Quien no recuerda nombres

¿Existen las cosas si no tienen nombre?

Es un tipo de reflexión a la que se dedican los lingüistas, existe un amplio campo para el estudio de los significados, la semiótica, la semiología, los límites de la interpretación, etc.

Algunas personas tenemos dificultades en recordar nombres propios. Al mismo tiempo, nos cuesta poner un nombre distinto a algo que ya llevaba una etiqueta, una marca.

No recordar nombres propios

Cuando alguien que no recuerda nombres propios quiere hablar de una película, no recuerda su título. Prueba a hablar de sus actores, pero no recuerda cómo se llaman. Acaba haciendo frases muy largas que provocan pérdida de interés:

Sí, esa película en la que aparece el actor que también salía en otra película en la que son presos y les empiezan a perseguir porque se han escapado de un furgón que ha tenido un accidente y…

Cuando se habla de música, el que no recuerda los nombres pierde el prestigio con rapidez. Si afirma: “Me gusta la música heavy”, le pueden preguntar: “¿Qué grupos, qué canciones?” Aquí las referencias son más difíciles de encontrar, haciendo un esfuerzo se consigue recordar algún grupo, los más nombrados: Iron Maiden, Guns N’ Roses… Y los títulos de las canciones quizá los adivina por el estribillo.

Cuando quien no recuerda los nombres viaja, lo hace cada vez por primera vez. Sabe que en una ciudad concreta había un restaurante muy bueno que… Pero no recuerda cómo se llama, por lo que no lo puede buscar ni reservar. Quizá alguno sabe orientarse y lo encuentra deambulando por las calles de esa ciudad. Puede describir en detalle ese restaurante, pero el nombre no ha quedado registrado en su memoria.

Recordar etiquetas y marcas

Curiosamente, quien no recuerda los nombres propios sí suele quedarse con nombres de etiquetas y marcas comerciales, hasta el punto de olvidar o desconocer el nombre genérico.

Cuando quiere hablar de esa crema de chocolate que se unta, tiene que decir Nocilla y, los menos antiguos, Nutella. Necesita decir la marca para estar seguro/a de que habla de lo mismo.

Para decir café de sobre, dice Nescafé.

En un bar, pide una Coca-Cola. Cuando le responden: “Solo tenemos Pepsi”, vive unos microsegundos de perplejidad, pues en su mente responde: “Es lo mismo, Coca-cola es el refresco marrón”. Además, en España este refresco no ha conseguido un nombre genérico rápido de decir.

En la farmacia, pide Gelocatil, de vez en cuando recuerda decir el nombre “más barato”, paracetamol.

Y no sabe qué hacer con las denominaciones sucesivas del corona virus, coronavirus, el covid-19, la covid-10, la covid sin más…

Hablando en indio

Forma parte del discurso de autoridad la capacidad de mencionar los nombres propios y específicos de aquello de lo que se está hablando.

Los que no recuerdan los nombres propios, hablan parecido a los indios americanos en las películas y parecen menos capaces:

  • El que vive cerca del parque grande.
  • La que va muy arreglada y es mayor y simpática.
  • El señor mayor que anda como cojeando.
  • La hija de la señora que vende el pan (“panadera” a veces no viene a la mente).
  • Un pueblo que está en la provincia de Badajoz, que es pequeño.
  • Un grupo heavy que su cantante es rubio y tiene el pelo largo.
  • Un programa para recortar imágenes y hacer una edición sencilla.

Lo que dijo Dale Carnegie

Fotografía retrato de Dale Carnegie

En Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, Dale Carnegie dedica muchas páginas a destacar la importancia de recordar el nombre de la persona con la que estás hablando.

Para cada uno de nosotros/as, nuestro propio nombre es el más importante de la tierra. Para influir en una persona, debemos al menos recordar su nombre, como signo de que nos interesa.

Una vez que llamamos a otro por su nombre, si queremos mostrarle interés, hablemos de lo que le interesa. La mayoría intentamos interesar a otra persona contándole lo que nos sucede y nos ha sucedido. Sin embargo, lo más aburrido para una persona es que otra le cuente su vida.

Mostrar interés genuino es reconocer la importancia del otro, reconocer que somos iguales, que tenemos muchas cosas en común. Y reconocer quizá que nos parecemos más de lo que querríamos reconocer, o incluso que nos gustaría ser como la otra persona pero no nos lo permitimos.

En Estrella doble, Robert Heinlein habla de cómo el político Bonforte recuerda los datos de cada persona con la que se entrevista, comenzando por su nombre, a través de los ficheros Farley.

Un mundo más pequeño

Las palabras crean el mundo en el que vivimos. Sin palabras, el mundo se limita a aquello que podemos señalar, pero no podemos elaborar discursos complejos, abstractos, específicos…

Cuando una persona empieza a olvidar palabras, parece estar perdida y tener menos conocimientos, parece desubicada, en un mundo impreciso y vago. Cuando no somos capaces de recordar nombres propios, en nuestro pensamiento todo parece bastante claro, pero su construcción se viene abajo cuando queremos comunicarlo a otra persona.


Las cosas que no tienen nombre o que no puedo mencionar parecen no existir. Parece que la existencia de algo, aun si no es tangible, viene en nuestro mundo humano a través de su nombre.