Nunca, nunca sucederá…

Cuando tu guion de vida consiste en no lograr nunca tus objetivos

¿Eres una de esas personas que no se dedica a lo que realmente le gusta? ¿Quieres aprender sobre algo pero nunca te apuntas al curso que has mirado tantas veces? ¿Hasta ahora has sentido que perdías todo lo que buscabas lograr?

Quizá sea porque inconscientemente te has creado un guion de vida “perdedor”, que consiste en ponerte zancadillas o autoboicotearte con el fin de confirmar el fracaso. Si te ocurre esto, es importante que sepas que es por muy buenas razones.

¿Qué es el guion de vida?

Siguiendo a Eric Berne, el creador de la teoría del guion de vida, cuando somos muy pequeños decidimos sobre una serie de “detalles” tales como si nos vamos a casar o no, si vamos a tener hijos, a qué edad nos vamos a morir… El guion se fija entre los 5 y los 7 años y después dedicamos la vida a ir buscando aquello que lo confirma. La razón por la que lo creamos es que sirve como estrategia para sobrevivir en el entorno que nos toca.

¿Cómo se estructura el guion de vida?

Esta historia inconsciente que tanto pesa está muy influida por los padres, sin embargo, cada persona hace frente a las circunstancias de forma muy diferente. Los mensajes que recibimos se estructuran en mandatos, contramandatos y  permisos. De forma muy resumida:

  • el mandato es una orden que se interioriza: “Desaparece”,
  • el contramandato es una “orden positiva” que puede compensar a un mandato o funcionar exactamente igual: “Esfuérzate” y
  • el permiso es también una orden positiva, pero que permite salir adelante y no sucumbir a los mandatos: “Sé tú misma”.

¿Qué significa tener un guion perdedor?

Eric Berne distinguió 6 patrones de guion en función de todas estas decisiones, mandatos y permisos. Varios de estos patrones son “perdedores” y uno de ellos es “nunca”, es decir, “nunca podré lograr lo que deseo”.

Si tu guion de vida consiste en no lograr nunca tus objetivos te has trazado un camino que busca fallar, que se juega todo a una carta de un futuro que nunca llega: “Si me toca la lotería…”.

Grabado del mito de Tántalo
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El guion “nunca” parece estar basado en el mito de Tántalo, del cual hay varias versiones. Tántalo es condenado por Zeus a permanecer en un lago del que no puede beber, y bajo un árbol del que no puede comer los frutos. La idea que Berne trata de sacar del mito es la constante sensación de tener a mano la solución al problema y sin embargo no lograr nunca alcanzarla. Por eso, las personas con el guion “nunca” suelen contar sus problemas cada día como si no hubiera posible avance ni solución factible.

Existe incluso un verbo en inglés, “tantalize”, que significa tentar sin esperanza.

¿Cómo salgo del guion perdedor?

Parece un fracaso absurdo no intentar siquiera avanzar, pero quizá no tenemos la llave para abandonar esta conducta. Y sin embargo, la forma más rápida de dejar de repetir un patrón es ser consciente. Ser consciente y actuar; desde el adulto que somos, tomar decisiones. Hoy he leído un cartel en una tienda:

“Los grandes problemas se deben a no tomar pequeñas decisiones”.

Prueba a dar un paso, permítete actuar, eso que estás pensando, eso a lo que siempre le das vueltas, hazlo. Ese es el camino.

 

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Gente inventando su realidad

Lo que veo es gente inventando de forma descarada su realidad. Esto ya lo he mencionado algunas veces; de hecho, no solo lo menciono yo, lo dicen ahora expertos como Punset, como los que Punset entrevista, neurocientíficos como Damasio, expertos en el lenguaje como toda la escuela de Palo Alto… Y lo llevan diciendo las tradiciones orientales durante miles de años. Miles de años. Gente inventando de forma descarada su realidad, y siguen tan panchos.

Lo veo como si nos creáramos una estructura en la mente y luego tratáramos a toda costa de que esta estructura encajara en aquello que encontramos fuera. No importa las veces que choquemos con la misma piedra, piedra que indica que estamos absolutamente equivocados: nosotros/as seguimos ahí, luchando por imponerle a la realidad nuestra estructura mental. Es un trabajo delicado, de orfebrería, que hace nuestro cerebro y que ha aprendido a hacer, tras miles de años de evolución, con el fin de preservarnos de “lo inesperado”.

¿Disonancia cognitiva? No, gracias

No estoy hablando de que, debido a lo limitado de nuestros sentidos, no tengamos la capacidad de percibir en toda su excelencia y abundancia aquello que está fuera de nosotros: más colores, más sonidos, más olores, sabores… Estoy hablando de un mecanismo de la mente por el cual, si no encontramos información fuera, o peor aún, si la que encontramos no nos encaja con esa estructura de cartón, nos la inventamos. No es como no percibir un color, es como percibir el color rojo y empeñarse con toda tranquilidad en que es azul.

Osho lo llama tratar de atravesar la pared cuando al lado tienes una puerta bastante ancha y abierta. Una y otra vez, cabezazo contra la pared, insistiendo: “¡Tiene que ser por aquí!”. Que la estructura que ha creado tu mente diga que es por ahí, no significa que lo sea. Osho dice:

Cuando un buda acepta, acepta las cosas como la pared y la puerta. Él pasa por la puerta: dice que es la única manera. Tú primero tratas de pasar a través de la pared y te hieres de un millón de formas. Y cuando no puedes salir (abatido, vencido, deprimido, caído) gateas hacia la puerta. Podrías haberlo intentado primero por la puerta. ¿Por qué empezaste a intentarlo por la pared y a luchar contra ella?

¿Qué ventajas tiene el autoengaño?

Pero entonces, ¿por qué el cerebro se dedica a este trabajo constante de autoengaño, fantasía y mala interpretación de los datos? Pues porque evolutivamente ha sido ventajoso: si el cerebro era capaz de anticipar un peligro por medio del razonamiento de lo que puede pasar, la persona se salvaba de este peligro. Si el cerebro era capaz de deducir los datos de los huecos en la información, podía hacerse una imagen mental más rica en detalles y podía actuar en consecuencia.

Es decir, que el mecanismo es automático, que tiende a darse, que tendemos a buscar imponer la estructura de la mente a lo de fuera, y no a captar lo de fuera y ya está, sin buscar patrones, modelos, sin reducirlo, categorizarlo, esquematizarlo.

Hay otra razón por la cual es interesante tener esta habilidad: es la consabida “Ley de la Atracción”, o “El Secreto”. De una forma altamente curiosa y cercana a lo mágico, esta ley defiende que si uno se centra en lograr un deseo, lo consigue. Para ello se necesita seguir una serie de normas, como visualizarse habiendo ya logrado el objeto de deseo, y no tanto centrarse en la carencia de aquello que se piensa que se necesita.

Personalmente, diría que esto lo he hecho siempre y que me ha dado resultados, cuando lo que deseaba lo deseaba realmente, cuando por debajo de ese deseo no había una sutil e inconsciente contraorden de “espero que realmente no me ocurra esto”. A mí me gusta más la frase que utiliza una amiga mía. “Alá proveerá”. Algo llegará, “los planetas se alinearán”, recibirás esas llamadas de nuevos clientes, sucederá. Es la esperanza. La esperanza es uno de los mecanismos más bellos de nuestra mente para hacernos sobrevivir en las peores circunstancias.

Dirigir el pensamiento

Existe quizá una diferencia entre rellenar los huecos que deja la realidad inventando, literalmente, las razones y motivos de los demás, y dirigir el pensamiento hacia un puerto positivo, pero con la mente abierta a la observación de lo que va llegando. Por ejemplo, una forma de rellenar los huecos de una persona que no consigue encontrar pareja podría ser este pensamiento:

“Ya no hay hombres. Desde que los pollos están hormonados y desde que hay tantos tóxicos en la alimentación, pues los hombres son menos viriles. Además, se van haciendo homosexuales, porque prefieren estar con otros hombres, no se atreven a estar con mujeres. Por eso no encuentro pareja”.

Espero que nadie se ofenda: yo esto lo he oído más de una vez (lamentablemente).

Y por ejemplo, la forma de pedir el deseo “al Universo” y de esperar, de tener esperanza, sería: “hay hombres maravillosos sobre la faz de esta tierra. Y estoy segura de que antes o después me voy a cruzar con uno de ellos. Estadísticamente es más que probable. Y yo estoy en disposición de encontrarle y de reconocerle cuando aparezca”.

Así pasa que hay personas que tienen delante de sus narices aquello que buscan y no lo ven, no son capaces de verlo, si es un perro les muerde pero aun así no lo ven, y otras personas dejan la vista como perdida, como desenfocada, dando lugar a una visión panorámica que les va a permitir antes o después fijar la vista en aquello que necesitan, que está justo ahí, o pasa por ahí, o gracias a tomar una acción o una serie de acciones concretas, se posibilita encontrarse con ello.

Bueno, pues… ¡abre los ojos!

Son lentejas: si quieres las comes y si no…

Se muestra un plato de lentejas para ilustrar la idea de que la realidad es igual: o las comes o las dejas.

¿Vives la realidad tal cual es?

Las frases: «Esto es lo que hay», «Así son las cosas», «Son lentejas» tienen connotaciones muy negativas. Pero son las que mejor reflejan lo que es. La realidad es aquello que es, no aquello que te gustaría que fuese, aquello que deseas que sea en el futuro. Y la realidad jamás será aquello que habría sucedido si hubieras actuado de otra forma. Este tipo de frases, la tercera condicional (si hubiese… habría…) reflejan aquello que jamás sucederá, porque no se puede intervenir en un suceso del pasado para cambiarlo.

La forma habitual de aceptación es la resignación

Una vez se comprende que “esto es lo que hay”, la resignación lleva a aceptarlo desde la impotencia, desde el rechazo, desde la ira contenida. Se completa la frase con: esto es lo que hay “y lo voy a boicotear”. La mayoría de las veces, el boicot es contra uno mismo/a. Es como luchar contra corriente: el sufrimiento de tanto esfuerzo lo pagas tú.

Reconocer y aceptar, desde lo más profundo, que “esto es lo que hay”, da sin embargo una oportunidad de liberar la gran cantidad de energía que se invierte en negarlo, en cerrar los ojos, en hacer oídos sordos. Esta energía se puede utilizar entonces para sacar provecho de “lo que es”, para conocerlo realmente en lugar de pensar sobre ello, para disfrutarlo, vivirlo, gozarlo.

Pensar sobre las cosas es la mejor manera de alejarse de ellas.

Automáticamente se convierten en una construcción mental. Se crea una simplificación de lo real, se generaliza y se eliminan datos. Se piensa que así se maneja mejor la realidad, y lo que se hace es vivir en un cuentecito protegido, de autoengaño. Si fuese posible permanecer en él mucho tiempo (algunos/as son hábiles en vivir en la mentira durante años), quizá hasta compensaría. Lo malo es que nuestra fantasía personal choca una y otra vez, invariablemente, contra la realidad, contra lo que hay, contra las lentejas.

Pienso que cada vez vivimos más en un mundo no cierto, porque cada vez salimos menos fuera a comprobar si el cuento funciona, si estamos manejando hechos o estamos viviendo de interpretaciones. En una vida cercana a la naturaleza, donde hay que buscar en la realidad para subsistir (agua, alimento, cobijo), es más difícil caer en el autoengaño. En una vida en que se pasa la mayoría del tiempo sentado/a, consumiendo productos “virtuales” que van directos a la mente (televisión, programas de ordenador, Internet, teléfonos, GPS…) es muy difícil, por el contrario, permanecer cercano a lo real, a lo que es.

De hecho, el lenguaje es un gran culpable de esta separación de lo que es. Algunos sistemas, como la programación neuro-lingüística (PNL), afirman que el lenguaje genera realidad. Porque la forma de describir un suceso crea el suceso: las palabras que se eligen, los elementos que se seleccionan según la prioridad que se da a unos sentidos u otros, todo ello conforma una amalgama que llamamos realidad. En esta línea están también todos los sistemas de creencias tipo “El Secreto”, “La ley de la atracción”, “Poder sin límites”. Su hipótesis es que, creando la realidad en la mente, puede conseguirse aquello que se desea.

¿Realmente es tan maravilloso conseguir aquello que se desea?

Un deseo cumplido puede ser una condena, porque siempre surgen elementos que no se habían tenido en cuenta a la hora de elaborar ese deseo, esa esperanza. Por ejemplo, es como querer un Ferrari y no tener en cuenta que conlleva un mantenimiento y que las piezas del Ferrari cuestan mucho más que las de otro coche. Es como querer aprobar una oposición y, una vez se llega al puesto, comprobar que ni motiva, ni gusta, ni compensa.

En cualquier caso, las expectativas, más que ayudarnos a vivir, nos pueden traer por la calle de la amargura, porque de nuevo alimentan el juego de “yo me invento la realidad”, juego arruinado cada vez que la realidad te muestra quién es. Conozco mucha gente que me dice: “yo decido mi destino, soy dueño total de mi destino”. Suelo responderles: si hubieras estado en las torres gemelas el 11S, ¿habrías dicho lo mismo?, o si te sobreviene una enfermedad grave, ¿tú la has buscado?, o si naces en África en un pueblo sin agua corriente, ¿tú confeccionas tu destino? ¿Seguro?

Creo que es un juego más bonito, más interesante y más factible el de “yo fluyo con la realidad”. Dejarse llevar, sin metas, sin expectativas, ir con la corriente, tomar todo lo que se te ofrece en cada momento, extraer el jugo de la realidad. Para ello, has de estar aquí y ahora. Se trata de dejar de vivir en el futuro, con tensión y ansiedad o con esperanza y deseo. Se trata de empezar a vivir ahí donde estás en cada momento.


Por ejemplo, ¿dónde estás ahora? ¿Cuál es tu realidad ahora? Puede ser muy duro responder a estas preguntas, y más cuando se trata de ver, de observar, de vivenciar realmente el momento. Duro y revelador. ¿Cómo lo ves?

Buscador: ¿quieres encontrar?

Siempre he tenido la teoría de que las personas son infelices a causa de sus expectativas. Esperar que las cosas sucedan de una determinada forma supone una presión sobre la persona, que critica todo aquello que se aleja de lo esperado, y que se frustra si no logra lo que deseaba lograr.

Cuando exponía estos argumentos a otras personas, me decían:

“Pero el ser humano ha avanzado y hecho descubrimientos gracias a sus expectativas”.

Y esto es muy cierto. Pensaba yo entonces: ¿qué expectativas es bueno tener y cuáles son perjudiciales? ¿Cómo las diferencio?

Personas que buscan y personas que encuentran

Ahora he dado un paso más en estas reflexiones, porque veo que hay personas que buscan y personas que encuentran. Un experto habló de personas maximizadoras y personas satisfactoras. Los que buscan, los que maximizan, nunca dirán: “aquí me planto”, sino que llegarán a un sitio y pensarán: “este lugar es ideal para, desde aquí, buscar aquello que verdaderamente me haría feliz”. Los que encuentran, los satisfactores, llegan a un sitio y se dicen: “aquí me quedo. Hay cosas que mejorar, pero poco a poco iré logrando que esto sea un paraíso. Aquí seré feliz”. El maximizador tiene una relación directa con el guion de vida “casi”. Algunos maximizadores llevan un guion de vida “siempre”.

Eterno buscador

El secreto está en saber si se es un buscador, o si se es alguien que encuentra. Cuando un buscador cree ser alguien que encuentra, es permanentemente infeliz. Ve a su alrededor personas que se plantan, se quedan, echan raíces, y se siente nómada, errante, y siente que nunca logrará esa felicidad de aquellos que, desde su punto de vista, se conforman. El buscador, sin embargo, puede tener una descripción clara y concreta del lugar al que se dirige y aun así, una vez allí, estaría mirando hacia otros horizontes.

“Quiero ir a Ítaca”, se dice el buscador.

Y una vez en Ítaca, encuentra que, siendo aquello exactamente lo que sus expectativas habían marcado, no le gusta, y se va. El buscador es errante por naturaleza, y por naturaleza siempre pensará que puede haber algo mejor o, como mínimo, diferente.

El que encuentra

El que encuentra es una persona que raras veces cree de sí mismo/a ser alguien que busca. Rápidamente detecta qué es lo bueno, y allí permanece, cerca del calor y del sustento. Sí, puede haber cosas mejores, pero en todos los sitios cuecen habas y más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

La expectativa de lograr un diez, el máximo, lo perfecto, es la que produce infelicidad, porque resulta que esto no existe. Para el que encuentra, un seis o siete es suficiente, ya se encargará él o ella de adornar aquello hasta que a sus ojos sea de diez. El que encuentra alcanza un estado de felicidad, o mejor, de placidez, al establecerse allí donde llega. Para el que busca, sería bueno darse cuenta de que no existe lo que busca. El buscador que no sabe que lo es quiere dotar a lo temporal de tintes de eternidad, a lo humano, de rasgos divinos, a lo imperfecto, de perfección.

No existe Ítaca. No vas a llegar nunca. Por eso te cansas tanto. Te agotas porque cada vez que llegas a un puerto te dices: “¡es esto, es esto!”, y al cabo del tiempo te das cuenta de que “esto” no es perfecto, no es de diez, hay algo susceptible de ser mejorado. Si el buscador deja de comparar, y ésta es la palabra clave, comparar aquello que alcanza con lo que podría ser, entonces se liberará de una tremenda carga, una losa que le ahoga, la losa de las expectativas.

Para bajar a la tierra de los ejemplos, podemos decir que el buscador nunca encontrará su trabajo ideal, ni tampoco su pareja ideal, por ejemplo. Cuánto daño ha hecho el concepto de lo “ideal” platónico. Con lo fácil que es decir: “esto es lo que hay”, y llegando a la sabiduría de algunos místicos: “esto es perfecto tal como es”. Para un buscador o maximizador, que nada es perfecto tal y como es, convendría pensar en que no existe lo que busca. A ver, párate a pensarlo: si no existe lo que buscas, esto que tienes delante lo vas a ver con otros ojos. Si la hierba no es más verde al otro lado de la cerca, o si es más verde pero tiene más cardos, o si no hay hierba al otro lado, ¿qué te parece entonces la hierba que está a tu lado de la cerca?

¿Y si no se puede mejorar lo que ya tienes?

Decía que iba a poner ejemplos: tienes un trabajo, con un sueldo, un horario, y unas tareas. Como buscador, sabes que el sueldo es mejorable, el horario podría ser mejor, y las tareas podrían ser más creativas y podrías utilizar todo tu potencial en otro sitio. Como buscador, sabes también que has hecho el cambio en muchas ocasiones, cambio que te ha resultado divertido pero del que estás ya cansado/a, y que siempre ha habido otra cosa que no funcionaba: por ejemplo, los compañeros, o el jefe, etc.

¿Y si ahora te propones que no existe la posibilidad de mejorar lo que ya tienes? Entonces lo que tienes deja de ser comparado con lo ideal, empieza a apreciarse por sus cualidades en sí, sin poner de continuo estas cualidades en una balanza. Quizá entonces empieces a ver el vaso medio lleno, porque no estarás poniendo atención en lo que falta en esa realidad para coincidir con tu ideal. Al contrario, pondrás atención en lo que hay para ver cómo puedes sacar provecho de ello, aprendiendo, ganando dinero, o cultivando las relaciones personales. Y paradójicamente, puede que entonces permanezcas más tiempo en cada puerto, porque ya no te pique el acicate de tener que escapar en busca de “lo mejor”.

El cuento de la mayor espiga

Hay un cuento que cita Orison Swett Marden, y que creo que habla de esto mismo. Quizá ya la he contado. A otros lectores, o a ti mismo/a en otro momento: a otro lector. Espero que ahora te sirva, sobre todo si eres un buscador, como yo:

Cuenta una leyenda oriental que un poderoso genio prometió un regalo de gran
valor a una hermosa doncella, si atravesaba un trigal y, sin detenerse, ni
retroceder, ni cambiar de rumbo, lograba arrancar la mayor espiga. La recompensa
iría en proporción al tamaño de la espiga. Atravesó la muchacha el trigal,
viendo a su paso muchas espigas que podría segar, pero siguió adelante buscando
aquella que fuese muy superior a todas las demás, que claramente destacase, que
fuese la mejor, la mayor. Y así, llegó al otro lado del trigal sin haber
arrancado ninguna.

Con este planteamiento, es posible que todo buscador acabara convirtiéndose en “encontrador”. Una vez recorridas tierras y recorridos mares, y los cielos incluso. Pero un buscador puede incluso encontrar que lo que buscaba era buscar, es decir, ser nómada, no establecerse. Ésta es la felicidad de los buscadores que saben que lo son, saber que su naturaleza es vagar, errar.

Nos inventamos la realidad

Nassim Taleb y el concepto de Cisne Negro

Cómo no ser el cordero el día de Navidad

Cada vez estoy más convencida de que cada uno vive en el mundo que se ha creado para sí mismo/a. Que el mundo que te rodea, por decirlo de otra forma, está en tu cerebro, en tu mente. En ningún caso está fuera de ti.

Nos inventamos la realidad

¿Cómo es posible que no exista el mundo que me rodea? Solo mira cómo tu mente procesa la información que recibe: cuando le faltan datos, el cerebro generaliza para crear una información más simple, elimina lo que considera superfluo y distorsiona aquello que percibe, filtrándolo a través de las creencias y las expectativas.

Como dicen en Programación Neuro Lingüística, tenemos una tendencia innata a confundir el mapa con el territorio, nuestro mapa mental con la realidad que está fuera. Tendemos a creer que sabemos más del “mundo exterior” de lo que sabemos, y esto puede llevarnos a correr riesgos sin ni siquiera ser conscientes de ello.

De hecho, no solo es que nuestra mente esté preparada para procesar la información de una determinada manera, es que, cualquiera que busque la confirmación de sus creencias, la encontrará, porque seleccionará de la realidad aquellos elementos que concuerdan con sus ideas. Así, personas de diferente orientación religiosa o política, ante los mismos hechos, observan realidades completamente opuestas.

Las creencias facilitan la vida pero te ciegan

Sabiendo que elegimos las creencias de formas a veces poco rigurosas, solemos tratarlas como propiedad personal que debe ser protegida y defendida, incluso con la vida. Podemos haber adquirido una creencia en el colegio, a la edad de siete años, y no volvemos a modificarla jamás. Cuando sentimos que esa creencia es atacada, reaccionamos como si estuviera amenazada nuestra existencia, cuando la única amenaza que se da es la de nuestro ego.

Otra de las tendencias de nuestra mente es a buscar explicación a cualquier acontecimiento. En especial, esto nos juega malas pasadas cuando hemos actuado por impulso, y luego sentimos que tenemos que justificar nuestras acciones. Es un derecho asertivo no tener que dar excusas. Sin embargo, la mayoría de la gente busca una razón “que suene bien” incluso para sí mismo/a. Esto explica por qué en un experimento en el que mujeres elegían de entre una muestra de panties, dieran todo tipo de razonamientos de su elección cuando, en realidad, todos los panties eran exactamente iguales.

Así, los seres humanos parecemos amar el autoengaño, porque no solo se trata de responder ante los demás, se trata de creer que hemos actuado con lógica y raciocinio en todo momento. El problema, por tanto, no está en la realidad que observamos, sino en que tenemos una especie de ceguera genética que nos protege, haciéndonos creer que el mundo es mejor de lo que es, que tenemos más probabilidades de que nos toque la Lotería de las que existen estadísticamente, que “todo irá bien”, o que “ya saldrá” lo que sea (el trabajo, el amor, el dinero).

No seas el cordero de Navidad

Nassim Nicholas Taleb trata de estos temas en su libro El cisne negro, en el que, entre otras muchas cosas, nos explica cómo no ser el pavo del día de Acción de Gracias, o como yo he puesto en el título, cómo no ser el cordero el día de Navidad.

En efecto, el cordero es alimentado día tras día durante digamos un mes. Para el cordero, la realidad es más que esperable: todos los días, a una hora concreta, le dan de comer, y bastante bien. Sus expectativas de futuro son halagüeñas, comerá cada día a la misma hora, felizmente. Todos, menos el día de Navidad, en que ocurre algo muy distinto. Curiosamente, la confianza del cordero en que va a ser alimentado aumenta cada día, aun cuando la matanza es cada día más cercana. Para evitar ser como el cordero, debemos conocer que la realidad no es tan predecible como creemos, que suceden acontecimientos altamente improbables pero que trastocan por completo nuestras vidas (y es a lo que Taleb llama “cisne negro”).

Más información

Página web de Taleb

Entrevista al autor