Pájaro en mano: la recompensa inmediata

Más vale pájaro en mano que ciento volando

Esto dice el refrán, y no solo se trata de la “sabiduría popular”, sino que realmente nuestro cerebro está estructurado para pensar así y tomar decisiones en ese escenario.

Pájaro en mano: la recompensa inmediata

El pájaro (la recompensa) es mío ahora

La forma de expresarlo desde un punto de vista financiero se llama valor del dinero en el tiempo: un euro hoy siempre vale más que un euro en una fecha futura. Esto se debe a dos efectos: los intereses que dejan de obtenerse por ese euro invertido entre hoy y esa fecha futura y la posible inflación, que hará que en el futuro un euro tenga menos valor real.

Si lo tomamos desde este punto de vista, la aplicación de esta idea en el Libro del Buen Amor es más aproximada a este concepto: “No dejes lo ganado por lo que has de ganar (Libro de Buen Amor 994)”.

Recompensa inmediata frente a recompensa pospuesta

Desde el punto de vista de las decisiones racionales frente a las emocionales, nuestro sistema de recompensa hormonal necesita resultados tangibles y regulares. La neurología habla de la tensión que existe entre la idea de una recompensa inmediata y otra pospuesta: resulta un gran esfuerzo para nuestra parte consciente retrasar la recompensa, manteniendo al cerebro animal bajo control.

Tal como nos explica Taleb en El Cisne Negro, nuestro sistema de recompensa necesita un flujo constante de pequeñas recompensas, por lo que puede ser peor ganar diez millones para luego perder nueve que no ganar nada.

Taleb nos remite al artículo de la revista Science por Samuel M. McClure y otros: este grupo de investigadores descubrió que los sistemas cerebrales que evalúan recompensas económicas inmediatas y diferidas en el tiempo son distintos: las decisiones inmediatas involucran al sistema límbico, emocional, y las decisiones pospuestas en el tiempo al córtex (el córtex prefrontal lateral y estructuras asociadas).

La cigarra y la hormiga

Este mismo artículo de Science cita la fábula de Esopo de la cigarra y la hormiga para ilustrar los dos tipos de decisiones.

 

Es interesante que, mientras que el refrán popular nos anima a agarrar ese pájaro seguro hoy, la moraleja del cuento es retardar la recompensa a base de comportarnos más como la hormiga. (Por cierto, el esquema mental de la hormiga de dejar el placer para mañana es el “guion hasta” que vimos, mientras que el esquema mental de la cigarra es el “guion después”).

Las investigaciones como la citada confirman la idea de que los consumidores se comportan de forma impaciente hoy pero prefieren planificar pacientemente para el futuro.

La recompensa futura se nos desdibuja

A partir de un horizonte temporal, el futuro se nos desdibuja, por lo que nuestro sistema emocional ya no se involucra en decisiones tan lejanas. Los autores citados nos dicen que:

Por ejemplo, si a alguien le ofrecen elegir entre 10€ hoy y 11€ mañana, estará tentado a elegir la opción inmediata. Pero si se le pide hoy elegir entre 10€ en un año y 11€ en un año y un día, la misma persona probablemente preferirá la cantidad algo mayor y ligeramente pospuesta.

Al fin y al cabo, no somos sino primates superiores, los único capaces de retrasar tanto el disfrute de una recompensa como para hacer planes de ahorro, pensiones, pagar hipotecas… Y ciertamente no es lo que mejor se nos da.


¿Qué opinas sobre esto? ¿Prefieres retrasar la recompensa pero que sea mayor? ¿O más vale disfrutar el día de hoy? Puedes dar tu punto de vista en comentarios.

Gracias por tu atención al leer este artículo. ¡Eres libre de compartirlo!

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Los adornos: lo más difícil de “dejar ir”

¿Te cuesta deshacerte de los adornos?

Se muestran varios adornos de los que cuesta dejar ir

Los adornos de la abuela

Podemos recordar las costumbres de organización de nuestros abuelos, quizá alguno de los bisabuelos. Y ahí ya existía la acumulación, a pesar de que vivieron en una época muy diferente a la actual.

La abuela de muchos de nosotros/as ya acumulaba un montón de objetos, principalmente adornos.

¿Qué son los adornos?

Los hay de varios tipos:

  • Objetos útiles que no se utilizan porque se prima su belleza, su valor o ambos, como son jarras y jarrones, juegos de tazas, juegos de té, soperas, ensaladeras, copas (de vino, de champán, etc.) velas, almireces y resto de regalos típicos de boda, o herencias de algún familiar.
  • Objetos creados con el único fin de adornar, como figuritas de Lladró (o no), del roscón, bailarinas y toreros, esferas de madera o cristal, candelabros, máscaras venecianas, higrómetros… De estos, los adornos “horizontales” requieren de muchas superficies planas donde depositarlos, y de mucha paciencia para limpiar el polvo.
  • Adornos “verticales”: se cuelgan o se sitúan en vertical, como cuadros, calendarios, imanes del frigorífico, máscaras venecianas, carteles, mapas…
  • ¿Las plantas son adornos vivos? Si es así, trabajan 24×7 por un poco de agua a cambio, y de fertilizante o abono las que tienen suerte. Esto me recuerda a los adornos humanos en Clara y la penumbra. Quien no tiene una planta asalariada, la tiene en forma de flores de tela o bien tiene ramos de flores frescas que ya no hay que volver a regar.
  • Recuerdos, como marcos con su foto correspondiente, bufandas de un equipo de fútbol, copas y medallas que se ganaron tiempo ha y aparatos electrónicos de poca utilidad.
  • Colecciones: la perdición. Las colecciones de cualquier objeto requieren mucho espacio y mantenimiento, y no suelen ser estéticas. Muchas colecciones parecen sacadas de museos. ¿Tu casa es un museo? (Pregunta para reflexionar)

¿Cómo sería el asunto de la basura en el cazador-recolector?

En una sociedad cazadora-recolectora, deshacerse de algo no sería tan común, solo se tendría lo necesario, por lo que tampoco sería común acumular. Los espacios en que habitan las tribus no son muy grandes. Tienen poca ropa y ningún libro ni documento. Ni ningún aparato electrónico.

Sin embargo, lo cierto es que solo hay que ir a un museo para constatar que sí había adornos en las épocas antiguas: las figuritas no han evolucionado mucho desde la era prehistórica. ¿Había adornos en todos los hogares o solo en los de la gente con dinero?


Me gustaría conocer vuestras opiniones. ¿Cuál es el adorno de tu casa que más detestas? ¿Por qué? ¿Cuál es el adorno que nunca dejarías ir?

Como siempre, agradezco profundamente a mis lectores por tomarse el tiempo para leer este post y unirse a esta reflexión.

Basura tecnológica

En el post anterior sobre cuándo algo empieza a ser basura reflexionábamos sobre las categorías del método KonMari y algunas otras más inquietantes, como el hecho de que depositar cualquier elemento sobre un plato de comida la convierte en basura.

La mejor opción según las políticas de reciclaje es la prevención: evitar generar residuos al fabricar, lo que trasladado a la persona de la calle es evitar comprar lo que no vamos a consumir o vamos a desechar pronto.

¿Qué ocurre cuando no prevemos que vamos a desechar lo que compramos? ¿Qué ocurre cuando los cambios tecnológicos son tan rápidos que nuestras amadas posesiones dejan de ser útiles sin darnos tiempo a disfrutarlas?

Las cintas son ahora basura tecnológica

Las antiguallas: basura tecnológica

Hay una serie de objetos en las casas de aquellos que no somos nativos digitales que quizá nos resistamos a “dejar ir” porque no se pueden reciclar y porque se han convertido en pocos años en auténticas piezas de museo. Repasemos algunas, con aires de abuela cebolleta:

Los discos de vinilo

Los que fuimos adolescentes en los ochenta, acumulábamos los discos de vinilo (LP y singles) de nuestros artistas favoritos. Lo que hacíamos era grabar una vez el disco a una cinta y escuchar la cinta para que el disco no se rayara. Si la cinta se estropeaba (lo que ocurría cuando se enganchaba y se salía de su carcasa) volvíamos a grabar el disco. Los discos de vinilo se sacaban de su funda con aire reverencial y con muchísimo cuidado. Se limpiaba el polvo del disco con delicadeza y se situaba, con la liviandad de una bailarina de ballet, la aguja de diamante del tocadiscos sobre los primeros surcos grabados.

Entonces aparecieron poco a poco los CDs. Los discos y las cintas, como hemos visto, cooperaban entre sí, no eran sustitutos perfectos: se prefería el disco, tenía más glamour, era más grande, a veces se abría en dos y dentro contenía las letras, mientras que la cinta era demasiado pequeña y si contenía las letras era en un papel que parecía un acordeón o un pai-pai.

Al principio creímos que los CDs no se rayaban. Creímos que eran “perdurables”. Y muchos fuimos pasando penosamente la colección del artista favorito a CD, a un precio similar al del disco de vinilo, pero con la ingenua creencia de que perdurarían por siempre. Creo que los CDs son mucho menos resistentes que los vinilos.

¿Qué hacemos ahora con estas colecciones de discos de vinilo y de cintas? Hay quien dice que los discos de vinilo se oyen mejor, que tienen otra calidad de sonido, etc.

Pero no podemos comprobarlo fácilmente: apuesto a que en la mayoría de las casas donde todavía hay discos de vinilo ya no hay dónde escucharlos, porque los tocadiscos se estropearon antes.

Las cintas de vídeo

Algo parecido pasa con las cintas de vídeo. Al principio había un sistema, el vídeo 2000, después el Betamax y después el VHS. Quien no acumulaba películas en un formato lo hacía en dos o tres de estos. Al igual que pasaba con las casetes, las cintas de vídeo podían grabarse, con lo cual quien más quien menos grababa todas las películas de la tele que quería, cortando manualmente los anuncios, etc.

¿Qué ha pasado con estas colecciones de cintas de vídeo? Pues que los vídeos reproductores se fueron estropeando, los cabezales dejaban de funcionar, pero las cintas siguieron ahí, con un mensaje indescifrable ahora.

Hay quien no consigue dejar ir su gran colección de cintas de vídeo, en la que invirtió mucho tiempo y dinero.

CDs y DVDs, la nueva vieja basura

En efecto, muchos creímos que el DVD era el sustituto duradero de la cinta de vídeo. Y también pronto descubrimos que se rayaban con facilidad. Las carcasas de las cintas de vídeo les daban un empaque, un aspecto de ser productos de cierto nivel. Las carcasas de DVD empezaron ya siendo más finas y blanduchas, fueron enflaqueciendo y ahora es fácil que los DVDs tengan carcasas como las de un CD.

La erosión del envoltorio fue pareja con la erosión del valor que le dábamos al contenido. Antes, lograr alquilar el VHS de una película era un gran reto, ahora, lograr bajar una película es tan sencillo que la gente las colecciona por miles. Y no las ve.

Vemos ya un indicador interesante: antes, la música y las películas entraban en el concepto de escasez, no estaban disponibles, había que grabarlas de la radio o de la tele o pagar un precio por su versión original, fuese alquilada o comprada.

En cuanto a los libros y su supuesto sucesor electrónico, la conversión no ha tenido lugar: se siguen vendiendo libros de papel, y muchos lectores argumentan que prefieren pasar páginas, notar su tacto, su olor, tener una guía visual del avance en su lectura, poder subrayar… Placeres que desaparecen con el libro electrónico. Por otra parte, hay quien acumula miles de libros incluso en su teléfono móvil, pero, ¿los lee? ¿Y tú, te has pasado al libro electrónico?

Cámaras de fotos… con carrete

Cuando una tecnología cambia, no se sabe el arraigo que va a tener. Al principio, hay adoptantes tempranos que se pasan pronto a esta tecnología, y cuando se abandona sin que alcance la masa crítica, se dan cuenta de que han adquirido piezas de museo a un alto precio. Ocurrió con el mini-disc o con unos “maxi-discs” que aparecieron y duraron muy  poco.

Esto creí yo que pasaría cuando aparecieron las primeras cámaras de fotos digitales, que no durarían. Desde luego, como adivina del futuro no tengo precio. Me regalaron una cámara de fotos con carrete, que yo pedí, y que muy pronto tuvo que quedar relegada a este apartado de piezas de museo precisamente por lo contrario: lo digital se impuso a gran velocidad y, junto con los carretes, desaparecieron miles de negocios basados en el revelado fotográfico.

Las cámaras de vídeo, otro tanto. Durante años existió el súper-8, después, durante otros muchos años, aparecieron cámaras de vídeo de cinta (una cinta pequeña) en las que las familias grababan sus vacaciones, luego las cámaras de vídeo digitales, y luego los teléfonos móviles, que arrasaron con las cámaras de fotos, las de vídeo, los walkman, los discman, los contadores de pasos y todo lo demás que podías portar contigo.

La inversión en basura

Y ahora, el contraste es saber que, compres lo que compres en cuanto a tecnología se refiere, se quedará obsoleto tan rápido que no podrás amortizarlo, no podrás haber disfrutado de su vida útil. Ya es costumbre que un teléfono móvil dure dos años, pero es que un teléfono móvil cuesta mucho dinero como para tener una vida útil tan corta. Es como si estuviésemos invirtiendo en basura.

Los nostálgicos guardan sus Nokia, aquellos que no se rompen de ninguna manera y cuya batería sorprendentemente sigue funcionando y sigue durando.

También están las impresoras. Un histórico tan nostálgico como hemos hecho con los discos o las cintas lo podríamos hacer con las impresoras, porque una impresora con escáner, impresión a color y fotocopias a doble cara podía costar 6.000 euros, y ahora cuesta 60. ¿Cómo has podido amortizar algo así? En los últimos veinte años hemos asistido al abaratamiento progresivo de la tecnología, hasta el punto en que llega a ser Gratis. Y si es gratis, las inversiones se han trasladado a otra parte.

Lo cierto es que llevamos años invirtiendo en una “basura” que nunca habíamos considerado así: los coches. Un coche es un gasto, no es una inversión. Al día siguiente de comprarlo, su valor se deprecia hasta casi la mitad. Sin embargo, seguimos comprando coches…


Volviendo al principio, lo cierto es que veo complicado no invertir en basura tecnológica cuando no sabes qué es lo que se va a convertir en basura. No generar basura es fácil cuando controlas lo que gastas en alimentos perecederos o cuando eres consciente de lo que no necesitas. Lo que pasa es que a veces necesitas algo (una impresora) y al poco tiempo, el objeto se ha transformado en residuo sin darte tiempo a pensar… ¿Te ha ocurrido? ¿Qué “basura tecnológica” acumulas en casa?

¿Cuándo algo empieza a ser basura?

¿Te has preguntado alguna vez cuándo algo deja de tener utilidad y comienza a ser basura? Yo sí, muchas veces.

Paseo con mi perra por el campo y, por lejos que vayamos, siempre encuentro basura. No es que yo la vaya buscando, pero mi perra sí, porque para mi perra todavía hay utilidad en la basura, principalmente, para ella es comida que huele muy bien. También lo es para urracas, hormigas, avispas…

Existen varios tipos de bienes que tienen formas diferentes de convertirse en basura, algunos de ellos a una velocidad increíble. Aquí algunos ejemplos, siguiendo parcialmente las categorías de objetos del método KonMari:

Cuándo un objeto comienza a ser basura, esa es la cuestión

La comida en el plato

En el momento en que una persona echa un envoltorio de cualquier tipo sobre la comida de un plato, la convierte en basura. Sucede todos los días en los restaurantes. Incluso hay una forma más fina de convertir la comida en basura: cruzar los cubiertos sobre el plato. Automáticamente, incluso si el plato está intacto, se convierte en desecho.

Ropa

Cuando cambias de talla, la ropa deja de serte útil. Puede que la guardes con la esperanza de recuperar tu talla anterior, y puede que cuando puedas volver a llevarla, esté desfasada. ¿Puede esta ropa ser basura colgada en tu armario?

Lo que sí es cierto es que justo cuando una prenda se engancha y se le hace un agujero o se rasga, incluso aunque la estrenes ese día, se convierte en basura. También sucede cuando le cae aceite o grasa y se forma un lamparón formidable que no se consigue quitar al lavarla. A veces, incluso cuando la ropa se descose, puede convertirse en basura, dependiendo del descosido y de la pereza o inhabilidad de su dueño/a.

Aparatos y electrodomésticos

El talón de Aquiles de los aparatos es la batería. En el momento en que la batería de cualquier aparato deja de cargarse bien, ese aparato va a la basura. Anteriormente fueron los cables: cada aparato tenía un cable distinto, y si se dejaba de fabricar el cable del tuyo, a la basura.

Si se trata de un electrodoméstico, cuando su rendimiento baja, va a la basura. Deshacerse de todos estos aparatos es correoso porque no hay contenedores en las zonas habituales, sino que hay que acercarse a un punto limpio. Como estos aparatos pesan, en muchas casas grandes languidecen frigoríficos y lavadoras que una vez fueron el esplendor de la casa.

Los ordenadores son caso aparte. Lo que los convierte en basura es que no tengan capacidad para manejar los archivos, cada vez mayores, o que no soporten un sistema operativo más actual. Las aplicaciones en sí son basura cuando aparece la siguiente versión. Algunas aplicaciones no pueden volver a abrirse jamás, y los documentos creados con ellas se convierten también en una basura extraña, porque pasado un tiempo ni siquiera se sabe lo que contienen.

Las cámaras de fotos (¿qué son ya?) y otros aparatos que de pronto cayeron en desuso también pertenecen a esta categoría.

Con las impresoras sucede que es más barato comprarse una nueva que comprar los cartuchos de tinta de la anterior. Impresoras que hace pocos años costaban 6.000 euros, ahora están a unos 60.

Y los dispositivos son basura cuando adquirimos uno más potente, lo cual es fácil, ya que se quedan obsoletos o dejan de ser “el más” potente en cuestión de meses.

En esta categoría, se genera tantísima basura que no sabemos qué hacer con ella y la enviamos a otros países.

Libros

Quizá los libros sean la categoría que más se resiste a convertirse en basura, por eso en cada casa se pueden encontrar libros que nunca fueron leídos o que solo fueron leídos una vez. Los libros pesan mucho y cuesta deshacerse de ellos. Además, hay un gran sentimiento de culpabilidad por tirar libros a la basura, aunque sea a un contenedor para papel y cartón. Especialmente ocurre si estos libros están dedicados. Algo muy gordo tiene que haber ocurrido para que un libro sea basura, como que le haya caído encima una taza de café, o se haya mojado en la lluvia: el líquido los deja con un aspecto deslustrado, si bien pueden ser todavía legibles.

El libro de texto sería el caso más frágil: una vez terminado el curso, el libro de texto se convierte en una momia polvorienta de la que hay que deshacerse.

En la misma línea van los apuntes. Por bien encuadernados que estén, por bonita que fuese la presentación de PowerPoint en que te los pasaron, los apuntes son basura al día siguiente de la prueba final. Todos los subrayados en diferentes colores, los esquemas, los apuntes de los apuntes que los parafrasean… Todo eso se va. Incluso hay quien desea fervientemente quemarlos en la hoguera de San Juan de su pueblo.

Cualquier objeto depositado al lado de un contenedor de basura

Incluso si no lo tiras dentro porque lo que buscas es que alguien le dé una vida más prolongada, cuando pones cualquier objeto al lado de la basura, automáticamente es también basura.

Cuando dejas de practicar un deporte o afición, todos los aperos relacionados con ella van a la basura: bicicletas, ropa de deporte, cañas de pescar, lienzos y témperas, telescopios…

¿Cuál es el objeto más curioso que has visto en la basura?

El punto limpio

Por curiosidad, os animo a que visitéis un punto limpio. Hay una sección, un contenedor gigante como los de las obras, en el que hay “todo lo demás”, principalmente adornos y juguetes. Son esos objetos que no se pueden reciclar en ninguna de las otras categorías. Miles de recuerdos. Muchos con aspecto de estar intactos. Objetos de colores, objetos que, simplemente sacados de ese contenedor, dejarían de ser desechos.


Así que la basura no es algo que podamos definir objetivamente, sino que depende de costumbres de cada uno. Lo que sí es cierto es que la basura realmente se genera “en el origen”, al fabricar. Aquí es donde entra el concepto de jerarquía de residuos de la UE:

  1. La prevención: evitar los residuos con distintos métodos de gestión.
  2. La preparación para la reutilización: por ejemplo, llevar la ropa a Cáritas, o los libros a la biblioteca.
  3. El reciclado: si no se ha podido reutilizar, depositar en el cubo correspondiente.
  4. Otros tipos de valorización: por ejemplo, la tela de la ropa históricamente se ha rasgado en trapos. Los libros calzan mesas cojas. Algunos elevan pantallas de ordenador.
  5. La eliminación sin riesgos y compatible con el medio ambiente: de otra forma, todo acaba en el vertedero, que es el peor lugar donde pueden acabar nuestras posesiones, por su impacto medioambiental. Incluso tiramos basura al espacio exterior.

Si quieres saber más sobre cómo reciclar, echa un vistazo a estos consejos de Ecoembes.

El policía que estaba en la parra

¿Nos está permitido estar en la parra?

Piénsalo bien. O para aclarar un poco: ¿nos está permitido estar en la parra cuando otros están mirando? ¿Nos lo permiten nuestra naturaleza, las normas sociales, las neuronas espejo?

Estoy en la cafetería del aeropuerto. Digo “la” porque solo hay una (es un aeropuerto muy pequeñito). Todos estamos esperando un avión. Muchos han acabado de comer, pero es pronto para acercarse al control.

¿Qué haces tú en una situación como esta para matar el tiempo?

Mucha gente, y yo puedo estar a veces en este grupo, abre sus portátiles y sigue trabajando, como si no fueran más de las ocho de la tarde. Están encorvados y miran hacia abajo, a sus pantallas. Son “los tristes“.

Los que tienen compañía, los menos, a veces charlan. Suelen ser personas que no viajan por motivos de trabajo, por lo que no portan un ordenador. Son “los familiares“.

Hay algún “lector” y algún “escribano“, ese que toma notas. A veces también soy de uno de estos dos tipos. Ahora mismo, claro, estoy siendo “el escribano”.

Hoy hay uno distinto: es policía. Es joven. Y es capaz de mantenerse en la parra con la mirada distraída en el infinito y ocasionalmente en otro de los comensales. Claramente, no está de servicio. Ese tío sí se siente libre.

Parece tan relajado que incluso se diría que va a dormirse. Este tío es un crack. Lleva por lo menos veinte minutos en estado meditativo. No estoy bromeando con él, realmente le envidio.

Como esa niña del artículo, yo tampoco puedo parar mis pensamientos, ni puedo dejar de hacer cosas “útiles”, “productivas”.

Por lo que de pronto levanto la cabeza del teléfono y el policía se ha ido. De verdad, ha desaparecido.

¿Darán cursos de meditación en la policía? ¿O bien trabajar de pie, en movimiento, sin tener que estar al menos 8 horas delante de una pantalla dará al policía la capacidad de quedarse en la parra?

  • Nota 1: la imagen del policía procede de este artículo, y es evidente que no he encontrado imágenes de policías en la parra.
  • Nota 2: he visto que la expresión “estar en la parra” puede no ser global, ¿cómo llamáis a este estado en que estás despistado, con la mirada perdida en el infinito?

El ateo que tuvo una visión divina

Ramiro Ortega era un hombre de unos cuarenta y cinco mal llevados o cincuenta estupendamente llevados. Era alto y tenía una complexión física grande, fuerte, pero no gruesa. Su pelo era tirando a rubio y sus ojos tirando a verdes. En conjunto, era un hombre que pasaba desapercibido, poco atractivo y además ateo.

Un día iba andando por la calle y de pronto se encontró con un hombre que llevaba el pelo largo, tenía la tez oscura y vestía una especie de sayo que le llegaba hasta los pies, en los que llevaba unas sandalias. La primera palabra que vino a la mente de Ramiro fue “hippie”, y después “árabe o judío”, y después aún pensó que ese mendigo debía de estar helado porque estábamos en febrero y el propio Ramiro llevaba una cazadora deportiva roja bastante calentita.

El hombre llegó hasta él y le dijo: “Vengo en nombre de mi padre, para predicar la paz en la tierra. Todos somos hermanos”. A las palabras que ya había pensado Ramiro se unieron “testigo de Jehová” y “cuidado, está pirado”, y su primer impulso fue sacar la cartera para ayudar al sin techo, y al mismo tiempo un segundo instinto le pedía protegerla de un posible robo. Por otro lado, lo que decía el hippie era tan extraño que quiso averiguar un poco más. Le preguntó si tenía qué comer, y el otro le dijo una cosa más extraña aún: “Puedo multiplicar panes y peces, y convertir el agua en vino, pero ahora necesito llevar mi mensaje a los hombres”. Definitivamente para Ramiro, este hombre no estaba bien de la cabeza. Le preguntó: “A ver, ¿tienes papeles?”. El otro parecía perplejo: “¿Papeles?”. Entonces Ramiro pensó que allí cerca había una comisaría de policía y podía acompañar al mendigo. Pero claro, igual le metían en prisión para luego deportarle. No le gustó esta idea, quiso un destino mejor para el tío del sayo, y recordó que por la zona había un comedor de Cáritas donde podía dejarle, casi depositarle, como si fuese un objeto perdido.

Se fijó más en él y le extrañaron varias cosas: no olía mal, estaba limpio, su mirada era muy profunda y le había hablado en perfecto español. “¿Llevas mucho tiempo en España? ¿Cómo te llamas?”, le dijo. Y el hippie del sayo le respondió: “¿España?”. Ante la perplejidad de su mirada, Ramiro se confirmó en la idea de llevar a este hombre al comedor de Cáritas y deshacerse de él, e irse él mismo a comer, pues le estaba entrando hambre. Así que le guió, el otro le seguía dócil, como un perrito, y le llevó a aquel comedor de ayuda social. “Bueno, macho, aquí te dan de comer y a lo mejor te ayudan con los papeles. Yo me voy, que he quedado. Toma cinco euros por si necesitas algo, coger el metro o algo”. Aquel hombre cogió el billete y lo miró con extrañeza, miró a su alrededor, y asintió con un gesto.

Unos días más tarde, Ramiro lee en el periódico: “Hombre de 33 años, sin papeles, de origen judío y que dice ser Jesucristo parece multiplicar la comida en el comedor social de Cáritas situado en la calle Hernani, 66”. Y se fija en la foto y sí, parece un Jesucristo el hombre. Ramiro se dice: “Qué pena de inmigrantes”.

(Puede que continúe…)

¿Sabías que Jesucristo es el meme más popular de la historia?

La atracción de lo sórdido

En un capítulo de la serie Mad Men, cuando el protagonista (Don Draper) evoca parte de su infancia, aparece un vagabundo que se aloja en su casa familiar por un día. Los padres de Draper mencionan los prejuicios que les evoca esta persona sucia, de ropas viejas, errante, perdida. Y se los mencionan a él, atribuyéndole aspectos negativos, como la creencia de que les va a robar la paga que le prometen por ayudarles en la granja.  Cuando el niño Draper habla con el vagabundo, la primera pregunta que le hace es: Tú no eres vagabundo, ¿verdad? Y el vagabundo le da la razón, le dice que él tuvo esa vida de oficina, mujer e hijos, casa y “seguridad”. Pero un día lo dejó todo y se fue, y entonces se sintió libre, entonces logró dormir, fuese bajo las estrellas, en un albergue o donde le sorprendiera la noche.  Esto deja al niño pensativo.
Ayer en Página 2 se hablaba de autores que comenzaron a publicar tarde, más allá de los 40. Uno de ellos, Charles Bukowski, había dicho que cuando tenía un trabajo de oficina tenía dinero, y que si se dedicaba a escribir no ingresaba nada. Pero que prefería esta situación, y que si tenía que volver a un trabajo de 8 horas de oficina, se suicidaría. En concreto, en un diálogo de El incendio de un sueño, podemos leer: “No hay ningún trabajo decente. Si un escritor abandona la creación, está muerto”.
Gary Cooper protagonizó una película de Frank Capra, Juan Nadie, en la que daba cuerpo a un vagabundo que se hace pasar por un hombre recién despedido y atormentado por ello,  inventado por una periodista a la que habían despedido realmente del periódico en que trabajaba. Este Juan Nadie, o John Doe, decía en la carta creada por la periodista que se iba a suicidar porque no soporta este fracaso. Pero a mí el que me interesa es el personaje secundario, “el coronel” otro vagabundo que le recuerda continuamente a John que se está metiendo en un lío: la verdadera libertad está en ser un vagabundo que no tiene nada, y quien nada tiene, no está atado por nada. Para el coronel, los “zapatos de tacón” son aquellos que se centran en sacar dinero a los demás, y de los cuales conviene apartarse para llevar una vida libre. Considera que John se va a acostumbrar a un montón de cosas que le van a llevar a hundirse. Como la periodista va a pagar dinero a John por hacerse pasar por el vagabundo y dar charlas, el coronel considera que este dinero va a corromper al vagabundo. Le dice que el dinero le va a llevar a entrar en restaurantes, comer cosas maravillosas y esto hace daño a la persona. El dinero funciona como una druga: primero se quiere comer bien, luego dormir bien, en una habitación confortable con cortinas y alfombras y antes de darse cuenta, ya no le es posible al vagabundo dormir a menos que sea en una buena cama. Después te abres una cuenta bancaria y es entonces cuando los hombres de zapatos de tacón te han atrapado.
Sangonera es un personaje doble en la novela Cañas y Barro, primero sale su padre, y luego él toma el relevo, asegurando el avance generacional del relato. Me fijo en el segundo Sangonera, el hijo, porque es quien mejor nos relata su filosofía de vida. Hablando con Tonet, el protagonista, Sangonera afirma una y otra vez que trabajar es insultar a Dios, porque es dar por hecho que Él no proveerá, que necesitamos más de lo que Él nos da. Para Sangonera, el fin del trabajo es atesorar “aunque sea miseria”, pensando a todas horas en el mañana. Y esto convierte a los hombres en bestias. El trabajo regular y monótono, tener una casa, una familia, tratar de asegurar el mañana; todo esto es no confiar en Dios.

Y es que me da la sensación de que todos estos vagabundos tienen “su razón”, tienen razón, lo que dicen es cierto desde un cierto punto de vista. ¿Quién puede juzgarlos? Las posesiones te poseen, es algo que las filosofías orientales llevan miles de año explicando. ¿Qué significa realmente trabajar? ¿Cuál es el fin del trabajo? Ya he reflexionado otras veces en el blog sobre esto, porque, desde que el trabajo pierde la conexión con sus resultados directos (comer, tener dónde dormir, estatus), pierde el sentido. Me imagino muchas veces que de pronto tenemos que vivir “en la selva”, sin ninguno de los medios que tenemos ahora en las oficinas; principalmente sin electricidad. Y creo que moriríamos muy rápidamente. Como decía el Coronel, nos acostumbramos a una buena cama y luego no podemos dormir.
Dedicado a Daviss.