelard muestra interés por los espacios en los que hemos estado en soledad, tanto si la hemos disfrutado como si la hemos sufrido.

El habitante del refugio, de la choza, es un ermitaño, un solitario que vive su casa como un nido en el que agazaparse.

La cabaña es la soledad centrada, la extrema soledad ante Dios.

De pronto, lo que era una simple caja superpuesta en un edificio impersonal, se convierte en la cabaña de un ermitaño en la que puede centrarse y ahondar en su soledad. De esta manera, quien se acurruca en ella puede preferir que haga frío fuera, que haya un “invierno ruso”, para poder sentir el refugio que supone su hogar.

Tenemos calor porque hace frío fuera.

Es interesante que en inglés cabaña se dice cabin, que es también cabina, camarote, barraca… La cabina evoca imágenes de un espacio más reducido aún.

Cabaña con luz encendida en un bosque nevado al anochecer

Fósiles de duración

Dentro del espacio de la casa, el tiempo se para. Es un “tiempo suspenso” que invita al ahondamiento psicológico y a las narraciones cercanas al sueño.

Bachelard se pregunta por qué nos saciamos tan pronto de la dicha de habitar, por qué no hacemos durar las horas en la casa, por qué no nos levantamos cada día sintiéndonos Robinson Crusoe, reinventando la casa a través de sus objetos, conectando el pasado con el día a día. Es como una búsqueda del tesoro en la que, cada día, al mirar los mismos objetos, libros, adornos, relojes, cofres, fotos…, arrojamos sobre ellos una luz nueva y logramos verlos como por primera vez.

Estos objetos que vienen de tan atrás están engarzados en “bellos fósiles de duración”, concretados por largas estancias. El inconsciente está felizmente instalado en este tiempo suspenso de horas infinitas, las que se adhieren a cada objeto convirtiendo la casa en una especie de museo arqueológico que vuelve a la vida cuando prestamos atención.

La ensoñación que da vida a los objetos

Y aquí entran los rincones de los que hablábamos anteriormente.

En un espacio como el rincón, podemos dejar pasar las horas sin hacer más que observar los objetos, tal vez imaginar sus vivencias, o incluso imaginar lo que el objeto pensaría de nosotros. Este es el campo que interesa a Bachelard, el de la ensoñación, el de la imagen creada por la mente en contraposición con la imagen real del espacio: ¿quién preferiría ver el plano real del cuarto de El cuervo a imaginarlo?

La vivencia desde el rincón es mucho más grande que el rincón mismo. Porque el rincón nos iguala: si nos situamos en esa esquina o “caja abierta”, el espacio que ocupamos es el que define el refugio improvisado, que más parece un nido que una estancia completa.

La necesidad de contacto humano

A pesar de todos estos entretenimientos mentales, estas ensoñaciones que conllevan horas de ensimismamiento, el ermitaño vive en soledad, y a veces necesita ver a sus semejantes.

Hay muchas personas solas, dentro de su casa-como-celda. Ya escribí sobre ello cuando observaba a una vecina del barrio sentarse en un banco a diez pasos de su casa, vecina que ahora tendrá que permanecer sentada dentro. O cuando describí los eufemismos que giran en torno a los singles y sus actividades.

Muchos ermitaños ya vivían la mayor parte de sus días con “distancia social”. Simplemente, no tenía nombre. Para trascenderla, hacían actividades en las que poder relacionarse, manteniendo grupos de amistades y tal vez teniendo pareja. Ahora esto no es posible, de manera que no se equilibra la vivencia fundamentalmente introvertida del ermitaño en su choza.

Así, cuando se habla de las medidas de desconfinamiento, pienso, no ya en el espacio que habitamos, sino en la forma en que lo hacemos, algunos en soledad, otros “excesivamente” acompañados.

No es posible no estar donde se está. Parece de perogrullo, pero es otra forma de decir que solo puedes estar aquí ahora. Aun así, si ocupas plenamente tu rincón y le das vida a los objetos que te acompañan, ampliarás tu experiencia y será menos dura.


¿Cuál es tu caso? ¿Tienes un rincón en el que te gusta acurrucarte? ¿Has reparado en los objetos que forman parte de tu vida?

Gracias por leer y por dejar comentarios 🙂

La casa como refugio, como celda

Cuando en el post anterior hablaba de la rutina, mencioné La poética del espacio, de Gaston Bachelard. Es un libro perfecto para leer en el refugio de una casa, porque es precisamente de lo que habla, de la propia casa y sus desvanes, sótanos, rincones, armarios, cofres… Como imágenes que perviven en nuestro inconsciente. La representación de una casa es una imagen que todos compartimos:

Logotipo de Quédate en casa del grupo A3, con el icono de una casa
Si nos piden dibujar una casa, pondremos tejado y chimenea, sin embargo, no se parecerá mucho a nuestra verdadera casa.

La casa como refugio

Cuando leí este libro por primera vez, vivía en un espacio en el que estaba a gusto. Mis sensaciones sobre aquel hogar iban en línea con las de Bachelard.

Cuando he retomado el libro ahora, lo que más me ha llamado la atención es que el autor habla de “espacio feliz“:

En este libro se examinan las imágenes del espacio feliz, espacios defendidos contra fuerzas adversas, espacios vividos, imágenes que atraen: la poética de la casa.

Según avanzaba en la lectura, el contraste entre mis sensaciones y las descritas por Bachelard iba en aumento. El autor describe la casa como un espacio de intimidad protegida, y el habitar como el germen de la felicidad central.

En contraste, fuera de la casa está el espacio de la hostilidad. Por tanto, la casa es un lugar de protección.

Yo soy el espacio donde estoy. – Noël Arnaud

En este espacio que somos porque lo ocupamos, podemos felizmente revivir un paseo por un camino, de tal manera que el recuerdo del sendero sirve de ejercicio. Esta forma de expresarse de Gaston Bachelard podría hacernos pensar que tampoco salía demasiado y que, cuando salía, su ejercicio físico se limitaba a dar largos paseos por el campo. Parece que aprecia más recordar haber paseado que dar el paseo mismo, hasta que dice:

El paseo es el símbolo de la vida activa y variada.

La libertad de movimiento que ahora nos falta es ese paseo de la vida activa, y puede compensarse con la vivencia de un hogar feliz y acogedor.

Espacio de trabajo reconvertido en gimnasio, al girar la pantalla del ordenador
Cómo reconvertir el espacio de trabajo en gimnasio en unos segundos.

La casa como celda

Llegué a otra explicación que en la primera lectura no me llamó la atención y que me ayudó a entender las descripciones de espacio confortable. Y es que, según Bachelard,

Los habitantes de la gran ciudad viven en cajas superpuestas, en una especie de lugar geométrico, un agujero convencional.

Todo me cuadró cuando vi “cajas superpuestas”. Toda la explicación de la verticalidad de la casa en el eje sótano-desván no aplica cuando la casa no es más que una caja rodeada de otras cajas en un edificio, en la que probablemente nuestra intimidad se vea invadida por ruidos de los vecinos, que nos llegan quizá por la débil construcción de los muros.

Tampoco aplica la cosmicidad que rodea a una casa integrada en la naturaleza, que “conoce los dramas del universo”.

Cuando se habla de las medidas de desconfinamiento, no dejo de pensar en los espacios que habitamos y cómo es más complicado ser paciente en un espacio angosto y oscuro.

Muchos habitamos el espacio que podemos, no el que queremos. Unas personas están en su chalet, con su jardín, su patio, zonas a las que pueden salir las horas que quieran a tomar el sol y el aire, jugar con sus hijos, leer… Otras personas están en un lugar muy reducido sin luz natural, teniendo que mover los muebles cada vez que quieren hacer un poco de ejercicio o, simplemente, teletrabajar. Y entre ambos casos, una amplia gama.

La casa se vive como celda cuando sentimos que en ella no está todo aquello que necesitamos, sea o no cierto. 


¿Y tú, cómo vives tu casa? En estos días en que suponemos que el virus está fuera, ¿sientes tu casa como un refugio, como un espacio feliz en que estás a salvo? O por el contrario, ¿sientes que estás atrapado/a entre sus paredes?

Gracias por leer y por comentar. 🙂

Homenaje a la rutina

La rutina, ¿recordáis?, es lo que siempre queríamos dejar atrás. La expresión utilizada era:

Escapa de la rutina.

Y luego nos vendían un coche. O cualquier otro producto.

Sin embargo, cuando nos han quitado la rutina, nos hemos desorientado por completo.

Ha habido largas semanas en las que tratábamos de adaptarnos a la nueva situación. El ¿quién se ha llevado mi queso? ha sido el motor de la búsqueda por los laberintos.

Después, poco a poco, hemos encontrado rutinas y citas diarias que nos han ayudado a estructurar el tiempo. Los expertos las aconsejan. Se nos dice que es mejor tener una rutina diaria y, curiosamente, nadie se plantea “escapar de la rutina”, sino que la reacción ha sido buscar la rutina y mantenerla.

Esta es la enorme capacidad adaptativa del ser humano: parece que ahora hasta nos sentimos cómodos/as en la nueva situación, “inexperimentada” (tomo esta palabra de Emilio Lledó, perfecta para describir la situación).

Expertos en confinamiento

Antes he dicho que los expertos aconsejan las rutinas diarias. Me gustaría conocer la composición del grupo de expertos: quién lo dice, cuál es su experiencia, por qué lo contrario de la rutina no sería aconsejable…

Quizá los mejores expertos en cuanto a encierro son los presos, o las personas que tienen que vivir en aislamiento por algún motivo.

Fotograma de la película Cadena perpetua, en la que los presos parecen estar habituados a la rutina de la cárcel
Fuente: https://vandal.elespanol.com/noticia/r4749/cadena-perpetua-no-se-podria-haber-hecho-hoy-en-dia-dice-frank-darabont

La evocación de los presos me trae el recuerdo de frases de la película Cadena perpetua, como “lo único que tenemos es tiempo” o cuando dicen del que se ha adaptado por completo a la cárcel, hasta el punto de no poder vivir fuera de ella, “se ha institucionalizado“.

Otro ejemplo de aislamiento son los científicos que están a solas en una base en lugares remotos como el Polo Norte, o personas como Roberto Saviano, a quien Iñaki Gabilondo entrevistó el pasado jueves en Volver para ser otros. Roberto Saviano es un periodista perseguido por la camorra por haber revelado sus actividades en distintos libros y artículos. Está amenazado de muerte y va con escolta desde los 26 años; ahora tiene 40.

El propio Saviano afirma que ha aprendido de las personas encarceladas y de las que están postradas en una cama. Y sus conclusiones son que (parafraseando a Saviano):

Lo mejor para vivir confinado, aislado, es tener una rutina exactamente igual cada día, estar disciplinado a esa rutina como forma de medir el tiempo, de estructurarlo y de pasarlo.

Encuentra tu rincón

Roberto Saviano también nos recomienda encontrar nuestro propio rincón, hacer nuestro un espacio para vivir la casa de forma profunda, no como estando de vacaciones, sino buscando una comodidad que nos puede aportar paz. Esto me ha recordado a uno de los libros que he retomado estos días, La poética del espacio de Gaston Bachelard.

Según Bachelard, el rincón es ese espacio reducido donde nos gusta acurrucarnos, agazaparnos. Es como el germen de la habitación o de la casa. Nos dice:

El rincón “vivido” restringe la vida, la oculta, es una negación del universo.

Este refugio a modo de caparazón parece adaptarse a la restricción impuesta desde fuera: si tengo que permanecer en este espacio llamado casa, puedo a mi vez recogerme  en un espacio aún más restringido, más íntimo, que será mi rincón.

La libertad es movimiento

Siendo esta situación un “Atrapados en el espacio (de mi casa)”, parece que las rutinas son las que ayudan a trascender ese espacio, especialmente cuando conllevan una relación con otras personas a través del teléfono y las distintas redes sociales, o bien cuando se trata de meditar y evadir la mente.

Sin embargo, Roberto Saviano comentaba en la entrevista antes citada que la libertad es movimiento. Deseamos salir y movernos libremente, esa es una esperanza lícita, que sin embargo mantenemos enfriada de todas las maneras posibles.

Gracias a la creación de nuestros pequeños rincones, la práctica de ejercicio que quepa en nuestro espacio, y el vivir con plenitud y confianza el momento presente, podemos aparcar el fuerte deseo de libertad a través del movimiento.

Gracias a la rutina

A pesar de que lo más creativo es responder a cada momento a lo que está sucediendo, y estar en la acción y en lo que se necesita, lo cierto es que tenemos que dar gracias a la rutina, que nos permite apoyarnos en ella y estar cómodos en nuestros rincones, en nuestros espacios, en nuestro día a día.

Así, sentimos que hay menos incertidumbres y que dejamos de ir a ciegas. Por ello, este homenaje a nuestra amiga la rutina.


Aquí puedes ver la entrevista completa a Roberto Saviano:

Tienes una cita

Estos días cobra mucho valor “tener una cita”, es decir, tener un acontecimiento o evento que se apunta en la agenda, empieza a una hora concreta y termina y, durante la sesión, permite interactuar con otras personas.

Por el contrario, puede que te apuntes a uno o varios cursos pero no tienes motivación para continuarlos. No hay nadie al otro lado a ninguna hora específica… y eso no motiva demasiado.

Tipos de citas durante el confinamiento

Durante el día, puedes tener varios tipos de citas que te ayudan a estructurar el tiempo, como pueden ser:

Seguir escuchando el programa de radio por las mañanas

El programa es en directo y con suerte tu llamada puede entrar en el aire, o tu mensaje de audio puede escucharse como respuesta a algo que han planteado. Muchas gracias a los que hacéis la radio, hacéis muchísima compañía.

Ver un programa educativo o de ejercicio en la tele

La tele como fuente de experiencias síncronas se había quedado en el telediario y algunos programas de corte informativo. Ahora se añaden programas educativos para niños o gimnasia para adultos que, sin ser en directo, sí agrupan personas frente al televisor durante el tiempo que se emiten.

Estos programas proporcionan una sensación de cohesión, especialmente a los colectivos que no disponen de medios de conexión a Internet, no son de calidad o no saben cómo utilizarlos.

Seguir un webinar o un taller que se imparte a una hora determinada

Por poner un ejemplo, ayer participé en un webinar (seminario web) de HEC Paris, impartido por Jeremy Ghez, un Economista con interesantes conclusiones de lo que está pasando con la globalización a raíz del coronavirus. Hubo tantas inscripciones que se realizó a través de YouTube en lugar de Zoom.

Ver una actuación por Instagram, YouTube, etc.

Hace un par de días vi una actuación del mago Kiko del Show, de A toda magia, englobado en el Festival #QuedateEnCasaConMagia organizado por la Fundación Abracadabra de Magos Solidarios.

También están los vídeos de Miguel Vigil en su canal de YouTube. Sus monólogos y canciones añaden un toque de humor y buen rollo a esta situación, y recomiendo altamente seguirle:

Quedar con los conocidos

Esto incluye dos tipos de citas, y son de las más valoradas:

  • Quedar con familiares o amig@s para hacer una videollamada y verse durante un rato, por ejemplo a través de WhatsApp. Esta cita puede incluir tomarse un vermut, una cervecita o el aperitivo, la idea es “emular aquellos tiempos”.
  • Quedar con profes y compañer@s de actividades para tratar de continuar con ellas a través de Zoom, Skype o Hangouts.

El aplauso de las 20.00

Este aplauso trasciende su intención inicial. No solamente muestra el apoyo a todos los profesionales que están haciendo posible que esto salga adelante, sino que poco a poco ha tomado el tono de actividad social.

El aplauso, que se oye en la ciudad como una ovación en un estadio de fútbol, reconforta en pocos minutos de todo un día de aislamiento absoluto. Especialmente desde que cambiaron la hora, se ha hecho más fácil ver en las ventanas a los vecinos de edificios aledaños y con ello aumenta la sensación de conexión social.

En muchos barrios, algunos vecinos unen al aplauso alguna música motivadora como las que compartí cuando os hablaba de darnos ánimos unos a otros. Música que hace saltar, gritar y llorar, que sirve de desahogo y para compartir penas.

Características de estas citas

Podrían extraerse algunas características comunes de estas citas que no eran lo habitual en el consumo de productos virtuales o, en general, en las formas de relacionarnos fuera de un estado de confinamiento. Por ejemplo, veo que:

  1. Prima lo auditivo sobre lo visual. Incluso en las videollamadas, la calidad de la imagen es lo de menos, no digamos el diseño gráfico. Lo que importa es oír y entender. Los aplausos: oír a los vecinos, no verlos, es lo fundamental.
  2. Prima el contacto con el círculo más cercano sobre el contacto con personas desconocidas. Si bien podemos apuntarnos a seminarios y talleres “ajenos”, mi sensación es que damos más importancia a poder continuar el contacto con personas más cercanas, tanto de la familia como de las actividades que hacíamos antes (teatro, creatividad, danza…).
  3. El aspecto casero es bueno. A diferencia de los productos profesionales que se entregaban hasta ahora, tipo charlas TED, estamos viendo productos audiovisuales con la calidad “que se puede”. De hecho, producen una mayor sensación de cercanía y sobre todo de frescura, creatividad e improvisación.
  4. Prima el horario sobre el contenido. Esto rompería la tendencia que teníamos de consumir contenidos desde plataformas online, cada uno lo suyo cuando le da la gana. Si hay un horario en que siento que otros hacen lo mismo que yo, lo prefiero, ya que da la sensación de conexión y cercanía. Esto aplica tanto a películas y series como a los cursos online. Y hablando de los cursos…

Cómo afecta todo esto a la formación online

Llevo trabajando en el sector de la formación online desde 2010. Y algo que sé desde que me formé en la UNED sobre esto (Cátedra de Toledo, 2009), es que los alumn@s valoran mucho más tener tutores expertos y poder tener sesiones síncronas con ellos.

En otras palabras, el alto índice de abandono de los cursos online se debe a que el alumno se siente solo frente a una pantalla, con lo que no se engancha al contenido, más bien se aburre pronto de él.

Es algo que se está confirmando cada día con todas las iniciativas que surgen para aliviar el peso del confinamiento y de las que ya hemos hablado.

Por ello, quizá el panorama de la formación online deba cambiar, dando más recursos a posibilitar sesiones síncronas a las que se pueda acceder y menos a interminables cursos de hacer clic, cursos que suelen estar desesperadamente bloqueados, lo que da lugar a que los alumnos hagan clic sin leer, buscando “escapar”.

Esto que estoy diciendo puede llevar a que mi trabajo actual cambie radicalmente o desaparezca, por lo que no es gratuito ni me resulta fácil afirmarlo.


Por último, quería compartir una cita con una meditación para esta pandemia, de Brigitte Champetier des Ribes. Es asíncrona, sin embargo, puedes seguir la indicación de hacerla a las 19.30: