Podríamos escribir ríos de tinta sobre qué determina que un suceso o una situación sea positivo o negativo. Porque, probablemente, casi todo lo que se nos ocurra será positivo y negativo a la vez, según la perspectiva desde la que se enfoque. Puede que lo único «positivo» de un suceso terrible sea «aprender sobre él».
Vayamos a situaciones personales como esta que estoy viviendo y que espero sirva a los lector@s de este blog para sus vidas. Una situación de empeoramiento de la calidad de vida y de la autonomía debida a la enfermedad.
Ante una circunstancia negativa que se prolonga, existen cuatro formas de reaccionar:
- Luchando contra la circunstancia negativa.
- Resignándose a vivir con la circunstancia negativa, de forma pasiva.
- Ignorando la circunstancia negativa y haciendo como si no existiera.
- Rindiéndose ante la circunstancia negativa, de forma activa.
La que está de moda es la primera, la lucha: todo es lucha. Está muy bien vista y tiene su emoticono del brazo doblado, sacando músculo y cerrando el puño. Es la que he descrito al contaros que sigo yendo a clase de zumba. Es la que sale en las películas y la que sirve de ilustración en los cursos de Tony Robins: las historias de superación. Es la que, sin ánimo de molestar, sino buscando motivar, te relatan distintas personas, sobre aquel deportista paralímpico al que le faltan extremidades y, aun así, es capaz de lograr x, y, z.
Las dos siguientes son denostadas y consideradas lo opuesto a la lucha. Resignarse es el resultado de la indefensión aprendida, la persona se percibe a sí misma como incapaz de hacer nada ante la circunstancia, que vive como totalmente externa. Se encoge de hombros, baja la cabeza, se conforma, se lo traga, con mansedumbre. La circunstancia hunde a la persona, porque la vive desde su estado de Niño sumiso, el cual no tiene recursos.
Hacer como si la situación adversa no existiese también proviene del estado de Niño, es una especie de juego de percepción, el cucú-trastrás, ni lo ves, ni lo verás (si no miras, no ves y, a veces, mirar es muy duro).
La última opción es muy interesante y merece la pena desarrollarla para que no se confunda con la resignación.
Rendirse ante la circunstancia negativa, de forma activa
La vida te presenta estas circunstancias extraordinarias, a veces sin previo aviso. Te puede fulminar con ellas, tipo dios bíblico, con lo que es en extremo difícil no reaccionar desde la lucha, desde el victimismo o desde la evasión. Pero resulta que cada persona tiene una libertad que se antoja extraña: decir sí. Decir sí lo primero, reconociendo lo que es, no lo que se querría que fuera. Esto es fundamental. ¿Quién, ante un semáforo en rojo, se dedica a decir «no, está en verde»? ¿No parece puro sentido común empezar por decir sí?
Una vez se ha dicho sí, la persona debe «rendirse de forma activa». Se le ha presentado una situación dura y es lo que toca, es lo que hay que mirar y aceptar de forma plena. Solo así se puede luego actuar, entrar en la acción que requiere la situación. Y esa acción puede ser «hacer nada», viviendo plenamente la circunstancia. Y esta rendición activa se pone a prueba cuando una persona siente un dolor insoportable (no es mi caso).
¿Por qué esto no es resignación? Porque se da la aceptación de lo que es. La persona que se resigna no acepta, sino que traga con la situación. El sí y la aceptación son actuaciones desde el estado Adulto del yo, plenamente presente, consciente, con las riendas en la mano. Este Adulto claro que va a aceptar los tratamientos disponibles, las ayudas y apoyos que alivien sus síntomas. A diferencia del que «lucha», va a contemplar la posibilidad de incorporar en su vida productos de apoyo, ayuda externa. Porque está mirando a los ojos a la situación, con templanza.
En palabras de Bert Hellinger: «A través de las pérdidas, los errores, las decepciones y también de los encuentros verdaderos, uno empieza a entender que lo más valioso no es tener razón ni aparentar fortaleza, sino aprender a mirar con más compasión, a perdonar y a quedarse con lo esencial. Al final, después de todo lo vivido, lo que realmente permanece es la capacidad de amar y de dejarse tocar profundamente por la vida».
Si abres un libro de filosofía oriental, te vas a encontrar esta forma de vivir la vida desde la primera página. Es la actitud «yin» frente a la actitud «yang» de la lucha. En el Tao te ching, de Lao Tse, leemos en distintos poemas:
(…) el sabio, situándose detrás,
se coloca delante.
Desprendiéndose de su yo,
su yo se conserva.
¿No es acaso porque renuncia a su individualidad
por lo que su individualidad se realiza?(…) el buen guerrero se adapta a las situaciones
y no intenta conquistar nada por la fuerza.
Es el no hacer haciendo, que tiene un eco especial en las situaciones extraordinarias.
El papel de la ayuda
La ayuda es algo muy delicado. Cuando una persona se encuentra en una situación propia del santo Job, quienes están a su alrededor van a tratar de ayudar, de corazón. Pero, a veces, la ayuda lo que trata es de «salvar» a la persona, evitándole el dolor y reduciendo su autonomía. En otras palabras, puede producirse una «intervención», un mangoneo, un tratar de tomar el control. Veamos cómo reacciona cada perfil a la ayuda.
El que lucha contra la circunstancia negativa no va a pedir mucha ayuda, porque está luchando y se siente grande. Va a aceptar cierta cantidad de ayuda siempre que no se limite su autonomía. Todavía está en la creencia de que debe seguir haciendo lo mismo (al precio que sea), de que debe sobreadaptarse, lograr todo, casi como si no se encontrase en esa circunstancia.
El que se resigna a vivir con la circunstancia negativa de forma pasiva tiene las papeletas de ir a peor. Desde la posición de víctima, va a tomar «ayuda de más», que le limita y le mantiene en ese estado de necesidad. Al tomar la circunstancia de forma pasiva, se deja caer en brazos de personas que van de salvadoras. Y estar en brazos de otra persona es, por momentos, confortable y agradable. Lo que pasa es que no permite la acción adulta. La persona debe renunciar a los beneficios secundarios de ser salvada si quiere salir adelante.
El que ignora la circunstancia negativa y hace como si no existiera, tampoco se va a abrir a pedir o aceptar ayuda. ¿Ayuda para qué, si a mí no me pasa nada? Esta fantasía acabará cayendo, como una venda en los ojos, quizá tarde, o cuando la vida recrudezca la situación para que la persona la mire con valentía.
El que se rinde ante la circunstancia negativa, de forma activa, aceptará la ayuda justa. No permitirá que las personas que van de salvadoras se entrometan, porque eso atenta contra su cualidad de Adulto, pero, igual que se rinde a la circunstancia extraordinaria, se rendirá también ante la necesidad de ayudas y apoyos.
El humor, el terror y la catarsis
Una forma de digerir las circunstancias extraordinarias es utilizando el humor. Igual que todo lo humano, ese humor puede ser Adulto, aligerando el peso de lo que se vive y quitando hierro al asunto, o puede ser «la risa del ahorcado«, en la que la persona bromea sobre «su muerte» cada vez que repite una conducta de guion que el resto aplaude, fuerza, o trata de evitar desde el salvador.

Centrándome en la circunstancia que estoy viviendo, reflexiono sobre el terror. La historia que me viene a la mente es la de La mosca, en la que, según explica la sinopsis de Filmaffinity: «Un científico se utiliza a sí mismo como cobaya en la realización de un complejo experimento de teletransportación. La prueba es un éxito, pero empieza a sufrir unos extraños cambios en su cuerpo». Descubre al poco que una mosca se introdujo dentro de la cápsula donde realizó el experimento. Se está convirtiendo en mosca y está perdiendo el control de su cuerpo. Y esto produce terror. También evoco las historias de zombis que andan lento (ya sabéis que los zombis pueden andar muy lento o muy rápido, y ambas cosas dan miedo). Cuando voy por la calle, yo soy la zombi que anda lento, veo esas miradas, lo dicen todo. Es un estudio digno de realizar.
La catarsis aristotélica se produce cuando se plasman tanto el humor como el terror en una obra representada, que permite a los espectadores «liberar los humos» al verse reflejados en acciones fuera de sí mismos. Yo he escuchado a El Langui en una entrevista afirmar que no le permitían reírse de sus propios males, de sí mismo, creo recordar que era sobre la película Cuerpo escombro. Quizá esto habría facilitado a otras personas desdramatizar su situación.