La mejor versión de ti mismo

He visto en el cine Todo a la vez en todas partes. La película plantea la conexión de las personas con diferentes versiones de ellas mismas en los diferentes universos (multiverso) que se han generado en cada toma de decisión, a partir del resto de opciones que en ese momento se descartaron. No hablaré mucho más del argumento para no hacer spoiler.

Universos paralelos con versiones distintas de cada persona. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

Mucho de lo que expone esta película yo lo veo con otra perspectiva. Por ejemplo, la protagonista, para acceder a las habilidades que ha desarrollado en universos paralelos, tiene que hacer algo inusual (la mayoría de las veces absurdo) para «conectar» con esos otros universos y que el aprendizaje venga «de allí». Sin embargo, pienso que las capacidades están en cada persona aquí y ahora, no hay que traerlas de ningún sitio. Asumimos que la persona es la misma, por tanto, si tienes potencial para el canto, aunque no lo hayas desarrollado, el potencial sigue ahí y en cualquier momento que te dé la gana puedes trabajarlo. Pero solo lo puedes hacer aquí y ahora.

Cada uno de nosotros porta todas sus potenciales capacidades. Cada persona puede cambiar su guion de vida y ampliar sus horizontes. Existen muchas maneras, una de ellas es la programación neurolingüística o PNL. La PNL tiene una potencia demostrada para cambiar la trayectoria vital. La finalidad de muchos de sus ejercicios es abrir el ángulo con el que se está mirando la realidad. De hecho, algunos ejercicios se llaman «reencuadre» (reframing) y muchos otros buscan completar frases que ocultan creencias o mandatos, esos mismos mandatos de los que habla el A.T. Puedes leer un poco más sobre PNL en esta entrada: son lentejas.

Si la idea de actuar de forma inesperada es buena como base para introducir un cambio en la vida, no creo que esté bien planteada en la película y al final me ha resultado ridícula. En realidad, sí se necesita actuar distinto, hablar distinto, cambiar el enfoque, pero son formas de actuar relacionadas con la capacidad que se quiere poner en juego. Así, pienso que la película ha desperdiciado dar este mensaje: aquí y ahora desde luego que puedes actuar de una forma inesperada: puedes leer un periódico en inglés, puedes apuntarte a clases de chino, puedes coger una mochila y empezar a ir al gimnasio.

¿La mejor versión de ti mismo?

En la película, se habla de mejores y peores versiones de la protagonista. La que está viviendo en el momento de empezar a contactar con esos otros universos es «la peor». Pero eso ¿qué significa? ¿Por qué va a ser peor vivir una vida en la que no se han explotado ciertas habilidades o en la que se ha elegido como pareja a un hombre de lo más común? ¿Quién determina que esa vida es peor que las otras? ¿Qué significa eso de peor o mejor?

Quizá no significa nada. No es más que una creencia que las personas tengamos que desarrollar al máximo nuestros potenciales. Puede ser hasta un mandato del guion de vida.

No hay nada más liberador que decir:

Sí, así fue. Sí, así es: esta es mi vida.

Y luego con ella haces lo que te da la gana (lo que puedes, en el lugar y momento que te ha tocado vivir), que incluye no hacer nada, echarse la siesta, no apuntarse al gimnasio ni tomar clases de canto ni leer textos en inglés ni aprender chino. Eso en sí no es «peor» que las versiones de ti en las que sí haces todas estas actividades.

¿Tú estás en paz?

Yo creo que se trata más de estar en paz. Estar en paz conlleva mucha aceptación, mucho: «sí, así es; sí, así fue». Si una persona percibe que podría sentirse mejor explotando alguno de sus potenciales, pues genial, lo hace y entonces se siente mejor y más cerca de estar en paz. Recordemos que el guion de vida ganador no necesariamente es el de una persona rica, famosa o con alto estatus. El guion de vida ganador es el más parecido a los anhelos de la persona: si alguien se planteó que sería feliz en un piso humilde y con un trabajo normalito y lo alcanza, se siente en paz, su guion es ganador. Si alguien escala social y económicamente y se siente desgraciado, su guion es perdedor.

El destino colectivo

Algo que no aparece en la película ni en el curso de nuestros pensamientos habituales es el destino colectivo. No olvidemos que lo que hacemos se enmarca en un acontecer común, el destino colectivo, que es más grande que cada cual y ante el que solo se puede decir: «sí, así es».

Por ejemplo, independientemente de las capacidades propias que se trabajen, ocurren acontecimientos fuera de nuestro alcance y que nos influyen directamente: guerras, atentados, catástrofes naturales, crisis económicas… Estos «contextos» son destinos para cada uno de nosotros con los que no contamos, pero que pueden cambiar el curso de muchas vidas a la vez. Ante el destino colectivo solo nos podemos rendir, es decir, solo podemos aceptar lo que hay, las circunstancias que configuran la realidad. Eso sí, podemos actuar frente a ellas desde nuestra plena capacidad: el estado adulto.


Tus capacidades del multiverso están accesibles ya. Elegir y, sobre todo, dejar atrás, son potestades de tu estado adulto que puedes poner en práctica en cada decisión de la vida. Hay muchísimas variables que una persona no puede cambiar. Aun así, siempre puedes seguir actuando desde el adulto «pese a» este destino, esto que estamos todos viviendo. El adulto también se echa la siesta.

Drowse vacacional

Drowse es una canción de Queen que menciona «los domingos por la tarde». Significa dormitar, estar amodorrado, quedarse medio dormido… Describe muy bien lo que he experimentado en mis vacaciones. Lejos de hacer siquiera una cuarta parte de lo que había proyectado, el «drowse» me ha invadido, junto con el calor, y ha matado mi fuerza de voluntad.

Imagen de Jess Foami en Pixabay.

Lo contrario del «drowse»: la constancia

Con la fuerza de voluntad, se han ido la constancia y la capacidad de concentración, elementos que, según Murakami, son fundamentales para la creación. Así, lo que se había proyectado como un espacio sin límites para la creatividad, «haz lo que quieras», que diría Michael Ende , se convierte por el calor y el cansancio en un espacio sin límites de aburrimiento, dormitar y ver la tele, interrumpido por vivificantes visitas a la piscina y otros ocios.

Por otro lado, José Luis Sampedro se levantaba a las 4 de la mañana para escribir. Lo hizo durante 40 años antes de lograr el éxito, compatibilizando su trabajo como economista con su trabajo como escritor. Eso, aunque Murakami diga que no, para mí se llama fuerza de voluntad, bueno, Sampedro lo llama perseverancia.

Y hay otro escritor que conozco desde hace poco, Sergio Rozalén, que religiosamente escribe en su blog una entrada al día. Son al menos de dos tipos: unas se parecen a las mías y otras son ficciones de futuros distópicos las más de las veces. Este prolífico escritor no ha parado con el calor, lo que para mí es admirable. Sobre la fuerza de voluntad, este bloguero me diría esto: «Tanto si piensas que puedes como si piensas que no puedes… tienes razón».

Me llama la atención que tanto Sergio Rozalén como yo reflexionemos con frecuencia sobre temas similares, unas veces estando muy de acuerdo y otras veces sacando conclusiones totalmente diferentes. Casi se podría establecer un carteo escritoril de mensajes y respuestas.

Por ejemplo, muchas veces he echado de menos los carretes de fotos antiguos. Solo se podían hacer 12, 24 o 36 fotos, varias de ellas salían mal y, aun así, o precisamente por ello, se conservaban como si fueran tesoros. Ahora se hacen miles de fotografías cada año, la mayoría selfies, hace poco vi una noticia en la que la gente esperaba cola para hacerse una foto en un lugar de costa y que pareciera que estaban solos allí. ¿Y realmente miramos esas fotos? Yo no. Desde mi punto de vista, las fotos de un álbum sí se revisan, había una o dos de cada persona, localizar ancestros o momentos vividos en ellas era como hacer arqueología. Ahora son tantas y tan repetitivas que rara vez acudo a mirarlas. Sin embargo, Sergio Rozalén piensa que está mucho mejor ahora en que las fotos están organizadas por fechas y puede ver cuándo y dónde ocurrió algo, mientras que las del pasado le crean un desequilibrio de los recuerdos porque parece que no pasaba casi nada y además cuesta reconstruir el recuerdo a partir de unas pocas imágenes…

Ya sabéis que reflexiono sobre los guiones de vida de forma recurrente, puesto que me parece un tema apasionante y pienso que conocerlo ayuda a desautomatizar una serie de creencias. Sergio Rozalén hace una aportación interesante cuando habla del guion trazado por el padre de las hermanas Williams y sobre aquellos otros guiones que resultan perdedores y de los que no se habla tanto.

Hasta aquí las similitudes. Sergio Rozalén se permite imaginar futuros y posibilidades ilógicas (Irreflexiones es el nombre de su blog), de manera que puede crear más allá de «lo que hay»; yo solo lo hago en libros de relatos. Muchas entradas de su blog abren opciones posibles. Por ejemplo, en un momento dado reflexiona sobre la creciente complejidad de nuestro mundo, que da lugar a perfiles cada vez más especializados. Pues bien, inventa la figura del gestor de complejidad, que serían:

…personas que controlen el nivel de abigarramiento de los sistemas, tratando de reducirlo cuando sea posible, asegurando que el conocimiento se mantiene, definiendo las reglas y capacidades organizativas necesarias para su funcionamiento, en un contexto de cambio y evolución permanente.

https://irreflexiones.com/2022/06/21/gestionar-la-complejidad/

Y va más allá, escribe pequeños relatos de ficción, normalmente en mundos futuros y distópicos.

Podéis leer esta historia sobre una app llamada Cyrano AR, bastante interesante y que da que pensar. Es una de esas entradas que evocan distopías tipo Black Mirror, solo que las de Sergio Rozalén suelen acabar bien.

También es interesante leer este relato en el que se plantea una situación parecida a la de Gattaca, una distopía del futuro en la que los niños se conciben in vitro y se eliminan las posibilidades de que padezcan enfermedades o sean físicamente desagradables. El texto de Rozalén invita a reflexionar qué es mejor, si vivir muchos años siendo un ser más o menos perfecto o vivir unos cuantos menos siendo un ser superior. Habría que plantearse aquí si el hecho de tener todas esas ventajas genéticas hace que se siga un guion ganador.

En Gattaca, uno de los últimos niños en nacer de forma natural y sin cribado genético es Vincent. Tiene una deficiencia cardiaca de nacimiento y una gran miopía, lo que le califica como “no válido” en un mundo de humanos genéticamente perfectos. Así, subsiste trabajando en los puestos más bajos. Sin embargo, más adelante consigue entrar en el mundo exclusivo de la gente guapa y perfecta utilizando la identidad y la huella genética de un deportista que quedó paralítico en un accidente, pero que en todo lo demás es perfecto. ¿Y cómo lo logra? ¿Con fuerza de voluntad, con constancia, con perseverancia? Desde luego, con una combinación de estas cualidades y seguramente no durante un caluroso verano en el que el «drowse» te arrastra a tu versión más parecida a nuestro primer ancestro: la ameba.

The ogre battle

En la película Brazil, el protagonista, Sam Lowry, sueña que lucha contra un monstruo metálico con aspecto de samurái (que simboliza el sistema). Frente a este monstruo, Sam, aunque alado y poderoso en sus sueños, es un ser débil y expuesto a perder el combate.

Imagen vista en https://cinematrain.wordpress.com/2013/05/16/15-reasons-for-brazil-1985/.

A pesar de los avances que suponen las nuevas tecnologías, pienso que hace falta relacionarse con las personas cara a cara para que la relación con grandes corporaciones, instituciones o empresas no se convierta en la batalla contra un ogro. Porque la atención al cliente ha evolucionado de tal manera que con quien te puedes relacionar es con robots, call centres, páginas de preguntas frecuentes, cuentas de email… Detrás de los cuales hay personas de las que no ves la cara, ni la verás (tris tras), ni podrás establecer una relación de contacto, de conocidos, con ninguna de ellas. Quizá estos sistemas existan para evitar que tus asuntos puedan importar a alguien de esa corporación.

Es curioso porque, al mismo tiempo, se dice que el cliente o usuario está en el centro de todas las acciones de una empresa. A la vista de la frustración que se deriva de estos tratos con robots, se ve que se dice, pero no se hace.

Yo llevo más de 12 años trabajando en la formación online y defendiendo que el teletrabajo es la solución óptima siempre que lo que se produzca se haga desde un ordenador. Es decir, vivo de las nuevas tecnologías y este avance me permite teletrabajar. Pero cuando me veo frente al gran ogro metálico y con aspecto de samurái, me digo: ¿qué es lo que falla? Esto ya no tiene que ver con el tipo de vida por el que yo opté hace muchos años: es un tema del mundo en el que vivimos. Y es un tema que va más allá de la pobre atención a la clientela. Las tecnologías se han interpuesto entre las personas y a veces son el medio principal de comunicación entre ellas.

Cuando estaba en una conocida empresa de estudios de mercado, nuestro jefe contaba que su jefe vivía retirado en alguna montaña de Escocia (o similar) y trabajaba desde allí. Y creo que esto caló en mí: pues si el jefe del jefe puede hacer esto (en el año 1998), entonces cualquiera puede. Y la pandemia demostró que, en principio, sí, cualquiera puede teletrabajar y comunicarse con el mundo a través de distintas interfaces y periféricos.

Ahora que el monstruo metálico ha crecido tanto que se alimenta de nosotros (al modo de Matrix, más literal de lo que parece), entonces echar atrás y establecer una relación presencial con otras personas es aún más difícil. Y aun así, es rentable. Porque cuando miras a los ojos a una persona, cuando la llamas por su nombre, cuando escucha lo que le estás contando, la información que recibe es muy superior en cantidad y calidad a lo que le pueda llegar por email, videollamada o nota de whatsapp.

Testosterona y oxitocina

No olvidemos que somos el mismo ser que habitaba las cavernas, el homo sapiens, el cazador-recolector. Cuando nos relacionamos con otras personas, entran en acción las hormonas, entre ellas, la testosterona y la oxitocina.

Me voy a centrar en la oxitocina. En las relaciones amistad o de conocidos presenciales, en cada encuentro, se pone en juego la oxitocina. Por lo que me contó una experta, es parecido a una cuenta que va engordando. Así, es muy difícil comparar relaciones nuevas con relaciones de toda la vida (de cualquier tipo: profesionales, de amistad o de pareja), porque las de toda la vida tienen una «reserva de oxitocina» muy alta, se viven como confortables, agradables, como estar en casa. A la hora de necesitar explicar una circunstancia a la otra persona, esta acumulación de oxitocina juega a tu favor. Y no va a estar presente en una relación mediada por medios digitales.

Pongamos un ejemplo: una persona tiene su dinero en un banco con eficientes servicios digitales desde hace 20 años, tan eficientes, que en esos años ha ido a sus oficinas unas 4 o 5 veces. Se propone solicitar un préstamo y entonces por la aplicación del banco le escribe Fulanito de Tal, por teléfono le llama Menganita de Cual y, cuando es la persona la que llama, acaba hablando con Perico el de los Palotes. No hay establecida ninguna relación con estas personas, no sabe quién es quién y acaba por sospechar que Fulanito de Tal ni siquiera existe, quizá es el HAL 9000 de este banco.

Pongamos otro ejemplo: una persona vive en una urbanización durante muchos años. Luego se cambia a otra y decide vender su casa anterior. Entonces se pone en contacto con la vecina del 5º, que resulta que tiene una inmobiliaria. El conocerse desde hace años facilita que las condiciones para esta venta sean más favorables que si fuese una persona desconocida la que solicita los servicios inmobiliarios. Como mínimo, la vecina del 5º se esforzará más en buscar buenos compradores, en que la persona comprenda las condiciones del contrato, etc.

Claro que los datos objetivos, los datos fríos con los que ahora hay que tomar todas las decisiones, serían los mismos. Pero probablemente este conocimiento cualitativo, mucho más rico y mucho más difícil de reflejar en datos, influiría en cómo estas personas, que ahí sí serían reales, verían el caso.

Online: alergia, ¡huyamos!

Tras la huella indeleble que dejó el confinamiento y, en general, el modo de vida pandémico, veo a mucha gente huir de lo que es por internet, en favor de lo presencial, tangible, personal. Porque el online ahora se relaciona directamente con el aislamiento. No puede ser de otra manera. Para «consumir» productos online hay que estar solo, aislarse del resto, quizá con el fin paradójico de comunicarse con otras personas. Esta soledad es la principal causa de abandono de los cursos online: el alumnado frente a una pantalla que le muestra un curso enlatado en el que parece que todo está previsto, excepto sus dudas, sus problemas de ese momento.

Esto describe muy bien mi trabajo, por eso repito imagen. Viñeta de Arthur Radebaugh.

El caso es que hay una fatiga por tanta videollamada, tanto mensaje, tanta nota de audio, tanto parchear y tanto pito… Yo la siento también.

Presencial, en persona, con el cuerpo

La pereza que nos lleva a «consumir» cómodamente las series de Netflix desde el sillón es la misma que nos lleva a hacer scroll durante horas en una red social o a intercambiar whatsapps de forma indefinida con nuestros contactos. El monstruo metálico entonces pierde su apariencia amenazadora: por eso se ha metido hasta dentro. Ahora es la amable abuelita que te ofrece un sillón mullido y una taza de caldo. Pero recuerda: debajo está el lobo.

A finales de año recibí el típico meme (sí, por whatsapp, que sea un lobo disfrazado de cordero no significa que no sea útil) en el que te invitaban a registrar 3 regalos de la vida que recibes cada semana. Estamos ya casi a mitad de año, por tanto, tengo mucho registrado. Pues bien: los tres regalos de cada semana siempre tienen que ver con actividades presenciales, que hago con personas y en las que el cuerpo es necesario para algo más que para sostener la cabeza. La mayoría de estos regalos tienen que ver con seres queridos, compuestos de familia y amistades cercanas.


Pues claro que la tecnología es de mucha ayuda, claro que nos facilita la vida, claro que hay muchos trabajos, como el mío, que se alimentan de ella. Pero la tecnología no puede sustituir la vida, no puede reemplazar las relaciones personales, aunque ofrezca sucedáneos de caricias o presente realidades tan creíbles como las que se disfrutan con la realidad virtual. ¿O sí? ¿Qué piensas? Como siempre, muchas gracias por leer y compartir, me encantará conocer tu punto de vista.

(*) Ogre battle es una canción de Queen, pero también tiene un nombre así la batalla final que se da en un videojuego y que se basa en el camino del héroe.

(**) Si alguien sabe explicar mejor el funcionamiento de la oxitocina en las relaciones sociales, que me escriba.

Yo tuve una granja en África

«Yo tuve una granja en África» es el arranque en voz en off de la película Memorias de África. En una simple frase se resume toda la historia que nos va a contar la narradora y protagonista. La frase tiene más miga de la que parece: está en pasado, lo que significa que ya no tiene esa granja. Está dicha en un idioma, el danés o el inglés, que en principio hace suponer que la persona que tuvo la granja no era africana. Y la granja en África en sí es algo totalmente exótico, no es que tuviera un pisito en África, o una granja en Ávila. Tenía una granja en África, lo que ya evoca animales salvajes, la sabana, dificultades logísticas y de todo tipo… y quizá un aviador atractivo que se deja caer de vez en cuando y escucha música clásica junto a Karen, entre otras cosas.

Pues bien, es una de las frases en las que pienso a veces. Cuando empiezo a recordar el pasado, lo que se fue y no volverá, acabo diciéndome: «yo tuve una granja en África».

Hay un momento en la vida en el que lo que queda por vivir es más o menos igual de largo que lo ya vivido (dios mediante), y sin embargo, ya no está disponible esa rosa para ser cosechada. Atrás quedó lo que en su momento se rechazó pensando que llegaría algo mejor. Solo después se descubre que eso era lo mejor que iba a llegar.

Estas melancolías de lo pasado también contribuyen a que sea más difícil identificarse con el presente, vivirlo, estar plenamente en él. Empiezo a tener la sensación de que las épocas vividas fueron mejores que la época actual. Y no es fácil separar quién se era en esas épocas, con qué juventud e inocencia se vivieron, de cómo eran esos tiempos realmente

Yo tuve un novio a finales de los noventa al que le entusiasmaba la tecnología. Gracias a él, tuve mi primer teléfono móvil, mi primera tarjeta de crédito, mi primer usuario para chatear por internet en el icq (que parece ser que sigue vivo). En ese momento, parecía que Internet iba a ser un instrumento democrático que nos permitiría comunicarnos con cualquier persona del mundo. Así que abría puertas; las posibilidades eran infinitas.

Ahora me parece que estamos inmersos en una distopía, tan inmersos que no la vemos. El «consumo de contenidos», una expresión que ya dice que se trata de ser consumidores de todo, hasta de textos e imágenes, lleva muchas veces a llevar una vida cómoda, fácil, en posición sentada, ante una pantalla, en la que el individuo cree estar comunicándose mientras está totalmente aislado. Lo difícil ahora es salir a encontrarse con otras personas, porque ¿dónde están?

¿Dónde está la gente?

Parece que en sus propias casas, también «consumiendo contenidos». Y como hemos contado hace tiempo en este blog, de manos de nuestro amigo Zelinski, cuando estás cómodamente en la vida fácil, la realidad acaba siendo difícil, porque la zona de confort cada vez es más pequeña.

Los lugares de reunión de los seres humanos han sido comúnmente «plazas del pueblo», sitios donde se podía coincidir con el resto de convecinos e interactuar con ellos. La comunicación era fácil. Las personas también se reunían en las zonas comunes de una casa, como el portal, la corrala o el patio, y también se veían en bares y en el mercado. Le dedicaban a esto mucho tiempo, las conversaciones eran largas y pausadas, eran la vía principal para enterarse de «las noticias». También para agruparse y reaccionar ante situaciones vividas como injustas.

En mis tiempos, cuando no había teléfono móvil, solo había que dejarse caer por la plaza en cuestión para encontrarse con amigos. Si se habían ido de allí, bastaba con entrar en alguno de los bares frecuentados por el grupo.

Y ahora, la distopía: la plaza está vacía. La gente va a los centros comerciales, donde el único sentido de la acción es consumir, donde muchas veces, los únicos asientos disponibles son los que obligan a tomar una consumición. La plaza es ahora un lugar que hay que recorrer a toda prisa, porque está expuesto: no tiene árboles, está fuertemente iluminada por la noche, no hay bancos para sentarse y no hay un rincón para refugiarse, no sea que hagas el vago y maleante. Esto de la plaza no es mío, lo cuenta otro de nuestros amigos, Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida (1995).

Plaza de España en Madrid, imagen de https://www.esmadrid.com/informacion-turistica/plaza-de-espana

Por todo esto, pertenece al tiempo pasado poder coincidir con las personas por casualidad, «hacerse el encontradizo», acudir a un lugar donde es muy probable que estén los demás. Cada cual tiene ya su orgasmatrón en casa, o más de uno, por lo que pídele tú ahora a alguien que se arranque de su sillón y que se aventure a las calles vacías no para consumir, sino para encontrarse con otras personas. No lo va a hacer: hay que incomodarse para explorar el mundo, y esa incomodidad se rehúye cada vez más.

Yo tuve una granja en África

Yo tuve una vida mejor, varias vidas mejores. Yo encontré tesoros que no supe reconocer. Yo estuve donde ahora me encantaría estar. Yo fui testigo de un mundo, no sé si objetiva o subjetivamente, más libre, más igualitario y mejor (para mí). «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais».

Aquí vuelvo a recordar a un personaje de Galdós, don Beltrán de Urdaneta, insistiendo en que, cuando la vida (dios) te trae un buen árbol donde cobijarte, has de quedarte disfrutando de ese regalo en lugar de correr tras fantasmas de tu imaginación. Como dijo este personaje:

Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana

Dice Bert Hellinger que, cuando te desvías del que era tu camino, llega un momento en el que no puedes volver atrás, en el que ya te has perdido. A veces he tenido esa sensación.

De vuelta al optimismo

Vale, pues ya basta de amargar al personal, volvamos al optimismo. Bert Hellinger también dice que, en cada decisión, solo hay dos opciones: ir hacia más vida e ir hacia menos vida (muerte). De manera que, estés donde estés, siempre puedes elegir la vida, decir sí a lo que tienes delante, a lo que te toca, a las circunstancias.

Creo que de esta manera se puede recuperar el camino hacia el que se dirigía tu vida, o al menos reconducirlo. Solo hay que volver a conectar con «la semilla», con tu máximo potencial, y aplicarlo a las circunstancias actuales y reales, que son las únicas en las que puedes intervenir. Este meme lo expresa muy acertadamente:

Un regalo que recibí de una persona muy querida y que ha vivido mucho, mucho más que yo.

Yo tuve una granja en África y esa granja no volverá. Puede que jamás vuelva a África salvo en mis sueños y evocaciones. Pero prometo que viviré a tope aquello con lo que me vaya encontrando, lo que la vida me traiga y lo que ya me ha dado, en un mundo distópico o no y asumiendo lo que haya. ¿Qué harás tú? Cuéntame, ¿cómo llevas dejar atrás el pasado? ¿Cómo vives los tiempos presentes? Como siempre, te agradezco mucho que me leas, sin ti, este blog no existiría.

Solo personas

Cuando empiezas a trabajar con una organización o institución muy grande, o multinacional, puede que te sobrecoja por su tamaño e importancia. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que al final, hasta la organización más grande está formada por personas. Son personas normales y corrientes, se trata de tener enfrente a otro ser humano.

Mujer joven negra mirando a cámara
Photo by Dziana Hasanbekava on Pexels.com

En muchos talleres de habilidades hay un ejercicio en el que los participantes caminan por la sala y buscan a alguien. Entonces, ambas personas se miran a los ojos durante tres minutos. Cuando se experimenta esto, se da una comunicación no verbal con el otro que permite comprobar algo de sentido común:

Somos iguales.

Esto es algo que destaca frecuentemente Brigitte Champetier des Ribes en sus talleres.

Pues eso mismo puede hacerse con las personas de las grandes instituciones. En realidad no te relacionas con todas las personas de la organización, eso no sería manejable; te relacionas con una o varias personas, no demasiadas. Y se descubre que, mirándose a los ojos, la naturaleza humana de ambas se revela.

Como esto no siempre es posible, podemos hacerlo internamente, imaginando a esa persona delante.

Esto ayuda enormemente a varias cosas: a darse cuenta de que el tipo de males que nos asolan son similares, que los ricos también lloran, que tenemos frustraciones parecidas y el mismo tipo de sueños, que el malo no es tan malo ni el bueno es tan bueno. Al fin y al cabo, solo somos dos personas, dos seres humanos imperfectos, que se relacionan.

Cuando el otro es igual que tú

Verse igual a otra persona permite:

  • Dejar de lado el exceso de importancia que cada persona trata de darse
  • Dejar de creer ser el ombligo del mundo
  • Sentir compasión por las circunstancias del otro, que podrían ser las propias
  • Relativizar los errores que comete la persona a la que miro: yo también podría cometerlos, yo también soy imperfecta

Eric Berne señala cómo en un primer momento dos personas se ven con claridad, en los primeros diez segundos, para después hacer una actuación de Oscar superponiendo una careta sobre la propia esencia. Cada persona hace lo mismo: primero ve al otro y se deja ver, después se oculta y se olvida de lo que ha sabido sobre la otra persona. Por eso el ejercicio que se hace en los talleres es sin hablar, solo mirada, porque ahí no hay careta posible, salvo en algunos grandes artistas de la Academia.

El protocolo y la tele

Quizá lo que más me impone a mí es el protocolo. Veo estas series como The Crown o House of Cards y es el protocolo, las formas y los uniformes lo que establece las relaciones y jerarquías entre las personas en ese contexto, de manera que el ejercicio de mirar a los ojos es difícil o está prohibido. Y puede que incluso si se pudiera hacer con personas como la Reina de Inglaterra, ahí estaríamos ante una persona tan entrenada en ocultarse que no la podríamos ver. En todo caso, no dejaríamos de estar ante un semejante, otro ser humano, otra persona.

Otra cosa que puede pasar es que el aura o carisma de una persona muy famosa nos impida verla como persona. Los grandes famosos que vemos siempre en pantallas también son personas, son seres humanos muy parecidos a cualquiera. Pero si los vemos fuera de las pantallas, si nos los cruzamos por la calle, su aura nos puede obnubilar, su carisma nos puede impresionar tanto como si fuesen seres superiores. Ya he contado alguna vez que yo he conocido a una persona muy famosa cuando no lo era y luego lo empezó a ser. Ya tenía ese carisma que atraía las miradas sobre ella, ya era un poco diferente al resto. Pero no dejaba de ser otra persona más, otro ser humano.


En definitiva, sea por pertenecer a una gran institución o de mucho prestigio, sea por tener una jerarquía muy alta que obliga a un protocolo o sea por ser «famosa», una persona nos puede parecer «otra cosa» mientras no hagamos o visualicemos el ejercicio de mirarla a los ojos, hasta poder ver, simplemente a «uno cualquiera».

¿Qué opinas? ¿Hay personas o situaciones que te imponen mucho? ¿Cómo te sientes ante grandes organizaciones o instituciones? Como siempre, te agradezco mucho que leas y compartas libremente.

El futuro nunca llega

Hace poco comencé un curso en Coursera que me parecía prometedor: Futures Thinking, pensamiento de futuro. En él, Jane McGonigal presenta las unidades y explica en qué consiste tener una mentalidad de «futurista«.

Lo cierto es que pronto perdí el interés: por un lado, las connotaciones de la palabra «futurista» en español son totalmente diferentes que en inglés; en otras palabras, los recursos que se pueden encontrar en Internet son básicamente norteamericanos. Por otro lado, y esta fue la razón fundamental para dejar el curso:

El método sugerido para captar tendencias de futuro a diez años era hacer búsquedas en Google con distintas palabras clave…

¿Perdona?

Pues sí, en un navegador totalmente sesgado y que ofrece resultados patrocinados en primer lugar, si encontramos algo relacionado con «el futuro» será información del pasado, de cómo en el pasado hemos hablado del futuro. El futuro, por definición, no está escrito en ninguna página web.

Un robot en primer plano con un fondo de tipo futurista

Lo que en el pasado decíamos del futuro

En línea con esto, hace unos días di con una revista «del pasado» que estaba en casa de mis padres, una edición de la revista Quo del año 1995. En ella, había varios artículos que hablaban de cómo sería el futuro. En general, había muy pocos aciertos. Por ejemplo, en un reportaje de las casas del futuro, se explicaban todas las comodidades que existirían en nuestro hogar y que, 25 años después, siguen sin existir.

Me llamó la atención que sí se mencionaba un atisbo del Internet de las cosas (IoT), explicando que los elementos del hogar estarían comunicados con el exterior a través de fibra óptica, y que de esta manera se pedirían los productos de la compra que faltaban y similares. Aun así, esto no está extendido a la mayoría de los hogares occidentales ni sabemos si ocurrirá así.

Vivir en la incertidumbre

Como ya sabéis los lectores asiduos, nuestro Nassim Taleb no hace más que repetirnos que no podemos predecir, y que básicamente todas las predicciones acaban siendo erróneas. Esto se debe al fenómeno de los cisnes negros y al hecho de que la distribución de los sucesos de la vida no suele ser la Normal, en contra de lo que nos gustaría.

Puede ser muy interesante acostumbrarse a vivir en la incertidumbre, abrirse a lo que va sucediendo sin tener un plan previo, aceptar el presente y lo que sucede, abarcando con la vista tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta.

Es lo que propone el Instituto de constelaciones de Brigitte Champetier de Ribes, con un ciclo de vídeos en directo hablando de esta cuestión.

La herencia del pasado, vivir el presente, caminar hacia el futuro

Yo me preguntaba de dónde venía mi necesidad de convertirme en una escritora de éxito, una necesidad que hace poco tiempo, quizá dos años, descubrí que no era mía y que debía dejar aparcada para poder dedicarme a lo que sí es mi misión, claramente relacionada con la formación online.

Esta necesidad venía de mi abuelo paterno. El abuelo Mariano, que de joven había deseado ser escritor, que llegó a ser doctor en Filología Hispánica, que fue director de un colegio y que finalmente se dedicó a la enseñanza.

Es como si del pasado viniera un chorro de información con la que comienzas a vivir en el presente hasta que en un momento dado dices:

No, espera, que lo mío no es exactamente esto.

Ya en la madurez, te dejas llevar por lo que te va sucediendo, olvidas lo que te gustaría que te sucediese, y de ahí procede una fuerza muy grande que te permite caminar hacia el futuro.

Yo este año me lo planteo así: estoy en varios proyectos de investigación e innovación relacionados con la formación online.


Pienso que podemos hacer muchas cosas interesantes cuando dejamos de aferramos a lo que debería ser. ¿Y tú, qué piensas? ¿Algún ejemplo de lo que se esperaba que sucediese en el futuro y que no ha sucedido? ¿Algo que te gustaría que pasase? Como siempre, gracias por leer y por vuestros comentarios. 🙂

Esos camareros

Ese camarero que atiende los pedidos con plena atención
By Miguel Angel Chong (Own work) 

Llevo un tiempo queriendo hablar de esos camareros que te saludan cuando entras al bar, ya desde la barra, y cuando llegas a ella ya saben lo que necesitas y te lo están preparando.

Estos camareros que no dan la espalda al cliente en ningún momento, que detectan el mínimo gesto de cada cliente y al que atienden de inmediato.

Estos camareros que recuerdan perfectamente el pedido de ocho personas en que cada una pide algo diferente.

Los estás viendo. Suelen ser hombres(*) de unos cincuenta años o más, se les ve muy cómodos realizando su trabajo. Ves el bar lleno de gente, ves que estos camareros no paran de moverse para atender a todos, y ves que lo logran.

Puedo poner hasta algún ejemplo de Madrid. Observa cómo trabajan los camareros en el Brillante en Atocha o en Las Bravas del centro.

(*)También hay mujeres, por supuesto, aunque los que he observado con estas características eran bares atendidos en su mayoría por hombres.

¿Qué se puede aprender de estos camareros?

Aparte de que otros camareros menos avispados puedan tomar nota, creo que cualquiera que tenga un trato con clientes (es decir, cualquiera que trabaje) puede beneficiarse de observar a estos camareros y aprender de ellos. Por ejemplo:

  • A estar totalmente presente, con la atención plena en lo que realmente se está haciendo, que no es fregar platos, ni hacer cafés, ni preparar un bocadillo, es atender a los clientes.
  • A no dar la espalda, a mirar a los ojos. En lugar de ningunear a sus clientes o de hacer como que no ven un gesto insistente de “por favor, cóbrame, que tengo prisa”, estos camareros miran, observan y están la mayoría del tiempo de frente. Incluso cuando están preparando el café o abriendo la caja, se están volviendo para ver si hay “cambios de estado” en sus clientes.

Me llama la atención que camarero en inglés se diga «waiter», es decir, el que espera.

  • Estar en la aceptación. Estos camareros destilan aceptación de todo lo que llega, de cualquier tipo de cliente, de cualquier circunstancia adversa. No se ponen a mirar el móvil, a suspirar, a abstraerse o evadirse. Mírales, te están mirando.

Mi admiración por esta forma de trabajo viene de muy lejos, en particular porque reconozco que soy la primera que tiene mucho que aprender de ellos. Así que no es de extrañar mi fascinación por el camarero Moustache de la que ya os hablé.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Les has observado? ¿Has observado otras profesiones que te fascinen?

Como siempre, muchas gracias por leer el artículo y por compartir tus pensamientos en comentarios.

¡Felices Fiestas!

El triángulo del amor

Puedes elegir dejar de jugar al juego que justifica tu rol victimista, salvador, o perseguidor.

En el anterior post describimos la forma en la que los tres roles no adultos se relacionan en un juego dramático que nunca termina bien, que hace sentir mal a los que lo juegan. Pues bien:

“Dos no juegan si uno no quiere”

Es lo que dice el refrán, y desde luego es el “truco” para salir del triángulo dramático de Karpman, y comenzar a vivir otra forma de relación, consciente y desde el adulto: solo depende de ti continuar en una relación de juego con los demás, o dejar de jugar y comunicarte desde otra posición.

Salir de un rol no adulto

Como vimos, cada rol individualmente puede decidir dejar de actuar según el guion que se había marcado y responder realmente al aquí y ahora que está viviendo, moviéndose desde el rol que desempeñaba a una posición de adulto:

  • El victimista puede: actuar por sí mismo/a, encontrar su fortaleza interna y su poder, responsabilizarse y amarse a sí mismo/a.
  • El salvador puede: conectar con sus necesidades y sentimientos, permitir a los demás hacerse cargo de sí mismos, conectar con su enfado y sacarlo y divertirse más.
  • El perseguidor puede: gestionar su ira y ser más asertivo, permitir que cada uno piense y actúe como quiera, trabajar su lado más vulnerable y liberarlo.

Entrar en el estado adulto

Sea cual sea tu rol predominante, dar “un paso hacia afuera” del triángulo dramático te acerca a una forma de relación de verdadera intimidad, en un “triángulo del amor”.

Esta forma de relación es totalmente ajena a los mecanismos automatizados que utilizabas. En ella, las relaciones no te dejan una sensación de pérdida y malestar, y tú eres una persona más auténtica, más parecida a quien eres internamente, detrás de la máscara. Así, te relacionas con los demás sin perder tu individualidad y sin invadir el espacio del otro.

Digamos que los tres aspectos negativos que hemos analizado en los últimos posts y que todos tenemos en alguna medida, tienen su lado positivo y de energía:

  • Frente al perseguidor, un lado más racional y movido por la búsqueda de eficiencia.
  • Frente al salvador, un lado más emocional, intuitivo y cariñoso.
  • Frente al victimista, un lado más niño, movido por la curiosidad, la imaginación y el juego sano.

La idea es reconocer desde dónde estás actuando y salir del automatismo, volver a conectar con lo que tienes delante y abandonar el campo de batalla. Se trata de dejar de actuar desde el miedo, la obligación o la culpa.

Entrenamiento en el triángulo del amor

El triángulo del amor, relacionarse desde el adulto

Puedes entrenarte a vivir fuera del triángulo dramático de varias formas:

1) Relacionándote con otras personas

Cuando eres más consciente y te comunicas de una forma más conectada con tu interior, puede que otra persona en un rol del triángulo dramático te invite a salir de tu equilibrio: ¡bienvenida sea! Esta persona te está dando una oportunidad de crecimiento, al permitirte darte cuenta de que has caído en una conducta antigua, y al reforzar tu nueva forma de ver el mundo. Por ello, en cualquier interacción con los demás, puedes elegir entre el automatismo anterior y una experiencia nueva, probar tu adulto. Es como un entrenamiento, como una gimnasia. Puede que tú ya te relaciones desde una posición más adulta, y que la respuesta del otro siga enganchada al juego anterior: no es asunto tuyo. Un ejemplo:

– Gracias por fregar los platos.

– Pues me he cortado con el cuchillo y me sigue sangrando la herida (respuesta Victimista).

2) Leyendo novelas y viendo la tele

Este entrenamiento puede lograrse no solo con las relaciones con otras personas, también al leer novelas y ver la televisión: continuamente te invitarán a entrar en el juego dramático, a identificarte con los Perseguidores, los Salvadores o los Victimistas del mundo. A veces, entras en el triángulo de una forma tan simple como unirte a una queja de “cómo está el mundo”.

3) Con técnicas de relajación

Otra forma de entrenamiento es cualquier forma de relajación. Si estás relajado, si estás conectado con tu respiración, con el momento presente, es más difícil que entres en juegos que están fuera del aquí y ahora.

Recuerda: todo esto se trata de ti. En el momento que decides que los demás están equivocados y son los demás los que deberían salir del triángulo dramático, estás provocando un nuevo juego dramático.

Fuentes:

EDWARDS, G. El triángulo dramático de Karpman. Editorial Gaia

STEWART, I., JOINES, V. AT Hoy. Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Editorial CCS

BERNE, E. ¿Qué dice usted después de decir hola? Editorial Mondadori

¿Y ahora qué hago?

Si tu proceso de guion es de “final abierto”, tras la consecución de un objetivo hay un gran vacío detrás. Este objetivo puede ser tan a largo plazo como jubilarse o acabar de criar a los hijos, o tan corto plazo como hacer un proyecto, entregarlo al cliente y no saber qué hacer después.

Este tipo de guion tiene algo en común con los guiones “hasta” y “después”: hay un punto de inflexión en el tiempo tras el que las cosas cambian.

 

Por toda la eternidad

Filemón y Baucis vivieron un guion de final abierto convertidos en árboles

El guion de “final abierto” que describió Eric Berne se basa en el mito de Filemón y Baucis (que no de Mortadelo y Filemón): eran una pareja de ancianos que acogieron sin reservas en su humilde hogar a Zeus y Hermes, que adoptaron forma humana. A cambio, Zeus les concedió morir al tiempo y que ninguno enterrase al otro, y cuando murieron se convirtieron en árboles, uno junto al otro, guardando el templo que surgió donde antes estuvo su hogar.

 

¿Cuál es el mandato del guion de “final abierto”?

Detrás de este proceso de guion hay dos mandatos: complace y sé perfecto.

El mandato complace, como ya vimos en los guiones “casi” y “después”, consiste en la idea de que solo podrás estar bien cuando hayas agradado a los demás, cuando hayas sido amable con ellos. Por tanto, has dedicado tu tiempo y esfuerzos a complacer a otros: a tu jefe, a tus hijos, a tu pareja…

El mandato sé perfecto, que también mencionamos en los guiones “hasta” y “casi tipo 2”, es aquel que nos obliga a rectificar continuamente la información que damos y las tareas que realizamos, buscando una perfección que no existe. Por ejemplo, la persona añade continuos incisos a lo que dice o escribe, y a menudo incluye listados:

De esta manera, ciertamente, podemos afirmar que uno, el guion de final abierto también tiene elementos en común con el guion hasta y dos, que difiere del mismo en que es menos coercitivo.

 

¿Cómo salir del guion de “final abierto”?

Si el guion de tu vida no tiene un final escrito, ¿por qué no escribirlo ahora? Puedes hacer lo que quieras con tu tiempo una vez alcanzas tus metas. Llena ese vacío con aquello que no tuviste tiempo de hacer mientras trabajabas o mientras cuidabas a tus hijos. Si tu caso es el vacío tras cada objetivo a corto plazo, planifica de antemano qué hacer una vez lo alcances: puedes premiarte con algún capricho, y puedes pensar en un objetivo mayor.

¿Por qué siempre me pasa lo mismo?

Si esta es una de las preguntas que más te haces, quizá tengas un proceso de guion “siempre”, un planteamiento de vida en el que te parece que chocas una y otra vez con la misma piedra.

El mito que Eric Berne eligió para ilustrar este proceso de guion es el de Aracne: desafió a la diosa Atenea por su virtud al tejer y esta la convirtió en araña, condenándola a tejer eternamente.

El guion "siempre" se inspiró en el mito de Aracne

Las personas que tienen este patrón de conducta eligen de manera insatisfactoria y vuelven a elegir una y otra vez de la misma manera: eligen una pareja que no les gusta porque por ejemplo, es demasiado extrovertida y aventurera. Le cuentan a todo el mundo que esta pareja no les gusta, y que preferirían estar con alguien más introvertido y calmado. Con el tiempo, rompen con la primera pareja y al cabo empiezan una relación con otra persona que resulta ser demasiado extrovertida y aventurera. Ante el asombro de amigos y familiares, el guion “siempre” podrá elegir una y otra vez parejas extrovertidas y aventureras cuando preferiría otro tipo de personalidad. Acabarán por hacer la pregunta retórica:

¿Por qué siempre me pasa esto?

Ante la cual, sus allegados se quedan perplejos y sin respuesta.

Este tipo de elección puede realizarse con parejas, trabajos, lugares de residencia… Algunas veces, las personas con este guion “siempre” pueden permanecer con una de sus elecciones insatisfactorias, explicando de ellas que no están a gusto pero que continuarán adelante “a ver qué pasa”.

¿Qué mandato se esconde detrás del guion “siempre”?

Se trata de un mensaje que todos recibimos en mayor o menor medida: ¡Esfuérzate!

La persona que se esfuerza respondiendo a un mandato inconsciente y que viene de su infancia no está en un Adulto presente que elige conscientemente hacer un trabajo. Al contrario, se siente obligada a esforzarse, y por tanto es habitual escucharle decir:

Lo intentaré.

Intentar hacer algo es distinto de simplemente hacerlo. El mandato ¡esfuérzate! conlleva una presión que da lugar a lo contrario de lo que busca. La persona puede que diga:

¿Qué? No te entiendo… Es difícil. ¿Cómo?

Así, la persona con este mandato no comprende lo que se le está diciendo, por esa carga cognitiva previa que le «obliga» a entenderlo.

¿Cómo abandonar el guion “siempre”?

Una vez te das cuenta de que sigues este patrón de comportamiento, puedes decidir hacer otra cosa. Puedes concienciarte de no repetir tus elecciones desacertadas, puedes elegir no seguir adelante con aquello que no te acaba de convencer y elegir algo nuevo, distinto. Aquí la palabra clave es “nuevo”: abrirse a lo desconocido buscando un tipo de vida que no responde a lo que siempre acabas encontrando… y repudiando.