De inscripciones

Os traigo tres textos muy distintos, tres «inscripciones» que nos pueden ayudar a explicar el mundo… o al menos, a tener visos de él.

Cuando la traducción automática es traidora

Se dice que «traductor, traidor» y en el caso que os traigo es exactamente así. El traductor ya no está en soledad ante el texto. Ahora (lo sé porque he traducido contenidos técnicos durante 10 años) el traductor debe trabajar con herramientas de traducción automática y ajustar el resultado. Esto significa que encuentra líneas de texto traducidas por inteligencia artificial y debe revisarlas y comprobar que son adecuadas. En ocasiones, se considera que el coste de esta revisión experta no interesa porque no añade demasiado valor, y nos topamos con páginas como la siguiente:

Encontrado en una página web explicativa de Windows, donde pone: Cómo restaurar una copia de seguridad? ¡Nosotros te damos la espalda!

Con optimismo y motivación, esta página web celebra que «te da la espalda». Todo viene de que en inglés copia de seguridad es backup (respaldo), por lo que se intuye que se alegran de darte respaldo.

No te rindas

En ocasiones, los azucarillos o las servilletas de bar compiten con Mr. Wonderful y quieren desearte cosas muy buenas. A veces, me llevo el sobre de azúcar, porque, cortando un poco el texto, sí me resulta motivador y simpático. Estos textos están escritos en papel, algo en principio más duradero que una página web del ciberespacio, pero es un papel de usar y tirar, está destinado a identificar el producto (azúcar) o el lugar (Bar Pepe).

El sobre reza: «Aunque te sientas perdido y sin fuerzas, recuerda que cada día puede ser el comienzo de algo maravilloso. No te rindas».

Por mi parte, extracto el texto y leo la primera línea y la última:

Aunque te sientas perdido y sin fuerzas, no te rindas.

Me parece un mensaje con más energía, que tampoco llega muy lejos, pero quita la parte menos creíble del mensaje original.

La última palabra

La última palabra puede que sea la que escriben sobre tu lápida. Lo escrito en piedra se torna sagrado: jeroglíficos egipcios, piedra Rosetta, estelas romanas… Aquí no hay lugar para la rectificación, ya no podemos traducir alegremente ni emitir un texto al que le sobran partes, o que tiene erratas. Lo escrito en piedra queda.

Tras unos 30 años queriendo rendir mis respetos, por fin encuentro la tumba de don Benito Pérez Galdós, cuyo Episodio Nacional El abrazo de Vergara, inspiró uno de los post más leídos de este blog. La tumba de Galdós pasa totalmente desapercibida en el cementerio de la Almudena, en Madrid. Es una tumba más, sin nada destacado y, además, es una tumba de muchas personas, donde él es «uno más».

Tumba de Galdós en el cementerio de la Almudena, donde hay otras siete personas enterradas.

Pensaba que, al ver la tumba del escritor que más admiro y desde hace más años (desde que a los quince años leí Doña perfecta), me vendría abajo de la tristeza por su pérdida, por tener delante la prueba de que el admirado se fue hace mucho, no está presente y no se le puede conocer. Pero no sentí absolutamente nada. La lápida era fría y expedita. Ni siquiera había una breve mención, tipo «escritor», o «autor de los Episodios Nacionales» o «gran autor español», etc.

Me pregunto, como este escritor, si es esta la tumba que merece Galdós. Si entráis en el enlace, veréis que en la foto que he tomado yo la tumba está limpia, lo que muestra un mantenimiento, y además trae un QR acompañando un clavel fresco. El QR da acceso a este otro enlace sobre el autor. Por cierto, ¿qué pensaría don Benito sobre esto del QR?

La impermanencia

Quizá en el futuro, cuando otras civilizaciones excaven en busca de evidencias de los avances de nuestra civilización, no encuentren demasiado. Quizá saquen conclusiones equivocadas, porque no tendrán evidencia del alcance de aquello que se inscribió en el espacio digital. Tal vez, los servidores ya no funcionen, internet no exista y la IA quede en el olvido. Entonces, aquella gente ¿repetirá lo que ya se ha hecho?

En la antesala (de la muerte)

Era una sala grande y decorada con un lujo un tanto plasticoso, como la planta baja de un hotel, a la altura de la recepción. Igualmente, tenía esos sillones que imitan piel, la tele encendida, mesas de centro, floreros, cortinajes, iluminación cálida. Por la ventana, se veía una especie de terraza cubierta con un suelo de madera y palmeras grandes, con mesas y sillas de mimbre. Quizá, cuanto más quería imitar una situación normal y cotidiana de cierto lujo y cierto relajo, más siniestra era la sala. ¿Qué era siniestro, la decoración? ¿Era siniestra la gente que la ocupaba, mirados uno a uno? ¿Era siniestro el programa de televisión que corría? No, eran los ecos de Alguien voló sobre el nido del cuco, los ecos de Despertares, los ecos de El show de Truman, los ecos de 1984, los ecos de… los Simpson: los hombres y mujeres muy mayores que la poblaban parecían zombis, estaban «aparcados», estaban «dejados», estaban esperando algo (la muerte) con la mirada perdida, sin hablar entre ellos.

La imagen era tan siniestra como esta, pero en un lugar más grande y con la gente sin mirarse entre sí.

Puede que visites a tus mayores en su casa y les veas en una actitud parecida: están sentados, tirados quizá, viendo la tele con total desinterés, sonriendo alguna vez, otras veces con la mirada perdida, mirando al suelo o directamente dormidos. Pero son a lo sumo dos, quizá alguno más si se juntan con sus amistades y otros familiares de la misma quinta y hablan entre ellos. En aquella sala grande y de lujo fingido, muchos de ellos formaban una legión de zombis que desgarraba el corazón al reparar en ella. Porque esa gente vivió la posguerra, esa gente trabajó duramente, sea en un trabajo, sea en casa, con hijos. Porque salieron adelante de las cartillas de racionamiento, del hambre, de la escasez y vieron el país subir y convertirse en democracia.

Y ahora están ahí: esperando (la muerte). ¿Eso tiene sentido?

Ellos quieren salir corriendo

Si el salón era tan «cuqui», ¿cómo es que yo vi a Jack Nicholson tratando de romper una ventana? No había rejas, sí una tele a la que nadie atendía, no era todo blanco, sí era todo aséptico. Pero, cuando quise salir un momento, resulta que las puertas no se abrían y la persona de recepción no estaba. Eso me dio un agobio importante, aumentado al comprobar que la persona a la que había ido a ver confirmaba que

No me dejan salir a andar sola, y salgo con vosotros porque tenéis autorización de mis hijos.

Ostia. Esa persona había revivido desde que estaba en ese lugar fingidamente agradable, dentro de su estado de dependencia, había empezado a encontrarse mejor, mucho mejor, como ocurre cuando te ingresan en el hospital y de pronto te entran unas ganas muy fuertes de salir corriendo de allí y vivir, esta vez sí, plenamente.

El propio escenario es repelente. Incluso, cuanto más quiere agradar y parecer de nivel, más repele, es como si al entrar oliera muy mal, por más que quieres fijarte en los detalles, no puedes soportar el olor. Y ahí viven todas esas personas en estado zombi y que esperan (la muerte).

En Momo, Michael Ende critica la agrupación de personas por edades, ya que nadie se enriquece de los que son iguales. Resulta más «natural» una mezcla de niños, jóvenes, adultos y mayores, cada cual aprendiendo algo de los otros. Si nadie quiere estar ahí, si ellos quieren salir corriendo y los visitantes también, ¿no hay una manera mejor de organizar esto? ¿Hay solución? ¿Alguna idea de cómo podrían ser las cosas?

Tú única tarea en la vida: vivir plenamente

En los documentales, vemos civilizaciones complejas que han desaparecido del mapa. El arqueólogo de turno investiga y descubre que se ha debido a una sequía prolongada, pero esa civilización trataba de resolverlo haciendo sacrificios humanos. O bien, el arqueólogo descubre que se ha debido a las consecuencias de una erupción volcánica, pero esa civilización estaba tan hundida en su propio problema que no eran capaces de buscar alternativas.

Yo siempre he creído (en plan agorero) que a nuestra civilización le quedaba poco: veía venir la decadencia de muchas maneras. Por ejemplo, cuando me pregunto dónde están las personas introvertidas, las que históricamente han guiado nuestros pasos por sus profundas reflexiones, veo que quedan ocultas por personas muy extrovertidas que además son capaces de crear un circo, pero no de elaborar teorías como la crítica de la razón pura, de Kant. Puedes encontrar aquí algunas reflexiones sobre las capacidades de las personas introvertidas, por parte de Andrés Pérez Ortega.

También veo que los trabajos que requieren de un grado alto de introversión y gusto por tareas con sistemas inertes, como la programación, el diseño instruccional, la traducción, la escritura, o la ciencia de datos están cada vez peor pagados, por la irrupción de la inteligencia artificial en las herramientas que se utilizan. Es paradójico, pero muchos puestos especializados tienen un precio hora cercano al de trabajos que no requieren ninguna cualificación (a excepción de trabajos de muy alto nivel que, entre otras tareas, están configurando esas inteligencias artificiales para que sean cada vez mejores).

Así, junto con «la caída del imperio», mucho trabajo introvertido está también entrando en decadencia: debido, precisamente, a la facilidad de las tecnologías, un trabajo que podía ser creativo, entretenido y motivador, como crear un programa, buscar los términos más adecuados para una traducción en lenguaje informal, extraer conclusiones de una base de datos, o buscar información y crear un informe, manual, o curso, se convierte en un trabajo «penoso», de «minería fina» (picar piedra), porque esa misma facilidad lo convierte en una revisión tediosa de lo que han arrojado los nuevos sistemas. Además, se carece del tiempo necesario para profundizar en cualquier proyecto, por lo que se justifica el «ir rápido» y terminar tareas, sin importar si están hechas con gusto/amor/calidad.

La IA hablando con la IA

En el sector en el que estoy, formación online, veo textos escritos por chats de inteligencia artificial expuestos a alumnado que responderá preguntando también a un chat de IA, de forma que una IA está hablando con otra mientras los humanos alrededor nos hacemos la ilusión de que estamos produciendo tareas y cursos brillantes muy rápido, pero siendo en realidad los facilitadores de ese estúpido juego, casi los esclavos de este.

Un buen ejemplo de que el esfuerzo por comprender una materia va a quedar atrás es esta sugerencia que hace Adobe Acrobat cuando un documento es «demasiado largo»:

En la imagen pone: Parece que el documento es largo. Ahorra tiempo leyendo un resumen. Aparece un botón de «Ver resumen».

Pues en este entorno de civilización en decadencia, en el que «no hacer nada es perder el tiempo», como dice Antonio Fornés en Reiníciate, pero, al mismo tiempo, en el que todo resulta cada vez más sencillo y, por tanto, cada vez menos motivador, ¿qué significa vivir plenamente?

¿Qué significa vivir plenamente?

Cuando pienso en esta expresión, me viene a la cabeza el vídeo de la canción «The Nights», de Avicii, que explica que «su padre le dijo que disfrutara de la vida», más o menos. Entonces, se dedica a hacer puenting, surfing, buceo, juergas…

Lo que pasa es que esto es cansado y caro: hay que ser rico (algo a lo que aspiran muchos jóvenes que quieren ser youtubers o influencers en general), tener tiempo libre y estar en forma. Al margen de esto, no es una forma de vida. Pese a que cuesta creerlo, el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, autor de Flow: una psicología de la felicidad, comentaba que lo que más motiva es realizar tareas que requieran un cierto esfuerzo, como trabajar.

Creo que lo más interesante es vivir plenamente según propone Thích Nhất Hạnh, un maestro budista que falleció en 2022 y del que hemos hablado algunas veces en este blog. En Lograr el milagro de estar atento plantea que la forma de vivir plenamente es tener la atención y los sentidos puestos en la actividad que se está haciendo en el momento presente, que puede ser una muy aburrida, penosa… o divertidísima, motivadora y llena de energía.

Lo que plantea el maestro es que, si estás esperando a que se acaben las actividades rutinarias para empezar a «vivir plenamente», vas a tener muy poco tiempo para ello. En cambio, si tu tiempo (tu vida) es todo lo que haces, si lo vives plenamente, incluso si vives ese aburrimiento con intensidad, entonces estás logrando el milagro de la atención plena.

¿Es esto una especie de conformismo con tareas y proyectos que ya no aportan la motivación de antaño? Puede. Pero también es una herramienta para disfrutar del tiempo que nos es dado en la vida.

Es hora de…

«Es hora de…» ¿qué significa esta expresión? ¿Por qué es hora de comer, de emitir un telediario o de ir a algún sitio?

Muchas personas miramos el reloj antes de responder a una pregunta de la vida: «¿Te vienes a…?». Depende de si es pronto para eso, tarde para eso. Otra cosa es si «eso» está cerrado.

Vivir con horarios

Hay personas esclavas de su reloj. Su vida está cronometrada. «No puedo, tengo que cenar a las nueve». ¿No puedes cenar a las 21.15 ese día, o a las 21.30? ¿Qué ocurre si te sales del horario establecido?

Recientemente, cambió la hora. Y se decía: «dormiremos una hora menos». Bueno, o las mismas. Si no cambias ningún reloj, puedes seguir haciendo la misma vida. Claro que, están los horarios externos, eso que tanto nos restringe.

Conocí a una azafata de vuelo experimentada que no sufría de jet lag. ¿Por qué? No cambiaba la hora de su reloj de pulsera. Seguía los horarios de aquí, estuviera donde estuviera, y sus vuelos eran todos transoceánicos, por lo que la diferencia horaria era amplia. Ella podía seguir sus propios ritmos, mientras esperaba al siguiente vuelo.

Así que el enemigo de vivir el propio tiempo al margen del reloj son los horarios: jornada laboral, horario de las tiendas, horarios de atención al público, festivos… Desde luego, hay que agradecer a los horarios que nos permiten organizarnos y poder coincidir con otras personas. Pero, si a todos los horarios que nos constriñen añadimos uno propio, entonces la persona pasa a ser presa de estos: tiene hora para todo, no cabe la improvisación. Por tanto, en el momento en que se pone en peligro el cumplimiento de alguno de sus horarios, le invade un fuerte estado de ansiedad. Y es posible que trate de descargar su frustración con otras personas que no comparten ese horario tan restrictivo.

La forma de vivir el tiempo depende por completo de nuestra posición existencial, es decir, de cómo nos sentimos con nosotros mismos y con respecto al mundo, lo que al fin y al cabo conforma nuestro guion de vida. Incluso hay un impulsor específico que reza:

Date prisa.

Impulsor primario.

Vivir despacio

El permiso que sirve como antídoto al «date prisa» es: «tómate tu tiempo».

Voy a tomarme mi tiempo. La vida es demasiado corta como para apresurarse. Voy a bajar el ritmo y disfrutar. No quiero perderme las pequeñas cosas por tener prisa.

Tony Robbins.

Lo espontáneo, lo que surge a cada momento, no entiende de horarios: se presenta. Si una persona está lo suficientemente libre como para actuar desde el presente, puede acoger mucho mejor todo aquello que no estaba planificado (la mayoría de la vida).

En circunstancias excepcionales, como tener un familiar enfermo, una persona es capaz de trastocar todos sus horarios y seguir adelante, incluso olvidándolos por completo. La hora de comer se convierte en «tengo hambre», la de dormir en «tengo sueño», y así.

Hace muchos años, Stephen R. Covey, en su libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, establecía que en nuestra vida debemos colocar primero las «grandes rocas», aquellos elementos importantes para la persona, los que sí o sí hay que realizar. Todo lo demás irá ubicándose en los huecos que queden. Puedes ver este vídeo para entender por qué lo llama «big rocks»:

Vídeo de explicación de por qué colocar primero las «grandes piedras».

Es un consejo que también sigue Tony Robbins: establece al principio del año uno o dos objetivos de aprendizaje o mejora y les asigna su tiempo, su hueco. Por ejemplo, decide aprender sobre diseño gráfico o a hacer ganchillo. También se puede reservar tiempo para «hacer nada», pasear sin rumbo, mirar a la parra… De hecho, esos tiempos «muertos» están bastante vivos, porque permiten a la mente entrar en un estado de calma en el que es posible crear.


Las personas que logran sus objetivos y se sienten realizadas con ello no suelen atarse a los horarios más que para garantizar estos éxitos. Es decir, fijan primero el tiempo de las «grandes rocas» y luego colocan todo lo demás. Se aseguran de que van a tener el tiempo suficiente para trabajar en aquello en lo que ponen atención. La próxima vez que digas: «no tengo tiempo para…» o «ya es hora de…», párate un momento y piensa que las personas que realizaron grandes logros tuvieron exactamente el mismo tiempo que tú: 24 horas al día.

¿Sientes que eres esclavo del reloj? ¿Te gustaría encontrar más tiempo para lo importante y que nunca realizas? Sé libre de dejar aquí tus comentarios y de compartir. Muchas gracias por leer.

El «observamiento»

Ayer, paseando distraídamente por una exposición de pintura, una amiga me dijo que su padre había tenido mucho talento para la pintura, talento que ella no había heredado, por lo que admiraba la capacidad de algunas personas de plasmar imágenes realistas en cuadros. Describió cómo pintaba su padre:

Como en esa época no tenían tele, escuchaba la radio de fondo y se dedicaba a pintar.

Mi amiga hablando de su padre.

Entonces me imaginé una escena plácida y calmada: el hombre dibujando sus bocetos, su mujer leyendo una revista, cosiendo o dormitando, la radio emitiendo una música de antaño. Se podían pasar horas así, la mesa camilla entre medias, acompañados y solos, disfrutando de esos ratos de paz. Y me pregunté si alguien de nuestros tiempos que no supere los 70 años vive escenas tranquilas y agradables como estas. Porque yo no.

Hombre pintando. Imagen generada por LexicaAperture, la mano derecha en el valle inquietante.

No hay un impedimento de apagar la tele, poner el móvil en modo avión, encender una radio (si aún se tiene tal objeto) y, relajadamente, comenzar a deslizar un lápiz por un papel. Es más, probablemente la mayoría puede permitirse unos cuantos rotuladores, témperas o carboncillos, papel específico para cada tipo de pintura, un caballete… Lo que la mayoría quizá no puede permitirse es dejar de mirar el reloj, de comprobar el móvil, de estar permanentemente atento a las novedades y cambios de los tiempos tumultuosos, reaccionando a todo sin tiempo para sopesar qué acciones tomar.

Otra imagen: la gente de los pueblos sentada a la puerta de su casa, fuera. Unos en un poyete, otros en unas sillas que han sacado. Salen, se sientan, miran al infinito. O bien, hablan entre ellos. La actividad no puede ser más barata. Pero ya no la vemos en pueblos más grandes o en ciudades, porque «estar» no es suficiente, tienes que estar por alguna razón, hacer algo. La mayoría justifican su «estar fuera» observando a sus hijos o nietos jugando en los columpios: «¡Ah, qué bien!, ya tengo una excusa para estar apaciblemente sentado fuera de casa». Si no, es posible que pensemos que la persona que está como una seta es «rara». O aún peor: un vago o un maleante.

El «observamiento»

Hace poco he oído hablar de Jorge Rey, un chaval de 16 años que predice el tiempo de forma «tradicional», acientífica, fijándose en la naturaleza, si bien también está al corriente de los modelos meteorológicos. Es el que en su día predijo la Filomena. Vi la entrevista que le hizo Iker Jiménez, en la que este chico cuenta que ha acuñado el término «observamiento», mezcla de observación y pensamiento. JR, como él se llama a sí mismo, combina varias técnicas para sus predicciones: por un lado, observa la naturaleza a su alrededor y saca conclusiones sobre ella. Por otro, escucha los refranes de los mayores, pregunta a unos y a otros sobre métodos tradicionales como las cabañuelas o las témporas, y saca conclusiones.

Por ejemplo, en el vídeo a continuación, comienza con un refrán:

De San Quilicio a Santa Lucía, lo más fresco, la sandía.

Refranero español.

La parte que más me interesa de lo que cuenta este chico es la observación de la naturaleza. Ese vivir un poco más contemplativo, sosegado, en el que se puede parar a analizar el comportamiento de las hormigas, o las aves. Es un modo de conducirse por la vida ajeno al ajetreo, a la distracción constante, a la búsqueda de notificaciones y «me gusta», si bien no es incompatible con vivir en el mundo actual: como veis, el propio JR es youtuber y es activo en redes sociales.

La niña que sobrevive a la jungla

La hermana mayor de los 4 niños perdidos 40 días en la jungla es otro ejemplo de cuidadoso «observamiento» de la naturaleza y de los peligros y amenazas que pueden presentarse, incluidos, o especialmente, otros humanos. Estos niños son indígenas y tenían un conocimiento previo de la jungla: sus condiciones, qué se puede comer, cómo ocultarse y cómo permanecer en absoluto silencio. La hermana mayor añade a esta sabiduría tomas de decisiones muy maduras, propias de un adulto, para actuar con calma, calculando, sopesando. Indudablemente, sabe observar la naturaleza a su alrededor y piensa sobre lo observado, saca conclusiones y actúa.

Podemos pensar dos cosas: quizá estos niños en la gran ciudad no habrían sobrevivido: sus conocimientos se circunscriben a la selva. O podemos pensar que cualquiera de los que vivimos en la gran ciudad sí saldríamos adelante 40 días en ella por nuestro gran conocimiento, nuestro «observamiento» de… ¿de qué? ¿Del tráfico? ¿De que todo tiene un precio? ¿De que da la sensación de que a nadie le importan las penurias de otro cuando lo tiene «demasiado cerca»?

Desde que los hombres grises nos robaron el tiempo, nos conducimos como zombis por la vida: muertos vivientes. Es claramente una generalización, pero seguramente mucha gente se sienta identificada con esta sensación: no le da tiempo a pararse, respirar, observar, conducirse con tranquilidad, «perder el tiempo». Paradójicamente, cuanto más lento nos conducimos, cuanto más nos aburrimos, cuanto más nos dedicamos a esbozar figuras en un papel mientras suena la radio, más lento parece ir el tiempo y más completa se siente la experiencia.


¿Cuál es tu caso? ¿Consigues la paz necesaria para simplemente «estar»? ¿»Pierdes el tiempo» felizmente charlando con alguien o mirando cómo una hormiga arrastra una miga de pan? Me encantará leer tu punto de vista en Comentarios. ¡Gracias por leer!

Las cabezas blancas

Hace poco estuve en un concierto de rock de un grupo amateur, pero bastante experimentado. Al mirar hacia el público, vi una buena proporción de cabezas canosas. Después me fijé en que también las había entre los integrantes del grupo. Entonces me di cuenta de la edad: los que estábamos allí rondábamos o habíamos pasado los 50 años, éramos «señoras y señores». Y sentí nostalgia, porque me pareció que ese grupo de rock, ese tipo de concierto, tenían los días contados. Antes, ir a un concierto como este era ser joven. El concierto de pronto cambia de significado y se convierte en una actividad para gente «de edad madura».

Cuando «era joven», creo que era bastante consciente de la edad que tenía. Sabía identificarme «con los de mi edad». Había niños, jóvenes y mayores. Pero a partir de los 40 más o menos, hay un largo periodo en el que muchas personas como yo se identifican erróneamente con gente más joven: vas por la calle, se cruza «un señor», y no te das cuenta de que tiene tu edad. O se cruza «un chico de mi edad» y no te das cuenta de que tiene diez años menos. Ahora entiendo eso que decían mis padres:

Tú siempre eres la misma persona, por dentro no envejeces, te sientes igual, no puedes percibir la edad porque [tu espíritu, tu alma, tu mente, lo que sea] no envejece.

Mis padres.
Imagen de 박유정 Alex park en Pixabay. Dejé Midjourney: ya no es gratuito y sigue siendo complicado usarlo.

Cuando el esfuerzo no compensa

Entre el público del concierto de rock había otros que una vez pertenecieron a un grupo, pero ya se sienten cansados. Comentan que no compensa tener que llegar con antelación, cargar todo el peso, especialmente de la batería, montar el escenario, actuar y luego desmontar todo a las tantas, llevarlo a los coches… Todo este esfuerzo por unos 300-400 euros para repartir entre los componentes del grupo. Este es el punto de inflexión: cuando el esfuerzo de un disfrute no compensa.

Mi forma de medir la juventud de espíritu de una persona que ya ha pasado los cuarenta es comprobar si habla de jubilarse. Una persona joven puede hablar de «ojalá me toque la lotería y me retire a un país tropical», pero de jubilación, del concepto de dejar de ser útil a la sociedad y dedicarse a cultivar las aficiones, solo hablan personas que empiezan a sentirse cansadas, que ven más grande el esfuerzo que la recompensa.

Otra manera de medirlo es cuánto se sacrifica una persona por ver a otras: los abuelos están en su casa y sus familiares van a verlos. Cuesta que salgan, que hagan un esfuerzo por ir a un sitio muy alejado. Solo algunos muy animados se apuntan a viajes y tienen una agenda como de persona joven. He observado que estos últimos puede que vivan muchos más años. Pues bien, ya a partir de los 40-50, escucho a las personas decir que ya no van a tal sitio o no quieren conocer a alguien que esté a más de 20 Km de su casa: demasiado lejos. ¿Lejos? Tú, que has querido recorrer el mundo, tú que te has querido retirar en un país tropical, ¿me dices que no recorres más de 20 Km? Pues sí, aceptémoslo: a partir de una edad, independientemente de la salud, se empieza a sentir un cierto cansancio, se está a gusto sentado viendo la tele, se olvidan grandes aventuras que conllevan grandes sacrificios.

Esta canción de Queen habla de la nostalgia de aquellos días que ya se han ido.

¿Qué es «joven»?

Recientemente leía los materiales de una autora sobre público objetivo en marketing y hablaba de «mujeres de edad avanzada» para referirse a la franja de 40 a 60 años. Le comenté que eso eran mujeres maduras, la edad avanzada está más allá. Claro, la persona que lo había escrito es joven.

Cuando te preguntan cómo es alguien y empiezas a describirlo, puede que digas: «es joven». Ser joven es algo muy relativo, ahora que se ha alargado bastante la edad de la juventud. Así que quien dice «joven» establece el punto de referencia con su propia edad. «Sentirse joven» no vale tanto como «ser joven», en el sentido de que muchos nos sentimos jóvenes pero no lo somos ya desde ningún punto de vista. Por ejemplo, hace pocos meses iba andando por la calle y se me cayeron las gafas de sol, pero no me di cuenta. Un señor de unos 85 años decía detrás de mí: «¡Señora, señora! ¡Se le han caído las gafas!». Yo no me daba por aludida porque no esperaba que un señor mayor que mis propios padres me pudiera ver como a una señora. Pero así era.

Hay un periodo de los 40 a los 60, realmente largo, en el que se empieza a estar más cerca del final que del principio, pero no se quiere ser consciente de esto. Un periodo de «persona madura», con la cabeza encanecida, blanca, en el que todavía se lleva un ritmo de vida «joven» pero que ya va haciendo mella cuando es muy ajetreado. Un periodo en el que nos identificamos con personas más jóvenes porque no podemos creer que nos hayamos hecho tan mayores tan pronto. Un periodo en el que vas a un concierto y de pronto descubres que tú eres una de esas personas de cabeza blanca, pero no habías querido ser consciente de ello.


Dedicado a FHF.

La tendencia a la entropía

Puedes pensar que todo tiende al equilibrio y las aguas vuelven a su cauce y puedes pensar que todo tiende al caos y el desorden es siempre creciente.

Un buen amigo mío decía justo lo segundo: un profesor de Teleco, de Campos electromagnéticos, veía claramente cómo todo tiende al desorden, que es lo que mide la entropía, según la segunda ley de la termodinámica.

La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo.

H. Callen

Así, voy paseando por las calles de una ciudad que antes fue pueblo y encuentro el desorden creciente, la tendencia al caos, el cómo unas construcciones se juntan con las anteriores sin parecerse, sin existir armonía entre ellas, con distintas alturas, diseños, colores, épocas. Los edificios más altos parece que engullen a casas bajas encaladas, que resisten empujándolos por los lados.

Otras casas se vienen abajo venciéndose por el tejado y mostrando sus secretos azulejos de la cocina o del baño, algunas más están simplemente en un claro estado de abandono, aderezado o no por cartones, por pises, por ratas.

Pero ¿qué es eso de la entropía?

Me puse a averiguar qué es la entropía y hasta qué punto describe esto que le sucede a una ciudad, a las obras de arte físicas, a las plantas, que crecen sin orden ni concierto, pero también al cuerpo humano. Encontré distintas definiciones de este concepto, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo, lo que encontré me pareció fascinante.

La palabra entropía procede del griego, denota un movimiento de giro o de cambio. Lo interesante es que se trata de un cambio irreversible. Este concepto lo tomó un físico y matemático alemán, Rudolf Clausius, que se puso a pensar en la transformación de un sistema, revisando el ciclo de Carnot.

Rudolf Clausius. Imagen de dominio público.

Por lo que he entendido de mis lecturas, un sistema termodinámico va cambiando, la entropía va aumentando cada vez que se dan intercambios de calor entre un cuerpo y otro. En estas reacciones, en estos intercambios de energía de los cuerpos, hay una parte de energía que se pierde: no todo el calor del cuerpo A pasa al cuerpo B. Esa parte se disipa o se pierde por fricción, por lo que no se transforma en energía útil (trabajo). La entropía entonces es medida de este «desorden» asociado a esa pérdida de trabajo. Está además en relación con los «microestados» que pueda adoptar un sistema.

Al ser el universo mismo un sistema termodinámico, puede llegar un momento en el que el flujo termodinámico se acabe, no haya más calor y el universo muera. Al pensar en esto, se te queda la cara que se le quedó a Rudolf Clausius cuando se lo planteó.

También he leído que la entropía puede ser una forma de observar el transcurso del tiempo en una sola dirección.

…de los dos únicos sentidos en que puede evolucionar un sistema, el espontáneo es el que corresponde al estado del universo con una igual o mayor entropía. (…)  A modo tanto de cuestión filosófica como de cuestión científica, este concepto recae inevitablemente en la paradoja del origen del universo: si el tiempo llevara pasando infinitamente, la entropía del universo no tendría sentido, siendo esta un concepto finito creciente en el tiempo y el tiempo un concepto infinito y eterno.

Artículo de Wikipedia relacionado

La entropía solo puede aumentar con el tiempo, nunca disminuir. El ejemplo que he leído es curioso: se puede ir pasando pintura de un bote de pintura blanca a uno de pintura negra y viceversa, hasta llegar a un punto en el que se tienen dos botes de pintura gris. Pero este proceso no se puede revertir, de los botes de pintura gris no se puede volver al blanco, ni al negro.

Por otro lado, cuando ya tenía claro que entropía y desorden iban de la mano, leo que la entropía puede ser la medida del orden del sistema termodinámico, la medida de su equilibrio.

El desorden perfecto

Vuelvo a utilizar la entropía como metáfora de la decadencia de las ciudades, o de los cuerpos. Ese desorden, esa mezcla variopinta de edificios, esas plantas que brotan de entre las rocas sin apenas nutrientes, forman un mosaico de realidad: es lo que hay, no parece que el universo tenga un mal funcionamiento, al revés, parece que se arregla muy bien sin ninguna teoría que lo reduzca. El universo es, de esta manera, perfecto, la realidad misma. Y el desorden, entonces, forma parte de él.

En las calles, en las casas, vamos mezclando sin darnos cuenta el bote de pintura blanca con el de pintura negra. Al principio no se nota, una gota de un color sumergida en el otro no se ve. Con el tiempo, ambos son grises, se han equilibrado. Quizá este momento de equilibrio sea el de una ciudad completamente en ruinas, ya no sin tejados, ya sin paredes, sin calles, un conjunto de piedras y materiales que descansan cómodamente en la tierra y de ahí no se van a levantar.

O bien se intenta evitar esta heterogeneidad que lleva al desorden y se planifican y estructuran calles nuevas, vacías, que se irán llenando con los años con edificios nuevos, más uniformes entre sí, casi iguales. La zona está mejor organizada, aparentemente, los edificios son homogéneos, tienen alturas similares. Todo parece mejor. Pero el asfalto comienza a deteriorarse. Además, se detecta que faltan pasos de cebra, o sobran, o faltan cambios de sentido en esas largas avenidas planificadas. Porque la entropía se abre paso con la flecha del tiempo y no vuelve atrás. Nunca vuelve atrás: es irreversible.

Las edades del hombre

He visto la nueva película de Top Gun. Llama la atención lo bien que se conserva Tom Cruise, a pesar de que este año 2022 cumpla los 60 tacos. Aun así, el que «Maverick» sea como el abuelete de los nuevos pilotos, hace que su historia personal esté desleída (ocurrió en los 80, nada menos) y sin embargo roba el posible protagonismo a los nuevos, personajes totalmente planos y sin sustancia (desde mi punto de vista de espectadora palomitera).

Imagen tomada de https://www.infobae.com/historias/2022/05/26/top-gun-el-capitan-que-casi-arruina-la-mejor-escena-la-tragica-muerte-en-el-set-y-tom-cruise-banado-en-su-vomito/

Por Tom Cruise pasan los años también, aunque de forma diferente a como pasan por la mayoría. ¿Cómo sería Tom en el siglo XIX y con los avatares de aquella época? ¿Cómo serían él o cualquier actor o actriz sin acceso a los retoques? ¿Cómo seríamos cada uno de nosotros si no nos pudiéramos teñir el pelo y no existieran los gimnasios?

Me voy a mi fuente preferida: los episodios nacionales de Galdós. En ellos, hay varias referencias a la edad de los personajes y lo que estaban haciendo en ese momento. Llama la atención que el envejecimiento era bastante parecido al de ahora, por las descripciones que hace don Benito de los personajes. Por ejemplo:

Gay (…) era un hombre membrudo, como de cincuenta años, la cabeza blanqueada por canicie precoz (…)

Luchana.

Es decir, al escritor le parece prematuro tener canas a los cincuenta años. Yo diría que hoy en día nos parece lo más normal; estamos en el mismo caso.

En otra parte de Luchana, se habla de Aura y otras amigas suyas: tienen alrededor de 20 años y en varias ocasiones los otros personajes las llaman «niñas». Esto no quita para que estén en edad casadera y ya se empiecen a arreglar compromisos con esta o aquella familia.

Nuestro ya estimado don Beltrán de Urdaneta, cuando habla de su ceguera progresiva, comenta:

Hay días en que no veo tres sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige, porque me he propuesto llegar a los noventa.

Don Beltrán de Urdaneta en Luchana.

Es decir, en el siglo XIX era normal que alguien se propusiera vivir hasta los noventa años.

Por otro lado, esto dice don Beltrán de su nieto:

Figúrate que tiene veintiséis años, y ya es calvo… sí, hijo mío: se le cae el pelo de tanto cavilar haciendo números, y enfilando largas baterías de reales y maravedises. Su calvicie procede también de la sordidez, de la sequedad del entendimiento, donde no han entrado más que los números.

Don Beltrán hablando de su nieto Rodrigo, Luchana.

De esta descripción se puede deducir que no era normal en esa época que a un chico joven se le empezase a caer el pelo tan pronto. También se puede inferir que no mucha gente se dedicaba a «cavilar haciendo números», y que semejante actividad parecía conducir a la calvicie, frente a otras de más acción física. Esto da que pensar.

Modos de vida

En aquella época, la actividad física era muy superior a la de la época actual. Las mujeres iban al mercado, o mantenían una casa, o tenían que atender una granja, etc. Los hombres estaban en el ejército, o trabajaban el metal, como vimos en el post anterior, o traían y llevaban mensajes. Es posible que la acción de los personajes de ficción sea mayor que la de las personas reales de la época. Eso también ocurre ahora: en las series y películas, casi siempre los personajes están de pie, recorren un pasillo, se suben a un coche, se bajan… Rara vez permanecen mucho tiempo frente a una pantalla o mirando su móvil en el sillón, porque es aburridísimo de ver. Haz el ejercicio de verte desde fuera en el transcurso de un día: casi todo el rato aparecerás en posición sentada mirando fijamente a algo.

Aun así, el narrador no califica como extraño que sus personajes estén en constante movimiento y acción física, que recorran largas distancias andando (largas es media España) o que paseen por la ciudad durante largo rato. Rara vez aparecen sillas en las descripciones de los espacios cerrados, salvo en los bares en los que los personajes se reúnen a hablar de política. Y las camas suelen ser camastros «más duros que la piedra», rara vez un personaje descansa en una cama confortable.

En resumidas cuentas, se podría deducir que las edades de la época eran similares a las actuales, y que en cambio, los signos de envejecimiento como la calvicie o las canas no se ponían de manifiesto tan pronto, quizá por una actividad física mayor.


Ya, ya sé que últimamente visitamos mucho el siglo XIX, quizá habría que escuchar este consejo que Galdós pone en boca de Sabino, padre de Zoilo:

(…) conviene que no mires tanto a lo pasado, pues el que mira mucho atrás, atrás se queda… y el que vive entre fantasmas en fantasma se convierte…

Sabino en Luchana.

Puede que en otro post hablemos de la inflación y tal y cual. Ya veremos. Mientras tanto, muchas gracias por leerme, por comentar y por compartir. 🙂

Costumbres de antaño

Leyendo los episodios nacionales me voy encontrando con menciones al estilo de vida que seguramente en esa época no llamaban la atención, pero que al leerlas ahora, resultan chocantes o curiosas. Voy a recoger algunas aquí, de forma no exhaustiva. Son las que más me han llamado la atención de los últimos episodios que he leído, pero hay muchas más: te invito a descubrirlas.

Que la fuerza bruta te acompañe

En el siglo XIX todavía se utilizaba mucho la fuerza física de personas y animales. En Luchana, Zoilo y su familia son herreros. Trabajan el metal como en el cuadro de La fragua de Vulcano, a mano, con la fuerza bruta y viril.

Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas ocasiones se le presentaban (…). A su pujante vigor muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas estatutarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y nobleza sin pulir (…). Tenía conciencia de su fuerza física (…), pero no sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.

Descripción de Zoilo. Luchana.
La fragua de Vulcano. Dominio público.

Otro ejemplo de necesidad de fuerza física son los camilleros. Cuando Galdós habla de que se llevaban a los heridos en camillas, la imagen mental que me vino es una camilla con sus patas y sus ruedas. Pero no, las camillas las levantaban dos forzudos hombres, uno por cada lado, de manera que hacían falta dos hombres no heridos por cada camilla.

Huevos fritos con chorizo

En las novelas de don Benito sale muchas veces la comida. Diremos que Galdós no debía de ser muy fan de la dieta mediterránea. Lo que más comen sus personajes es queso con pan, de beber, siempre toman vino, si meriendan, pueden tomarse un chocolate con bollos, más raramente un café.

Eso sí, se desayunan unas sopas o unos huevos fritos con chorizo como si tal cosa. Cuando pasan hambre, los personajes comen sobras de lo que han comido otras personas. Es una imagen bastante impresionante. Cuando los precios suben por la guerra, pueden que tengan que comprar unos huevos muy pasados y a precio de oro.

Huso horario

Algo pasó en algún momento con el huso horario, porque en los episodios nacionales, cuando es verano, amanece y anochece a las 5 de la tarde. Repito: a las 5 de la tarde. Eso me recuerda a cuando estuve en el Mar Rojo en verano, precisamente: amanecía y anochecía a las 6, así que a esa hora había que levantarse/irse a dormir. He investigado sobre esto, lo que he encontrado son dos artículos (a su vez copiados a otras páginas) sobre que las horas en el s. XIX eran distintas en cada provincia.

Además, se comía y cenaba a otras horas. En Luchana, unas señoras de la nobleza comentan que:

…amiga mía, no puedo avenirme a esa novísima costumbre de comer a las tres y cenar a las once de la noche… costumbres napolitanas deben de ser éstas…

La «señora incógnita» en una carta a Fernando Calpena. Luchana.

Mira, ya sabemos por qué en España tendemos a comer y cenar más tarde que otros europeos. ¿Lo harán así los napolitanos, como dice esta mujer?

A pie

Verdaderamente, cuando los personajes de Galdós recorren varias provincias de la geografía española andando, llego a sentir su cansancio. No, no van en un carro, a veces unos sí tienen carro o burro, los más nobles, caballo, pero van todos a la vez, así que se entiende que van al ritmo de los que van a pie. Estos grandes viajes quijotescos se forman por distintos intereses. Por ejemplo, en una fonda coinciden dos personajes y hablan de la ruta que sigue cada uno. Uno de ellos puede estar encaminándose a donde dejó a su amada, el otro puede estar en misión oficial llevando unos legajos a un alto cargo. Y aún otro, puede estar de camino para volver a sus tierras y retirarse allí. Hablan entre ellos de los medios con los que cuentan y se acuerda emprender el viaje.

En el suelo

Pasan la noche en cualquier lado, por ejemplo, paran en una fonda y duermen varias personas todas en el suelo, cada cual haciéndose su lecho con lo que tenga a mano, o bien en los establos, durmiendo sobre el heno. Esto lo hacen hasta personas tan mayores como nuestro amigo don Beltrán de Urdaneta, que según referencias galdosianas, pasa de los 70 años.

También es posible que duerman en una iglesia, en un humilladero o, incluso, en una cueva, siempre con sus molidos huesos sobre duros suelos.

Prepararse para bien morir

Una de las cosas que más me costaba digerir en las novelas de Galdós son los fusilamientos y otros tipos de muertes cruentas. Los condenados pasan una noche con su conciencia, resignándose a su fatal destino y en comunión con Dios mismo. Es de notar con qué entereza asumen los personajes que van a morir. La muerte está mucho más cerca de ellos de lo que la sentimos ahora. No solo por las guerras, también porque la muerte era más probable, la esperanza de vida, menor.

También hay descripciones realistas y exactas de linchamientos, como el de Godoy. De la fuerza del pueblo y sus acciones hablaremos otro día; es admirable cómo Galdós presenta al pueblo en estos actos en masa.

Ancestros

Desde luego, la vida era más dura, o al menos, más cansada físicamente. Esta gente comía bastante menos, tenía que ganarse el pan con más esfuerzo, y no había un trato especial para personas mayores o con problemas de salud: tenían que superar los mismos avatares que el resto. Eso sí, se percibe en los personajes de don Benito una humanidad sin límite, cuando una persona requiere cuidados, los demás se vuelcan, la acogen, la acompañan.

En este contexto y otros peores si nos vamos más atrás en la historia, crecieron y vivieron nuestros ancestros. Nos ha llegado la vida de las personas que sobrevivieron al hambre, la enfermedad, la guerra. ¡Qué precio más alto! Se trata, como comenta Sergio Rozalén en un post, de 110 mil millones de historias.

Brines, testigo del paso del tiempo

El pasado domingo emitieron un Imprescindibles sobre Francisco Brines en La 2. Cuando lo vi anunciado en Twitter, sentí emoción: yo conocí personalmente a Francisco Brines en la carrera de Teoría de la literatura y literatura comparada; de hecho, autografió para mí su antología Poesía completa (1960-1997). Brines era materia de estudio de la asignatura de Crítica literaria, dentro de la generación del 50.

Cuando vi a Brines en el documental, me costó aceptar su envejecimiento. Le había conocido alrededor del año 2002-2003, cuando tenía unos 70 años; aún no era académico de la RAE. Brines vino a la Facultad a dar un seminario y leyó varios de sus poemas. Explicó que la inspiración podía venirle en cualquier momento, incluso conduciendo: se paraba en un semáforo en rojo y apuntaba rápidamente en un papel la imagen que le había venido a la mente.

Su visita era importante, es como si nos hubiera visitado Vicente Aleixandre, de quien tenía influencias en su primera obra. Durante su charla, se me ocurrió una «pregunta inteligente» que, cuando me llegó el turno, se me fue de la mente. Como no conseguía recordarla, le pedí torpemente que leyera otro poema. Su voz era vibrante, profunda, leía con gusto y buena vocalización. Brines tenía más o menos este aspecto:

Magazelka, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, via Wikimedia Commons

La voz de Brines en el documental, grabado en 2020 y 2021, sonaba como un hilillo de aire, muy débil, pausada. Ya no solo su aspecto, su voz no era la voz que yo había escuchado. Lo que decía, por contraste, tenía mucha fuerza. Una fuerza que se puede apreciar en sus poemas, por ejemplo, este, Sísifo de la carne(*):

Algo el tiempo ha empezado a corroer
en la línea del vientre, en donde cruel
me avasalló, gimiendo, tu belleza.
Se ha iniciado la lenta despedida
del esplendor, y me arroja el reino
la maldición de mi naturaleza.
Y otra vez el desierto hasta encontrar
de nuevo los grilletes que me aten
a esa indecisión de una sonrisa
aparecida. El valle de los pájaros.

Cuántos barcos sin norte en esa niebla
de desaparición. Los mástiles caídos.
Al espejo se asoma
el estupor cansado de mis ojos,
la destrucción tan larga de mi carne.
Y el mendigo del mundo prometido
adelanta la mano que le humilla
por cobrar la moneda que no ha alcanzado nunca.

La reflexión sobre el tiempo

Los temas comunes de la poesía de Francisco Brines son varios. Uno de ellos el cuerpo, la carne. Otro los paisajes, los atardeceres y la noche, la naturaleza. Y otro, el principal, el tiempo. Impresiona el paso del tiempo en él, se buscan sus trazas al comparar sus poemas de Las brasas con los de La última costa. Curiosamente, su yo lírico en Las brasas era un hombre anciano despidiéndose de la vida porque se sabe mortal. En el poema Sísifo de la carne, de La última costa, podemos ver que la carne es víctima también de ese paso del tiempo.

Cuando vi a Francisco Brines en la Complutense, fijé el aspecto del autor, como si lo hubiera visto en una película. Así, en mi mente, Brines no envejecía. En las películas, los personajes no envejecen, mientras que, en cada revisión de una película, el espectador sí lo hace. Si en su día te habías identificado con Gene Kelly en Levando anclas, un día vuelves a ver la película y de pronto te parece un chico «demasiado joven». Y, al mismo tiempo, lleva muerto muchos años. Estos son los contrastes temporales a los que nos llevan fotografías y películas.

Por otro lado, a partir de una edad, es muy posible que no reconozcas a las personas de tu propia quinta. Más o menos hasta los 40 identificas bien a otros coetáneos. Y a partir de ahí, poco a poco, vas creyendo (ingenuamente, erróneamente) que esas personas «tan mayores» no pueden ser de tu edad, que tú te conservas mejor. El «señora» y la gente que te habla de usted te devuelven rápido a tu sitio, a tu generación.

Don Beltrán de Urdaneta

Recordar a Brines me ha conectado al personaje estimable de don Beltrán de Urdaneta, del que ya os he hablado un par de veces. Este personaje es un señor de unos setenta años. Le ha gustado disfrutar de la vida y sigue queriendo hacerlo. Pero se está quedando ciego y se va sintiendo cansado de ir de un lado para otro. Que esté acercándose a la última costa no significa que no pueda estar sometido a las circunstancias del destino, del azar. En el Imprescindibles, Brines comenta que somos hijos del azar: cuando llega, hay que agarrarlo, aunque nos aparte de un golpe.

El paso del tiempo, con la propia observación de un cuerpo que «el tiempo ha empezado a corroer», es doloroso cuando se atisba la muerte, el final, la otra cara de la moneda de la vida. Don Beltrán de Urdaneta se siente cercano a la muerte, por edad, pero cuando se ve apresado por un regimiento de facciosos (soldados carlistas) liderado por Cabrera, y es sometido a todo tipo de trabajos duros, se prepara aún más para este final: en cualquier momento puede ser fusilado por orden del general Cabrera, personaje histórico, apodado «el tigre del Maestrazgo».

La historia es dura: los liberales fusilan a la madre de Cabrera, María Griñó. Desde ese momento, Cabrera promete que la sangre de los liberales llenará los valles y subirá por las montañas. Y fusila a todo el que encuentra, sean mujeres, sean niños, o sean personas que pasaban por ahí, como el propio Urdaneta, que es capturado y llevado como preso a través de montes y valles, la mayor parte del tiempo a pie.

A pesar de su edad y su nobleza (el primer noble de Aragón), a Urdaneta le encargan talar árboles (con un hacha) para despejar una zona, o enterrar a los fusilados, a los que se desnudaba antes.

Terrible duelo y consternación produjo a don Beltrán la vista de los dieciséis cadáveres ya desnudos, rígidos en sus violentas contorsiones (…). Eran jóvenes, lozanas existencias destruidas bárbaramente en la plenitud del vigor (…). [Pensó:] «¡Pobres muchachos! ¿Por qué se les ha quitado la vida? España se desangra, España se aniquila. Asisto al suicidio de una nación. Sepultémosla en su propia tierra…»

La campaña del Maestrazgo
Hecho de Burjasot. M. Molina. Biblioteca Nacional. Madrid.

Contrasta la edad de los cuerpos con el rigor de la muerte. Contrasta la vejez de Urdaneta con la juventud de los muertos a los que se ve obligado a enterrar. Galdós no omite la dureza de la guerra, más bien crea imágenes claras de aquellos sucesos. En la época que escribió esta tercera serie, Galdós tenía entre 55 y 57 años. Aún había de vivir unos 20 más, pero ya era sensible a los achaques de la edad, especialmente el que le tocaría a él: la progresiva pérdida de la visión.

Igualmente, Francisco Brines habría de vivir unos 20 años a partir de aquella charla en la que presentó su antología subtitulada «Ensayo de una despedida».


Todo este juego de edades que contemplan edades es lo que me evocó el excelente documental de Imprescindibles. Brines, en pantalla, con 88 y 89 años, inmediatamente el Brines de la charla en mi Facultad, con 70, yo con 47 recordando haberle pedido su autógrafo con 29, Galdós escribiendo con 56 años sobre un personaje de 70 que contempla la muerte de jóvenes de unos 20.

Tal vez no podemos saber cuándo hemos de despedirnos. No sabemos qué hechos nos va a tocar presenciar, qué circunstancias nos quedan por vivir. Podemos atestiguar el paso del tiempo, como Brines y Galdós, podemos reflejar lo que vemos y lo que sentimos. Podemos, simplemente, vivir, disfrutar de lo que tenemos, agradeciendo lo que nos llega, despidiendo lo que se va.

(*) Nadie mejor que cada lector para sentir las emociones que le sugieren los versos del poeta. La poesía es difícil por su simbolismo, por su polisemia, por no ser lógica. Muchas veces requiere relectura, ir destilando cada imagen, cada palabra.