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Libro del verano tardío, Lolita, de Vladimir Nabokov

Lolita, de Vladimir Nabokov

Tenía el libro rondando aquí y allá, junto con otros libros no leídos, ¡y qué grande es la biblioteca de libros no leídos!, verdad, verdad, Umberto Eco. Y no lo había leído porque desconocía la talla de escritor que se hallaba entre sus páginas. Todo apunta a que mi siguiente lectura será Ada o el ardor.

Había visto la adaptación al cine de 1997, con Jeremy Irons, y de alguna manera esa adaptación ha contaminado un poco la forma en que he visto las imágenes que evoca el libro, sobre todo en el aspecto del personaje principal y en el de Charlotte Haze, la madre de Lo.

En Lolita, el narrador en primera persona es un pederasta. Lolita tiene tan solo 12 años cuando Humbert Humbert se la lleva en un viaje hacia la decadencia. Piensa en cualquier niña que conozcas de 12 años, o trata de recordar cuando tú los tenías. Exacto. Recordando la película de Adrian Lyne, la Lolita que aparece en ella no aparenta menos de 16, y tal vez esto hace más digerible el hecho.

Dicho esto, Lolita es un libro lleno de poesía y juegos de palabras de un nivel literario bastante alto. Algo que es muy difícil de reflejar en la gran pantalla. Su historia compleja se disfruta a través de imágenes originales y bellas.

Por ejemplo:

“El aire, a pesar de la firme llovizna que lo adornaba con sus cuentas de cristal, era verde y tibio; ante la taquilla de un cine chorreaban luces como alhajas…”

“Mi vecino de la izquierda, quizá un hombre de negocios o un profesor, o ambas cosas, me hablaba de cuando en cuando mientras afeitaba de flores tardías su jardín o regaba su automóvil, o deshelaba, avanzando el año, un camino de su casa (no me preocupa que estos verbos estén todos mal empleados)…”

“Y nadie intentó deslizarse entre nuestro humilde automóvil azul y su imperiosa sombra roja… como si un hechizo pesara sobre el espacio intermedio, una zona de júbilo y magia perversos, una zona cuya precisión y estabilidad misma tenían una virtud cristalina que era casi artística”.

“Rojas letras de luz anunciaban un comercio de fotografía. Un gran termómetro con el nombre de un laxante se exhibía tranquilamente al frente de una farmacia. La joyería Rubinov ostentaba diamantes artificiales reflejados en un espejo roto. El reloj verde luminoso se mecía en las profundidades del Lavadero de Jiffy, atestado de ropa. Al otro lado de la calle, un garaje decía “Lubricidad genuflexa”, pero se corrigió y dijo “Lubricante Bulfex”.

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Imagen original de http://www.tododvdfull.com/lolita-latino/

Lolita no es un libro moralista, si bien el propio autor trata de suavizarlo con un prólogo escrito por un personaje ficticio. Pero él mismo, Nabokov, dice al final que lo que más le interesa destacar es la poesía, es decir, la belleza, el lenguaje. No desea que en una hipotética clase de Literatura el profesor plantee: “¿Cuál es el propósito del autor?”, “¿Qué quiso decir con esta obra?”

Humbert se describe a sí mismo como un hombre bastante atractivo, maduro, que además es misógino y podríamos decir que amoral. El narrador se abstiene de hacer descripciones explícitas de las relaciones sexuales entre él y Lolita. El propio autor explica que si se espera una novela erótica con escenas calientes in crescendo, es mejor cerrar el libro. Porque Lolita no es una novela erótica, es un poema, un poema escrito en un idioma que no es el materno de Nabokov, lo cual para mí le da aún más valor.

Cuando leo la forma en que Humbert desea a Lolita y la arrastra hacia su deseo, me viene a la mente una mano que trata de apresar un pájaro con el fin de domesticarlo, y el pájaro poco a poco se va ahogando, y va perdiendo plumas en ese apretón que busca tan solo “amarlo”.

Las palabras de amor de Humbert, ese amor desesperado, amor poético del que su objeto de deseo se ríe una y otra vez, van calando al lector con su pena, van acariciándole con su furor, de manera que acaba siendo comprensible que Humbert ame a Lolita, de manera que una lectora quisiera ser una Lolita a la que un Humbert amara así, de manera que se lamenta que la chiquilla no pueda realmente corresponder a semejante pasión.

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

El libro tiene además muchos toques de humor verdaderamente geniales. En una página estamos suspirando con Humbert, que aunque nos parece despreciable nos transmite su forma de amar loca y desesperada; en otra página, asistimos a una escena cómica.

No tiene desperdicio la entrevista entre Humbert y la señora Pratt en el colegio de Beardsley para niñas, en la que la señora Pratt va cambiando el nombre a Humbert a medida que habla:

“Nuestro interés principal, señor Humbird, no es que nuestras estudiantes sean ratas de biblioteca o puedan localizar todas las capitales de Europa, que nadie conoce, de todos modos, o sepan de memoria las fechas de batallas olvidadas”.

“Pensamos, doctor Humburg, en términos de organismo y de organización”.

“Doctor Hummer, ¿comprende usted que para el niño actual pre-adolescente fijar una fecha en la historia medieval tiene un valor menos vital que fijar la fecha de una cita (…)?

“¿Qué pueden importarle a Dolly Hammerson Grecia y Oriente, con sus harenes y esclavos?”

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Imagen vista en esta interesante entrada (aviso, contiene “spoiler”, es decir, te cuenta el final): http://notasomargonzalez.blogspot.com.es/2013/04/lolita.html

Recomiendo la lectura pausada de Lolita, recomiendo recrearse en las imágenes y en las apreciaciones de este narrador decadente, recomiendo deleitarse con una escritura cuidada que nos conduce poco a poco hacia un abismo no dramático.

 

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La sociedad de la desinformación

Se dice que vivimos en la era de la información.

A veces no lo tengo tan claro.
La copa de RubinCreo que no podemos con tantos datos, pero al mismo tiempo, creo que, cuando algo nos interesa mucho, y empezamos a investigarlo, nos damos cuenta de que las fuentes no están tan a mano como parecía.

Autores que dejan de ser publicados

Orison Swett Marden, un autor norteamericano del S. XIX que me encanta, es difícil de leer aquí en España. Tengo una edición de los años setenta de su Alegría del vivir(*), y ahora he conseguido la única traducción en España de su ¡Siempre adelante! por Federico Climent Terrer, y eso que fue declarada en 1914 de utilidad para la enseñanza. En inglés se puede encontrar en un PDF algo infumable, de más de 800 páginas, pero aun así, interesante (www.leadership-tools.com).

Libros agotados que no se vuelven a editar

Solicito on-line un libro sobre Comunicación para documentarme, y resulta que está agotado. El libro esta vez no es del siglo XIX, sino del año 2006. Resulta deprimente cómo un libro interesante acaba por desaparecer en tan solo tres años. Ocurre con la mayoría de ediciones actuales, en las que se hacen tiradas de entre 200 y 2.000 ejemplares, y que después caen en el olvido. Desde luego, los autores más que escritores tenemos que convertirnos en comerciales de nuestras obras, con un fino conocimiento del marketing, para poder obtener algo más que una palmadita en la espalda por el trabajo bien hecho.

Datos que realmente no queremos conocer

Por otro lado, Internet provee de datos de forma implacable, a quemarropa, sin mediar ningún sentimiento. En mis investigaciones, busqué al autor de un libro que me es muy querido: el libro de Filosofía de 3º de BUP. Sí, esto ya va sonando arcaico, porque ahora ya no se hace BUP, y probablemente se utilicen otros libros. Éste, para mí, ha sido fuente de información, atrajo mi atención sobre un montón de cosas curiosas, desde el principio, como el tema de la percepción humana, por ejemplo.
Como decía, al buscar a César Tejedor Campomanes, autor único de un gran libro como éste, doctor en Filosofía y catedrático de bachillerato, supe que había muerto en 2005. Llevaba unos días escribiéndole mentalmente un email para mostrarle mi admiración por su trabajo. Saber que había muerto me resultó muy doloroso; fue como si se hubiera muerto justo cuando leía la noticia. Estas son las cosas adversas que ocurren con Internet. En realidad, no quería tanto detalle. No quería saberlo. Pero lo supe.

Conclusión

Unas veces por exceso y otras por defecto, no estamos en la sociedad de la información, sino de la desinformación. Creemos que todo está a nuestro alcance, pero me temo que los ejemplares únicos que se quemaron en la biblioteca de Alejandría no nos han llegado. Como decía antes, no hace falta irse tan lejos para encontrar el rastro de algo desaparecido hace tan poco que parece que tocas su vestidura, que alcanzas su tela, y resulta ser un fantasma.
Cuéntame tu historia: ¿te ha ocurrido algo parecido? ¿Cómo te documentas?