…y luego está la realidad

He citado varias veces el libro Cómo hacer grandes cosas, del experto en megaproyectos Bent Flyvbjerg. Y este hombre lo sabe bien: está la planificación de un proyecto en papel y está la ejecución, lo que ocurre realmente una vez arranca la realización de los trabajos.

Quizá hay que aceptar de una vez por todas que nos dirige nuestra parte impulsiva, que toma decisiones por corazonadas, lo que Julie Dirksen llama «el elefante». Esta diseñadora instruccional de renombre explica que nuestra parte racional es mucho más pequeña, como el jinete que va sobre el elefante. Por tanto, es aconsejable «hablar al elefante», es decir, dirigir nuestro discurso (en este caso, el contenido de un curso) a esa parte impulsiva.

O, como ya comentábamos, están los dos tipos de pensamiento que establecieron Danny Kahneman y Amos Tversky, al observar que, una vez se menciona una cifra al azar, tendemos a quedarnos alrededor de ella en nuestras estimaciones. Tenemos un «pensamiento tipo 1», impulsivo, intuitivo, irracional, y un «pensamiento tipo 2», racional, sosegado y que sabe planificar de forma activa a base de iteraciones. ¿Adivinas cuál se suele imponer?

Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay.

Hace muchos años, compartí una carta a un cliente del blog personal de Trina Rimmer, diseñadora instruccional experimentada y ahora parte de Articulate Global. En ella, la experta explica cómo los proyectos urgentes dan lugar a resultados precipitados. Esto se aplica a cualquier proyecto.

Como Trina Rimmer indica en su carta, los clientes suelen transmitir un mensaje de este tipo:

Toma mi PowerPoint y conviértelo en elearning con la magia de las herramientas rápidas de autor.

Petición de un cliente.

Si bien el cliente desconocedor puede creer que obtendrá resultados en un par de semanas, un estudio de Chapman Alliance establece que generalmente toma 49 horas desarrollar 1 hora de curso online básico de hacer clic y leer. 

El cliente suele creer que el diseñador instruccional es una especie de informático raro que da a una tecla y mágicamente convierte una aburrida presentación en una actividad interactiva y motivadora para el alumnado.

«Curiosamente», la experta comenta que, para hacer un buen trabajo, necesita hacer un montón de preguntas y concretar qué es lo que se necesita, a qué público va dirigido, cuáles son los objetivos de aprendizaje, de qué tipo de curso se trata (obligatorio, voluntario, oficial…). Digo «curiosamente» porque es exactamente lo que ha hecho Frank Gehry durante toda su vida antes de emprender un proyecto arquitectónico: hacer muchas preguntas e indagar el «porqué» de ese proyecto.

La realidad es que, 15 años después de estar en el sector del e-learning, observo que el cliente (en España) desconoce cómo funciona la formación online tanto o más que antes. La pandemia contribuyó a la confusión: se pensó que el e-learning era grabarse vídeos y subirlos a las redes. Pero esos vídeos no tenían un diseño pedagógico ni una manera de comprobar el aprendizaje (o quizá sí, un aburrido test en alguna plataforma).

Ahora, el sector está integrando a toda velocidad la inteligencia artificial: no podía ser de otra forma. Las herramientas que utilizamos habitualmente, como Adobe Photoshop, Canva o Articulate, ya incluyen utilidades de IA que hacen que diseñar sea mucho más rápido. Pero sigue haciendo falta una persona especializada, que tenga la IA como socia en su trabajo.

Aceptando lo que es: la realidad

Otro experto que suelo traer al apartado Aprendizaje es Tom Kuhlmann. Este profesional es el que, una y otra vez, pone los pies en el suelo al resto, en sus artículos y en sus formaciones. Él dice, sencillamente:

El cliente tiene la razón.

Tom Kuhlmann.

Y frente a esta frase implacable, el otro punto de vista. Hace poco vi a alguien con una camiseta que daba un mensaje como:

El único fracaso es no haberlo intentado.

Mensaje en una camiseta.

Probablemente, sería de Nike: «Just do it». Pero el experto que citaba antes, Bent Flyvbjerg, explica cómo muchas veces el único fracaso es, justamente, haberlo intentado sin la planificación adecuada. Muchos proyectos podrían no haber tenido lugar y no habría habido despidos, divorcios, ruinas económicas o pérdidas de reputación. El dato es «escalofriante», el 95 % de los proyectos tienen pérdidas e insatisfacción del cliente. Pero también el dato es «la realidad»: los proyectos funcionan así.

Sea como sea, el ser humano sigue adelante. Y al siguiente proyecto de las mismas características, vuelve a planificar quedándose corto, para ajustarse a un presupuesto más bajo de lo necesario o a un plazo más corto de lo que se requiere. O sencillamente, porque se pasan por alto los tiempos que requiere cada fase del proyecto. Y la vida avanza, se producen progresos, a veces de la forma más peregrina. La imperfección va de nuestra mano y hemos llegado hasta aquí: algo habremos hecho bien.


¿Cuál es tu caso? ¿Te identificas con la parte más racional o con la impulsiva? ¿Cómo sueles tomar decisiones? No dudes en compartir tus ideas en comentarios. Gracias por leer.