El dedo y la Luna

Hay dos maneras de lidiar con la realidad (hay muchas, pero, polaricemos en dos): seguir unas indicaciones externas o seguir tus propias indicaciones.

En la empresa

Cuando empecé a estudiar constelaciones familiares, encontré un libro de Bert Hellinger sobre el éxito profesional y de las empresas. Y me dije: «Esto es, aquí voy a encontrar la fórmula para tener éxito como freelance».

Pero resulta que dentro del libro volvía a poner lo que en el resto de información que ya conocía. Para tener éxito en los negocios había que hacer lo mismo que para tener éxito en la vida, para tener pareja, o para tener salud, esto:

  • Aceptar incondicionalmente a nuestros padres biológicos tal y como son, hayan hecho lo que hayan hecho.
  • Respetar los órdenes del amor, es decir, las leyes de la sistémica: pertenencia, antigüedad, equilibrio de dar y tomar.

Pero, pensé, ¿dónde está el método? ¿Qué pasos debo seguir? ¿Tengo que invertir en publicidad, hacer un curso de marketing? ¿Cómo defino a mi cliente ideal? ¿Cuál es exactamente mi producto?

Estaba buscando el dedo y me habían mostrado la luna.

Imagen generada con Nano Banana (Gemini).

Para decidir algo

Si necesitas tomar una decisión, también hay dos formas.

Tradicionalmente, se nos ha dicho que debemos dividir un papel en dos columnas. La primera columna contendrá una de las opciones. A su vez, puede que haya dos cuadrantes, uno para sus ventajas y otro parara sus inconvenientes. La segunda columna es para la otra opción, que, a su vez, tendrá una serie de ventajas e inconvenientes. Lo que se apunta en esta hoja son «razones», es decir, productos del pensamiento lógico. Luego, se elige aquella opción que tiene más ventajas y/o menos inconvenientes, quizá preguntando a expertos de la materia.

Por ejemplo, cuando tuve que decidir qué carrera estudiar, hice algunos de estos cuadros. Aquí las opciones son muchas, no solo dos, y el lío que se arma es mucho mayor. Hasta tuve ayuda de un gabinete que se basaba en criterios no muy distintos para indicar qué carrera era la que probablemente fuese mejor para la persona. Os diré que aquí el fallo vino de antes, cuando elegí asignaturas porque me gustaban pero luego la carrera no encajaba con ellas y, en aquella época, no se podía escoger una carrera no relacionada con las asignaturas estudiadas en bachillerato (muy brillante esto). Vale, parece lógico que, si te has decantado por unas asignaturas, entonces te vaya a gustar una rama de estudios. Resulta que el ser humano no es un ordenador, no piensa de forma lógica. En este proceso de toma de decisiones se deja totalmente fuera qué te dice la intuición, qué te gusta hacer la mayoría del tiempo, cuáles son tus motivaciones internas (incluso las inconscientes).

Hay otra forma de tomar decisiones, mucho más efectiva. Consiste en preguntarte a ti, al observador que está fuera del juego de los Sims, cuál elegir, a o b. Y si parece que no es ninguna, preguntar por c. «La que sabe», la intuición, tus células, un algo de dentro, parece saber la respuesta, lo que pasa es que no da ningún argumento. Por eso, se nos ha enseñado durante años de adoctrinamiento a rechazar esta voz, hasta el punto de dejar de escucharla. Siempre «una persona mayor» (una persona experta en algo o «en la vida») va a saber mejor que tú, que eres «una persona pequeña», lo que es bueno para ti. Pero, una vez creces, no vuelves a cuestionar esta creencia. Por eso es tan fácil confundir el dedo con la Luna.

El principal problema de la segunda forma de tomar decisiones es que son inexplicables. Se hace necesario buscar unas «causas razonables» para cuando la gente pregunta. Se puede decir cualquier cosa: «me dio por ahí», «no lo pensé mucho», «pensé probar esto», «me parece la mejor opción», pero no hay razones detrás: hay que acostumbrarse a esto, porque toda la vida se nos ha ido indicando que debemos explicar el origen y las razones de todas nuestras acciones.

Viendo la tele

La tele y, por extensión, cualquier medio digital que da noticias/información, puede ser esa persona que te muestra su dedo y te dice que señala a la Luna. Este conjunto de medios está lleno de personas expertas que te van a decir lo que tienes que hacer, cuándo y cómo. Te van a decir cómo lavarte las manos, te van a decir qué pensar. Te van a dar el juicio ya sopesado, calculado y decidido. La persona se hace una ilusión, dice:

Me voy a informar.

Cree, realmente, que, a partir de todas estas informaciones de diverso tipo, va a poder elaborar su propia opinión. Pero si no es cauta, no se dará cuenta de que no le van a permitir elaborar nada. No es una conspiración judeomasónica, es la forma en la que funcionan los sistemas de información y los cerebros humanos. Conozco a mucha gente que, para evitar esto, deja de ver la tele. No está mal, lo que pasa es que dejas de estar en el mundo en el que nos ha tocado vivir al rechazar una parte de él.

También puedes hacer otra cosa, puedes escuchar aquí y allá de una manera concreta. En lugar de la famosa y muy apreciada escucha activa, en la que pones toda tu atención y escuchas con el alma, tratando de acompasarte con la otra persona, aplicas la escucha de Bert Hellinger. Él cuenta en alguno de sus libros que escucha hablar a la persona que acude a una constelación familiar y no se fija en el detalle ni en la verborrea. Al contrario, pide brevedad. En esa brevedad, en esas pocas frases, oye que algunas palabras se dicen de forma más marcada, ocurre algo que las resalta: una pausa, otro tono, otra velocidad. Esas son las palabras clave. Puedes escuchar de esta forma las noticias e ir más allá, preguntarte:

¿Por qué me están contando esto ahora? ¿Por qué me dicen esto de esta manera? ¿A qué viene poner el foco en esto o en lo otro?

Dando un paso atrás y observando «el circo de tres pistas» es más fácil sacar conclusiones, pero, sobre todo, elaborar una idea propia a partir de las intuiciones y las sensaciones.

En los «hábitos de vida saludables»

Esto lleva años de moda. Antes, era un tema más hippie o alternativo, ahora está muy extendido. Se trata del conjunto de personas externas que te dicen qué hábitos «recomiendan» que sigas y qué cosas horribles te ocurren si no los sigues. Lo que pasa es que se contradicen entre sí. Todos ellos esgrimen estudios científicos que demuestran su punto de vista. Y son ciertos. ¿Por qué? Porque, como venimos diciendo en este blog, dos cosas opuestas pueden ser verdad al mismo tiempo. Os planteo unas objeciones que me surgen a algunas de estas recomendaciones:

  • Hay que usar suplementos porque la dieta es incompleta. Pero otras personas igual de expertas dicen que a través de la dieta se obtienen todos los nutrientes necesarios.
  • Es imprescindible recibir luz solar directa (no a través de cristales) al amanecer para activar los relojes internos de las células. Pero hay gatos y plantas que se pasan toda una vida sin recibir luz solar directa… y sobreviven con aparente buena salud.
  • Los alimentos tienen que ser de proximidad (juas, me parto, ¿eso es posible hoy día?), y, sobre todo, muy poco elaborados. Se deben descartar aquellos alimentos con más de 3 ingredientes. Vale, entonces un potaje con garbanzos, bacalao, huevo y espinacas, ¿ya no vale?
  • Tienes que conocer constantemente cuáles son tus niveles de x, y, z, por lo que debes recurrir a análisis de sangre y otras pruebas. Si no te pasaba A (no tienes SIBO), quizá te pase B (tienes una intolerancia al sorbitol), o incluso C (no te funciona el nervio vago, la nueva moda). «Algo te pasa, por eso te sientes mal».

Si unes todas las recomendaciones y haces caso a todas, es bastante seguro que mueras de hambre. Hace poco escuché a una endocrina y nutricionista decir:

Si una tarde te apetece, tómate un chocolate con churros.

Esto suena a permiso, disfrute de la vida y placer. ¿Qué opinarían otras personas expertas sobre este tema? Me gustaría mucho saberlo.

Para alcanzar la sabiduría

Igualmente, cuando me atrae la forma de ver el mundo de algún «gurú espiritual» vivo, por ejemplo leída en un libro, me acerco a esta persona y compruebo qué es lo que dice. La mayoría de las veces hay que seguir unos pasos, los suyos, hay que hacer esto y lo otro, se medita así, no debes hacer tal o cual cosa. Las personas que siguen al gurú empiezan a realizar una serie de rituales porque piensan que seguir las reglas de este Fulano les va a llevar a algún sitio. Pero no, el Fulano te está enseñando su dedo y cómo él cree señalar a la Luna (que nunca ha visto).

Sin embargo, individuos muy sabios dejaron un mensaje muy claro: no hay que hacer nada, no hay camino, ni siquiera las «buenas obras» cuentan. Como San Juan de la Cruz. Y con este mensaje concuerda, por ejemplo, Anita Moorjani: tú ya eres un ser espiritual, no tienes que ganártelo. Desconfía de las personas que te dicen que sólo serás espiritual si realizas los rituales que ellas indican.

En definitiva, amigo lector, se desdeña el enorme poder de la propia mente y la sabiduría de la propia intuición, del guía interno, a pesar de que se sabe que si una persona cree en que una conducta, alimento o hábito le va a beneficiar de una manera, es mucho más probable que, de hecho, le beneficie.

¿Cuál es la misión?

Cuando juegas a un videojuego, sabes cuál es la misión. Puede ser romper bloques, encajarlos, comer tesoros mientras huyes de los fantasmas, o misiones más elaboradas que implican la interacción con otros jugadores. Si el videojuego no transmite de forma clara el objetivo, al cabo del rato resulta aburrido. Puede tener unas imágenes espectaculares y unos avatares muy potentes, puede que recorras calles o saltes por los edificios de forma precisa y realista, pero si no hay misión, el juego es un rollo.

El juego de los Sims este que estamos jugando en la tierra tiene la característica de que la misión no está nada clara. La persona está aquí, va para allá, vuelve para acá, incluso hace cosas fantásticas, pero es un poco largo como para ver en él un hilo conductor. Es como que no hay guion.

Quizá por ello, la gente se inventa guiones de vida muy al comienzo, entre los 5 y los 7 años de edad, porque la angustia de no tener un destino prefijado parece más fuerte que la de tener un destino malo, incluso fatal (es decir, de muerte).

El observador como ser celestial

Si nos atenemos a distintas observaciones y pensamos que el jugador del juego está usando un avatar llamado cuerpo-mente, también podemos concluir que el jugador es un ser celestial, porque no tiene cuerpo ni mente. Parece ser que está compuesto de «puro amor» y es capaz de sentir las emociones que provoca a otras personas.

El jugador del juego de los Sims entiende la razón de todo, es capaz de ver que todo formaba parte de un devenir, de un baile, que no se comprende desde el avatar del cuerpo-mente. Un ser de estos, que puede ser una persona «iluminada», que de pronto ha comprendido «la verdad», ama a los demás tal como son, incondicionalmente, es capaz de vivir desde el corazón. Es un poco como el Adulto venido a más, es la mejor versión de la persona.

Hay varias investigaciones que muestran que el corazón tiene un sistema neuronal y que toma decisiones, incluso previas a las que toma la mente consciente. Tanto Rollin McCraty como Annie Marquier han investigado sobre este hecho. Parece ser que el corazón emite un campo electromagnético a su alrededor que alcanza entre 2 y 5 metros más allá del cuerpo, mucho mayor que el que emite el cerebro. Se puede medir la coherencia del ritmo cardiaco y los estudios la asocian a situaciones de felicidad serena, con emociones como altruismo, amor incondicional, bienestar, paz.

Es curioso que Annie Marquier ya tenía una metáfora en varios de sus libros que se parece al juego de los Sims. En este caso, asemeja al ser humano al conjunto de un carruaje con caballo, conductor y el señor que va sentado dentro. Así, el carruaje es el cuerpo, el caballo, las emociones, el conductor, la mente y el señor, ese observador o jugador. Esto va en línea con mi idea de que «el conductor» puede tener sus propios objetivos y personalidad, distintos de los del «señor». Vamos, que el avatar puede ir a su bola y, de hecho, lo hace.

El observador dentro del avatar

Desde la distancia, es muy fácil pensar que se ama a la humanidad y a los semejantes, pero, cuando los tienes cerca, ocurre que:

  • Huelen mal. Vamos, tienen un olor que puede o no agradar.
  • Son feos. En general, la gente de la tele y del cine es entre guapilla y muy guapa, pero, por la calle y en las playas, la ilusión se viene abajo. Es lo que hay.
  • Son plastas. Se repiten, caen en el victimismo, hablan de forma inagotable.
  • Te caen mal. Sencillamente, no compartes con ellos sus ideas y, cuando te plantean algunas, te crea una ira muy intensa.
  • No te entienden. La cosa comienza por el no escuchar y continúa por el uso de las mismas palabras con distinto significado o palabras distintas para el mismo significado.
  • No cubren tus necesidades. El amor que te ofrecen es condicional, normalmente centrado en que hagas las cosas como consideran que deben hacerse. Pasan olímpicamente de lo que puedas necesitar.

Por cierto, todas estas características se aplican a ti. Lo sabes y, por tanto, también te rechazas a ti mism@ por dar asco. ¿Qué es todo esto tan incómodo? El observador dentro del avatar permanece «desconocido» para la mente mientras esta se ocupa de sus obsesiones. Esa «luz sanadora y cálida» o esa «sabiduría sin palabras» no penetra en el día a día de la mente, a menos que se haga algo para reconocer «esa voz».

¿Y si la misión es amar a los demás tal como son?

Es posible que el juego de los Sims consista en amar a los demás Sims a pesar de sus características negativas o desagradables. Que sean negativas o desagradables lo decides en función de tus creencias y guion de vida, o bien, porque tu parte animal las rechaza (ejemplo, olor fuerte de los pies de alguien).

Cuando la gente que ha tenido experiencias cercanas a la muerte repasa su vida, no ves que revisen cuántas horas echaron en el curro, qué hacían en el ordenador, o cosas similares. De hecho, su vida se presenta como las interacciones que tuvieron con otras personas, especialmente aquellas en que tú hiciste daño a la otra persona.

Como decía Stephen R. Covey, nadie echará de menos sus horas de oficina en su lecho de muerte. Como en las enfermedades importantes, te acordarás de las personas más cercanas de tu vida y todo lo demás se desdibujará fuertemente, como si casi no existiera.

Quizá éramos unos seres completamente aburridos de ser felices y ser amor que se plantearon bajar a la tierra para experimentar qué sería amar a otros seres que no reconoces como seres de luz, más bien algo muy distinto. Se dijo:

Juguemos al juego de los Sims. Seamos unos seres imperfectos, a ver si nos es posible amarnos los unos a los otros.

Y bueno, pues hay quien lo logra, pero, en general es lo contrario.

Razas, culturas y civilizaciones

Es más: no es solo que no seas capaz de aceptar incondicionalmente a una persona cercana, sino que, cuanto más lejano el caso, más fácil interponer prejuicios contra una raza, una cultura o una civilización distintas. Por ejemplo, vas a vivir de forma muy diferente un conflicto armado si conoces o tienes amistad con personas de uno de los bandos. Y aún de otra manera si conoces a personas de los dos bandos. ¿Qué haces ahí? Ya no puedes odiar a un bando por completo, ya te das cuenta de que son personas individuales dentro de un gran grupo y que no es lo mismo cada persona que el grupo.

Aquí es donde encaja una propuesta rompedora y que se sale totalmente de todo lo que estamos oyendo en distintos medios. Una propuesta que se comprende si se está muy cerca de esa realidad del observador como ser superior, como puro amor, o si se conoce a personas de los dos lados de un conflicto. Y es esta:

¿Cómo ayudar al mundo hoy? Tomar juntas a todas las polaridades, a todas las víctimas y todos los perpetradores, con el mismo respeto, en el corazón. Brigitte Champetier de Ribes.

Esto es muy cañero. Porque es mucho más fácil y cómodo que uno sea el malo y otro el bueno. Así, con la buena conciencia, uno se posiciona «en el lado correcto» y puede hacer lo que quiera con los del «lado contrario». Más explicado aquí:

Nadie elige su destino. Agradezco a cada uno vivir lo que le toca, dejándole su responsabilidad. Miro a todos con respeto, dolor y gratitud. Brigitte Champetier de Ribes.

No eliges tu misión… ni el lado «bueno»

Pues ya ves cómo está el panorama. Entras en el juego de los Sims, te formas un guion de vida, adoptas una serie de creencias que filtran la manera en la que percibes el mundo y empiezas a juzgar. Te crees mucho que tu misión es un tema profesional, o familiar también, pero no te das cuenta de que la misión de una vida se comprende tras una larga trayectoria, que está centrada en el amor a tus semejantes y que esos semejantes lo son más cuanto más cercanos los sientes, hasta el punto de poder comprender que «les ha tocado» una misión, un destino, y que es eso lo que pueden hacer y no otra cosa.

La obra inacabada

Wayne W. Dyer menciona mucho en Tus zonas erróneas el concepto de producto acabado, como aquel estado estático que parece que queremos alcanzar los seres humanos, y que se corresponde más con la muerte que con la vida. A partir de los 40, si no antes, muchas personas empiezan a verse a sí mismas como un producto terminado, se dicen:

Yo soy administrativa, estoy casada, tengo dos hijos, me gusta el pilates y suelo ver Canal Setenta.

Esto puede hasta estar escrito en piedra. En todo lo que hacemos, necesitamos ver el producto acabado. Es como la angustia que puede producir no ver nunca acabada La Sagrada Familia, siempre con grúas a su alrededor que impiden tener la sensación de final. Y buena parte de esta necesidad puede deberse a la forma en la que hemos aprendido a percibir el mundo.

Desde que éramos pequeñ@s, nos han dicho: esto es redondo, esto es cuadrado, esto es triangular. Esto es rojo, esto es amarillo, esto es verde. Esto es un árbol, esto es un gato, esto es una piedra. Y esa forma de identificar los estímulos se convierte, a lo largo del tiempo, en una necesidad de concretar, por tanto, de perder matices y quedarse sin nombres para lo que es intermedio, o tener que crearlos también.

Pero resulta que todo es una nube incierta de electrones que giran alrededor de un pequeño núcleo de protones y neutrones en medio de un inmenso espacio vacío. Al mirar alrededor, tendríamos que ver una nube de puntos cambiantes cuya posición no podríamos determinar. Y, entonces, nos daríamos cuenta de algo muy importante:

En cada momento, el puzle está completo. No falta nada.

Imagen de NASA and the European Space Agency. – http://hubblesite.org/newscenter/archive/releases/2004/07/image/a/warn/, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1499793.

Es un baile

Es un baile. Lo curioso es que la vida en el espacio-tiempo cartesiano cada vez se parece más a esa nube incierta a la que también se buscan nombres, como «entorno VUCA», y «la IA está revolucionando la forma en que… (completar con lo que se quiera)». Y, ante la falta de asideros, las personas sienten una gran ansiedad, porque ya nada es redondo, cuadrado o triangular, ni rojo, amarillo o verde, ni un árbol, ni un gato, ni una piedra. Esto es x, pero también es y, z y un montón de cosas, según se contemple desde las perspectivas a, b, c, o n.

A veces, la vida te da la oportunidad de levantar la cabeza de las concreciones que dabas por terminadas, empezando por ti mism@, y, cuando ves la enorme nube, una vez pasado el momento de ansiedad, te das cuenta de que el espacio está abierto y que puedes crear con él otro baile completamente distinto. De pronto, cuatro paredes te parecen un lugar muy estrecho, ya estés en tu casa o en una corporación internacional, porque no dejan de ser concreciones «acordadas» o «falsas», muy limitadas. Todo está en constante movimiento y vibración, de manera que, agarrarse a cualquier cosa o persona es bastante absurdo. Además, las concreciones de los objetos son una pesada carga: haz una mudanza y lo comprobarás rápidamente.

Libertad para asentir

Todo esto no significa que una persona sea «completamente libre» como para decidir qué forma va a tomar todo y cuál es su misión. Pero sí es muy libre de aceptar plenamente lo que va llegando a su vida, alineándose con aquello que le toca hacer, al servicio de un montón de «fuerzas o energías» que dirigen el cotarro.

El caso es que cada cual tiene su misión, una misión que va conociendo según avanza su vida y, sobre todo, cuando mira atrás y ve cómo todo encaja. También cada cual tiene su destino, algunos verdaderamente duros, como el hombre condenado a cadena perpetua por un delito que no cometió o como el joven que queda postrado en una silla de ruedas por un accidente. Ahora esto se ha puesto «plomizo», se nota la carga y lo que pesan estos destinos. Pero hay una buena noticia: cualquier misión de vida, cualquier destino, se aligera enormemente cuando se recuerda que esto es un baile en perpetuo movimiento y que el dibujo que forma es siempre perfecto, es «lo que es». El abrazar este destino, el alinearse con lo que va llegando, es lo que da la felicidad.

Los momentos de la verdad

De un tiempo a esta parte, tengo ideas sobre qué es la vida, siguiendo mi metáfora del Juego de los Sims, y lo que ocurre es que se me escapan, como si fueran sueños que tratase de recordar una vez despierta. Por fin hoy las pongo juntas para ti, amig@ lector.

Viendo la temporada 4 de The Wire, una de las mejores series de todos los tiempos, observo cómo los policías saben que esos chicos de secundaria no tienen otra salida que vender droga en las esquinas, porque es lo que han aprendido en su casa, lo que incluso sus madres les obligan a hacer. Pero que esos chicos no son malas personas en sí, sino que reaccionan a unas vivencias muy duras. Policías y delincuentes se hablan, se saludan, conversan sobre lo que está ocurriendo, pero no son todos, algunos continúan en la beligerancia.

Algunos protagonistas de la temporada 1 de The Wire. Tomado de: https://poptv.orange.es/series-y-peliculas/reparto-the-wire/

Leo un post de Robocop Benemérito sobre la cruda realidad: si estás en la calle en servicios de emergencias, acabas radicalizándote. Las respuestas de personas de distintos sectores (ambulancias, sanitarios, policías, otros guardias civiles) están de acuerdo. Comentan que, incluso yendo en el asiento de atrás una sola noche, cambia la forma de ver lo que se mueve en las calles.

Veo un reportaje en Cuarto Milenio sobre «La mataviejas«, una mujer psicópata que engañaba a mujeres mayores, las mataba y les robaba el poco dinero que tenían. El doctor Cabrera explica que esta mujer puede tener una aversión especial a mujeres mayores por un trauma de su infancia o similar.

Y me pregunto: ¿quién es «el jugador» (el player) que está detrás de cada historia? Cuando una persona pierde las capas de aprendizaje de traumas, de supervivencia, de sufrimiento, cuando deja de identificarse con lo que hace para quedarse en la esencia de lo que es, ¿es buena por naturaleza? ¿Se arrepiente de sus actuaciones anteriores? ¿O sigue convencida de que era la mejor forma de actuar?

Se estrellan los trenes. Las personas rápidamente actúan desde el corazón, tratando de salvar a los demás, buscando a los del otro tren, un chico le presta las zapatillas a una mujer herida, un par de pasajeros acompañan al maquinista de un tercer tren hasta el accidente para entender qué está pasando, el pueblo de Adamuz se vuelca en darlo todo para las personas que han sufrido esta tragedia.

Un conocido mío con el que he coincidido en distintos cursos de formación durante varios años publica en Instagram y Facebook un vídeo en el que descubro que ahora es «un tetrapléjico en rehabilitación» (según sus palabras) debido a un accidente de deporte. Comparte un crowdfunding que los amigos de su pareja han creado para apoyar a esta pareja en su nueva vida. Me quedo en shock, trato de comprender y no tengo la capacidad, me he quedado sin aliento. Pero «el observador» en mí tira completamente para apoyar a este conocido y su novia en la nueva aventura de una vida que nunca nadie programa, que viene.

Decir sí aunque no entienda.

¿Quién es quién? Salgo a la calle y veo a un hombre que tira la pelota a su perro, que la devuelve una y otra vez. Más allá, va una mujer con un carrito de la compra, hay unas chicas que van andando rápido y hablando, pasa uno en bici. Y estoy viendo el videojuego: estamos «haciendo el tiempo», lo estamos «rellenando», creando, pero desde esta interfaz limitada que es el cuerpo, jugando también con el cuerpo y llevándolo a extremos.

Ese cuerpo que es como el hardware con esa mente que es como el software.

  • El software es limitadísimo, de pronto llego a la conclusión que es como tener instalado el MS-DOS o el Windows 3.11, una cosa obsoleta, que pensar a través de ella es limitante y muy lento, no llega lejos. Porque «lo otro», el observador, el jugador del juego de los Sims, realmente no necesita articular pensamientos en palabras o hacer razonamientos complicados, sino que «le llegan» intuiciones, momentos «ajá» o «eureka» que surgen con una claridad pasmosa.
  • Y el cuerpo, el hardware, nos reclama con sensaciones como el dolor. El dolor es una experiencia intensa del aquí y ahora que cada vez me llama más la atención, porque la mente tiene mucho que ver con qué codifica cada persona como dolor, y se puede reprogramar.

Algunas de las personas que han tenido una experiencia cercana a la muerte cuentan que el famoso «juicio final» lo hace en realidad la propia persona: ve al mismo tiempo un montón de escenas de su vida en las que le salió «el ego» haciendo daño a otra persona, en vez de salirle el ser sabio que reacciona y actúa desde el corazón (el que ayuda en el tren o el que se va sin pensarlo a donar sangre aquel 11M). Y sienten arrepentimiento porque dicen sentir las emociones de dolor de la otra persona. Quieren reparar el daño.

Entonces, he empezado a pensar que el ego, ese resultado del software incorporado en el cuerpo, tiene su propia personalidad, casi como si fuera otra persona. Es decir, como si en cada cuerpo hubiera dos habitantes, el jugador u observador, que está en un nivel dimensional más alto, y el ego, que es el resultado de miles de años de supervivencia y reproducción de un material biológico. Esto podría explicar la enorme diferencia que hay entre los estados Padre y Niño y el estado Adulto (del análisis transaccional). También podría explicar por qué muchos gurús de diferentes creencias insisten en que hay que deshacerse del deseo para evitar el sufrimiento. Claro que con esto último no estoy de acuerdo. Pienso más como Anita Moorjani: el ego es parte de la persona, sirve para algo, tiene su función: no te puedes deshacer del ego, es como tratar de deshacerse del cuerpo, la única forma de hacerlo es muriendo.

Entonces, los ermitaños, los que se retiran a una vida de clausura y contemplación, no tienen por qué lograr algo distinto de lo que puede lograr un paisano de la calle. Me viene a la cabeza la gran obra El condenado por desconfiado. Pero también, el camino que traza el sabio San Juan de la Cruz: el camino es nada. No hay camino. No hay que hacer nada. O, podríamos decir: «hay que hacer nada». Y lo completo con lo que dice Anita Moorjani: «Solo ser tú, amarte como eres». Y el ermitaño trata de no ser sí mismo, porque repudia una parte.

Solo ser tú, amarte como eres.

La gran frustración de Gulliver en una tierra ignota

Mi tío quería ser director de cine. Desde muy joven, era muy aficionado a este arte, acudía al cine varias veces a la semana e incluso más de una vez por día, con un amigo que era más entendido y le iba instruyendo. Por entonces (alrededor de 1960), ir al cine era muy barato.

Lo más parecido al cine era el teatro. Así, en preuniversitario propuso dirigir una obra alejada de los gustos de entonces (y de lo que la censura consideraría políticamente correcto), Leoncio y Lena, de Georg Büchner. Estaba diseñando la escenografía, el vestuario, tomando notas al margen de la obra, seleccionando a los actores y las actrices… y mi abuelo, es decir, su padre, no lo pudo tolerar: él era un profesor muy respetado en la misma institución, conservador. Cuando se enteró del proyecto, le destrozó todas estas notas, todo este trabajo y le dijo: «Olvida tus pretensiones de hacer la obra». De hecho, ese año no hubo ninguna representación.

Mientras probaba a estudiar una carrera que no le interesaba y hacía sus pinitos en eso de ser «hippy», mi tío seguía determinado a ser director de cine. En esa época, no existían titulaciones relacionadas con el cine… hasta que surgió la Escuela Oficial de Cinematografía. A pesar de la oposición de su padre a las inquietudes artísticas de mi tío, se ofreció a pagarle la cara prueba para acceder a esta escuela: él le quería, pero no podía comprenderle. Eran tres las pruebas. Mi tío pasó las dos primeras y quedaron 150 finalistas. Se les citó a las tres de la tarde para una entrevista personal con un tribunal, por lo que a los últimos, mi tío entre ellos, se les entrevistó sobre las once de la noche. Eran nada menos que Miguel Picazo y Luis García Berlanga los que, cansados de escuchar respuestas a «¿Qué significa para usted ser director de cine?» no prestaron mucha atención. Mi tío no pasó esta prueba.

En la mili, se eligió a su destacamento para formar parte del rodaje de una película. Tenían que hacer de soldados ingleses en El largo día del águila, de Enzo G. Castellari. Mi tío disfrutó haciendo de extra y dejándose caer abatido por el fuego de las metralletas… más de una vez: se recreaba en mostrar una muerte realista y se situaba varias veces ante el objetivo de la cámara. Se lo pasó pipa.

En diciembre de 1988, RTVE convocó el Primer premio de guiones dramáticos. Y mi tío, Jesús Casado López, ganó este premio. Se le habló de producción inmediata y vio el cielo abierto: ¡por fin voy a entrar al mundo en el que quiero estar! Pero… la vida dio un giro de guion bastante doloroso. La dirección de RTVE cambió y el nuevo director suspendió los proyectos que estaban en curso.

Además de estos hitos, durante toda su vida probó de todo, se movió en círculos de personas muy famosas/importantes, fue «negro» como guionista en series conocidas… Pero nunca logró su sueño y el dolor y la frustración que le ha provocado esto siguen vivos en él.

La visión desde la perspectiva del Juego de los Sims

En las memorias de mi tío hay mucha más información, claro: es toda una vida, desde antes del nacimiento en 1948 (mi tío se lo imagina de una forma bastante graciosa) hasta antes del irremediable final que tendrá. Pues bien: solo un observador externo, imparcial y no involucrado con los acontecimientos puede darse cuenta de la enorme cantidad de pistas que estaba recibiendo mi tío a lo largo de su vida. Pistas que se resumen en una frase contundente:

Por aquí no es.

Por ejemplo, con bastante facilidad logró ser un alto directivo de un laboratorio farmacéutico internacional, en una época en la que el país se estaba reconstruyendo y se atraía la inversión extranjera para lograr tener puestos de trabajo y movilizar una España que había quedado anclada en el pasado. Cierto que años después se vio obligado a dejar ese puesto, pero, mientras duró, la vida le estaba dando señales, algo como: «Date cuenta de dónde obtienes dinero con mayor facilidad, dónde te sientes a gusto y eres capaz de salir adelante con soltura, dónde tienes la oportunidad de acceder a otras cosas que te gustan mucho, como los grandes viajes o comer en buenos restaurantes».

Esta pudo ser una de esas comidas en un caro restaurante.

También con pocas dificultades pudo trabajar en diferentes puestos, incluida la redacción y maquetación de una revista mensual. Llegó a montar su propia empresa y a tener varias personas empleadas. Llegó a disfrutar de actividades de alto nivel con algunos clientes importantes, yendo a jugar al tenis frecuentemente, a esquiar, a los grandes viajes que mencionaba… PERO: él no valoraba nada de esto; quizá lo daba por hecho. Él solo se fijaba en cuánto se estaba alejando de lo que para él era su destino, la gloria como director de cine. Solo veía pasar los años y encontrarse constantemente con puertas cerradas, cuando no con portazos. Los regalos de la vida no los veía como tales. ¿Cómo habría sido todo si él hubiera dicho sí, si hubiera permitido y aceptado el camino que trazaba el misterioso juego de los Sims? ¿Cómo se sentiría ahora, tras una vida sintiendo que vivía un guion idiota y de pequeño perdedor, nunca escuchado, nunca leído, perdido como Gulliver en una tierra de seres extraños?

Me parece que este juego solo consiste en mover la rueda, en hacer que todo avance, que, simplemente, funcione, incluso si nos parece que nuestra labor es totalmente absurda o muy alejada del ideal y de la perfección. Como dice con frecuencia Brigitte Champetier:

La misión de vida solo se conoce al final.

Recordad que en «No hay plan B» os había contado el horrible destino de un hombre que se pasó la mayor parte de su vida en la cárcel por un delito que no había cometido. Se me ocurren pocos destinos peores. El juego es más grande que nosotros, pequeños mortales.

Dar la vuelta al calcetín

Estoy leyendo las memorias de mi tío, uno de los hermanos menores de mi padre. Es muy interesante comprobar cómo era la vida hace relativamente pocos años, cómo suceden las cosas y da la vuelta el destino y qué papel jugamos en ello «los simples mortales».

En este Juego de los Sims, parece que se tiene mucha libertad de elegir cómo jugarlo, mucha influencia en cómo se van a desarrollar los acontecimientos y, al mismo tiempo, poca o ninguna capacidad para determinar qué es lo nuevo que viene.

Y todo es como en Matrix, una interfaz de ceros y unos que se concreta en objetos reconocibles cuando se dirige la mirada. Según describen las personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, como Anita Moorjani, se puede hacer mucho más con la intención, con la atención. ¿Dónde va tu mirada?

Esto es lo que he pedido a la IA para que genere esta imagen: Quiero una imagen que refleje la consciencia del universo, formada por las conciencias individuales de las personas.

Hace años que, por temas de salud, soy aficionada a los temas de nutrición (que por cierto, han ido variando con los años y cambian de un profesional a otro). Y he llegado a la conclusión de que el papel de la alimentación no es tan central en el bienestar, dados unos mínimos: observa a los perros y los gatos domésticos, que comen pienso y están tan felices, llenos de energía y con muchas ganas de jugar, viviendo el máximo de sus esperanzas de vida: no es la comida lo que determina el bienestar, la felicidad o la longevidad. Podríamos equipararlo a la gente que bebe alcohol y/o fuma toda su vida y vive más de 90 años.

Luego están hábitos como hacer ejercicio (pero ejercicios de fuerza, ya otras cosas parece que no valen, según la moda), ver la luz del día por la mañana, los ayunos intermitentes, las gafas con filtro de luz azul… Pienso en los mineros, en concreto, aquellos mineros de Chile que estuvieron 69 días enterrados a unos 700 metros de profundidad, sin casi comida ni agua. El ser humano es capaz de sobrevivir a condiciones extremas (luego: deja de quejarte).

Dar la vuelta al calcetín

Los males no están fuera de ti. Ese proyecto horrible, esa persona difícil, esa situación económica frágil, esa persona que no te hace caso, esa app de citas que solo te devuelve el vacío… Dale la vuelta. Empieza a verlo como una Matrix en el que solo existes tú y tu visión del proyecto, de la situación, de las personas, de las herramientas a tu alcance… Entonces, ¿de verdad «la culpa» o «la responsabilidad» están ahí fuera?

«¿Y si nuestras decisiones personales influyen de manera integral en el desarrollo de nuestra realidad?», se pregunta el neurocirujano Eben Alexander III.

Según el idealismo metafísico, la mente es el fundamento último de la realidad y los objetos materiales solo existen en la medida en que son percibidos o concebidos por una mente. Por lo tanto, la realidad depende del pensamiento o de la experiencia mental.

Me gusta pensar que la Luna está ahí fuera aunque no la esté mirando. Albert Einstein.

¿Cómo distinguir si es mi guion de vida o es «el destino»?

Llevamos años «hablando» en este blog sobre guiones de vida, un descubrimiento del médico psiquiatra Eric Berne, según el cual, la persona se marca una trayectoria de vida cuando tiene entre 5 y 7 años y luego la va ejecutando como si se tratase de un guion teatral o cinematográfico. Este plan incluye hasta la edad a la que se va a morir y la forma en que va a ocurrir. El guion de vida es la estrategia que se traza para jugar al juego de los Sims.

Cuando nos sucede algo, ¿depende del guion que nos hemos marcado o de un destino externo e incontrolable, es decir, de lo que esté diseñado en el gran juego?

Esta pregunta es importante, pero difícil o imposible de responder. En cambio, si actuamos con la premisa de «voy a permitir y aceptar los acontecimientos tal y como suceden», comenzamos a alejarnos de ese guion y, sorprendentemente, también nos alejamos de lo que parecía un destino ineludible.

Digamos que estos son los pasos para vivir de esta otra manera, dando la vuelta al calcetín:

  • Se observa un cambio en la realidad, por ejemplo, la aparición de la IA.
  • Se permite y acepta el cambio, aun sin entenderlo: ok, la IA está ahí y yo estoy aquí, podemos convivir.
  • Se evita etiquetar ese cambio, sobre todo si las etiquetas son negativas, porque «entramos en guion» y dejamos de estar en el presente. Evitamos: «La IA nos va a quitar el trabajo, nos va a engañar, nos va a manipular», tanto como: «Juas, estoy colando trabajos hechos con la IA y nadie se entera, je, je».
  • Se continúa adelante con una visión integradora, tipo: «Puede que yo utilice la IA y esto me sea de ayuda».
  • Se olvida el tema por completo. Esto es muy importante: no fijar la atención en algo que nos impone, nos da miedo o rechazamos fuertemente. La frase es: «Sigue con tu vida».
  • Al cabo de un tiempo, «cuando quieres darte cuenta», la IA y tú formáis parte de un proyecto, o te está ayudando a aclarar tus ideas.

Esta es la primera entrada directamente añadida en la nueva categoría del blog, Juego de los Sims. Podrás encontrar más entradas relacionadas con esta forma de ver la vida accediendo a la categoría.

Los otros en mi juego de los Sims

Si la vida es como el juego de los Sims, hay más Sims que yo. Esas personas están experimentando un mundo similar al que yo experimento: ven los colores, oyen los sonidos, la música, sienten el viento, el agua… ¿Quién es toda esa gente?

Destino colectivo

Montas en el metro y está lleno de otros Sims. Durante unos minutos, compartes un destino con ellos: mismo metro, mismo vagón o cercano, mismo espacio que respirar.

Ese destino de minutos puede de pronto convertirse en horas, si, por ejemplo, hay una avería grave que impide salir de allí. Formas una comunidad con los otros Sims, totalmente desconocidos. Quizá se establezcan ya algunos lazos al interactuar entre sí.

Incluso, ese destino puede convertirse en «el destino» de todos si hay un accidente fatal: un Sim queda unido al resto «para siempre».

Pero, un momento… No hace falta compartir un viaje para compartir un destino. ¿Quiénes son todas esas personas que te rodean ahora? ¿Quiénes son los Sims que te cruzas en la vida, con los que compartes un saludo, unos días, unos años o una vida? ¿Los conoce tu yo observador, el que está fuera del juego? ¿Cómo es tu relación con los otros?

Revisión de vida

Hace poco, Brigitte Champetier destacó en un directo algo que yo había identificado en testimonios de experiencias cercanas a la muerte (ECM): muchas personas relatan haber accedido a una revisión de su vida de golpe, como si todos los sucesos fuesen simultáneos. Pero no se trata de una revisión de sus éxitos, ni aun menos, de sus horas en la oficina: es la revisión de lo que han dado a otras personas, de cómo las han tratado, de si les han hecho daño, algo que puede haber sido inconsciente.

Por ejemplo, en la ECM del médico José Morales, relatada por el doctor Manuel Sans Segarra en su libro La supraconciencia existe. Vida después de la vida, José Morales se ve enfrentado a «un mosaico» de escenas de su vida, no como si fuesen fotos o vídeos, sino sintiendo las emociones de las personas con las que compartía cada recuerdo. Se dio cuenta de cómo había hecho daño a algunas personas y necesitó volver para repararlo.

¿Cómo te relacionas con los otros Sims?

Puedes pensar:

Si esto es solo un juego, me da igual lo que pase con el resto de los Sims. Realmente, puedo incluso abusar de ellos, extorsionarlos, explotarlos, maltratarlos, reírme de su estupidez, de sus limitaciones. Yo juego a ganar, caiga quien caiga.

La Vida, y te la puedes imaginar como si fuera Jessica Lange si quieres, nos muestra que eso solo vuelve a ti, es como un bumerang. Todo aquello que lances, te vuelve. Pero esa no es la razón por la que te conviene tratar bien a esos otros Sims, sean desconocidos, conocidos, amigos o íntimos. La razón es que tú eres uno de ellos. Una vez te haces consciente de que lo que le duele a la otra persona te puede doler a ti igual, de que en el otro te ves tú, de que lo que rechazas del otro lo tienes o lo deseas, pero no te lo permites, entonces puedes sentir en tu corazón la compasión, la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Aceptar plenamente que somos iguales, que tú eres igual que los otros Sims, exige humildad. Te lo puede decir Shylock, el mercader de Venecia:

Al Pacino como Shylock en El mercader de Venecia. Creado por ChatGPT-5. Sin palabras…

Me ha arruinado. Por él he perdido medio millón: él se ha reído de mis ganancias, y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y linaje, ha dado calor a mis enemigos y ha desalentado a mis amigos. Y todo ¿por qué? Porque soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene manos ni órganos ni alma, ni sentidos ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano, y frío en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pinchan ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan? Si le ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo lo demás somos tan semejantes, ¿por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano, ¿no se venga este, a pesar de su cristiana caridad? Y si un cristiano a un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser si no supero a mis maestros.

Mira a los ojos a las otras personas. Es la manera de contactar con su realidad subyacente. Como decía en un post anterior, dentro del juego vemos lo de fuera cuando miramos a otra persona a los ojos.

Maneras de vivir

Hay dos maneras de vivir, esto es, de jugar al videojuego de simulación de la Vida: una es centrarse en el juego y otra es hacer más presente el yo que juega.

Centrarse en el juego: la interfaz

La forma de jugar más extendida es la implicación completa con el guion que se desarrolla dentro del juego. A esta visión corresponden creencias como «las cosas son así» y el materialismo científico. Es la postura de vida aristotélica.

En un juego de realidad virtual, la interfaz son unas gafas y unos mandos que se cogen con las manos. En el juego de la Vida, la interfaz se compone del cuerpo y el cerebro, es decir, tenemos los 5 sentidos y los razonamientos cerebrales.

Además, jugamos con tres avatares: Padre, Niño, Adulto (conceptos del Análisis Transaccional).

El avatar llamado «Padre» dice a los demás lo que deben hacer. Se siente muy bien consigo mismo, e incluso es percibido por todos los demás como una persona que se hace cargo. Pero, realmente, no actúa, solo señalan a otras personas lo que hay que hacer. Es un eco del pasado.

El avatar llamado «Niño» puede querer jugar, hacerse el inocente o la víctima, también puede querer quejarse, llorar, patalear… Al igual que el avatar «Padre», este otro tampoco hace nada, sino que se encoge de hombros o tiene actividades improductivas: procrastinar, entregarse a divertimentos, evadirse por varios medios (Netflix, alcohol, fiestas, hacer como que trabaja…). También es eco del pasado.

El avatar llamado «Adulto» se sitúa en el momento presente de esta Simulación. Es el único que colabora con el yo que juega, puesto que es el único dispuesto a la acción. Pone a disposición del jugador sus competencias y habilidades, dice: ¡sí, adelante!, ¡seguimos!, ¡manos a la obra!

Los avatares del juego de simulación de la Vida: el Niño, el Adulto y el Padre. La IA me ha sacado al Adulto como si fuera un santo.

El yo que juega

El que juega es la mente o el observador. Es quien se da cuenta de «cosas» más allá de la información contrastable de la que dispone. Por ejemplo, puede tener intuiciones, presentimientos, premoniciones, sueños con ancestros… Es la postura de vida platónica.

El yo que juega se vale de los avatares que crea su interfaz (Padre, Niño y, sobre todo, Adulto) para comunicar estas sensaciones, usando el cuerpo para sentir: el vuelco al corazón, el encogimiento del estómago, la apertura y facilidad para respirar, o el irse para atrás y contener la respiración.

Vivir desde este yo supone prestar atención a lo subyacente de manera predominante, dando menos importancia a lo aparente. Es decir, en vez de involucrarse por completo en el juego, el yo se centra en identificar lo que hay detrás de la información que percibe.

Para ello, paradójicamente, desconecta el pensamiento y se deja llevar por el cuerpo, centrándose en el momento presente y en la respiración y eligiendo ver lo que hay detrás. Sobre esta capacidad de ver más allá escribió muy bien y bonito Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos.

El mejor método para ver la realidad subyacente detrás de las cosas son las constelaciones familiares, de las que tienes una categoría en este blog y cuyo máximo exponente actual es Brigitte Champetier de Ribes.

Por qué el agradecimiento es la clave

La perspectiva del yo es la de la magia, la que modifica el juego de la Vida de maneras sorprendentes e inexplicables. Por ejemplo, una persona se cura de un cáncer terminal de forma «milagrosa», una persona que cae en paracaídas se salva de chocar con un compañero de manera fortuita, una persona con poliomielitis cambia su guion de vida y consigue tener éxito en varias áreas de su vida.

Pero también permite algo tan simple y tan difícil como salirse del guion de vida, de esos movimientos automatizados que van hilando un guion con un final ya decidido en la infancia de manera inconsciente. Conseguir actuar respondiendo a lo que se presenta, con ayuda pero dejando a un lado a los avatares «Padre» y «Niño», es un gran logro solo posible desde fuera del juego.

Esto se alcanza poniendo en práctica dos simples actividades: permitir y aceptar. En eso consiste el agradecimiento, en abrazar lo que se va presentando, con la seguridad de que es lo que debe ocurrir. Esto es contraintuitivo y revolucionario: justo al aceptar lo que se percibe como negativo, se transforma, pierde fuerza o pasa a ir a nuestro favor.

Tampoco es muy intuitivo el que las cosas subyacentes sean, a menudo, lo contrario de las aparentes. Por ejemplo, con frecuencia las personas que se muestran como críticas o quejicas y que amargan la existencia a otras, no tienen ninguna fuerza, sino que la extraen de los demás. Personas que se llenan la boca con unos «valores y principios», por detrás hacen justo aquello que condenan. O personas que se muestran como víctimas, se comportan como perpetradores. Esto se amplía en este artículo sobre el triángulo de Karpman.

En resumen: puedes elegir vivir la vida identificándote con tus avatares y siguiendo tu guion preestablecido o puedes tomar las riendas desde «el observador», tu yo subyacente que, asociado con tu avatar «Adulto», es capaz de darle la vuelta a lo que estás viviendo.

Por su cara bonita

Trabajo en el sector de la formación online desde 2010. Y sigo con la misma sensación que tenía al principio, me parece que el aprendizaje electrónico no funciona y da igual que le añadas IA, simulaciones y efectos apabullantes, porque se debe a otra cosa: nadie te mira.

Hace un par de días, mi profesora de zumba no se encontraba bien y se dio una clase de zumba virtual. Consiste en proyectar un vídeo con unos profesores que bailan excepcionalmente. Sin embargo, la mitad de las alumnas se marcharon nada más iniciarse el vídeo y muy pocas quedaron hasta el final. ¿Por qué? Nadie te mira.

Antes veías el Tour de Francia o la Vuelta a España y reconocías perfectamente a los ciclistas: si intentas recordar una imagen de Perico Delgado, vas a verle con una cinta en el pelo, le ves perfectamente la cara; ni siquiera lleva gafas de sol. Después, en la etapa de Induráin, poco a poco se sustituyó la gorra por el casco y empezaron a llevar gafas de sol, poco a poco se nos alejaron. Ahora es muy difícil distinguir a un ciclista de otro. No ves a nadie.

Necesitamos caras

Hay estudios que menciona Juan Luis Arsuaga (el de Atapuerca) en sus libros sobre paleontología en los que se analiza cómo el ser humano ve caras donde no las hay, ve rostros y ojos en las formas cambiantes de las hojas de las plantas, en las piedras, en una cueva… Busca caras y las encuentra.

Como sabemos esto, en los cursos online se ponen vídeos de «busto parlante»: una persona habla, idealmente mirando a cámara, mientras a uno de sus lados aparecen textos relacionados con lo que dice. ¿Es suficiente? No, no funciona: sabes que no te está mirando, que puedes ponerte a hacer cualquier otra cosa mientras pasa el obligatorio vídeo, no se va a ofender, no te va a llamar la atención y, lo que es peor, no va a reformular su mensaje adaptándose al hecho claro de que es aburrido y poco motivador.

Entonces, vienen las videoconferencias: reuniones, seminarios web, masterclass, sesiones… Como diría Kurtz: el horror. Hay una diferencia fundamental entre mirar la figura de un formador mientras se mueve por la clase, mientras te debates entre la somnolencia y el interés, y tener tu careto a la vista de todos los participantes, incluida la tuya, un careto cuyas reacciones pueden ser analizadas de forma pormenorizada. O, peor aún, estás a contraluz y pareces un fantasma cuyos rasgos no se distinguen, y eso crea una sensación siniestra en los demás, inconscientemente. En cambio, en aquellas videollamadas en las que los asistentes apagan su cámara son absolutamente deprimentes para el profesorado: no puede atisbar las reacciones del alumnado, que es lo único que justifica la sincronicidad, es decir, que el evento sea en vivo.

Foto de Anna Shvets: https://www.pexels.com/es-es/foto/manos-gente-mujer-ordenador-portatil-4226140/.

Necesitamos almas

La cara es el espejo del alma. Esta frasecilla me ha venido muy a cuento: lo que buscamos en estas «acciones formativas» y de otro tipo, es ver un rostro humano vivo y en persona, que reacciona a lo que está sucediendo, que está ahí y puede prestar una ayuda solo posible en un humano. Se busca el alma.

Por ejemplo, hace poco se ha oído la noticia de un robot operando la vesícula biliar sin ayuda humana. Es un avance impresionante y positivo… mientras las personas no desaparezcan del todo de la ecuación. ¿Qué pasa si la operación va mal y la persona entra en parada cardiorrespiratoria? ¿Qué pasa si cae en coma y, tal como cuentan las personas que han experimentado una ECM ve desde arriba que ahí no hay nadie que se ocupe humanamente del paciente?

Las capacidades cerebrales humanas pueden ser perfectamente imitadas e, incluso, superadas por la inteligencia artificial. Las cualidades de la mente, como la intuición, la sabiduría, la percepción de algo más allá que no se identifica con los sentidos, no parecen reproducibles, ni creo que sea deseable. El «piloto», el «conductor» de la nave ha de ser siempre el ser humano.

Y si lo pongo en la metáfora del juego de los Sims: dentro del juego vemos lo de fuera cuando miramos a otra persona a los ojos.

Lev Tolstói descubrió los Sims

Tolstói tuvo una gran crisis existencial a los cincuenta años. Al leer a este célebre escritor hablar de cómo vivió su crisis, siento que puedo entenderle, puedo seguir sus razonamientos: un hombre de éxito en su época, que lo tenía todo, y que de pronto se dijo:

La vida no tiene ningún sentido, es todo absurdo.

Él distingue a su grupo social (gente con éxito, dinero y mucho tiempo ocioso) del resto de humanos, que, en un principio, le parecían poco menos que animales. Y observa que la gente de su nivel encuentra cuatro formas de seguir viviendo: 1) ignorar el tema de la falta de sentido, 2) distraerse disfrutando de lo que se nos ofrece (epicureísmo), 3) matarse o 4) ser un cobarde.

Tan absurdo le pareció todo, que decidió la opción 3, quitarse la vida, pero no actuó «por debilidad» (se pasó a la opción 4) y porque realmente quería averiguar si había alguna respuesta al interrogante: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es el sentido de mi vida?

El materialismo científico

En su época, la ciencia estaba inundada del concepto de materialismo, que se ha extendido hasta nuestros días. Así, se consideraba que la materia es la base fundamental de la realidad y que todos los fenómenos, incluyendo la mente y la conciencia, pueden ser explicados a través de procesos materiales y leyes naturales. Pero, ¿qué es la materia? Esta concepción científica no permite darse cuenta de que la vida es como el juego de los Sims. Y eso es lo que mantenía al orgulloso Tolstói paralizado, angustiado y con pensamientos suicidas.

No hacía más que escarbar en distintas fuentes del conocimiento y chocaba con dos realidades: que las ciencias exactas no se ocupaban de responder a su pregunta existencial y que las ciencias no exactas solo se dedicaban a hacerse esa pregunta, pero no a dar una respuesta que pareciera válida.

Lev, un señor muy inteligente y un escritor muy brillante, no conocía el concepto de juego de simulación y, de hecho, se asqueaba de juegos y prácticas lúdicas, por considerarlas una manera de distraerse del conocimiento de la dura realidad, del sinsentido del sufrimiento (lo que es la opción 2). Se puede jugar al juego sin ser consciente, ignorándolo, pero si se sabe que es una simulación, entonces, todo cambia, porque el valor que se da al «sinsentido del sufrimiento» es completamente distinto: el sufrimiento forma parte del juego.

Lev Tolstói se encuentra con Álex Gómez-Marín

Álex Gómez-Marín es Licenciado en física, Máster en biofísica, y Doctor en física teórica por la Universidad de Barcelona. Y le puede decir a Tolstói que tuvo razón y mucho instinto cuando se dio cuenta de que estaba planteando mal el problema: en efecto, no se podía responder a la pregunta de la disonancia entre lo finito y lo infinito en el marco de lo finito. Lo que hacía falta era «una solución para la contradicción entre lo finito y lo infinito», de forma parecida a como falta en la Física una relación entre la física cuántica y la física mecánica. Así, al observar a los miles de millones de personas que no pertenecían a su exclusivo grupo social, Tolstói vio que podían vivir porque respondían a las preguntas de lo finito con un concepto de lo infinito: fe.

La palabra fe, como la palabra dios, tiene una carga de significado que lastra las posibilidades de comprensión y se vuelve exclusiva a un conjunto de creencias y tradiciones determinadas. Fue un intenso trabajo para el atormentado escritor comprobar cómo la mentira y la vedad estaban entrelazadas en los principales sistemas de creencias, que estaban de acuerdo en «la unión de todos los hombres a través del amor», pero peleados en los rituales que supuestamente facilitan esta unión, hasta el punto de que justificaban la violencia contra las otras creencias (la conciencia moral de Hellinger).

Si Tolstói pudiera hablar con Álex Gómez-Marín, este le contaría que existe una manera de explicar científicamente la conciencia, esto es, de establecer ese puente entre lo finito y lo infinito, y que se están haciendo estudios serios sobre ello. Digamos que este físico teórico es un experto en el juego de los Sims, sabe cómo está montado, sabe identificar lo que hay detrás. Esto habría ayudado mucho a Tolstói.

Hipotética conversación entre el científico y Tolstói. Me alucina lo que es capaz de hacer ChatGPT con un prompt muy sencillo.

A partir de su crisis existencial, Lev Tolstói fue desgranando en varios libros sus deducciones, el más interesante es Confesión, en el que cuenta cómo es posible que un hombre que lo tiene todo, un gran escritor, con dinero, salud, familia y amistades sienta una necesidad imperiosa de acabar con lo absurdo, incluso con su vida. Y cómo algo en su interior le guía hasta el amor.