Clara y la penumbra fue escrita por José Carlos Somoza y publicada en Editorial Planeta en 2001. La novela fue ganadora del Premio de Novela Fernando Lara de 2001 y del Premio Internacional Hammett 2002 a la mejor novela policiaca del año.
Lo que más destaca de esta obra es la brillantez con la que se crea una atmósfera siniestra e inquietante, en la que encajan situaciones sórdidas de forma justificada.
¿Cómo es el universo de Clara y la penumbra?
Clara y la penumbra describe un mundo posible, alternativo al mundo real. La acción se desarrolla en un 2006 alternativo y futuro en el momento de escribir la obra, según un modelo ficcional verosímil. El lector colabora fácilmente con esta ficción desde el primer párrafo, que describe con detalle una obra hiperdramática o HD, en la que el lienzo es una persona.
La unidad básica es la investigación policiaca de un crimen. La trama trenza dos historias principales que convergen, la del universo de la Fundación Van Tysch y la de Clara Reyes, un lienzo hiperdramático. A su vez, el universo de la Fundación tiene algunos personajes principales, Lothar Bosch y la señorita Wood. La trama se divide en cuatro “pasos”, el último de los cuales es diferente en cuanto al tiempo, que se precipita hacia una resolución del caso.
Son las descripciones de las obras hiperdramáticas y de las acciones como los art-shocks y el arte manchado lo que llena a la obra de un tinte siniestro difícil de eludir.
¿Dónde transcurre Clara y la penumbra?
La historia transcurre principalmente en Amsterdam. La historia de Clara Reyes comienza en España, y después se traslada a Amsterdam para converger con la de la Fundación.
Los espacios más característicos son las dependencias de la Fundación Van Tysch, siendo el propio Bruno Van Tysch un espacio, casi un color de fondo, referenciado por el resto de personajes.
Los espacios más inquietantes son aquellos más exclusivos, decorados con adornos humanos, personas que trabajan como sillas, mesas, bandejas e incluso lámparas, al servicio de un mundo del arte sin consideraciones morales.
Únicamente uno de los personajes, Lothar Bosch, parece ser consciente de que los lienzos y adornos son personas con derechos y con necesidades, y su sensibilidad hacia ellos no será compartida en general por el resto de personajes, todos bailando al ritmo de un artista genial y terrible, Van Tysch.
Los personajes en Clara y la penumbra
Las acciones definen la naturaleza de cada personaje. Lothar Bosch, encargado de la seguridad de la Fundación Van Tysch y antiguo policía, parece el alter ego del propio Somoza, reflejando una cierta crítica a una parte del mundo del arte y del mundo de la imagen. Lothar es un héroe problemático en relación dialéctica con el universo Van Tysch.
Bruno Van Tysch es el personaje-espacio del que hablábamos, un personaje en la sombra que conocemos por referencias, la primera y más evidente su nombre, seguido de su ocupación, pintor-genio de arte hiperdramático. Este personaje solo aparece a mitad del libro en una intervención muy concreta e intensa, y desaparece de nuevo, sin dejar de ser mencionado de continuo. Van Tysch simboliza el arte moderno, el arte por el arte, el genio loco y temido.

Se acude a la psicología para dotar a los personajes de ciertas manías o miedos. Llama la atención que sea la figura del padre la que ha marcado a la mayoría de ellos, mientras que la madre de los personajes no se menciona, ni ningún personaje es padre o madre.
¿Cuál es el tiempo narrativo en la novela?
La acción transcurre en un mes del verano.
El tiempo es secuencial, sin embargo hay cierta simultaneidad al describir los acontecimientos que viven los personajes principales durante los días que transcurren desde la primera escena hasta el desenlace final.
El tiempo del “cuarto paso” de la obra, las cien últimas páginas, tiene una estructura mucho más ágil, que se mide por intervalos de horas de un mismo día.
El narrador en Clara y la penumbra
Se trata de un narrador omnisciente que conoce el mundo interior de los personajes principales y algunos de los secundarios. En otras ocasiones se mantiene al margen y describe las acciones, el tiempo y los escenarios. Los personajes están presentados a partir de la información que destilan en los diálogos y a través de las explicaciones del narrador.

Los cuarenta te traen vivencias en las que no habías pensado. Por ejemplo, empiezas a tener problemas con la dentadura, con la vista, con el colesterol… y equivalentes. En mi caso, con la dentadura. Sí, han conseguido que vivamos hasta los cien años, perfecto, pero ¿sin piños? Cuando pienso en otros cuarenta años masticando, me vienen a la cabeza imágenes de los anuncios sobre dentaduras postizas que se mueven… ¿Postizas? Pero la gente que lleva dientes postizos es de la tercera edad… Sí, ciertamente el tiempo vuela y se lleva dientes y grados de visión, se lleva la frescura y se lleva energía vital.
Lo que he descubierto es que la vida vuelve a comenzar, no a los cuarenta, sino cada día. Nunca es tarde para comenzar algo nuevo, si bien el cuerpo te va avisando de nuevos límites. Pero el mayor límite es la creencia de lo que “no se puede” hacer a partir de cierta edad.
Ante las ruinas romanas del
El espacio de escena es enorme, tanto, que cabe imaginar a muchos artistas entrando y saliendo: actores, músicos, danzarines, mimos y pantomimos. Situarse en este espacio, ahora de arena pero en su día de tablas de madera, y mirar hacia las gradas, sentir cinco mil miradas sobre ti… La máscara te cubre, pero al tiempo te separa del público, obligándote a proyectar la voz más alto, más fuerte.
De pronto, puedo visualizar el desasosiego de ese “no actor” al que sacan a escena a la fuerza, enmascarado, del que todos saben que no es un actor, sino un condenado, y quien va a morir en directo, y en público. Hay excitación entre los asistentes, van a ver un espectáculo de realidad del que “produce la catarsis de las pasiones trágicas”.
Parte de la respuesta ya nos la ha dado Aristóteles arriba: todos los seres humanos disfrutan de las imitaciones, y esto incluye tanto a los que imitan como a los que ven las imitaciones.
Arrastro una lista de tareas, de “buenas acciones” que sin embargo nunca suceden.
Conocerle en la exposición Papeles de la 
Se pueden aprender muchas lecciones de Ureña, y no solo la humildad. Este acuarelista no tiene miedo al error: «muchos lienzos te los cargas, tengo muchos lienzos estropeados en casa». De hecho, este es el origen de parte de la exposición Papeles, la sección llamada Photocall, esculturas de tamaño ligeramente mayor al natural realizadas a partir de papeles descartados. El error ha de considerarse como experimentación, y como parte natural del proceso de buscar.
Joaquín Ureña, es además, constante.




Bien, habrá muchos que lo hagan, no es mi caso. La descripción habitual es que el autónomo prácticamente se arrastra como un ser invertebrado desde su cama a su escritorio, sin vestirse, sin ducharse y sin desayunar.
En efecto, si seguimos considerando que el autónomo es ese ser que busca ante todo la comodidad (no se viste, no sale, duerme más), pues su jornada no tendrá fin porque se tratará de una persona incapaz de organizarse. Además, parece la única razón por la que se piensa que un autónomo no tiene horarios: hace falta «muchísima» disciplina. Algún autónomo incluso asegura que se pone horarios y que se viste como si fuese a la oficina.
Esto es muy gracioso. Las explicaciones habituales es que claro, teniendo tan cerca la cocina, pues te vas a ella, te pones a comer… O bien, te pones a limpiar, o te vas a comprar el pan… Como si estas tareas fuesen placeres preferibles al hecho de trabajar y ser útil. O como si en la oficina no comieras nada, ni atacases la máquina del vending.
¿La soledad del autónomo? Pensaba que solo existía la soledad del líder.