Egoísta y altruista

El ser humano es egoísta por naturaleza. El ser humano es altruista por naturaleza. Estas son dos realidades heredadas de la evolución que conviven en nosotros a pesar de ser contradictorias. Y cada una de ellas da lugar a un posicionamiento económico y, por ende, político: dar más valor al bien propio o dar más valor al bien ajeno (colectivo).

En El collar del neandertal, Juan Luis Arsuaga habla de cómo un grupo de neandertales nómadas llevaba consigo a un hombre deforme y que probablemente tenía dificultades para desplazarse. Todo apuntaba a que cuidaban de él, desplegando así el altruismo y la empatía propios del ser humano.

Adam Smith expresó la idea de la mano invisible: cada persona, persiguiendo sus propios intereses (egoístas), realiza una actividad que, sin pretenderlo, redunda en el bien de todos. Siendo cada cual altamente egoísta, es como si una mano invisible produjera un reparto equitativo entre todos mejor que si las personas hubiesen buscado conscientemente esta redistribución.

Imagen de Pexels en Pixabay.

Pero resulta que hay actividades que, en principio, nadie quiere hacer. Son actividades que suelen ser deficitarias, ya que su coste es mayor que el precio que pueden pagar los individuos por ellas. Por ejemplo, la sanidad, la educación o el transporte públicos. Si cada individuo tuviese que pagar por el coste de lo que consume en estas 3 áreas, mucha población se quedaría fuera. Por mucho que todo pareciese funcionar como si una mano invisible lo dirigiera, estos bienes no estarían incluidos en el juego.

Esta es la razón, según muchos economistas, por la que no existe una economía de libre mercado sin ninguna intervención estatal. Las economías capitalistas tienen una proporción mayor o menor de esta intervención, ya que se considera que estas actividades son «fallos del mercado» (el mercado no funciona con ellas). Se dice que solo la Bolsa opera como un libre mercado. Todo lo demás en la economía requiere de intervenciones del Estado para proporcionar esos elementos que tienen un coste mayor del que el ciudadano puede pagar.

A cambio, la existencia de determinados servicios públicos provoca una externalidad positiva. Es decir, sus beneficios llegan más allá de lo que su acción directa se propone.

¿Qué son las externalidades?

Este es otro concepto económico muy fácil de entender y que pienso que, conociéndolo, ayuda a comprender muchas políticas.

Las externalidades son costes o beneficios que no recaen sobre quien los produce, sino que van a un tercero.

Investopedia.

El ejemplo clásico de externalidad negativa es el de una empresa que, para producir, contamina el medioambiente. Esto supone un coste para la sociedad, porque provoca problemas de salud en los ciudadanos e implica un gasto en sanidad mayor, mientras que ese coste no está contemplado en las cuentas de la empresa. Así, el Estado puede intervenir imponiendo un impuesto por esa contaminación, tratando así de recuperar el coste social.

Por otro lado, el Estado, al ofrecer sanidad y educación públicas, proporciona a la empresa privada personal más sano y mejor preparado del que le ofrecería el mercado. En este caso, se produce una externalidad positiva, un beneficio del que se aprovecha la empresa sin haber contribuido a él. La combinación perfecta en el aspecto educativo es que el Estado proporcione una educación orientada a la producción y que permita a la empresa participar en la formación práctica de los individuos, de manera que el beneficio para la empresa y, por ende, para la sociedad, sea mayor. Este es por ejemplo el espíritu de la nueva normativa de la formación profesional.

¿Individualistas o colectivistas?

Cuando estuve en Austin hace unos 10 años, observé que la mayoría de la gente iba con su coche a todas partes y por ello tenían problemas de tráfico y de aparcamiento. Cuando pregunté si tenían tren, me contestaron que se había preguntado a los ciudadanos si estaban dispuestos a destinar una parte de su sueldo a impuestos para la construcción de las vías y demás. Y los ciudadanos habían contestado que no: preferían su dinero en el bolsillo.

La proporción de dinero de cada ciudadano que se destina al bien público (que consiste tanto en proporcionar externalidades positivas como en evitar las negativas) es variable en cada país. Esta proporción también cambia con partidos de distinto signo político.

Según Geert Hoftstede, existe una serie de dimensiones culturales que describen los valores de las personas en diferentes países. Una de estas dimensiones ayuda a comprender en qué grado están dispuestos los ciudadanos a preocuparse por el bien común, por lo colectivo. Hofstede llamó a esta dimensión individualismo-colectivismo. En los países individualistas, las personas prefieren enfocarse en su beneficio personal, están más orientadas al egoísmo y menos dispuestas a pagar impuestos. Su autoconcepto se formula en términos de «yo». En los países colectivistas, las personas son más altruistas, priorizan el bien común y se sacrifican por él. Su autoconcepto se formula en términos de «nosotros».

Lo curioso es que España como país da niveles altos de individualismo. Más altos, por ejemplo, que China:

Comparación de España y China en las 6 dimensiones de Hofstede. https://www.hofstede-insights.com/fi/product/compare-countries/.

Por cierto, el individualismo no es el valor más destacable que tenemos como país. Al ver esta comparativa, lo que más llama la atención es el valor que damos a la «evitación de la incertidumbre». Se ve que por eso muchas personas buscan ser funcionarios públicos y ser autónomo o emprendedor se ve como algo extremadamente arriesgado.


Lo que me propongo con posts como este es, por un lado, dar a conocer conceptos económicos fáciles de entender sin entrar en cálculos matemáticos o estadísticos. Por otro lado, creo que es fundamental comprender que la Economía es una ciencia social y que por tanto es relativa al individuo. En muchas ocasiones, se pueden demostrar una cosa y la contraria (somos egoístas, somos altruistas) porque ambas son ciertas. Por último, en esta entrada hemos visto que las economías capitalistas se diferencian entre sí por el grado de intervención del Estado, pero siempre hay una cierta intervención.

Muchas gracias por leer y por compartir.

Va viniendo

Hace poco me pasaron un vídeo de Marc Vidal alertando sobre las primeras consecuencias de la crisis: el recorte de libertades. No me convenció demasiado hasta que en el telediario escucho unos «consejos para ahorrar» que me escaman: comer solo un plato, rebajar la temperatura de la caldera (esto es, ducharse con agua fría) o bajar la calefacción a 15º cuando estás fuera de casa (siempre se había dicho que ahorra más energía mantener una temperatura constante todo el día).

A ver, a ver, a ver… ¿Comer solo un plato? ¿De qué estamos hablando realmente? Esto me parece llamativo, porque hace tan solo unos días, ya se habló de una cesta de 30 € ofrecida por una cadena de supermercados, en la que no había un solo producto fresco y sí muchas latas. ¿Calentar una lata, quizá? ¿Eso es lo que debemos hacer los ciudadanos para ahorrar energía?

Imagen de PublicDomainArchive en Pixabay.

La semana pasada os hablaba de la definición simple y clara de la inflación. La inflación de un 10 % significa que, de media, los productos que se contemplan para calcularla han subido el 10 % de su precio anterior. Y está claro que esta subida se notaría en los alquileres si el Gobierno no hubiese aprobado una medida por la que se limitó la subida del IPC (índice de precios al consumo, otra forma de llamar a la inflación) al 2 % este año. O en la compra de un coche. Pero en la cesta de la compra se habrá notado bastante menos. De manera quizá simplista: lo que antes te suponía 50 euros, ahora te supone 55. En nuestra mente, 50 y 55 se parecen mucho. Si son 4 compras de este importe al mes, pasamos de 200 a 220 euros. Sí, es más, pero no se nota hasta el punto de plantearse cocinar solo un plato, ducharse con agua fría o utilizar el anorak dentro de casa.

¿Ahorro o imposición?

Si os dais cuenta, de lo que hemos hablado arriba es de que los hogares puedan gastar menos gracias a estos consejos, así, sus facturas de la luz y del gas bajan y, de paso, la del supermercado al consumir menos comida.

Pero realmente no va de ahorro. En la misma noticia se dice, mezclado, que Europa nos hace a los hogares recortar el gasto de energía (de aquí las medidas apuntadas antes). Es decir, parece que se plantea lo bien que te va a ir a ti, para tu ahorro personal, seguir los «consejos». Se trata de un recorte que me recuerda a los cortes de agua cuando hay sequía. Los cortes de luz no son posibles, quizá se pueda reducir la potencia contratada o algo así. ¿Qué pasa con el teletrabajo? ¿Qué pasa con los productos congelados? Me gustaría comprender de qué manera Europa va a entrar en cada hogar a asegurarse de que recorta el gasto en un 10 % o el porcentaje que sea. ¿Cómo se va a controlar esto? La palabra clave aquí es controlar.

Ahora quizá encaja mejor por qué en verano se animó «al pueblo» a salir de vacaciones y tirar la casa por la ventana. Porque ya se anticipaba un control y un recorte del consumo.

Entonces, el vídeo de Marc Vidal comienza a cobrar sentido para mí: claro, evidente, aún no hemos notado demasiado en el bolsillo este aumento de precios, la dureza de la crisis está lejos, quizá no se vea hasta 2024. Mientras tanto, ya habrá personas que hayan tomado los «consejos» de la tele como nuevas normas a seguir, y empezarán a comer un plato y a ducharse con agua fría. Otras personas quizá nos veamos obligadas a recortar sin sentir la necesidad. Y esto es nuevo.

La mentalidad de la escasez está totalmente basada en creencias. Una persona puede sentir escasez a pesar de estar rodeada de abundancia. Cuando alguien siente escasez, se ponen en marcha muchas otras sensaciones: culpabilidad, pérdida de autoestima, aceptación de condiciones peores… Sería interesante comprobar si una persona con mentalidad de la abundancia, tras «tener que» tomar este tipo de medidas para ahorrar energía, puede ir perdiendo la sensación placentera de que todo está bien y tiene lo que necesita.


Sin más, reproduzco el vídeo de Marc Vidal que mencionaba.

Vídeo de Marc Vidal sobre la recesión que va viniendo… pero de lejos.

El valor del dinero en el tiempo

El test es una película basada en una obra de Jordi Vallejo y que plantea el siguiente dilema: ¿qué prefieres, 100 000 euros ahora o 1 millón de euros dentro de 10 años? Cuando oí esto, al principio lo confundí con un dilema aparentemente menos interesante: ¿qué prefieres, 100 000 euros ahora o 100 000 euros mañana? Y empecé a pensar en qué razonamientos e impulsos se ponen en juego al tomar una decisión económica.

La economía da mucho miedo, la gente espera fórmulas, muchas matemáticas y conceptos incomprensibles. Sin embargo, la economía en gran parte es psicología, cómo se comporta el ser humano ante una decisión económica. Y todas las decisiones son económicas, porque cuando optas por algo, dejas de optar por otra cosa.

El valor del dinero en el tiempo te dice algo muy sencillo: que el dinero hoy vale más que en el futuro, porque existe esa cosa llamada inflación.

Un dólar en el presente vale más que un dólar en el futuro debido a variables como la inflación y los tipos de interés.

Investopedia.

Realmente, merece la pena dedicar 1:14 minutos en ver la explicación en vídeo de Investopedia (en inglés).

En esta explicación se mencionan otros dos conceptos, la inflación y los tipos de interés.

La inflación es el alza persistente de los precios.

Y ya. Comprenderlo es tan fácil como fijarse en cómo los precios suben año tras año y has observado cómo el mismo dinero compraba cada vez menos cosas. Nada de matemáticas, solo algo que puede observar cualquiera.

Los tipos de interés son el precio del dinero.

Esto igual suena más raro. ¿El dinero tiene precio? Pues sí, si tú vas a un banco y pides un préstamo, no te sale gratis, sino que, al devolverlo, devuelves más dinero del que te prestaron. Eso que devuelves de más es el tipo de interés. Y está sujeto a variaciones.

Pero, si quieres, recurrimos al refranero español:

Más vale pájaro en mano que ciento volando.

Ahorro de dinero premiado con el tipo de interés. Imagen de Nattanan Kanchanaprat en Pixabay.

Con esta explicación, nos queda claro que, según el sentido común, mejor el dinero hoy que mañana. Cien mil euros hoy ya los tienes, sabes lo que puedes comprar con esa cantidad. Los puedes medir en términos de cuántas veces puedes adquirir algo, por ejemplo: 4 coches de 25 mil, media casa de 200 mil, etc.

El coste de oportunidad

Antes he mencionado que cuando optas por algo, dejas de optar por otra cosa. Esto es el coste de oportunidad. Este tipo de decisiones las hacemos constantemente: ¿ahorro este dinero o me lo gasto? ¿Me gasto este dinero en comida o en ropa? ¿Pido un crédito o no me voy de viaje? Las opciones que elijamos son todas decisiones económicas.

El coste de oportunidad es el beneficio perdido que se habría obtenido de una opción no elegida.

Investopedia.

Si te das cuenta, siempre hay un beneficio perdido, en todas las opciones no escogidas, aunque sea en términos de tiempo perdido. Volviendo a la película, si yo escojo cien mil euros hoy pierdo la opción del millón dentro de 10 años. Si hago al revés, pierdo los cien mil euros hoy. Y, claro, hay fórmulas para calcular lo que supone esta pérdida, llevando el valor de los cien mil de hoy a dentro de diez años o trayendo el valor del millón de euros de dentro de diez años a hoy (esto siempre será una estimación, pero sirve). Piensa en lo que valía 1 millón de euros hace 10 años: no ha variado mucho.

Dar y tomar

En este artículo de The Economist cuentan que, al fin y al cabo, la economía consiste en compensaciones: qué es lo que yo doy y qué es lo que yo recibo. Al final, existe una tendencia al equilibrio entre dar y recibir: si recibes algo, estás dando algo a cambio, de alguna manera. Según comenta el artículo:

No existe tal cosa como un almuerzo gratis, como dijo Milton Friedman. Cuando alguien recibe algo, casi siempre da algo a cambio. Si sales con tus amigos, no tendrás tiempo de ir al gimnasio.

The Economist.

Y este razonamiento es justo lo que comentábamos antes: el coste de oportunidad de salir con tus amigos es dejar de ir al gimnasio.

El artículo propone algunas lecturas básicas para comprender la economía, algunas de ellas clásicos en la literatura económica, como Capitalismo y libertad, de Milton Friedman. Yo no entraría mucho en la idea de que es necesario leerse uno de estos libros, igual que no he entrado en las matemáticas. Me quedaría con la visión global de cómo el ser humano decide sus opciones y descarta otras.

El ser humano toma decisiones irracionales

Tras toda esta lógica y sentido común, podríamos pensar que tenemos todo bajo control. Hasta aquí, sabemos que:

  • Es preferible quedarse con el dinero hoy si la cantidad es la misma (pájaro en mano).
  • Si pedimos un dinero que no tenemos, el dinero tiene un precio (tipos de interés).
  • Si tomo la decisión de hacer/comprar algo, la elección implica perder las otras opciones (coste de oportunidad).

Vale, pues hay algo más:

El ser humano toma decisiones irracionales.

Lo más difícil de la economía es que es una ciencia social. Por eso, la mayoría son modelos y teorías que se basan, eso sí, en los datos observados hasta la fecha en la que vivió el economista que hizo el modelo. Toda ciencia social se basa en comportamientos humanos que no siempre son racionales. Por ejemplo, podemos decir: si Juan prefiere las naranjas a las manzanas y las manzanas a las fresas, podemos deducir que Juan prefiere las naranjas a las fresas. Es una deducción lógica. Pero puede ocurrir perfectamente (y ocurre) que Juan un día se levanta con ganas de comer fresas y, aunque tiene en su casa las naranjas, se va al mercado a comprar fresas porque ese día las prefiere, que es lo misterioso.

Esto es bastante bonito. Nos saca del robot predecible y cuantificable. Es muy posible que alguien haya leído el razonamiento sobre la decisión de cien mil hoy o la misma cantidad mañana (o dentro de 10 años), haya comprendido perfectamente las implicaciones y, aun así, haya preferido que se la den mañana. Somos así.

Pero es que es 1 millón dentro de 10 años…

Aquí podemos enlazar la economía con los guiones de vida. No lo digo yo, lo dice Robert Kiyosaki en Padre rico, padre pobre. Este libro unifica la historia de las decisiones económicas que han tomado el padre rico y el padre pobre con sus respectivos guiones de vida, ganador y perdedor (sin especificarlo así, claro). Ya habíamos hablado de este libro en el blog, describiendo cómo estar muy ocupado puede llevarte, lenta y laboriosamente, a NO conseguir tus objetivos.

En este libro se expone un caso que es el mismo que el que plantea la película El test, pero, en lugar de recibir dinero, la cuestión es gastarlo. Y aquí las cosas se ponen más complicadas. Kiyosaki dice que si vas a comprar un coche hoy con dinero que luego puedes necesitar, no lo compres, sino que esperes. Al fin y al cabo, un coche es un gasto, al día siguiente de adquirirlo ya vale menos. Por tanto, lo mejor es tomar una decisión racional: comprar el coche solo en el caso en el que el dinero «nos sobre». No conozco a nadie a quien realmente le sobre el dinero por mucho que tenga. Pero sí conozco muchas personas que tienen sus necesidades ampliamente cubiertas y, aun así, ahorros: ese es el dinero «que sobra».

También es cierto que no sabes si dentro de diez años 1 millón de euros comprarán lo que compran hoy, de hecho, comprarán menos y podrían incluso valer menos que los cien mil euros de hoy. Todo depende del escenario que se plantee. Podría llegar el caso de que la moneda ni siquiera existiese, podrías haber muerto. Pero sin ponernos tan dramáticos, podría llegar el caso de que ese dinero valiese muy poco por una inflación galopante, como ocurre en Argentina. En agosto de 2022 (hace menos de 1 mes cuando escribo esto), leí que la inflación en Argentina alcanzaba el 71 % anual. Con ese alza persistente de los precios es como si el dinero fuese agua y se te fuese escurriendo de las manos. Hacen falta tantos billetes para comprar un coche que la gente los tiene que llevar escondidos bajo la ropa por todo el cuerpo.


Las decisiones racionales con el dinero son las mejores. Las compras por impulso, las peores. No pidas un crédito para comprar un bien de consumo inmediato (unas vacaciones). Sopesa en cada decisión qué otras opciones pierdes. Guarda el dinero para una opción mejor, a menos que estés en Argentina. Espero que estas cuatro pinceladas sobre la economía y sin matemáticas te sirvan. Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir.

El pueblo

El pueblo es una de esas abstracciones que describen una gran cantidad de gente. También se dice el vulgo, el pueblo llano, la masa… Me he fijado en que, en la estructura de las noticias de un telediario, el pueblo siempre tiene su palabra. Primero, se da la noticia. Luego, se recaban declaraciones de distintas personas del pueblo que confirman la noticia. Si se han dado dos versiones o posibles opiniones, se muestran ambas en el vulgo. Después llegan «los expertos» (suele ser una sola persona, dos como máximo) que explican como a una clase del colegio la noticia desde el punto de vista «científico».

Don Benito (Pérez Galdós) sentía una apreciación sincera hacia el pueblo, ese pueblo que sufre las decisiones de los que mandan pero que no puede intervenir en ellas. Ese pueblo que se convierte en masa y es capaz de buscar a Godoy, sacarlo de su palacio y lincharlo, ese pueblo que se defiende de la invasión de los franceses con uñas y dientes, hombres y mujeres por igual, batallando para proteger lo que es suyo.

Sólo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo: él pelea, el paga los gastos de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas.

De Oñate a La Granja. Galdós.
Motín de Aranjuez. Grabado de Francisco de Paula Martí (1761-1827), dibujado por Zacarías Velázquez (1763-1834), dominio público, vía Wikimedia Commons.

El pueblo con carrera y dos másteres

El pueblo de ahora se parece poco al pueblo del S. XIX descrito por Galdós. La mayoría tiene ya una formación mínima y una buena proporción de personas tienen una titulación media o superior. Muchas personas tienen, además del Grado, uno o varios másteres de especialización (no voy a abrir el melón de la calidad de la enseñanza). Así, el pueblo es capaz de razonar y de ver las intenciones detrás de las opiniones, es capaz de producir piezas de arte y cultura de todo tipo, algunas de mucho valor.

Sin embargo, sorprende ver que en los telediarios, el pueblo que aparece es muy parecido al que describe Galdós, precisamente en su ignorancia y candidez.

Somos de Berganzo, y de allí nos ha echado el asoluto, después de quemarnos el pueblo. Asolación mayor no se ha visto.

Un viejo ladino en Vergara. Galdós.

Cuando don Benito pone palabras en boca del pueblo, siempre hay una forma de hablar tipo Gila, dando patadas al diccionario.

No se trata de que las opiniones de la gente con menos conocimientos sean menos válidas; no lo creo. Pero ¿es que no hay personas que puedan dar una opinión más informada, basada en sus conocimientos y experiencia? Ah, sí, que ese espacio está reservado a «los expertos». De manera que se envía un mensaje: estos son los expertos, los demás sois «ignorantes y cándidos».

La crisis

Muy cándido e ignorante hay que ser para no ver venir una crisis. Ya hace meses que subieron los precios de los combustibles y que empezaron a subir los precios de los alimentos. Ya hace hasta un año o así que empezaron a subir los precios de la luz y del gas. Tengo la sensación de que se nos ha lanzado el siguiente mensaje:

Tú vete de vacaciones, gástate mucho dinero para que las cifras de turismo no decaigan, y después te caerá la espada de Damocles, ya que la recesión va a ser fina. Pero nada, tú disfruta.

Este razonamiento es típico del guion después: yo disfruto ahora y luego las pago todas juntas. El pueblo informado no puede seguir este razonamiento y quedarse tan ancho, a menos que haya hecho el ejercicio de ahorrar para sus vacaciones y/o de recortar sus gastos para después. Sin embargo, la gente que sale por la tele, con todo el respeto, está buscada para confirmar el guion, dicen algo como: sí, sí, yo me he ido, he tirado la casa por la ventana, ya veremos después, pero ahora, disfruto. Quizá sea una forma de controlar la ira del pueblo cuando no llegue a fin de mes:

«Al menos te has ido de vacaciones y has disfrutado».

¿Y si lo bueno ya pasó?

Sergio Rozalén comentaba en un post reciente que tenemos unas 4.000 semanas para vivir y que algunos (como él o como yo misma) ya hemos vivido unas 2.000. Si hacemos un gráfico de lo que se nos contó en la época de la economía del bienestar, esas 4.000 semanas muestran una trayectoria ascendente en todos los sentidos: mejor trabajo, más dinero, mejor casa, mejor coche, mejores vacaciones, más familia… Esto es, precisamente, el aspecto que muestra en el largo plazo la representación del PIB de un país: va a más.

Pero, ¿y si lo mejor que podíamos vivir está ya detrás y las otras 2.000 semanas van a ser peores? ¿Y si el sistema actual está en clara decadencia y «nos van a invadir los bárbaros»?

A pesar de la mejor formación «del pueblo», a pesar de la muy superior capacidad del pueblo actual de darse cuenta de lo que realmente ocurre, la trayectoria de los acontecimientos depende de muchos factores, muchos de ellos impredecibles, y los posibles «escenarios» de la evolución de la economía son muchos y variados, la complejidad es tan alta que resulta complicado sacar conclusiones suficientemente válidas de lo que va a ocurrir. Esto no quita para que nos sigan saliendo expertos de turno que nos lo expliquen didácticamente, teniendo en cuenta nuestra candidez e ignorancia.

Yo tuve una conversación hace poco con un par de personas bastante cultas e informadas. Personas que leen artículos en The Economist o Bloomberg. En ambas conversaciones se trató de la economía. En ambas, se pintaron evoluciones futuras muy negativas. Lo cierto es que no somos un país muy competitivo, los gigantes como China e India nos dan mil vueltas en productividad, mientras que seguimos fiándolo todo a la baza del turismo.


El pueblo eres tú, soy yo. El pueblo tiene una gran fuerza. El pueblo puede reconducir las situaciones cuando toma conciencia y actúa. El pueblo puede despertar del letargo producido por las redes sociales y las plataformas de series y películas. Puede aplicar sus conocimientos de otras áreas a analizar lo que ocurre realmente. El pueblo puede. ¿El pueblo quiere?

Si fuera solo un cristal

La interpretación de cómo le va a cada cual depende de algo más del color del cristal con que se mira. Últimamente pienso en los espacios que se habitan, interiores y exteriores: han de tener una influencia directa en cómo se vive la realidad.

Para ilustrar el caso, el confinamiento de 2020. Durante el confinamiento, tuve una videollamada con amigos y conocidos. Mientras unos estaban en un piso con rejas y sin terraza, otros estaban en un chalet con parcela. Al margen de la compañía o no que tuviera cada cual, no puede ser la misma vivencia experimentar ese encierro en uno u otro espacio.

Es más que un cristal, más que cuatro paredes. Pienso en la gente que va a la playa con su toalla, su sombrilla y su bolsa y se busca un espacio en la arena y pienso en la gente que alquila las tumbonas necesarias, ya con sombrilla: la vivencia no puede ser la misma. Unas personas están alojadas en un apartamento y durante sus vacaciones se acercan al supermercado del barrio a por la comida, otras están en un hotel de lujo y comen y cenan en distintos restaurantes, probando platos desconocidos o que no podrían preparar por sí mismos. Pienso en quien está en su casa con un ventilador y quien está con el aire acondicionado, quien se asoma a su terraza y ve el mar y quien se asoma a su ventana y ve el bloque de enfrente, demasiado cercano.

Imagen de Didiwo en Pixabay.

¿Es posible que pasar la mayor parte del tiempo en un espacio u otro determine la visión que se tiene de la vida? ¿Es posible que el guion de vida de cada cual se transforme y vaya a más o a menos dependiendo del espacio que ocupe?

¿Rincón o celda?

Siempre, las grandes imaginaciones han ampliado pequeños espacios. Los poetas se han buscado rincones desde los que crear un universo, los inventores han imaginado y creado desde sucias y oscuras oficinas, muchos escritores han creado desde la cárcel, un espacio-tiempo desmotivador como pocos. Escribía Pablo de la Torriente Brau:

¡El Tiempo!… Ni el historiador ni el astrónomo saben lo que es el tiempo. Solo los que hayan naufragado en él, como los presos, pueden comprender lo terrible de su poder inalterable; su grandeza y límite…

Pablo de la Torriente Brau.

El 23 de noviembre de 2021 liberaron a Kevin Strickland, un hombre inocente que estuvo en la cárcel 43 años por un crimen que no cometió. Su mente está hecha a ese espacio, llama a su cama litera, a su habitación, celda. Al salir, comentó que solo aspiraba a estar alejado del mundo, ver un poco la tele y dejar de tener pesadillas.

Sin llegar al extremo de estar presos, ¿estamos determinados por el espacio que habitamos hasta el punto de limitar nuestra visión? ¿Qué está ocurriendo realmente en el mundo, fuera de nuestra burbuja? ¿Cómo se amplían horizontes? Creo que cada vez menos con lo que puedes «consumir» a través de la televisión, las redes sociales o Internet en general. Creo que nada sustituye a molestarse en explorar el mundo y conocer otras culturas, probar otras maneras, otros caminos.

Se dice que viajar amplía la mente. Si una persona sale de su «celda» y tiene que enfrentarse a situaciones nuevas o inesperadas, su mundo se ensancha. Si además necesita hablar con otras personas de otros países, se ponen en juego capacidades que no se utilizan en el sillón frente a la tele. La salida del pequeño espacio un tanto opresivo al espacio libre, inconmensurable, tiene que hacer funcionar las neuronas para salir del sota, caballo y rey.

¿Cuestión de dinero?

Es cierto que, parte de lo que he planteado antes, implica que el dinero o la posición pueden dar una visión más amplia de la vida. Muchas personas de alto nivel, además de viajar, se entrevistan con directivos de todo el mundo, se ven impulsadas a utilizar recursos como la diplomacia, a asistir a eventos con experiencias inusuales, a hablar de economía y por tanto estar al día de las tendencias globales, los informes Fortune 500 y cosas así. Sin embargo, cada cual desde su mundo puede hacer algo por ampliarlo, quizá comenzando por un abono transporte, que te lleva a exposiciones y museos de todo tipo, o por un carnet de biblioteca pública, que tiene ejemplares que merecen la pena. Incomodarse sigue estando en la base de esta exploración.

Se podría pensar lo contrario: si el espacio que habitas es lo suficientemente amplio, ya no te vas a molestar en ir más allá, mientras que, si estás en una vida estrecha, esta dificultad hará que explores el mundo de manera creativa. Estés donde estés, se necesita una cierta fuerza de voluntad y una esquinita, un hilito del que tirar para ir en busca de horizontes que no se queden estrechos.

Para acabar, comparto este meme que me llegó hace poco, no aparece el autor, si alguien lo sabe, que lo diga y lo añado.

Se podría haber evitado

En el telediario cuentan que muchos incendios pueden evitarse si pasan unas ovejas y van comiendo rastrojos, limpiando así el campo, o si hay una labor de mantenimiento del bosque. Si se evita una catástrofe, ¿cómo lo sabemos? Ya no saldría en las noticias, tampoco sabríamos qué personas o corporaciones han evitado lo que nunca ha llegado a suceder.

Se habla de la sequía cuando ya empieza a haber problemas de abastecimiento. ¿Por qué no se actúa cuando los expertos detectan el problema y avisan? Si se actúa y se corrige un rumbo, ya no sería noticia. Por otro lado, ya no se podría manipular a la gente para que se sienta culpable por ducharse más de cinco minutos seguidos o poner lavadoras sin fin.

De esto habla Nassim Taleb en su libro El cisne negro, de todos aquellos cisnes negros que se han evitado, pero que no sabremos jamás. Hay una serie de héroes que ni ell@s mism@s saben que lo son, porque su invento o la medida que tomaron evitó un desastre. Como lo evitó, ni la persona ni el invento trascendieron. Aquí, Taleb hace un ejercicio interesante: imagina un legislador que aprueba una ley el 10 de septiembre de 2001 por la que se colocan en todas las cabinas de los aviones puertas a prueba de balas y que no se pueden abrir. Bien, el 11S se habría evitado, pero este legislador habría pasado a la historia, como mucho, como un derrochador que obliga a las compañías a gastar dinero en una medida inútil. Su obituario no podría ser este, ya que no existiría el 11S:

Joe Smith, que ayudó a evitar el 11S, murió a consecuencia de una enfermedad hepática.

Obituario que Taleb imagina para el legislador que habría evitado el 11S.

Continuando con el razonamiento y con la historia, el 11S sí sucedió. ¿A quién se premió? A aquellos que vimos en televisión realizando actos heroicos. También se premió, tristemente, a aquellos que simulaban hacer actos heroicos. El ejemplo que pone Taleb es el director de la Bolsa de Nueva York, Richard Grasso, que lo único que hizo es hacer sonar la campanilla de inicio de sesión, lo que fue retransmitido por televisión. Esto le reportó grandes beneficios económicos.

¿Quién es el héroe?

Entonces,

¿a quién se recompensa, al banquero central que evita una recesión o al que acude a corregir los fallos de su predecesor y resulta que está ahí durante cierta recuperación económica? ¿Quién tiene mayor valor, el político que evita una guerra o el que empieza una nueva (y tiene la suerte de ganarla)?

Taleb se pregunta esto en su libro.

A partir de estas reflexiones de Taleb, y del hecho de que se premia más la resolución costosa de un problema que su prevención, me pregunto: ¿Hay algún interés en que las cosas se estropeen para luego arreglarlas (a un coste mayor de lo que habría supuesto su prevención)? Porque claro, quien pasa a la historia es el que arregla, el otro; el Joe Smith de la prevención es rápidamente olvidado, cuando no criticado por sus medidas ridículas. Yo tuve una asignatura en económicas que era algo como «Gasto público». En ella se nos dijo claramente que, de 3 opciones para solucionar un problema, se escogía siempre la más barata. Los arreglos de no haber hecho una inversión mayor acababan costando más que la solución más cara.

¿Será que nos gusta?

La película Tiburón tiene este mismo argumento: tras el primer ataque del tiburón, el alcalde se niega a cerrar las playas porque esto implicaría un duro palo al sector turístico. Piensa que ese fenómeno es puntual y que no va a repetirse: ¿cómo va a llegar un gran tiburón blanco hasta la costa? Sin embargo, se repite. No es parte de la película, pero es posible que ese mismo alcalde se colgase la medalla de la solución del problema porque contrata al cazador de tiburones más experimentado, obviando las muertes previas por su inacción. Pasaría a la historia como el alcalde que solucionó el problema.

Imagen de Gyöngyvér Fábián en Pixabay.

Podemos ver películas como Tiburón una y otra vez, quizá porque nos gusta. Es decir, lo que nos engancha de historias así, reales o ficticias, es, como decía Aristóteles, el paso de condiciones positivas a condiciones negativas en la vida de los personajes y cómo se enfrentan a ellas y las resuelven… o no. La extensión apropiada de la trama es la que permite

…una transformación desde la mala fortuna a la buena fortuna o desde la buena fortuna a la mala fortuna.

Poética de Aristóteles.

Sea como fuere, parece que nos lo pasamos mejor si la transformación es desde la buena fortuna a la mala fortuna. Siguiendo con nuestro amigo Aristóteles, que ya dijo todo lo que había que decir sobre la teoría de la literatura:

…todos los seres humanos disfrutan con las imitaciones. Señal de ello es lo que acontece de hecho, pues obtenemos placer cuando contemplamos imágenes lo más precisas posible de cosas que en sí mismas son desagradables de ver, como las figuras de animales horrorosos y de cadáveres.

Poética de Aristóteles.

Así, los libros de historia van contando catástrofes mezcladas con grandes inventos, también inesperados y también cisnes negros. Incluso en muchas ocasiones, el gran invento es consecuencia de una gran catástrofe, pues es la búsqueda de soluciones para evitar eventos similares.

Volviendo a Joe Smith, su invento tiene aún más mérito, porque es capaz de imaginar una situación posible, pero no acaecida, y de poner los medios para evitarla. Lamentablemente, no queda registro de tal cosa en la historia.

Otro tipo de tramas con las que jugamos más actualmente es con los distintos cursos de la historia según las decisiones tomadas: viajes en el tiempo que nos permiten cambiar un «error» del pasado y nos traen a un futuro totalmente diferente. Esto ocurre en Regreso al futuro, también algo parecido en Atrapado en el tiempo o en historias que presentan ambos caminos a la vez, como Dos vidas en un instante.

Volviendo a la realidad, en la que no podemos deshacer lo ya acaecido, merece la pena pensar en términos de filosofía china: es más fácil arrancar una mala hierba cuando está naciendo que deshacerse de ella cuando ya es un árbol. O dicho en bonito, según vemos en el Tao Te Ching:

Lo que aún no se manifiesta es fácil de controlar.

(…) El árbol que un hombre apenas puede abrazar / nació de un tallo fino como un cabello.

Tao Te Ching.

Aunque claro, en otro de los poemas, el Tao Te Ching también dice:

Antes de aniquilar algo, / espera a que florezca plenamente.

Tao Te Ching.

Quizá lo que pretendía el alcalde de Tiburón era esperar a que el problema floreciera plenamente.


¿Qué inventos crees que pueden evitar catástrofes? ¿Cómo podríamos reconocer a los héroes que ni saben que lo son?

Salvar la magia

El pasado sábado pude ir a un show de magia en A toda magia, con la actuación de Edu el mago. Este «mago de altura» (como él mismo dice) es un mago excelente, humorista y bailarín de danza urbana. Es un animador nato, con una capacidad increíble de recordar los nombres de todas las personas con las que interactúa y de manejar la información de una manera desenvuelta e ingeniosa.

Edu el Mago en una actuación en A toda Magia con dos personas del público

Conocí este centro de magia a través de uno de sus alumnos aventajados y compañero de teatro. Fui a verlo el 8 de febrero y me apunté mentalmente ir de vez en cuando a ver el show: un espacio acogedor, el público distribuido en mesas, se puede pedir un picoteo a buen precio y el show también tiene un buen precio.

Kiko del Show lleva el negocio desde hace 12 años de forma entusiasta y apasionada, le gusta lo que hace y lo transmite. Su sofisticación llega al nivel de tener una cortina automatizada que se cierra o abre con un mando a distancia.

Después vino el confinamiento.

Y volví al mismo lugar el sábado 7 de noviembre.

Kiko del Show había tenido que cerrar su negocio durante 7 meses y había empezado a abrir tímidamente, con el aforo reducido y todas las medidas de seguridad posibles. Aun así, ¿es posible mantener el negocio?

La pasión de Kiko del Show sigue ahí tantos meses después, pero su voz se quiebra cuando cuenta a su público que se está planteando seriamente, después de 12 años, cerrar su espectáculo. Cerrar lo que es su vida porque no cuadran las cuentas.

Cuando pensamos en locales a pie de calle, solemos quedarnos en los bares y poco más, también porque es de lo que más se habla. Además de los bares, hay muchos negocios que dependen de particulares: la formación presencial, las escuelas de danza, música, teatro, pintura, etc., las librerías, las tiendas de juguetes, los bolos, los teatros, los magos, improvisadores, monologuistas, clowns…

Es comprensible que no se quiera volver al confinamiento total para no acabar de hundir negocios como estos, si bien el confinamiento empieza a ser «mental». Se nos van olvidando las opciones todavía disponibles porque nos vamos habituando a un tipo de vida más enclaustrado y monótono. Así, los negocios agonizan, la gente tiene miedo de acudir o simplemente no se acuerda de que eso estaba ahí.

Es un paso muy duro para muchos. Hasta ahora, hemos hablado de las alternativas online a la formación presencial. Y el propio Kiko del Show hace espectáculos en vivo a través de su cuenta de Instagram. Pero un espectáculo visto en una pequeña pantalla no tiene nada que ver con un espectáculo visto en persona. Ni se puede cobrar lo mismo. Un espectáculo online no sirve para mantenerse.

En la carrera (Económicas) estudié que esto era el mercado: las empresas que se adapten, continúan, las que no se puedan adaptar, caen. Surgen nuevas empresas que responden a nuevas necesidades. Cuando se ve así, parece un proceso muy limpio: la Economía es amoral.

Y verdaderamente, nuestro destino colectivo actual parece indicar que esto tiene que ocurrir así, que unos van a caer y otros no y que los que nos vamos quedando tenemos que seguir caminando hacia adelante, aunque nuestra mirada se dirija con compasión a los que caen.

Aun así, no puedo evitar tratar de salvar a alguno por el camino, salvar el teatro, salvar el cine, salvar la magia.

Salvar la magia es como salvar a las hadas en Peter Pan, se consigue mediante aplausos. Y el mago los tiene que escuchar.

Te animo a informarte del siguiente espectáculo de A toda magia, creo que lo disfrutarás mucho.

No es tiempo de poesía

Comienza una campaña de poda de árboles «a lo bestia»: los álamos, chopos, plátanos, olmos y demás árboles grandes pierden todas sus hojas, sus ramas finas y quedan como un conjunto de palitroques con ramas anchas.

No se trata de si estos árboles soportan una poda así, probablemente hasta les viene bien después de años creciendo sin medida.

Se trata del aspecto que presenta el parque después de esta poda: adiós a los rincones íntimos, adiós a la sombra en verano, adiós a la protección de la lluvia mientras conservaban sus hojas, adiós a pasear por sobre las hojas caídas. Adiós a la estética. Adiós a la poética del espacio.

Pero esto da igual, porque no es tiempo de poesía.

Es tiempo de números

En cambio, tengo la sensación de que es tiempo de números. Por tanto, los aspectos cualitativos o no cuantificables como la belleza de un parque, el rumor de las hojas de los árboles al viento o el disfrute de los rincones quedan apartados.

Conjunto de fórmulas y gráficos pintados sobre una pizarra azul

Se exige que la información sea cuantitativa. Los datos hacen que la información parezca fiable, rigurosa y objetiva. Por ejemplo, alguien puede aportar datos del ahorro de costes que supone podar así estos árboles, ya que se prescinde de la recogida constante de hojas caídas. También pueden dar datos de las ramas que ya no se van a partir con el viento y de los incidentes que se van a prevenir, etc.

Los datos gustan mucho, lo que pasa es que pocas veces nos paramos a pensar en de dónde salen, cuál es su base y si están fundamentados.

La realidad es que se hacen estadísticas con muestras que no cumplen los criterios necesarios para poder hacer estadísticas.

Se proporcionan datos silenciando otros datos más relevantes para comprender una información. Se mezclan datos con juicios de valor y hasta con tonos de voz que nos «ayudan» a interpretarlos de una determinada manera. Pero el dato escuchado parece que lleva un peso de importancia y verdad que lo hace completamente respetable.

Si no me creéis a mí, recurrid al gran Nassim Nicholas Taleb, mucha veces mencionado en este blog. O al profesor Spyros Makridakis (Profesor de la Universidad de Nicosia, Director del Institute For the Future) que en este tuit comenta cómo nuevos estudios más rigurosos que los anteriores muestran que la sal no influye en la hipertensión

La mayoría de los estudios estadísticos los hacen personas que no son expertas en estadística. Y se nos olvida que la estadística puede entregar cualquier dado que queremos que entregue…

Pero nada, es tiempo de números y no de poesía, así que da igual la calidad de un número mientras me des un número.

Los números que no son ciencia

El dato otorga a cualquier información la categoría de ciencia. Sin embargo, quienes no están familiarizados con las disciplinas que utilizan los números, ignoran que se pueden basar en principios o normas que pueden cambiar, con lo que los números cambian.

Es el caso de la contabilidad y, si nos extendemos, de toda la Economía. La Economía así con mayúscula es una ciencia social, quiere explicar el comportamiento humano en lo relativo a decisiones económicas, pero resulta que los humanos no somos racionales y no respondemos como lo haría un robot. La Economía ha querido siempre emular a las ciencias exactas pero no es una de ellas, por ello,

Los economistas son profetas del pasado.

Lo sé bien, yo soy uno de ellos… De nuevo, recurrid a El cisne negro, de Taleb, para entender por qué no podemos predecir el futuro, debido a importantes sucesos atípicos que no pueden anticiparse pero que provocan serios cambios en los números.

En definitiva, si los números no son algo a lo que podamos agarrarnos desesperadamente para creer que estamos seguros y a salvo de la anarquía, vayamos al parque a dar un paseo por sus rincones más secretos y disfrutemos de la estructura mandelbrotiana de las ramas de los árboles…


Nota: estoy un poco oxidada, hace mucho que no escribo, a la siguiente espero tener más afinadas las cualidades de relación de ideas y demás. 😉

 

La cadena de bloques humanos

El otro día me encontré con un concepto muy interesante: la cadena de bloques (blockchain).  El profesor de Wharton Kevin Werbach ha escrito un libro sobre este tema, y a raíz de ahí encontré un artículo bastante bien explicado de Javier Pastor en Xataka.

En muy pocas palabras, la cadena de bloques es un sistema que permite el funcionamiento del dinero basado en una red de confianza, en lugar de depender de las gestiones bancarias.

La imagen muestra una red de dispositivos y elementos conectada con una nube de información

Cadena de bloques humanos

De una forma parecida, los humanos nos relacionamos en «cadenas de bloques» de manera que las acciones de uno influyen en los demás, a veces de formas insospechadas.

Es algo parecido a lo que observó Edward Lorenz con respecto al clima: tan solo un redondeo de decimales en los parámetros que se registran da lugar a predicciones completamente diferentes. Es lo que se llamó efecto mariposa.

Los ajustes en tu vida ajustan otras vidas

Igualmente, tan solo un «redondeo» de lo que hacemos en nuestro día a día, «redondea» el día a día de otras personas. 

Por ejemplo, imaginemos una pequeña empresa dedicada a la asesoría fiscal cuya empresaria está apuntada a una academia de inglés. La empresaria ha observado que su empresa tiene menos pedidos de lo habitual, lo que ha producido una disminución de los ingresos, pero los gastos son los mismos.

Entonces, la empresaria decide suspender su asistencia a la academia de inglés hasta que la situación mejore. La academia de inglés percibe que varios alumnos se están quitando en una época del año en la que suelen tener más actividad. Entonces decide no hacer la inversión que había previsto en sus instalaciones, que consistía en habilitar una sala para acoger más clases.

Así, la empresa que iba a realizar esta instalación observa que los clientes están cancelando los trabajos antes de empezar y decide recortar en personal. Y así, ad infinitum

Cadena humana de bloques

Sin embargo, los ajustes de tu vida pueden influir de forma positiva en la vida de otros, «redondeándola al alza». 

Vayamos más allá: ¿y si realizamos ajustes conscientemente para obtener beneficios y proporcionarlos? Algo que se llama «win-win«, o ganar-ganar en «juegos de suma no cero». En otras palabras: el que uno gane no implica que otro pierda, y puede implicar que otro también gane.

Por ejemplo, la primera empresaria propone a la academia de inglés que imparta una formación a sus empleados. A cambio, le proveerá de asesoría fiscal durante un periodo, a partir del cual tendría que contratar sus servicios. La academia siente confianza en la situación y acomete la habilitación de otra sala de formación. La empresa de instalación ve que tiene pedidos y decide contratar más personal… 

Un momento, ¿es esto la película Cadena de favores? ¿Es posible que todo se torne tan «de color de rosa»?

Bueno, no quiero dar un mensaje ingenuo. Sin embargo, al igual que ahora existe un formato de transacciones económicas sin bancos y que antes no creíamos posible, tal vez se pueda realizar otras operaciones económicas como trueques, colaboraciones, intercambios… que son tan antiguas como la actividad económica humana, y que pueden reconvertirse ayudadas de las nuevas tecnologías.

Para reflexionar

Aquí hay dos mensajes:

  • Uno sobre las expectativas, ya que estas empresas de nuestro ejemplo han tomado decisiones basándose en lo que es «lo habitual», «lo normal para el periodo», sin tener en cuenta los sucesos inesperados que cambian las predicciones, no solo por redondear decimales, sino porque hay variables que ni siquiera se tienen en cuenta.
  • Otro sobre la consciencia en la forma en que utilizamos el dinero, que es otra forma de relación humana que conlleva expansión o contracción más allá de nuestras manos.

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Conoces el concepto de cadena de bloques y el ejemplo del BitCoin? ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

Teletrabajo: ¿por qué no ha triunfado?

Según todas las corrientes, modas y olas nos encontramos en la era de la transformación digital o la digitalización: no hay empresa que no esté dedicando sus esfuerzos (recursos en tiempo y dinero) a «digitalizarse» de una forma u otra.

Ahora es posible que cada trabajador acceda a todas las aplicaciones y recursos que necesite desde cualquier dispositivo y cualquier ubicación. Entonces, ¿por qué no se teletrabaja?

¿Cuál es la situación?

En algunas empresas, el teletrabajo ha entrado tímidamente en consideración. Se permite teletrabajar uno o dos días a la semana, con restricciones.

En otras, se permite sobre el papel, sin embargo, de forma no oficial y tal vez no consciente, se considera que quien trabaja desde casa está en realidad vagueando, levantándose tarde y haciendo cualquier otra cosa excepto trabajar. Por ello, se permite pero no se permite. Es como la máxima que parte de la época de Felipe II:

Se obedece, pero no se cumple.

Y en muchas otras, la idea es directamente imposible, incluso en empresas cuyos trabajadores tienen ordenadores portátiles y teléfonos móviles de empresa, pero en las que no se puede si quiera plantear la idea.

Una mujer teletrabaja en casa con su ordenador portátil y su teléfono móvil de empresa.

Ventajas del teletrabajo

Si el teletrabajo se convirtiera en una práctica habitual, tendríamos muchas ventajas como sociedad:

  • Muchos menos atascos. Esta es quizá la principal ventaja, porque conlleva a su vez muchas otras como:
    • Menos contaminación. En una era en la que se está prohibiendo el acceso a las grandes ciudades y en la que cada vez hay más vehículos circulando, el facilitar el teletrabajo disminuiría directamente las emisiones de CO2.
    • Menos accidentes, ligados a la cantidad de tráfico y velocidad de circulación.
    • Menos problemas de estructura de las carreteras, al tener menor afluencia y menor desgaste.
    • Evitar al trabajador/a pérdida de tiempo y riesgo de accidente cada vez que se desplaza al trabajo. Este aspecto influye directamente en la motivación.
  • Mejor conciliación de la vida personal, al disponer de más tiempo para atender temas personales. Esto es lo que suele confundirse con dedicar el tiempo del trabajo a la vida privada: en realidad, las más de 2 horas de transporte que usan algunas personas para ir y volver del trabajo, las pueden invertir en su propia vida.
  • Menor necesidad de espacio en oficinas.
  • Mayor motivación personal, al transmitir a los trabajadores que se confía en ellos y en su responsabilidad como personas adultas.

Inconvenientes del teletrabajo

Es cierto que también hay algunos inconvenientes del teletrabajo, como por ejemplo:

  • Necesidad de contar con un espacio en el hogar para desarrollar la tarea. Si bien puede bastar con situar el portátil sobre la mesa del salón, en realidad es más fácil concentrarse en un espacio aparte. Algunas personas pueden preferir trabajar desde una cafetería, por cierto.
  • Aumentan los gastos de luz y gas en el lado del trabajador, si bien puede verse si compensan con la reducción de gastos en transporte y en comida.
  • Menor calidad en el contacto humano, ya que las conversaciones, incluso en videoconferencia, son de menor calidad (imagen defectuosa, voz enlatada…). Además, se pierde parte de la comunicación informal y las «caricias» que se reciben. Para paliar esta desventaja, se puede establecer días de reuniones presenciales.
  • Dificultades logísticas: no todos los trabajos pueden realizarse desde casa, o no todas las tareas. En ese caso, se pueden establecer días en los que se trabaje en la oficina en aquellas tareas que no pueden realizarse en casa.

Qué se necesita para aplicar el teletrabajo

A pesar de que existen inconvenientes, pienso que las ventajas del teletrabajo son muy superiores y que realmente conducirían a un modelo social más sostenible y conciliador.

Para establecer el teletrabajo en una organización, lo primero que se necesita es un cambio en la cultura de empresa. Es fundamental confiar en los profesionales que se ha contratado, establecer objetivos de trabajo y comprobar que se cumplen. Ya no se trata de calentar una silla de 9 a 6, sino de demostrar el rendimiento al realizar distintas tareas asignadas.

Además, debe cambiar la mentalidad tanto de los trabajadores como de sus jefes(*): el hecho de que una persona no esté presente en una oficina no significa que no se la pueda llamar, convocar a reuniones o tener en cuenta para todo. Existen muchísimas herramientas que lo permiten, algunas tan antiguas como el teléfono.

La digitalización sería de ayuda aquí para garantizar que el acceso a cualquier aplicación o documento pueda realizarse desde otro lugar.

Como sucede con casi todos los avances tecnológicos, el cambio de mentalidad y de cultura es mucho más lento: solemos olvidar que lo que tiene que avanzar y adaptarse es nuestra forma de pensar. Mientras algunos informáticos son felices desarrollando máquinas de inteligencia artificial que cambiarían el mundo, la mayoría de los homo sapiens seguimos con nuestras dificultades para confiar en lo que no vemos. Y a un teletrabajador no lo vemos…


¿Cómo ves el teletrabajo? ¿Tú teletrabajas? ¿Cuál es la política en tu empresa? Me encantaría conocer vuestras opiniones y abrir debate sobre este tema tan interesante. Como siempre, ¡muchas gracias por leer!

(*) Yo sigo prefiriendo las palabras jefe y trabajador a las palabras supervisor y colaborador. Creo que describen mejor la realidad.