Sí a lo que me toca

Recientemente, he terminado de escribir otro libro. Y, por primera vez en muchos meses, me levanté por la mañana en un día de diario sin un libro al que dedicar unas horas de mi jornada (aunque en el horizonte hay nuevos libros, ya con fecha de entrega). Entonces, contemplo la pantalla en blanco que proporciona el blog. Tengo una idea leve de lo que quiero escribir, pero no ha surgido el torrente de palabras. He releído algunos de mis post donde menciono algo que quiero traer a este y en ellos he leído consejos que yo escribo para otras personas, los he leído como consejos de otra persona para mí.

Porque a veces se siente como si se hubiera alcanzado un cierto nivel de desarrollo personal, de conocimiento de la vida, de sabiduría y, de repente, algo de la vida te dice: «pues no, no estabas ahí» y tira para abajo. Es como si hubieras volado con alas prestadas, como Ícaro, que se acercó a los dioses, pero las alas de cera se derritieron expuestas al calor del sol y se dio una buena hostia. Por lo menos, cayó en el mar.

Las tres frases

Lo que he buscado en el archivo de este blog son las tres frases que extractan una parte de la gran sabiduría de Brigitte Champetier de Ribes. Ante situaciones de cambio brusco de la vida, ante esa caída libre porque las alas que parecían fiables se han derretido, hay tres respuestas:

Estas frases hablan de pasado, presente y futuro. De pasado, porque se desautomatizan los aprendizajes, aquello que se creía entender. La vida trae nuevos desafíos ante los que ya no valen los esquemas mentales que nos habíamos montado. O bien, muestran hasta qué punto (nuestras alas) eran frágiles. De presente, porque la única forma de andar es paso a paso y la única forma de atreverse a dar esos pasos es la confianza en la vida. Y de futuro, porque no se trata únicamente de asentir a lo que se tiene delante, que ya es todo un reto, sino de asentir a lo desconocido, a lo que está por formarse ante tus ojos (a ciegas). Exige valentía, ya que el siguiente paso puede fallarte el suelo y hacerte caer en el vacío.

La señora Danvers

¿Y si percibes los reveses de la vida como si fueran el ama de llaves de Rebeca?

Imagen tomada de: https://creyconfe.com/blog/los-uniformes-mas-terrorificos-de-la-historia-del-cine-un-viaje-a-traves-del-horror/

Esta es la señora Danvers, el ama de llaves de Manderley, la mansión donde vive Maximiliam de Winter y a donde este lleva a una joven humilde con la que se casa, la «segunda señora de Winter», que no tiene nombre, porque la única que tiene nombre en esa casa es la primera señora de Winter: Rebeca.

La señora Danvers ve llegar a la segunda señora de Winter y decide mostrarle la inmensa sombra que dejó el fantasma de Rebeca, cómo es insuperable en cualquier aspecto: elegancia, belleza, forma de conducirse, de resolver asuntos de la casa… La asedia como otra sombra, siniestra y oscura, mientras que la joven se va sintiendo cada vez más encogida y achuchada por este perro guardián. En la vida, la señora Danvers es una enfermedad, un accidente, la pérdida de un trabajo, la pérdida de tu poder adquisitivo, por ejemplo.

Pero ¿y si la señora Danvers no existe? ¿Y si es una proyección que crea la joven en su cabeza para justificar de qué forma siente no estar a la altura y siente el síndrome del impostor?

La señora Danvers eres tú.

No hay una señora Danvers que te da reveses de la vida como la hostia de Ícaro. Sino que tú mism@ te das la leche contra el sistema de creencias que te has montado, con las historias que te cuentas. Si la segunda señora de Winter se siente apabullada por la fuerte presencia que dejó esa R que encuentra por todas partes, puede que en su mente conciba un personaje malvado, la señora Danvers, que la persigue para restregarle por la cara todo lo que no es, hasta el punto de sugerirle el suicidio como vía de escape. En realidad, es la escasa capacidad de la joven en adaptarse a este brusco cambio en su vida (supuestamente para bien) lo que produce todo el drama.

Si la joven suelta lo que creía entender, dejará atrás sus creencias sobre lo que puede alcanzar una persona como ella, sin necesidad de que se le suba a la cabeza el haber pillado a este partidazo del señor de Winter, simplemente, tomando serenamente todo lo que se le ofrece. Si la segunda señora de Winter dice sí sin saber a qué y se hace dueña de la casa, identificará todo lo que lleve una R y lo irá cambiando poco a poco por su inicial, sin dejar de dar las gracias a esa Rebeca por haber hecho sitio para ella, sin dejar de reconocerle su lugar como primera señora de Winter: «siempre serás la primera, Rebeca». Si además vive el presente con confianza, no se moverá por la mansión sobrecogida por los fantasmas del pasado, sino con firmeza y determinación. ¿Que Rebeca escribía cartas en este despacho? Muy bien, yo las escribiré en este otro, o también lo usaré, o yo paso de escribir cartas. Si la segunda mujer de Winter hubiera hecho esto desde el minuto uno, la señora Danvers habría perdido toda su fuerza, no existiría (ni habría novela ni película, claro).

Normalmente, lo que te plantea la vida no es que empieces a vivir en una lujosa mansión llena de criados a tu servicio con un marido rico y atractivo, no. A veces, te quita el suelo de debajo de los pies. A veces, tus alas se derriten. A veces, el cambio de vida es totalmente injusto (porque la vida no es justa). Y entonces, a las tres frases anteriores se le añade otra que es muy poderosa, porque las condensa:

Sí a lo que me toca.

Esta aceptación incondicional de los giros inesperados de la vida es la que los suaviza. Es lo que trae grandeza en medio de situaciones adversas. Es la que desactiva la fuerza aparentemente poderosa de la señora Danvers. Si abrazas a esa señora, pierde toda su energía, se desintegra.