Tanta luz

Hace poco leí a un escritor español que se quejaba de que ahora todo el que sabe leer y escribir publica una novela. Escribir una novela, un trabajo que para muchos escritores supone años de documentación, redacción y corrección, parece ahora al alcance “de cualquiera”.

Al alcance de cualquiera

La mala noticia es que esto es cierto. No se trata tanto de que cualquiera pueda escribir una novela, se trata de que hay muchísimas más personas capacitadas para hacerlo con respecto a épocas anteriores. No es que sepan leer y escribir, es que tienen dos másteres.

Carlos Saura afirmó que no podía distinguir qué es lo bueno entre tanta luz.

En un documental de Imprescindibles sobre Carlos Saura, el genial director dijo algo como:

“Yo antes sí sabía qué era bueno y qué no, podía señalarlo. Ahora hay miles de publicaciones, de películas, y no puedo decir qué es lo bueno, no puedo distinguirlo”.

Este es “el problema”: hay tanta luz que ya no se distingue entre unas luces y otras.

Cuando sucede un acontecimiento importante, entro en Twitter y leo los tuits al respecto, porque encuentro genialidad, talento, creatividad, originalidad, muy por encima de la ingeniosa frase que se me habría podido ocurrir a mí.

El cementerio de las letras

¿Habría destacado Balzac en nuestra época de tanta luz?

En El cisne negro, Nassim Taleb ilustra este tema con un ejemplo: Honoré de Balzac. En un capítulo con el descriptivo y a la vez poético nombre de “El cementerio de las letras”, Taleb explica que pueden haber existido cientos de autores tan buenos como Balzac cuyas obras hubieran desaparecido: entonces Balzac ya no sería tan singular, solo tuvo mucha suerte.

Su talento es menos exclusivo de lo que pensamos, puesto que no vemos las toneladas de originales rechazados por las editoriales.

El tema es que ahora no hay que pasar por el rechazo de una editorial, todo se publica en el océano inconmensurable de Internet, y por tanto tengo la sensación de que Balzac (por decir) y muchos otros quizá no habrían sido conocidos en esta época, más que por unos cuantos.

Luz efímera

Al mismo tiempo, la luz ahora es efímera. Por sonoro que sea un acontecimiento virtual, desaparece al poco tiempo, como el caso del “cara anchoa” o el hilo de suspense de Manuel Bartual. Todo se diluye, por eso se habla de sociedad líquida. Las gotas, por originales y únicas que sean, desaparecen en cuanto caen al océano y nadie ya se acuerda porque siguen cayendo, cada vez más, en un crecimiento exponencial que parece no tener fin.

Lo global vuelve a ser local

Yo cumplo hoy 43 años, y me doy cuenta de que, ante tanta luz, la batalla global acaba de nuevo siendo local, y que las aspiraciones han de ser más modestas, como llegar a hacer muy bien tu trabajo, que verán unos pocos, y que quedará obsoleto y olvidado en muy poco tiempo.

Cuando andaba por los veintitantos, tuve mucho contacto con personas que rondaban los 40 que decían cosas similares a lo que te estoy diciendo ahora: habían aceptado su mediocridad. Yo me rebelaba:

“¡No, no puede ser! ¡Tienes que seguir luchando!”

Pero parece ser que es algo que te dan los años, junto con una cara más seria que a veces no reconoces, presbicia y otra perspectiva de la vida, más calmada.

¿Luchando?

Entonces cada vez soy más escéptica con todos estos trucos que hay que hacer para que un artículo sea leído, una página web se posicione alto, una cuenta de Facebook o Twitter crezca en usuarios e interacciones. Porque, de nuevo, todo el mundo que conoce los trucos hace lo mismo. Resultado: si todo es lo mismo, nada destaca, y volvemos a caer de lo global a lo local.

Creo que el desafío real para todos, y más incluso para los que vivieron mejores épocas, es aceptar la esfera a la que se puede influir, llegar, con la que te puedes relacionar, aceptar que es más pequeña de lo que habrías supuesto.

El siguiente paso es saber darse a esta esfera más modesta.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Cómo lo vives tú? ¿Eres de los que todavía alberga esperanzas de trascender? ¿Te sientes realista y conoces tu ámbito de influencia?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

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Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen

A veces, hay modas de hacer y reproducir afirmaciones que luego justifican decisiones. Una de ellas es decir:

“Los niños de hoy trabajarán en profesiones que ahora no existen”

y justificar entonces la necesidad de invertir en asignaturas STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics), como se comenta en este artículo.

Bien, no es mala idea, es importante apoyar asignaturas científicas y dar acceso a los niños a la tecnología.

Esto ya era así…

Solo me gustaría decir que yo tengo 43 años y trabajo en una profesión que no existía cuando era pequeña: diseñadora instruccional e-learning (todavía suena raro y sigo teniendo que explicar en qué consiste).

El salto es “mortal de tres bucles”: cuando era pequeña, ni siquiera existían los ordenadores (existirían, pero no eran accesibles ni siquiera a la mayoría de las empresas). Era imposible que mis profesores me preparasen para este futuro de los años 2010s y 2020s; era imposible imaginar cómo iba a ser el trabajo de la mayoría de la población.

Cuando tenía 11 años, en 1985, a mi hermano le regalaron un Amstrad, un ordenador en el que se podían hacer modestas programaciones en ASCII de un reloj con apariencia analógica (en una pantalla monocromo, esto es, fondo negro y letras verdes). También se podían cargar videojuegos que venían en cintas de casette. Tardaban unos 15 minutos en cargarse, y a veces (bastantes) fallaban y había que empezar de cero.

Tener un Amstrad no nos preparó para este futuro
De Bill Bertram – Trabajo propio, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=133247

 

Por otro lado, unos dos años después mis padres tuvieron que adquirir equipos informáticos para su trabajo, muy poco parecidos a lo que existe ahora. Como tenían su propio negocio, yo pude aprender a manejarlos muy pronto. No solo no eran táctiles. No existía el ratón. No, no existía, ¡de verdad!

Posteriormente, en el instituto me dieron clases de informática, para prepararme para las profesiones del futuro. ¿Sí? Pues… Era MS-DOS lo que nos enseñaban, el primer sistema operativo de Microsoft, que no se parecía a nada que tuviera ventanas ni tampoco windows.

Observa el aspecto de MS-DOS:

El aspecto de MS-DOS no me preparó para este futuro
Fuente: https://www.lifewire.com/dos-commands-4070427

 

Y ahora, en el futuro…

Esa es mi trayectoria… Y ahora, “en el futuro”, estoy creando cursos con herramientas de autor, desarrollando páginas web en WordPress, analizándolas con Google, y más. Me manejo perfectamente. Y no, no me podían haber preparado para esto ni he aplicado nada de ninguna asignatura que tuviera relación con STEM. Nada. De ninguna. De verdad.

pero

siempre hay un pero…

Sí que habría agradecido mucho que me formasen en lo que nunca cambia, porque es justo esto lo que necesitas para salir adelante en el mundo laboral, en el mundo adulto: competencias emocionales, asertividad, empatía, que me enseñaran a pensar, a seguir mis intuiciones, y que me hubieran explicado por encima lo que decían algunos clásicos, y me hubieran ayudado a tener un espíritu crítico con las ideas ajenas, incluidas esas de los grandes clásicos. En fin, todo esto.

(Y si se puede seguir pidiendo, habría sido ideal que, en vez de obligarme a hacer gimnasia, algo que para mí fue una pesadilla, me hubieran facilitado hacer baile, que eso sí me gustaba).

¿De verdad?

Bueno, ahora en el presente sé que los niños muy pequeños trabajan ya con las emociones y las habilidades. Después, cuando van creciendo, es triste observar cómo esos temas van saliendo del currículum escolar y van entrando otros relacionados con la tecnología. Me sigue pareciendo muy chulo que los niños programen un robot, pero ¿de verdad pensamos que podemos adelantarnos unos 20 años a lo que los niños de hoy harán en el futuro? Lo que sí podemos predecir es que seguirán siendo cromañones, que seguirán teniendo las mismas necesidades de relación y los grupos se organizarán en el mismo tipo de jerarquías. Pues mejor sería invertir en todo esto…

Nuestro cerebro tiene la capacidad para adquirir los conocimientos que sean necesarios para trabajar: somos supervivientes a miles de años de evolución.

 

El triunfo de lo socorástico

Lo socorástico está ganando terreno en el mundo actual.

Cada vez más empresas, personalidades públicas y hasta personas de a pie están adoptando el código socorástico en su día a día.

Lo socorástico en las redes

Haciendo un análisis de las páginas web, podemos observar que la mayoría están incorporando, mensajes, estilos e imágenes socorásticas. Por ejemplo, si analizamos la página web del blogger Scott H. Young, posee varios elementos socorásticos en su diseño:

Un blog socorástico

Por poner algún contraejemplo, la página web del movimiento slow, tiene muy pocos elementos socorásticos, lo cual no deja de ser paradójico:

Una página no socorástica

Lo socorástico en las empresas

Como sabemos, en las empresas socorásticas no hay ningún horario, la mayoría de profesionales trabajan desde casa con equipo puntero que suministra la propia organización. Cuando visitan clientes, queda patente el estilo de alto nivel y exquisito diseño tanto en su aspecto personal como en las presentaciones que realizan, siempre desde una posición consciente y adulta.

La mayoría de las empresas realmente socorásticas son muy modernas, algunas de ellas son startups, otras son empresas de diseño, marketing o publicidad. En todo caso, se trata de un estilo de organización opuesto a las gigantes multinacionales, que tratan de imitarlo sin éxito, porque uno de los rasgos socorásticos más valorados es la simplicidad, la claridad.

Famosos socorásticos

Los famosos también se apuntan a la corriente socorástica, sin embargo, al igual que ocurre con las empresas, muchos de ellos no hacen sino imitar burdamente el nuevo estilo.

Las mujeres socorásticas casi no llevan maquillaje, llevan un estilo natural pero impecable, el pelo muy limpio, ropa floja de tejidos como la seda. Los hombres socorásticos llevan la barba perfectamente afeitada, el pelo corto pero sin ningún producto que lo fije, llevan ropa suave y suelta. Tanto unas como otros llevan usualmente calzado muy caro y extremadamente cómodo.

Las actrices socorásticas más mencionadas son Charlize TheronGwyneth Paltrow, mientras que los actores que adoptan esta corriente son George Clooney o Ryan Gosling, nominado al Oscar como mejor actor por La La Land. No solo hay personalidades socorásticas entre los actores y actrices de Hollywood, pero desde luego, no las hay entre los famosos de segunda, ya que un rasgo definitorio de lo socorástico es su clase y su exclusividad.

El placer de lo socorástico

Sin duda alguna, si lo socorástico está tan de moda es porque produce placer a los sentidos, a la manera en que lo expresaba Walt Whitman en Hojas de hierba.

Además, “los socorásticos”, como ellos mismos se autodenominan ya, son esencialmente feministas, defienden vivir en un estado de consciencia elevado, practican el mindfulness, disfrutan de la naturaleza desde el punto de vista de la Unidad y del Todo y practican el amor a uno mismo a lo Louise Hay. El punto más criticado de lo socorástico es que los lazos personales que establecen son demasiado laxos, sin exigencias ni posesiones ni celos, lo cual está bien, pero rozando la indiferencia. No obstante, los socorásticos defienden la necesidad de relacionarse de adulto a adulto, y se sienten cómodos en este tipo de relación.

¿Te apuntas a la corriente socorástica?

¿Sube la luz? Apágala

Ayer recibí un whatsapp con este texto:

Atención!!!
Hoy a las 19h pagaremos por encender la luz un 33% más.
Esto es lo que permiten en plena ola de frío polar!❄❄.
Apaguemos las luces durante tan solo 20 minutos para que sus pérdidas sean notables y vean que SÍ TENEMOS VOZ!!! 😠😠😠.
Anima a tus amigos y familiares a que hagan un pequeño esfuerzo!!
Si lo pasamos rápido a las 19h ya estará por toda España.
📢📢📢📢📢📢📢💪💪💪💪


Y decidí tomarme la pausa de 20 minutos, no ya por el precio de la luz, sino para experimentar un pequeño apagón digital.

Acababa de merendar una rebanada de pan con Nocilla y un café con leche condensada (me lo pide el invierno).

Me disponía a leer una buena novela, y me pregunté si lo podría hacer con la linterna pequeña y con la luz de la calle que entra por la ventana.

Pero, ¿por qué no escuchar el silencio (o acaso a mi vecino pianista ensayar)?

En mi caso, el reto de los 20 minutos era doble: no se trataba solo de apagar la luz, sino también el WiFi.
Me arrebujé con la manta, al más puro estilo de capullo de invierno.

Mientras, pensaba en si lo mejor era bajar los fusibles dejando el frigorífico enchufado, o simplemente apagar la luz y aparatos… incluido el router. No habría servido de nada si entonces conecto los datos. ¿Qué clase de apagón digital es ese?

Lo último que pensé antes del apagón fue: “Voy a pasar frío”, “voy a estar en paz”.

Elige aburrirte

Estos 20 minutos únicos de desconexión resultaron muy breves. Esperaba aburrirme, esperaba estar pendiente del paso del tiempo. No. Lo cierto es que intenté leer los primeros minutos, con la linterna, y pronto me pareció que no estaba aprovechando este espacio en blanco para estar desocupada.

Me acordé de un artículo de Scott Young con título chocante: No estés ocupado. Es exactamente lo contrario de lo que escuchamos que hacen las personas de éxito; algunas incluso presumen de dormir solo 4 horas al día, tratando de mantener los platos chinos bailando al tiempo, cuantos más, mejor, cuanto más tiempo, mejor.

En mi momento de silencio, pensé que quizá lo más importante es distinguir entre mantenerse ocupado (tener una ocupación) y mantenerse agitado. Lo que he observado es que en la mayoría de las empresas, lo que se promueve es la agitación. Incluso la promueve el estilo de vida, con los perjudiciales “hay que”, y además, “se debe”.

Espacio para la creación

Este espacio de vacío también me recordó a lo que dicen muchos creadores: para el talento artístico se requiere espacio, la sensación de que no hay urgencia que atender, la sensación de poder vivir el momento presente, de poder sentir el vacío. Lo dice John Cleese y lo dice Ken Robinson.

“No puedes ser juguetón, y por lo tanto creativo, si estás bajo las presiones habituales” John Cleese

Mis reflexiones me llevaron a recordar el movimiento slow (por cierto, he visto que esto ha dejado de estar de moda, las búsquedas en Google ya no arrojan tantos resultados interesantes). No se trata solo de evitar una agenda apretada de eventos, sino de hacer que las cosas sucedan despacio. Por ejemplo, en el restaurante vegano Level, te avisan de antemano de que los platos se preparan en el momento y que por tanto tardarán en servirlos. Realmente, el tiempo de espera es semejante al de otros restaurantes, pero se vive con más tranquilidad cuando se sabe que el producto está siendo elaborado en el momento, “con amor”.

Pienso que la agitación en que vivimos es mental: estar siempre disponible, siempre responder, estar siempre sentados, utilizar el cuerpo lo menos posible. Cuando hay acción física hay liberación, y está demostrado que con el ejercicio se generan nuevas neuronas.

La creación en medio de la agitación mental no es posible, tal vez salgan exabruptos. Quizá la única cita en la agenda de un creador deba ser: crear. Hoy voy a crear, voy a dejar a mi inconsciente sacar palabras, voy a escoger colores y los voy a combinar de formas diferentes. Este creador puede salir a pasear para seguir captando ideas mientras pasea.

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Un creador en una oficina… No puede pasear, no puede quedarse mirando al infinito, no puede detenerse a observar un objeto y ver algo en él que no había contemplado antes. Algunos creadores han sido capaces de aislarse en una oficina y dejar salir su corriente de pensamiento, como Einstein, pero esto no suele ser lo habitual.

Los 20 minutos terminaron de súbito, pasaron demasiado rápido, dejaron ganas de escuchar más silencio.

¿Por qué no probar cada día unos minutos así, en blanco? ¿Qué opinas? Deja tu comentarios.

La gran adicción

A raíz de mi experiencia con el apagón de la tele, mi relación con este aparato es distinta. Ahora ya sé que la tele es la tele-hogar. La vuelvo a utilizar, pero no me engancho a ella en un zapping obsesivo y desesperado, buscando algo y no encontrándolo.

Comparo esta experiencia con la navegación en Internet, y en especial en las redes sociales. Me doy cuenta de que creo estar comunicándome con el mundo. Entonces me paro a pensar y me pregunto: ¿Qué mundo? ¿Con qué mundo me estoy comunicando?

me-asomo-a-la-ventanaMiro por la ventana, veo todas esas otras ventanas, anónimas, y me doy cuenta con un escalofrío de que ya no existe la tribu. No hay tribu de referencia.

Mi instinto cazador-recolector me dice que es con la tribu con la que creo estar comunicándome. Pero entonces, ¿quién sería el jefe, Rajoy? Muy alejado de mi cotidianidad. ¿Dónde está la tribu? Aparte de la familia cercana, de contadas amistades, ¿de qué tribu formo parte? Ya de ninguna, ya eso no existe.

Según la RAE, la tribu es una especie de familia extendida, un clan de familiares más o menos cercanos. Un poco como un pueblo pequeño en que todos saben “de quién eres”. Pero no, lo que hay “ahí fuera”, en Internet, son perfectos desconocidos, o en el mejor de los casos simplemente conocidos lejanos, con los que nos pasamos el día comunicándonos y compartiendo.

Hay empresas del sector tecnológico que incluso defienden que la única realidad que existe es la digital, que no hay diferencia entre lo digital y lo no digital. Cuando he oído este tipo de afirmación, siempre se me ha venido a la cabeza el reservado o excusado o váter o baño. Es ahí donde uno no puede dejar de reconocer que tiene un cuerpo funcionando por debajo de sus elevadas actividades mentales.

Me hallaba yo en estas reflexiones cuando ayer emitieron en Página 2 la entrevista con Enric Puig Punyet sobre su libro La gran adicción. Me pregunto entonces si esto que he experimentado, el horror ante un vacío (falta algo, la tribu) y el llenado provisional y artificial con “las redes” (sobra algo, la adicción), este horror también lo están experimentando otros, y si hay ahora una corriente de desconexión, o como decía en la entrevista Enric Puig Punyet, de desconexión parcial al menos. El autor afirmaba que había incluso dejado de utilizar WhatsApp. Es posible que haya un movimiento de rechazo al exceso de conexión, al hecho de no ser capaces de separarnos de según qué dispositivo, especialmente el móvil.

No deja de resultarme paradójica la atracción que siento por la desconexión, o lo que yo llamo “apagón”, que se contrapone con el hecho de que estoy estudiando un máster en marketing digital y redes sociales, y con mi interés en las redes. Quizá necesito encontrar el equilibrio entre tres posibles definiciones del uso de Internet:

  • Para trabajar: la desconexión ocurre cuando “cierras el chiringuito”. Y tienes que poder cerrarlo, si no, ya hablamos de adicción.
  • Para comunicarse: la desconexión ocurre cuando quedas con las personas con las que te estás escribiendo. Es decir, puedes utilizar las redes para mantener el contacto con aquellos a los que luego verás en persona. También habrá otros que no podrás ver, por la distancia. ¿Cuántas horas al día necesitas para mantener el contacto?
  • Para rellenar un vacío de la tribu que no es posible rellenar: entonces hablamos de estar recibiendo un beneficio secundario similar al que se recibe de una sustancia tóxica y adictiva. Remedio: apagón.

No será hasta verano que pruebe con un apagón digital, más que nada porque trabajo en las redes, vivo de las redes, los proyectos me llegan desde las redes. Pero sí será ahora que distinga los posibles usos que estoy dando a estas redes, y lo limite a lo que el autor de La gran adicción llamaba desconexión parcial.

¿Te apuntas?

Haz clic para leer más sobre la adicción a la conexión.


 

Dos pensamientos adicionales sobre este tema:

  1. Es posible que “la tribu” sea la empresa, organización, corporación.
  2. Parece que Zygmunt Bauman también tenía un sentir parecido:

Uno jamás pierde de vista su celular. Su ropa deportiva tiene un bolsillo especial para contenerlo, y salir a correr con ese bolsillo vacío sería como salir descalzo. De hecho, usted no va a ninguna parte sin su celular (ninguna parte es, en realidad, un espacio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura del celular, o un celular sin…)

Y otra de sus citas:

Ninguna clase de conexión que pueda llenar el vacío dejado por los antiguos vínculos ausentes tiene garantía de duración.

5 meses y 11 días sin tele

¿Qué significa 5 meses y 11 días sin tele?

El tiempo que he permanecido sin tener un aparato de televisión en mi casa. Esto no significa que no haya visto esporádicamente algún trozo de telediario en casa ajena (llevo 1 año sin ver un telediario completo), o que no haya visto algún contenido en Internet, como Página 2 o Atención Obras.

¿Cómo ocurrió?

Fue tan fácil como mudarme de una casa de alquiler amueblada a una casa de alquiler vacía. La casa amueblada tenía una televisión bastante grande, aunque no tenía mucha definición. La casa nueva no tenía nada, y era mi oportunidad para dejar de ver la tele.

¿Por qué?

Porque la tele se estaba comiendo mis ideas, como en esta ilustración de Eneko que, meses antes de tomar la decisión de vivir sin tele, ya había enmarcado.

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Porque la tele se había convertido en la trampilla bajo la cual se ocultan la falta de comunicación y la evitación de la intimidad; se había convertido en el sonido de fondo que hace que te calles, y por tanto, el sonido que es obligado escuchar, en el tercer inquilino (tres son multitud), en el proveedor oficial de cultura.

Cuando me vi libre de este aparato, recuperé mi hábito de lectura, se amplió mi tiempo creativo, empecé a escuchar el silencio, empecé a escuchar algunos programas de radio, también música.

¿Qué enseñanzas se extraen?

La televisión es el hogar ahora. Hogar en la acepción de fuego, y hogar en la acepción de lugar de reunión de la familia. La tele hace dibujos y chisporrotea como lo hace el fuego, pero además, tiene la sorprendente capacidad de sustituir a todos esos miembros de la familia que se reunían ante el fuego.

La tele no solo oculta la falta de comunicación de los miembros de la familia o de la pareja, sino que la sustituye. Las personas se acompañan de la tele, como si esta fuera una o varias personas más. Sin tele, por fin eres capaz de saber cuál es la medida de tu soledad, si es que eres capaz de tomarla.

Una reacción común intuyo que es volcarse en las redes sociales. Se pierde el hogar pero se ganan unos cuantos Me gusta o bien los dobles ticks de Whatsapp. Sin embargo, si de verdad quieres interactuar con una persona de carne y hueso, llega el momento de la verdad. La tele lo mantenía oculto, pero las redes sociales no pueden con tanto, son mucho más frías, aunque aparenten ser mucho más cercanas.

Lo que más eché de menos es muy sorprendente: el contenido de peor calidad de lo que veía, es decir, las películas de sábado de sobremesa que sirven principalmente para dormir la siesta con el arrullo, y que al despertar compruebas que todo era tan predecible en ellas que parece que no te hubieras dormido.

Y entonces, ¿por qué vuelvo a tener tele?

Ha surgido una oportunidad comodísima de volver a tener tele y la he vuelto a incluir en mi vida.

La televisión sigue siendo un estándar que me dice qué es lo que piensa el mundo de sí mismo. Me muestra qué creencias hay, cuáles son las corrientes de opinión, y qué es lo que divierte a mis semejantes. Incluso la tele en ocasiones me muestra lo que me entretiene a mí, como los programas que he mencionado. La tele sigue siendo tema de conversación habitual, parecido a charlar sobre el tiempo que va a hacer, algo que también te dice la tele (y las aplicaciones, de una forma mucho más desapasionada).

Así que me compro el cable coaxial.

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Ya puedo ver la tele.

Y bueno, me esperaba otra cosa. Quiero decir, me esperaba volver a engancharme al zapping, volver a programar mi cena en torno a un programa, volver a encadenar varios programas… Pero no. Lo cierto es que la tele-hogar volvió a funcionar en mi casa el martes 22 para ver Página 2, se encendió a las 21.30 y se apagó a las 22.00. Y hasta hoy.

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Ideas

Pienso que si este apagón me ha permitido desengancharme de la tele-hogar, sería muy interesante probar qué ocurre en un apagón de las redes sociales. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar sin interactuar en ninguna red para que se considere a la persona “muerta”? Creo que es una prueba ideal para verano. Por ahora, seguiré inmersa en el mundo actual, que incluye la tele y las redes sociales por igual.

En línea con este artículo, un discurso que no te dejará indiferente: ¡Apaga la tele!

 

¿Dependes de un aparato electrónico?

 

Adicción a la conexión: dependencia de tus dispositivos digitales

Lo reconozco: estaba deseando recogerlo, no veía la hora de ir a por él, trataba de distraerme leyendo pero no lo conseguía, era como querer volver a ver a un novio que se fue a la guerra. Lo que pasa es que no era un novio, era mi ordenador [actualmente sería mi smartphone].

Tres días sin él, y he pasado el síndrome de abstinencia, concretamente, de abstinencia de Internet. Sin mi ordenador, he notado una sensación de aislamiento y soledad en casa. Si no hubiera tenido televisión me habría echado a las calles para buscar gente.

La falsa sensación de estar acompañada

Creo que Internet crea una falsa sensación de estar con gente, es un engaño para el cerebro. Y además, crea una falsa sensación de que la gente es divertida, positiva, comprometida socialmente. Y yo estoy permitiendo que mi cerebro se engañe tanto con la ilusión de estar en relación con otros como con la ilusión de estar ocupada, tener quehaceres. En lugar de dedicarme a quehaceres reales, hago un montón de cosas en el ordenador que no sirven para nada y que roban mucho tiempo. Es una droga de la inconsciencia.

En estos tres días, me ha dado por llamar a varias personas de las que no me habría acordado si hubiera encendido el ordenador. Es más, de algunas solo me habría acordado al ver sus emails. De otra forma, es como si esas personas hubieran dejado de existir.

Y esto me pasa a mí que nací sin ordenadores. ¿Y a las generaciones que nacen con esos cacharros en las manos (iPod, iPad, tableta, smartphone,…)? Creo que esto aumenta la ilusión de no ser animales, pero desgraciadamente aleja las posibilidades de autodefensa en el caso de que se produjesen situaciones extremas, como un conflicto bélico.

Es increíble, porque sin el ordenador, la vivencia del silencio es mucho más intensa. También la relajación, la vivencia de un tiempo ralentizado, vacío, la ausencia de la sensación de que “hay que” darse prisa por algo.

La falsa sensación de tener prisa

He observado que el trabajo con el ordenador, incluso fuera de Internet, da una falsa sensación de prisa, como si hubiera que hacer todo corriendo, apagar fuegos, alarmas. Cuando lees un texto en pantalla, no lees con la paz y tranquilidad con que lo harías si estuviera en papel. Además, te cansa mucho más.

Normalmente, ninguna información en el PC es como una hoja con letras y punto. Es como tratar de leer una hoja con letras muy juntas y pequeñas mientras te asaltan anuncios de colores, cada vez más dinámicos, que dividen tu atención. Si además de eso te saltan mensajes de que te ha llegado un email, de que se va a instalar una actualización, de que va a iniciarse el antivirus, de que tu equipo está en riesgo, de que alguien te escribe por Skype o por Msn… ¿quién puede concentrarse en una tarea? ¿Qué calidad de trabajo puede salir de ahí?

En lo que quiero hacer hincapié es en la irrealidad de la urgencia que imprime a nuestras vidas un aparato de estos. La urgencia no es real. No hay urgencia. Además, la importancia de los hechos está además trastocada: todo parece tener el mismo nivel de importancia, excepto lo que “llama” en ese momento tu atención, que se pone en el primer lugar, haciendo que todo lo demás se interrumpa.

Consecuencias del exceso de conexión

La vida de tu cuerpo languidece mientras estás conectado/a. Tu verdadera vida social se resiente mientras estás conectado/a. Tu nivel de estrés aumenta y tu capacidad de respuesta creativa disminuye cuando estás conectado/a. Tus posibilidades de autodefensa reales, tus instintos salvajes, tu fuerza natural, se extinguen mientras estás conectado/a. Desconéctate un rato.