El pueblo

El pueblo es una de esas abstracciones que describen una gran cantidad de gente. También se dice el vulgo, el pueblo llano, la masa… Me he fijado en que, en la estructura de las noticias de un telediario, el pueblo siempre tiene su palabra. Primero, se da la noticia. Luego, se recaban declaraciones de distintas personas del pueblo que confirman la noticia. Si se han dado dos versiones o posibles opiniones, se muestran ambas en el vulgo. Después llegan «los expertos» (suele ser una sola persona, dos como máximo) que explican como a una clase del colegio la noticia desde el punto de vista «científico».

Don Benito (Pérez Galdós) sentía una apreciación sincera hacia el pueblo, ese pueblo que sufre las decisiones de los que mandan pero que no puede intervenir en ellas. Ese pueblo que se convierte en masa y es capaz de buscar a Godoy, sacarlo de su palacio y lincharlo, ese pueblo que se defiende de la invasión de los franceses con uñas y dientes, hombres y mujeres por igual, batallando para proteger lo que es suyo.

Sólo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo: él pelea, el paga los gastos de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas.

De Oñate a La Granja. Galdós.
Motín de Aranjuez. Grabado de Francisco de Paula Martí (1761-1827), dibujado por Zacarías Velázquez (1763-1834), dominio público, vía Wikimedia Commons.

El pueblo con carrera y dos másteres

El pueblo de ahora se parece poco al pueblo del S. XIX descrito por Galdós. La mayoría tiene ya una formación mínima y una buena proporción de personas tienen una titulación media o superior. Muchas personas tienen, además del Grado, uno o varios másteres de especialización (no voy a abrir el melón de la calidad de la enseñanza). Así, el pueblo es capaz de razonar y de ver las intenciones detrás de las opiniones, es capaz de producir piezas de arte y cultura de todo tipo, algunas de mucho valor.

Sin embargo, sorprende ver que en los telediarios, el pueblo que aparece es muy parecido al que describe Galdós, precisamente en su ignorancia y candidez.

Somos de Berganzo, y de allí nos ha echado el asoluto, después de quemarnos el pueblo. Asolación mayor no se ha visto.

Un viejo ladino en Vergara. Galdós.

Cuando don Benito pone palabras en boca del pueblo, siempre hay una forma de hablar tipo Gila, dando patadas al diccionario.

No se trata de que las opiniones de la gente con menos conocimientos sean menos válidas; no lo creo. Pero ¿es que no hay personas que puedan dar una opinión más informada, basada en sus conocimientos y experiencia? Ah, sí, que ese espacio está reservado a «los expertos». De manera que se envía un mensaje: estos son los expertos, los demás sois «ignorantes y cándidos».

La crisis

Muy cándido e ignorante hay que ser para no ver venir una crisis. Ya hace meses que subieron los precios de los combustibles y que empezaron a subir los precios de los alimentos. Ya hace hasta un año o así que empezaron a subir los precios de la luz y del gas. Tengo la sensación de que se nos ha lanzado el siguiente mensaje:

Tú vete de vacaciones, gástate mucho dinero para que las cifras de turismo no decaigan, y después te caerá la espada de Damocles, ya que la recesión va a ser fina. Pero nada, tú disfruta.

Este razonamiento es típico del guion después: yo disfruto ahora y luego las pago todas juntas. El pueblo informado no puede seguir este razonamiento y quedarse tan ancho, a menos que haya hecho el ejercicio de ahorrar para sus vacaciones y/o de recortar sus gastos para después. Sin embargo, la gente que sale por la tele, con todo el respeto, está buscada para confirmar el guion, dicen algo como: sí, sí, yo me he ido, he tirado la casa por la ventana, ya veremos después, pero ahora, disfruto. Quizá sea una forma de controlar la ira del pueblo cuando no llegue a fin de mes:

«Al menos te has ido de vacaciones y has disfrutado».

¿Y si lo bueno ya pasó?

Sergio Rozalén comentaba en un post reciente que tenemos unas 4.000 semanas para vivir y que algunos (como él o como yo misma) ya hemos vivido unas 2.000. Si hacemos un gráfico de lo que se nos contó en la época de la economía del bienestar, esas 4.000 semanas muestran una trayectoria ascendente en todos los sentidos: mejor trabajo, más dinero, mejor casa, mejor coche, mejores vacaciones, más familia… Esto es, precisamente, el aspecto que muestra en el largo plazo la representación del PIB de un país: va a más.

Pero, ¿y si lo mejor que podíamos vivir está ya detrás y las otras 2.000 semanas van a ser peores? ¿Y si el sistema actual está en clara decadencia y «nos van a invadir los bárbaros»?

A pesar de la mejor formación «del pueblo», a pesar de la muy superior capacidad del pueblo actual de darse cuenta de lo que realmente ocurre, la trayectoria de los acontecimientos depende de muchos factores, muchos de ellos impredecibles, y los posibles «escenarios» de la evolución de la economía son muchos y variados, la complejidad es tan alta que resulta complicado sacar conclusiones suficientemente válidas de lo que va a ocurrir. Esto no quita para que nos sigan saliendo expertos de turno que nos lo expliquen didácticamente, teniendo en cuenta nuestra candidez e ignorancia.

Yo tuve una conversación hace poco con un par de personas bastante cultas e informadas. Personas que leen artículos en The Economist o Bloomberg. En ambas conversaciones se trató de la economía. En ambas, se pintaron evoluciones futuras muy negativas. Lo cierto es que no somos un país muy competitivo, los gigantes como China e India nos dan mil vueltas en productividad, mientras que seguimos fiándolo todo a la baza del turismo.


El pueblo eres tú, soy yo. El pueblo tiene una gran fuerza. El pueblo puede reconducir las situaciones cuando toma conciencia y actúa. El pueblo puede despertar del letargo producido por las redes sociales y las plataformas de series y películas. Puede aplicar sus conocimientos de otras áreas a analizar lo que ocurre realmente. El pueblo puede. ¿El pueblo quiere?