¿De qué te quejas?

Hace más de un mes leí un tuit de Justin Tarte, y todavía me acuerdo.

El hecho de que recuerde un tuit me hace pensar que es importante y puede servirle a más gente. Este director ejecutivo de recursos humanos escribió:

Las dos cosas de las que la gente se queja más:

  1. De cómo son las cosas.
  2. Del cambio.

(Anónimo)

Podríamos añadir una combinación de ambas: quejarse de que las cosas estén en continuo cambio.

Justin Tarte destaca que la gente se queja de cómo son las cosas y del cambio.

Algunos ejemplos

Nos quejamos de cómo son las cosas:

  • Hace calor, hace más calor, no llueve, ¡qué calor! (en verano).
  • Hace frío, qué frío hace, no soporto el viento, no aguanto la lluvia (en invierno).
  • No quiero madrugar.
  • No me gusta este trabajo.
  • No aguanto a X (X = mi jefe, mi madre/padre, mi hermano/a, la compañera de al lado…)
  • No aguanto a Y (Y = político/a en el poder o en la oposición, artista, famoso/a).

Nos quejamos de los cambios:

  • ¡Con lo a gusto que se está en invierno! (cuando llega el verano).
  • Cambiar la frase de arriba invirtiendo invierno por verano.
  • Con el nuevo horario no puedo ir a la clase de zumba del jueves.
  • Me gusta menos el nuevo trabajo que el anterior, que ya es decir.
  • Ahora, en vez de a X, tengo que aguantar a Z, ¡imagínate!
  • Vaya, así que cambia el partido en el poder… ¡Pues no los puedo ni ver!

De luchar contra a convivir con

Tanto si una persona se queja de cómo son las cosas como si se queja de que las cosas cambien, su actitud es de lucha contra eso que no le guste. Una lucha pasiva, quizá, porque quejarse es no estar en la acción, sino señalando pasivamente algo que no se acepta.

Últimamente me estoy dando cuenta de que es más fácil y agradable vivir si, en lugar de luchar contra lo que no me gusta, me dedico a convivir con ello. Esto puede realizarse cómodamente de la siguiente manera:

  • Hace calor, sí, es verdad, convivo con el calor. Además, tiene una ventaja: puedo ir a la piscina.
  • Hace frío, sí, y normalmente no lo soporto. Al convivir con el frío, estoy usando unos guantes y una bufanda que me encantan.
  • No me gusta madrugar ni el horario. Voy a dar menos importancia a estos factores que vienen dados por el trabajo que hago.
  • He decido convivir con la existencia de X, Y y Z. Estas personas tienen sus propios problemas, quizá les ha tocado vivir a su vez cosas que no soportan o cambios para los que no estaban preparadas. ¿Qué hay en X, Y y Z que me molesta tanto? Quizá me parezco más a ellos de lo que me gustaría… O quizá me gustaría parecerme a ellos y… ¿les tengo cierta envidia? Puede ser. He decidido convivir también con ello.

¿Qué es lo que más te molesta de cómo son las cosas? ¿Qué es lo que más te molesta que cambie? Me encantaría conocer vuestros puntos de vista. ¡Muchas gracias por leer!

Las cosas líquidas

En un post anterior os hablé de Las cosas, una novela de Georges Perec.

Algo que me ha llamado la atención de esta novela es encontrar ya indicios de la modernidad líquida descrita por Zygmunt Bauman. No hacía falta llegar a las “pantallas líquidas” para empezar a vivir una “vida líquida”, donde todo es frágil y confuso, la trayectoria de vida ya no es clara, ya nada asegura que siguiendo los pasos tradicionales se logre una posición fija, un hueco.

Modernidad líquida

El ejemplo más común es comparar la producción tipo Henry Ford con la de Bill Gates. Si entras en Ford, puedes esperar acabar allí tu carrera profesional. Si entras en Microsoft, puedes esperar que al año siguiente estés en un sitio completamente distinto. El futuro no está garantizado, cada individuo tiene que abrirse paso sin poder apoyarse en la colectividad. Las normas las impone el mercado, caracterizado por la relación directa entre productor y consumidor, en que el trabajo queda relegado a ser una materia prima más.

Ya en los 60, época en que está ambientada Las cosas, sus protagonistas se dedicaban a los estudios de mercado. Es la época de Mad Men, cuando el mercadeo comienza a profesionalizarse con estudios de mercado cada vez más rigurosos. Sylvie y Jérôme tenían un trabajo de campo, entrevistaban a personas y muchas veces viajaban para ello:

¿Le gusta el puré preparado y por qué? ¿Porque es ligero? ¿Porque es untuoso? ¿Porque es tan fácil de hacer: un gesto y hala? (…)

¿A qué se presta antes atención al comer un yogur?: ¿al color?, ¿a la consistencia?, ¿al sabor?, ¿al perfume natural? (…)

¿Qué piensa de su lavadora? ¿Está contento con ella? ¿No hace demasiada espuma? ¿Lava bien? ¿Rompe la ropa? ¿Seca la ropa? ¿Preferiría una lavadora que secara también su ropa?

 

Los deseos nunca se agotan

Una muestra de varias cosas sólidas y líquidas

Estos personajes de la novela viven en una angustia constante porque sus deseos superan a sus posibilidades de una forma abrumadora. Es más, confunden deseo y necesidad, ya que los objetos que se mencionan no son necesarios para vivir, aunque sean muy deseables. Es la época en que los términos de oferta y demanda se invierten; ahora la oferta genera su propia demanda (Ley de Say).

En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se podía adquirir.

…el dinero –semejante afirmación es forzosamente trivial– suscitaba necesidades nuevas.

Lo que sí es muy diferente es el tipo de anhelos del consumidor. Jérôme y Sylvie recorren los anticuarios de París buscando objetos valiosos y admirándolos desde fuera del escaparate, porque no se los pueden permitir: alfombras, candelabros, cojines, libros encuadernados en piel, divanes Chesterfield, floreros, tapices, armarios de roble… Son objetos sólidos frente a los objetos líquidos actuales.

[Existían en las calles] las ofertas falaces, y sin embargo tan cálidas, de los anticuarios, los tenderos, los libreros.

Los paralizaba la inmensidad de sus deseos.

Los deseos de ahora son tan inmensos o más que los de los años sesenta, con una diferencia: que ahora parecen cubrirse con cosas líquidas, o incluso con cosas “gaseosas” (por diluir un poco más las cosas), cosas que ni siquiera son tangibles, como los “me gusta” de las redes sociales.

En nuestros tiempos, Sylvie y Jérôme quizá habrían deseado tener un iPhone última generación (para qué mencionar cuál si me va a dejar obsoleta esta entrada en 5 minutos), una tableta iPad, pero también muchos miles de seguidores en las principales redes sociales, muchos miles de “Me gusta”, un prestigio digital que, al pasar después por una de las plazas modernas, desierta, sin bancos, sin árboles y abiertamente hostil, nadie les reconocería. “Ah, ¿pero tú eres @satanica74?”

La transformación del mercado

La transformación del mercado hacia lo estético sí comienza en aquella época:

…no era raro ver a un antiguo detallista muerto de hambre convertirse en especialista en quesos, con un delantal azul que daba un tono de muy entendido y un local de vigas y mimbres…

Y ahora continúa, porque este antiguo especialista en quesos se convierte en un bloguero influencer que incluso puede conseguir un espacio en televisión tras haber generado miles de seguidores en Youtube.

Siempre más abajo de lo que sería deseable

Lo que es fundamental, lo que se creó ya en esa época en que la oferta busca generar la demanda y que es cada vez más acusado, es crear en el consumidor la sensación continua de insatisfacción: siempre más abajo en la escala de lo que sería deseable, sin saber muy bien cómo acceder a las capas más altas, soñando con la riqueza pero no trabajando para lograrla porque se sabe de antemano que es inútil, que la riqueza viene por otro lado, quizá heredada, quizá de la falta de escrúpulos, quizá de explotarse a sí mismo/a:

Y ellos comprendían, porque por todas partes, a su alrededor, todo se lo hacía comprender, porque se lo metían en la cabeza de la mañana a la noche, a fuerza de eslóganes, de carteles, de anuncios luminosos, de escaparates iluminados, que estaban siempre un poco más abajo en la escalera, siempre un poco demasiado abajo. Y aún tenían la suerte de no estar entre los más desfavorecidos.

Ahora, como en los sesenta en Francia, aún nos alegramos de tener la suerte de no estar entre los más desfavorecidos, de los que tratamos de distinguirnos a toda costa. Las diferencias sociales entre ricos y el resto van en aumento, la clase media adelgaza a buen ritmo y, con el tiempo, parece como que nos acercamos a esa franja de desfavorecidos a la que nadie, nadie, quiere pertenecer, por lo que, compremos entonces un iPhone de imitación o unas Nike que den el pego, todo menos “parecer” uno de esos que están fuera del club del «universo espejeante de la civilización mercantil, las prisiones de la abundancia, las trampas fascinantes de la dicha.»


Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post? ¿Te identificas con Sylvie y Jérôme?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

El método KonMari un año después

Llevo un tiempo queriendo contar cómo me fue con el método KonMari que comencé el año pasado por estas fechas.

La lectura del libro Las cosas, de Georges Perec, me ha recordado este proceso y me he animado a contaros que, en realidad, no pude acabarlo, porque «las cosas» tienen vida propia y han decidido quedarse.

Portada del libro Las cosas, de Georges Perec

Si recuerdas, el criterio del método KonMari era el siguiente:

Quédate lo que te hace feliz.

Esta máxima se ha encontrado en mi caso con varios problemas:

Problemas de armario

Lo cierto es que, si realmente solo te quedas con la ropa que te hace feliz, no puedes ir al trabajo. Quien dice trabajo, dice a ver a un cliente estratégico, o a una feria empresarial, etc. En mi caso concreto, que tiendo a priorizar la comodidad de la ropa sobre su aspecto, he descartado en el cubo de Cáritas un montón de ropa en perfectas condiciones para ir a todos estos sitios mencionados, si bien no exactamente cómoda.

Por otro lado, si te deshaces de la ropa que no te hace feliz, pronto vas a necesitar hacer un gasto muy grande en nueva ropa que quizá tampoco te haga feliz, sino que te hace falta.

Además, pienso que con la ropa pasa algo parecido a lo que ocurre con el eslabón más débil de una cadena: la prenda más raída, esa que solo llevas en casa o para pasear al perro de noche, es la que define la calidad de tu ropero… Y lo mismo, si te deshaces de esas prendas, sustituirlas requiere un gasto no esperado.

Los protagonistas de Las cosas (escrita y ambientada en los 60) sueñan con ropa de mucha calidad, con tener varios zapatos, con ser ricos… sin hacer nada para lograrlo porque lo ven como un sueño imposible. Ellos también tienen problemas de armario.

Problemas de apego hacia los objetos

En el primer capítulo de Las cosas, Perec nos introduce en un hogar para ricos, en cómo sería ese hogar para Sylvie y Jérôme, los protagonistas siempre borrosos, como vistos de lejos, de la novela. El hogar para ricos, sin duda, está lleno de cosas. Son cosas vistosas, bellas y de mucho valor. Y es que la primera frase lo dice todo:

Les habría gustado ser ricos.

Ya es algo imposible, es la tercera condicional, la de «Si hubiera… habría…», la que no tiene vuelta atrás.

Pues bien, en mi caso lo que descubrí es que, tanto los libros que no pensaba volver a leer como los objetos de adorno que en su día no eran más que baratijas, se resistían a irse porque habían adquirido un valor, el que les atribuían los años. Los años habían convertido a estos objetos en cosas valiosas, en compañeros de piso, en un apéndice irrenunciable. De alguna manera, el valor que adquieren es como un «peso» (se nota mucho en las mudanzas, por cierto), pero no es intercambiable por dinero: es como si todos estos objetos y libros, si salen por la puerta, se fuesen a deshacer en polvo.

Era casi de rigor desear siempre más

Esta es otra de las frases de Las cosas, y una frase que quizá defina cada vez más nuestras vidas. Cuando las cosas son efímeras porque están fabricadas para serlo, resulta que conseguir renovarlas con cierto ritmo es lo que diferencia a los ricos de los pobres. La conservación de las cosas de calidad ya no distingue una buena vida, sino la renovación constante hacia el último modelo, la moda de esta semana, la moda del año que viene por estas fechas.

En este estado de la realidad, quizá no cuente tanto deshacerte de lo que no te hace feliz como extraer felicidad de esa constante renovación que es casi imposible de evitar. La alegría ya no se deriva de estar rodeado de objetos que te hacen sentir feliz, sino más bien de poder sustituir estos objetos…


¿Cómo lo ves tú? ¿Dedicas tiempo y dinero a la renovación constante de «las cosas» que posees? ¿Crees que esto debería cambiar? Me encantaría continuar la conversación en los comentarios. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, agradezco profundamente a mis lectores que se tomen el tiempo para leer el blog y unirse a la reflexión.

Si quieres saber más del método KonMari, lee este post.