Vicente Aleixandre, desde su cama

Quien hace, vive, y no por estar «lisiado, tullido o loco» hay excusa para no hacer. A raíz de la emisión en La 2 del documental de Imprescindibles Velintonia, 3, sobre Vicente Aleixandre, recupero la olvidada costumbre de leer alta poesía, esta poesía de la generación del 27, para mí, no superada por autores posteriores.

Yo había determinado en algún momento que Aleixandre era mi poeta preferido. De colecciones que regalan los periódicos había leído una muestra de su obra en unos libros muy finitos y de edición modesta. Ahora, al volver, tengo que recordar que leer poesía requiere habilidades distintas a cualquier otra lectura. La poesía se lee una vez, en la que el intelecto hace el esfuerzo de juntar palabras que no suelen ir juntas, de adivinar significados en su multiplicidad. Y luego se lee varias otras veces, dejando que las imágenes se creen en la mente, que el alma acceda a lugares recónditos donde estas imágenes y las sensaciones que evocan son posibles.

Mis libros de Aleixandre. El de la izquierda, con un grosor de 4 mm y un total de 64 páginas, contiene una selecta antología.

Salud frágil, alma fuerte

Aleixandre escribía en la cama. Tenía una rutina férrea que combinaba tres elementos: soledad, reuniones de intelectuales y la escritura. A esta última la atendía en su lecho, como él mismo explicaba en el documental. Había llegado a la conclusión de que tenía que escribir así. Cuesta combinar este conocimiento de la salud frágil del Premio Nobel con la fuerza de sus versos:

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Estos versos son del poema Ven siempre, ven, de La destrucción o el amor.

O, por ejemplo, estos:

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Son del poema Se querían, de La destrucción o el amor.

Paremos un momento para deleitarnos con la fuerza y la pasión de las imágenes que transmiten estos versos. Por ejemplo, «el carbón extinto oscuro que encierra una muerte» ¿qué te evoca? ¿Qué visualizas al leer esto? ¿Qué es «venir como el carbón extinto oscuro»? La pluralidad de significados se concreta en cada lector de forma distinta. Y, cada vez que el mismo lector vuelve a un verso, este verso le entrega otro mensaje. Así que Aleixandre puede estar contento, pues su deseo de trascender, mismo que sentía Francisco Brines, se ha cumplido.

En la estrofa del segundo poema, me detuve largo tiempo. El mar altísimo y joven. El mar como una intimidad extensa: en solo dos palabras se contiene la inmensidad del mar junto con su intimidad, su cualidad misteriosa, de secreto. Esa soledad de lo vivo, donde cada ser parece estar incomunicado del resto. Ese horizonte remoto, no puede estar más lejos, pero los amantes íntimos, como horizontes remotos, están ligados y están cantando. Sensualidad, elegancia, pasión, potencia.

Con esta robustez de los elementos, juegos de luces, vida y muerte, contrasta la vida real del poeta, confinado en una casa, en una cama muchas de las horas, otras en un sillón. Los ojos del poeta se posan sobre paredes blancas, sobre un reloj de pie, pero están viendo el mar y el amante, evocando la juventud en Málaga como viendo en una pared los reflejos bailables de la luz del sol en el mar.

Para paliar la soledad, convive con su hermana, mantiene reuniones, escribe y recibe cartas, habla por teléfono. Las largas horas, casi indistinguibles, se concretan a veces en potentes imágenes, que dejan una sombra sobre la verticalidad de las estancias:

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de
hundirte para siempre en las olas amantes.

Es del poema Ciudad del paraíso, de Sombra del paraíso. Permítete detenerte en estos versos que se mueven como las olas del mar, estáticos.

Soledades que se acompañan

Un escritor percibe a otro escritor como un colega fuera del espacio y del tiempo. Para mí, ya lo sabréis los más asiduos, Galdós está vivo, pero también Brines, Aleixandre y muchos otros escritores y escritoras que despiertan cada vez que abres un libro suyo. También mantengo amistad con escritores vivos, de vez en cuando estamos en contacto, intercambiamos información sobre qué está haciendo cada cual, respetamos como a lo más sagrado la actividad creativa del otro. Somos como ese mar, soledades de lo vivo.

Se siente al escritor «frente a la hoja en blanco» en soledad: forzosamente, ha de ser así. La soledad y el silencio, o la soledad y el bullicio, la necesidad de suspender el pensamiento lógico y dejar que la mano reciba las coordenadas y las plasme. Sentir con el alma y convertir aquello que no puede decirse en palabras preñadas de significados, que juguetean cada vez con el escritor y con el lector. Unos escritores son más hábiles en esto que otros. Pero todos vivimos ese acto intimísimo de creación, incluso si lo que estamos escribiendo es un manual de formación reglada. Siempre hay momentos de inspiración, en los que, de pronto, una idea aparece como un rayo de luz y nos informa sobre algo que debemos recoger en nuestra obra.

Esta vez, además de la comunión inevitable entre escritores, sentí la afinidad «en la desgracia», en esa necesidad de vivir en cierto confinamiento, con cierto ritmo, el que permite la enfermedad, acoplándose a los espacios que esta define, porque es la que manda. Acaso no sea un regalo de la vida la perentoria necesidad de retirarse, de dedicarse a la contemplación. Surge una empatía especial y una valoración más profunda de la obra del autor que se sabe está enfermo, limitado y sin límites. Por eso, quizá, es tan importante el poema Quien hace, vive, que Aleixandre tomó como lema personal:

La memoria de un hombre está en sus besos.
Pero nunca es verdad memoria extinta.
Contar la vida por los besos dados
no es alegre. Pero más triste es darlos sin memoria.
Por lo que un hombre hizo cuenta el tiempo.
Hacer es vivir más, o haber vivido,
o ir a vivir. Quien muere vive, y dura.

Personas como Aleixandre, como Milton Erikson, o como Stephen Hawking nos recuerdan que, incluso en circunstancias muy adversas, es posible hacer, actuar, cualidades del Adulto en la persona. Hacer es vivir más.

Si quieres ver a Aleixandre hablando por sí mismo, te recomiendo el documental de Imprescindibles.

La zumbera coja

Es tiempo de la verdad. Es hora de trocar mis eufemismos e insinuaciones habituales por explicaciones francas. Y esto ya ocurrió una vez, cuando escribí el extinto libro Humedades en el desván. Porque aquella escritura me resultó liberadora, me quité un peso de encima, y ahí quedó eso. Fue como salir del armario.

El 16 de mayo de 2026 se cumplen 20 años desde que tengo esclerosis múltiple. Esa es «mi señora Danvers«, la esclerosis múltiple, una enfermedad en la que la persona se ataca a sí misma. No sé si la señora Danvers está de celebración, pero me ha regalado un brote, una recaída de las chungas. Hacía 8 años que no tenía una recaída y 4 que no tenía un solo síntoma. Les estaba pidiendo el alta a los neurólogos, con altivez, como diciendo:

Esto no va conmigo, yo ya no pertenezco a este club.

Y ellos y ellas me respondían que probablemente se debía a que mi tratamiento es muy potente [doy gracias al sistema de salud pública], no a que mi «elevación» me hubiese librado de la señora Danvers. Su sombra seguía ahí, yendo detrás de mí por cada habitación de la casa, sigilosa como un gato.

Justo antes de empezar a pensar que lo que sentía era algo más que cansancio por un entrenamiento, hace 2 meses, estaba yendo al gimnasio 3 veces por semana: a zumba, a spinning y a circuit training. De hecho, en mi arrogancia, me había apuntado para participar en la marcha cicloturista La Perico, de Pedro Delgado, con Bea, mi compi de zumba y otra fan declarada de Perico.

Y ahora, aún con tratamiento con corticoides, estoy declaradamente coja, inestable, en el club de lisiados, tullidos y locos. ¿Por qué uso este vocabulario «en plata»? Porque si empiezo a decir eufemismos, la realidad de estos destinos se aplana, se minimiza y pierde el dolor que hay detrás. Hay expresiones como «distintas capacidades» y «trastornos mentales»: esto se queda flojo y aguado.

Cuando voy por la calle, la gente me mira de una manera distinta. La gente se aparta al verme oscilando. Además, yo tampoco puedo mirarles mucho, porque me mareo. Y pienso que, cuando era pequeña, los lisiados, tullidos y locos eran más visibles, estaban en la calle, te los cruzabas, y estaban en la tele también. En la época actual, en la que se supone que todo es diversidad e inclusión, ¿dónde están los de mi club? Solo veo a gente guapa en la tele y en las redes. Para mí, la diversidad y la inclusión deberían tratarse como al personaje del hijo de Walter White en Breaking Bad, que tiene una discapacidad que, ni es dramática, ni va a más, ni nada, simplemente es. Por cierto, se trata de una situación real del actor, R. J. Mitte.

Sigo bailando zumba. Claro, las sensaciones son otras. Antes, en primera fila y sintiéndome muy bien, en una experiencia tipo estado de flujo (flow), ahora, filas medias o atrás, buscando un espacio donde no pueda chocarme con otra compi y caerme, moviéndome siempre con los dos pies en el suelo, o a pasitos, sin florituras de pasos latinos. Me dirás: pero ¿qué zumba es ese? Y yo te digo:

El de la zumbera coja.

Esa forma de practicarlo es suficiente para movilizar el cuerpo y mi fisio dice que va muy bien que yo trate de seguir los pasos y mi cerebro envíe la orden a la pierna, para que el sistema nervioso recuerde.

Los tullidos, los lisiados y los locos encontramos dificultades para movernos (a veces es literal) en el mundo físico, pero tenemos que seguir adelante. No nos podemos confinar en casa. Nos cuesta todo mucho más. Nunca te planteas que, por el simple hecho de cojear, vayas a acabar con la rodilla de la otra pierna machacada, o con la espalda y las cervicales sobrecargadas. Ves pasar una persona que anda raro y no te planteas que, el mínimo desnivel en el suelo, la mínima irregularidad, puede hacer que se caiga o le va a costar un esfuerzo superarla. Que no va a poder bajar las escaleras del metro ni subirse a un autobús. Y esto es «solo una cojera».

Hacía poco, dos meses o así, que mi madre conoció a una mujer con esclerosis múltiple. Mi madre le contó que yo también lo tengo y que había escrito un libro sobre mi experiencia los primeros años. La mujer quiso leer mi libro. Yo, con la misma petulancia, le dije que era imposible, que el libro se había perdido en el pasado y que nunca lo iba a volver a editar. Además, una persona que ya tiene la enfermedad no puede aprender mucho de otra, pues es «la enfermedad de las mil caras», a cada uno le afecta de una manera. Aquel libro estaba dirigido a personas a las que acaban de diagnosticar y no saben qué hacer. Varios profesionales sanitarios, tanto de La Paz como del Clínico de Madrid, lo han leído. Pero, realmente, yo dejé ese libro atrás porque no quería vivir de mi enfermedad. Si tú vives de algo, dependes de ese algo para vivir.

Ahora quiero recuperar para vosotr@s, lectores y lectoras, la presentación de aquel libro, que compartí con la experta en medicina china tradicional Alicia Lorduy, para acabar de despojarme de esta altivez que mi amiga la esclerosis me ha revelado:

Ya estoy fuera del armario otra vez. Invito a tullidos, lisiados y locos que salgan también. Se está mejor fuera. Recuerda siempre esto:

Amarte a ti mism@ es donde comienza la verdadera sanación.