El futuro nunca llega

Hace poco comencé un curso en Coursera que me parecía prometedor: Futures Thinking, pensamiento de futuro. En él, Jane McGonigal presenta las unidades y explica en qué consiste tener una mentalidad de “futurista“.

Lo cierto es que pronto perdí el interés: por un lado, las connotaciones de la palabra “futurista” en español son totalmente diferentes que en inglés; en otras palabras, los recursos que se pueden encontrar en Internet son básicamente norteamericanos. Por otro lado, y esta fue la razón fundamental para dejar el curso:

El método sugerido para captar tendencias de futuro a diez años era hacer búsquedas en Google con distintas palabras clave…

¿Perdona?

Pues sí, en un navegador totalmente sesgado y que ofrece resultados patrocinados en primer lugar, si encontramos algo relacionado con “el futuro” será información del pasado, de cómo en el pasado hemos hablado del futuro. El futuro, por definición, no está escrito en ninguna página web.

Un robot en primer plano con un fondo de tipo futurista

Lo que en el pasado decíamos del futuro

En línea con esto, hace unos días di con una revista “del pasado” que estaba en casa de mis padres, una edición de la revista Quo del año 1995. En ella, había varios artículos que hablaban de cómo sería el futuro. En general, había muy pocos aciertos. Por ejemplo, en un reportaje de las casas del futuro, se explicaban todas las comodidades que existirían en nuestro hogar y que, 25 años después, siguen sin existir.

Me llamó la atención que sí se mencionaba un atisbo del Internet de las cosas (IoT), explicando que los elementos del hogar estarían comunicados con el exterior a través de fibra óptica, y que de esta manera se pedirían los productos de la compra que faltaban y similares. Aun así, esto no está extendido a la mayoría de los hogares occidentales ni sabemos si ocurrirá así.

Vivir en la incertidumbre

Como ya sabéis los lectores asiduos, nuestro Nassim Taleb no hace más que repetirnos que no podemos predecir, y que básicamente todas las predicciones acaban siendo erróneas. Esto se debe al fenómeno de los cisnes negros y al hecho de que la distribución de los sucesos de la vida no suele ser la Normal, en contra de lo que nos gustaría.

Puede ser muy interesante acostumbrarse a vivir en la incertidumbre, abrirse a lo que va sucediendo sin tener un plan previo, aceptar el presente y lo que sucede, abarcando con la vista tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta.

Es lo que propone el Instituto de constelaciones de Brigitte Champetier de Ribes, con un ciclo de vídeos en directo hablando de esta cuestión.

La herencia del pasado, vivir el presente, caminar hacia el futuro

Yo me preguntaba de dónde venía mi necesidad de convertirme en una escritora de éxito, una necesidad que hace poco tiempo, quizá dos años, descubrí que no era mía y que debía dejar aparcada para poder dedicarme a lo que sí es mi misión, claramente relacionada con la formación online.

Esta necesidad venía de mi abuelo paterno. El abuelo Mariano, que de joven había deseado ser escritor, que llegó a ser doctor en Filología Hispánica, que fue director de un colegio y que finalmente se dedicó a la enseñanza.

Es como si del pasado viniera un chorro de información con la que comienzas a vivir en el presente hasta que en un momento dado dices:

No, espera, que lo mío no es exactamente esto.

Ya en la madurez, te dejas llevar por lo que te va sucediendo, olvidas lo que te gustaría que te sucediese, y de ahí procede una fuerza muy grande que te permite caminar hacia el futuro.

Yo este año me lo planteo así: estoy en varios proyectos de investigación e innovación relacionados con la formación online.


Pienso que podemos hacer muchas cosas interesantes cuando dejamos de aferramos a lo que debería ser. ¿Y tú, qué piensas? ¿Algún ejemplo de lo que se esperaba que sucediese en el futuro y que no ha sucedido? ¿Algo que te gustaría que pasase? Como siempre, gracias por leer y por vuestros comentarios. 🙂

Bandersnatch en la formación online

El año 2018 se cerró en Netflix con un interesante capítulo de Black Mirror: Bandersnatch.

La característica principal del capítulo es que el espectador puede elegir qué va a hacer el protagonista. La primera elección parece banal: se elige qué cereales va a tomar por la mañana. Después, elecciones igualmente poco trascendentes como qué música va a escuchar van dejando paso a opciones mucho más duras, que ponen al espectador en un aprieto.

Se ha dicho, en este artículo por ejemplo, que no existe una verdadera capacidad de elección por parte del espectador. Realmente es así, los caminos posibles están trazados en esquemas de elecciones binarias y al recorrerlos no se tiene la sensación de estar “eligiendo la propia aventura”.

La imagen muestra el esquema del árbol de decisiones de Bandersnatch
Visto en varios perfiles de Twitter, no conocemos la fuente

Sin embargo, la propuesta tuvo una gran acogida desde el minuto uno, como puede verse en el hashtag #Bandersnatch de Twitter, e incluso en el hashtag #Bandersnach, a través de los cuales supe de la existencia del episodio.

Trasladar las decisiones a la formación

En formación online, que es a lo que me dedico, hace muchísimos años (“muchísimos” en términos de realidad digital, son entre 7 y 10) tenemos la opción de crear árboles de decisiones, o branching scenarios en inglés, para que cada alumno tenga un recorrido distinto por el contenido. Los objetivos pueden ser diversos:

  • Ofrecer situaciones casi reales en un entorno seguro.
  • Permitir al alumno equivocarse y aprender mediante ensayo y error.
  • Dirigir la formación según niveles de conocimiento, ofreciendo a cada alumno solo la parte que necesita conocer.

Aquí podemos ver un ejemplo en que se ha utilizado un árbol de decisiones, combinado con cierta gamificación.

Sería bonito, pero…

A pesar de lo interesante de una propuesta así, y de comprobar cómo produce en el usuario el deseo de desvelar qué había en el resto de caminos no escogidos, los árboles de decisiones como el de Bandersnatch se utilizan muy poco en e-learning.

¿A qué se debe esto? A que, por más que se ofrezca la posibilidad de que cada alumno pueda experimentar un camino adaptado a su nivel, lo que se quiere es un “one size fits all”, una talla única de curso, en que el alumno tiene que estar expuesto al total del contenido, de la A a la Z.

Es un enfoque un poco ingenuo: en un mundo en que un vídeo de 4 minutos es un vídeo “muy largo”, no podemos esperar que exponer a un alumno a un contenido completo, sepa o no del tema, signifique que

  1. lo está absorbiendo como una esponja,
  2. lo está entendiendo,
  3. lo está mirando y/o escuchando o
  4. lo va a saber aplicar a su puesto de trabajo en cuanto finalice exitosamente el curso.

Por lo que sé, exponer a todos los alumnos a todo el contenido, suele significar que el alumno se entrene en “cómo salir de este curso lo antes posible, localizando rápidamente el botón ‘Siguiente’, quitándome los auriculares y consiguiendo de otros compañeros las respuestas a las preguntas de test”.

Conclusiones

Realmente, no puedo saber si un acontecimiento como Bandersnatch puede recuperar el interés por los árboles de decisiones en formación online, pero me gustaría mucho que así fuera.

Para ello, los que trabajamos diseñando los recorridos didácticos, tenemos que saber muy bien cómo hacerlo. Pongo aquí algunos enlaces que dan bastantes ideas:


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Viste el capítulo de Black Mirror? ¿Utilizas árboles de decisiones en tu formación o te gustaría hacerlo?

Como siempre, agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Las cosas líquidas

En un post anterior os hablé de Las cosas, una novela de Georges Perec.

Algo que me ha llamado la atención de esta novela es encontrar ya indicios de la modernidad líquida descrita por Zygmunt Bauman. No hacía falta llegar a las “pantallas líquidas” para empezar a vivir una “vida líquida”, donde todo es frágil y confuso, la trayectoria de vida ya no es clara, ya nada asegura que siguiendo los pasos tradicionales se logre una posición fija, un hueco.

Modernidad líquida

El ejemplo más común es comparar la producción tipo Henry Ford con la de Bill Gates. Si entras en Ford, puedes esperar acabar allí tu carrera profesional. Si entras en Microsoft, puedes esperar que al año siguiente estés en un sitio completamente distinto. El futuro no está garantizado, cada individuo tiene que abrirse paso sin poder apoyarse en la colectividad. Las normas las impone el mercado, caracterizado por la relación directa entre productor y consumidor, en que el trabajo queda relegado a ser una materia prima más.

Ya en los 60, época en que está ambientada Las cosas, sus protagonistas se dedicaban a los estudios de mercado. Es la época de Mad Men, cuando el mercadeo comienza a profesionalizarse con estudios de mercado cada vez más rigurosos. Sylvie y Jérôme tenían un trabajo de campo, entrevistaban a personas y muchas veces viajaban para ello:

¿Le gusta el puré preparado y por qué? ¿Porque es ligero? ¿Porque es untuoso? ¿Porque es tan fácil de hacer: un gesto y hala? (…)

¿A qué se presta antes atención al comer un yogur?: ¿al color?, ¿a la consistencia?, ¿al sabor?, ¿al perfume natural? (…)

¿Qué piensa de su lavadora? ¿Está contento con ella? ¿No hace demasiada espuma? ¿Lava bien? ¿Rompe la ropa? ¿Seca la ropa? ¿Preferiría una lavadora que secara también su ropa?

 

Los deseos nunca se agotan

Una muestra de varias cosas sólidas y líquidas

Estos personajes de la novela viven en una angustia constante porque sus deseos superan a sus posibilidades de una forma abrumadora. Es más, confunden deseo y necesidad, ya que los objetos que se mencionan no son necesarios para vivir, aunque sean muy deseables. Es la época en que los términos de oferta y demanda se invierten; ahora la oferta genera su propia demanda (Ley de Say).

En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se podía adquirir.

…el dinero –semejante afirmación es forzosamente trivial– suscitaba necesidades nuevas.

Lo que sí es muy diferente es el tipo de anhelos del consumidor. Jérôme y Sylvie recorren los anticuarios de París buscando objetos valiosos y admirándolos desde fuera del escaparate, porque no se los pueden permitir: alfombras, candelabros, cojines, libros encuadernados en piel, divanes Chesterfield, floreros, tapices, armarios de roble… Son objetos sólidos frente a los objetos líquidos actuales.

[Existían en las calles] las ofertas falaces, y sin embargo tan cálidas, de los anticuarios, los tenderos, los libreros.

Los paralizaba la inmensidad de sus deseos.

Los deseos de ahora son tan inmensos o más que los de los años sesenta, con una diferencia: que ahora parecen cubrirse con cosas líquidas, o incluso con cosas “gaseosas” (por diluir un poco más las cosas), cosas que ni siquiera son tangibles, como los “me gusta” de las redes sociales.

En nuestros tiempos, Sylvie y Jérôme quizá habrían deseado tener un iPhone última generación (para qué mencionar cuál si me va a dejar obsoleta esta entrada en 5 minutos), una tableta iPad, pero también muchos miles de seguidores en las principales redes sociales, muchos miles de “Me gusta”, un prestigio digital que, al pasar después por una de las plazas modernas, desierta, sin bancos, sin árboles y abiertamente hostil, nadie les reconocería. “Ah, ¿pero tú eres @satanica74?”

La transformación del mercado

La transformación del mercado hacia lo estético sí comienza en aquella época:

…no era raro ver a un antiguo detallista muerto de hambre convertirse en especialista en quesos, con un delantal azul que daba un tono de muy entendido y un local de vigas y mimbres…

Y ahora continúa, porque este antiguo especialista en quesos se convierte en un bloguero influencer que incluso puede conseguir un espacio en televisión tras haber generado miles de seguidores en Youtube.

Siempre más abajo de lo que sería deseable

Lo que es fundamental, lo que se creó ya en esa época en que la oferta busca generar la demanda y que es cada vez más acusado, es crear en el consumidor la sensación continua de insatisfacción: siempre más abajo en la escala de lo que sería deseable, sin saber muy bien cómo acceder a las capas más altas, soñando con la riqueza pero no trabajando para lograrla porque se sabe de antemano que es inútil, que la riqueza viene por otro lado, quizá heredada, quizá de la falta de escrúpulos, quizá de explotarse a sí mismo/a:

Y ellos comprendían, porque por todas partes, a su alrededor, todo se lo hacía comprender, porque se lo metían en la cabeza de la mañana a la noche, a fuerza de eslóganes, de carteles, de anuncios luminosos, de escaparates iluminados, que estaban siempre un poco más abajo en la escalera, siempre un poco demasiado abajo. Y aún tenían la suerte de no estar entre los más desfavorecidos.

Ahora, como en los sesenta en Francia, aún nos alegramos de tener la suerte de no estar entre los más desfavorecidos, de los que tratamos de distinguirnos a toda costa. Las diferencias sociales entre ricos y el resto van en aumento, la clase media adelgaza a buen ritmo y, con el tiempo, parece como que nos acercamos a esa franja de desfavorecidos a la que nadie, nadie, quiere pertenecer, por lo que, compremos entonces un iPhone de imitación o unas Nike que den el pego, todo menos “parecer” uno de esos que están fuera del club del «universo espejeante de la civilización mercantil, las prisiones de la abundancia, las trampas fascinantes de la dicha.»


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Te identificas con Sylvie y Jérôme?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Política de privacidad: RGPD

Reglamento General de Protección de Datos

Hola suscriptores,

Quería comentaros que estoy al corriente del Reglamento General de Protección de Datos (RGPD). Sé que se publicó en mayo de 2016 y es aplicable a partir del 25 de mayo de 2018, es decir, mañana.

Quizá os quedéis mucho más a gusto si sabéis que este es un blog personal, sin ningún ánimo de lucro, que no recoge tus datos, ni los trata de ninguna de las maneras.

La nueva ley de protección de datos, RGPD

¿Qué es eso del tratamiento de datos?

Por si tienes curiosidad, el tratamiento de datos consiste en:

Recogida de datos, registro, organización, estructuración, conservación, adaptación o modificación, extracción, consulta, utilización, comunicación por transmisión, difusión o cualquier otra forma de habilitación de acceso, cotejo o interconexión, limitación, supresión o destrucción.

Mi humilde blog no hace nada de eso, y si lo hace, no me lo comunica.

Empresas que deben controlar el tratamiento de datos

También quería informarte de que solo estas empresas deben controlar el tratamiento de los datos:

  • Las que empleen a más de 250 personas (y esto es un blog que no emplea ni a su autora).
  • Las que traten datos de forma frecuente y que puedan entrañar riesgos para los derechos y libertades personales (nada que ver…).
  • Las que incluyen datos especialmente protegidos o relativos a condenas e infracciones penales.

Datos sensibles

Te diré que los datos especialmente protegidos son los datos sensibles, que exponen los derechos y libertades fundamentales, como las opiniones políticas, las creencias religiosas, datos de salud y biométricos… Al no saber ni quién me sigue, es complicado que sepa todo esto de vosotr@s…


Y es que realmente me sigue gustando la romántica idea de que los lectores son seres anónimos con los que no es posible mantener ningún tipo de contacto.

Adiós, Facebook, adiós

Me he dado de baja de la red social Facebook.

Este no es otro de mis experimentos como el de dejar de ver la tele o una búsqueda de apagón digital.

La diferencia fundamental es que no se trata de una prueba, es algo definitivo.

¿Por qué he eliminado mi cuenta de Facebook?

Sencillamente, ya no me aportaba el placer que obtenía de esta red social.

Imagen del icono de "Me gusta" hacia abajo.

¿Cómo era antes?

Allá por 2008, empecé a oír hablar de Facebook (también algunos decían “Caralibro”) y no lo comprendía muy bien. ¿El muro? ¿Qué es eso?

Pronto me hice de la red, y durante estos diez años estuve compartiendo fotos personales, estados de ánimo, álbumes de fotos de vacaciones y estos artículos.

Lo que más me entretenía de Facebook era ver lo que publicaban El Mundo Today y otras páginas de humor. También me gustaba estar en contacto con personas conocidas que viven en las islas o incluso más lejos, en Japón. Además, estaba al día de lo que se contaban amigos más cercanos e incluso familiares.

Felizmente.

Entonces estudié un máster de marketing digital y social media

Había mantenido mis “amigos” de Facebook en unas 50 personas, y al estudiar el máster me di cuenta de que en realidad estaba “compartiendo” mis fotos personales, mis viajes y mi historia con los amigos de los amigos de mis amigos, digamos.

Pasé a un uso diferente de la red social, creando páginas profesionales y realizando campañas para que distintos públicos vieran mis artículos del blog en diferentes momentos. Puse en qué trabajaba, en lugar del típico chiste de “soy mi propia jefa” y aumenté el número de “amigos” a unos 160. El éxito fue tan discreto que yo diría que fue nulo.

También supe que compartía mis datos e información con el propio Facebook, una entidad oscura que hasta ese momento era una “aplicación” como pueda ser Microsoft Word, y que de pronto mostraba sus tentáculos formados por algoritmos que eligen lo que yo veo en ella y por su recopilación silenciosa de toda mi “vida digital”, propia y ajena.

Tentáculos en la oscuridad

El asunto de los tentáculos en la oscuridad me fue calando cada vez más.

“Antiguamente”, cuando comenzó Internet en España (yo estaba allí y con uso de razón) se hablaba de un nuevo sistema democrático que nos permitiría comunicarnos con personas de todo el mundo. Fui una usuaria bastante temprana de foros y chats, me parecía mágico poder chatear en tiempo real con personas de otros sitios, a través del “icq”.

Internet era entonces “auditivo”, primaba el texto y los alias o nicks sobre la imagen. No importaba tu nombre real o tu careto, sino tu alias, a cual más ingenioso, y qué tenías que decir.

Poco a poco, Internet se ha ido haciendo “visual”, cada vez más estético, y la imagen que mostramos digitalmente está cada vez más cuidada en lo superficial, al tiempo que cada vez oculta menos a la persona que hay detrás, que quedaba perfectamente parapetada tras un “magnolia_77”.

El potencial que supone que todos estemos deseando “compartir” nuestra historia con “los demás” (¿quiénes, quiénes?) es el que ha producido que los algoritmos se hayan hecho cada vez más complejos, y que ya ninguno tengamos claro de cómo funcionan estas redes o las búsquedas de Google, por qué nos muestran esto y no aquello, y qué hacer para seguir en la inocencia de reírse un poco de cuatro chistes de El Mundo Today.

Si antes el “enemigo” era Bill Gates, con su imitación barata de Apple, ahora el enemigo es Mark Zuckelberg, que empezó siendo un “chico majo” que recogía los perfiles de sus compañeros de la universidad en un programa informático.


No. Ya no quiero que Mark Zuckelberg himself ni cualquier otro de su macro-multinacional posean mis imágenes. Por más que me haga feliz recibir “Me gustas” y comentarios sobre ellas, lo cierto es que pertenecen al ámbito privado.

Ya no quiero que Facebook me recuerde que sabe cuál es mi ubicación, que tiene guardaditas todas las imágenes que he compartido para enseñármelas de cuando en cuando como un ex novio despechado, o que tiene todas mis historias y lamentos. El sitio de mis historias y lamentos (públicos) es este.

Ya no quiero que Facebook conozca mi estado civil, quiénes son mis “amigos” y a quién dejo de “ajuntar”.

La diversión se terminó además, porque resulta que con sus nuevos algoritmos ya no me muestra El Mundo Today a menos que lo fuerce para que aparezca siempre primero. En su lugar, me salen mis familiares, a quienes tengo la suerte de poder ver en persona o llamar por teléfono.

Procedimiento

He repasado mi lista de esos 160 contactos para escribir a aquellos con los que no podría contactar si no fuera a través de Facebook y con quienes tengo la cercanía suficiente. ¿Sabes cuántos? En mi caso, dos. El amigo de Japón, a quien nunca he visto, y una amiga de una de las islas.

Después, es fácil: solicitas eliminar la cuenta, la ponen en cuarentena 15 días y después eres “libre”.


Por el momento, no quiero pensar que WhatsApp pertenece a Facebook. Eso, si no te parece mal, lo dejo para el día en que piense en los tentáculos oscuros del resto de redes sociales y del propio Google… Ya me dices cómo vives tú esta y otras redes sociales, y si te apetece, añade algún comentario.

Tanta luz

Hace poco leí a un escritor español que se quejaba de que ahora todo el que sabe leer y escribir publica una novela. Escribir una novela, un trabajo que para muchos escritores supone años de documentación, redacción y corrección, parece ahora al alcance “de cualquiera”.

Al alcance de cualquiera

La mala noticia es que esto es cierto. No se trata tanto de que cualquiera pueda escribir una novela, se trata de que hay muchísimas más personas capacitadas para hacerlo con respecto a épocas anteriores. No es que sepan leer y escribir, es que tienen dos másteres.

Carlos Saura afirmó que no podía distinguir qué es lo bueno entre tanta luz.

En un documental de Imprescindibles sobre Carlos Saura, el genial director dijo algo como:

“Yo antes sí sabía qué era bueno y qué no, podía señalarlo. Ahora hay miles de publicaciones, de películas, y no puedo decir qué es lo bueno, no puedo distinguirlo”.

Este es “el problema”: hay tanta luz que ya no se distingue entre unas luces y otras.

Cuando sucede un acontecimiento importante, entro en Twitter y leo los tuits al respecto, porque encuentro genialidad, talento, creatividad, originalidad, muy por encima de la ingeniosa frase que se me habría podido ocurrir a mí.

El cementerio de las letras

¿Habría destacado Balzac en nuestra época de tanta luz?

En El cisne negro, Nassim Taleb ilustra este tema con un ejemplo: Honoré de Balzac. En un capítulo con el descriptivo y a la vez poético nombre de “El cementerio de las letras”, Taleb explica que pueden haber existido cientos de autores tan buenos como Balzac cuyas obras hubieran desaparecido: entonces Balzac ya no sería tan singular, solo tuvo mucha suerte.

Su talento es menos exclusivo de lo que pensamos, puesto que no vemos las toneladas de originales rechazados por las editoriales.

El tema es que ahora no hay que pasar por el rechazo de una editorial, todo se publica en el océano inconmensurable de Internet, y por tanto tengo la sensación de que Balzac (por decir) y muchos otros quizá no habrían sido conocidos en esta época, más que por unos cuantos.

Luz efímera

Al mismo tiempo, la luz ahora es efímera. Por sonoro que sea un acontecimiento virtual, desaparece al poco tiempo, como el caso del “cara anchoa” o el hilo de suspense de Manuel Bartual. Todo se diluye, por eso se habla de sociedad líquida. Las gotas, por originales y únicas que sean, desaparecen en cuanto caen al océano y nadie ya se acuerda porque siguen cayendo, cada vez más, en un crecimiento exponencial que parece no tener fin.

Lo global vuelve a ser local

Yo cumplo hoy 43 años, y me doy cuenta de que, ante tanta luz, la batalla global acaba de nuevo siendo local, y que las aspiraciones han de ser más modestas, como llegar a hacer muy bien tu trabajo, que verán unos pocos, y que quedará obsoleto y olvidado en muy poco tiempo.

Cuando andaba por los veintitantos, tuve mucho contacto con personas que rondaban los 40 que decían cosas similares a lo que te estoy diciendo ahora: habían aceptado su mediocridad. Yo me rebelaba:

“¡No, no puede ser! ¡Tienes que seguir luchando!”

Pero parece ser que es algo que te dan los años, junto con una cara más seria que a veces no reconoces, presbicia y otra perspectiva de la vida, más calmada.

¿Luchando?

Entonces cada vez soy más escéptica con todos estos trucos que hay que hacer para que un artículo sea leído, una página web se posicione alto, una cuenta de Facebook o Twitter crezca en usuarios e interacciones. Porque, de nuevo, todo el mundo que conoce los trucos hace lo mismo. Resultado: si todo es lo mismo, nada destaca, y volvemos a caer de lo global a lo local.

Creo que el desafío real para todos, y más incluso para los que vivieron mejores épocas, es aceptar la esfera a la que se puede influir, llegar, con la que te puedes relacionar, aceptar que es más pequeña de lo que habrías supuesto.

El siguiente paso es saber darse a esta esfera más modesta.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Cómo lo vives tú? ¿Eres de los que todavía alberga esperanzas de trascender? ¿Te sientes realista y conoces tu ámbito de influencia?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen

A veces, hay modas de hacer y reproducir afirmaciones que luego justifican decisiones. Una de ellas es decir:

“Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen”

y justificar entonces la necesidad de invertir en asignaturas STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics), como se comenta en este artículo.

Bien, no es mala idea, es importante apoyar asignaturas científicas y dar acceso a los niños a la tecnología.

Esto ya era así…

Solo me gustaría decir que yo tengo 43 años y trabajo en una profesión que no existía cuando era pequeña: diseñadora instruccional e-learning (todavía suena raro y sigo teniendo que explicar en qué consiste).

El salto es “mortal de tres bucles”: cuando era pequeña, ni siquiera existían los ordenadores (existirían, pero no eran accesibles ni siquiera a la mayoría de las empresas). Era imposible que mis profesores me preparasen para este futuro de los años 2010s y 2020s; era imposible imaginar cómo iba a ser el trabajo de la mayoría de la población.

Cuando tenía 11 años, en 1985, a mi hermano le regalaron un Amstrad, un ordenador en el que se podían hacer modestas programaciones en ASCII de un reloj con apariencia analógica (en una pantalla monocromo, esto es, fondo negro y letras verdes). También se podían cargar videojuegos que venían en cintas de casette. Tardaban unos 15 minutos en cargarse, y a veces (bastantes) fallaban y había que empezar de cero.

Tener un Amstrad no nos preparó para este futuro
De Bill Bertram – Trabajo propio, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=133247

 

Por otro lado, unos dos años después mis padres tuvieron que adquirir equipos informáticos para su trabajo, muy poco parecidos a lo que existe ahora. Como tenían su propio negocio, yo pude aprender a manejarlos muy pronto. No solo no eran táctiles. No existía el ratón. No, no existía, ¡de verdad!

Posteriormente, en el instituto me dieron clases de informática, para prepararme para las profesiones del futuro. ¿Sí? Pues… Era MS-DOS lo que nos enseñaban, el primer sistema operativo de Microsoft, que no se parecía a nada que tuviera ventanas ni tampoco windows.

Observa el aspecto de MS-DOS:

El aspecto de MS-DOS no me preparó para este futuro
Fuente: https://www.lifewire.com/dos-commands-4070427

 

Y ahora, en el futuro…

Esa es mi trayectoria… Y ahora, “en el futuro”, estoy creando cursos con herramientas de autor, desarrollando páginas web en WordPress, analizándolas con Google, y más. Me manejo perfectamente. Y no, no me podían haber preparado para esto ni he aplicado nada de ninguna asignatura que tuviera relación con STEM. Nada. De ninguna. De verdad.

pero

siempre hay un pero…

Sí que habría agradecido mucho que me formasen en lo que nunca cambia, porque es justo esto lo que necesitas para salir adelante en el mundo laboral, en el mundo adulto: competencias emocionales, asertividad, empatía, que me enseñaran a pensar, a seguir mis intuiciones, y que me hubieran explicado por encima lo que decían algunos clásicos, y me hubieran ayudado a tener un espíritu crítico con las ideas ajenas, incluidas esas de los grandes clásicos. En fin, todo esto.

(Y si se puede seguir pidiendo, habría sido ideal que, en vez de obligarme a hacer gimnasia, algo que para mí fue una pesadilla, me hubieran facilitado hacer baile, que eso sí me gustaba).

¿De verdad?

Bueno, ahora en el presente sé que los niños muy pequeños trabajan ya con las emociones y las habilidades. Después, cuando van creciendo, es triste observar cómo esos temas van saliendo del currículum escolar y van entrando otros relacionados con la tecnología. Me sigue pareciendo muy chulo que los niños programen un robot, pero ¿de verdad pensamos que podemos adelantarnos unos 20 años a lo que los niños de hoy harán en el futuro? Lo que sí podemos predecir es que seguirán siendo cromañones, que seguirán teniendo las mismas necesidades de relación y los grupos se organizarán en el mismo tipo de jerarquías. Pues mejor sería invertir en todo esto…

Nuestro cerebro tiene la capacidad para adquirir los conocimientos que sean necesarios para trabajar: somos supervivientes a miles de años de evolución.