La gran adicción

A raíz de mi experiencia con el apagón de la tele, mi relación con este aparato es distinta. Ahora ya sé que la tele es la tele-hogar. La vuelvo a utilizar, pero no me engancho a ella en un zapping obsesivo y desesperado, buscando algo y no encontrándolo.

Comparo esta experiencia con la navegación en Internet, y en especial en las redes sociales. Me doy cuenta de que creo estar comunicándome con el mundo. Entonces me paro a pensar y me pregunto: ¿Qué mundo? ¿Con qué mundo me estoy comunicando?

me-asomo-a-la-ventanaMiro por la ventana, veo todas esas otras ventanas, anónimas, y me doy cuenta con un escalofrío de que ya no existe la tribu. No hay tribu de referencia.

Mi instinto cazador-recolector me dice que es con la tribu con la que creo estar comunicándome. Pero entonces, ¿quién sería el jefe, Rajoy? Muy alejado de mi cotidianidad. ¿Dónde está la tribu? Aparte de la familia cercana, de contadas amistades, ¿de qué tribu formo parte? Ya de ninguna, ya eso no existe.

Según la RAE, la tribu es una especie de familia extendida, un clan de familiares más o menos cercanos. Un poco como un pueblo pequeño en que todos saben “de quién eres”. Pero no, lo que hay “ahí fuera”, en Internet, son perfectos desconocidos, o en el mejor de los casos simplemente conocidos lejanos, con los que nos pasamos el día comunicándonos y compartiendo.

Hay empresas del sector tecnológico que incluso defienden que la única realidad que existe es la digital, que no hay diferencia entre lo digital y lo no digital. Cuando he oído este tipo de afirmación, siempre se me ha venido a la cabeza el reservado o excusado o váter o baño. Es ahí donde uno no puede dejar de reconocer que tiene un cuerpo funcionando por debajo de sus elevadas actividades mentales.

Me hallaba yo en estas reflexiones cuando ayer emitieron en Página 2 la entrevista con Enric Puig Punyet sobre su libro La gran adicción. Me pregunto entonces si esto que he experimentado, el horror ante un vacío (falta algo, la tribu) y el llenado provisional y artificial con “las redes” (sobra algo, la adicción), este horror también lo están experimentando otros, y si hay ahora una corriente de desconexión, o como decía en la entrevista Enric Puig Punyet, de desconexión parcial al menos. El autor afirmaba que había incluso dejado de utilizar WhatsApp. Es posible que haya un movimiento de rechazo al exceso de conexión, al hecho de no ser capaces de separarnos de según qué dispositivo, especialmente el móvil.

No deja de resultarme paradójica la atracción que siento por la desconexión, o lo que yo llamo “apagón”, que se contrapone con el hecho de que estoy estudiando un máster en marketing digital y redes sociales, y con mi interés en las redes. Quizá necesito encontrar el equilibrio entre tres posibles definiciones del uso de Internet:

  • Para trabajar: la desconexión ocurre cuando “cierras el chiringuito”. Y tienes que poder cerrarlo, si no, ya hablamos de adicción.
  • Para comunicarse: la desconexión ocurre cuando quedas con las personas con las que te estás escribiendo. Es decir, puedes utilizar las redes para mantener el contacto con aquellos a los que luego verás en persona. También habrá otros que no podrás ver, por la distancia. ¿Cuántas horas al día necesitas para mantener el contacto?
  • Para rellenar un vacío de la tribu que no es posible rellenar: entonces hablamos de estar recibiendo un beneficio secundario similar al que se recibe de una sustancia tóxica y adictiva. Remedio: apagón.

No será hasta verano que pruebe con un apagón digital, más que nada porque trabajo en las redes, vivo de las redes, los proyectos me llegan desde las redes. Pero sí será ahora que distinga los posibles usos que estoy dando a estas redes, y lo limite a lo que el autor de La gran adicción llamaba desconexión parcial.

¿Te apuntas?

Haz clic para leer más sobre la adicción a la conexión.


 

Dos pensamientos adicionales sobre este tema:

  1. Es posible que “la tribu” sea la empresa, organización, corporación.
  2. Parece que Zygmunt Bauman también tenía un sentir parecido:

Uno jamás pierde de vista su celular. Su ropa deportiva tiene un bolsillo especial para contenerlo, y salir a correr con ese bolsillo vacío sería como salir descalzo. De hecho, usted no va a ninguna parte sin su celular (ninguna parte es, en realidad, un espacio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura del celular, o un celular sin…)

Y otra de sus citas:

Ninguna clase de conexión que pueda llenar el vacío dejado por los antiguos vínculos ausentes tiene garantía de duración.

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5 meses y 11 días sin tele

¿Qué significa 5 meses y 11 días sin tele?

El tiempo que he permanecido sin tener un aparato de televisión en mi casa. Esto no significa que no haya visto esporádicamente algún trozo de telediario en casa ajena (llevo 1 año sin ver un telediario completo), o que no haya visto algún contenido en Internet, como Página 2 o Atención Obras.

¿Cómo ocurrió?

Fue tan fácil como mudarme de una casa de alquiler amueblada a una casa de alquiler vacía. La casa amueblada tenía una televisión bastante grande, aunque no tenía mucha definición. La casa nueva no tenía nada, y era mi oportunidad para dejar de ver la tele.

¿Por qué?

Porque la tele se estaba comiendo mis ideas, como en esta ilustración de Eneko que, meses antes de tomar la decisión de vivir sin tele, ya había enmarcado.

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Porque la tele se había convertido en la trampilla bajo la cual se ocultan la falta de comunicación y la evitación de la intimidad; se había convertido en el sonido de fondo que hace que te calles, y por tanto, el sonido que es obligado escuchar, en el tercer inquilino (tres son multitud), en el proveedor oficial de cultura.

Cuando me vi libre de este aparato, recuperé mi hábito de lectura, se amplió mi tiempo creativo, empecé a escuchar el silencio, empecé a escuchar algunos programas de radio, también música.

¿Qué enseñanzas se extraen?

La televisión es el hogar ahora. Hogar en la acepción de fuego, y hogar en la acepción de lugar de reunión de la familia. La tele hace dibujos y chisporrotea como lo hace el fuego, pero además, tiene la sorprendente capacidad de sustituir a todos esos miembros de la familia que se reunían ante el fuego.

La tele no solo oculta la falta de comunicación de los miembros de la familia o de la pareja, sino que la sustituye. Las personas se acompañan de la tele, como si esta fuera una o varias personas más. Sin tele, por fin eres capaz de saber cuál es la medida de tu soledad, si es que eres capaz de tomarla.

Una reacción común intuyo que es volcarse en las redes sociales. Se pierde el hogar pero se ganan unos cuantos Me gusta o bien los dobles ticks de Whatsapp. Sin embargo, si de verdad quieres interactuar con una persona de carne y hueso, llega el momento de la verdad. La tele lo mantenía oculto, pero las redes sociales no pueden con tanto, son mucho más frías, aunque aparenten ser mucho más cercanas.

Lo que más eché de menos es muy sorprendente: el contenido de peor calidad de lo que veía, es decir, las películas de sábado de sobremesa que sirven principalmente para dormir la siesta con el arrullo, y que al despertar compruebas que todo era tan predecible en ellas que parece que no te hubieras dormido.

Y entonces, ¿por qué vuelvo a tener tele?

Ha surgido una oportunidad comodísima de volver a tener tele y la he vuelto a incluir en mi vida.

La televisión sigue siendo un estándar que me dice qué es lo que piensa el mundo de sí mismo. Me muestra qué creencias hay, cuáles son las corrientes de opinión, y qué es lo que divierte a mis semejantes. Incluso la tele en ocasiones me muestra lo que me entretiene a mí, como los programas que he mencionado. La tele sigue siendo tema de conversación habitual, parecido a charlar sobre el tiempo que va a hacer, algo que también te dice la tele (y las aplicaciones, de una forma mucho más desapasionada).

Así que me compro el cable coaxial.

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Ya puedo ver la tele.

Y bueno, me esperaba otra cosa. Quiero decir, me esperaba volver a engancharme al zapping, volver a programar mi cena en torno a un programa, volver a encadenar varios programas… Pero no. Lo cierto es que la tele-hogar volvió a funcionar en mi casa el martes 22 para ver Página 2, se encendió a las 21.30 y se apagó a las 22.00. Y hasta hoy.

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Ideas

Pienso que si este apagón me ha permitido desengancharme de la tele-hogar, sería muy interesante probar qué ocurre en un apagón de las redes sociales. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar sin interactuar en ninguna red para que se considere a la persona “muerta”? Creo que es una prueba ideal para verano. Por ahora, seguiré inmersa en el mundo actual, que incluye la tele y las redes sociales por igual.

En línea con este artículo, un discurso que no te dejará indiferente: ¡Apaga la tele!

 

¿Dependes de un aparato electrónico?

 

Adicción a la conexión: dependencia de tus dispositivos digitales

Lo reconozco: estaba deseando recogerlo, no veía la hora de ir a por él, trataba de distraerme leyendo pero no lo conseguía, era como querer volver a ver a un novio que se fue a la guerra. Lo que pasa es que no era un novio, era mi ordenador [actualmente sería mi smartphone].

Tres días sin él, y he pasado el síndrome de abstinencia, concretamente, de abstinencia de Internet. Sin mi ordenador, he notado una sensación de aislamiento y soledad en casa. Si no hubiera tenido televisión me habría echado a las calles para buscar gente.

La falsa sensación de estar acompañada

Creo que Internet crea una falsa sensación de estar con gente, es un engaño para el cerebro. Y además, crea una falsa sensación de que la gente es divertida, positiva, comprometida socialmente. Y yo estoy permitiendo que mi cerebro se engañe tanto con la ilusión de estar en relación con otros como con la ilusión de estar ocupada, tener quehaceres. En lugar de dedicarme a quehaceres reales, hago un montón de cosas en el ordenador que no sirven para nada y que roban mucho tiempo. Es una droga de la inconsciencia.

En estos tres días, me ha dado por llamar a varias personas de las que no me habría acordado si hubiera encendido el ordenador. Es más, de algunas solo me habría acordado al ver sus emails. De otra forma, es como si esas personas hubieran dejado de existir.

Y esto me pasa a mí que nací sin ordenadores. ¿Y a las generaciones que nacen con esos cacharros en las manos (iPod, iPad, tableta, smartphone,…)? Creo que esto aumenta la ilusión de no ser animales, pero desgraciadamente aleja las posibilidades de autodefensa en el caso de que se produjesen situaciones extremas, como un conflicto bélico.

Es increíble, porque sin el ordenador, la vivencia del silencio es mucho más intensa. También la relajación, la vivencia de un tiempo ralentizado, vacío, la ausencia de la sensación de que “hay que” darse prisa por algo.

La falsa sensación de tener prisa

He observado que el trabajo con el ordenador, incluso fuera de Internet, da una falsa sensación de prisa, como si hubiera que hacer todo corriendo, apagar fuegos, alarmas. Cuando lees un texto en pantalla, no lees con la paz y tranquilidad con que lo harías si estuviera en papel. Además, te cansa mucho más.

Normalmente, ninguna información en el PC es como una hoja con letras y punto. Es como tratar de leer una hoja con letras muy juntas y pequeñas mientras te asaltan anuncios de colores, cada vez más dinámicos, que dividen tu atención. Si además de eso te saltan mensajes de que te ha llegado un email, de que se va a instalar una actualización, de que va a iniciarse el antivirus, de que tu equipo está en riesgo, de que alguien te escribe por Skype o por Msn… ¿quién puede concentrarse en una tarea? ¿Qué calidad de trabajo puede salir de ahí?

En lo que quiero hacer hincapié es en la irrealidad de la urgencia que imprime a nuestras vidas un aparato de estos. La urgencia no es real. No hay urgencia. Además, la importancia de los hechos está además trastocada: todo parece tener el mismo nivel de importancia, excepto lo que “llama” en ese momento tu atención, que se pone en el primer lugar, haciendo que todo lo demás se interrumpa.

Consecuencias del exceso de conexión

La vida de tu cuerpo languidece mientras estás conectado/a. Tu verdadera vida social se resiente mientras estás conectado/a. Tu nivel de estrés aumenta y tu capacidad de respuesta creativa disminuye cuando estás conectado/a. Tus posibilidades de autodefensa reales, tus instintos salvajes, tu fuerza natural, se extinguen mientras estás conectado/a. Desconéctate un rato.