The ogre battle

En la película Brazil, el protagonista, Sam Lowry, sueña que lucha contra un monstruo metálico con aspecto de samurái (que simboliza el sistema). Frente a este monstruo, Sam, aunque alado y poderoso en sus sueños, es un ser débil y expuesto a perder el combate.

Imagen vista en https://cinematrain.wordpress.com/2013/05/16/15-reasons-for-brazil-1985/.

A pesar de los avances que suponen las nuevas tecnologías, pienso que hace falta relacionarse con las personas cara a cara para que la relación con grandes corporaciones, instituciones o empresas no se convierta en la batalla contra un ogro. Porque la atención al cliente ha evolucionado de tal manera que con quien te puedes relacionar es con robots, call centres, páginas de preguntas frecuentes, cuentas de email… Detrás de los cuales hay personas de las que no ves la cara, ni la verás (tris tras), ni podrás establecer una relación de contacto, de conocidos, con ninguna de ellas. Quizá estos sistemas existan para evitar que tus asuntos puedan importar a alguien de esa corporación.

Es curioso porque, al mismo tiempo, se dice que el cliente o usuario está en el centro de todas las acciones de una empresa. A la vista de la frustración que se deriva de estos tratos con robots, se ve que se dice, pero no se hace.

Yo llevo más de 12 años trabajando en la formación online y defendiendo que el teletrabajo es la solución óptima siempre que lo que se produzca se haga desde un ordenador. Es decir, vivo de las nuevas tecnologías y este avance me permite teletrabajar. Pero cuando me veo frente al gran ogro metálico y con aspecto de samurái, me digo: ¿qué es lo que falla? Esto ya no tiene que ver con el tipo de vida por el que yo opté hace muchos años: es un tema del mundo en el que vivimos. Y es un tema que va más allá de la pobre atención a la clientela. Las tecnologías se han interpuesto entre las personas y a veces son el medio principal de comunicación entre ellas.

Cuando estaba en una conocida empresa de estudios de mercado, nuestro jefe contaba que su jefe vivía retirado en alguna montaña de Escocia (o similar) y trabajaba desde allí. Y creo que esto caló en mí: pues si el jefe del jefe puede hacer esto (en el año 1998), entonces cualquiera puede. Y la pandemia demostró que, en principio, sí, cualquiera puede teletrabajar y comunicarse con el mundo a través de distintas interfaces y periféricos.

Ahora que el monstruo metálico ha crecido tanto que se alimenta de nosotros (al modo de Matrix, más literal de lo que parece), entonces echar atrás y establecer una relación presencial con otras personas es aún más difícil. Y aun así, es rentable. Porque cuando miras a los ojos a una persona, cuando la llamas por su nombre, cuando escucha lo que le estás contando, la información que recibe es muy superior en cantidad y calidad a lo que le pueda llegar por email, videollamada o nota de whatsapp.

Testosterona y oxitocina

No olvidemos que somos el mismo ser que habitaba las cavernas, el homo sapiens, el cazador-recolector. Cuando nos relacionamos con otras personas, entran en acción las hormonas, entre ellas, la testosterona y la oxitocina.

Me voy a centrar en la oxitocina. En las relaciones amistad o de conocidos presenciales, en cada encuentro, se pone en juego la oxitocina. Por lo que me contó una experta, es parecido a una cuenta que va engordando. Así, es muy difícil comparar relaciones nuevas con relaciones de toda la vida (de cualquier tipo: profesionales, de amistad o de pareja), porque las de toda la vida tienen una «reserva de oxitocina» muy alta, se viven como confortables, agradables, como estar en casa. A la hora de necesitar explicar una circunstancia a la otra persona, esta acumulación de oxitocina juega a tu favor. Y no va a estar presente en una relación mediada por medios digitales.

Pongamos un ejemplo: una persona tiene su dinero en un banco con eficientes servicios digitales desde hace 20 años, tan eficientes, que en esos años ha ido a sus oficinas unas 4 o 5 veces. Se propone solicitar un préstamo y entonces por la aplicación del banco le escribe Fulanito de Tal, por teléfono le llama Menganita de Cual y, cuando es la persona la que llama, acaba hablando con Perico el de los Palotes. No hay establecida ninguna relación con estas personas, no sabe quién es quién y acaba por sospechar que Fulanito de Tal ni siquiera existe, quizá es el HAL 9000 de este banco.

Pongamos otro ejemplo: una persona vive en una urbanización durante muchos años. Luego se cambia a otra y decide vender su casa anterior. Entonces se pone en contacto con la vecina del 5º, que resulta que tiene una inmobiliaria. El conocerse desde hace años facilita que las condiciones para esta venta sean más favorables que si fuese una persona desconocida la que solicita los servicios inmobiliarios. Como mínimo, la vecina del 5º se esforzará más en buscar buenos compradores, en que la persona comprenda las condiciones del contrato, etc.

Claro que los datos objetivos, los datos fríos con los que ahora hay que tomar todas las decisiones, serían los mismos. Pero probablemente este conocimiento cualitativo, mucho más rico y mucho más difícil de reflejar en datos, influiría en cómo estas personas, que ahí sí serían reales, verían el caso.

Online: alergia, ¡huyamos!

Tras la huella indeleble que dejó el confinamiento y, en general, el modo de vida pandémico, veo a mucha gente huir de lo que es por internet, en favor de lo presencial, tangible, personal. Porque el online ahora se relaciona directamente con el aislamiento. No puede ser de otra manera. Para «consumir» productos online hay que estar solo, aislarse del resto, quizá con el fin paradójico de comunicarse con otras personas. Esta soledad es la principal causa de abandono de los cursos online: el alumnado frente a una pantalla que le muestra un curso enlatado en el que parece que todo está previsto, excepto sus dudas, sus problemas de ese momento.

Esto describe muy bien mi trabajo, por eso repito imagen. Viñeta de Arthur Radebaugh.

El caso es que hay una fatiga por tanta videollamada, tanto mensaje, tanta nota de audio, tanto parchear y tanto pito… Yo la siento también.

Presencial, en persona, con el cuerpo

La pereza que nos lleva a «consumir» cómodamente las series de Netflix desde el sillón es la misma que nos lleva a hacer scroll durante horas en una red social o a intercambiar whatsapps de forma indefinida con nuestros contactos. El monstruo metálico entonces pierde su apariencia amenazadora: por eso se ha metido hasta dentro. Ahora es la amable abuelita que te ofrece un sillón mullido y una taza de caldo. Pero recuerda: debajo está el lobo.

A finales de año recibí el típico meme (sí, por whatsapp, que sea un lobo disfrazado de cordero no significa que no sea útil) en el que te invitaban a registrar 3 regalos de la vida que recibes cada semana. Estamos ya casi a mitad de año, por tanto, tengo mucho registrado. Pues bien: los tres regalos de cada semana siempre tienen que ver con actividades presenciales, que hago con personas y en las que el cuerpo es necesario para algo más que para sostener la cabeza. La mayoría de estos regalos tienen que ver con seres queridos, compuestos de familia y amistades cercanas.


Pues claro que la tecnología es de mucha ayuda, claro que nos facilita la vida, claro que hay muchos trabajos, como el mío, que se alimentan de ella. Pero la tecnología no puede sustituir la vida, no puede reemplazar las relaciones personales, aunque ofrezca sucedáneos de caricias o presente realidades tan creíbles como las que se disfrutan con la realidad virtual. ¿O sí? ¿Qué piensas? Como siempre, muchas gracias por leer y compartir, me encantará conocer tu punto de vista.

(*) Ogre battle es una canción de Queen, pero también tiene un nombre así la batalla final que se da en un videojuego y que se basa en el camino del héroe.

(**) Si alguien sabe explicar mejor el funcionamiento de la oxitocina en las relaciones sociales, que me escriba.

Yo tuve una granja en África

«Yo tuve una granja en África» es el arranque en voz en off de la película Memorias de África. En una simple frase se resume toda la historia que nos va a contar la narradora y protagonista. La frase tiene más miga de la que parece: está en pasado, lo que significa que ya no tiene esa granja. Está dicha en un idioma, el danés o el inglés, que en principio hace suponer que la persona que tuvo la granja no era africana. Y la granja en África en sí es algo totalmente exótico, no es que tuviera un pisito en África, o una granja en Ávila. Tenía una granja en África, lo que ya evoca animales salvajes, la sabana, dificultades logísticas y de todo tipo… y quizá un aviador atractivo que se deja caer de vez en cuando y escucha música clásica junto a Karen, entre otras cosas.

Pues bien, es una de las frases en las que pienso a veces. Cuando empiezo a recordar el pasado, lo que se fue y no volverá, acabo diciéndome: «yo tuve una granja en África».

Hay un momento en la vida en el que lo que queda por vivir es más o menos igual de largo que lo ya vivido (dios mediante), y sin embargo, ya no está disponible esa rosa para ser cosechada. Atrás quedó lo que en su momento se rechazó pensando que llegaría algo mejor. Solo después se descubre que eso era lo mejor que iba a llegar.

Estas melancolías de lo pasado también contribuyen a que sea más difícil identificarse con el presente, vivirlo, estar plenamente en él. Empiezo a tener la sensación de que las épocas vividas fueron mejores que la época actual. Y no es fácil separar quién se era en esas épocas, con qué juventud e inocencia se vivieron, de cómo eran esos tiempos realmente

Yo tuve un novio a finales de los noventa al que le entusiasmaba la tecnología. Gracias a él, tuve mi primer teléfono móvil, mi primera tarjeta de crédito, mi primer usuario para chatear por internet en el icq (que parece ser que sigue vivo). En ese momento, parecía que Internet iba a ser un instrumento democrático que nos permitiría comunicarnos con cualquier persona del mundo. Así que abría puertas; las posibilidades eran infinitas.

Ahora me parece que estamos inmersos en una distopía, tan inmersos que no la vemos. El «consumo de contenidos», una expresión que ya dice que se trata de ser consumidores de todo, hasta de textos e imágenes, lleva muchas veces a llevar una vida cómoda, fácil, en posición sentada, ante una pantalla, en la que el individuo cree estar comunicándose mientras está totalmente aislado. Lo difícil ahora es salir a encontrarse con otras personas, porque ¿dónde están?

¿Dónde está la gente?

Parece que en sus propias casas, también «consumiendo contenidos». Y como hemos contado hace tiempo en este blog, de manos de nuestro amigo Zelinski, cuando estás cómodamente en la vida fácil, la realidad acaba siendo difícil, porque la zona de confort cada vez es más pequeña.

Los lugares de reunión de los seres humanos han sido comúnmente «plazas del pueblo», sitios donde se podía coincidir con el resto de convecinos e interactuar con ellos. La comunicación era fácil. Las personas también se reunían en las zonas comunes de una casa, como el portal, la corrala o el patio, y también se veían en bares y en el mercado. Le dedicaban a esto mucho tiempo, las conversaciones eran largas y pausadas, eran la vía principal para enterarse de «las noticias». También para agruparse y reaccionar ante situaciones vividas como injustas.

En mis tiempos, cuando no había teléfono móvil, solo había que dejarse caer por la plaza en cuestión para encontrarse con amigos. Si se habían ido de allí, bastaba con entrar en alguno de los bares frecuentados por el grupo.

Y ahora, la distopía: la plaza está vacía. La gente va a los centros comerciales, donde el único sentido de la acción es consumir, donde muchas veces, los únicos asientos disponibles son los que obligan a tomar una consumición. La plaza es ahora un lugar que hay que recorrer a toda prisa, porque está expuesto: no tiene árboles, está fuertemente iluminada por la noche, no hay bancos para sentarse y no hay un rincón para refugiarse, no sea que hagas el vago y maleante. Esto de la plaza no es mío, lo cuenta otro de nuestros amigos, Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida (1995).

Plaza de España en Madrid, imagen de https://www.esmadrid.com/informacion-turistica/plaza-de-espana

Por todo esto, pertenece al tiempo pasado poder coincidir con las personas por casualidad, «hacerse el encontradizo», acudir a un lugar donde es muy probable que estén los demás. Cada cual tiene ya su orgasmatrón en casa, o más de uno, por lo que pídele tú ahora a alguien que se arranque de su sillón y que se aventure a las calles vacías no para consumir, sino para encontrarse con otras personas. No lo va a hacer: hay que incomodarse para explorar el mundo, y esa incomodidad se rehúye cada vez más.

Yo tuve una granja en África

Yo tuve una vida mejor, varias vidas mejores. Yo encontré tesoros que no supe reconocer. Yo estuve donde ahora me encantaría estar. Yo fui testigo de un mundo, no sé si objetiva o subjetivamente, más libre, más igualitario y mejor (para mí). «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais».

Aquí vuelvo a recordar a un personaje de Galdós, don Beltrán de Urdaneta, insistiendo en que, cuando la vida (dios) te trae un buen árbol donde cobijarte, has de quedarte disfrutando de ese regalo en lugar de correr tras fantasmas de tu imaginación. Como dijo este personaje:

Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia no he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay paz.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana

Dice Bert Hellinger que, cuando te desvías del que era tu camino, llega un momento en el que no puedes volver atrás, en el que ya te has perdido. A veces he tenido esa sensación.

De vuelta al optimismo

Vale, pues ya basta de amargar al personal, volvamos al optimismo. Bert Hellinger también dice que, en cada decisión, solo hay dos opciones: ir hacia más vida e ir hacia menos vida (muerte). De manera que, estés donde estés, siempre puedes elegir la vida, decir sí a lo que tienes delante, a lo que te toca, a las circunstancias.

Creo que de esta manera se puede recuperar el camino hacia el que se dirigía tu vida, o al menos reconducirlo. Solo hay que volver a conectar con «la semilla», con tu máximo potencial, y aplicarlo a las circunstancias actuales y reales, que son las únicas en las que puedes intervenir. Este meme lo expresa muy acertadamente:

Un regalo que recibí de una persona muy querida y que ha vivido mucho, mucho más que yo.

Yo tuve una granja en África y esa granja no volverá. Puede que jamás vuelva a África salvo en mis sueños y evocaciones. Pero prometo que viviré a tope aquello con lo que me vaya encontrando, lo que la vida me traiga y lo que ya me ha dado, en un mundo distópico o no y asumiendo lo que haya. ¿Qué harás tú? Cuéntame, ¿cómo llevas dejar atrás el pasado? ¿Cómo vives los tiempos presentes? Como siempre, te agradezco mucho que me leas, sin ti, este blog no existiría.

Solo personas

Cuando empiezas a trabajar con una organización o institución muy grande, o multinacional, puede que te sobrecoja por su tamaño e importancia. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que al final, hasta la organización más grande está formada por personas. Son personas normales y corrientes, se trata de tener enfrente a otro ser humano.

Mujer joven negra mirando a cámara
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En muchos talleres de habilidades hay un ejercicio en el que los participantes caminan por la sala y buscan a alguien. Entonces, ambas personas se miran a los ojos durante tres minutos. Cuando se experimenta esto, se da una comunicación no verbal con el otro que permite comprobar algo de sentido común:

Somos iguales.

Esto es algo que destaca frecuentemente Brigitte Champetier des Ribes en sus talleres.

Pues eso mismo puede hacerse con las personas de las grandes instituciones. En realidad no te relacionas con todas las personas de la organización, eso no sería manejable; te relacionas con una o varias personas, no demasiadas. Y se descubre que, mirándose a los ojos, la naturaleza humana de ambas se revela.

Como esto no siempre es posible, podemos hacerlo internamente, imaginando a esa persona delante.

Esto ayuda enormemente a varias cosas: a darse cuenta de que el tipo de males que nos asolan son similares, que los ricos también lloran, que tenemos frustraciones parecidas y el mismo tipo de sueños, que el malo no es tan malo ni el bueno es tan bueno. Al fin y al cabo, solo somos dos personas, dos seres humanos imperfectos, que se relacionan.

Cuando el otro es igual que tú

Verse igual a otra persona permite:

  • Dejar de lado el exceso de importancia que cada persona trata de darse
  • Dejar de creer ser el ombligo del mundo
  • Sentir compasión por las circunstancias del otro, que podrían ser las propias
  • Relativizar los errores que comete la persona a la que miro: yo también podría cometerlos, yo también soy imperfecta

Eric Berne señala cómo en un primer momento dos personas se ven con claridad, en los primeros diez segundos, para después hacer una actuación de Oscar superponiendo una careta sobre la propia esencia. Cada persona hace lo mismo: primero ve al otro y se deja ver, después se oculta y se olvida de lo que ha sabido sobre la otra persona. Por eso el ejercicio que se hace en los talleres es sin hablar, solo mirada, porque ahí no hay careta posible, salvo en algunos grandes artistas de la Academia.

El protocolo y la tele

Quizá lo que más me impone a mí es el protocolo. Veo estas series como The Crown o House of Cards y es el protocolo, las formas y los uniformes lo que establece las relaciones y jerarquías entre las personas en ese contexto, de manera que el ejercicio de mirar a los ojos es difícil o está prohibido. Y puede que incluso si se pudiera hacer con personas como la Reina de Inglaterra, ahí estaríamos ante una persona tan entrenada en ocultarse que no la podríamos ver. En todo caso, no dejaríamos de estar ante un semejante, otro ser humano, otra persona.

Otra cosa que puede pasar es que el aura o carisma de una persona muy famosa nos impida verla como persona. Los grandes famosos que vemos siempre en pantallas también son personas, son seres humanos muy parecidos a cualquiera. Pero si los vemos fuera de las pantallas, si nos los cruzamos por la calle, su aura nos puede obnubilar, su carisma nos puede impresionar tanto como si fuesen seres superiores. Ya he contado alguna vez que yo he conocido a una persona muy famosa cuando no lo era y luego lo empezó a ser. Ya tenía ese carisma que atraía las miradas sobre ella, ya era un poco diferente al resto. Pero no dejaba de ser otra persona más, otro ser humano.


En definitiva, sea por pertenecer a una gran institución o de mucho prestigio, sea por tener una jerarquía muy alta que obliga a un protocolo o sea por ser «famosa», una persona nos puede parecer «otra cosa» mientras no hagamos o visualicemos el ejercicio de mirarla a los ojos, hasta poder ver, simplemente a «uno cualquiera».

¿Qué opinas? ¿Hay personas o situaciones que te imponen mucho? ¿Cómo te sientes ante grandes organizaciones o instituciones? Como siempre, te agradezco mucho que leas y compartas libremente.

El futuro nunca llega

Hace poco comencé un curso en Coursera que me parecía prometedor: Futures Thinking, pensamiento de futuro. En él, Jane McGonigal presenta las unidades y explica en qué consiste tener una mentalidad de «futurista«.

Lo cierto es que pronto perdí el interés: por un lado, las connotaciones de la palabra «futurista» en español son totalmente diferentes que en inglés; en otras palabras, los recursos que se pueden encontrar en Internet son básicamente norteamericanos. Por otro lado, y esta fue la razón fundamental para dejar el curso:

El método sugerido para captar tendencias de futuro a diez años era hacer búsquedas en Google con distintas palabras clave…

¿Perdona?

Pues sí, en un navegador totalmente sesgado y que ofrece resultados patrocinados en primer lugar, si encontramos algo relacionado con «el futuro» será información del pasado, de cómo en el pasado hemos hablado del futuro. El futuro, por definición, no está escrito en ninguna página web.

Un robot en primer plano con un fondo de tipo futurista

Lo que en el pasado decíamos del futuro

En línea con esto, hace unos días di con una revista «del pasado» que estaba en casa de mis padres, una edición de la revista Quo del año 1995. En ella, había varios artículos que hablaban de cómo sería el futuro. En general, había muy pocos aciertos. Por ejemplo, en un reportaje de las casas del futuro, se explicaban todas las comodidades que existirían en nuestro hogar y que, 25 años después, siguen sin existir.

Me llamó la atención que sí se mencionaba un atisbo del Internet de las cosas (IoT), explicando que los elementos del hogar estarían comunicados con el exterior a través de fibra óptica, y que de esta manera se pedirían los productos de la compra que faltaban y similares. Aun así, esto no está extendido a la mayoría de los hogares occidentales ni sabemos si ocurrirá así.

Vivir en la incertidumbre

Como ya sabéis los lectores asiduos, nuestro Nassim Taleb no hace más que repetirnos que no podemos predecir, y que básicamente todas las predicciones acaban siendo erróneas. Esto se debe al fenómeno de los cisnes negros y al hecho de que la distribución de los sucesos de la vida no suele ser la Normal, en contra de lo que nos gustaría.

Puede ser muy interesante acostumbrarse a vivir en la incertidumbre, abrirse a lo que va sucediendo sin tener un plan previo, aceptar el presente y lo que sucede, abarcando con la vista tanto lo que nos gusta como lo que no nos gusta.

Es lo que propone el Instituto de constelaciones de Brigitte Champetier de Ribes, con un ciclo de vídeos en directo hablando de esta cuestión.

La herencia del pasado, vivir el presente, caminar hacia el futuro

Yo me preguntaba de dónde venía mi necesidad de convertirme en una escritora de éxito, una necesidad que hace poco tiempo, quizá dos años, descubrí que no era mía y que debía dejar aparcada para poder dedicarme a lo que sí es mi misión, claramente relacionada con la formación online.

Esta necesidad venía de mi abuelo paterno. El abuelo Mariano, que de joven había deseado ser escritor, que llegó a ser doctor en Filología Hispánica, que fue director de un colegio y que finalmente se dedicó a la enseñanza.

Es como si del pasado viniera un chorro de información con la que comienzas a vivir en el presente hasta que en un momento dado dices:

No, espera, que lo mío no es exactamente esto.

Ya en la madurez, te dejas llevar por lo que te va sucediendo, olvidas lo que te gustaría que te sucediese, y de ahí procede una fuerza muy grande que te permite caminar hacia el futuro.

Yo este año me lo planteo así: estoy en varios proyectos de investigación e innovación relacionados con la formación online.


Pienso que podemos hacer muchas cosas interesantes cuando dejamos de aferramos a lo que debería ser. ¿Y tú, qué piensas? ¿Algún ejemplo de lo que se esperaba que sucediese en el futuro y que no ha sucedido? ¿Algo que te gustaría que pasase? Como siempre, gracias por leer y por vuestros comentarios. 🙂

Esos camareros

Ese camarero que atiende los pedidos con plena atención
By Miguel Angel Chong (Own work) 

Llevo un tiempo queriendo hablar de esos camareros que te saludan cuando entras al bar, ya desde la barra, y cuando llegas a ella ya saben lo que necesitas y te lo están preparando.

Estos camareros que no dan la espalda al cliente en ningún momento, que detectan el mínimo gesto de cada cliente y al que atienden de inmediato.

Estos camareros que recuerdan perfectamente el pedido de ocho personas en que cada una pide algo diferente.

Los estás viendo. Suelen ser hombres(*) de unos cincuenta años o más, se les ve muy cómodos realizando su trabajo. Ves el bar lleno de gente, ves que estos camareros no paran de moverse para atender a todos, y ves que lo logran.

Puedo poner hasta algún ejemplo de Madrid. Observa cómo trabajan los camareros en el Brillante en Atocha o en Las Bravas del centro.

(*)También hay mujeres, por supuesto, aunque los que he observado con estas características eran bares atendidos en su mayoría por hombres.

¿Qué se puede aprender de estos camareros?

Aparte de que otros camareros menos avispados puedan tomar nota, creo que cualquiera que tenga un trato con clientes (es decir, cualquiera que trabaje) puede beneficiarse de observar a estos camareros y aprender de ellos. Por ejemplo:

  • A estar totalmente presente, con la atención plena en lo que realmente se está haciendo, que no es fregar platos, ni hacer cafés, ni preparar un bocadillo, es atender a los clientes.
  • A no dar la espalda, a mirar a los ojos. En lugar de ningunear a sus clientes o de hacer como que no ven un gesto insistente de “por favor, cóbrame, que tengo prisa”, estos camareros miran, observan y están la mayoría del tiempo de frente. Incluso cuando están preparando el café o abriendo la caja, se están volviendo para ver si hay “cambios de estado” en sus clientes.

Me llama la atención que camarero en inglés se diga «waiter», es decir, el que espera.

  • Estar en la aceptación. Estos camareros destilan aceptación de todo lo que llega, de cualquier tipo de cliente, de cualquier circunstancia adversa. No se ponen a mirar el móvil, a suspirar, a abstraerse o evadirse. Mírales, te están mirando.

Mi admiración por esta forma de trabajo viene de muy lejos, en particular porque reconozco que soy la primera que tiene mucho que aprender de ellos. Así que no es de extrañar mi fascinación por el camarero Moustache de la que ya os hablé.


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Les has observado? ¿Has observado otras profesiones que te fascinen?

Como siempre, muchas gracias por leer el artículo y por compartir tus pensamientos en comentarios.

¡Felices Fiestas!

El triángulo del amor

Puedes elegir dejar de jugar al juego que justifica tu rol victimista, salvador, o perseguidor.

En el anterior post describimos la forma en la que los tres roles no adultos se relacionan en un juego dramático que nunca termina bien, que hace sentir mal a los que lo juegan. Pues bien:

“Dos no juegan si uno no quiere”

Es lo que dice el refrán, y desde luego es el “truco” para salir del triángulo dramático de Karpman, y comenzar a vivir otra forma de relación, consciente y desde el adulto: solo depende de ti continuar en una relación de juego con los demás, o dejar de jugar y comunicarte desde otra posición.

Salir de un rol no adulto

Como vimos, cada rol individualmente puede decidir dejar de actuar según el guion que se había marcado y responder realmente al aquí y ahora que está viviendo, moviéndose desde el rol que desempeñaba a una posición de adulto:

  • El victimista puede: actuar por sí mismo/a, encontrar su fortaleza interna y su poder, responsabilizarse y amarse a sí mismo/a.
  • El salvador puede: conectar con sus necesidades y sentimientos, permitir a los demás hacerse cargo de sí mismos, conectar con su enfado y sacarlo y divertirse más.
  • El perseguidor puede: gestionar su ira y ser más asertivo, permitir que cada uno piense y actúe como quiera, trabajar su lado más vulnerable y liberarlo.

Entrar en el estado adulto

Sea cual sea tu rol predominante, dar “un paso hacia afuera” del triángulo dramático te acerca a una forma de relación de verdadera intimidad, en un “triángulo del amor”.

Esta forma de relación es totalmente ajena a los mecanismos automatizados que utilizabas. En ella, las relaciones no te dejan una sensación de pérdida y malestar, y tú eres una persona más auténtica, más parecida a quien eres internamente, detrás de la máscara. Así, te relacionas con los demás sin perder tu individualidad y sin invadir el espacio del otro.

Digamos que los tres aspectos negativos que hemos analizado en los últimos posts y que todos tenemos en alguna medida, tienen su lado positivo y de energía:

  • Frente al perseguidor, un lado más racional y movido por la búsqueda de eficiencia.
  • Frente al salvador, un lado más emocional, intuitivo y cariñoso.
  • Frente al victimista, un lado más niño, movido por la curiosidad, la imaginación y el juego sano.

La idea es reconocer desde dónde estás actuando y salir del automatismo, volver a conectar con lo que tienes delante y abandonar el campo de batalla. Se trata de dejar de actuar desde el miedo, la obligación o la culpa.

Entrenamiento en el triángulo del amor

El triángulo del amor, relacionarse desde el adulto

Puedes entrenarte a vivir fuera del triángulo dramático de varias formas:

1) Relacionándote con otras personas

Cuando eres más consciente y te comunicas de una forma más conectada con tu interior, puede que otra persona en un rol del triángulo dramático te invite a salir de tu equilibrio: ¡bienvenida sea! Esta persona te está dando una oportunidad de crecimiento, al permitirte darte cuenta de que has caído en una conducta antigua, y al reforzar tu nueva forma de ver el mundo. Por ello, en cualquier interacción con los demás, puedes elegir entre el automatismo anterior y una experiencia nueva, probar tu adulto. Es como un entrenamiento, como una gimnasia. Puede que tú ya te relaciones desde una posición más adulta, y que la respuesta del otro siga enganchada al juego anterior: no es asunto tuyo. Un ejemplo:

– Gracias por fregar los platos.

– Pues me he cortado con el cuchillo y me sigue sangrando la herida (respuesta Victimista).

2) Leyendo novelas y viendo la tele

Este entrenamiento puede lograrse no solo con las relaciones con otras personas, también al leer novelas y ver la televisión: continuamente te invitarán a entrar en el juego dramático, a identificarte con los Perseguidores, los Salvadores o los Victimistas del mundo. A veces, entras en el triángulo de una forma tan simple como unirte a una queja de “cómo está el mundo”.

3) Con técnicas de relajación

Otra forma de entrenamiento es cualquier forma de relajación. Si estás relajado, si estás conectado con tu respiración, con el momento presente, es más difícil que entres en juegos que están fuera del aquí y ahora.

Recuerda: todo esto se trata de ti. En el momento que decides que los demás están equivocados y son los demás los que deberían salir del triángulo dramático, estás provocando un nuevo juego dramático.

Fuentes:

EDWARDS, G. El triángulo dramático de Karpman. Editorial Gaia

STEWART, I., JOINES, V. AT Hoy. Una nueva introducción al Análisis Transaccional. Editorial CCS

BERNE, E. ¿Qué dice usted después de decir hola? Editorial Mondadori

¿Y ahora qué hago?

Si tu proceso de guion es de “final abierto”, tras la consecución de un objetivo hay un gran vacío detrás. Este objetivo puede ser tan a largo plazo como jubilarse o acabar de criar a los hijos, o tan corto plazo como hacer un proyecto, entregarlo al cliente y no saber qué hacer después.

Este tipo de guion tiene algo en común con los guiones “hasta” y “después”: hay un punto de inflexión en el tiempo tras el que las cosas cambian.

 

Por toda la eternidad

Filemón y Baucis vivieron un guion de final abierto convertidos en árboles

El guion de “final abierto” que describió Eric Berne se basa en el mito de Filemón y Baucis (que no de Mortadelo y Filemón): eran una pareja de ancianos que acogieron sin reservas en su humilde hogar a Zeus y Hermes, que adoptaron forma humana. A cambio, Zeus les concedió morir al tiempo y que ninguno enterrase al otro, y cuando murieron se convirtieron en árboles, uno junto al otro, guardando el templo que surgió donde antes estuvo su hogar.

 

¿Cuál es el mandato del guion de “final abierto”?

Detrás de este proceso de guion hay dos mandatos: complace y sé perfecto.

El mandato complace, como ya vimos en los guiones “casi” y “después”, consiste en la idea de que solo podrás estar bien cuando hayas agradado a los demás, cuando hayas sido amable con ellos. Por tanto, has dedicado tu tiempo y esfuerzos a complacer a otros: a tu jefe, a tus hijos, a tu pareja…

El mandato sé perfecto, que también mencionamos en los guiones “hasta” y “casi tipo 2”, es aquel que nos obliga a rectificar continuamente la información que damos y las tareas que realizamos, buscando una perfección que no existe. Por ejemplo, la persona añade continuos incisos a lo que dice o escribe, y a menudo incluye listados:

De esta manera, ciertamente, podemos afirmar que uno, el guion de final abierto también tiene elementos en común con el guion hasta y dos, que difiere del mismo en que es menos coercitivo.

 

¿Cómo salir del guion de “final abierto”?

Si el guion de tu vida no tiene un final escrito, ¿por qué no escribirlo ahora? Puedes hacer lo que quieras con tu tiempo una vez alcanzas tus metas. Llena ese vacío con aquello que no tuviste tiempo de hacer mientras trabajabas o mientras cuidabas a tus hijos. Si tu caso es el vacío tras cada objetivo a corto plazo, planifica de antemano qué hacer una vez lo alcances: puedes premiarte con algún capricho, y puedes pensar en un objetivo mayor.

¿Por qué siempre me pasa lo mismo?

Si esta es una de las preguntas que más te haces, quizá tengas un proceso de guion “siempre”, un planteamiento de vida en el que te parece que chocas una y otra vez con la misma piedra.

El mito que Eric Berne eligió para ilustrar este proceso de guion es el de Aracne: desafió a la diosa Atenea por su virtud al tejer y esta la convirtió en araña, condenándola a tejer eternamente.

El guion "siempre" se inspiró en el mito de Aracne

Las personas que tienen este patrón de conducta eligen de manera insatisfactoria y vuelven a elegir una y otra vez de la misma manera: eligen una pareja que no les gusta porque por ejemplo, es demasiado extrovertida y aventurera. Le cuentan a todo el mundo que esta pareja no les gusta, y que preferirían estar con alguien más introvertido y calmado. Con el tiempo, rompen con la primera pareja y al cabo empiezan una relación con otra persona que resulta ser demasiado extrovertida y aventurera. Ante el asombro de amigos y familiares, el guion “siempre” podrá elegir una y otra vez parejas extrovertidas y aventureras cuando preferiría otro tipo de personalidad. Acabarán por hacer la pregunta retórica:

¿Por qué siempre me pasa esto?

Ante la cual, sus allegados se quedan perplejos y sin respuesta.

Este tipo de elección puede realizarse con parejas, trabajos, lugares de residencia… Algunas veces, las personas con este guion “siempre” pueden permanecer con una de sus elecciones insatisfactorias, explicando de ellas que no están a gusto pero que continuarán adelante “a ver qué pasa”.

¿Qué mandato se esconde detrás del guion “siempre”?

Se trata de un mensaje que todos recibimos en mayor o menor medida: ¡Esfuérzate!

La persona que se esfuerza respondiendo a un mandato inconsciente y que viene de su infancia no está en un Adulto presente que elige conscientemente hacer un trabajo. Al contrario, se siente obligada a esforzarse, y por tanto es habitual escucharle decir:

Lo intentaré.

Intentar hacer algo es distinto de simplemente hacerlo. El mandato ¡esfuérzate! conlleva una presión que da lugar a lo contrario de lo que busca. La persona puede que diga:

¿Qué? No te entiendo… Es difícil. ¿Cómo?

Así, la persona con este mandato no comprende lo que se le está diciendo, por esa carga cognitiva previa que le «obliga» a entenderlo.

¿Cómo abandonar el guion “siempre”?

Una vez te das cuenta de que sigues este patrón de comportamiento, puedes decidir hacer otra cosa. Puedes concienciarte de no repetir tus elecciones desacertadas, puedes elegir no seguir adelante con aquello que no te acaba de convencer y elegir algo nuevo, distinto. Aquí la palabra clave es “nuevo”: abrirse a lo desconocido buscando un tipo de vida que no responde a lo que siempre acabas encontrando… y repudiando.

Tempus fugit, pero hay vida más allá de los cuarenta

En realidad el título podría ser: “Hay vida más allá de los cuarenta, por tanto, carpe diem”.

Sin embargo, mi reflexión sobre haber pasado con éxito (esto es, viva) los cuarenta, va más en línea con la noción de que el tiempo vuela, y las cosas no siempre van a estar ahí; las cosas desaparecen. Hace poco se destruyó un monumento natural llamado La Ventana Azul de Malta. Nunca he ido a Malta, pero ahora sé que, aunque vaya, nunca podré ver la Ventana Azul.

Otro ejemplo: la mayoría de las empresas para las que he trabajado ya no existen. Sí, has leído bien, la mayoría. Hay que decir que también la mayoría de ellas han desaparecido absorbidas por un holding o un grupo empresarial, y no se han hundido sin más (pero algunas sí).

Los famosos achaques de los cuarenta

Los cuarenta y la acumulación de musgo en tu vidaLos cuarenta te traen vivencias en las que no habías pensado. Por ejemplo, empiezas a tener problemas con la dentadura, con la vista, con el colesterol… y equivalentes. En mi caso, con la dentadura. Sí, han conseguido que vivamos hasta los cien años, perfecto, pero ¿sin piños? Cuando pienso en otros cuarenta años masticando, me vienen a la cabeza imágenes de los anuncios sobre dentaduras postizas que se mueven… ¿Postizas? Pero la gente que lleva dientes postizos es de la tercera edad… Sí, ciertamente el tiempo vuela y se lleva dientes y grados de visión, se lleva la frescura y se lleva energía vital.

Cómo se proyectan los cuarenta cuando se es pequeño/a

Cuando era pequeña, los cuarenta era la frontera entre ser pequeño y ser mayor. Cuando era pequeña para mí no había edades intermedias como “los jóvenes”, sencillamente, o se era pequeño, o se era mayor, y también se podía ser muy mayor: los abuelos. Así que no tenía ni la menor idea de lo que iba a ser de mí a partir de esta frontera tan marcada en mi imaginario.

Más adelante, pensaba que solo las personas a partir de los cuarenta pueden dedicarse a “cosas serias” como escribir literatura, ejercer un cargo político o ser médico. Así que diseñé un plan para rellenar el tiempo que quedaba hasta esa lejana frontera: hacer siempre cualquier otra cosa distinta a la que realmente deseaba hacer.

Yo pensaba que la vida iba a estar totalmente definida y cerrada a los cuarenta. Es como si se fuese a quedar impresa en un bonito cuadro: ya has llegado a todas las metas. Entonces, se supone que te has casado, que has tenido hijos, que has ido ascendiendo en tu carrera profesional y que ahora solo dejas que pasen otros cuarenta años, sin más. Así, puede que no tengas tanta energía (ni tantos dientes) pero parece como si diera un poco igual…

Cómo se vive realmente la vida a los cuarenta

Paseando a los cuarenta y captando detallesLo que he descubierto es que la vida vuelve a comenzar, no a los cuarenta, sino cada día. Nunca es tarde para comenzar algo nuevo, si bien el cuerpo te va avisando de nuevos límites. Pero el mayor límite es la creencia de lo que “no se puede” hacer a partir de cierta edad.

Gracias a este texto de Louis Hay, confirmé la idea de que pueden pasar aún muchas cosas en tu vida a partir de los cuarenta, e incluso algunas de ellas pueden ser las más importantes para ti y para tu misión. Puedes tener nuevas aficiones, puedes emprender un camino profesional distinto, puedes conocer a una persona especial, puedes tomar consciencia de la importancia de disfrutar el presente…

Además, hay premios. Uno de ellos responde al refrán:

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

Puedes coincidir con personas mucho más jóvenes (incluso algunas podrían ser tus hijos, por edad) en trabajos, cursos, actividades, etc. y observar que la experiencia de la vida es un grado. Puede que sobre esa actividad concreta sepas lo mismo que ellos/as, sin embargo, has vivido situaciones en empresas, en otras actividades, en diferentes momentos de tu vida, que hacen que te sea más fácil manejar la incertidumbre.

A los cuarenta, más que nunca, es importante abrirse a lo desconocido y a lo nuevo, empezar cada día de cero, observando el presente, abriendo la mente a todo lo que te rodea. También puedes encasillarte en el bonito cuadro que pintaste cuando eras pequeño/a, la foto perfecta de familia. Es otra forma de plantearse el resto de tu vida, tus otros cuarenta años o más.

Yo elijo vivir el presente intensamente, decir sí a lo que va llegando, abrirme a evoluciones inesperadas, a tomas de conciencia que no sabía que iban a darse. Elijo no sumar años a una foto estática. Elijo vivir años en una imagen siempre renovada.

¿Y tú? ¿Qué eliges?

Ser Autónomo es ser Adulto

¿Cómo ser autónomo y no morir en el intento?

Escribo este post para derribar algunos mitos sobre trabajar por cuenta propia, muchos de los cuales están explicados en posts y artículos escritos por personas que nunca han trabajado por cuenta propia. Al ser así, al desconocer de primera mano de qué se trata todo esto de ser freelance, se han creado una imagen del autónomo que no comparto.

Yo voy a hablar del autónomo que trabaja desde casa y cuyas herramientas de trabajo son un ordenador y a veces un teléfono.

¿Cuáles son los mitos de los que se habla?

El autónomo trabaja en pijama

El desayuno de un autónomoBien, habrá muchos que lo hagan, no es mi caso. La descripción habitual es que el autónomo prácticamente se arrastra como un ser invertebrado desde su cama a su escritorio, sin vestirse, sin ducharse y sin desayunar.

Esta creencia da por hecho que el que trabaja por cuenta propia no es capaz de concebir otra forma de vivir que «dormir más» y luego hacer como cualquier trabajador por cuenta ajena: sentarse en una silla.

Pero el autónomo puede: pasear a su perro, llevar a sus niños al colegio, trasladarse a un espacio de trabajo, trabajar documentándose en bibliotecas, trabajar desde una cafetería, si tiene un trabajo creativo, dar un paseo para inspirarse en busca de nuevas ideas.

La jornada del autónomo no tiene fin

La jornada del autónomo no es infinitaEn efecto, si seguimos considerando que el autónomo es ese ser que busca ante todo la comodidad (no se viste, no sale, duerme más), pues su jornada no tendrá fin porque se tratará de una persona incapaz de organizarse. Además, parece la única razón por la que se piensa que un autónomo no tiene horarios: hace falta «muchísima» disciplina. Algún autónomo incluso asegura que se pone horarios y que se viste como si fuese a la oficina.

Por suerte, hace muchos años que leí por primera vez a Ernie Zelinski, que afirma:

La moral del trabajo es la moral del esclavo

El esclavo piensa que hay que tener un horario porque si no, no se rinde, y hay que vestirse de pimpollo porque si no, no se trabaja.

Tengo dos objeciones al tema de la jornada del autónomo, una por defecto y otra por exceso:

  1. ¿De verdad, de verdad «hay que» trabajar 8 horas al día? ¿O diez, o doce? Me parece que esto arrastra un concepto de la era industrial. Lo importante es ser productivo, no estar sentado delante de un ordenador durante horas, como ocurre en una oficina. Si en países avanzados se defienden jornadas de 6-7 horas, es porque es posible, y probablemente más racional.
  2. ¿De verdad que es tan grave que un trabajo se viva como una pasión? Muchos autónomos «de ordenador» somos «creativos», es decir, trabajamos inventando, pensando, imaginando, fantaseando. Y esto mola hacerlo hasta las tantas, o los fines de semana. En mi caso no trabajo hasta tarde, pero sí los fines de semana: si la inspiración me encuentra un sábado por la mañana, la sigo. Eso de tener que poner barreras entre la vida personal y la laboral significa que lo laboral es malo, es algo que hay que mantener enjaulado.

El autónomo se pone a hacer tareas del hogar

El hogar de un autónomoEsto es muy gracioso. Las explicaciones habituales es que claro, teniendo tan cerca la cocina, pues te vas a ella, te pones a comer… O bien, te pones a limpiar, o te vas a comprar el pan… Como si estas tareas fuesen placeres preferibles al hecho de trabajar y ser útil. O como si en la oficina no comieras nada, ni atacases la máquina del vending.

Esto responde a la creencia de que los trabajadores somos como niños, y necesitamos por tanto un supervisor (padre) que nos vigile, no sea que nos distraigamos y nos pongamos a jugar. En cambio, «nunca» nos distraemos en una oficina, estamos «todo el rato» rindiendo al 100%…

En mi opinión, un Autónomo Adulto se distribuye el tiempo como quiere porque el que trabaja por cuenta propia es el responsable. Aquí otra palabra clave, la responsabilidad. En un trabajo por cuenta ajena, la responsabilidad es del empleador, nosotros somos niños tratando de escaquearnos, ¿verdad? Pues bien, si uno se escaquea de su propio negocio y no cumple fechas, lo más probable es que acabe «en la calle», con la diferencia de que no tendrá derecho a paro.

He trabajado con muchos freelance porque el sector e-learning se apoya mucho en ellos: diseñadores, productores de vídeo, informáticos, guionistas… Y suelen ser hiperresponsables, entregan sus trabajos con antelación, y con los estándares de calidad que se les marca. No creo que estas personas se pongan a hacer tareas del hogar, y si lo hacen, será para descansar, repartirse sus tiempos o porque consideran, como yo, que no es necesario autoexplotarse.

La soledad del autónomo

telefono-996-min¿La soledad del autónomo? Pensaba que solo existía la soledad del líder.

Bien, es cierto que el autónomo que trabaja desde casa frente a un ordenador no está viendo personas, a menos que conecte su webcam cuando mantiene conversaciones a través de Skype, por ejemplo. Lo que sí es probable es que «oiga» personas, ya que mantiene habitualmente conversaciones telefónicas con sus clientes. Además, el autónomo gusta de comer al menos tres veces al día, pudiendo ser algunas o todas ellas fuera de su casa: desayunos de empresa, comidas con clientes…

Es el freelance quien tiene en principio la disponibilidad de asistir a eventos que como trabajador por cuenta ajena están vetados, como son muchas ferias y exposiciones que se dan en «horario laboral».

Además, volvemos a la creencia de que somos niños, y por tanto necesitamos a nuestros amiguitos del cole. Un trabajador por cuenta ajena está igual de solo que un trabajador por cuenta propia, lo que pasa es que puede hacerse la ilusión de que está acompañado por sus colegas de trabajo, que en realidad no están ahí para mitigar su soledad, sino para trabajar también, cada uno en lo suyo. Hay ciertas conversaciones informales que se pierden trabajando desde casa, cierto. Pero también se gana algo que no tiene precio: la libertad.

Si aun no te convence esto, puedes escuchar este audio de Brigitte Champetier de Ribes sobre cómo el Adulto camina solo en su vida.

¿Cuál es tu experiencia? Me encantaría saber cómo te va trabajando desde casa por cuenta propia. Deja tus comentarios abajo.