Don Benito

Creo que me he ganado el derecho de llamar don Benito a Galdós, después de llevar más de 30 años leyéndole.

Benito Pérez Galdós, pintado por Sorolla. Imagen de dominio público y antes extendida por los billetes de mil pesetas.

Cuando tenía 15 años, en bachillerato, leí Doña Perfecta, me gustó tanto, que me hice fan de Galdós. Empecé a comprar y leer sus libros más conocidos, como La fontana de oro, Misericordia, Tormento, Fortunata y Jacinta… Más o menos a los 20 años empecé a leer y coleccionar Episodios Nacionales. Era muy fácil encontrar Trafalgar en una edición de bolsillo de Cátedra. El 19 de marzo y el 2 de mayo también era fácil de encontrar. Pero ir localizando el resto de episodios nacionales era cada vez más complicado, según avanzaba el número de episodio. La mayoría estaban agotados. Los buscaba en La Casa del Libro, en Fnac, en El corte inglés, incluso en el VIPS. Eran muy baratos, valían unos 5 € cada uno, y ya entonces me parecía un precio demasiado bajo para una obra de arte.

A partir de un punto, alrededor del episodio 28, no conseguí encontrarlos. Tenía algunos salteados, pero no quería leer el siguiente sin conocer el anterior, ya que entre ellos hay un hilo conductor por series, que suele ser un protagonista masculino, y un montón de personajes secundarios y familias enteras de las que se va sabiendo aquí y allá. Dejé de encontrar episodios alrededor del año 2000.

Un reencuentro años después

Por fin, en 2008, un periódico sacó una edición de los EN en libros bastante grandes, maquetados de dos en dos, y me compré la colección entera, los 46 (los 23 volúmenes que puede examinar en su casa sin compromiso alguno).

Empecé con fuerza y por el principio. Habían pasado muchos años y no recordaba bien dónde me había quedado y quiénes eran los personajes. La edición, de Espasa, estaba muy cuidada y «traía santos», es decir, tenía imágenes: tanto cuadros como infografías, explicaciones adicionales de personajes y lugares, etc. Nada que ver con las ralas ediciones de bolsillo con portadas «creativas».

Sin embargo, pronto me di cuenta de que era mucho más incómodo leer un libro de 25 x 19 cm y alrededor de 1 Kg de peso que leer un libro de 17 x 11 y unos 100 g de peso. Incluso la tipografía resultaba más cómoda en los libros de bolsillo que, por cierto, ya había ido regalando y llevando a distintas bibliotecas.

El caso es que me quedé a medio gas: hasta hace un par de semanas, los episodios dentro de los volúmenes 12 a 23 seguían retractilados. Desde 2008. ¿Por qué? Porque poco a poco perdí la capacidad de lectura que requiere una novela de don Benito: el vocabulario empieza a parecer anticuado, las explicaciones son pormenorizadas, en ocasiones prolijas, a veces la acción es muy lenta… Cuando se trabaja frente a la pantalla y la mayor parte del tiempo se escribe, lee, revisa y cura contenido, al finalizar la jornada lo último que apetece es ver letra impresa de cualquier tipo. Llegué a contemplar deshacerme de esta colección que tanto me había costado encontrar y completar.

El hábito recuperado

Pues bien, ahora que recupero viejos hábitos como escribir aquí, también he recuperado la lectura de los episodios nacionales. He empezado donde me quedé esta segunda vez, en De Oñate a La Granja y con Fernando Calpena como protagonista. Tras vencer la pereza inicial al ver tantas letras juntas y, ya digo, después de horas de revisar y organizar contenidos, me doy cuenta de que esta lectura es enriquecedora desde muchos puntos de vista.

En 15 minutos he leído un capítulo, mismo tiempo en el que antes podía estar leyendo tuits diversos en Twitter. Al finalizar este cuarto de hora, en la lectura he aprendido vocabulario, observado costumbres de otra época y, con suerte, vivido las emociones de unos personajes. Mientras que en redes sociales, al finalizar un cuarto de hora la sensación es de pérdida de tiempo, vacío y aburrimiento.

Una de esas palabras que he aprendido o recordado: crujía.

Me he propuesto ir compartiendo lo que más me llama la atención de lo que leo en estas novelas, que destilan enseñanzas de valor y anécdotas curiosas.

Por ejemplo, una mención recurrente en Galdós es al Destino, que siempre aclara que es Dios mismo. Sus personajes tienen unos objetivos, pero se van encontrando dificultades y el Destino se interpone en su camino:

…y al decir Destino daba este nombre indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez ignorante y ciega.

Benito Pérez Galdós. De Oñate a La Granja

¿Tienes algún escritor o escritora favorito? ¿Has leído a don Benito? ¿Te cuesta leer en estos tiempos de pantallas digitales? Como siempre, muchas gracias por leer y por compartir si te ha gustado. 🙂