¿Y si hacemos como si…?

Hace poco leí un tuit del que me he venido acordando y que motiva este post:

Tuitero se pregunta qué pasaría si mañana salimos todos con la ropa sin planchar y hacemos como si siempre hubiera sido así

La cuestión es que la “nueva normalidad” parece conllevar únicamente aspectos negativos: formas de comprar más incómodas, formas de reunirse más frías, espacios exteriores e interiores más asépticos, organizaciones en la playa más robóticas… Todo como si de pronto viviéramos una situación de película, tipo La invasión de los ultracuerpos, en que los que todavía no han sido abducidos tienen que comportarse con frialdad para pasar desapercibidos entre “las vainas”.

Sin embargo, la nueva normalidad trae aspectos muy positivos y que pueden dar lugar a nuevas formas de organizarse que son más eficientes, más ecológicas y más lógicas. Ya habíamos hablado de los posibles aspectos positivos de la pandemia, y ahora hablaremos de cuáles podemos mantener porque han resultado funcionar (sorpresivamente).

Y no planchar la ropa podría ser un buen ejemplo…

Cuestionarse todo

Esta situación nos ha permitido cuestionarnos todo: la organización del trabajo, la educación, el ritmo de vida, la contribución diaria a la contaminación, la importancia de unas profesiones sobre otras, el significado de la imagen personal, el valor de la introspección…

Parece posible extraer conclusiones sobre el funcionamiento de casi todo y pensar en adaptaciones y mejoras en cada esfera.

Seguir teletrabajando

Este es, a mi juicio, el aprendizaje fundamental: se ha demostrado que se puede teletrabajar en miles de casos en los que la empresa había sido muy reticente a enviar a sus trabajadores a casa. Ahora que no era posible otra solución, se ha visto que los profesionales son responsables, se encargan de buscar el espacio físico y el hueco horario, se organizan como pueden para atender a los niños y continúan trabajando desde sus casas.

¿Y si hacemos como si el teletrabajo siempre hubiera existido? Recordemos brevemente algunas de sus ventajas por orden cronológico en un día de trabajo cualquiera:

  • Hay que madrugar menos. El descanso repercute positivamente en la productividad.
  • No hay que vestirse raro, es más, se puede estar con ropa cómoda, no plancharla (como dice el tuit) y, aun así, mantener una videollamada… porque el resto de los asistentes tienen el mismo aspecto.
  • No hay que tragarse un atasco que crispa los nervios y desgasta parte de la energía que teníamos para trabajar. Y esto incide, evidentemente, en la limpieza del aire de las grandes ciudades.
  • No hay ladrones de tiempo como: visitas imprevistas, ¿nos tomamos otro café?, el otro día me crucé con… y demás batallitas que dan mucha vida en el trabajo pero que, reconozcámoslo, quitan mucho tiempo. Esto no significa que no haya otros ladrones de tiempo en casa.
  • Hay mayores posibilidades de conciliar la vida personal con la laboral, ya que todo está “más a mano”. Evita ir a la carrera de un sitio a otro, durante todo el día. Es una organización que parece más lógica.
  • Facilita la entrada en el trabajo a personas con dificultades de movilidad y enfermedades crónicas para las que el desplazamiento resulta muy difícil, pero que pueden ser perfectamente productivas trabajando desde su casa. Esas personas con factores médicos no visibles de las que hablábamos en otro tuit.
  • Es más fácil también combinar la actividad pasiva y cerebral con el ejercicio físico, haciendo algunos estiramientos o paseos cortos, algo que no suele hacerse en una oficina porque te van a mirar como a un ser extraño.
  • Ahorra dinero en viajes y eventos de todo tipo, ya que también se ha demostrado que se pueden mantener reuniones internacionales desde casa y que se pueden realizar eventos de forma virtual.
  • No hay que volver a tragarse el atasco a la salida, con el cansancio de toda la jornada, y yendo con hora a los múltiples compromisos que van después del  trabajo.
  • Se llega antes a casa… Esto parece una tontería, pero si la jornada acaba a las 18.00, a las 18.01 estás en casa, con lo que tienes bastante más tiempo para hacer otras actividades. Volvemos, de nuevo, a una organización con más sentido común.

La imagen personal

Han corrido ríos de tinta virtual en los grupos de whatsapp sobre si teñirse ya las raíces o esperar a la reapertura de las peluquerías. Ha habido de todo, pero ciertamente hemos podido sobrevivir con las raíces sin teñir y el pelo sin cortar.

Al cuidado del pelo se añaden otros aspectos de estética, como la depilación, el uso de maquillaje o la ropa.

Me han hablado de reuniones por videollamada en multinacionales en las que el CEO se presenta en chándal ante la cámara, y no hace como si le hubieran pillado así, de improviso, sino que explica abiertamente que piensa que esta nueva forma de interactuar se va a imponer.

La ropa ha sido considerada como no esencial y durante las fases más crudas del confinamiento no ha sido posible comprarla, ni siquiera en un hipermercado que tuviera este producto además de la alimentación. No se ha tenido en cuenta que algunas prendas se van desgastando por el uso y hay que reponerlas con cierta frecuencia. Y, en todo caso, con el tiempo y el uso, toda la ropa acaba necesitando reposición.

La cuestión es qué tipo de ropa se utiliza y por qué. Y, siguiendo el tuit del comienzo, cuál es la necesidad de plancharla.

Si la gente estuviera cómoda con la ropa que lleva a la oficina, ¿no se la pondrían para estar en su casa?

Por último, un cambio que ha ido a más en vez de limitarse es la higiene personal, algo muy de agradecer.

Entonces, ¿y si hacemos como si los criterios de vestimenta siempre hubieran sido más relajados? Ya de paso, los criterios de más higiene también podemos hacer como si siempre hubiesen estado ahí.

Mirar hacia adentro

Este periodo que puede que se alargue o que se convierta en parte de la nueva normalidad ha permitido a muchas personas dejar de correr en la rueda de hámster y poder reflexionar sobre su propia vida.

Si se pudiera reactivar todo de golpe, como apretando un botón, esta introspección desaparecería. Es posible que mucha gente esté “deseando volver a…”.

Hay que recordar que no es posible volver atrás, eso es como retroceder en el tiempo. “Volver” no es posible, no hay “dónde”. La vida avanza hacia adelante, es lo único que se puede hacer, avanzar hacia lo nuevo y lo desconocido, lo cual incluye cambios drásticos en la forma de organizar la vida.

Siendo así, ¿y si hacemos como si la vida ya hubiese sido más lenta y relajada, más casera y personal desde antes? Quizá esto nos permita mantener esta reflexión sobre nosotros mismos/as.


¿Se te ocurren más cosas que podríamos hacer como si siempre hubieran sido así? ¿Qué aspectos te gustaría que volviesen a ser como antes? Gracias por leer y compartir 😉

Duelo por la pérdida de tanto

Cada vez más, voy teniendo sensaciones de los veranos largos después del colegio, días en que el tiempo no estaba estructurado. O de temporadas en la casa del pueblo, en pleno invierno, en la que estábamos dentro la mayoría del tiempo. Momentos en que el aburrimiento daba paso a la creatividad. El momento presente se alarga hasta el infinito en la espera. Ahora puedo contemplar a los paseadores de perros y a los pájaros.

La creatividad primera ha podido ser compulsiva, ansiosa. Después, el inevitable vacío, un hueco cada vez más grande. Y este hueco da paso a la lectura reflexiva, en que se puede releer un párrafo, subrayarlo, apartar la vista del libro para dejar que las palabras se posen. Este espacio permite también escuchar una canción tras otra, prestando atención, sin otro fin que escucharlas, sin que sean el ruido de fondo de otra actividad. Permite ver películas de tres horas de duración.

Así, algunas personas hemos pasado de buscar frenéticamente llenar el tiempo con actividades online (cursos, conciertos, comprobación continua de tendencias y noticias y mensajes) a buscar la introspección.

Atrapados en un espacio

Al principio me acordaba de Atrapado en el tiempo, atrapada en el espacio de cuatro paredes que pueden albergar un mundo. Las similitudes son muchas, el protagonista no puede tampoco salir del espacio en que se encuentra, el pueblo de Punxsutawney. Solo puede explorar al máximo todo lo que hay disponible en ese espacio en ese tiempo.

También están las evocaciones a las historias de náufragos, Robinson Crusoe por antonomasia. Náufragos de islas y náufragos del espacio, esos astronautas que están solos en una nave gigante por la que se ejercitan corriendo.

Los escritores salen en la tele, dicen: “mi vida no ha cambiado tanto, hago más o menos lo mismo”. Los que ya pasábamos largo tiempo en casa y trabajábamos en ella, no notamos tanto la diferencia. Quizá nos hemos podido adaptar mejor. Quizá nuestras actividades introspectivas se han hecho más intensas. No dejan de estar descompensadas, falta lo social, el contacto con familia y amigos, los largos paseos que estimulan la conexión de ideas, las charlas con otros en los cafés.

Las personas extrovertidas, de acción, o cuyas vidas consistieran en viajar, hacer deporte, reunirse, etc. han debido de sentir un cambio doloroso, radical. Las personas que necesitan salir o hacer deporte para sentirse vivas, que tienen cierta claustrofobia, tendencias nómadas… ¿Qué pueden hacer ahora? Ahí hay un duelo.

Duelo por la pérdida de tanto

La gente llora. A pesar de que tratamos de tapar lo que hay, de vez en cuando no podemos sino dar paso al duelo por la pérdida de tanto en tan poco tiempo. Vi este tuit:

Captura de pantalla de un tuit que reza:

Hay mucha pérdida en todo esto, hay dolor, nuestros familiares nos dejan o enferman, o somos nosotros mismos/as. Y para frenarlo, perdemos otra cosa, la libertad, perdemos el contacto humano, perdemos la necesidad de mirarnos al espejo para luego mostrarnos al mundo y perdemos las rutinas de las que nos quejábamos, pero que nos resultaban cómodas.

Vemos cómo se cierra un negocio tras otro, o es el propio, intuimos las consecuencias económicas de la situación, las que ya se están dando y las que se darán después. Como comentaba Iñaki Gabilondo en Late Motiv, esto no se va a acabar un cierto día a las 7 de la tarde, hay un después de reinicio que no es automático.

Después, nada será igual. A pesar del intento por continuar, las circunstancias se han puesto en contra: no se puede continuar, se ha acabado, esto es un precipicio, un corte abrupto del terreno de la continuidad, toca dar un salto. ¿Qué habrá al otro lado? No se sabe, es un salto a ciegas.

Lo de atrás, quedó atrás. Lo que vivimos ahora es lo único que hay, una situación totalmente extraordinaria, inesperada, inconcebible antes de que sucediera (un Cisne negro, diría nuestro Taleb). Y lo que vendrá después habrá de ser construido con la acción. No se podrá enlazar con lo anterior como si no hubiera pasado nada. Porque mucho y muchos se caen por el precipicio y allí quedan.

Por eso, a veces, se necesita llorar la pérdida constante, se necesita aceptar profundamente lo que hay, sin desviar la mirada hacia ningún otro sitio.

El contraste entre las emociones y el “hay que”

Trato de huir del “hay que” relativo a cómo vivir esta situación: hay que mantener una rutina, hay que hacer ejercicio, hay que animarse, hay que recordar que esto es una situación pasajera,… Los consejos contrastan con la sensación de pérdida o la necesidad de introspección, de dejar que el aburrimiento estimule un pensamiento más profundo, un contacto real con uno mismo/a.

Una de las tendencias es mostrar la intimidad al mundo, de manera que el refugio de introspección deja de serlo.

Los programas de televisión han de hacerse desde casa, salvo los telediarios, y entonces los presentadores se muestran con ropa cómoda en el salón de su casa, y a mí esto me cuesta aceptarlo. Yo llevo ya cuatro años trabajando desde casa y, por temporadas, lo había hecho antes. Y no, no atendía las videollamadas en chándal. A lo sumo, mi gata se colaba por delante de la cámara. Quizá haya algo interesante en haber dejado de fingir un aspecto profesional o formal, si es que esta tendencia se queda.

Como conclusión, no pienso que sea “malo” dejarse llevar por lo que se está sintiendo, ni tampoco que sea malo dejar de estructurar el tiempo como antes. La estructura y las rutinas no permiten ver. Y ahora hace falta mirar.

Viejas glorias que nunca lo fueron

En línea con los fracasados que tuvieron éxito, pero en un nivel más cercano a lo sórdido, están las viejas glorias que nunca lo fueron.

¿En qué consiste ser una vieja gloria sin gloria?

La vieja gloria sin gloria trató de destacar en alguna disciplina, avanzó y mejoró en ella, pero no alcanzó nunca un nivel lo suficientemente alto como para destacar. Sería ser el mejor entre los peores y el peor entre los mejores, un/a mediocre, el punto medio. Además, esta persona rememora aquellos tiempos como si fuese una vieja gloria consagrada, dándose importancia y viéndose por encima de la media.

Fotograma de la película Y entonces llegó ella, con Philip Seymour Hoffman en un papel de vieja gloria sin gloria

Esta forma de verse a sí mismo está muy bien retratada en la película Y entonces llegó ella, en el personaje que interpretó Philip Seymour Hoffman. Se trata de un actor aficionado que de joven había protagonizado un anuncio. Algunas personas le reconocían aún, y esto le ayudaba a seguir sintiéndose una vieja gloria. A pesar de que  tenía un papel menor en una representación amateur de Jesucristo Superstar, no tenía reparos en indicar a los demás (mucho más jóvenes) lo que debían hacer e incluso suplantar al protagonista dejándose llevar por su identidad con la gloria que nunca tuvo.

¿Cómo surge el fenómeno?

Hay dos componentes en las viejas glorias sin gloria, a los que llamaremos “los sin gloria”:

  • Un suceso del pasado en que estuvieron cerca de la gloria. Lo llamaremos el “suceso glorioso”.
  • Un periodo de tiempo muy largo desde aquel suceso en el que no ha sucedido nada glorioso, lo que echa por tierra la posibilidad de consagrarse.

Verdaderamente, se trata de una situación triste. Los sin gloria se agarran al pasado fuertemente, lo que les impide alcanzar un nivel superior de destreza en otras disciplinas, y además lo distorsionan, dándole al suceso glorioso una importancia mayor de la que tuvo.

¿Y por qué no van a hacerlo? Hay que tener en cuenta que aquellos momentos fueron los únicos en los que tocaron algo parecido a la fama o al prestigio. Tuvieron la sensación de que podían llegar a más. Creyeron que el suceso glorioso era el primero de muchos. Pero se equivocaron.

Sucesos gloriosos

Los sucesos gloriosos pueden tomar muchas formas, y ser prolongados en el tiempo o tratarse de acontecimientos puntuales que son la culminación de un aprendizaje. En todo caso, están situados en un lejano pasado y no tienen continuidad:

  • Haber aprobado el examen del First Certificate o haber pasado un año en Inglaterra durante la carrera…. hace 25 años.
  • Haber sido elegida para actuar en un grupo selecto de bailarinas… en la adolescencia.
  • Haber estudiado piano durante los años de colegio.
  • Haber estado en contacto con famosos o con la tele: salir en un anuncio, ser entrevistado una vez (30 segundos), ser un extra en un capítulo de una serie, haber conocido a un famoso cuando no lo era, etc.
  • Haber dominado una “nueva” tecnología… que ya no está en uso.

¿Qué necesitan los sin gloria?

Sin duda, la evocación constante de aquellos tiempos donde se producían sucesos gloriosos se debe a una necesidad no cubierta de los sin gloria. Antes hemos mencionado alguna:

  • Necesidad de fama.
  • Necesidad de prestigio.
  • Necesidad de reconocimiento.
  • Necesidad de cariño.

En efecto, aquello que pareció poner a los sin gloria por encima de la cotidiana distribución normal, aquello que pareció alejarles de la mediocridad y prometerles un futuro de éxito, les hizo sentir que podían acariciar la fama, tener prestigio, ser reconocidos y amados… Y lo siguen evocando porque de aquel recuerdo tan manoseado se obtiene un halo de estos logros deseados.

¿Cómo poner el suceso glorioso en su sitio?

Los sucesos gloriosos tienen más atención y se les da más importancia de la que les corresponde. En términos de PNL, el suceso glorioso tiene más colorido, brilla más, se ve más grande, contiene sonidos y ruidos identificables, se siente incluso en las manos, en la piel…

Así que el primer paso para recuperar la fuerza del presente es apagar el suceso glorioso, bajarle el volumen, desconectarse de él, alinearlo con los recuerdos grises y remotos que lo rodean.

El segundo paso es prestar atención a la realidad presente, de manera que se le devuelva toda su intensidad. Puede ser necesario hacerse preguntas sobre aquello:

¿Con qué frecuencia hablo en inglés hoy en día? ¿Sigo estudiando piano? ¿Volví a aparecer en la tele alguna vez? ¿Se utiliza ahora el software xxx?

Lo cierto es que ya ni recuerdas la última vez que te pusiste las zapatillas de punta, o tu aparición en televisión está grabada en una cinta de vídeo VHS, o el software que dominabas cabía en un disquete… Con este frío enfrentamiento con la realidad, puedes por fin girar la cabeza hacia adelante y caminar hacia tu vida de ahora, la de verdad.


Como apunte final, quizá ya lo hayas pensado: sí, un sin gloria puede caer en el fenómeno “cuñadismo”…

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué reflexiones te surgieron mientras leías este post? Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios. 🙂

Puntos de vista sobre una realidad

Los posts de este blog procuran ser atemporales, pero de vez en cuando la actualidad te pide mucha atención. Me es imposible no tener en mente el coronavirus. La OMS ha elevado el riesgo a “muy alto” y los nuevos casos están cada vez más cerca de nosotros/as. ¿Cómo nos tomamos esto?

Pienso que lo fundamental es seguir los consejos de las autoridades y personal sanitario, por supuesto, son los conocedores más cercanos del tema.

Por otro lado, observo que se tiende a adoptar uno de los siguientes puntos de vista:

La desinformación y los fenómenos de masas

Mi forma de verlo hasta hace poco estaba alineada con una historia de histeria colectiva que cuenta Paul Watzlawick (uno de los habituales de este blog) en ¿Es real la realidad?, hablando de la desinformación.

En los años 50, en Seattle, se empezó a observar que los parabrisas de los coches estaban llenos de minúsculas hendiduras con forma de cráter. El asunto llegó hasta el presidente Eisenhower, que envió un grupo de expertos para aclarar el misterio. Entre los habitantes de la ciudad se habían creado dos posibles explicaciones:

  1. Las explosiones atómicas rusas habían contaminado la atmósfera y la lluvia radiactiva dañaba los cristales de los parabrisas.
  2. Los largos tramos de autopistas asfaltadas habían generado numerosas partículas ácidas que afectaban a los cristales.

Fotografía de un parabrisas de un coche antiguo

La explicación resultó ser mucho más aburrida que las teorías que habían creado los lugareños: todos los parabrisas tienen (o tenían en esa época) esos minúsculos cráteres, que son causados por el desgaste normal. Con una explicación tan poco llamativa, es fácil que se perpetúe el estado de desinformación, apoyado por los medios de comunicación (y hoy en día, por las redes sociales).

En realidad, lo que había aumentado de forma exponencial no eran los parabrisas dañados, sino el número de personas observando su parabrisas desde un ángulo distinto: desde fuera. Un cambio de percepción permite ver aspectos de la realidad que no habíamos tenido en cuenta.

Cuando ves cortar las barbas del vecino

Sin embargo, como bien sabéis, en este blog tenemos veneración por lo que pueda decir Nassim Nicholas Taleb, pues es un gran experto en estadística y desmonta de forma brillante cualquier falacia que se base en una mala interpretación de los datos.

He comprobado lo que dice Taleb sobre el coronavirus. Y lo que he encontrado no me ha dejado indiferente. Este es su tuit:

Cómo reaccionar a una pandemia

Publicación de Taleb sobre el coronavirus

Lo que cuenta este experto en un estudio realizado entre varios académicos, es que:

Fundamentalmente, los eventos de contagio viral dependen de la interacción de los agentes en el espacio físico y, con la incertidumbre prospectiva que necesariamente conllevan los nuevos brotes, reducir la conectividad temporalmente para disminuir los flujos de individuos potencialmente contagiosos es el único enfoque robusto contra las estimaciones erróneas en las propiedades de un virus u otro patógeno.

Su informe nos dice que:

  • Se subestima el ratio de reproducción del virus.
  • Se subestima la tasa de mortalidad.
  • La mejora de los transportes hace mucho más fácil que los virus se extiendan.
  • La existencia de portadores asintomáticos hace que medidas como tomar la temperatura sean insuficientes.
  • Si se asume que no puede hacerse nada, no se tomarán las medidas extraordinarias necesarias.

Por todo lo anterior, concluye que:

Un enfoque a escala individual, como el aislamiento, el seguimiento de contactos y el monitoreo, se ve rápidamente (computacionalmente) aplastado ante la infección en masa y, por lo tanto, no se puede confiar en él para detener una pandemia. Son esenciales los enfoques multi-escala, incluyendo cortar de forma drástica las redes de contacto usando fronteras colectivas y cambios en el comportamiento social.

Entonces, ¿qué posición tomamos?

Ambos puntos de vista son igualmente interesantes porque nos aportan perspectivas que podemos tener en cuenta.

Por un lado, la paranoia nunca es conveniente, pues lleva a soluciones ineficaces, como agotar las mascarillas en las farmacias, desinfectar productos que proceden de China, evitar negocios y personas chinas o acudir en masa a urgencias de los hospitales.

Por otro lado, parece que las medidas han de ser rigurosas para evitar una expansión como la que realmente se está dando. Es probable que sea mucho más barato tomar las medidas que propone Taleb ahora que continuar observando cómo se cancelan eventos, baja la bolsa o se recortan las previsiones de crecimiento del PIB.

Ver un fenómeno como este desde puntos de vista diferentes aporta una visión equilibrada de la realidad, menos apasionada, por tanto más imparcial, que permite comprender posiciones opuestas.

Y en todo caso, de nuevo, hagamos caso a los expertos sanitarios que están en primera línea en este asunto.

El capital pesado y el capital liviano

¿Qué implicaciones tiene crecer en un mundo de apps?

Un mundo hardware

Yo crecí en un “mundo hardware”.

Una ferretería americana puede tener un cartel que reza: “Hardware”. Porque eso es lo que significa esta palabra, la ferretería, las herramientas, las cerraduras, los cacharros, la cubertería… Lo que en este post hago ampliable a lo que es de metal.

Hace unos días necesité escribir y echar una carta (de verdad, de papel) al buzón de Correos. Me di cuenta de que en mi mente no había ningún buzón de correos en las calles que suelo frecuentar. Empecé a dudar incluso de su existencia en el mundo actual: quizá ahora las cartas se envían directamente desde las oficinas de Correos y han desaparecido los buzones, al igual que la mayoría de cabinas telefónicas.

Era un fenómeno contrario al que se dice que sucedió cuando las naves de Colón no eran percibidas por los nativos indianos, al no coincidir con nada que hubieran visto antes. Según esta página, pensaron que eran casas. Pues mi vivencia era haber dejado de ver buzones por haber dejado de necesitarlos.

Mi aprendizaje ocurrió en un mundo lleno de “hardware”, tanto en el exterior, la cabina, el buzón, los bancos de sentarse (están en extinción en las plazas modernas), como en el interior, el teléfono fijo, la cámara de fotos y su carrete, el vídeo VHS o el Betamax, la máquina de coser o incluso los libros…

Hay otro fenómeno igualmente curioso: en mi mente existen aún cabinas telefónicas “fantasma”. Paso por una calle y veo la cabina desde la que llamaba a mi amiga del instituto, solo que la cabina ya no está y no hay rastro de que hubiera estado jamás. ¿Dónde está? ¿Acaso ha corrido el mismo destino que la cabina que albergó a José Luis López Vázquez?

Cartel de la película La cabina, de Antonio Mercero

Mi aventura con el envío de la carta continuó con la siguiente duda: ¿se seguían vendiendo sellos en los estancos? Y, de ser así, ¿dónde hay un estanco? Igualmente, el estanco era un lugar que frecuentaba cuando adquiría el abono transportes y también los sellos, esos que ahora no tenía ni idea de cuánto podrían costar.

Un mundo software

Los llamados nativos digitales son eso, personas nacidas entre el “software”, en un mundo que realmente es plano (texto + imagen), que no pesa aunque ocupe y que, como ya nos contaba Zygmunt Bauman, es líquido, en lugar de un mundo en el que el capital es sólido, tangible y muy denso, pesado.

¿Reconoce un niño de primaria el buzón como objeto? ¿Sabe lo que es una cabina telefónica? ¿Le serviría de algo? Es posible que no lo sepa, pero señale con rapidez cómo buscar un vídeo en YouTube o qué aplicaciones usar para jugar gratis.

Al pensar en un mundo liviano, de cristal líquido, me viene a la cabeza una distopía futurista que vi hace años, es un corto de Eran May-raz y Daniel Lazo:

Como vemos en este corto, la realidad aumentada y las aplicaciones que el protagonista ve con sus lentillas completan el mundo real y lo gamifican (añaden elementos de juego).

Me da la sensación de que la vivencia de un “mundo software” oscurece la realidad tangible, haciéndola más apagada y gris. Puede que esta sea la razón por la que el cine es cada vez más mortecino en sus imágenes, algunas películas son casi en blanco y negro. Los que crecimos en el “mundo hardware” lo hicimos viendo películas de colores vivos, emociones alegres y amor, sexo. Hasta las películas que no tenían como fin hacer reír (las de aventuras, acción, ciencia ficción) tenían en general una buena dosis de humor y otra de romanticismo.

El humor y el amor han desaparecido del cine.

Este cambio en la forma de ver el entorno tal vez se deba a la sensación de que el mundo está oscuro frente a lo luminoso de las pantallas de nuestros dispositivos, o a que simplemente no prestemos atención a lo que nos rodea y por eso lo veamos como apagado, o que lo que nos rodea no sea fuente alguna de satisfacción sino de sufrimiento (cambio climático, crisis económica y política, precariedad, distancia entre ricos y pobres…) y volvamos la vista a las divertidas, superficiales y vacías apps y redes sociales.

Quizá cabe una reflexión: ¿qué fue antes, el oscurecimiento del mundo tangible o la aparición del mundo intangible?

Esas actividades para las que el hardware seguirá siendo hardware

A pesar de la cantidad de distopías que se filman, tipo Black Mirror, en las que parece que vivimos ya inmersos en ese mundo líquido, en ese espejo negro, hay una serie de actividades para las que parece necesario seguir contando con el capital pesado… y con la ferretería. Se me ocurren:

  • Cocinar. La olla, la cacerola, los cacharros en general. Ninguna app puede hacernos prescindir de ellos. El microondas es igualmente aparatoso.
  • Fabricar. Cualquier objeto que necesite un proceso de fabricación necesita o se convierte en hardware.
  • Dormir. Sin colchón, sillón, sofá, jergón… no somos nadie. A ver quién duerme en el mundo líquido.
  • Amueblar. Tanto espacios de consumo como bares, restaurantes, hoteles, etc. como la propia casa. Por muchas Alexas que tengamos distribuidas, nos harán falta unos muebles para sentirnos a gusto.
  • Viajar. A pesar de los avances en inteligencia artificial y otras tecnologías similares, lo cierto es que no se han inventado los viajes que vendía Rekal, Incorporated en el relato que dio lugar a Desafío total. Así, hay que viajar de verdad en objetos complejos y pesados: coches, autobuses, trenes, barcos, aviones…

Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué preguntas o reflexiones te surgieron mientras leías este post?

Como siempre, te agradezco mucho que te tomes el tiempo tanto para leer el artículo como para compartir tus pensamientos en comentarios.

El apego a las costumbres

Los grandes gurús suelen decir que el apego es malo, por ejemplo, dicen:

El apego corrompe.

El apego es el origen del sufrimiento.

Y yo me pregunto: si no hay apego, ¿seguimos siendo humanos? ¿Cómo reacciona una persona sin apego cuando pierde a un ser querido?

¿Apego a las costumbres?

 

Una pareja pasea a su perro por el campo

Pienso que una buena parte del apego no está dirigido a los seres queridos sino a las costumbres, rituales o rutinas relacionados con ellos.

De esta manera, es fácil comprender por qué una persona puede echar más de menos a su perro que a un familiar, ya que sus costumbres, rituales o rutinas están asociados a su mascota con una frecuencia diaria y de forma intensa: se levanta pronto porque tiene que sacar al perro, cuando vuelve a su casa es el primero que le recibe y el que más alegremente lo hace, está pendiente de la hora que es para sacar de nuevo a su perro por la tarde o por la noche… Algunos rituales son muy sutiles (y frecuentes), como dirigir la mirada al cacharro del agua a ver si hay que rellenarlo o recorrer con la mirada el salón a ver dónde está durmiendo el animal.

Hay entonces dos factores en el apego a las costumbres: la frecuencia y la intensidad.

Una pareja que los primeros meses tiene muchas relaciones sexuales luego puede observar que la intensidad va disminuyendo y con ella la frecuencia, con lo que el ritual se desdibuja, el hábito se pierde.

Incomodarse para explorar el mundo

Cualquier costumbre, aunque no esté relacionada con nuestros seres queridos, nos produce el mismo apego y por tanto la misma incomodidad cuando nos vemos obligados a abandonarla. Por ejemplo, cuando se viaja, cuanto más apegado se esté a las rutinas diarias, peor se pasará estando fuera de casa, incluso sin salir del país.

Sin embargo, nuestra facilidad para estar cómodos en la incomodidad es asombrosa: simplemente se trata de repetir una conducta durante unos segundos. En seguida nos acomodamos a esa conducta, por molesta que pareciese en un principio. Con el tiempo, automatizamos rutinas que hacen más fácil la vida.

Incomodarse renueva y refresca las vivencias. Si retomamos la pareja que los primeros meses hacía el amor apasionadamente, veremos cómo pronto establecen una serie de rutinas muy cómodas y agradables. Estas mismas rutinas, poco a poco, sustituyen la creatividad de improvisar a cada momento, se va perdiendo “la chispa”, lo que era agradable se convierte en la primera objeción que se les viene a la mente cuando piensan en el otro. En seguida afirmamos:

Es que siempre (hace/dice) esto o lo otro…

…mientras que la otra persona está pensando exactamente lo mismo de nosotros/as. Nos convertimos en personas muy aburridas cuando nos apegamos a la rutina.

A mi perro le gusta la rutina

Es una afirmación que puede hacer cualquiera que tenga mascotas: su perro o su gato hacen siempre lo mismo, a las mismas horas. Los rituales se repiten, el perro oye “¡Vamos a calle!” y salta y hace las mismas manifestaciones de alegría cada vez.

Así que nos podemos sentir tranquilos: otros mamíferos también repiten sus conductas. En el caso de estos animales, no parece que les aburra o les irrite, al revés, parece que les gusta. Viven por rutinas, de manera robótica, y parecen felices con ello.

Debe de ser que no somos perros después de todo… A la pareja que se conoció en el primer bloque, le diremos que procure seguir incomodándose, sorprendiéndose mutuamente, explorando cosas nuevas, variando las costumbres que son tan agradables, recomenzando cada día como si hubiera que conquistar a esa persona de nuevo.

Y al dueño del perro/gato le digo que disfrute de las costumbres asociadas a su mascota mientras explora el mundo en otros momentos, en esos momentos especiales que nos distinguen un poco del resto de animales.

Mis queridos marcianos

Este puede ser el primero de una serie de posts o quedarse en un único post sobre aquellas personas que, en algún momento social, nos sentimos como marcianos y nos cuesta adecuarnos a lo que está pasando.

Como no sé si esto continuará, voy a hacer un resumen de lo que tengo en mente cuando hablo de mis queridos marcianos.

Retrato fotográfico de Nikola Tesla, uno de mis marcianos queridos

Marcianos famosos

El origen de esta idea fue observar que hay marcianos que, a pesar de su extraña personalidad, llegaron a hacerse famosos. Se han hecho varias películas que tienen un protagonista marciano, porque son seres muy peculiares, con cierto magnetismo pero ningún carisma. Algunos ejemplos:

La característica común es que estas personas tienen muchas dificultades de relación, son diferentes y tienen una forma de ver el mundo muy particular. Esto les puede llevar tanto a grandes descubrimientos como al aislamiento, pero siempre experimentan la incomprensión y una cierta desconfianza por parte de los demás.

Marcianos en Twitter

Llevo un tiempo valorando dejar otra de las redes sociales habituales, Twitter. Se debe a lo siguiente: yo sigo alrededor de 300 cuentas, sin embargo, Twitter me presenta contenidos de unas 10.

A mí me gustaría leer a los otros 290 individuos que también tienen algo que decir. No es que los otros 290 no publiquen nada, es que Twitter no me lo muestra. Si sigo bajando la pantalla buscando otros tuits, sigo encontrando tuits de las mismas personas, esos 10, y escasamente algún tuit de otro que no esté en esa lista misteriosa que Twitter ha considerado “de mis amigos”.

Pues bien, los “amiguitos” que me ha buscado Twitter son muy interesantes; sin duda, muchos de ellos son también marcianos. Y me pregunto:

¿Se ha dado cuenta Twitter de que yo soy marciana también? ¿Quién diseñó esos algoritmos, otros marcianos?

Marcianos por test de personalidad

Hace un tiempo descubrí un test de personalidad que clasificaba a las personas en 16 personalidades. Yo resulté ser una de las menos frecuentes, la INFJ. Luego encontré que había personas y grupos que dedicaban bastante tiempo a explicar por qué la vida de un INFJ es tan especial, qué dificultades tenemos, cómo comprendernos, etc.

Es parecido al test de personalidad altamente sensible (PAS), otro grupo de marcianos interesantes. O también a las clasificaciones como el test VAKO de la PNL o el eneagrama cuando no se encaja claramente en ninguno de los tipos.

En definitiva, existen varias herramientas que te pueden ayudar a “certificar” y constatar que eres un marciano. Una vez lo has descubierto (si es que no lo sabías ya), puedes relajarte y decir:

Me permito ser como soy, paso ya de intentar parecer “normal” cuando en realidad es aburrido y, por definición, mediocre.

Por otro lado, no por ser marciano eres “más especial” que otro que no lo es. Algunos marcianos de los mencionados dedican mucho tiempo a una forma de razonamiento que no es beneficiosa, del tipo:

Como yo soy especial, el resto del mundo debe conocer mi diferencia y, de algún modo, ponerla en un pedestal. Soy una persona única.

En realidad, pienso que es mejor quitarse importancia, no aferrarse a los rasgos de personalidad atípicos para blandirlos contra otras personas que no los tienen o para justificar quién se es y dónde se está. No somos tan importantes… Tan solo un poco marcianos/as.

Marcianos en un entorno que en otro no lo son

Es posible que tus cualidades marcianas se revelen más en un entorno que en otro.

Por ejemplo, en mi segundo trabajo estuve en un departamento de proceso de datos. Frente a una pantalla en negro con letras blancas en la que preparas unos programas para explotar datos, lo cierto es que no se te nota si eres marciano o eres normal, o incluso si eres extraordinariamente extrovertido y divertido. A los pocos minutos, cada mañana, se te pone cara de acelga y no se puede remediar.

En cambio, desde que empecé a hacer teatro, me di cuenta de hasta qué punto mi marcianismo me hacía diferente a los que suelen hacer teatro. Varias veces los profesores nos han pedido “reacciones orgánicas” (lo que el resto llamamos naturales) a las situaciones, pero a mí me han parecido reacciones exageradas y totalmente alejadas de mi forma de ser.

Por ejemplo, no se me olvidará lo que ocurrió en una escena en un curso intensivo de improvisación:

Un compañero que se hacía pasar por botones del hotel entraba a mi habitación y me atracaba a punta de pistola. Mi reacción normal en una situación así es quedarme totalmente paralizada y, es más, hacer como si no me importara lo que está pasando. Pero no. Se esperaba que reaccionara de forma melodramática.

Yo me he visto en situaciones de peligro y sé que reacciono con parálisis e indiferencia. Y no de la forma dramática, exagerada y gritona (pero muy orgánica) que se esperaba.

¿Somos todos marcianos?

Finalmente diré que, en cuanto empiezas a rascar, cualquier persona del rango “normal” se puede convertir en un marciano en algún aspecto. Por tanto, creo que es importante admitir el marcianismo de cada uno/a y vivir con él no como si fuera una lacra que hay que ocultar, ni tampoco como si fuera un rasgo que hay que esgrimir con furia, sino aceptando cómo se es y siguiendo adelante.


¿Qué opinas? ¿Cuál es tu grado de marcianismo? ¿Te ha servido este post? Cuenta, cuenta. ¡Y gracias por leer! 🙂