Un día en el gimnasio

Voy al gimnasio dos veces a la semana por recomendación de la fisio. Así, hace más o menos un año me lancé a visitar la parte del gimnasio que tiene máquinas, espalderas, bolas de pilates, gomas elásticas, pesas… Esa parte que viene a la cabeza cuando te preguntan: «¿Vas al gimnasio?». Y es que yo antes de eso había ido en general a la otra parte, la de clases colectivas, normalmente a algo de baile: gym jazz, danza contemporánea, zumba, baile activo…

Imagen de Scott Webb en Pixabay, esta, definitivamente, no soy yo.

El caso es que en la parte de los aparatos, parte que llamaremos «gym», no me siento del todo como pez en el agua después de este tiempo. Me siento más bien como en un universo paralelo: un universo que existe a la vez que el nuestro pero al que normalmente no accedemos… hasta atravesar la puerta, los tornos y la «sala de musculación».

Donde fueres, haz lo que vieres

Con este panorama como de visitar tierras extranjeras, me adentro allí cada vez con bastante curiosidad y sigilo, imitando las conductas observadas, las entienda o no. Hay varios elementos que no había visto en épocas de juventud y que me llaman la atención.

Por ejemplo, la mayoría de la gente en cualquiera de los espacios del gym tiene constantemente a mano su teléfono móvil. Creo que les sirve para contar tiempo, pero también se les ve chatear.

Otra conducta extendida es poner cara de póker. Es una expresión neutra, nadie mira a nadie, es una cara como de concentración e indiferencia a la vez, dirigiendo la mirada preferentemente hacia el suelo o al móvil. Se hace cualquier actividad «con dignidad», como haciendo algo muy profesional o que requiere mucha seriedad. Cada persona da así a entender que sabe utilizar la máquina en cuestión y que no duda en que su postura, el peso añadido y el número de repeticiones son los correctos. Así que yo leo disimuladamente las escasas instrucciones en el lateral del aparato, imito al resto en ese gesto de dignidad y expertise y a continuación bajo el peso al mínimo.

Imagen de karabulakastan en Pixabay. Nótese la cara de absoluta indiferencia. «¡No hay dolor!»

Aquí es interesante percatarse de cómo se enfrenta cada persona a esos aparatos en los que la postura adoptada sería ridícula y risible en cualquier otro entorno, por ejemplo, a cuatro patas. Se hace, por supuesto, con ese gesto indiferente y de dominio absoluto de la situación. Yo hago en la esterilla un par de ejercicios un tanto ridículos que me recomendó uno de los monitores.

Imagen de karabulakastan en Pixabay. Una de estas podría ser yo.

Hay también unas reglas no escritas sobre la posesión temporal del aparato. Y es que estos profesionales del gym dedican distintos días a trabajar distintos grupos de músculos, de manera que si les toca brazos, van a tomar posesión de la máquina correspondiente, sentándose en ella y/o poniendo su toalla, y quedándose en ella entre ciclos de repetición, mirando el whatsapp. Esto significa que esa máquina está tomada y no se puede osar usarla durante la posesión temporal.

Luego están las «ligas»: la liga profesional y la liga amateur, que es la mía. A ver, yo voy allí, hago siempre los mismos ejercicios de todos los grupos musculares y mis series no duran en total más de 30-40 minutos. No levanto mucho peso y la mayoría de los ejercicios que hago los podría hacer en mi casa. Los y las de la liga profesional hacen ejercicios por partes del cuerpo, levantan muchísimo peso (de hecho, cuando lo dejan caer retumba el suelo de todo el gym) y se esfuerzan mucho. La mayoría de lo que hacen requiere de uno u otro aparato, además de un «octógono» que son unas columnas de hierro con unas barras que las atraviesan y de las que se cuelgan llevando grandes pesas colgando de la cintura, y cosas así.

Pues bien, en todo momento, hay unas reglas no escritas de dónde se pone la liga amateur para no estorbar a la liga profesional. Hay unos espacios donde las cabezas de la gente ya presentan canas en los que tranquilamente puedes poner tu esterilla y empezar a hacer el indio. Pero hay otros en los que esas miradas bajas e indiferentes de pronto notas que van a ti, y es porque te estás poniendo donde no es, o bien, estás utilizando un aparato o espacio que estaba «tomado temporalmente» pero tú no te habías enterado.

En el gimnasio al que voy, la zona amateur está separada de la profesional por una fila interminable de cintas de correr, bicis estáticas, elípticas y unas escaleras mecánicas. Las personas que usan esto son normalmente otras, las que buscan un ejercicio aeróbico.

Un espectáculo para los sentidos

Como ya vamos teniendo una edad, me es llamativo comprobar que hay más mujeres en el área de musculación de las que había en la época en la que yo tenía su edad. Además, levantan grandes pesos y hacen ejercicios a un nivel similar al de los hombres. Ahora, las chicas se arreglan bastante para ir al gym, con los ojos perfectamente pintados, la ropa ajustada y atractiva y el pelo normalmente recogido en una o dos trenzas. En mi época no nos pintábamos para ir al gimnasio, llevábamos camisetas anchas y «cualquier cosa» que anduviera por el armario. A mí particularmente me agrada ver tanto a chicas como a chicos más cuidados, con una imagen más sexy y cultivando su cuerpo. Yo, siguiendo la regla anteriormente citada de «donde fueres haz lo que vieres», me arreglo también y trato de actualizar mi ropa de gym con cierta frecuencia.

De fondo, se oye una música machacona. Un día es heavy, al otro es reguetón, al otro, los más, es música disco, pero siempre machacando, pienso que porque ayuda a hacer las repeticiones a un ritmo más bien vivo, además de levantar el ánimo. Esta música no impide escuchar los gemidos de esfuerzo, que en todo caso son asépticos.

En cuanto a lo kinestésico, las sensaciones de cómo trabajan los músculos se intensifican. También se siente lo mullido o no de la esterilla o del banco del aparato en cuestión, la frialdad del metal de las barras, la suavidad resbalosa de la bola de Pilates… Lo que ya no hay es «olores» diversos, los espacios están bastante bien ventilados y la gente tiene más higiene.


Después de todo lo descrito, se podrá dudar que guste este espacio. A mí sí me gusta. Yo vivo los ejercicios de gimnasia como una especie de meditación o mindfulness, es decir, me permiten estar presente, ya que estoy contando las repeticiones de cada serie, estoy consciente de la respiración para acompasarla al ejercicio y estoy pendiente de tener una postura correcta en cada ejercicio. Me gusta también la sensación de soledad acompañada, mucha gente sola compartiendo un espacio, cada uno haciendo lo suyo pero todos juntos. Y como decía, me gusta ver cuerpos cultivados. Además, los instructores siempre ayudan y proponen ejercicios adaptados a cualquier estado físico o de salud.

Así que… ¿te animas a ir al gym? ¿Ya lo haces habitualmente? Cuéntame lo que te apetezca en comentarios. Una vez más, muchas gracias por leer y compartir.

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